Los personajes de «InuYasha», son de Rumiko Takahashi.


4.


Después de comer muy tranquilamente un delicioso almuerzo, se había quedado a limpiar su boomerang. La pelea de la mañana lo había dejado bastante asqueroso. Notó que Miroku no comió y Kagome se había ido en busca de InuYasha. Le importaba muy poco si lo encontraba o no, pero sabía que, si iba en la noche a pararse al bosque, él aparecería.

Dejó su arma recostada en la pared del cuarto donde dormía: jamás se habían quedado tanto tiempo en un lugar que no fuera la aldea de la anciana Kaede. Jamás se habían engañado de la manera en que lo estaban haciendo.

Su cuerpo se estremeció, cuando de un momento a otro llegó a su mente aquel recuerdo tan húmedo, tan extraño y repulsivo a la vez. La lengua de InuYasha seguía muy viva en su cuello. Por todos los cielos, qué no habría dado porque esa caricia hubiera sido de Miroku. Se valía soñar. Su mente divagó por un momento en los recuerdos, cambiando la escena completamente: ella, roja por la vergüenza, pero feliz y él, seductor porque la amaba. En su fantasía, no existía nadie más.

Lo que InuYasha había hecho con ella, no lo había hecho jamás nadie. Ese había sido el acercamiento íntimo más grande que podría tener. Y lo tenía con la persona equivocada, ¿por qué todo tenía que ser así? Estaba llena de mucha ira contra todos, inclusive con InuYasha. Con todos, sentía mucho resentimiento, sentía que se estaban burlando todos de ella y ella no hallaba cómo devolverles el gesto. O sí.

Casi podía sentir odio. Pero todos esos sentimientos no eran profundos, solo eran una especie de desahogo. Y ella lo sabía. Aún analizaba el comportamiento del hanyō; había llegado a pensar que quizás se debía a alguna especie de etapa de apareamiento yōkai o de simples perros. Pero algo le pasaba y estaba consciente de eso. Y es que según lo que le había dicho, estaba algo muy claro para él: cansado de no poder tocar a Kagome, InuYasha decide coger con ella. Y ella, cansada del maldito monje libidinoso y mujeriego, acepta.


—¿Qué?

La afirmación de Kagura había quedado como en el aire. Por algunos segundos, Kagome no pronunció nada más.

—¿Acaso no me entendiste? — Inquirió, con voz seria. Jamás se había comportado tan cínicamente—. Necesita…

—Calla, sí te entendí —la miró con odio, preparándose para disparar de nuevo y no a lo bruto, esta vez—. Y me parece muy descortés de tu parte que digas mentiras, usando esas palabras.

—¿Cómo justificas que se haya desaparecido de la nada? —soltó su pluma y se subió sobre ella, ante la mirada inquisitiva de Kagome—. Búscalo bien por los alrededores, no será que encuentre a Kikyō, primero. —Excelente, ya había cumplido con lo que Naraku le había ordenado: sembrar dudas y celos en el corazón de Kagome.

—Kagura… —solo pudo pronunciar eso, con el cuerpo temblando por el coraje. ¿Por qué el maldito de Naraku disfrutaba tanto jugando con los sentimientos del resto?

—Adiós.

Para cuando subió la mirada, Kagura estaba volando muy alto.

Se dejó caer de rodillas al suelo, soltando el arco y la flecha que había preparado. No podía creer una sola palabra de lo que ella le había dicho, pero le había dejado la duda de la desaparición de InuYasha, si ya estaba segura de que con Kikyō no estaba. Es más, ella jamás se habría aparecido buscando el fragmento, en caso de estar junto a él. Se suponía.

Pero, que InuYasha necesitara aparearse, le parecía la idea más descabellada del mundo. Se sonrojó, por Dios… Jamás se había puesto a pensar en InuYasha así, en ese estado. Entonces, ¿por eso se habría alejado? Seguramente tenía relación con no querer herirla, como cuando se convertía en demonio. ¿Sí? ¿Todo era mentira de Kagura? Mierda.

«—Búscalo bien por los alrededores, no será que encuentre a Kikyō, primero.»

—No… —se levantó, dispuesta a regresar a la aldea—, InuYasha volverá —un nudo grande se formó en su garganta, ese nudo en el que concentraba sus ganas de llorar—. InuYasha siempre vuelve…

Siempre. Y esa vez, no sería la excepción.


Se sintió como una vulgar ladrona, cuando estuvo en el cuarto de Kagome. Bueno, aún se mantenía en el umbral de la entrada, tensa, pensando en si entrar por completo o no. En el lugar, solo había la mochila amarilla; al parecer, la sacerdotisa se había llevado su arco y flechas. ¿Dónde estaría? Suspiró.

—Bien. —Dijo, en voz alta.

Cerró la puerta tras de sí, intentando hacer el menor ruido posible. Sacó de su kimono, un pequeño contenedor que le habían regalado en la cocina del palacio. Sintió una gota de sudor rodarle por la sien. Qué nervios, ¿y si alguien entraba? ¿Qué iba a decir? Caminó hasta la mochila y se arrodilló delante de ella. Metió la mano derecha en el bolsillo delantero y hurgó, hasta que pudo encontrar lo que buscaba: el frasco de champú.


Corrió a lo que le daban las piernas hasta alcanzar la raíz de un árbol gigante y darse impulso. Se quedó en la rama del mismo, mordiendo un durazno que había agarrado de allí. Se sentía tan diferente, tan tranquilo. Su mente solo divagaba en una cosa: hundirse en una mujer. Oh, Sango estaba disponible, cierto, con el olor de Kagome en su cabello. ¡Qué delicioso olía esa maldita mujer! Era lo que le permitía reconocerla. En realidad, en ese momento, los olores y los aromas eran lo único que lo conectaban con este mundo.

Cuando se le ocurrió mirar el cielo, unos demonios en forma de serpiente, llamaron su atención, poniendo sus sentidos alerta.

Abajo, con mucha parsimonia, caminaba Kikyō, llevando su arco en la mano y las flechas en el contenedor alargado que colgaba de su espalda. Paró en seco, alzando la mirada hacia el árbol. La rama se movió bruscamente. Ya había sentido la presencia hace mucho tiempo.

«Con que aquí estaba». —Pensó, divisando apenas un pedazo de tela roja colgando, bastante alto. Cerró los ojos, recordando por un instante el encuentro anterior con su reencarnación y, allí, en ese momento, cerca de InuYasha, sintió más ira y resentimiento que anteriormente, en el claro. Definitivamente Kaede no sabía lo que decía, aquella vez, referente a sanar el corazón de él: aquella niña ni siquiera sabía dónde estaba o qué tenía.

«Estás bastante lejos de ella, InuYasha» —pronunció en el pensamiento, tan claro, con un poco de recelo en el pronombre personal.

—InuYasha…

Esta vez, no había puntualizado el llamado, como normalmente hacía con todo lo que hablaba. Su tono de voz había falseado y eso, le molestaba un pocobastante. No escuchó absolutamente nada después de su llamado, ni siquiera se cayó una hoja. Nada. Parecía estar sola.

No esperó respuesta, en realidad no. Ciertamente se sintió estúpida, porque estaba consciente de que el hanyō no le diría ni una sola palabra. Notaba en la presencia, que su parte demoniaca había aumentado prácticamente el doble y al parecer, se mostraba reacio. Ella sabía mucho de demonios y con InuYasha, había aprendido a conocer aún más de los híbridos, cuando estaba viva.

Estaba casi segura de que él se había convertido, debido a algo relacionado con la marca de hembras. También solían llamarle época de apareamiento. Y era seguro que Kagome no lo sabía. No supo cómo sentirse con eso.

Bajó la vista, sin cambiar en lo absoluto la expresión seria. Continuó con su caminar; si bien era cierto que seguramente InuYasha no la reconocía —o al menos no por completo—, podía asegurar que jamás se atrevería a hacerle daño. Por eso la esquivaba, por eso no bajó del árbol cuando le había hablado. Y aunque necesitaba una hembra para saciar su instinto primitivo, no le tocaría ni un solo cabello.

Conocía a InuYasha… por peor que estuviera, nunca la dañaría, así que no se preocupó ni un poco. Se alejó en silencio, sabiendo que aún él la estaba observando.

Cuando se distanció lo suficiente, alzó las manos, mientras sus serpientes cazadoras de almas, la elevaban, para perderla en el cielo, poco después.

InuYasha aún miraba aquella escena. En realidad, se había quedado pendiente de ella hasta el momento en el que las serpientes la habían desaparecido de allí. Se había sentido muy extraño verla. Su presencia lo había hecho sentir vacío y reacio. No tenía aroma, apenas emanaba un aura suave y nostálgica, casi triste. No tenía calor. Aún así no había querido tocarle ni un solo cabello. Y tampoco se quiso acercar, porque parecía una muñeca de barro muy fina, que se podría romper en cualquier momento.

Se quedó allí un rato, pensando en ella, en su rostro inexpresivo y su mirada gélida. Era hermosa, mucho. En verdad lo era. Aquella mujer parecía ser muy misteriosa, parecía tener mucho que ver con él y su pasado. Parecía ser importante en su vida. ¿Ella era…?

—Kikyō.


Sus patitas ya dolían. Había llevado saltando todo el día, buscando al grupo. Para entonces, la noche ya casi estaba cayendo y se atrasaría un día más. Además, la sangre de la gata estaba muy cerca, casi podía olerla. ¿O ya estaba desvariando por el cansancio?

—Ay, mis patitas —se quejó, sentándose en el suelo. De pronto, escuchó voces y se asustó—. ¿Qué? —Para cuando quiso reaccionar, ya era muy tarde—. ¡Ayayai, mamacita! —gritó, cuando fue aplastado por un pie gigante—. Ay… —pronunció con dolor, para volver a ser aplastado.

—…así es. ¿Te imaginas si esos demonios vuelven? Destruirán nuestra aldea —dijo con miedo, el aldeano, mirando a sus tres compañeros.

Uno de ellos asintió. Llevaban a sus hombros cubetas con frutos secos y azadones, después de un largo día de trabajo.

—Mañana debemos empezar con la labor de las demás cabañas —dijo el otro moreno, mirando al suelo—. Aquel ogro destruyó muchas casas. Las mujeres y los niños necesitan en dónde refugiarse.

—Ya el terrateniente ha dado parte de su palacio para refugiarlos, Yokiko. —Habló esperanzador, el que parecía ser mayor—. Para mañana, volverán a sus hogares.

—Lo bueno es que están esa sacerdotisa de ropas extrañas, que anda acompañada de un monje y una exterminadora. —Recordó Yokiko.

—¡Es verdad! Ellos los exterminaron.

«Justo como me lo imaginaba: no nombran al amo InuYasha» —pensó la pulga, mientras observaba el panorama, desde el cuello del aldeano mayor.


Cuando llegó a la aldea, saltó feliz, divisando al fin el castillo. Poing, poing, poing, saltaba la pulga, oliendo más cerca la sangre de los chicos. Y otra vez confirmaba sus sospechas: InuYasha no estaba allí. Ni Kagome, ni Sango, al parecer. Aunque le parecía detectar su sangre, algo lejos. Después de saltar un rato, vio a Miroku limpiando su báculo y con un montón de pergaminos a su lado. Shippō estaba jugando con aquellos colores raros que Kagome le había obsequiado. Kirara estaba con ellos, rascándose el pelaje. Saltó hasta la gata.

Kirara se rascó insistentemente la nuca, de nuevo.

—¿Qué sucede, Kirara? —inquirió el zorrito, acercándose lentamente—. ¡Ah! —se echó para atrás, alarmando a Miroku. Algo se había hecho grande, de repente.

El monje ya había corrido hacia ellos y tenía los ojos bien puestos sobre el animal.

—¿Anciano Myōga? —dijo con asombro, cuando lo reconoció.

—Ay, qué buena sangre —rodó.

—¿Anciano Myōga? —repitió Shippō, sin dejar de mirarlo.

Después de unos segundos de descanso, la pulga volvió a su tamaño original, recuperando las fuerzas.

—Hola, Shippō. Hola, Miroku —saludó contento, levantándose y saltando hacia Shippō, posándose en la parte más alta de su pata. Kirara maulló, molesta—. Hola también, Kirara.

—Anciano Myōga, ¿qué está haciendo aquí? —Inquirió Miroku, acomodándose.

—Como siempre, apareciendo luego de la guerra —respondió Shippō, cruzando los brazos en su pecho, mirándolo, sentenciante.

El monje invitó al animal a saltar a su mano, y este hizo lo propio. Lo bajó hasta la altura del zorro y la gata, para que todos puedan mirarlo.

—Anciano Myōga, ¿sabe dónde está InuYasha?

—Tengo una sospecha —dijo, mientras cerraba los ojos, al tiempo que cruzaba sus pequeños brazos—. ¿Hace cuánto tiempo desapareció?

—Desde anoche. —Miroku hizo memoria, mirando hacia arriba—. Aunque me parece que estuvo mucho tiempo alejado de la señorita Kagome… como hace casi una semana.

Myōga meditó por algunos segundos, dejando a todos muy expectantes. Con que el amo InuYasha se había alejado de Kagome. Él sabía perfectamente el porqué, pero no iba a decirlo frente a Shippō y a Kirara.

—Shippō, ve a ver si ya puso la marrana —le apuntó, con voz seria.

—¡Qué! ¿Por qué yo, Miroku? —chilló, ante la mirada nerviosa del monje.

—Porque son conversaciones de adultos, niño —sentenció el viejo—. Y llévate a Kirara.

—…no quiero…

—Shippō, no podemos perder el tiempo —se levantó monje, poniendo más seriedad—. La señorita Kagome salió a buscar a InuYasha. Es tarde y aún no llega… debemos saber qué dice el anciano.

El niño asintió, tomando a la gatita en su pecho. Tenía razón, Kagome estaba peligrando en el bosque y era mejor que fueran a esperarla a la entrada del castillo.

—Está bien. —Se fue en silencio, sin hacer más berrinche.

Cuando por fin se quedaron solos, Miroku volvió a la pulga.

—Y bien, ¿qué es lo que tiene InuYasha?

—Verás, Miroku —inició—. Como sabrás, todos los demonios tienen su época especial para reproducirse —él asintió, entendiendo de qué iba todo eso—. Hace muchos años, los yōkais puros dejaron de probar con hembras de su misma especie y recurrieron a las humanas. El padre del amo InuYasha, por ejemplo, se mezcló con una. Aunque no fue precisamente en su época de celo. Los demonios normalmente pueden controlar con mucha facilidad sus instintos, cualquiera que estos sean.

—¿E InuYasha?

—No. El amo InuYasha sufre cambios tanto en su cuerpo, como en su conciencia. La época de celo es cada cien años y dura ocho días, pero como el amo InuYasha es un medio demonio, sufre todos los cambios, la mitad del tiempo.

—Es decir, cincuenta años y cuatro días —razonó Miroku, recordando el rostro de su amigo—. ¿Dices que sufre cambios en su conciencia?

—Sí. —Respondió Myōga, pensando en la sacerdotisa—. No reconoce muy bien a quienes lo rodean y, por lo tanto, puede atacar. Es la razón por la que ha estado alejándose de Kagome.

Miroku de quedó callado, analizando las palabras del sabio anciano. Sí, estaba entendiendo por qué era que InuYasha había tomado esa actitud tan reacia con Kagome, sin motivo aparente. En principio había pensado que era cosa de sus sentimientos hacia la sacerdotisa Kikyō, pero ahora…

—Hola, excelencia —escuchó la voz cansada de Kagome y se sorprendió—. Ah, hola, señor Myōga —dijo con un tono asombrado, matizando, oyéndose animada.

—¡Oh, señorita Kagome! —Respondieron al unísono, el monje y la pulga, alegres por su vuelta.

—¿Cómo están? —Kagome se sentó, con una expresión cansada—. ¿Cómo es que anda por acá, anciano? —Dejó su arco y sus flechas en el piso—. ¿Y Sango?

—Entrenando con Hiraikotsu —respondió Miroku, no muy seguro—. Anciano Myōga, la señorita Kagome ha ido en busca de InuYasha.

—Oh, anciano, ¿sabe algo de él? —Kagome se inclinó inmediatamente ante el animal, con el corazón desbocado, ¿habría posibilidad de que Kagura le hubiera mentido? Esperaba que sí. De verdad que lo esperaba.

Myōga asintió, cruzando los brazos y cerrando los ojos.

—El amo InuYasha no debe estar muy lejos —ante la mirada expectante de sus amigos, la pulga dijo—: Está buscando una hembra para reproducirse.

Kagome palideció, sintiendo un balde de agua fría caerle en el cuerpo… ¡Kagura no había mentido, maldita fuera! Cerró los ojos un segundo, ahogando un sollozo.

—¿Señorita Kagome?

La aludida abrió los ojos de golpe, parando en seco las ganas de llorar: «—Búscalo bien por los alrededores, no será que encuentre a Kikyō, primero.»

—Kikyō…


[Ya, a que fue demasiado tierna la escena de InuYasha y Kikyō (?)

PD: Pueden preguntar lo que deseen, responderé todo. Gracias a todas por sus comentarios. Me llenan de amor.]