Los personajes de «InuYasha», son de Rumiko Takahashi.
5.
Miroku vio a Kagome recoger su arco y flechas y levantarse, con movimientos secos y firmes. Admitía que pocas veces veía a la sacerdotisa, ponerse así. Su ánimo había cambiado de una manera tan drástica, que le costó creer que fuera ella, que había pasado tan rápido. Además, había pronunciado el nombre de la sacerdotisa Kikyō y eso, le sonó a celos.
—Me he encontrado con Kagura, esta tarde —dijo Kagome, con los labios temblando.
Inmediatamente, Miroku se puso de pie. ¿Cómo que Kagura? ¿Qué mierda tenía que ver Naraku en todo eso?
—Maldición. Naraku…
La pulga se mantuvo en silencio, mirando atentamente.
—Me explicó que InuYasha… —se quedó en silencio, sonrojándose un poco—. Que él…
—Sí, Kagome, lo que te he dicho —acortó, Myōga.
—Y también me encontré con Kikyō. —Kagome cerró los ojos, convencida de lo estúpida que era.
—Vaya… —ante eso, el monje no tenía demasiado qué decir—. ¿Qué es lo que ha dicho Kagura?
—Estaba sola —aclaró—, la vi de repente, se me presentó de la nada. Y me dijo que quizás él estaría con Kikyō.
—No creo que…
—Sí, Miroku, sí. —Interrumpió la muchacha, finalizando la conversación—. Me siento muy cansada. Ya he comprobado que InuYasha está bien, así que me voy a bañar. Con permiso.
Para cuando Miroku y Myōga quisieron decir algo, la sacerdotisa ya estaba alejándose por los pasillos.
Kagome soltó un sollozo, acompañado de un par de lágrimas, cuando se sintió lejos de sus amigos. Qué imbécil era. Definitivamente era una tonta. ¿Qué era lo que esperaba? ¿De verdad pensaba que, si InuYasha sufría un cambio hormonal de esos, sentiría algún deseo por ella? Movió negativamente la cabeza. Era obvio que buscaría a Kikyō, su primer y único amor.
Y sí, no se sentía preparada aún para entregarse a él, a pesar de amarlo, ni siquiera era algo que deseara con fuerzas; únicamente quería permanecer a lado de él, besarlo, también, besarlo mucho. Pero sexo no. No. De todas maneras, carajo, ¡era humana y tenía sus debilidades! Debía admitir que después de su menstruación, aparecían unos húmedos días en los que la mente a veces divagaba por pensamientos lujuriosos, con InuYasha. Y es que ese carácter y masculinidad resultaban ser aún más sensuales de lo que le parecían normalmente.
Lo amaba. Hacía tiempo que se había dado cuenta de que estaba perdidamente enamorada de él. Amaba a InuYasha con todas sus fuerzas. Él sí era su primer y hasta ese momento, único amor. Tanto lo amaba que incluso habría podido considerar la idea de entregarse a él, sabiendo su estado. Pero, de qué valía todo eso, si en aquellos casos, él solo la buscaría a ella: a la sacerdotisa Kikyō.
Caminó bajo el agua caliente, acercándose a su mochila. Extrañaba a Sango, ¿dónde podría estar su mejor amiga? Meditando de regreso, pensó que la única cosa que habría parecido comprometedora entre ella y Miroku, era que le había puesto la mano, sobre la de él. Sin embargo, no recuerda haberla visto por ninguna parte, en ese momento. Tampoco lo había hecho con mala intención. Miroku también era su amigo, y fue una manera afectuosa de mostrarle apoyo. Maldita sea, ¿es que todo le salía mal en la vida?
Tomó su frasco de champú y le pareció sentirlo balso. ¿Qué? Le pareció, de verdad. Era raro. Rarísimo. Ya estaba volviéndose loca, para colmo. Obvio no le faltaba, seguro que así lo dejó la última vez de uso. Miró el chorro caer suave hasta la palma de la mano y cerró los ojos.
—InuYasha… —susurró extasiada, sintiendo la espuma blanca, caer por su cuello. ¿Era lo único que se le ocurría decir? Solo su nombre, como si no hubiera más seres amados en su vida. Se odiaba un poco.
Y se le ocurrió poner las manos a los costados de los senos, uniéndolos un poco. Maldición, qué estaba haciendo. Sintió su intimidad humedecerse y apretó las piernas. También se mordió los labios, en un desahogo de placer. Tenía los ojos cerrados.
Instintivamente comenzó a gemir con la boca cerrada, pasando las manos lentamente por su abdomen. Paró en seco cuando estuvo en el Monte de Venus, dudando en si introducir sus dedos o seguir bañándose, como debería. Tenía quince años, nunca se había hecho eso, nunca se había tocado. No de esa manera. Pero por todos los cielos, sentía tanto placer en ese momento…
—Te… necesito —agachó la cabeza, abriendo los ojos. Ojos que empezaron a producir lágrimas.
Nuevamente, se veía tonta. Era estúpida. Parecía que sus sensaciones se habían disipado y únicamente su cuerpo sufría los estragos. Ya era incómodo sentir fluidos producirse entre las piernas, perdiéndose bajo el agua.
Su instinto lo había arrastrado hasta ahí. Es que el aroma de Kagome parecía haber infestado toda la maldita región y su… miembro necesitaba con urgencia hundirse en la dueña de ese exquisito olor. No recordaba muy bien a Kagome, pero estaba seguro de que, en ese momento, la necesitaba.
Si, buscaba en Sango algo que era de Kagome. Y es que, por alguna razón, no había querido tocarla. En realidad, no había podido tocar demasiado a ninguna de las dos. Necesitaba tocar a Kagome. Quería lamerla, quería estrujarla… Sintió su entrepierna endurecer y levantarse de un tirón. Se acumulaba tanta sangre en el centro de su cuerpo, que parecía explotar.
Había saltado hasta las aguas termales; ahí, en donde el olor se hacía mucho más intenso. Cuando la vio desnuda, sintió deseos animales de lanzarse sobre ella, pero… se detuvo. Se quedó allí, tras arbustos, vigilándola.
—InuYasha.
La escuchó llamarlo y puso atentamente los ojos sobre ella. Su tono de voz se sintió como sus manos en cada parte de él, encendiendo su deseo. Tragó duro, intentando frenar la opresión que gritaba algo en su interior.
También quiso decir su nombre, pero por alguna razón, no lo pronunciaba bien. Se maravilló con ese cuerpo humano que parecía perfecto. Su lengua ansiaba recorrerla toda.
—Te necesito.
Otra vez. ¿Otra vez? Maldita sea, ¿por qué sonaba tan delicioso? ¿A quién necesitaba? ¿A él? Claro que a él, si Kagome era enteramente suya.
Kagome…
—¿Ka-Kagome? —titubeó, en un susurro. ¿Kagome? Sí, Kagome.
El olor de su humedad, aunque mezclándose con agua, iba a enloquecerlo. Sus senos se miraban grandes y redondos, juntos. Esas manos blancas que deberían estar tocando su… Bien, ella hacía descender las manos por el abdomen y la humedad se hacía más grande y… ¿Por qué diablos olía a sal?
La miró detenidamente por unos segundos, mientras ella agachaba la cara, ¿estaba llorando? Tonta, pensó.
—¿InuYasha?
La imagen del hanyō en el aire, le bloqueó los sentidos por unos segundos, que parecieron horas. Pero qué mierda… ¿Acaso lo extrañaba de la tal manera, que estaba viendo ilusiones? ¿O es que era obra de Naraku? Para cuando reaccionó, estaba completamente desnuda, en los brazos del medio demonio, saltando lejos del agua.
InuYasha pudo ver una mezcla de asombro y horror en los ojos de la chica, que no dejaba de mirarlo. La puso con poca delicadeza en el suelo, haciéndole golpear los glúteos. Ella se quejó, dolorida, pero no dijo algo en específico. Oh, esa expresión de espanto era la cosa más excitante que podía ver en su maldita vida.
—Tú. —La señaló, inclinándose, mientras ella, instintivamente, retrocedía, con ayuda de sus codos—. No te muevas.
—No, InuYasha... —su voz tembló. Estaba a punto de romper en llanto. Sabía que él no estaba en sus cabales y podía hacerle daño. Aún no quería entregarse a InuYasha, sabiendo que amaba a otra. Y menos quisiera entregarse de esa manera—. Por favor… Oh… —se quedó callada. Más bien, impactada.
InuYasha había hecho caso omiso a las súplicas de la chica y atrevidamente, le apretó los dos senos, con fuerza.
—Cállate. —Sentenció, acomodándose para pasar la lengua en aquel camino en donde se separaban esas dos esferas de carne.
—¿Qué… qué haces? —Y es que la descarga eléctrica que había sentido con ese lengüetazo, le estaba bloqueando las capacidades motoras.
Pero nuevamente se vio tonta. ¿Cómo le iba a preguntar qué hacia? Si era obvio lo que estaba haciendo.
InuYasha la obligó a hacer silencio, está vez, pasando suavemente la garra por sus labios. Le dejó sangrando, pero ella ni siquiera lo notó.
«¡No!»
¡Esa maldita voz! Se obligó a incorporarse, tomándose los extremos de la cabeza con ambas manos. Esa misma voz que frenaba sus impulsos cuando se trataba de Kagome, ahora le estaba gritando. Retrocedió dos pasos, mirando a Kagome casi con miedo.
—InuYasha, InuYasha, ¿qué te pasa? —Intentó levantarse, porque él estaba sudando y parecía perturbado, pero una corriente de aire la hizo ponerse al tanto de su desnudez, y calló de rodillas, nuevamente—. Por Dios —susurró, llena de vergüenza.
Alzó la vista, con la novedad de que el hanyō se había ido saltando, desapareciendo en la noche. Kagome se quedó allí, callada y avergonzada con ella y con él. Rogaba para que después de eso, InuYasha no se acordaste de su cuerpo, sin ropa, como una ligera puta.
¿Qué había sido todo ese maldito día? Se miró los senos adoloridos, con marcas rojas aún latentes y suspiró. La lengua de InuYasha se sentía viva, allí, en su carne: la había tocado, la había manoseado. Y ni siquiera era realmente InuYasha. Qué frustrante. Su primera experiencia más íntima con el hombre que amaba, y era prácticamente, como si estuviera borracho o drogado. Patética.
A todo eso, le preocupaba su comportamiento. ¿Por qué se habría ido de repente, sin decir nada? Cuando lo vio tomarse así la cabeza, parecía que algo le dolía.
Se levantó lentamente, odiando su desnudez, ¿y si alguien más la veía? ¿Por qué mierda InuYasha la había sacado de las aguas termales? Apenas en ese momento, sintió frío, frío de verdad, frío en el alma y el cuerpo.
Pero si InuYasha no estaba con Kikyō, entonces, estaba ¿con…?
—Sango.
Ya había escuchado el ruido de sus pies golpear contra el piso. Ya sabía que era él, sin necesidad de oírlo hablar, si quiera. En la tarde, parecía haberse convencido de lo que iba a hacer, se sentía toda malota, llena del odio suficiente que le permitiría cometer esa atrocidad, pero en esos momentos… ¿Qué pasaba? ¿Era ella?
Automáticamente se obligó a restarle importancia al asunto y rodó las mangas de su ropa, hasta quedar desnuda, de la cintura hasta la cabeza. Bueno, ni tan desnuda; el cabello le tapaba la espalda. Su cabello aún se sentía húmedo, con el olor del champú de Kagome, latente. Estaba de espaldas al hanyō y, por lo tanto, no podía verlo, pero sabía que no se había movido ni un centímetro y eso, de alguna u otra manera, le dio seguridad.
Se llevó la mano derecha hacia la espalda, tomando su melena café, lista para recogerla y tirarla hacia adelante, rodeando su cuello, de manera parcial. Ladeó el rostro lo más que pudo, hacia atrás, hasta tocar su quijada con el hombro y sonrió, sonrió con una mezcla de decepción propia, resignación, decisión y provocación.
—No creo que te atrevas.
InuYasha corrió a lo que le dieron las piernas, y en un par de segundos, ya estaba a centímetros de Sango, sin tocarla. Sonrió lascivamente, al reconocer el olor de Kagome, en el pelo de la exterminadora. Clavó las uñas a los costados de los hombros, sin hacerle demasiado daño y la pegó de un solo movimiento hacia él, frotando su miembro en el trasero de la exterminadora, ya duro por el ejercicio previo con la colegiala.
Sango soltó un gemido, con los sentidos bloqueados por completo. Echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Era la primera vez que estaba en una situación como esa, y jamás imaginó que podría sentirse tan bien, percibir algo duro y caliente en su trasero. Trasero que Miroku adoraba tocar.
Su mente hizo de cuenta, sin querer, que era el monje quien la estaba ultrajando. Era su excelencia, ¿verdad?
InuYasha olió el cabello, extasiado.
—Entonces, Sango… —bajó las manos lentamente, por los costados de la aludida, tocándole las costillas y la piel virgen, suave y blanca. La tomó por la cintura y está vez, no solo la frotó con más fuerza, si no que la golpeó contra su pelvis, haciéndola gemir aún más fuerte—. ¿Aceptas?
—Ah...a..acepto…
Él ya no era un niño. Bueno, sí lo era un poco, pero no tanto. Los últimos tres días, se había tenido que quedar cuidando de Kirara y jugando con ella, en algún rincón. Ninguno de los chicos le estaba poniendo la atención suficiente que siempre les daban.
Sango nunca iba a ninguna parte sin su pantera y en esos días, siempre le pedía que cuidara de ella, que quería estar sola. Kirara respetaba mucho la privacidad de su dueña y jamás la seguía, sin su consentimiento.
Kagome ya no lo cargaba, porque bueno, la veía muy preocupada porque el tonto de InuYasha había desaparecido. No la quería molestar, en realidad. Igual la extrañaba. Quería dulces, y sus crayolas ya se habían terminado. Se sentía tan aburrido.
Miroku, más amargado que nunca, hablando con el anciano Myōga. Hasta lo había votado de allí, con la excusa de que eran conversaciones para adultos. Excluido por sus amigos, qué triste era. Además, el monje tenía problemas de amor con Sango, eso podía afirmarlo.
El anciano Myōga, recién llegado, hablando a escondidas. Aburrido. Había aparecido muy serio y eso lo hacía poner más aburrido, aún.
InuYasha: ese perro tonto, siempre ocasionando problemas, estaba perdido. No tenía idea de lo que pasaba, pero algo le decía que era la época en la que tenía que reproducirse. Lo sabía porque su olor se había alterado, un par de días atrás.
Kirara, junto a él.
Y él: solo.
—Shippō.
—Monje Miroku —el zorrito se sorprendió, pero se sintió alegre, a la vez—. ¿Por fin viene a jugar conmigo?
Miroku sonrió, como no lo había hecho en horas. Pero también se sintió algo triste.
—Aún no, Shippō. Pero mañana, quizás.
Shippō hizo un puchero, y se sentó, cruzando las manos en el pecho, abierto de patas y con los ojos cerrados. Kirara ladeó la cabeza, mirando la escena, tratando de entender.
—¿Para que has venido, entonces?
—Shippō, de seguro es para algo importante. —Se puso de rodillas, delante de él—. ¿Sabes dónde está Sango?
El aludido abrió un ojo, aún fingiendo molestia y relajó los músculos, adoptando una posición pensativa.
«—Shippō, ¿puedes cuidar de Kirara? Iré a darme un baño. —Le dijo, mientras corría la puerta del cuarto.
—¿Vas a bañarte con Kagome? —Puso ojos soñadores—. ¿Puedo ir?
La exterminadora sonrió, algo nerviosa.
—No, Shippō. Kagome va a bañarse en las aguas termales y… Yo tengo calor.
—Oh… ¿Y a dónde vas, Sango?»
—¡Sí! Recuerdo que me dijo que se iría al río. —Le informó por fin, para alivio del monje.
Se levantó con tranquilidad, mentalizando el camino que llevaba al río. Iría a buscarla en ese instante, y ya estaba saliendo del cuarto.
—Gracias, Shippō.
—De nada.
[Vamos, me van a negar que no esperaban ambas escenas suculentas 7u7. Ese InuYasha es un loquillo e.e]
PD: La persona a la que le dedico este fic, nunca comentó el anterior, /llora.
