Los personajes de «InuYasha», son de Rumiko Takahashi.


6.


Su cuerpo temblaba.

—No… —su subconsciente intentaba hacerle entrar en razón, Sango, ¿qué estás haciendo?—. No… —había repetido, casi en seguida.

InuYasha enrolló el largo cabello en su brazo, y la obligó a que echase más para atrás el cuello, libre y virginal. Delicioso. Aún no había hecho nada más que frotarse contra ella, y ya la tenía delirando en sus brazos. Sango alzó el brazo instintivamente, tocándole la cara y él, arisco, la llevó con determinación hacia su pecho, e hizo que se tocara un seno, apretándolo. Ella suspiró, obedeciendo como una hipnotizada.

Le soltó el cabello y metió las manos por los costados de las piernas, acariciando los muslos, a palma abierta. Comenzaba a frustrarse, maldición: ¿por qué mierda no podía arrancarle la ropa y subirse en ella, de una vez? Otra vez ese maldito impulso dentro de él que le impedía hacer lo que quería. Deslizó los dedos, para introducirse dentro, donde el olor a excitación era más fuerte.

«¡Basta!»

Retiró las manos inmediatamente y, en paga, por la ira, le tiró nuevamente del cabello; listo para morderle el cuello, para atacarla. A pesar de todo, la voz no lo había atormentado, como hacía unos momentos, con la sacerdotisa.

—Miroku…

Esta vez había sido ella, quien lo interrumpió, pronunciando ese nombre.

—Llámame como se te dé la gana, Kagome. —Dicho esto, hundió la cara en el cuello, clavándole los colmillos.

Sango soltó un aullido estremecedor de dolor puro, anulando automáticamente cualquier fantasía y cualquier placer que hubiera sentido, segundos antes.


Miroku miró hacia la dirección del grito, con la expresión desencajada.

—Sango… —pronunció nervioso, y echó a correr.


—¡Ah, maldito seas, InuYasha! —le gritó con odio, viéndolo saltar varios metros, atrás—. Eres un animal. —Le dijo, llevándose la mano al cuello, sintiendo su sangre caliente brotar.

—Cállate, exterminadora —se lamió los labios, sonriendo, triunfal. Sus ojos brillaron aún con más intensidad y sentía tanto brío en su sangre, que podía acabar con todo el mundo, ese momento—. Tu piel no sabe cómo la de ella.

Era extraño, porque sabía de quién hablaba, pero no podía decirlo. Y le jodía buscarla en todas partes.

—Muérete. —Pronunció Sango, caminando hacia los arbustos, lo más rápido que pudo. Había sido lo suficientemente precavida, como para llevar sus armas.

—¿Pensaste que iba a tratarte como a una flor o algo así? —lo escuchó soltar una carcajada, por primera vez en muchos días—. No seas imbécil. Es así como nos apareamos los demonios: con sangre, con garras.

—Maldito —repitió, en voz baja. ¿Cómo había podido caer en esa trampa? ¡Era imbécil, maldita sea! Se odiaba mucho en esos momentos.

InuYasha se detuvo un momento, sonriendo casi con sorna, mientras se quitaba los restos de sangre de la boca; mirando a Sango con una expresión denigrante.

—Cómo es que se me ocurre buscar a una débil y ordinaria humana como tú…

—¡Hiraikotsu! —Lanzó con ira, no soportando oír su voz por más tiempo. Pero él la esquivó, saltando demasiado alto—. ¡Regresa aquí, cobarde!

Cayó de rodillas al piso, cuando recuperó su arma. ¿Qué había hecho con su vida? ¿Qué había hecho con su cuerpo…? ¿Qué había hecho con sus amigos? ¿A ese punto la habían orillado las imprudencias de Miroku? ¿A tales puntos llegaban sus celos, que la convertían en traidora, haciéndola ver cosas de más, por todas partes? En ese momento, recordaba que cuando vio a Kagome con Miroku, ella no tenía ninguna mala intención, maldita sea, lo sabía. Pero buscó cualquier excusa, cualquier fallo.

¿Por qué a ella? Recordaba a su madre, cuando aún vivía, mucho antes de que Kohaku naciera. ¡Era tan feliz! Y es que desde que Naraku había aparecido en sus vidas, todo se había ido a la mierda. Siempre tomaba malas decisiones, como la vez que quiso matar a Kohaku, para salvarlo. Y ahora, dejándose tocar por InuYasha, el novio de su mejor amiga, mejor amigo del hombre que amaba… ¿De qué iba? ¿Tan mierda era? Estaba tan decepcionada de sí… Y de Miroku.

—¡Sango!

—¡Miroku! —Gritó, apenas escuchó su voz. Corrió hacia él, abrazándolo y soltándose a llorar. Ya no aguantaba más, ni un solo instante.

Miroku la abrazó lo más fuerte que pudo, sintiendo su calor. Le sobaba el cabello con atención, mientras ella sollozaba, desahogándose. Le pareció que había pasado un siglo en su pecho, se sintió tan eterno su tacto. De repente, la sintió despegarse, de un tirón.

—¿Qué…?

Y antes de que dijera algo más, la vio taparse el pecho con los brazos. Se sonrojó, subiéndose las mangas de su kimono. Cuando el viento le alzó el cabello y le pudo ver el cuello, notó la herida. Inmediatamente intentó tocársela, pero ella lo detuvo, bajando la mirada.

—No, por favor. —Temblando, no tubo el valor de mirarlo a la cara. No, no después de haber sido profanada de esa manera tan atrevida por un imbécil que no había sido él—. No.

—Sango, tú… —se detuvo, porque ella se alejó como una criatura indefensa y asustada. Se quedó callado, relacionando vagamente a InuYasha, en todo eso. Le tomó de la mano, y ella, aún dudando, se dejó hacer. Poco a poco, de un momento a otro, ya la sentía más tranquila—. Mi vida.

No, esa vez no había aumentado el: «Digo, digo… Sango». Era su vida, sí. Sango era la mujer más preciosa del planeta, la más perfecta. Sango iba a ser la madre de sus hijos, de todos los que había deseado. Y la exterminadora lo miró con ojos perturbados, llenos de lagrimitas cristalinas. Un «te amo, Miroku», se le quería salir, pero calló.

Excelencia…

—Ay, «excelencia» —dijo tranquilo, cerrando los ojos—. No sabes la delicia que siento al oírte llamarme así, otra vez.

Ella agachó la cabeza, sonrojada.

—Lo siento.

—Ven, Sango —le quitó el cabello de la herida, y con lentitud, se fue acercando al cuello—. Qué bien hueles, querida Sango.

—Miroku… —abrió los ojos como platos, cuando sintió la lengua caliente de él, pasar por aquellas perforaciones.

¿Estaba lamiendo sus heridas? Se asombró, porque no sintió placer, como habría pensando. Cerró los ojos, sintiéndose regocijada y le dieron ganas de llorar. Le dio cosquillas leves. ¡Cuánta ternura en ese gesto! Miroku era simplemente maravilloso.

—Listo —el sabor metálico de la sangre, lo tenía perturbado, pero su acto de amor, le había llevado demostrarse de esa manera: lamiendo sus heridas—. ¿Estás bien?

Sango asintió, recordando que momentos antes, él había visto la desnudez completa de sus senos. Se tiró el cabello hacia adelante y no lo miró: moría de vergüenza.

—Estas heridas… —apretó los labios, tomando fuerzas para hablar—. Son… —carraspeó, nerviosa. ¿Cómo le iba a decir? Lo miró ceñuda: ah, o sea que él si podía acostarse con otras sin decirle nada, pero ella no podía haber errado por una sola vez, sin comentarle.

—¿Qué sucede con tus heridas?

—Me duelen. —Puntualizó, mandando todo a la mierda. ¿De quién había sido la idea de decirle? De ella, claro. Mejor no tirar la piedra y esconder la mano. Miroku la observaba, nervioso—. Me las hizo InuYasha.

El monje se quedó en blanco, enderezando su postura.

«No reconoce muy bien a quienes lo rodean y por lo tanto, puede atacar»

—Maldita sea —murmuró, pensado en voz alta. La miró detenidamente—. Sango, ¿estás bien, no te hizo nada?

—Estoy bien.

—Oh, qué bueno que así sea. —Cerró los ojos, suspirando.

—¿No estás enojado? —se mordió los labios, nerviosa.

Miroku frunció el entrecejo y la observó.

—¿Enojado?

Ella asintió, suavemente.

—Sí, enojado.

—¿Por qué habría de estarlo, si no es tu culpa?

Sango abrió los ojos, sorprendida.

—¿Cómo?

—Yo sé lo que tiene InuYasha, Sango. El anciano Myōga me lo contó: es su época de apareamiento yōkai, pero como InuYasha es un hanyō, le afecta la transformación, su cuerpo y mente. No reconoce muy bien a la gente que…

—Yo quise que me… tocara. —Lo interrumpió, hablando sería. Miroku se quedó callado, sin entender, ¿tocar?—. Pero todo esto se salió de control, no lo entiendo. Esta mañana, antes de la pelea, vi que Kagome te tomó de la mano.

Él abrió los ojos como platos, entendiendo el porqué de la actitud fría de Sango, con Kagome. Y también entendiendo a qué se había referido exactamente, cuando dijo «tocar». Qué mierda de vida. Jamás pensó que Sango se aprovecharía de una situación así de InuYasha, para hacer algo tan… ¿inmoral?, y excusarse con que lo había visto tomarse de la mano con Kagome, o algo así. Jamás pensó que la mujer más hermosa del planeta, caería tan bajo.

Se quedó en silencio, digiriendo las palabras que ella le había dicho. Ya, entendía perfectamente lo que Sango había pensado sobre él y Kagome. Le dolió, más por la sacerdotisa, que por él.

—Y tú pensaste que ella y yo, tenemos algo, ¿no? —Sango asintió, lista para hablar—. De la misma manera, que creíste que yo estuve en la cama con Keren, la doncella del palacio de la aldea vecina. ¿No es así, Sango?

La aludida cerró la boca, anonadada por la respuesta, ¿entonces la había visto? ¡La madre, qué vergüenza! Cuando ella lo fue a ver a su habitación, era para arriesgarse a dormir con él, a decirle que aceptaría ser su esposa. Solo deseaba dormir en su pecho, nada más. Pero cuando entró, vio aquel cuadro tan doloroso de la doncella, desnuda, sobre Miroku.

—La vi desnuda, sobre ti —también se puso seria, afrontando el caso.

—Mientras dormía, sentí que alguien entró a la habitación y no lo niego: pensé y rogué porque fueras tú —relató, mirándola a los ojos—. No abrí los ojos, suponiendo que serías la única mujer que entraría ahí. Cuando sentí que se sentó sobre mí, abrí los ojos, para encontrarme con Keren, aquella doncella. Si al menos lograste darte cuenta, yo aún estaba vestido.

—Así es. —Recordó, sintiendo la pena embargarla.

—Entonces miré para la puerta y vi que ahí, estabas, Sango. No me diste tiempo ni a reaccionar. ¿Tienes idea de cómo sacarte a una doncella desnuda, de encima de tu cuerpo? —Comentó él, sintiendo ira.

—Miroku…

—Mira, Sango —se levantó de repente, sin dejar de observarla y ella también lo hizo, preocupada—. Sé perfectamente que no confías en mí. Y te entiendo, porque me he ganado la desconfianza. Pero quiero que sepas que en realidad, desde que te propuse que fueras mi esposa, después de derrotar a Naraku, nunca más volví a tocar a una mujer del modo en que quisiste que InuYasha te tocara a ti.

—No lo hizo del todo, Miroku, yo…

—Sí, está bien todo lo que dices, Sango. —Estaba muy herido, muy traicionado y muy hecho mierda. ¿Por qué todo tenía que salirle chueco, siempre?—. Pero, ¿no crees que al hacerle esto a Kagome, sin tener culpa, se te fue un poco la mano?

Sango sintió aquellas palabras golpearle fuerte en el alma, como una piedra. Miroku tenía razón. Y también estaba en lo cierto, cuando decía que la sacerdotisa no tenía la culpa. Ya estaba enterada de lo que realmente había pasado, aunque demasiado tarde.

—Lo siento. —Las lágrimas de ira propia, rodaron libres, turbando el tono de voz.

—Yo lo siento más.

Para cuando quiso volver a mirarle, él ya se había ido.


Calculaba que al menos ya era el tercer día de que InuYasha tuviera su apareamiento. Tres días en que ya habría… profanado, vaya, el cuerpo de Kikyō. ¿Qué era eso? ¿Necrofilia, acaso? Es que sentía tanto asco y celos a la vez. Asco de qué podría hacer InuYasha con la sacerdotisa. Y celos de lo que estaba haciendo, en sí. ¿Era lo mismo? Aunque tenía una gran duda en esos momentos, y era referente a que si el cuerpo de barro y huesos, podría soportar todo eso.

Le había costado mucho asimilar todo. A pesar de que él había estado ahí, tocándola, no podía sacarse de la mente, aquella imagen que su cerebro reproducía una y otra vez: Kikyō desnuda, en los brazos de InuYasha. Tal y como ella había estado. ¿Con las dos? Claro, ni siquiera inconsciente dejaba de ser un perro. Sentía tanto odio.

—No, gracias. —Fingió sonreír, rechazando la comida.

—¿A quién busca, señorita sacerdotisa? —Le habló una de las doncellas, que llevaba una bandeja con comida. Qué raro era ver tantos días el mismo lugar.

—A un niño y a una gata —le respondió, metiéndose la mano al bolsillo de su pijama.

—Están jugando con Nanako, señorita. —Apuntó a la derecha y vio a una pequeña, que dibujaba con las crayolas de Shippō.

—Oh, qué amable. Muchísimas gracias, eh…

—Soy Saya, señorita —sonrió la joven, con mucha alegría. Kagome le caía bien y además, todos estaban agradecidos con ella y el resto de jóvenes, que habían salvado su aldea—. A sus órdenes.

—Eres muy amable, Saya. —También sonrió, Kagome, viendo a la aludida retirarse.

Ya, Shippō y Kirara se veían muy entretenidos jugando con Nanako y la pulga Myōga estaba con ellos. Aunque Miroku no. No sabía si contar o no, lo que le había pasado, pero sentía demasiada vergüenza.

Caminó hasta su cuarto y cuando estuvo dentro, se sentó sobre las sábanas, en donde dormía. Suspiró, muy confundida con todo lo que le estaba sucediendo. A veces, pensaba que sin haber conocido a InuYasha, estaría por ahí, estudiando y no inventando excusas para no ir a clases. Pero también sabía, que de ser así, jamás habría conocido lo que es el amor.

—Kagome…

Se exaltó, apenas escuchó el llamado. A pesar de que estaba asombrada, optó por quedarse de espaldas.

—¿Sango?

—¿Puedo hablar contigo? —lo dijo con nerviosismo, lo dijo con tristeza.

Kagome agachó la cabeza, sintiéndose derrotada, por una extraña razón y asintió. Oh, ya, es que la había ignorado todo el día, y se sentía dolida.

—Por supuesto que sí. —Le cedió lugar, frente a sí misma.

Sango suspiró, lista para lo que se venía. ¿De verdad tendría el valor de decirle que ella había estado a punto de acostarse con InuYasha?


Gracias a quienes están pendientes de esto, que sé que no tiene muchos fans porque no es Inu/Kag. En especial, gracias a mi Bren uwu

Feliz año nuevo.