Los personajes de «InuYasha», son de Rumiko Takahashi.


7.


Lo siguiente que escuchó, fueron los pasos de Sango, y luego, la vio sentada frente a ella.

—Seré breve, Kagome. —Le dijo seria, tomando valor. La aludida la contempló con atención—. Quiero que sepas que robé algo de tu champú.

Kagome sonrió—. No te preocupes por eso.

—No, es que… no sabes con qué fines lo hice. —Tragó duro. La sacerdotisa hizo una mueca de «no entiendo» y Sango, suspiró, queriendo liberar tensiones—. Sabes que InuYasha está en sus días de apareamiento yōkai, ¿verdad?

—Me lo dijo… el anciano Myōga, esta tarde. —Iba a decir que se lo había dicho Kagura, pero prefirió ser discreta.

—¿Ibas a decir algo?

—No, no es nada. Sígueme contando, Sango.

—Bien, me propuso que… —se sonrojó. Quería meter la cabeza en la tierra, ¿cómo demonios iba a decirle eso, así, cruda?—. Mira, Kagome, él andaba buscando a…

—Alguien con quién aparearse, ¿no? —Le terminó la frase y, devastada, cerró los ojos. Si Sango mencionaba eso, era porque de seguro, InuYasha se lo había propuesto a ella.

—Sí… —extendió un poco el monosílabo, mirándola con impaciencia.

—¿Y qué le dijiste, Sango? —Preguntó Kagome, sintiendo mucha vergüenza, en nombre de InuYasha.

Sango se quedó en silencio por unos segundos, con el corazón acelerado y las manos sudando. Vamos, tenía que aceptar las consecuencias de sus actos. Después de unos instantes de tomar valor, suspiró.

—Le dije que sí.

Casi sintió sus ojos cafés llenarse de lágrimas, al oír esa inequívoca respuesta. ¿Por qué, Sango?

—No comprendo —la miró, pero Sango no podía hacerlo.

Perdóname, no sé en qué estaba pensando, Kagome. Fue una venganza contra Miroku, contra ti que…

—Espera —hizo un ademán de «alto» con la mano, sin dejar de observarla—. ¿Contra mí?

Sango regresó la vista, ya húmeda y arrepentida. Asintió.

—Hoy en la mañana malinterpreté un gesto tuyo hacia Miroku.

—¿Viste cuando le tomé la mano?

—Sí.

—Le pregunté por ti y por qué estaban peleados. —Reveló Kagome, aún más dolida—. No puedo creer que desconfiaste de mí.

—De verdad lo lamento, Kagome. —Lloró, por fin lloró enfrente de ella. En realidad, le dolía, se sentía tan tonta—. Quiero que sepas que realmente no pasó nada.

Kagome, que había dirigido su vista a cualquier otro sitio, que no sea Sango, sintió una llama de esperanza encenderse allí, en lo más hondo.

—Al principio no quise y de verdad que no quería —continuó—, y sigo sin querer. Mientras él se acercó a mí… yo imaginaba que era… —su voz se trabó. Era tan difícil estar hablando de eso. Era tan difícil aceptar que le había fallado a Kagome y a ella misma.

—Comprendo. —Quizá haya sonado muy fría, pero a pesar de todo, en el fondo, la entendía un poco. Sabía que iba a decir que imaginaba que era Miroku, así que podía saber que, en ese error, aún quedaba un poco de su Sango, de su querida Sango—. Entonces, ¿no te poseyó?

Sango la miró, tranquilizándose apenas.

—No.

Kagome suspiró, aliviada. No había sido tan malo, después de todo.

—Está bien, supongo. —Dijo, bastante cortante.

—Kagome —le llamó de repente, acordándose de algo—. Te robé champú… porque InuYasha me dijo que le gustaba que oliera a ti.

El corazón de la sacerdotisa saltó de su pecho. Se sonrojó como un tomate y no pudo evitar la emoción repentina. ¿Estaba buscando su olor? ¿Aún inconsciente lo recordaba? Quizás InuYasha sí la quería un poquito. Quizás no estaba tan detrás de Kikyō, quizás…

Inhaló aire profundamente, cerrando los ojos. Estaba demasiado confundida, dolida, empática, enamorada, con su amor de amiga a flor de piel, con un poco de heridas, con…

—Vete, Sango —la vio abrir la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente. Sango habría de entender que necesitaba estar sola—. Quizás podamos hablar mañana.

—Sí. —Se levantó con lentitud, muy agotada mentalmente.

Caminó así mismo hasta la puerta, para abrirla sin hacer demasiado ruido.

—Sango… —regresó a mirarla en seguida. Notó que el tono de Kagome, era bastante nervioso e inseguro.

—Kagome. —Dijo como respuesta.

—Tú… —respiró más hondo, tomando fuerzas—. Tú… ¿también sientes algo por InuYasha?

Sango sintió un peso salir de encima con esa pregunta y, mirándola fijamente a los ojos, le dijo:

—Miroku ha sido, es y será el único hombre por el que siento algo, Kagome —le confesó, tan segura como que ella se llamaba Sango—. Cometí un grave error, pero cuando acepté esto, jamás pensé en InuYasha como tal, sino en lo mal que podría sentirse Miroku, Kagome. Créeme.

Kagome asintió, sintiéndose segura de lo que había dicho. Al menos había entendido mucho mejor qué trataba de decirle Sango.

—Buenas noches, Sango.

—Descansa, Kagome.


—InuYasha es un imbécil. —Apretó los puños, sin dejar de mirar el espejo ni un solo momento—. Vete, Kanna.

La muchacha únicamente volvió el espejo a la normalidad y se retiró en silencio.

—Ash, qué calor hace allá afuera.

—¿Qué haces aquí, Kagura? —Inquirió indignado, frunciendo el ceño—. ¿No te dije que permanecieras vigilando?

La demoniza se quedó callada, mirándolo seriamente. ¿Qué diablos le pasaba? ¿Acaso quería tenerla vagando todo el día? Ya estaba hasta la puta madre de tener que estar perdiendo el tiempo por allí. Era lo más aburrido que le podía pasar y honestamente, ya estaba harta.

—Hablé con Kagome, como me lo pediste. —Optó por informar.

—Eso ya lo he visto mediante el espejo. —Su tono ya estaba más sereno. Se notaba que Naraku estaba cabreado.

—Casi me cuesta una de mis adoradas plumas —se golpeó el hombro con el abanico, recordando el encuentro con aquella mujer—. Esa estúpida sacerdotisa.

—¿E InuYasha?

—Qué sé yo. Follando por ahí, quizás.

—Le perdiste el rastro, incompetente. —Le recriminó, mirándola con ira. ¿Cómo era posible que una de sus extensiones fuera tan lenta? Kagura lo miró con desdén—. Esta noche, estuvo a punto de poseer a Sango y en vez de eso, la mordió.

Para sorpresa suya, Kagura soltó una carcajada descomunal, haciendo que se enoje aún más.

—No puedo creer que sea tan imbécil. —Volvió a reír, muy divertida, en serio.

—Cállate, Kagura. —Ignoró el comentario, pero le pareció acertado—. Mañana es el último día. Mañana en la noche, debes estar allá, con el fragmento.

—¿Uh?

—Vamos a igualar a estos dos hermanos.


Antes de que el sol apareciera en el cielo, los aldeanos ya estaban arando la tierra. Las mujeres ya preparaban el desayuno para sus hijos y sus esposos. Ese año, la cosecha de arroz había sido excelente: varias de las aldeas vecinas iban a hacer jugosos trueques con su cosecha. A pesar del ataque último de los demonios, todo parecía seguir con la misma fuerza.

El día ya estaba completamente claro y se veía hermoso. Ah, qué buen aire se respiraba en los campos.

—Apenas he aprendido —pronunció, riendo bajito—. Debes concentrarte mucho, Nanako. Así, para que cuando lo hagas en una batalla, te salga al instante.

—Sí. —Dijo la niña, contenta.

—¡Kagome! —gritó Shippō, corriendo hacia ella, con Kirara atrás.

La aludida se levantó lentamente, sonriendo, también. Debía admitir que, aunque no había dormido ni un poco, pensando en aquella conversación de la noche anterior, se sentía feliz. De alguna manera.

—Shippō, Kirara —les dijo, a modo de saludo.

—Hola, amigos —dijo la niña, también saludando.

—Nanako. ¿Qué hacen?

La sacerdotisa se sentó de nuevo, como al principio. Colocó las manos juntas, alzando únicamente, ambos dedos índices. Cerró los ojos y después de unos segundos, fueron rodeados por un campo de energía no muy grande. Era casi imperceptible, pero se podía divisar pequeños destellos lilas.

—Vaya, Kagome, ¿ya aprendiste? —asombrado, el zorrito observaba a su alrededor.

La gata tocó apenas con sus uñas el campo, y recibió una pequeña descarga eléctrica. Maulló. Todos rieron.

—La sacerdotisa Kagome me está enseñando a hacer campos de fuerza. Es muy sabia. —Halagó la niña, imitando a la joven.

Kagome sonrió, un poco sonrojada; aún no se acostumbraba a que la llamasen «sacerdotisa», con tanta propiedad.

—Nada de eso, Nanako. Sabia eres tú, por aprovechar tu vocación de sacerdotisa para ayudar a tu aldea… —Kagome abrió los ojos, recordando aquel detalle—: No hay ninguna sacerdotisa cerca.

—Así es, señorita Kagome —asintió la niña—. Aunque… nos ha visitado un par de veces otra sacerdotisa muy poderosa y al igual que usted, muy buena.

Higurashi sintió una corriente helada recorrerla por completo. No debía siquiera preguntar quién era aquella sacerdotisa.

—Ah, ¿sí? —inquirió Shippō, observándola detenidamente—. ¿Cómo se llama?

En la mente un poco despistada e inocente del zorrito, no cabía un planteamiento de relación inmediata.

—Pues… Ko… Ki… —tartamudeó Nanako, sin poder recordar el nombre. Parecía haberse borrado de su mente.

—Kikyō… —completó Kagome, dejando a todos en silencio—. La sacerdotisa se llama Kikyō.

—¿La conoce? —Nanako la miró, intrigada por su tono tan frío.

—Así es —fingió sonreír. Después de unos segundos largos de silencio, decidió volver a hablar, porque se sintió incómoda—. ¿Seguimos con el entrenamiento?


No, no había dormido ni siquiera un poco.

Después de aquella conversación con Sango, no había podido pegar ni un ojo. Imaginar a InuYasha tocándola era como meterse clavos en el cuerpo. Era obvio que Sango no había sido profanada por él; aparte de las pruebas físicas, todavía podía ver en ella ese brillo en los ojos característico de las doncellas. Sin embargo, la había manoseado, como se decía vulgarmente.

Y eso, por muy poco que pareciera, le dolía, le mataba de celos. No culpaba a InuYasha, porque sabía su estado, pero Sango… Es que aún no podía superar que Sango hubiera caído tan bajo. No podía entenderla, no…

Se suponía que se había ido de la aldea, antes del amanecer, buscando algún lugar para meditar y lo que estaba haciendo, era pensar en los celos que sentía. Había encontrado una cascada de agua excelente, con una gran piedra en medio. Allí estaba, sentado con las piernas cruzadas, en pose india. Los brazos abiertos a los costados y los dedos colocados de una manera muy especial.

Era su culpa lo que estaba pasando, después de todo. Y le jodía saber que así era. Sabía que Sango jamás habría hecho eso si él no fuera tan mujeriego, pero es que… él no podía tocarla aún y como hombre, tenía sus necesidades.

Suspiró. Abrió los ojos lentamente. ¿Qué tal si ella lo estaba buscando para hablar? No, Sango era Sango. El orgullo le podía más.


—¿No ha pasado por aquí?

—No, señorita. No hemos visto al monje… ¿Miroku, dijo? —inquirió el hombre, haciendo una mueca de confusión.

—Sí.

—Bueno, a él no lo hemos visto desde ayer. —Informó.

—Muchas gracias, de todos modos. —Sango sonrió fugazmente y se retiró.

Maldita sea. Era la segunda vez en lo que iba del día que buscaba a Miroku por la aldea y no lo encontraba. También había intentado hablar con Kagome, pero ella parecía evitarla. No la iba a presionar. Al menos, esa sería su última noche ahí. Después de eso, quizás se separaría de ellos.

Mientras caminaba, agachó la vista, entristeciendo mucho con esa idea. ¿Por qué todo no volvía a ser como antes? ¿Por qué no estaba ahí, parada a lado de Miroku, con Shippō sobre Kirara, e InuYasha en medio de Kōga y Kagome, lleno de celos? ¿Por qué no estaban riendo, ella y Miroku volando sobre Kirara y, Kagome, Shippō e InuYasha, rodando por la tierra con su bicicleta rosa? ¿Por qué estaban tan separados? ¿Por qué ella había cometido esa estupidez?

Y así, sola, sin nadie con quién hablar, decidió buscar un claro, para entrenar el resto del día con lo único que le quedaba: Hiraikotsu.


Se ocultaba casi por completo el sol cuando ella ya estaba entrando en la fortaleza del palacio.

—Fue un gran día, señorita Kagome. Muchas gracias por todo. —Nanako sonrió, retirándose tranquila, con sus plantas medicinales en los brazos.

—No es nada, Nanako.

Kagome siguió caminando. Su uniforme estaba bastante sucio y lleno de barro, en algunas partes. Suspiró: no estaba en condiciones de lavar nada. Junto a la aprendiz de sacerdotisa, se habían ido a jugar Shippō y Kirara. Últimamente, como todos estaban separados, la gata y el zorro, no encontraban cómo distraerse.

No había visto a Miroku desde el día anterior. Pero qué pasaba con ellos, ¿acaso Miroku también se apareaba por épocas? Sonrió, irónica. Sentía como si hasta allí hubiera llegado la amistad con los chicos y era frustrante, porque ella los adoraba a todos. Eran como una familia en donde solo a InuYasha, lo veía como algo más que un amigo. Todo el día se la había pasado pensando en Sango, a pesar de haberla evitado algunas veces.

También estaba atenta a que ella se había ido a bosque solo con Hiraikotsu. A entrenar, supuso. Algo le decía que de una u otra manera, el comportamiento de su amiga se había influenciado por Naraku. Ese maldito no tenía algo, tenía todo qué ver en esa situación. Eran de esas veces en que deseaba tenerlo en frente y estrangularlo con sus propias manos.

—Oh, monje Miroku. —Lo llamó, sorprendida por haberlo encontrado allí, recién llegando, al parecer.

—Señorita Kagome. —Respondió dudoso. Quería decirle lo que estaba sucediendo, pero es que sentía que eso le correspondía a Sango. Había salido a meditar, pero su ira era aún mayor que al inicio del día—. ¿Cómo está? —Bajó la mano, que había estado lista para correr la puerta.

Kagome suspiró. ¿Será que Miroku ya sabía lo que estaba pasando? Pues le parecía que sí, por su semblante y su ausencia de todo el día.

—Bien… —apretó los labios, sintiéndose nerviosa. ¿Le decía o no? Pero es que… ¿cómo iba a comenzar a decirle un tema tan íntimo y delicado? Además, se trataba de Sango, directamente para él. ¿Sería discreto? Dudó mucho en decidirlo—. ¿Sabe algo de InuYasha o de… Sango?

A la final, lo hizo. Era muy curiosa.

Miroku sonrió con ironía y algo de simpleza. Entonces ya lo sabía. Mucho mejor para él.

—¿Sango ha hablado contigo, Kagome? —La miró directamente a los ojos, tuteándola—. Porque conmigo sí.

—Anoche. —La mirada de él era tan intensa, que le costó seguir manteniendo el contacto visual—. Me contó todo.

Miroku sintió aún más ira y celos. Su sangre ardía por las venas.

—Pues me alegra que se cuenten intimidades, señorita Kagome, pero no es de mi incumbencia. —Trató de sonar muy tranquilo, pero no lo pudo disimular muy bien.

—Miroku, Sango…

—Si me permite —le interrumpió, abriendo la puerta—. Me siento un poco indispuesto.

Kagome lo observó entrar sigilosamente a su habitación y cerró la puerta, aún estando ella allí. Suspiró: qué fuerte. No tenía idea de que él se hubiera puesto tan mal. Y no es que le afectara menos, ni que quisiera justificar del todo a Sango, pero al monje no le quedaba bien en papel de ofendido. No, no después de todos los desplantes que le había hecho a su supuesta novia.

Dio la vuelta y se retiró a bañarse, como de costumbre desde que estaban ahí. Y es que, caminando en busca de esos fragmentos, ella jamás podía darse esos lujos. Inhaló aire con fuerza: ojalá que pudiera dormir esa noche.

...


[Quizás los diálogos se les hicieron muy OoC, pero quiero decir que me pareció necesario. De verdad, créame que hice mi mejor esfuerzo por reflejar el arrepentimiento de Sango, porque, de todas maneras, es algo muy fuerte. Igual, vamos, querer dejarse tocar por InuYasha, ya es OoC [?]

Besos grandes a todos ustedes, por sus comentarios; a mi Bren preciosa, a mi Maribalza y a Yumi, nueva lectora de esto: estoy ansiosa por leerlas, niñas xD)
PD: Estoy teniendo muchos problemas con las líneas divisoras, no tengo idea de qué pasa, por eso coloco los puntos suspensivos.