8.


Parecía un milagro que esa noche estuviera tan fresca o bueno, la madrugada. Los habitantes de esa aldea y el palacio dormían muy profundamente. Claro, al parecer, así era. Kagura descendió con lentitud hasta el piso, guardando su pluma. Observó a Kanna mantener firmemente el espejo frente a ella mientras le mostraba si todos dormían gracias un polvo especial que se habían encargado de repartir por los alrededores. Y así era.

La niña albina caminó sigilosa por los pasillos, intentando que su peso, aunque liviano, no hiciera crujir la madera. Kagura la siguió sin decir ni una sola palabra y mirando a sus costados. Se detuvo junto a la albina, que se quedó justo en frente de la puerta de donde dormía Sango. La niña traspasó la barrera física elevándose apenas. Una vez dentro, tomó un fragmento de la perla de Shikon ya oscurecido de su kimono. Su presencia era imperceptible, así que Sango no despertaría. Incrustó el cristal en la parte que menos se habría esperado: las heridas de su cuello.

Sango abrió los ojos de inmediato, ahogando un grito. Sus pupilas se tornaron llanas, sin brillo o color alguno más que el café. Kanna la vio levantarse, controlando todos sus movimientos. La exterminadora abrió la puerta despacio y sin decir palabra, comenzó a caminar hacia la salida de la fortaleza.

Kagura la contempló pasar frente a ella y, sin perder el contacto visual, la siguió. Si todo salía como habían planeado, Sango estaría en los brazos de InuYasha en pocos momentos. Y esperaba que ese perro imbécil ahora sí la poseyera en vez de morderla.


«—¿Te ha traído hasta aquí la presencia del fragmento, Kagome? —cuando vio que sostenía la perla completa en sus manos, dejó de correr inmediatamente—. ¿No es así?

No podía ser… Se miró el pecho, que era donde siempre cargaba el fragmento unido de la perla a modo de collar. No estaba. Maldita sea, no estaba. No estaba. ¡El maldito fragmento no estaba! ¡¿Cómo demonios se lo habían quitado?! ¡¿Y en qué momento?! Buscó inmediatamente en el bolsillo de su falda verde y encontró el pequeño frasco. ¡Bingo! Cuando lo tuvo frente a sus ojos, se dio cuenta de que también estaba vacío.

—¡Devuélvemelo! —Gritó, buscando su arco y flechas, pero no estaban, no tenía nada más que su cuerpo y ropas—. ¿Qué…?

—Qué tonta eres, Kagome. —Soltó una risa muy burlona. Se llevó la mano derecha que sostenía la perla y cubrió apenas su gesto de manera delicada.

El claro era el mismo, pensó. El mismo claro en donde se habían visto el día anterior.

—¿Qué vas a hacer con la perla, Kikyō? ¿Cómo es que me has quitado los fragmentos? —Sentía ganas de llorar por la impotencia. Se sentía imbécil—. ¡¿Cómo diablos me los quitaste?! —Volvió a gritar, aún más histérica.

—Por supuesto que no fui yo. —Kikyō aún mantenía su sonrisa que parecía malévola. La miraba fijamente, como desafiándola, con aquellas cejas irritantemente finas y los orbes café clarísimos. Era como la peor villana de los cuentos de hadas.

—Entonces quién —negó incrédula.

—Fue InuYasha —y lo vio salir de repente, colocándose atrás de Kikyō, mientras le besaba el cuello y atrevidamente le apretaba un seno. Se quedó muda, asqueada—. InuYasha no se acostaría contigo a menos de que en serio necesitara algo.

Esas palabras habían sonado como veneno. Kagome intentó no desfallecer… No, no entendía un carajo de lo que estaba sucediendo frente a sus ojos. No podía ser simplemente… ¿Qué había hecho? Recordaba que solo momentos antes se había entregado a InuYasha como el acto de amor más puro que pudiera ofrecerle y entonces él… Volvió a tocarse el pecho, intentando recordar en qué momento se lo había quitado.

Nada, no recordaba nada.

—¿Cómo pudiste creer que de verdad me gustas? —Lo escuchó decir y acto seguido, ambos rieron—. Lo que pasa es que Kikyō necesita la perla para poder convertirme en un humano y vivir con ella por el resto de nuestras vidas.

No los miraba. Casi le parecía imposible que InuYasha dijera esas palabras. Y Kikyō, esa mujer parecía una víbora y, sin embargo, siempre trató de mostrarse muy pura, muy sabia. Malditos Se quedó en silencio unos momentos, con la mente en blanco. No pensaba, no sentía.

Malditos los dos. Apretó los puños, sintiendo su alma llenarse de ira, casi oscurecerse.

Respiró hondo y cayendo de rodillas al piso, los miró: se estaban besando y tocándose muy asquerosamente. Qué diablos estaba pasando.

Negó de nuevo, intentado sentir su propio cuerpo para comprobar que aquello era real.

—Ella está muerta. —Fue lo único que dijo, finalmente, desde el fondo de su alma, con el dolor y la decepción corroyendo su ser entero.

Los amantes pararon en seco, mirándola con desprecio. Vio a InuYasha caminar hacia ella con el infierno reflejado en sus pupilas doradas que tanto amaba.

—Y es así como vas a estar tú… —Le dijo, alzando las manos y afilando las uñas.

—No, por favor, por favor, InuYasha… —le rogó, llorando.

—¡Garras de acero…!»

—¡Por favor, no! —su propio grito la despertó. Estaba sudando y con el corazón a mil latidos por minuto. No dejaba de jadear. Vio a Shippō y Kirara seguir durmiendo sin haberse perturbado por su pesadilla, al parecer. De repente, una presencia muy familiar le llamó la atención. Maldita sea, aún no se despertaba bien y no podía reconocer qué era…—. ¿Un fragmento de Shikon?

Se levantó de inmediato, con los pensamientos aún bloqueados. Calculaba que ya era de madrugada. Tomó su arco y sus flechas, intentando no despertar a nadie. Salió rápido de la habitación y no supo qué rumbo tomar.

»—Sango…

Cuando llegó a la habitación de la aludida, vio que estaba abierta y que dentro, no había nadie. Al parecer se había levantado e ido a alguna parte y era obvio que no había sido sola. Entonces recordó a Kagura y su aparición tan extraña de regreso cuando buscaba a InuYasha.

»—Naraku, maldición. —Su tono fue desesperado y lo único que podía hacer en ese momento era una sola cosa—. ¡Miroku!


—Ash, pero qué aburrimiento —rezongó Kagura, golpeándose el pecho con su abanico. Estaba acostada en la rama de un árbol mirando el cielo. Le impacientó que su hermana no dijera nada—. ¿No te aburres, Kanna?

La niña siguió en silencio, mirando fijamente a Sango.

—InuYasha llegará pronto. —Fue lo único que dijo.

—Al fin. —Soltó, como si fuera la gran cosa. Kanna también estaba sentada en el final de la rama, sin despegar la vista de aquella exterminadora—. Tenemos mucho tiempo con aquella mujer semidesnuda en este maldito río y nadie aparece.

Y así era. Sango se mantenía idiotizada, parada en medio de aquel claro, a la rivera del río, sin control, ni consciencia. Con el pecho desnudo, peligrando en conseguir un resfriado por el helado viento de la noche; este, que mecía sus largos cabellos castaños. Ella solo pestañeaba de vez en cuando. Kagura y Kanna se mantenían encerradas por un campo de energía que imposibilitara su reconocimiento.

De repente, los sentidos de la yōkai de los vientos se pusieron alerta. Vio a InuYasha saltar de no sé dónde, quedando tras de Sango. Admitía que el aburrimiento se había ido: eso se estaba poniendo interesante. Kanna volvió a manipularla, haciendo que la joven gire lentamente sobre sus pies, quedando frente al hanyō.

—Pero tú eres imbécil, ¿no? —Rio InuYasha, burlándose, específicamente—. ¿No te bastó la mordida de ayer?

—Aquí me tienes, InuYasha. —Le dijo, moviendo los labios mecánicamente. Sus ojos estaban mirando a la dirección del medio demonio, pero no estaban fijos en él, no estaban fijos en nada. El de cabellos plateados observó sus senos desnudos y se relamió—. Soy toda tuya.

Con una mirada sagaz y lujuriosa, tronó los dedos de sus manos.

—Sabía que volverías.


Estaba completamente anonadada. De verdad, no lo podía creer. Ni siquiera le había dejado terminar la frase, porque cuando mencionó a Sango, él se puso imbécil.

—Tengo sueño, señorita Kagome —le había dicho, sin vergüenza alguna.

En esos momentos comenzaba a sentir ira.

—Hay un fragmento de la perla. —Le dijo, para ver si se animaba.

—¿Y si desaparece como ayer? —Propuso, inventando otra excusa. Aún estaba cerca de la puerta con Kagome fuera de la habitación.

Kagome tomó aire, intentando disipar el coraje. No quería gritar.

—Miroku, debemos ir por ella. Puede estar en peligro. Deja de ser inmaduro. —Su tono era firme, muy molesto. Y es que le jodía que siendo ella la más afectada, fuera él quien se pusiera en el papel de traicionado y herido a tal punto, de ignorar que Sango estuviera perdida.

—Lo siento, pero no. —Y él también estaba seguro en su decisión.

Kagome inhaló aire profundamente —otra vez—, cerrando los ojos. Sería la última vez que intentaba conseguir algo del monje.

—Creo que secuestraron a Sango. —Y no se refería a secuestradores comunes. Se refería a Naraku—. Su vida está en peligro, ¿por qué no lo entiendes?

—Ay, por favor, señorita Kagome —alzó la mano, para después mirarla fijamente—. ¿Secuestrarla? Seguro que fue con InuYasha.

Lo siguiente que resonó en la aldea, fue la cachetada colosal que le dio Kagome. Su cuerpo estaba temblando y dejó escapar sonidos desesperados de un llanto que gritaba por salir. Miroku se quedó en silencio; esa cachetada había sido diferente a todas las que había recibido en la vida. La cara le ardía, pero lo que más le llamaba la atención, eran las lágrimas de la sacerdotisa. Kagome no sintió ni siquiera un poco ese gesto, ya que él se lo merecía. Miroku se había comportado como un patán.

—Naraku… —no pudo evitar agachar la cara y esconder los ojos. Hizo puños en ambas manos—. Naraku está detrás de todo esto.

Miroku abrió la boca y los ojos, como si le hubieran quitado una venda de la vista y se desesperó como cuando la había oído gritar de dolor en el bosque. Maldita sea.

—Sango…


Notó que InuYasha comenzaba a impacientarse. Y no sabía qué hacer, porque ella no era quien lo controlaba. Una gota de sudor rodó por su sien. ¿Acaso Kanna no tenía idea de cómo controlar ese tipo de movimientos para que Sango pudiera corresponder? La miró, ceñuda y preocupada.

Le desesperaba no poder decir algo para que InuYasha no las oyera y todo se fuera a la mierda. Pero Kanna seguía mirando todo muy tranquila, sin alterarse. ¿Acaso ese era el plan de Naraku? ¡Maldito! Odiaba cuando no le informaba de todo.

Mientras tanto, InuYasha recorría el cuerpo frágil con las manos. La tenía pegada contra su anatomía, chupando su piel, estrujando todo a su paso y sin poder, extrañamente, poseerla de una maldita vez. Pero es que ella no se movía ni decía absolutamente nada. ¡Parecía un muñeco de barro sin movimientos! Eso le cabreada.

Quería que lo rechace, que lo muerda, que lo arañe y que no se dejara. Qué mierda estaba pasando, él no quería perder así el tiempo. Subió las manos hasta el cuello femenino y las colocó alrededor. Cuando dio el primer apretón, por fin la escuchó soltar un débil gemido ahogado. Al menos había señal de vida…

Kagura alzó la vista de repente, cuando vio que la sacerdotisa y el monje habían llegado. Hizo ademán de saltar, pero Kanna colocó la mano frente a ella, parando en seco su acto.

—¡Sango! —gritaron, al unísono.

Miroku juraba que jamás en su vida olvidaría aquella perturbadora escena: su mujer siendo estrangulada por su mejor amigo, que tampoco estaba consciente y ella, siendo manipulada por su peor enemigo, Naraku. Vio a InuYasha soltarla y a la chica caer como si estuviera muerta. El monje corrió a su auxilio, pero ya estaba en el suelo para ese tiempo.

—¿Llamaste a los insectos? —Por fin habló Kagura, observando a Miroku llamar a InuYasha que estaba a punto de saltar y a Kagome buscando el fragmento exactamente donde lo habían puesto.

—Ahí vienen.

—¡InuYasha! —Gritó Miroku, intentando que no escapara.

—¡Monje Miroku, encontré el fragmento! —Kagome alzó el pedazo de cristal lila, mostrándolo. Sostenía a Sango aún semidesnuda entre sus brazos.

—¿Quién demonios son ellas? —InuYasha se puso en modo ataque, viéndolas descender.

—¡Guárdelo, señorita Kagome!

Había sido demasiado tarde. Para cuando Higurashi escuchó eso, un insecto del infierno ya se había llevado el fragmento.

—¿Qué…? —Automáticamente asoció ese momento con la pesadilla que había tenido. Volvió su vista a Sango, que estaba inconsciente y con todo el cuerpo superior lleno de moretones—. ¡Sango, Sango!

Bien, ese era el momento perfecto para protegerse con un campo de energía.

Miroku, por tanto, maldijo a esos insectos que, desde ya, le impedían usar su agujero negro. InuYasha, salvaje como siempre, había comenzado a atacar con sus garras de acero a Kagura, que lo provocó con la danza de las cuchillas. Él intentaba protegerse con su báculo, pero las cuchillas lo atacaban muy seguido y con mucha fuerza.

—¡Garras de fuego!

—¡Danza de las cuchillas!

—¡InuYasha, usa tu espada! —Alcanzó a gritar, pero fue herido en el brazo con una cuchilla—. Maldición. —Cayó de rodillas, deteniendo la sangre con una mano. Recordó entonces que el anciano le había dicho después, que InuYasha, en ese estado, ni siquiera era capaz de usar a colmillo de acero.

—¡Venga, monje Miroku! —Miró a Kagome que lo estaba llamando. Su vista comenzaba a nublarse, pero alcanzó a correr hasta ellas. Su corte había sido realmente profundo. Por poco Kagura le rebanaba el brazo.

—Sa… Sango, ¿cómo está? —inquirió, sintiéndose débil. Al menos ya estaba dentro del campo. Kagome ya la había cubierto y estaba respirando más notablemente. Quizás estaba tomando energía de la protección de Kagome y en esos momentos, no sabía si era bueno o malo.

—Mejor, creo. —Kagome estaba sudando. No despegaba la vista de InuYasha, que herido y sangrando, seguía peleando con Kagura. Le sorprendió no ver a Kanna, ¿dónde estaría?—. Monje Miroku, InuYasha está en peligro.

—No se preocupe, señorita Kagome —había hecho un torniquete, con un pedazo de su túnica, para parar el flujo—. Estará bien.

—Pero no puede usar a colmillo de acero… —su preocupación comenzaba a hacer mella en sus poderes y el campo perdía fuerza. No, ella no podía dejar que InuYasha muriera allí sin quien pudiera ayudarle—. Monje Miroku, ¿puede hacer un campo de energía suficiente para usted y para Sango?

Miroku agachó la mirada, sintiéndose inútil. Su pérdida de sangre no lo estaba ayudando de nada.

—No, señorita Kagome.

—Bien. —Kagome asintió, sin dejar de mirar la pelea del hanyō y la yōkai—. Entonces es posible que… ¿Hasta aquí hayamos llegado?

El monje la miró, sintiendo la angustia de morir sin haber puesto a Naraku en su lugar, sin haberse vengado de todo lo que les había hecho.

Sin haber amado a Sango…

—Sí.


[Como diríamos en Facebook: alv todo.]