9.
—Ah, maldita mujer. —Jadeó, sintiendo todo su cuerpo sangrar. Estaba abusando de sus garras de fuego. Pero, ¿quién mierda era y por qué lo atacaba? No dejaban de mirarse. Fue una tregua por el cansancio.
Kagura no se movió ni un poco. Aceptaba que su pluma le era de gran ayuda para esquivar los ataques. La madrugada estaba muy oscura desde hacía rato, señal de que estaba a punto de amanecer.
—¿Qué? ¡¿Ya no quieres pelear?!
—¡Cállate, maldita mujer del infierno! —Y volvió a atacar.
Kagura sonrió, abriendo su abanico.
«No va a soportar mucho más»
Atacó.
—InuYasha… —Los ojos de Kagome estaban llenos de lágrimas. Desesperada por no poder hacer nada por su amado, comenzó a dejar rodar libre el agua salada.
El monje pasó de mirar a su adorada para mirar a su amiga. Gracias a ella, las cuchillas no habían podido herirlos y estaban a salvo. Se miró la mano, recordando que los insectos no le permitían usarla y volvió a ver a InuYasha, que una vez más, inconsciente, incluso, peleaba por ellos. Seguían siendo los mismos después de todo. Vigiló que su herida hubiera parado de sangrar y al parecer, se había detenido.
Se colocó en posición y se concentró unos instantes; al cabo de otros segundos, un campo de energía algo más grande, con destellos celestes, los cubrió. Kagome sintió la fuerza del nuevo y regresó la mirada a Miroku.
—Hágalo, señorita Kagome. —La observó fijamente, dándole ánimos.
—Muchas gracias, monje Miroku. —Dejó a Sango en el suelo con delicadeza, lista para salir, pero al dirigir la mirada hacia su compañero, notó un destello—. ¿Quién…?
—¿Qué sucede?
Kagome al fin pudo ver de qué se trataba y se horrorizó.
—Kanna… —susurró, mirándola a los ojos, casi idiotizada.
—¡Señorita Kagome! —Miroku también dirigió la vista hasta la niña y se dio cuenta de sus intenciones: estaba usando aquel maldito espejo para romper el campo—. ¡Maldición!
—Estamos perdidos… —susurró la sacerdotisa, de nuevo, ayudando a hacer aún más fuerte la protección.
—No diga eso, señorita Kagome.
—Este es el último. —Sonrió Kagura, alzando su abanico—. Con la danza de las serpientes, acabaré contigo… ¡Despídete, InuYasha!
—¡Se está debilitando! —Gritó Miroku, perdiendo las fuerzas.
—Ya no… puedo… más… —Kagome apretó los ojos, dando todo de sí.
La madrugada estaba volviéndose más fría y mucho más clara, estaba a punto de amanecer. Kagura alzó su arma, lista para gritar; InuYasha, en el suelo, estaba muy debilitado. Kanna logró destruir por fin el campo y de repente, salió el sol.
—No puede ser… —dijo Miroku, sintiéndose derrotado.
¿Es que iban a morir ese amanecer?
—¡Viento… Cortante!
«¡¿Viento cortante?!»
El monje cubrió a Sango y a Kagome lo más que pudo, protegiéndolas del polvo y la energía del ataque de la espada.
Kagura abrió los ojos desmesuradamente, ¡maldita sea, eso no se lo había esperado! Afortunadamente, Naraku las había protegido.
Después del ataque de Colmillo de Acero, todos se quedaron en silencio. Parecía que ni los pájaros cantaban y únicamente brillaba el sol del amanecer. Miroku sintió a Kagome temblar en su abrazo y se despegó de él, de repente.
—¿InuYasha?
—¡Kagome! —InuYasha soltó inmediatamente su espada y corrió hacia ella, sin ver absolutamente nada más. A nadie más—. ¡Kagome, Kagome, ¿estás bien?!
—InuYasha… —Lo llamó el monje, observándolo detenidamente: era él. ¡Su amigo había vuelto, era el verdadero InuYasha! Sonrió un poco, como si él se hubiera ido de viaje por años y apenas lo veía.
—¡Miroku! ¿Qué le pasó a Sango?
Agachó la cabeza y volvió a sonreír. Parecía mentira, pero no cabía de la alegría.
—La pelea con Kagura se puso intensa.
—Ya la curaré en la aldea. —Dijo Kagome, con el mismo sentimiento de Miroku invadiéndola. Se sintió muy débil. InuYasha se había puesto de cuchillas a su lado, como siempre.
—Kagome… —pronunció, preocupado y confundido. ¿En qué momento habían empezado a pelear con Kagura? No recordaba nada—. ¿Estás…? ¡Kagome!
—¡Señorita Kagome!
Higurashi había caído, casi desmayada, en los brazos del medio demonio. El campo de energía la había agotado a tal punto. InuYasha se sintió desesperado al percibirla fría y tan indefensa. Maldición, si algo le pasaba a Kagome...
—Estoy bien… InuYasha —abrió los ojos y le sonrió. El aludido vio su cara pálida y llena de barro, con algún que otro pequeño moretón.
—Cállate —la levantó estilo nupcial y Miroku hizo lo mismo con Sango—. Vamos, Miroku, regresemos a la aldea. —Caminó con Kagome en brazos hasta recoger su espada.
—Sí.
—¿Ves cómo te pones por no querer comer?
—Lo siento —Kagome volvió a sonreír, acomodándose en su pecho. Al fin había vuelto InuYasha…
Su InuYasha.
InuYasha había estado en peligro.
Es que eso podía sentirlo a kilómetros. Aunque también era discreta y sabía que, a pesar de que le molestaba un poco saberlo, si Kagome estaba cerca, InuYasha se encontraría a salvo. Conocía lo suficiente a su reencarnación como para saber que ella también daría la vida por el hanyō y lo importante que su presencia era para la vitalidad del mismo.
La presencia del fragmento que había percibido anteayer era la misma que podía sentir en esos momentos. Y nuevamente, había desaparecido. El fragmento estaba manchado con maldad y se dio cuenta de que todo era obra de Naraku. Como siempre él, inmiscuido en todo. El sol había salido mientras caminaba. Ella ya no podía sentir el rocío, ni el frío de la mañana o el calor del mediodía.
Una aldea estaba cerca… ¿InuYasha estaba ahí? También se encontraba Kagome, pudo sentir su presencia.
¿Acaso InuYasha ya había pasado su emparejamiento yōkai?
—¡Señorita Kikyō!
Tan metida en sus pensamientos andaba que no había visto que aquella dulce niña estaba ahí, recogiendo plantas medicinales.
—Sayō. —Se acuchilló a su altura. Sayō era como la hija que toda su vida quiso tener. Y es que aquella niña la adoraba. Podía sentirlo; a pesar de haberla visto atacar a un monje hacía ya mucho tiempo, a pesar de saber que solo era un alma errante, ella la seguía queriendo igual. Caminó hasta ella, agachándose—. ¿Cómo estás, Sayō? Ha pasado mucho. —Cerró los ojos y ladeó el rostro mientras sonreía.
—Estoy bien, señorita Kikyō. Me alegro mucho de verla. —También le sonrió, sosteniendo las yerbas en las manos.
—¿Qué estás haciendo? —Le preguntó, reconociendo las plantas—. ¿Hay alguien enfermo en la aldea?
—Algo así —Sayō volvió a arrancarlas de la tierra—. Nanako me ha mandado a recogerlas.
—Ah, ¿sí? —Nunca había podido hablar demasiado con la hermana de Sayō, pero sabía que era una excelente niña. Habría querido estar más tiempo allí para enseñarle a desarrollar sus dotes de sacerdotisa—. Espero que se mejore pronto. —Se levantó. Sabía que InuYasha estaba ahí y sinceramente no tendría que acercarse demasiado para llamar su atención.
—¿Viene conmigo, señorita? —Ya había terminado de recoger todo lo que necesitaba—. Es una sacerdotisa de ropas extrañas que se desmayó en una batalla. Pelearon al amanecer.
—¿Pelearon? —No estaba equivocada: InuYasha había estado en peligro. Kikyō se quedó en silencio, meditando, ¿debería ir en esos momentos?—. ¿Está muy mal?
—Muy débil. Al parecer, hizo un campo de energía que la debilitó, según nos dijo el monje que anda con ellos. También la exterminadora está desmayada.
Kikyō miró a la dirección de la aldea, muy decidida.
—Vamos, Sayō.
—¿Se encuentran bien? ¿Quieren que mande traer un poco más de agua o paños?
—Así está bien, señor terrateniente. Muchas gracias por su hospitalidad. —Dijo Miroku, sentándose en el filo del pasillo, frente al cuarto en donde estaban Sango y Kagome.
—Los dejo tranquilos.
InuYasha vio a terrateniente retirarse, mientras salía de ver a Kagome.
—¿Cómo sigue tu brazo? —Se sentó junto al monje, mirándolo de reojo. Él no acostumbraba a preguntar por heridas físicas que notaba que estaban mejorando, pero en serio estaba preocupado por su amigo.
—Ya está mejor, InuYasha. ¿Y tus heridas? —Le miró, viendo su traje aún manchado de sangre en algunos lados—. Sabes que Kagome intentaría curarte.
—Estoy bien.
Se quedaron en silencio, observando el lago como aquella noche en que toda esa especie de pesadilla había comenzado. Miroku sabía que InuYasha no estaba bien y eso se debía al estado de Kagome: desde el amanecer no había despertado.
—Se pondrá mejor. —Él también temía por Sango. Temía mucho.
—Es mi culpa, Miroku… —apretó los puños. Se sentía impotente.
—¿Por qué dices eso? —Y así salió aquél tema. Quería saber si InuYasha recordaba algo de lo que había pasado.
—Porque cada cincuenta años, sufro una transformación muy parecida a la de ser un completo demonio —InuYasha no dejó de mirar el agua, sintiendo vergüenza—. Y es por eso que me alejé de todos ustedes estos días. Me alejé de Kagome. La… desprotegí.
«Sí, yo he decidido proteger a Kagome con mi propia vida. Ha sido mi decisión»
Miroku se quedó en silencio meditando, entonces InuYasha, al parecer, solo recordaba haberse alejado. Así le había dicho el anciano Myōga, que él no recordaría nada después. ¿Dónde estaba esa pulga cuando más se la necesitaba?
—Así es. Y Kagura te atacó, por eso fuimos contigo a pelear. —No iba a decir nada más. ¿Para qué hacerlo sentir aún más culpable cuando no lo era? Si su subconsciente lo había hecho alejarse, había sido por su amistad.
—Por aquí, señorita. —Esa voz interrumpió la intervención de InuYasha.
Se levantaron de inmediato. Cuando InuYasha vio de quién se trataba, no pudo siquiera abrir la boca.
—Señorita Kikyō. —Dijo el monje, asombrado por aquel encuentro tan inesperado. Volvió a ver a InuYasha, notando su evidente tensión.
—Kikyō… —susurró, pero fue poco audible. La sacerdotisa miró para el hanyō, sin expresión alguna. InuYasha sentía su corazón latir a mil por minuto—. ¿Qué… qué haces aquí?
—¿Se conocen? —dijo el muchacho que había guiado a Kikyō hasta allá—. Pues mejor así, porque ha venido a sanar a la sacerdotisa y a la exterminadora.
—Señorita Kikyō, ¿usted…? —Miroku se obligó a cortar la pregunta, porque estaba muy perturbado; conocía a Sango y no es que quisiera mucho a Kikyō, aunque, de todas maneras, sería de gran ayuda. Pero lo más extraño, es que ella haya llegado hasta ahí para ayudarlas.
—¿Dónde están la exterminadora y la sacerdotisa? —Habló por fin. Dejó de mirarlos y se dirigió al joven.
—Justo aquí.
InuYasha y Miroku vieron entrar a Kikyō y al hombre en el cuarto en donde estaban Sango y Kagome, siendo resguardadas fielmente por Shippō y Kirara. InuYasha intentó entrar, pero su amigo lo detuvo.
—Necesitan privacidad.
Después de un minuto aproximadamente, salió el chico, llevando una cubeta que estaba de más. Shippō y la gata también salieron con el semblante triste.
—Quiero que Kagome se despierte para que cure a Sango —se sentó a llorar el niño.
—Dijo que esperen a que salga. —Sin más, el muchacho se retiró.
—Bien.
Adentro, Kikyō observó a las chicas por un rato, analizando lo que les sucedía. Empezaría con Sango, que parecía tener una inconsciencia más grave aún. Se puso de rodillas a lado de la exterminadora y sacó del bolsillo de su kimono, en la parte del pecho, un pequeño fragmento de la perla que había conseguido hacía mucho tiempo. Era como una reserva, como un arma.
Colocó su mano izquierda bajo la derecha de Sango y allí el fragmento, cubrió con su otra mano el enlace y cerró los ojos. Bastó concentrarse unos instantes y sus extremidades brillaron. Kikyō no ocupó más de un par de minutos para recuperar las fuerzas de Sango. Se sorprendió porque ella era muy fuerte a pesar de haber sido infectada con miasma, veneno de Naraku. Observó las heridas en su cuello y le parecieron muy extrañas, ¿Naraku habría mandado a que le inyectaran veneno mediante una mordida? Como una serpiente, quizás.
Pasaron unos segundos y Sango comenzó a mover la cabeza. Frunció el ceño, mientras se quejaba. Abrió los ojos lentamente y se quedó pestañeando algunas veces más. Le dolía un poco el cuerpo, pero era un dolor soportable. ¿Qué pasaba? Lo último que recordaba era haber estado en una aldea en donde se habían quedado. Mataron a un monstruo y los aldeanos, en agradecimiento, les dieron posada. Pero ese lugar no era la cabaña que les habían ofrecido, ¿qué estaba pasando?
El ruido de alguien a su lado la hizo ponerse alerta. Cuando miró a quien se había levantado, abrió la boca, dispuesta a decir algo, pero sin saber qué.
—¿Kikyō? —Aún no se lo podía creer. Vio que la sacerdotisa miraba para un lado y ella también lo hizo. Se espantó cuando vio a su amiga, al parecer, desmayada—. ¿Kagome? ¡¿Kagome?! —Pero no respondió.
Y entonces Sango, temió lo peor
