Bren, quería desearte lo mejor de mundo y que tengas un hermoso cumpleaños. Desearía hacerte una dedicatoria más extensa, pero no puedo.
También decirte que este fic lo escribí con mucho amor y te lo dediqué en entereza. Me alegra demasiado que te vaya gustado, porque ese era mi objetivo. Sé que tiene algún par de errores hahaha, porque he ido aprendiendo más y noto algunas cosas, pero algún día lo corregiré hahaha. Ya hace más de un año que lo publiqué, y aunque ya estaba escrito desde antes de publicarlo, por algo lo habré terminado de publicar hoy. Y es que cerrar con broche de oro el día de tu cumpleaños, fue la mejor idea que me pudiste dar.
Muchas felicidades, eres una gran chica y te quiero mucho.
¡Disfrútalo!
10.
—¡Es Sango! —exclamó Shippō, contento. Kirara maulló.
—Sango… —Miroku se desesperó al oír su voz. ¿Qué diablos estaba pasando allá dentro? E intentó entrar, pero esa vez, fue InuYasha quien lo detuvo.
—Kikyō sabe lo que hace.
—Pero, es que… —nuevamente se obligó a cerrar la boca al ver la expresión cortante de InuYasha.
El hanyō miró para la puerta, pensando en la salud de Kagome. Es que ni siquiera podía hacerse a la idea de que algo le pasara. No, a ella no, por favor. Ya había perdido a Kikyō en el pasado, no quería poner en peligro a Higurashi también. Maldecía sus debilidades y sus descuidos.
«Confío en ti, Kikyō»
—Miroku… —susurró, cuando escuchó las voces afuera.
—Necesito el fragmento que tienes en la mano —pronunció Kikyō, sentándose a lado de Kagome.
Sango miró su palma, ni siquiera se había dado cuenta de que tenía un pequeño fragmento allí. Se sentía lo suficientemente recuperada para salir. Así que se levantó despacio, llegó hasta la sacerdotisa y le entregó el cristal.
Kikyō abrió un poco los ojos al notar el estado real de Kagome. ¿Tan fuerte era? A pesar de cómo se encontraba, su esencia aún emanaba vida exuberante, haciéndola lucir más sana.
—Ten. —Le dijo.
—¿Sabes dónde guarda Kagome los otros fragmentos?
Se quedó pensando y recordó que solía meterlos en un frasco dentro de su falda, pero, ¿para qué los quería Kikyō?
—Sí.
—¿Puedes darme uno? Este no será suficiente.
Sango se dirigió a la mochila amarilla y tomó la falda doblada, la extendió y buscó en ella el fragmento: ahí estaba, un pedazo considerable. Lo tomó en su mano y volvió a dejar todo como estaba.
—Aquí tienes, Kikyō. —Es que le jodía un poco que nunca la llamara por su nombre. Nunca le decía: «Sango, necesito algo», bueno, tampoco es que hubieran hablado demasiado.
—También quiero que salgas.
Pero le jodía aún más su manera tan poco educada de decir las cosas, sin embargo, le había salvado la vida, estaba en deuda. Caminó hasta la puerta, mirando a su amiga una vez más.
—Y… Kikyō —le llamó la atención, pero la sacerdotisa ni siquiera la miró—…gracias.
Kikyō alzó la mirada. En realidad, no se había esperado eso.
—Tómate una sopa. Es lo único que necesitas para recuperarte por completo…, Sango.
La vio salir. Volvió la vista al pequeño frasco mientras escuchaba los saludos de todos afuera. Kagome había corrido gran peligro y sabía que eso estaba afectando a InuYasha. Repitió el enlace de las manos con Kagome y esperó a que los fragmentos se unan, igual que cuando se quedaron atrapadas.
La luz había brillado con más intensidad, ya que el fragmento era más grande. Se concentró otra vez, con más esmero: eso de pasar las energías a tantas que se habían consumido no era una tarea fácil. Para cuando el ritual terminó, pudo sentir que las fuerzas de Kagome habían vuelto a su cuerpo, aunque no del todo. Necesitaba descansar y comer también, para que se recuperara. Dejó la joya en la mano de su reencarnación con aquel frasco a su lado.
Se levantó pensando en que le había dejado su único fragmento de reserva. Seguro que habría valido la pena. Su trabajo ahí ya había terminado.
Cuando salió, únicamente estaba InuYasha a la espera. Sí, a la espera de noticias sobre Kagome.
—Kikyō. —Se apresuró en decir, avanzando un paso—. Kagome…
—La energía que usó casi la consume por completo —le interrumpió, dejándolo mudo. InuYasha se maldijo, ¡había estado a punto de perderla!—. Aún no despierta, pero lo hará pronto. —Diciendo eso, comenzó a marcharse.
—¡Kikyō! —la llamó, algo nervioso. La sacerdotisa dejó de andar para escucharlo—. Gracias… por salvar la vida de Kagome.
Kikyō sonrió irónicamente, ¿qué era ese? ¿El día de los agradecimientos? Giró sobre sus pies, para poder verlo a la cara.
—No te alejes de ella. Te necesita. —Aunque en el fondo le había dolido aceptarlo, era verdad tanto como que Kagome necesitaba de su compañía y como que InuYasha no iba a negársela.
Cuando quiso volver a emprender la marcha, él volvió a llamarla.
—¿Tú estás… bien? —Quizás la pregunta habría sonado tonta, pero es que necesitaba oírla. Necesitaba escuchar de su boca que estaba bien a pesar de aparentarlo.
Hacía mucho tiempo que los gélidos sentimientos de Kikyō no se enternecían como en ese momento. Entonces ella seguía siendo importante en la vida de InuYasha. Él aún no la había olvidado. Y ojalá que nunca lo hiciera.
—Estoy mejor después de verte. —Soltó sin más y fue una frase que siempre deseó decirle cuando vivía, después de horas sin verlo en la aldea.
InuYasha se quedó en silencio, sintiendo su corazón desbocado.
—Yo también me alegro de verte, Kikyō… —agachó la mirada, sintiendo los sentidos turbados. Kikyō estaba bien y eso era lo único que necesitaba saber con respecto a ella para estar tranquilo y poder concentrarse completamente en la recuperación de Kagome.
Para cuando volvió a verla, ya se había perdido en el largo pasillo.
Recuperar la consciencia le había costado dos minutos, quizás. Le dolía la cabeza y sinceramente, también se sentía débil. Kagura sí que había sido ruda con ellos. Pero… ¿por qué habían estado peleando? Solo recordaba haber estado batallando, a Sango desmayada en sus brazos, a Miroku herido y a InuYasha también. Kanna… de seguro su espejo tenía qué ver con sus lagunas mentales.
Pero aquel campo la había debilitado. Cerró la mano y sintió en ella algo puntiagudo. Lo miró, ¿por qué el fragmento lucía más grande? A su lado, estaba el frasquito en donde guardaba las recolectas.
Lo tomó en silencio y se quedó observándolo, boca arriba.
«Kikyō…»
Quién más iba a ser. Era la única que podía haberla salvado usando los fragmentos de Shikon.
—¡Kagome!
La exclamación de InuYasha la puso alerta. ¿InuYasha seguía allí? ¿Es que no había ido tras Kikyō? Quizás sí era importante en la vida de él, quizás por una vez en la vida, podía pasar por encima de su primer amor y preferirla a ella. Sonrió, sin poder evitar la alegría.
—InuYasha… te quedaste conmigo.
—¿Quedarme? ¿De qué hablas? —se arrodilló a su lado, tocándole la frente, por si tenía fiebre—. ¿Por qué habría de irme? —Pero sí había entendido que Kagome sabía que Kikyō había estado allí.
Tonta, cómo rayos se le ocurría pensar que él iba a abandonarla y mucho menos estando en esas condiciones.
—¡Kagome/señorita Kagome!
—Muchachos… —Les sonrió, recibiendo a Shippō en su pecho, que lloraba. InuYasha también sonrió, viendo que todos ya estaban reunidos otra vez y en buen estado. Los escuchó preguntarle a Kagome cómo se sentía—. Aún estoy algo débil, pero viva. —Rio.
—Kagome necesita comer. —Comentó el medio demonio.
—Vamos, InuYasha, te acompaño —se ofreció Miroku. Él asintió.
Cuando estuvieron caminando en dirección a la cocina del palacio, InuYasha habló.
—Veo bien a Sango.
—Sí, Kikyō hizo un gran trabajo —reconoció el monje. Después de algunos segundos, le preguntó algo que lo tenía inquieto—. Escuchaste que Kagome dijo que tiene lagunas mentales, ¿no? —el hanyō asintió—. Solo recuerda que llegamos a esta aldea y que peleamos con Kagura. Tendrá que ver con Kanna. —Razonó. Era extraño que todos hayan perdido ciertos recuerdos. ¿Acaso Keren también era obra de Naraku…? ¡Pero claro que sí!
Maldito.
—¿Sango tampoco recuerda?
—Solo hasta cuándo llegamos a la aldea vecina. —Miroku seguía pensativo. Naraku disfrutaba mucho, en serio, jugar con los sentimientos ajenos. Es que era tan cobarde que no tenía con qué más atacar.
—Tampoco recuerdo demasiado… —InuYasha trataba de encontrar algún recuerdo palpable, pero sentía como si se los hubieran arrancado—. Solo que me fui la noche que llegamos aquí. De ahí, hasta que ataqué a Kagura con Colmillo de Acero.
El monje se quedó en silencio mientras su amigo pedía la sopa a una de las doncellas. Después de todo, el único que se había quedado con los recuerdos era él. Pero es que Naraku de verdad era un maldito. Sin embargo, ellos volvían a ser el mismo grupo de compañeros y amigos de siempre, apoyándose en todo.
Sonrió, ¿para qué tenía que enterarse de eso si todo había sido obra de su enemigo? Observó a InuYasha llevar el platón y volvió a sentirse como antes.
—Ojalá le guste a la señorita Kagome. —Rio—. Ya hasta podrías servir en la cocina del palacio, InuYasha.
El aludido se sonrojó, queriendo golpear a su amigo.
—¡Cállate, Miroku!
Supongamos que a él también le habían borrado los recuerdos.
Ya se estaba poniendo el sol cuando el grupo de guerreros se iba de la aldea.
—¿Seguros de que no quieren quedarse solo esta noche? —Propuso el terrateniente, por enésima vez.
—Le agradecemos infinitamente su generosidad, mi lord. —Como siempre, Miroku era quien daba la cara.
—Nada de eso. Nuestra aldea estará siempre agradecida con ustedes por salvarnos de esos monstruos.
—Fue un placer. —Intervino Kagome, pensando en que quizás se refería a la batalla con Kagura.
InuYasha asintió.
—Para eso estamos —sonrió Sango, para empezar su caminata finalmente.
—¡Vuelvan pronto! ¡Adiós! —Gritaron los aldeanos, sonriendo y despidiéndose con la mano.
En el horizonte iba InuYasha, con las manos cruzadas en el pecho, Kagome con su mochila al hombro, la bicicleta y su acostumbrado uniforme verde. Miroku y Sango, caminando juntos con Kirara.
—¡¿Otra vez, excelencia?!
—No aprendes, Miroku. —Comentó InuYasha, restándole importancia. Ya estaban acostumbrados a saber que Sango le daba cachetadas cada día.
—Definitivamente no. —Acotó Higurashi.
A pesar de la cachetada, el monje sonrió, rebosante de alegría.
—¡Es un monje libidinoso! —Sango fingió no mirarlo, pero siguió caminando a su lado. Y sonrió. Estaba pensando en que se sentía segura de querer ser su esposa después de derrotar a Naraku.
Shippō los observaba con atención. ¡Todo volvía a la normalidad!
—Así es, el monje Miroku nunca aprende.
—¡¿Anciano Myōga?! —gritaron todos.
—Hola, chicos. Tanto tiempo sin verlo, amo Inu…
Pero hasta eso, su amo ya lo había aplastado entre los dedos índice y pulgar.
—Maldita pulga sinvergüenza, siempre apareces cuando ya ha pasado el peligro.
Todos echaron a reír al verlo todo aplastado y deforme.
El zorrito meditó un poco: ¿por qué se habían distanciado si a la final todo terminaría siendo como siempre? ¿Por qué enojarse y no seguir siempre unidos? Es que sus amigos siempre podían cambiar y ser extraños.
Pero si había algo que nunca cambiaría, es que Shippō jamás entendería a los adultos.
Jamás.
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