Todos se mueren, doctor. Mis familiares murieron, quienes considero amigos corren riesgo de morirse. Moriré cuando menos lo piense... ¿Por qué debería preocuparme por otras cosas cuando la muerte está más cerca de lo que pensamos? Jill prometió que volvería... Me lo dijo mirándome a los ojos cuando me habló por última vez. —Comenzó a llorar de forma histérica. El pobre hombre de cabellos negros no pudo hacer más que entregarle una caja de pañuelos. ¿Cómo reaccionar ante un niño que llora por aquellas cosas? Su corazón se encogía cada vez que hablaba con sus pacientes más jóvenes. Chelsea tomó uno con manos temblorosas y se secó el rostro—. Y luego no volvió. Mamá dice que papá prometió volver a nosotras, pero se quedó en Raccoon City y se murió. ¿Acaso puedo mantener la fe y la esperanza con semejantes hechos? A veces creo que hasta el amigo de mamá, quien murió antes que yo naciera, murió por mi culpa. No sé cómo pero creo que así fue.

Ernest Black se quedó mudo por un momento, mientras la observaba atentamente. Era uno de aquellos casos en donde el pereciente se enfrentaba a una culpabilidad auto impuesta por hechos que sucedieron mucho antes, y esa niña tenía aquel padecimiento. Casos difíciles si los había, porque aunque tratase por todos los medios de ayudar a la sanación emocional, la cuestión continuaba en sus vidas hasta el día que muriesen... ¿Realmente no podía hacer nada? Se repetía en el momento en que bajaba la mirada y anotaba todos los puntos importantes que conversaría con su madre en cuestión de tres sesiones más.

La dosis de antidepresivos era la correcta para su edad, aunque no estaba haciendo mucho efecto.

Sus calificaciones eran bajas, no quería salir de su casa ni siquiera para pasear a sus mascotas y no quería ver a nadie cerca de ella. Dormía mucho, comía bastante, peleaba a todo el que se le acercara y todo parecía "negro" en su comprensión del ambiente que le rodeaba.

Sería mejor si me muriese o algo. Le evitaría el sufrimiento a mamá o a los demás. ¿Por qué cargar con una cría de diez años que llora por todo? Eso no está bien.

La alarma se encendió en su cabeza; debería aumentar la dosis de las pastillas ya que eso era síntoma de que el cuadro estaba empeorando demasiado rápido. El hombre levantó la cabeza, mirándola directo a las orbes cubiertas por la película acuosa compuesta de lagrimas.

Chelsea, no digas eso. Tu mamá te ama y quiere verte mejor. ¿De qué manera podrías solucionarle todo yéndote de su lado? Te necesita como tú a ella, por eso te trajo conmigo y con Nora. Para que te ayudemos a estar mejor...

Lo miró con el ceño fruncido, a lo que el hombre pensó que era demasiado madura para su edad.

¿Soy acaso una especie de taza de porcelana que se puede pegar para volver a usar? Doctor no se engañe, es imposible que sea útil de nuevo. ¿Acaso hago algo productivo? Estoy demasiado cansada siempre o triste como para moverme. ¿Tengo buenas calificaciones? Falto más a clases que cualquier estudiante normal, por lo cual pierdo muchísimas lecciones importantes y no me presento a los exámenes. ¿Puedo serle de ayuda a mamá? ¡Claro que no! Le hago perder muchísimo dinero porque estoy loca. Loca, doctor; los demás niños lo dicen y no les falta razón. Con todas las píldoras que me recetan más la mitad de los especialistas a donde me lleva; ¡Podría haberse ido de vacaciones a algún lado! Le obstaculizo la vida, nada más.

Arrojó violentamente al cesto a su lado el pañuelo descartable y se cruzó de brazos con expresión enfurruñada. Ernest supo que aquella reacción era normal pero deberían trabajar en ella. Todavía quedaba un tramo muy duro por recorrer, aunque confiaba que al final Chelsea seria una niña alegre nuevamente.

Dos semanas después, se enteró que la chica se encerró en el despacho de la progenitora en la propia residencia con un arma, dispuesta a desprenderse del mundo físico de una vez por todas. La bala se atoró en el cañón por la falta de mantenimiento y, afortunadamente, la madre la encontró justo a tiempo antes de que efectuara el segundo disparo. ¿Qué podrían hacer en aquella instancia? Le parecía demasiado pequeña para ser ingresada en el ala psiquiátrica del hospital Washington, pero todo apuntaba a que era la mejor opción.

La mujer (quien también se atendía con su esposa) estaba desolada, sin saber que hacer a continuación de semejante suceso; llegó a su despacho al día siguiente del intento de suicidio, llorando y junto a su pareja. Lo mejor que pudieron decidir en ese preciso instante fue que Chelsea debería ser internada por tiempo indefinido en un pabellón psiquiátrico, de forma que pudiese recuperarse con el apoyo médico necesario para su posterior reinserción social.


Era finalmente miércoles: día de revisión de los sujetos. Esa mañana fue una de las peores, exactamente porque había recordado uno de los momentos más oscuros en su existencia. Podía jurar a todos los dioses que la humanidad creó que sentía nuevamente el frio metal del arma de su mamá en el paladar; el sentimiento de abatimiento general que no la dejaba pensar con claridad, la mente rodeada por tristes nubarrones negros; el ruido del gatillo al accionarse, pero sin una bala que saliese por el extremo.

« ¿Cómo fui capaz de intentar eso en tres ocasiones? Sigue siendo algo tremendamente descabellado... »

Se despertó sobresaltada, con Rosie lamiéndole el rostro y Dallas mordisqueándole la mano; ambos perros se asustaron en el momento en que la muchacha comenzó a patalear y gritar, e intentaron por todos los medios despertarla. Lo consiguieron, si, pero estaban asustados tanto como su dueña.

Polly-Sue detectó que algo andaba mal con su ama y rasqueteaba la puerta del patio para ingresar, llorisqueando y ladrando para que le abrieran.

Se duchó y arregló el cabello, contempló el reflejo que el espejo le devolvía para después cepillarse los dientes. Inquieta por la pesadilla, desayunó apenas una tostada sin nada sobre ella junto con un vaso frio de agua. Más tarde moriría de hambre (recurriría a su franquicia de café favorita seguramente) pero en aquel momento no le pasaba nada más por el estomago. Saludó con un beso cariñoso a cada mascota y se marchó al hospital en su coche Jeep Compass, sintonizando su radio favorita de los clásicos de la música para calmarse del todo.

No podría desempeñar sus funciones si estaba tan tensa.

La parrillada organizada por el bonachón de Parker resultó ser un almuerzo agradable donde tuvo que ocultar sus brazos de la vista de las dos personas más importantes para ella. Los niños se le abalanzaron apenas verla, gritando al mismo tiempo actividades para hacer en aquella tarde. Jill los regañó cuando le pedían insistentemente jugar en medio del almuerzo, haciéndole notar a la castaña el trabajo duro que era ser padre y más de dos niños de la misma edad. Hizo chistes con Sherry sobre el "accidente" (si lo decía frente a Jake este podría arrancarle la cara) aunque le regaló un simpático conjunto de camiseta con un pantalón el cual en el área del trasero tenía un león. A la futura madre le encantó el tono verdoso de la prenda, su pareja se burló diciéndole que al fin tenía buen gusto para elegir ropa. Claramente recibió un puñetazo amistoso en el brazo para defender sus elecciones "tiernas" en ropa de bebé. La comida fue deliciosa, jugosa y la pasó de maravillas con personas que componían su "familia"... Salvo en el momento en que cogió un cigarrillo en frente de todos, recibiendo miradas de reprobación como consejos para detenerse.

Sin embargo, esa precisa semana no sería como todas las demás. Era algo especial el hecho de ser una de las encargadas de la revisión de los sujetos (ya que su querida madrecita no tenía a nadie más para realizar esa tarea, por lo que le relegaba el asunto a ella quien era alguien de absoluta confianza).

La jovencita de cabellos achocolatados ingresó en el elevador que llevaba a los pisos del subsuelo con aire tranquilo. Todavía sentía los resabios del terrible sueño pero creía que era un gran día para ella y su carrera. Emily la telefoneó durante el camino tan solo para comprobar cómo estaba preparada; la mujer de cabellos rubios tuvo la grandiosa sorpresa de que su hija se encontraba algo distante por teléfono. Extrañada, no indagó mucho en el tema esperando verla más tarde para comentar si le sucedía algo. Chelsea sabía exactamente bien que su madre estaría dándole vueltas al asunto hasta verla en el edificio, por lo que comenzó a idear una respuesta ingeniosa al respecto de su tono tan poco cordial.

«Después de todo, una madre se preocupa por su cachorra».

Salió del aparato con gesto serio, Conrad la saludó con felicidad al verla. El hombre de contextura gruesa, piel amarronada y sonrisa fácil era una de las personas que hacían valer la atención del hospital. Pese a que solamente fuera un guardia que se encargaba de controlar los dispositivos que entraban o salían del subsuelo, era alguien carismático que siempre hacía reír a los demás. De treinta y nueve años, se caracterizaba por ser un hombre cariñoso con su mujer y cuatro hijos; Michelle era pediatra en otro de los hospitales, según Sandy, muy buena en su labor. El hijo mayor estuvo un año en el secundario con ella y todavía conversaban de vez en cuando. Proveniente de Georgia y conocedor de los mejores restaurantes para comer en dicho estado, le recomendó una hamburguesería excelente para cuando fue con su grupo de la universidad a las charlas.

Sin dudas era un caballero de primera con espíritu amable.

La chica plantó la mejor sonrisa al verlo pese a sentirse bastante incómoda consigo misma, si bien trataba lo mejor de sí para estar como siempre; dejó su reloj inteligente (reformado por ordenes de Joshua, quien recomendó que para controlar las vitales como también la concentración del virus debían reformar el reloj que adquirió para que mostrase toda aquella información) en una bandeja, su teléfono móvil al igual que la computadora portátil color oro. Conrad lo metió todo en un locker y le entregó la llave una vez asegurado este.

Prosiguió su camino con el bolso tipo morral de cuero a su espalda baja mientras pasaba alrededor de profesionales en el campo de la virología. Conocía a algunos (los cuales saludó con un asentimiento y sonrisa) por su madre y los años de haberse tratado con ellos.

Viró a la izquierda donde luego descendió una escalera larga, llegando finalmente al último subsuelo. El ambiente ya aséptico ahora se volvió una pesadilla de olores abióticos, recordándole todo de nuevo.

Trató de evitar algunos flashbacks de cuando la trasladaban en alguna camilla directo a la sala donde la analizarían para comprobar si algún cambio fue producido en su interior, o cuando le obligaron estar dos semanas enteras en una especie de "confinamiento solitario" porque estaba terriblemente enferma con una gripe (la cual se combinó de forma extraña con el virus y podía amenazar a la población del país). La peor sucedió cuando el gobierno quiso examinarla más de cerca; aún tenía algunas marquitas en los brazos por los pinchazos para extraerle sangre como también las inyecciones para aplicarle distintos... « ¿Qué era? Cualquier cosa, realmente ya no me acuerdo ni pretendo hacerlo». Gracias a esa vez encerrada era algo inestable con sus pulmones; empeorando todo su estado comenzó a fumar a los dieciocho en una ocasión donde se sentía muy triste, no pudiendo parar hasta aquel día.

Pasó por la sala donde estaba encerrada Mia; la mujer de cabellos azabaches despertó el lunes anterior sin signos de la bacteria que les invadía vilmente el cuerpo. Según la doctora V la recuperación había sido fantásticamente rápida, aunque sabía por mano del propio Ethan quien le suministró un suero mientras estaban en Luisiana, el cual redujo la concentración de la bacteria; con la administración del E, pudieron erradicar los restos del agente infeccioso y librarla finalmente de aquello.

La observó desde la puerta como ella miraba tranquilamente la televisión con aire renovado, se veía a la legua que se sentía muchísimo mejor. Su madre había pasado aquella mañana para controlar como iba todo en la habitación, se mostró complacida de ver como Mia estaba en optimas condiciones y con un alta medico más que próximo.

Esa desagradable mujer la vio contemplándola; las miradas de ambas mujeres se cruzaron para dar luego lugar a unas expresiones de fastidio y desagrado.

No volvió a acercarse por aquel día a ese preciso punto. Sentía un cierto rechazo en torno a la mujer. No lograba descifrar el porqué de todo, pero se manifestaba algo en su interior que le recomendaba tener cuidado con ella.

Llegó hasta a puerta de la estancia donde Ethan Winters seguía adormecido. Ingresó con precaución de realizar ruidos demasiado fuertes que pudiesen despertar al afectado, de puntillas con sus zapatillas veraniegas color cian. Dejó con suavidad el morral sobre una de las mesas de acero brillantes, abriéndolo para coger su pluma roja de punta dorada (enviada a hacer por el mismo Parker como regalo de graduación, demostrando así el amor profundo que tenía el hombre por su hijastra) del interior y tomó uno de los informes del estado del convaleciente.

Chelsea controló y anotó los signos vitales del hombre con tranquilidad; estaba recostado inmóvil, su respiración era pausada; su piel cambió a una mucho más pálida en donde las venas resaltaban con un color grisáceo horrendo. Su rostro estaba surcado de aquellas líneas irregulares por donde corría el agente. Sedado, se lo veía bastante bien (para estar sufriendo cambios microscópicos brutales se encontraba en perfectas condiciones) y con unas facciones que denotaban una especie de paz.

«Frecuencia cardiaca... Normal. Concentración de oxigeno en sangre... Normal. Viriones activos... Más de seis millones».

La planilla poco a poco quedaba llena de resultados del día; entendía solo una parte de todo lo que anotaba (siendo que se le daba fatal en la biología o en aquel caso, virología) debido a que eran constantes necesarias para su propia salud, la otra parte eran simplemente meros números.

Todo dentro de la habitación estaba sumamente calmo. Escuchaba el subir y bajar del respirador, las constantes vitales y su propia respiración. Nada más.

Últimamente llevaba un sentimiento extraño en su mente respecto al caso del hombre. No podía decir a ciencia cierta qué demonios era lo que sucedía, pero sabía que existía algo; estaba a la espera del suceso. Debía viajar en los próximos días directo a Luisiana junto con otras personas que también estaban a cargo de la investigación –si es que no la reemplazaban antes- para obtener los últimos datos.

Pero encontrarían algo entre lo que se suponía que era una casa gigante con signos de lucha en su interior (según datos obtenidos por otra organización que brindaba datos a la BSAA).

Justo cuando meditaba sobre lo que podría ser el sentimiento de incomodidad, su brazo fue agarrado fuertemente por una mano muy caliente. Chelsea sintió como su corazón daba un vuelco y galopaba a velocidades desconocidas. Dirigió una mirada aterrada en dirección del agarre para observar como el hombre que yacía en aquella camilla se incorporó levemente, observándola con ojos suplicantes. Estos no eran la coloración que el joven tuvo en su nacimiento, en cambio, eran rojos como el rubí más puro. Así de aterrador se ve cuando uno se transforma... Llevaba el respirador aún por lo que no podía manifestar su malestar. Ella depositó como pudo la pluma y el informe sobre la mesa más próxima, volviendo para colocarse estoicamente a su lado.

Con suavidad, le colocó una mano en el pecho ardiente y le obligó a recostarse nuevamente; lo que menos debía hacer era salirse de la posición en la cual estuvo por algunas razones que jamás le explicaron. «Gracias por no explicarme el por qué de eso, mamá». Aunque intuía que era para que la persona se volviera a relajar y el virus continuara con el proceso de asimilación dentro del cuerpo. Acomodó los cables que rodeaban a Ethan con cuidado de no desconectarlos del pecho, le cubrió nuevamente el cuerpo con la sabana gris y finalmente lo miró directo a aquellos aterradores ojos.

El muchacho quería indicarle que la mano le dolía a horrores así también como su pierna, pero no podía expresar ni una sola cosa debido al respirador. Ella le soltó el agarre para luego tomarla con cariño.

— ¿Duele? —asintió —. Oh, lo sé. Como lo siento, Ethan...Pero tranquilo, cuando el proceso de asimilación acabe todo pasará. La fiebre alta se irá, el dolor se marchará así como vino y podremos quitarte el respirador una vez que no se requiera cantidades altas de oxigeno para la fijación del virus en las células de tu cuerpo.

Él cerró fuertemente los ojos mientras gemía levemente. Le apretó con más intensidad la mano.

—Aguanta ahí, compañero. Te lo asegura alguien que lo vivió: pasará. Serás el mismo de antes en un tiempo. —Chelsea no le quiso decir en cuanto tiempo, pero estaba segura que no tardaría mucho; ella también se despertó en la mitad del tratamiento y fue su madre la que le recordó aquellas palabras que le estaba comunicando al muchacho—. Tan solo aguanta, Ethan. Ahora cierra los ojos...

Algo reticente, obedeció. Ella sigilosamente aumentó la dosis de sedantes recordando las indicaciones del cuerpo médico mientras giraba apenas la válvula. Escuchó como la respiración agitada comenzaba a serenarse para luego ser un ritmo constante y tranquilo.

Debía reconocerlo: se había asustado en el nivel donde la gente lo reconoce como cagarse encima. Lo aceptaba sin ninguna vacilación por su parte, creía firmemente que su corazón casi se escapa corriendo por el hospital. «Vaya, eso sí que me tomó por sorpresa... Pero de cualquier forma, pobre tipo. Nadie merece pasar por esto». Se podía incluir a ella misma, como persona superficial que podía llegar a ser, pero se mantendría fuera de aquel pensamiento por la primera vez en su vida.

Completó algunas cosas que le faltaban en el informe y lo colocó en el sitio en donde lo halló. Guardó su pluma en el bolso, cuidando de que no se mezclara con los demás artículos. Sabía por Parker que cuando aquella tinta se derramaba en algún lugar, creaba un desastre. Si era tela quedaba una aureola al lavarla, cuero podría arruinarlo y no sabía que poderes malignos tenía con el resto de las telas. Nadie quiere tener una mancha muy leve (pero gigantesca) en su bolso o ropa, por lo que prefería dedicarse unos segundos a acomodarla pacientemente antes que jugar los dados de la mala suerte.

Observó una vez más a Ethan, quien recobró el estado de paz. Le deseó mentalmente suerte mientras salía de la habitación directo a la zona de desinfección. Se marchó al cabo de veinte minutos, escuchando Superstition de Stevie Wonder en la radio.


Era de tarde en aquel miércoles extraño (por alguna razón también lo había sido para la mujer de cabellos oro) y Emily estaba rellenando los últimos informes médicos para presentar a sus superiores. Su hija la sorprendió gratamente con la actitud profesional que tuvo a la hora de manejar algo que ni siquiera un virólogo experimentado podría haber hecho; el haber asistido al pobre muchacho durante su breve despertar no lo hacía cualquiera con una calma insólita.

La felicitó como buena madre, para después preguntarle sobre lo acontecido en su vida aquella mañana y además del fin de semana. La chica contestó con entusiasmo sobre el segundo tópico en cuestión. Preguntó también por las fotos con Dennis de la noche del sábado, donde la chica recordó las actividades pecaminosas que hizo, mintiendo tan mal como siempre al igual que poniéndose nerviosa ante la perspectiva de que descubriera que consumió mariguana como también que se tiró al chico hasta las tres de la madrugada. La rubia supo instantáneamente que estaba embaucándola. Chelsea se ponía nerviosa cuando evitaba hablar de ciertos asuntos de los cuales no debía enterarse, la joven solía comenzar a tratar de cambiar el tema o pronunciando mal algunas palabras. « ¿Es que salió a secuestrar gente con Dennis que tanto problema hay por decir la verdad?». Esa fue la interrogante que surgió en su mente al momento de contestarle.

—No te creo, pero voy a dejarlo pasar —aclaró con un tono serio. La muchacha tragó saliva—. Aquí hay algo mucho más oscuro de lo cual me enteraré por tu parte o no.

— Vamos mamá, es enserio —trataba por todos los medios que no temblase su voz al hablar, sin conseguirlo—. No era sucedió nada fuera de conversar o jugar con la consola ¡Te lo juro!

— ¿Y por qué llamo Tyler diciendo que escucho ruidos rarísimos hasta casi las cuatro? No tiene sentido alguno si se quedaron jugando hasta las tantas.

— Bueno, si te puedo ser franca, estábamos jugando un juego de baile donde en la dificultad más excesiva uno se mueve como loco. Cielos, en un punto no lo evite y comencé a gritar de forma rara.

—Claro... ¿Tyler miente entonces? ¿Qué le sucede contigo?

—Quizás porque estará enamorado de mi o algo, ¡Que se yo!

La mujer se quitó sus gafas con marco negro y llevó el dedo índice junto con el pulgar al puente de la nariz. Era lo más disparatado que su hija dijo jamás.

—Basta de idioteces, hija... Es ridículo y no te crié para que digas tantas cosas sin sentido. De cualquier forma ya me voy a enterar.

—Ya, mamá. Entiendo... Siempre lo haces. Como cuando me hice mi quinto tatuaje que te enteraste por la boca floja de David.

— Ay, Chelsea ¿Responderás a mi pregunta en algún momento? ¿O tengo que mover hilos para informarme qué carajo pasó?

Chelsea suspiró exhausta. ¿Cómo zafar de aquello?

—Haz lo que quieras. Como siempre lo hiciste...

— ¡Chelsea! Maldita sea, ¡Faltas de respeto en mi cara no! —trató de serenarse rascándose fuertemente el rostro. Le quedaron líneas rojizas por el roce de las unas pulcramente pintadas con esmalte carmesí con la piel—. Malcriada hasta el final... No debí haberte permitido tantos privilegios. Alguien siempre me dijo que tantos lujos al final pasan factura. Ya sabré el quid de esa cuestión. Háblame sobre esta mañana o te juro que te volverás a casa esta noche.

— ¡Vivo sola! ¡Me emancipé hace ya cuatro años!

— ¡Te arrastraré al auto si es necesario, jovencita! Económicamente libre o no, soy tu madre por lo que puedo hacer lo que se me antoje.

La chica soltó aire con expresión irritada.

—Soñé con lo que tú ya sabes... Todas las veces que... Bueno, intenté quitarme la vida. Fue horrendo, no lo esperaba en absoluto. Se ve que asusté hasta a los perros, porque estaban lamiéndome el rostro apenas desperté. —parecía sumamente apenada al tener que rememorar lo acontecido aquella mañana. Emily palideció—. Por cierto, Polly- Sue también se sobresaltó y araño un poco la puerta. Espero que no importe que haya saltado un poquito de la pintura...

— Oh, Lo siento, cielo. No debí preguntar... Eso no importa, lo material no es comparable con la vida de un hijo.

— ¡No! Es exactamente lo que los doctores Black aconsejaron. Que cada vez que me sintiera o soñara con eso lo converse con otra persona, para no quedarme con el tema en la mente. Eres mi madre, me alegra que preguntes por ello.

No profundizaron la charla y la chica se fue a preparar las últimas cosas antes de marcharse. Ella misma debía estar lista también, debido a que sería la encargada de cuidar de las mascotas de la castaña mientras ella estuviese fuera del estado, pero eso sería sencillo. Además y según palabras de su hija, Polly Burton se pasaría de vez en cuando por la casa después de las clases universitarias.

Emily tecleaba tranquilamente en el computador cuando vio llegar al jefe de Chelsea a su oficina. Estaba ultimando los detalles para finalmente guardar todo e irse a su casa. Kirkmann parecía algo tenso, con su cabello canoso alborotado y el rostro cansado. Le sonrió, aunque obtuvo un movimiento de mano en su lugar.

El hombre dejó descansar sus palmas en el escritorio de la mujer, con su mirada hacia el suelo.

—Tu hija será apartada de la investigación después de que vuelva. —dijo con voz apagada. La mujer rubia frunció el ceño—. No preguntes porqué, simplemente quería que lo sepas.

— ¿Hizo algo malo? Como madre puedo notar que está más que entusiasmada por hacer el trabajo... Esto es algo muy irregular en este sitio.

—Emily por favor, no es orden mía. Uno de los jefes la considera demasiado joven para esto, por lo que decidieron entre todos apartarla. No sé que tienen en mente ni tampoco quiero averiguarlo, pero debemos acatar sus órdenes.

Siendo una mujer tan correcta (según algunas personas conocidas desde su niñez, se parecía en carácter a Alexander), la reacción que tuvo tomó de sorpresa a Kirkmann. Se levantó rápidamente de su asiento, con expresión furiosa.

—Mi hija es muy capaz de resolver este caso como cualquier otro. Se rodea de este sitio desde que tiene cinco años por lo que conoce cada modo de trabajo de los cuatro edificios. ¿Qué porquería de cuarta es esta, Kirkmann? ¿Para qué se la dieron en primer lugar?

—Emily, enserio: no puedo hacer nada. Si pudiera, claramente ella continuaría la investigación hasta el final. No tengo dudas de que es alguien capaz de realizar estas tareas, pero parece que más arriba no lo ven así...

— ¡Esto es una tontería! ¡Soy uno de los miembros fundadores, maldita sea! ¡Si yo apruebo esta decisión, aquellos sacos de grasa no pueden hacer nada! —gritó furiosa; el hombre de pronto comenzó a notar un severo dolor de cabeza.

Emily siempre recalcaba el hecho de ser una de las personas que ayudó a fundar la BSAA como si su vida dependiera de ello. Era su orgullo personal, por lo que alardeaba constantemente de eso y otras cosas.

— Entiendo tu enojo, pero tengo las manos fuertemente atadas. La decisión está tomada; Chelsea será reemplazada por otro agente apenas vuelva de Luisiana. Lo siento...

Después de soltar aquella bomba se marchó así como había llegado. Emily se dejó caer en el sillón de cuero negro, agotada como también apenada. Su hija estaba realmente comprometida con la causa, siendo uno de los primeros trabajos de los que formaba parte; el abatimiento la noquearía fuertemente, no se repondría muy fácilmente. ¿Qué podía decir? Era su primer intento de incursionar en el mismo mundo que su madre y la apartaban de un momento a otro sin consultarlo con nadie más.

«Pero... ¿Quién? ¿Por qué?».

Dejó que su frente reposara sobre sus manos, inspirando y espirando para contenerse un poco más. No solo su hija estaría furiosa...

Ella también lo estaba.