¿Cuál es la mejor parte a la hora de escribir? Borrar las diez mil veces donde pusiste "que" dentro de un solo capitulo. ¡No nos olvidemos de las dichosas comas!
Alabada sea Stacy Adler por su maravilloso oido al escucharme soltar idioteces sobre la historia al igual que darle combustible a la musa en coma. ¡Esto no se olvida!
Era tarde en la noche, descanso de un día terriblemente agitado en el trabajo como también el último día antes del receso invernal en la universidad; fuera hacía al menos dos grados, con un cielo completamente cubierto que amenazaba con llover y hasta había posibilidades de que se formara agua nieve. Había sensación térmica que marcaba bajo cero. Dio una calada al tercer cigarrillo dentro del espacio de diez minutos desde que se sentó en el sofá de tres espacios, mirada fija en la televisión de pantalla plana que no estaba encendida. La foto de él le generó un revoltijo en el estomago a días de la navidad, una celebración donde la familia entera siempre se reunía para recibir regalos y pasar un tiempo de calidad entre todos. Él, con su sonrisa perfecta como también ojos ámbar, le habló por un momento sin gastar precioso aire en ello; le tocó directo al corazón sin siquiera mover un musculo; le desequilibró la mente sin siquiera intentarlo.
Le sostenía cuando apenas si tenía unos días de vida, pulcramente colocado en un porta retrato de flores cromadas que siempre miraba hacia la puerta de entrada. El siempre estaba allí para recibirla después de un día agitado fuera de casa. Le decía como siempre escuchó de otros lo inmensamente feliz que era de tenerle en su vida, tanto tiempo ansiando tener un hijo tan perfecto como ella. Dio otra calada aún más ansiosa en el momento en que un escalofrío le recorrió de arriba hacia abajo por la columna. ¿Era frio o sentimientos? Su casa siempre se encontraba en veintidós grados, por lo que descartó la primera opción de un plumazo. Estaba sucediendo de nuevo y no estaba pudiendo enfrentarlo como siempre hacía. Depositó el pequeño cilindro humeante nuevamente sobre el cenicero que le regaló su amiga de toda la vida cuando volvió de Las Vegas.
¿Por qué? ¿Por qué lo escuchaba precisamente a pocos días de las navidades? ¿Qué pretendía con ella? ¿Era una señal del mas allá? No lo sabía ni tampoco podía responder a ninguna pregunta que se le formulaba en la cabeza, nuevamente la ansiedad le estaba nublando el juicio impidiéndole pensar con claridad. Otra vez volvían los fantasmas del pasado, tal como si ella fuera una persona sumamente egoísta que necesitara la visita de varias animas para mejorar su espíritu. Volvía a escuchar el llanto de su madre reducido a un murmullo dentro de su habitación, cogiendo con fuerza la foto de su boda con su progenitor y preguntando incesantemente "¿por qué?".
«Qué gran pregunta. ¿Por qué me pasa esto? ¿Por qué lo estoy sintiendo justamente hoy?» pensó rascándose la nuca nerviosamente con la extremidad derecha, pensando en que un trago podría ayudarla a pasar el mal momento… ¿¡Beber!? Justo cuando prometió que no lo haría más como método de relajación forzoso para su ansiedad o los pensamientos inoportunos… Sin embargo algo dentro de ella ansiaba sentir el calor abrasador de un pequeño vasito de vodka o una medida de whisky en su sistema.
Volvió a hablarle otra voz familiar: aquel monstruo negro que nunca se iba lejos le dijo que no era lo suficiente en aquel momento; que todo siempre sucedía por su culpa. Él murió por su culpa, ella casi se va para siempre por causa de ella… Ese hijo de puta nunca se callaba y parecía que hoy estaba más activo que nunca. Golpeó violentamente sus sienes al tiempo que pedía en un murmullo que se detuviera, a sabiendas que jamás lo haría. Era una persona enferma mentalmente, le recordaba, aunque lo intentase con medicamentos él no se marchaba por completo en ninguna ocasión. La corrieron de su investigación, en la única cosa que creía que podía ayudarle en su objetivo de toda la vida de conseguir un poco de justicia para los demás. Un poco de venganza contra las personas que se creían dioses y que lastimaban a los demás en un afán siniestro de obtener poder.
« ¡No lo soporto más! ¡Necesito una copa!»
Dio una rápida calada al cigarrillo a medias y se levantó con prisa, dirigiéndose a un pequeño armario que estaba justo a su izquierda, detrás del sofá de un espacio; este servía como una base para el teléfono del hogar como también como depósito de revistas junto con ser el lugar donde guardaba sus videojuegos. Detrás de la pila de cajas azules se encontraban tres botellas de alcohol de calidad media a alta, las cuales estaban a la mitad de su contenido original. Se decidió por un poco de vodka para silenciar las voces en su cabeza; fue directo a su cocina tomando de la alacena de los vasos el pequeño tequilero que compró de oferta no hacía mucho. Volvió a tomar asiento donde estaba antes vertiendo el contenido hasta casi el borde. Lo cogió con cuidado y después lo echó completamente en su boca.
El efecto en su lengua fue instantáneo: le quemaba las papilas gustativas impulsándole a ingerirlo de una buena vez. Lo hizo sintiendo el poder del vodka en su garganta al igual que en el esófago unos segundos después; no fue suficiente por lo que volvió a repetir el proceso de forma desesperada… Dos, tres veces. Se acabó el cilindro mentolado para volver a prender otro, moviendo las piernas en forma ascendente como descendente de forma neurótica. Diez o veinte minutos después comenzó a sentir una calma aparente en su cabeza para luego dar paso a la tormenta de gritos, los cuales siempre gritaban cosas hirientes.
"¡No vayas sola, déjame ir contigo! ¡Pueden matarte en un pis pas!" Emily le gritaba en el momento en que ella estaba por abrir la puerta para dirigirse a sus clases de baile.
"Eres una inútil, nunca nada te sale bien." Joe le regañaba tan solo por derramar un poco de jugo sobre el suelo alfombrado de su habitación, momentos después de haberse acostado con ella.
"¿Tú? ¿Una Vickers haciendo algo bien? ¡Ja! Que buen chiste…" Liam hiriente se mofaba de que obtuvo un seis en una evaluación de química.
"Seguro se acostó con alguien, nadie puede ascender de posición tan rápido…" Amanda, quien trabajaba un piso más arriba que ella, le hablaba a su amiga Cybill sobre el nuevo trabajo que desempeñaba en la BSAA.
"Mira la carita de puta que tiene. Me pregunto a cuantos se llevó a la cama la muy zorra" Rosalin rió ante sus compañeras de recepción al tiempo que se llevaba a la boca un tenedor con vegetales en él.
"Te pareces tanto a tu padre, figlia mia. La misma sonrisa y los ojos brillosos como si acabaras de hacer una travesura. Es maravilloso verlo en ti." Su abuela le tomaba de la mano al tiempo que se secaba las lagrimas en otro dia de rememorar la vida de Brad.
"Jill no... No va a volver. Lo siento mucho cariño". La voz acongojada de Chris le comunicaba una de las peores noticias que en poco tiempo de vida escuchó.
En ese momento no pudo aguantarlo más, cogiendo la botella por el cuello para a continuación darle un trago bien largo. Las manos posesivas de su ex pareja se posaban nuevamente en sus caderas lastimandole, obligandole a dar otro trago; las lagrimas derramadas por su madre en el momento en que ella era conducida al quirofano para removerle las balas en el pecho y hombro mojaron su rostro, dio otra tomada larga. Los chicos de su clase hablaban a sus espaldas por ser "la loca de la clase" por sus problemas de estrés postraumatico y depresión. La botella llegó a tener un cuarto del contenido original.
La depositó fuertemente contra la mesa al tiempo que las lagrimas rodaban por su rostro juvenil, sin poder evitarlo siquiera. Las voces en su cabeza no cesaron de hablarle, haciéndole recordar absolutamente todo lo que ella siempre optaba por olvidar; las palabras, acciones, momentos, absolutamente todo resurgía para atormentarla cuando estaba sobrepasada por todo lo demás. Se recostó contra el respaldo al tiempo que sollozaba incontrolablemente producto de la desinhibición garantizada por el alcohol, encendiendo unos momentos después otro cigarrillo.
Su vida era una puta mierda por donde la mirase; nunca tenía suerte en el amor haciéndole creer que moriría sola; su propia madre continuaba mirándole con temor cada vez que ella debía participar de una investigación. Su queridísimo ex novio continuaba llamándola a cada rato para preguntarle si querría volver a reunirse con ellos o solamente con él para "hablar"; las clases la estaban asfixiando con tanto examen al igual que finales a la vuelta de la esquina; su trabajo dejó de ser satisfactorio ya que lo que ella mas anhelaba hacer le fue prohibido por alguna razón ajena. No había justicia en ningún lado por más promesas de la misma que se hiciese.
Estaba exhausta de todo y todos en aquel punto.
La presión en el pecho aumentó, sus ojos parecían cascadas y su mente la condujo en un solo camino. Dio un par de caladas al nuevo cilindro para después depositarlo en el cenicero, levantándose a duras penas al igual que trastabillando en su camino a la habitación. Al ingresar en la estancia fue directo a su mesita de noche, abriendo la segunda gaveta para extraer una pistola Beretta 92FS con movimientos torpes. Comenzaba a estar muy mareada producto de la intoxicación con alcohol en su sangre, sus pensamientos iban en cualquier dirección imaginable. Balbuceaba cosas sin sentido en el momento en que contempló el arma, sopesando el peso de la misma con fascinación enfermiza. Jugueteó con ella: comprobaba el cañón con una sonrisa ladina, quitaba el cargador completo en contenido para después insertarlo nuevamente y jugaba con el seguro.
Caminó algunos pasos hacia atrás con la mirada perdida en el brillo de la lámpara sobre la mesita de noche, casi cayendo sobre su trasero producto a un par de zapatos que arrojó apenas ingresó a su casa. Era un desorden típico de una persona con poco tiempo, aunque ese mismo podía ser letal para alguien tan desequilibrado como también poseedor de un arma en mano.
Le pareció muy divertido apoyar el extremo del ítem defensivo contra su frente al tiempo que cantaba alegre "una bala para mi, otra bala para el cabrón", haciendo referencia al monstruo hecho de sombras que le acosaba cuando le venía en gana. Luego cambió el sitio a su sien derecha para después ponerla bajo el mentón, presionando hacia arriba para sentir la firmeza del cañón negro. ¿Cuántas veces fantaseó con terminar su vida de aquella manera? Los sesos probablemente estarían esparcidos por doquier y la sangre correría libremente sobre el piso formando un círculo alrededor de su cuerpo inerte una vez que alcanzara el suelo.
Recordaba la vez que casi hace realidad sus pensamientos, donde la bala quedó atorada en su trayectoria hacia fuera por pésimo mantenimiento de la vieja pistola reglamentaria de su madre. Qué suerte que tuvo aquella vez…
Estuvo unos minutos fantaseando con accionar el gatillo hasta que el ruido de Dallas llorando en la puerta del patio la sacó de sus pensamientos negros. No se había dado cuenta en los más de cincuenta minutos que estuvo bebiendo y fumando, sus mascotas quedaron afuera cuando solamente los quiso sacar para que hiciesen sus necesidades fuera en vez de en el piso de madera recientemente lustrado. Corrió violentamente el arma de su mentón, accidentalmente accionando el gatillo en el momento en que el extremo apuntaba hacia la pared a su derecha. La bala impactó en un espejo el cual se hizo añicos, algunos trozos salieron volando en su dirección causándole pequeñas cortaduras en su mano al igual que brazo.
Se detuvo un momento para analizar la situación, pero su visión borrosa producto de la intoxicación etílica no le dejó hacer una nota mental de lo que había pasado. Dejó caer el arma al suelo al tiempo que salía con paso apurado para abrirle a sus queridísimos canes, chocando sus caderas contra algunas mesillas con fotos y luego la más preciada de todas. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho la foto de su padre yacía en el suelo hecha añicos, su rostro bondadoso miraba hacia abajo en el elegante porta retrato. Algo dentro suyo se rompió en ese momento, dándose cuenta de lo mal que se encontraba al igual que el "crimen aberrante" contra la persona que amaba con la vida.
El estomago de la castaña se revolvió obligándole a detenerse momentáneamente debajo del arco que daba a su cocina; le faltaba el aire como si una presa hidráulica le estuviese aplicando el máximo de fuerza posible a su caja torácica. Un terrible dolor de cabeza se instaló en ella nublándole completamente el juicio; sabía que con los minutos terminaría vomitando todo lo que tenía en el estomago, aunque necesitaba llegar a un terreno donde ella no tuviese que limpiar todo el desastre con una resaca para veinte personas.
A duras penas logró alcanzar la puerta corrediza que daba a su patio; los canes corrieron dentro directo a su habitación al escuchar la detonación en la misma. Ella, sin embargo, cayó de rodillas en el suelo de cemento que conformaba un pequeño porche cubierto, tratando de recobrar el vital oxigeno que se le escapaba de los dedos. El frio la azotó estando vestida con una blusa fina como también un suéter bordó de hilo; sus pantalones de franela eran menor protección contra el atroz invierno que estaban soportando los ciudadanos de DC. Se arrastró como pudo hacia el patio al descubierto, con el césped cubierto de una capa de helada no muy gruesa, que al entrar en contacto con su piel le cortó como cientos de pequeños cuchillos sumamente afilados.
Inconscientemente volvió a derramar lágrimas, esa vez de completa desazón ante su actitud tan repulsiva de volver a beber para aliviar sus pesares. ¿Qué carajo planeaba hacer con su vida? ¿Disolver su hígado en alcohol por cada vez que todo fuera demasiado? ¿Incinerar sus pulmones con cigarrillos cancerígenos cuando necesitase despejar un poco? ¿Era esa la vida que quería? Al paso que iba nunca llegaría a la treintena, menos a encontrar a alguien con quien compartir la vida en sus momentos preciosos que sabía que sí podía tener. Sollozó incontrolablemente al tiempo que avanzaba a gatas por el suelo verde, aumentando la intensidad de sus lloros como también de los gemidos lastimeros que soltaba.
«Finalmente no sirvo para nada, soy solo una estúpida que bebe y fantasea con pegarse un tiro… No merezco vivir así, menos dejar que mi padre vea en lo que se convirtió aquella bebé que tanto espero…»
Sus vecinos se alertaron desde el momento del disparo que destrozó el espejo, probablemente haciéndole un hueco a la pared detrás. Tyler salió al balcón que poseía su habitación al escucharla llorar, en una camiseta sin mangas como también un pantalón cuadrillé que le quedaba grande ante su figura esbelta por el ejercicio. La señora Marshall salió al patio en su albornoz rosado con pantuflas de lunares, preguntándose si todo en la casa de la joven se encontraba en orden. El muchacho de cabellos castaños depositó sus manos en la baranda mientras aguantaba como podía el frio en el cuerpo, viendo como la joven vomitaba profusamente para después intentar incorporarse, cayendo de espaldas mientras se cubría el rostro con las manos.
Otra vez la misma situación…
Chelsea se sentía peor que antes de haber ingerido todo lo que decidió meter en su cuerpo, los sentimientos afloraban por culpa del alcohol y su estomago estaba peor que convulsionado ante la presencia de un alto grado etílico. Su cuerpo intentaba eliminar las toxinas aunque su lado lastimado pedía que se quedara un poco más para adormecer los demonios del pasado. Dejó caer sus brazos hacia los lados mirando el cielo cubierto de nubes que dejaba una apariencia infernal, en el momento en que una figura con mayor abrigo se asomaba por la pared de ladrillos que separaba una casa de la otra. Tyler la miró con rostro triste al tiempo que saltaba hacia el otro lado, más abrigado al igual que a la espera de su esposa enfermera. Se aproximó a ella y al situarse a su lado le tomó la mano helada.
— ¿Otra vez?
—No podía soportarlo más, Ty. Estuve al borde nuevamente y no vi otra salida posible… Si no fuera por Dallas no estaría aquí ahora —reconoció con voz entrecortada.
— ¿La manipulaste de nuevo?
—Fantaseé con eso de nuevo, corrección.
—Mierda —masculló mientras calculaba la distancia entre el interior y el tiempo que tardaría en volver a vomitar; la joven tan prometedora se encontraba en un estado calamitoso haciéndole dudar cuanto podría aguantar o si era capaz de caminar—. Voy a tener que avisar sobre esto, Chels. Aunque sea a Parker o Chris.
Al escuchar esos nombres la joven se sentó como impulsada por un resorte.
— ¡Por favor no, no lo hagas! Prometí que no volvería a pasar. Chris se pone furioso cada vez que rompo esta promesa…
—Lo siento, pero es absolutamente necesario.
No dejaría que la manipulación del arma pasase como si nada por entre ellos. Esta vez la bala no le lastimó, la próxima podría ocurrir. Ayudó a que la joven se pusiera de pie, con un brazo sujetando su tronco y pasando por los hombros el brazo pequeño de ella; se encaminaron hacia el calor del interior salvo que al llegar al umbral la joven manifestó la necesidad de potar nuevamente. Tyler hizo lo que pudo hasta que en la entrada del baño la chica no lo soportó más, derramando jugos gástricos al igual que lo poco que le quedaba de la cena sobre el piso de loza azulada; el muchacho la depositó lejos del enchastre de "cosas" sobre el suelo al igual que cerca del váter ante cualquier deseo de volver a vomitar. Elizabeth tocó el timbre en el momento en que hizo una mueca de asco ante el olor tan característico de los jugos derramados; corrió a abrir la puerta de entrada, la mujer de cabellos negros fue directamente al baño sin mediar palabra con su pareja.
Chelsea lloraba colgada del objeto de cerámica mientras otra ola de arcadas atravesaba su cuerpo de manera brutal, expulsando poco líquido unos momentos después. Lizzie intentó ayudarle unos momentos hasta que se dio cuenta que todo intento seria en vano si su estomago no se limpiaba en su totalidad. Salió de la habitación pestilente directo a la cocina, en búsqueda de una botella de agua que pudiese acelerar el proceso. Se la tendió una vez que volvió pese a la negativa de beber algo, la intransigencia de la mujer fue mayor y la castaña acabó cediendo ante la presión.
Veinte minutos pasaron desde la última arcada con resultado de expulsión, donde la enfermera dictaminó sería posible que ella se recostara de una vez para dormir la mona hasta la mañana siguiente. La intoxicación era fuerte, peor fue haber descubierto que eligió bebida blanca. Ayudó a la joven a ponerse de pie con precaución ante el malestar aún presente en las entrañas de Chelsea, conduciéndola sin interrupciones pero con suavidad hacia su cama. Prefirió que durmiese boca abajo con una cubeta de plástico a su lado para evitar mayores desastres; Tyler continuaba limpiando el suelo del baño con cara de asco ante la fragancia poco agradable que expelía.
—Siento tener que hacerlos pasar por esto de nuevo —se disculpó con la voz distorsionada por la almohada—. Soy una pésima vecina.
—En realidad me ayudas para cuando tenga que correr por la sala de emergencias. No es problema cuidar de ti.
—Se supone que están para divertirnos en parrilladas vecinales o cuando necesite un saquito de té, no limpiar mi mierda.
— ¿De qué sirven los vecinos si no se ayudan entre ellos, Chels? Olvídalo ya y descansa. Mañana estaré esperando tu llamada apenas despiertes.
La jovencita estuvo unos momentos sintiendo que la cabeza le daba vueltas hasta que logró conciliar el sueño. La pareja estuvo rondando la casa mientras murmuraban entre ellos que la cosa no podía seguir así, Chelsea debía comenzar a pedir ayuda nuevamente. Tyler detestaba hacerla enfadar con el hecho de comentarles a los demás adultos su situación. Entendía a la perfección la necesidad de discreción de la de orbes ámbar, sin embargo el disparo que escuchó después de ir por un vaso de agua lo aterró.
¿Algo podría calmar los fantasmas en el interior de Chelsea? Era el asunto que siempre se preguntaba. Al mismo tiempo afirmaba una y otra vez que la cosa debería detenerse para siempre. Se marcharon a eso de las cuatro de la madrugada cuando la mayor parte del desmadre pudo ser solucionado, pese a que ambos sabían que la mañana siguiente sería una muy difícil para ella.
Ethan estaba aburrido en su departamento pensando en que no le apetecía en nada ver la temporada de básquetbol o siquiera jugar con la consola. Los progresos necesarios en su aplicación fueron los adecuados aquella semana, ese mismo día se daría un merecido respiro. Ser una persona que pasa constantemente tiempo frente a una pantalla deja un cansancio tanto en la vista como en la mente la cual con el tiempo pasaba factura, eso lo tenía más en claro que nadie en el sector donde se desempeñaba. Sus amigos estaban silenciosos para ser sábado y seguramente Monty estaba ultimando detalles para su boda; le quedaban tan solo dos meses para dar el sí definitivo con su pareja de unos años Victoria, y al ser una persona tan obsesiva con mantener todo en orden probablemente ya tenía hasta el suelo limpio de la iglesia con antelación.
Los extrañaba mucho, debía admitirlo, creía que ellos a él. Por suerte había encontrado gente parecida en DC, aunque nada reemplazaba una amistad de años proveniente desde el primario.
Miró el reloj inteligente en su muñeca izquierda por cuarta vez en los últimos quince minutos comprobando que solo habían pasado cinco de la última vez consultada. Casi rompe algo por el aburrimiento, salvo que se mantuvo echado panza arriba en el sofá mirando al techo como un lelo. «Las compras ya las hice, ordené este chiquero anoche y el trabajo está al día… ¿Ahora qué?», pensó al tiempo que cogía su móvil nuevo (el anterior sufrió una ejecución Winters al querer destrozar todas las fotos que tenía con su ex de la manera en que sentía que sería mejor: abrirlo para luego machacar los componentes internos) con una pantalla que cubría completamente el frente consultando la lista de personas con las que hablar un rato. Desde el jueves que él junto con Chelsea no charlaban un rato, con el paso de los días compartían más cosas triviales de ellos dos.
« ¿Qué clase de persona come pan de ajo de desayuno? Si lo hago no saldría del baño por al menos dos horas…»
Pulsó sobre el contacto para después hacer lo mismo con el icono del teléfono en color verde mostrado en la pantalla, colocándose el auricular en el oído y oyendo los pitidos. Fueron tres hasta que ella levantó al otro lado la llamada.
—Hola, Ethan —su tono era más apagado, cosa que le extrañó un poco—. ¿Qué cuentas?
— ¿Noche agitada? —inquirió sin saber lo acontecido—. Ahora eres tú la que suena como si te hubieses dado un reventón de primera.
—Bueno… —miró directo al agujero producto de la bala que quedó en la pared; tenía puesta su ropa vieja para intentar reparar aquello con una espátula llena de estuco en la punta—. Es una historia larguísima la cual no voy a contar por razones personales.
— ¡Eres una aburrida, yo te conté lo que me sucedió!
—Sí, bueno… Esta vez no pienso revelar lo que ocurrió.
—Como quieras tú. ¿Quieres ir por un café o algo? Ya no se qué hacer para no dormirme del aburrimiento.
La castaña analizó la situación al tiempo que soltaba la espátula sobre su cómoda intentando medir el porcentaje del dolor de su cabeza. Desde que se despertó y después vomitó había mitigado mucho lo que sufrió la noche anterior, sin embargo el zumbido dentro de su cráneo continuaba pese a tomarse un litro de Gatorade de manzana.
—Paso del café pero te acompaño si te apetece alguno. Prefiero que la cabeza reciba algo como chocolate caliente o un té en vez de más cafeína que me empeore la migraña de ebria.
—Me parece perfecto. ¿El Starbucks de siempre?
— ¡Cómo si no!
Se dieron un tiempo de cuarenta y cinco minutos para cambiarse las ropas de entre casa y llegar al lugar. Ethan sintió que el día parcialmente cubierto de invierno estaba cambiando de suerte para mejor, bostezando ante el cansancio provocado por el intenso aburrimiento. Se cambió dentro de todo rápido, eligiendo un vaquero oscuro con unas rodillas un poco descoloridas, su cazadora de cuero negro con unos detalles en la zona de los hombros (regalos de Lorna quien sabía que era un apasionado por aquellas chaquetas) con un suéter bastante abrigado debajo de la misma y unas zapatillas azules oscuras conseguidas en una buena oferta la semana anterior. Se echó un poco del perfume, el cual era usado a diario.
Skittles ingresó a la habitación como movida por un impulso mayor de ver a su amo y comprobar lo guapo que se veía, o eso creía su dueño. La gata se subió a los pies de la cama para sentarse mirándolo fijo mientras este se adecentaba un poco el cabello. Estaba dándose cuenta que la maldición de las entradas que aquejaba a su padre le tocaba justo al entrar en la treintena; no se quedaría calvo o parcialmente calvo, de cualquier forma tenía un poco menos de pelo a los costados de la frente. Volteó abriendo los brazos, girando un par de veces mientras miraba a la gata con una sonrisa en el rostro.
— ¿Qué tal se ve papi hoy?
La felina se recostó sobre sus patas con los ojos entrecerrados mientras ronroneaba en un tono bajo; Ethan interpretó aquello como un signo de aprobación, le hizo correr tras su mascota para levantarla y estrecharla en sus brazos. La besó un par de veces entre las orejas (el sitio favorito de ella), dejándola para ir a coger sus ítems necesarios y marcharse. «Móvil conmigo, llaves en la chaqueta y billetera en el trasero. Fantástico», recontó mientras tanteaba todos los sitios donde estaban ubicados los objetos.
Al salir a la acera no se percató que en la distancia el mismo auto negro que estuvo reuniendo información sobre el edificio, construcciones linderas así también como información sobre él se encontraba en la distancia observándolo atentamente.
El rubio caminó las calles las cuales lo separaban del destino pactado con su nueva amiga Chelsea, bromeando consigo mismo que si estuviera en el juego The Sims tendrían un nivel bajo de amistad, pero formando una sin ir más lejos. Era otra franquicia que le gustaba teniendo que admitir desde que salió la primera entrega quedó hechizado por el juego, viéndose obligado a comprar las mejores entregas así como las más cutres. Si él iba a ser fanático de algo tendría ser en un extremo, no en un nivel normal como la mayoría de las personas.
Estaba muy fresco, con vientos que hacían que hubiese sensación térmica de casi cero grados aunque con momentos de sol intermitentes; caminaba con las manos dentro de los bolsillos mientras se preguntaba por qué no cogió una bufanda o como mínimo un pañuelo para salir. El próximo jueves tomaría un vuelo para volver a su ciudad natal para pasar las festividades con sus padres y el resto de la familia, agradeciendo que el frio no fuera tan brutal como lo estaba en su actual residencia. Apresuró la marcha para llegar cuanto antes al sitio cálido, sintiendo sus manos como también pies fríos cual hielo.
Al arribar vio que su joven amiga estaba sentada sobre un taburete en la mesa alta del centro del establecimiento, con la parka verde musgo todavía vestida y el bolso colgando del codo; miraba hacia una televisión encendida que estaba mostrando las últimas novedades en los conflictos entre Francia, Alemania y Estados Unidos. No lo vio ingresar al local como tampoco sentarse frente a ella. El volumen estaba bajo aunque podía escuchar palabras sueltas de la presentadora entre el murmullo de los demás clientes que charlaban. Cuando la nota finalizó, yendo directo a una pauta publicitaria, ella se percató de la presencia del otro sonriéndole alegremente.
Tenía las bolsas bajo los ojos hinchadas, una bandita en la mano derecha y el rostro demacrado por la privación de un sueño de calidad. Ethan no mencionó palabra sobre ello por no saber si a ella le gustaría hablar de lo que sucedió; cuando tenía su edad se daba reventones de la misma índole. Una mañana en particular su madre lo despertó desesperada porque tenía un corte no muy profundo en la pierna derecha, haciendo memoria más tarde se dio cuenta que cayó en el huerto de los padres de Blake, cortándose con un pequeño hierro el cual sostenía una planta de tomates. En ese momento le pareció chistosísimo, pero luego debió escuchar el sermón maternal durante media hora sobre que "podría haber sido peor si no se daba cuenta", agregando "no me gusta que bebas para quedar como una cuba". ¿Qué pensarían los vecinos? Los respetables Winters teniendo un hijo menor que bebía cual esponja…
—Buenas tardes, me quedé perdidísima con el tema que estaban tratando.
—No me di cuenta, descuida —bromeó alzando el puño para saludarse; chocaron sus extremidades con suavidad—. Es de nunca acabar todo ese tema, ¿Verdad?
—Tengo gente que trabaja en el gobierno y están hartos de pedir explicaciones a los franceses sobre todas las cosas que sucedieron en un pueblito suyo. Nosotros no somos santos bajo ningún concepto, sin embargo ellos no sueltan un puto papel… —suspiró—. ¿Era así antes? Digo cuando eras un niño antes del noventa y ocho.
—Mucho no recuerdo salvo que había conflictos armados entre naciones que salían de debajo la Unión Soviética o que enviaban a nuestros chicos al medio oriente. Después de eso mucha atención no prestaba a los noticieros.
—Buen punto. ¿Qué crio de diez años presta atención a las noticias?
Rieron. Ethan observó a un cuadro detrás de ella con las opciones para pedir; se le antojaba un buen café expreso con una magdalena de vainilla. Las que servían allí eran enormes llenándole el estomago a tal punto que después prefería saltearse la cena. Chelsea sabía que le apetecía algo no muy fuerte, un té sería perfecto para su estomago convulsionado; Chris la llamó a eso de las diez treinta, despertándola de un sueño profundo donde todo a su alrededor era negro. Cuando respondió con un "¿Diga?" al otro lado se hizo un silencio espectral. De ahí supo era su deber pedirle disculpas nuevamente en persona, debido a que estaba furioso con ella al nivel en el cual un simple perdón por teléfono sería como echar gasolina al fuego.
El rubio se ofreció a ir a pedir por ambos ya que estaban llegando aún más clientes los cuales ocupaban las pocas mesas que quedaban vacantes. La joven cogió su billetera, disponiendo a extraer el dinero correspondiente para su pedido, salvo que él se negó en rotundo.
—La semana pasada fue a tu cuenta, este es mi turno.
—Olvídalo —dijo tajante—. Tengo el dinero justo para pagar, no andaré suplicando por ahí.
—Son solo cuatro dólares por el más grande en capacidad. No me duele el bolsillo por gastarlo en ti.
—Ni lo sueñes —le entregó diez dólares—. Tráeme el cambio o quédatelo, pero ni siquiera pienses en pagar con tu dinero.
—Ya, jefecita… ¿Qué quieres?
—Un té negro tamaño venti. Lo necesito para sobrevivir hasta mañana.
Asintió marchándose a la fila para pedir.
El de orbes verdes se dispuso detrás de un muchacho de cabello negro quien estaba impaciente por una pareja adolescente delante de él que no se decidían qué pedir; comenzó a darle vueltas la respuesta tan tajante que le dio ella a la hora de ofrecerle pagar por su bebida. «Son como mucho cinco dólares, realmente no me desangraré por costeársela», pensó al tiempo que se daba cuenta que tenía un carácter muy similar a alguien en ciertos aspectos. No sabía cómo era Emily en un café como en el que estaban, aunque se daba una buena idea de cómo podría actuar. «Mandonear a todo el mundo seguramente está en su currículo, subrayado en rojo para el futuro empleador». Sonrió ante el pésimo chiste efectuó.
¿Estaba prejuzgando a la mujer rubia? No la conocía de toda la vida, salvo los momentos en que se cruzaba casualmente con ella por el pasillo o en la oficina de su hija.
La semana anterior, justamente el día en que acordaron finalmente ir a por un café a otro sitio menos doloroso para el bolsillo, ella estaba en la oficina de la castaña protestando por algunas cosas que ella "había hecho sin su consentimiento" como lo era sumar su nombre para un trabajo de campo con el equipo de jóvenes recientemente reclutado. Si hubiese sido un dragón hubiera visto como escupía fuego hacia todos lados, usando su cola como látigo para azotar a quien era su descendencia al igual que los objetos que le rodeaban. Chelsea tuvo durante todo el momento en el que estuvo allí presente una cara de odio, vergüenza probablemente ante la actitud tan desagradable de su madre.
«Ni mi mamá cuando fue desagradable con Allysha por no tener una posición tan holgada con el dinero fue así de desagradable. Si con la gran Marion fue un dolor de cabeza crecer no me imagino con la destacable Emily».
La persona delante de él logró llegar al mostrador para ordenar mostrándose más bien descortés con la dependienta. La pobre chica de pecas no sabía cómo responder ante el mal humor del tipo, se vio obligada a pulsar rápidamente en la pantalla para anotar los pedidos sin decir una palabra. En su rostro Ethan pudo ver reflejado el malestar ante el trato recibido.
«No, muchas personas son así como ellas dos»
No es que tuviese una mala relación con su madre ni mucho menos, sino encontraba molesto que a veces su lado más esnobista se abriera paso entre todos los sentimientos posibles que había, siendo desagradable con las personas. Recordaba haberse disculpado mil veces con Ally en los días siguientes ante semejante ofensa, pero la chica de sonrisa amigable le tranquilizó diciéndole que todo estaba olvidado. Se había encontrado con muchas personas que la trataron igual por su color de piel chocolate, no estaba ni por asomo molesta con la mamá de su mejor amigo. Una descortesía como esa era lo mínimo, no tendría ningún rencor con su amigo ni con la "buena persona" de su madre.
Le tocó el turno a él mientras el desagradable aguardaba impacientemente en la barra que le entregaran sus bebidas. Pidió lo correspondiente para él al igual que para la muchacha, quien jugueteaba con su teléfono en las redes sociales. Pagó y como buena persona le dejó el vuelto a la muchacha, quien le sonrió rápidamente. Esperaba haber creado sorpresa y no desagrado ante el gesto.
Regresó a la mesa al cabo de unos minutos con las tres cosas en las manos; la magdalena de vainilla amenazó más de una vez en caerse en el camino emprendido entre la barra hasta su lugar en el comercio. La encargada de los endulzantes como las servilletas fue Chelsea, quien se atiborró de azúcar como también servilletas amarronadas.
— ¿Qué todo DC viene a endulzar su café a esta mesa? —bromeó al tiempo que cogía dos sobrecitos junto con un palillo de madera para revolver el líquido—. Se ve que también vendrán a secarse la boca.
—Yo diría que lo usaran como papel higiénico en caso de no tener, pero bueno… —su acompañante la miró raro—. No me digas que eres de esos que siempre tienen un paquete de pañuelos descartables o un mini rollo de papel higiénico a mano.
—No… Lo que no entiendo es porqué alguien usaría esto para limpiarse el culo.
—Ah, cuando estás sin nada es mejor que usar tu propia mano…
Este soltó una carcajada; frente suyo revolvían el té con una sonrisa.
—Hermoso comentario para alguien que está por comer.
— ¡Hay más de donde salieron!
Charlaron de varias cosas, incluyendo sus mascotas como también las clases universitarias de cada uno. La chica le pidió algunos consejos para no estar al límite con todo junto con algún que otro consejo para cuando no llegase a estudiar al ciento por ciento para una asignatura. Ethan le replicó sobre la necesidad de organizar mejor sus tiempos, tomar nota mientras daba la primera leída como también marcar las palabras fundamentales dentro de los párrafos. Para el problemilla de un examen jugado simplemente le aconsejó no tomárselo como la muerte de alguien aunque tampoco dejarlo como si fuera una estupidez. La educación universitaria era muy importante (en especial cuando estás pagando por todo) por lo que dar el mejor esfuerzo en la siguiente oportunidad que tuviese le parecía la solución ante el chasco.
La joven lo fue anotando todo mentalmente, armas funcionales en el futuro.
— ¿Qué me dices de videojuegos? —inquirió ella mientras daba un sorbo a su bebida, la cual estaba por la mitad—. Todos tenemos uno que nos desquicia. Ya sabes del mío (es muy obvio, lo tengo hasta tatuado en la espalda) y necesito saber cuál es el tuyo, sino no vale en absoluto.
—Oh, la franquicia de Wolfenstein es para mí una droga de la cual no me puedo desenganchar. Me he pasado horas jugando a las entregas que logré conseguir. Eso y The Sims.
—No sueles hablar mucho de ello.
—Me da un poco de vergüenza hacerlo. Tu gritas a los cuatro vientos que te puedes pasar seis horas o más jugando, a mi eso me da como "algo" que me impide mencionarlo.
— ¿Record frente a una pantalla?
—Ocho horas ininterrumpidas en mi peor momento.
Chelsea soltó un silbido ante aquellas palabras al mientras asentía.
—Mis respetos, señor Winters. Es usted un jugador bastante fuerte de vejiga como de estomago.
—Ya te lo dije, fue durante los días negros. Allí podía hacer cosas que ahora me parecen una abominación.
La chica notó que al decir lo último se le entristecía la mirada. ¿Cómo debía ser haber perdido a alguien a quien desposaste? Haciendo números le daba que no levaban más de un año de casados cuando ocurrió el incidente con el carguero.
—Cambiemos de tema mejor, no quiero amargar una tarde tan fría. ¿Mejor del estomago?
Ahora quien se incomodaba un poco era ella. Asintió cogiendo el vaso descartable con ambas manos; estaba tibio, una delicia para la piel con el clima de fuera.
—Algo… Ya sabes cómo es la resaca.
— ¡Uf, vaya que sí! Una vez volvía de una fiesta organizada por un chico de mi instituto y estaba tan borracho que vomité el bolso repleto de libros de mi hermana. La pobre me despertó a gritos la mañana siguiente, arrojándome todos sus cuadernos llenos de vomito a donde estaba yo acostado.
—Que hermano ejemplar…
—"¡Te voy a cortar los huevos, Ethan! ¡Este libro me costó doscientos dólares!" —rememoró entre risas—. Pobre Lorna, siempre era víctima de mi ebriedad.
— ¿Hubo más ocasiones como esa?
— ¡Claro que sí! Otra ocasión le dije a mi actual cuñado que mi hermana solía acostarse con sus ex novios en casa de mis padres cuando estos no estaban, o la vez en que me pasó a buscar y le vomité encima.
—Madre, le debes una estatua en alguna plaza. Si yo fuera ella te hubiese cortado la garganta.
—Le ayudaba a arreglarse el pelo cuando tenía que salir o a encerrarme en una habitación cuando estaba con sus parejas, por lo que la cuenta se saldó varias veces.
La castaña se preguntó qué se sentiría tener un hermano mayor con el cual contar o fastidiar. Siempre le pareció poco agradable ser hija única; recibir todos los afectos de sus padres era maravilloso, sin embargo le hubiese encantado no llevarse toda la culpa las veces en que sucedía algo o cargar con las lágrimas por el pasado. Alguien el cual compartiera con ella las penurias y hasta consejos sobre qué hacer.
—Debe ser lindo tener hermanas o hermanos —dijo con voz tristona.
—Salvo en la parte en que te fastidian y te acusan con tus padres. A mis hermanas en represalia les quitaba veinte dólares de sus ahorros.
— ¿Para qué un ladrón cuando está tu hermano?
—Exacto. Igualmente es lindo recibir atención en su totalidad ¿No?
Ella movió su mano indicándole un "más o menos" haciendo una mueca graciosa.
—Es lindo, aunque cuando vives con tu madre loca como una cabra y controladora llega un punto que exaspera los nervios. Sherry funcionaba como hermana mayor hasta que fue lo suficientemente mayor y se fue de casa, luego volvió el mismo infierno de antes potenciado por las elecciones a tomar respecto al futuro. Eso lo dejo para otro día, no voy a atormentarte con mis problemitas.
—No me incomodas, si lo hicieras te lo hubiese hecho notar.
—Oh, compañero —dijo Chelsea—. Tú no sabes ni la mitad de la mierda ocurrió…
Unos días después…
La poca información disponible en su poder no era suficiente para emprender una investigación más exhaustiva, debía sustraer más y de mayor valor. No tenía ni siquiera una pizca de idea de cómo hacerlo sola, cual hacker profesional del gobierno, por lo que dedujo una cosa: un empleado importante debía perderla. Pero… ¿Cuál? De confianza tenía algunos pero no deseaba sacarles el dichoso pedazo de plástico importante por una razón tan controvertida, además de que si tenían un poco de criterio tampoco se la darían. Recordó a uno de ellos siendo su queridísima madre quien sería víctima de un pequeño aunque colosal robo.
Durante toda una semana estuvo espiando el comportamiento diario de su querida madre, descubriendo que la rubia era bastante puntual en la mayoría de sus actividades. Nueve treinta llegaba a la oficina, saludaba a las recepcionistas con un "hola, chicas" para después irse directo a su oficina. Once quince pasaba por los laboratorios en el subsuelo primero del edificio dos para supervisar el trabajo de los jóvenes, quedándose aproximadamente una hora y media regañándolos ante las faltas (que siempre cometían sin excepción). Después de eso marchaba automáticamente al comedor para almorzar; estaba allí alrededor de una hora, no más, después de eso debía ir a su oficina para realizar el trabajo administrativo del día. No salía de aquellas cuatro paredes hasta las cuatro menos cuarto, donde se aventuraba al comedor por un café con algún cruasán, debido a sus almuerzos livianos en cantidad. Pasaba por la oficina de Parker durante quince minutos para compartir unos momentos juntos y después volvía a donde estuvo anteriormente, quedándose hasta las seis organizando todo para el día siguiente.
Analizó exactamente la cantidad de veces en las cuales ella volvía dependiendo de la hora del día. Si era en la franja desde que se marchaba a los laboratorios solía volver al menos dos veces a buscar algún papel u objeto necesario para estar allí; al almorzar solía correr por unas pastillas para detener la acidez provocadas por ciertos alimentos, todo gracias a la infección del E que le debilitó el área donde fue inyectada. La hora más plausible para sustraer la dichosa tarjeta sería durante los momentos donde se iba por la merienda, recordando solo una vez volvió por otra pastilla para el estómago.
Debió analizar todas las cosas observadas para sacar conclusiones: el miércoles era el mejor día para llevar a cabo sus fechorías.
Chelsea le sorprendía la rectitud en las actividades de su madre, durante su infancia como adolescencia no se dio cuenta de lo lineal dentro de los días laborales. Le daba un poco de satisfacción haber estado pendiente de ella. Sería pan comido obtener la dichosa tarjeta necesaria para acceder a la información.
Le sustrajo dinero cuando necesitó salir en el pasado con sus amigos, a una fiesta o a tomar la merienda fuera. La mujer no se daba mucha cuenta ya que siempre estaba enfrascada en el trabajo llevado a casa, dependiendo de la carga del día en curso.
«Mierda, una cosa es dinero y otra muy distinta una credencial especial con acceso a los servidores. El lugar en el infierno lo tengo aseguradísimo» pensó deslizándose pegada a la pared blanca del piso tres del edificio primero. Ese miércoles era particularmente tranquilo, no mucha gente caminaba por el pasillo a esa hora. Su querida progenitora salió al cabo de cinco minutos directo a donde servían un café fuerte pero apetecible, con paso tranquilo.
Miraba siempre directo hacia la abertura entreabierta, sin importarle si alguien más la veía en tan extraña posición para caminar.
La idea era muy sencilla: ingresar dejando la abertura de forma similar a la dejada, revisar bolso y maletín para encontrar la porquería, finalmente saliendo del lugar pretendiendo que nada sucedió, dirigiéndose al segundo ascensor de la planta el cual no era usado por la rubia debido a la distancia mayor a recorrer. Estaba decidida, no nerviosa ni inquieta ante el accionar por ejecutar.
Nada de fallos, nada de irse con las manos vacías. Emily no le enseñó aquello cuando era una niña.
Se convenció a sí misma que eso era por un bien mayor; evitar más catástrofes en otros sectores del país sin dudas era su mayor determinación, seguido por la lucha de que no haya más chicas huérfanas de madre, padre o ambos. La vida de una niña o niño, quebrada en un trillón de pedazos, tal como la suya después de Raccoon. «Ahí viene la voz de mamá recordándome todo cada mes de septiembre». Llegó a la puerta, antes de abrirla para darse paso miró a ambos lados asegurándose de la inexistencia de "moros en la costa", metiéndose de lleno dentro del territorio maternal.
Al acabar de dejar la puerta tal como la encontró observó en derredor en búsqueda de los objetos primarios, sorprendiéndose en el proceso por el espacio tan "Emily" donde se encontraba. Todo, absolutamente todo, estaba acomodado de determinada manera o en columnas perfectas; las carpetas que solían llegar como nuevo trabajo se encontraban en una repisa minuciosamente alineadas, debajo de las mismas estaban en similares condiciones el trabajo finalizado. Los libreros como la estantería se encontraban sin una pieza fuera de lugar, su escritorio no tenía una pluma lejos de un lapicero ni siquiera por remota casualidad. Le dio escalofrío tanta rectitud y pulcritud, recordando dentro de su pequeña caja de zapatos había partes del suelo cubiertas de carpetas de viejos casos como también de otros más nuevos.
Uno podía definir la personalidad del usuario por tan solo ver el orden dentro de su área laboral.
Su madre siempre fue una persona obsesiva por el orden en un nivel que asustaba a quienes les rodeaban, era algo realmente perturbador ver como la mujer siempre encontraba un defecto a algo. Sobre una silla frente al escritorio se hallaba depositada el bolso mediano de marca prestigiosa (la mujer también era bastante amante de las cosas considerando eran de mejor calidad que algo comprado en una departamental) cerrado. Se encaminó directamente al mismo con ojos brillosos al tiempo que se mordía el labio, dirigiéndose al futuro lugar del crimen en puntitas de pie.
Tomó el cierre con delicadeza, abriéndolo con sumo cuidado tal como si estuviese realizando una operación; dentro del mismo halló la billetera abierta, píldoras como también algunas cosas de higiene femenina. Un paraguas negro se encontraba reposando en el fondo, algunos caramelos en los bolsillos internos además de un envoltorio de pan con queso de la panadería cercana a su casa. «Parece que la señora volvió a caer en la vieja adicción del pan de Katherine… Igualmente sus panes con ajo son de otro planeta». Cogió la billetera amarronada con tachones metálicos con años de uso, abriendo compartimento por compartimento, recorriendo las tarjetas de crédito como también algunos papeles recordatorio sobre las citas con los médicos del mes. Nada en absoluto. Cerró todo y depositó con cuidado dentro del bolso, cerrándolo para proceder a investigar dentro del maletín.
Mientras miraba por detrás del escritorio, encontrándolo al lado de la silla que miraba directo hacia la ventana, se puso a imaginar que haría si su madre caminaba en dirección a la estancia donde se encontraba. ¿Qué le diría si la encontraba rebuscando en sus cosas? Emily detestaba que lo hiciera. "Necesitaba un par de hojas de papel" o "me quedé sin bolígrafos que funcionen" no eran exactamente un as bajo la manga los cuales generasen un barrido de las dudas dentro de la cabeza de la mujer.
Mintiendo a veces era atroz, prefiriendo ser honesta antes de ser descubierta diciendo mentiras.
Cogió el objeto de cuero oscuro con algunos roces por los años en actividad, analizando detenidamente la cerradura con dígitos. Su madre era bastante fácil con las contraseñas; su móvil se desbloqueaba con la fecha de nacimiento de la hija. Probó lo mismo recibiendo nada por ello; cumpleaños de Sherry mismo resultado; ¿El día en que conoció a Parker? Tampoco; ¡Cumpleaños de Parker! Siguió igual de cerrado. Chelsea debía pensar qué demonios usaba su madre para cerrar el jodido maletín. Fechas importantes para ella eran miles pero de los pocos empleados por la castaña ninguno de ellos surtió efecto. «Esta mujer no suele ser tan complicada con los números… ¿Qué mierda usa?» gritó su cabeza al tiempo que intentaba con la fecha de nacimiento de su padre, la cual arrojó el mismo resultado negativo.
La joven se rascó la cabeza confundida, sorprendiéndose momentos después por algunos pasos en el pasillo que la dejaron en un estado de alerta. Soltó el maletín en el momento donde distinguió la voz de sus padres acercarse. « ¡Mierda! ¿Ahora qué se supone que tengo que hacer?». Esconderse bajo el sofá era ridículo ya que era poco el espacio en el cual un cuerpo podía caber, dejando sus pies a descubierto; bajo el escritorio era sumamente estúpido ya que se veía desde la puerta los pies del usuario… Se sentó al otro lado del mueble, cogiendo sus piernas y aplastándolas contra su pecho en el momento donde ambos entraron a la misma. El corazón le latía desbocado cuando los pasos se escucharon realmente próximos a donde se suponía estar ella.
—Estoy harta de tomar estas pastillas horrendas, no te das una idea de las descomposturas intestinales que me dan después.
—Lo sé, cielo, vivo contigo —replicó el hombre quien se apoyaba contra el umbral de la puerta—. ¿Y si hablas con el médico sobre ello?
—El buen hombre dice que debo aprender a convivir con los dolores al igual que la diarrea. Suerte para él ya no tengo las mismas ganas de pelear de antes —reconoció abriendo su bolso, buscando por el frasco naranja con su nombre y los fármacos—. Si me hubiese visto cuando tenía veinte seguramente me echaban de su consultorio por haberle quitado unos dientes.
Chelsea se imaginó la escena de su madre sentada en el váter retorciéndose de dolor por los cólicos producto del consumo del medicamento y casi suelta una risotada. Esa mujer era insoportable cuando le dolían las tripas.
—Siempre tan difícil de carácter ¿No? Eso siempre me gustó de ti.
— ¡Que caballero! A mí me gusta las cosas que puedes hacer en… Ciertos momentos.
«Ay, por favor ahórrense las platicas de sexo en presencia de una hija…»
—Tengo mis trucos, debo admitirlo —dijo con cierta seguridad—. Compré más condones en el camino aquí, puede que se me antoje usar alguno el día de hoy.
« ¡MUY BIEN, AHORA TENGO OTRO TRAUMA!», se le revolvió el estomago al pensar en ellos dos haciendo el amor. Ningún hijo quería imaginarse a sus padres haciéndolo.
— ¿Sofá? Hace rato que no pasa nada allí.
Emily cerró con rapidez su bolso y se encaminó hacia la puerta donde se encontraba la persona la cual componía su mundo. Esta asintió guiñándole un ojo.
«Y yo me siento allí cuando los visito. Me siento sucia…»
—Es una cita, guapo.
Se marcharon charlando de algo menos privado, dejando a la joven con rostro traumado ante tanta revelación conyugal. Si había algo que jamás creyó pasársele por la cabeza era imaginárselos a los dos haciéndolo en el mismo sofá donde ella se sentó tantas veces a jugar videojuegos, donde reciben a sus invitados en las noches donde organizaban una fiesta o donde se sentaba cuando se dignaba a visitarlos sin tener que verse obligada a ello. Ese mismo mueble no tendría el mismo significado a partir de ese día.
« ¡Todo por la puta tarjeta! ¡Eso me pasa por ser tan loca con mis ideas!». La doctora Black tendría que ser su ayuda ante esa imagen mental.
Volvió a su cometido apenas notó los pasos no eran audibles bajo ningún concepto, probando la fecha en la cual finalizó la universidad, el cumpleaños de su abuela o el de la persona de quien tomó nombre. Ningún cierre se movió. Hasta probó el número que usaba para ir al cajero automático a extraer efectivo sin obtener resultados favorables. Estaba por perder la paciencia en cuanto miró la hora y en su reloj se mostró la fecha. No solo estaban cerca de las navidades, sino que faltaban unas semanas más y era el cumpleaños de Alexander Ashford, a quien su madre siempre iba a visitar al mausoleo Ashford en Inglaterra. Probó la fecha que correspondía con la natalidad del mismo, oyendo con satisfacción los engranajes se corrían y un chasquido después le permitió abrirlo.
Casi da un grito de alegría aunque se contuvo, levantando la tapa y encontrando su objetivo enganchado en una de las solapas internas de tela roja. Lo tomó con rapidez para acto seguido cerrar el objeto y dejándolo como lo encontró. Esperaba que su madre no se diera cuenta hasta el paso de unos días, en los cuales pudiese obtener algo para empezar su trabajo en privado. Guardó la tarjeta plástica con un cuadrado de plástico transparente en el centro en su bolsillo, saliendo con precaución de la oficina donde escuchó cosas que prefería no haber oído nunca.
Bajó los pisos y atravesó el patio, llegando a su caja de zapatos con el pecho ardiendo por la caminata intensa realizada. Si necesitaba una prueba de la necesidad de dejar de fumar de una vez, sus pulmones se la estaban entregando en ese preciso instante totalmente gustosos. Al sentarse frente a su propio escritorio, una botella de Coca-Cola le estaba esperando. Hacía poco fue retirada de un frigorífico, en la etiqueta estaba sobre escrito la palabra Nuka y donde se encontraba la palabra feeling se sobre escribió nuke, formando la frase "taste the nuke". Eso la hizo sonreír inmediatamente. Al lado de la botella de plástico se encontraba una nota sencilla escrita con bolígrafo azul, la cual decía:
No es una tapa como la del juego, pero recuerdo que te quejabas de no tener suficientes para comprarte no sé cuál armadura. ¡No te la tomes de golpe!
Ethan.
Era un bonito detalle de su más reciente amistad, quien debía ser respondido en un futuro con algo de su agrado. Haciendo caso omiso a la ultima parte de la nota, se bebió el contenido rápidamente debido a la sed sentida por moverse de incognito a través edificio uno hasta la caminata rápida de vuelta a su oficina.
Continuó trabajando tranquilamente, analizando cómo ingresaría a los archivos o si sería esa la noche en la cual se pusiera a investigar. Pronto debía ser, el mal no esperaba…
