—No sé cómo haces para lograr lo que te propones —dijo la chica dándole un mordisco a su magdalena de chocolate, sentada frente a él en la cafetería—. Es tremendo ver la forma en que te sobrepones a tantas cosas malas, eres una fuente constante de inspiración.

—Ni que fuera un superhéroe —rió Ethan—. Solamente trato de dejarlo atrás de una vez. Mi vida continúa después de toda la mierda.

—Sí, ya sé, pero a mí me cuesta horrores. Una persona como yo siempre tiene el haz de perder.

— ¿Por qué? ¡Si manejas muy bien tus síntomas y tus problemas!

Era momento de sincerarse con él; consideraba el instante preciso para hacerlo, donde le tenía el nivel de confianza optimo para abrirse un poco más con él.

—Ethan: sufro de trastorno depresivo mayor. Lo que a ti te toma unas semanas a mi me toma meses o más. En la escuela tuve que perder un año por no poder levantarme de la cama y las constantes faltas por asistir con mi psiquiatra.

Eso lo tomó por sorpresa. No mucha gente estaba dispuesta a revelar los problemas sufridos así como así; lo tomó como una muestra de confianza en él que no pensaba perder.

—Gracias por decírmelo.

—Eres mi amigo, todas mis amistades cercanas saben a lo que me enfrento. —Dio otro mordisco, agregándole parte del café de esa mañana a la mezcla—. Los médicos dicen que es un desequilibrio en los neurotransmisores y también son de culpar algunos rasgos hereditarios. Sea lo que sea, me impide muchas veces ser una persona normal. Entre esto y el problemita que nos aqueja tengo el bingo cantado.

—Déjame decir esto a costas de quedar pésimo: te ves muy bien ahora para semejante diagnostico.

—Debe ser la cresta de la ola y también la ayuda psiquiátrica que recibo. Antes de que llegaras aquí tuve un episodio de unos meses donde no podía salir de la nube negra.

No sabía que contestar a tanta información junta; le parecía terrible no darle una frase de apoyo o algo ante semejante revelación. « ¿Quién lo diría?»

— ¿Alguien más de aquí lo sabe?

—Algunos de los miembros de mi equipo de entrenamiento, mis padres y la mayoría de sus ex compañeros de los noventa. —la miró confundido—. Antes trabajaban en Raccoon City con algunas de las personas que hoy forman los denominados "miembros fundadores", agentes de campo o representantes. Me gusta llamarlos "compañeros noventeros" y cosas así. Después es algo que intento mantener para mí, ya tuve los momentos en donde todos me decían "la depre" en el secundario y no quiero volverlo a vivir.

—Oh, eso si no lo sabía. Debe ser entretenido trabajar con las personas a las que conoces de hace más de veinte años. —Hizo una pausa—. ¿Realmente te trataban así?

—No tengo idea si les resulta interesante o no, ni tampoco quiero enterarme. Y si, los chicos en el secundario siempre son la parte más compleja y acosadora. —chasqueó los dedos mientras sonreía—. ¿Sabías que un tátara abuelo mío era depresivo? Lo descubrí revisando algunos diarios al igual que notas dentro de mi familia.

Ethan no entendió el término humorístico que usó la joven en aquel momento o si lo hacía para desviar la atención del maltrato escolar. Sentía que no era exactamente apto para reírse de aquello y más en presencia de una persona que sufría semejante cosa. Asintió con rostro interesado por lo recientemente revelado.

—Ríete, no te voy a romper la cara ahora si me ofendes o algo. Eso ya lo vas a descubrir con el tiempo.

—No quiero parecer insensible o cruel por lo que me acabas de contar.

—Ay, eres muy amable, mucho mejor que ese compañero tuyo. Descuida, te darás cuenta cuando es una broma y cuando no.

Se terminó el chocolate caliente, el cual estaba casi frio al beber la última gota. Fuera hacía mucho frio, con temperaturas gélidas para él y su costumbre no tan antártica en cuanto al clima, siendo veintisiete de diciembre. En su pueblo natal solía refrescar mucho a comparación del verano, pero que fuera hiciese cuatro grados bajo cero y la temperatura no se elevara era algo a lo que no se acostumbraba pese a intentarlo. Vivía con los pies helados como también las manos, la ropa térmica era su única aliada en ese momento.

— ¿Por qué se llevan tan mal? Or no es tan mal tipo como parece.

Chelsea soltó un bufido como respuesta.

—Mira: si tú eres un tonto que se cree ciertos rumores que corren sobre mí, no es mi problema, sino tuyo.

— ¿Se puede saber qué paso?

—Muy sencillo: el estúpido se cree que yo conseguí ascensos aquí dentro porque mi mamá trabaja aquí, y conocemos a Chris Redfield desde que el tiempo comenzó a correr. No importa cuántas cosas le diga, sigue pensando que soy una acomodada asquerosa que solo muevo el culo de forma seductora para que me crean o tomen enserio. Soy mucho mejor que un simple trozo de carne con piernas.

—Soy honesto contigo: por todos lados llegan esos rumores.

— ¿Y quiénes son aquellos que los hacen circular? Los envidiosos. No saben que esto lo hago por un deseo personal mío de conseguir justicia para mi familia. ¿El dinero? No es mi motivación, mi familia tiene pasta, no la necesito en lo más mínimo. Aquí entra en juego el deber de ayudar al mundo para detener toda la mierda que circula desde que yo nací. Sin embargo ciertas personas siguen sin entenderlo porque pensar hoy en día es muy complicado.

Captó en el aire el doble sentido que estaba dejando ver.

— ¿Tu papá?

— ¿Esas computadoras no te frieron el cerebro? Vaya, estoy impresionada. —Frente a ella la observaron con rostro molesto—. Es un chistecito Ethan, nada más ¿Siempre te tomas todo tan literal?

El aludido hizo un movimiento con su mano como señal de entenderla, sin embargo le parecía demasiado fuera de lugar algunas contestaciones sarcásticas. No se lo diría para no ofenderla o quedar como sensible él mismo. Ethan creía que el sarcasmo era para gente enojada, probablemente la chica era una.

—Da igual, no te preocupes. Igualmente me parece que deberías abrirte un poco más a los demás, así conocen que no eres tan diabólica como ellos piensan.

—Eso es algo impráctico, sin sentido, inútil y demás sinónimos. No me gusta andar diciendo por ahí que mi papá fue asesinado para dar lastima, no soy así.

—Creo que es algo más allá que dar lastima, es contar tu historia.

—Ya lo hice hace mucho y la gente me sigue haciendo comentarios desagradables por eso. Una vez es la culpa del otro, la segunda es mi culpa por permitirlo.

No agregaría nada más sobre ese tópico ya que no quería molestarla. Su tono fue cambiando de uno cordial a enojado con el paso progresivo de los minutos, dándose cuenta al llegar a la última oración expresada por ella. «Hay mucho enojo en su interior, es una lástima porque la sonrisa siempre es más linda.» Mucho sobre su padre no sabía, le daba pena que lo haya perdido de una forma probablemente brutal. Él fue testigo de primera mano sobre lo que el bioterrorismo podía ocasionar, no quería ni imaginarse lo sucedido al pobre hombre. ¿Algún día escucharía la historia completa?

— ¿Harás algo esta víspera de año nuevo? —inquirió amistoso en búsqueda de aguas más calmas.

—Probablemente juntarme con mi familia o ir a alguna fiesta que organice alguno de los amigos de mis padres. ¿Tú? ¿Volverás a Texas?

—No tengo idea. Mis padres suelen irse de viaje a algún lado más cálido para recibir el año y mis hermanas se van a casa de sus amigos. Lo más seguro para mí sería quedarme en mi departamento junto con mi gata como la mejor forma de celebrar el año entrante.

—Oye, haces que me den ganas de llorar —comentó con ironía—. Si surge algo interesante te aviso y te arrastro a alguna fiesta, ¿Qué dices? Mejor que pasarse la entrada del nuevo año que con un gato en pijamas.

Sonrió; le parecía una buena intención por su parte. Algunas mujeres de la recepción ingresaron a la cafetería para pedir sus respectivos desayunos, incluyendo a Rosalin. Este fingió no haberla visto salvo que la mujer sí lo había visto a él. Se preguntó que hacía la insoportable de Chelsea cerca de la persona a la cual estaba intentando cotejar, esa cría era una atrevida de primera.

—Si no te parece mal, hazlo. Aunque no lo creas es agradable gozar de un champaña acariciando la cabeza de tu mascota, viendo a las parejas felices besarse en Nueva York a las doce de la noche.

— ¡Vaya, sin dudas que necesitas un poco de vida nocturna! Ni siquiera yo cuando corté con mi ex pareja decía algo semejante. —Se terminó finalmente su magdalena juntando con los dedos las migajas que había sobre la mesa de la cafetería—. Te diré algo: este año que entra te voy a llevar a un bar karaoke divertidísimo que suelo frecuentar con mis amigotes de siempre. Hacen un Cuba Libre de muerte y tienen un repertorio de canciones ochenteras dignas de cantar ebrio.

—Déjame pensarlo. Por ahora solo trato de ubicar los supermercados o los mercados cerca de mi departamento.

Chelsea asintió mirando hacia otro lado, chequeando las notificaciones en su celular. «Super divertido… Ni siquiera yo dije eso cuando me mudé a mi casa actual.» Aparentemente David Aiken, el abogado más prestigioso de todo Nueva York y el letrado de la familia, organizaba una fiesta todo por lo alto en su edificio de Upper East Side para celebrar el dos mil dieciocho como se merecía: con alegría. Lo leyó para luego responder a su mensaje con "voy con deseos de tomar toda la champaña que tengas"; se lo mostró a su amigo quien hacía lo propio con su teléfono. Este leyó toda la invitación y casi se le salen los ojos en el momento en que leyó la dirección. Le parecía una locura la idea de la fiesta pero también una muy entretenida.

— ¿Qué dices? Upper East Side, toda la comida lujosa que no te va a caer mal y también alcohol del bueno. Además considéralo como la forma de devolverte el favor de la Coca-Cola.

—Dos preguntas: ¿Cómo tienes conocidos que viven en semejante lugar? Y… —analizó las posibilidades de que algo así se repitiera—. ¿Debo ir formal?

— ¡Esa es la actitud, maldita sea! ¡Hoy se hizo historia! —Golpeó la mesa con alegría ante la respuesta afirmativa de su amigo, llamando la atención de las personas presentes en la estancia—. Este año nuevo vas a ver a la Chelsea que no muchos ven: ebria y comiendo sushi con la mano porque soy un asco con esos palillos estúpidos. Y como respuesta a la primera pregunta: es el abogado de mamá y mío, la doctora lo conoce de hace años, ella fue también la que le ayudó a abrirse paso por el mundo difícil de Manhattan.

Ethan soltó una carcajada ante la idea de su amiga en ese estado. Esperaba que fuera una persona borracha alegre… Él era de esos que contaba chistes de salón malísimos, aunque luego daban una gracia de primera. «Si necesitas hablar con el presidente, pídele a Emily que te haga un rinconcito en la agenda del tipo. Ni siquiera mis padres tienen tan buenos contactos.» Salvo que sus padres conocían a personas muy influyentes del estado de Texas, algunas que se rodeaban con el gobernador mismo. Y algunos del exterior del país.

— ¡Quiero ser como tu mamá, carajo!

Chelsea abrió los ojos como platos.

— ¿Un robot controlador y que mete su opinión en donde no se necesita? ¿Estás muy seguro de lo que dices?

—Tiene gente que hace fiestas en los lados más exclusivos de Nueva York, no me jodas.

—Da igual, la mujer es realmente insufrible. Sigue siendo Ethan Winters que tan mal no te va. —Consultó su reloj inteligente, el cual tenía una malla rosada—. Bueno, me marcho a trabajar. No procrastines con las jovencitas que piden su desayuno.

Ethan desvió su mirada a donde estaba parada su "acosadora" notando que la mirada de esta estaba posada en su amiga. No era una muy agradable; cuando Rosalin se dio cuenta que Ethan le dirigía la mirada, lo saludó con una sonrisa embobada. Casi pidió a gritos a alguna deidad griega o algo que lo sacara de ese apuro.

—No es mi intención, de eso estate muy segura.

Se levantó, hicieron su saludo interno y marchó en dirección a la puerta, chocando a propósito con Rosalin en el camino. Esta le dijo que tuviese cuidado de forma grosera, a lo que la castaña le respondió levantando el dedo medio. La otra casi muere de la indignación provocada por aquel gesto tan descarado; Ethan casi se desmaya de la risa. ¿Esa mujer quería salir con él? Debería saber que semejante dramatismo por un dedo medio levantado lo divertía, no indignaba.


Un rato después ingresó a su oficina con un rostro digno de fotografiar. Esa mujer era realmente insoportable en un nivel que nunca conoció. « ¿Acaso Dios me está haciendo pagar por mis pecados poniéndola en mi trabajo?» Sus compañeros estuvieron más silenciosos de lo normal ese día, concentrados en su trabajo como ningún otro. Fue de agradecer ya que no recibió ningún comentario fuera de lugar o chiste ante su llegada un poco más tarde de lo habitual. Trabajaron arduamente hasta la hora del almuerzo; luego volvieron, charlaron unos momentos, y finalizaron diciendo que el jefe del edificio pasaría a las cuatro a supervisar su oficina. Nunca escuchó que eso ocurriera, sin embargo no le dio mucha importancia. Sabía lo que hacía durante su trabajo, estaba confiado como pocas veces.

Se concentró en la pizarra de vidrio electrónica, analizando el nuevo tráfico de datos que ascendía exponencialmente en determinados momentos, amenazando con saturar por completo los servidores del lugar. Era extraño en un cierto punto ya que no lograba identificar qué o quién era el que provocaba semejante descalabro. Cogió la tableta de vidrio, pasando archivos allí con simplemente deslizar de la pizarra a la tableta. Alertó a sus compañeros en el momento en que hubo otro tráfico colosal; comenzaron a analizarlo en equipo y ninguno lograba entender qué demonios sucedía.

Idearon hipótesis, intentaron cualquier cantidad de soluciones a dicho problema y ninguno de esos esfuerzos funcionó como debía.

La cosa se desmadró a tal punto en el cual otros muchachos de sistemas se acercaron a ellos, intercambiando miradas al igual que alternativas a solucionar sobre lo sucedido en esos instantes. Sin duda muy irregular en el hecho de que esos niveles no eran posibles de crear dentro del mismo predio; peor era la idea de que alguien fuera del circuito de datos de los cuarteles estuviese generando una interrupción similar.

Comenzaron a llegar quejas de todos dentro del predio: los de trabajo administrativo no podían acceder a planillas de cálculo o documentos importantes; investigadores encontraban sus intentos de analizar las muestras traídas de Luisiana irritantes debido a la falta de agilidad en los ordenadores; los jefes estaban trinando de rabia ante los sucesos. Rodarían cabezas si las cosas no se solucionaban de forma urgente.

Ethan estuvo corriendo de un lado al otro por el resto de la tarde; llegó a casa con el cuerpo hecho polvo después de una jornada estresante como pocas.


Chelsea volvió del almuerzo con rostro irritado, pensando en lo insoportable que era esa mujer que se creía una bomba sexual. Odiosa al por mayor, Rosalin Landon se creía mucho y solamente era una recepcionista que muy mal efectuaba su trabajo. Jamás entendería como consiguió trabajo en un lugar como aquel, sin embargo otras personas con peor carácter o intenciones trabajaban allí también. Después del desayuno creyó no volver a cruzarse con esa mujer, sin embargo se sentó en la mesa contigua a la suya pudiendo escucharla charlar sobre cosas muy variadas que incluían a su amigo. «Pobrecita, no se da cuenta que él pasa de ella como yo de un plato de brócoli o mi ex.»

Se sentó en su silla correspondiente al tiempo que cogía la tarjeta de su madre y la observaba con detenimiento.

La semana pasada volcó todo a una vieja computadora portátil en su casa (la cual al menos encendía después de haber restaurado todas las configuraciones de fábrica de forma exitosa por su cuenta) y por lo poco que pudo leer antes de las festividades la cosa pintaba a mal. Nunca había visto las monstruosidades encontradas en ciertos casos con vida, menos efectuando la captura de una persona.

Un video capturado por un aficionado mostraba a una mole gigante de color negro y piel viscosa aplastando el cráneo de una mujer rubia como si fuera un tomate, la sangre se esparció por todos lados y la bestia rugió iracunda. El video se cortaba en el momento en que este ser sobrenatural golpeaba contra el aficionado. Luego algunos de los índices escritos le helaban la sangre, eran ataques biológicos sin precedentes en Estados Unidos. «Y yo fuera de esto. Qué triste…»

Se reprendió a si misma por ser egoísta en pensamiento. No era ella la que estaba en aprietos, eran cientos de personas en dicho caso.

Se dedicó a revisar los informes del día para alguien de su rango de prioridad, descubriendo que su computadora estaba extrañamente lenta. Eran modelos profesionales aptos para el trabajo de oficina, algo se encontraba fuera de lugar, siendo el pobre rendimiento de ese día. « ¿Qué mierda? Ayer me fui y este cacharro funcionaba fenomenal.» Una operación sencilla como abrir un archivo de texto llevaba aproximadamente cuatro minutos contra la media normal de apenas segundos. Al abrir ciertos documentos las letras eran reemplazadas por símbolos sin sentido alguno. Frunció el ceño para luego soltar palabrotas.

Frustrada como también inquieta, decidió soltar el ratón para dirigirse a informar a alguno de los muchachos de sistemas de su piso. Al salir y virar hacia la izquierda al final del pasillo, vio un revuelo de personas involucradas en sistemas y escuchó voces nerviosas ante el asunto. Se aproximó lo suficiente como para decirle a uno de los trabajadores que su computadora estaba funcionando realmente mal.

—Igual que todas en el predio, pero estamos tratando de ver qué es lo que pasa.

Oyó distintas voces que decían "exceso de tráfico" o "acceso no autorizado a los ordenadores". «La cosa hoy está que arde en este lugar.»

— ¿Vuelvo a trabajar o debo tomarme un descanso?

—Lo mejor sería que no ejecutes ningún programa hasta que se dé el aviso en general sobre la solución del problema. Como medida de seguridad para evitar daños en documentación importante.

Se mordió el labio al pensar en lo hecho hasta antes de acercarse al sitio. Giró sobre sus talones luego de asentir, caminando de vuelta a su oficina. Miró su reloj pulsera comprobando la hora, dispuesta a devolverle la tarjeta que ayudó a cortar sus sueños tranquilos para reemplazarlos con algunos bastante desagradables; también a afianzar su determinación por descubrir qué demonios pasaba por su cuenta. Ingresó con paso tranquilo de nuevo en su sitio laboral. Cogió la tarjeta, abrigo como también un sobre pequeño de plástico transparente con flores rojas que contenía sus cigarrillos junto con un encendedor eléctrico, salió con determinación hacia la oficina de su madre.

Diez minutos después salía triunfal del lugar más ordenado que jamás haya visto, dispuesta a sentarse en el pequeño parque central a consumir tabaco.

Llegó a un banquillo de madera debajo de los rayos directos del sol invernal, abrigada con una chaqueta apta para nieve color blanco y unas leggins térmicas negras bajo el pantalón azul recto laboral. Colocó un cilindro blanco con filtro del mismo color en su boca, encendiéndolo con cuidado gracias al viento como también su cabello suelto; no quería acabar hecha una bola de fuego porque un mechón se coló en la llama. «Si me voy a morir gracias a esto espero que sea por consumir en exceso, no por prenderme fuego el cabello. Me costó dejarlo en el estado en que está.»

Miró en derredor al lugar vacío; sacó su móvil del bolsillo interior comprobando que tenía un mensaje recibido. El hijo de puta de Joe no se daba por vencido sin importar las veces en las cuales le dijera que no deseaba hablar más con él.

No entiendo cómo puedes desperdiciar la oportunidad de estar conmigo. Sin mí no eres nada, solo una loca patética, pero soy el único que estuvo contigo a pesar de todo. Te extraño muchísimo, ¿por qué sigues empecinada en mantenerte lejos? No permitiré que nadie más te vea como lo hice yo, que nadie te disfrute tal como lo hice. Eres mía, Chelsea. Tu cuerpo nunca dejará de oler como el mío. Te sigo amando como el primer día pese a que dogas no creerlo.

Era un cabrón de primera, un hipócrita como pocos y encima osaba decirle "te extraño". «No me extrañó cuando estaba follándose a Lindsay en su propia cama.» No podía perdonar esa traición tan fuerte, en especial cuando le aseguró cientos de veces que no estaba con nadie más que ella o que estaba algo paranoica ante la idea de un nuevo engaño. "Las personas cambian, cariño. Yo cambié por ti." La paranoia se transformó en verdad cuando ingresó de sopetón a su cuarto, encontrando una escena que no dejaba lugar a ninguna duda.

El mejor jugador de futbol americano con la porrista más desagradable de todas; las cosas parecían sacadas de una película romántica de bajo presupuesto. «Claro ¿Cómo puede follar con una loca depresiva como yo cuando le tiran los tejos todas las chicas del secundario?» Apenas reaccionaron los tres ella se abalanzó contra la rubia de un cuerpo envidiable, rompiéndole la nariz de un puñetazo furioso. La muy estúpida salió enfundada en su traje de nacimiento directo al auto estacionado en la puerta de entrada de la casa, desapareciendo de la escena a toda velocidad. Sola se avergonzó frente al vecindario, lo cual generó una satisfacción mayor a la castaña.

Joe se quedó de pie congelado ante la reacción de su novia, quien lo encaró para asestarle un puñetazo directo al mentón y una patada en los testículos. Chelsea reflexionó con el tiempo que podría haberle dado más golpes cuando cayó al suelo, cubriéndose sus partes nobles, sin embargo no lo hizo. No era alguien como él. Le gritó de todo, en especial las palabras hirientes acerca de estar paranoica por lo que, al final de cuentas, terminó siendo verdad.

¿Ahora es mi culpa, Joe? ¿Soy yo quien descuidó la relación? ¡Siempre me lo echaste en cara desde que comencé a sospechar, no tienes forma de negar esto bajo ningún concepto!

No respondió debido a que continuaba gimiendo del dolor; las ganas de potar se hicieron presentes.

Ahora voy a quedar como la persona con los cuernos más grandes de la clase, como si ser considerada "la depre" no fuera suficiente. Me das tanto asco, no puedo creer que haya creído en ti como una estúpida.

Logró arrodillarse en el suelo con el rostro rojizo cual tomate; la miró con ojos cargados de furia.

No te creas tan especial, cariño. No eres nada sin mí.

¿Tu siendo algo? —rió sarcástica—. ¡Si: un mentiroso follador de rubias huecas, eso es lo que eres!

Debí haberte enseñado una lección hace mucho tiempo…

Dejó de recordar en el momento en que sus ojos se cubrieron de una película acuosa ante lo sucedido ese día. Lindsay si quedó en ridículo por salir desnuda de la casa del capitán del equipo, sin embargo ella sufrió más estigma por el resto de los chicos del instituto. «Sin hablar de lo que pasó unos días después…» Recordarlo le repugnaba muchísimo, ni hablar de los momentos que antecedieron. ¿Cómo lo permitió? No era débil, sin embargo cayó en las redes de la debilidad al estar con ese chico tan alto como musculoso.

Finalizó su cigarro, sin intenciones en responderle una mierda a ese bastardo. No ganaría nada ni tampoco perdería; el voto al silencio era la mejor arma contra gente de su calaña. Encendió otro para borrar los malos recuerdos de su cabeza.

« ¿Por qué perdí el tiempo con él?»

Faltaba poco para celebrar el comienzo de una nueva etapa, no debía dejarse influenciar por lo tóxico de una persona con aura oscura.


En el transcurso de los días siguientes a la invitación, Chelsea le confirmó que con ir con algún saco y pantalón de vestir bastaba, si quería sumar zapatillas de moda al conjunto nadie se fijaría. La joven elite neoyorquina solía usarlo frecuentemente, al igual que el anfitrión de la fiesta. Podía asegurar a ciencia más que cierta: se encontraba algo nervioso por ir. Solo conocía a dos de los invitados del total de sesenta, no tendría mucha gente con la cual hablar y estaría aproximadamente a doscientos cincuenta kilómetros de su departamento si se le antojaba volver antes. « ¿Habrá sido un error aceptar la propuesta?» pensó al tiempo que se ajustaba la corbata a negra con rayas blancas en diagonal.

También corría por su cabeza la persona a la que menos quería dedicarle tiempo, sin embargo allí estaba. Mia continuaba siendo tema de reflexión en su interior no importase cuantas veces intentara apartarla de un manotazo. Tema recurrente en su terapia, analizaba en incontables ocasiones qué podría haber hecho para evitar que se fuera de su lado. ¿Había algo? Siempre llegaba a la desalentadora respuesta: no tengo idea.

Meneó la cabeza para luego frotarse los ojos de forma exhausta. Debía planear otras cosas en ese preciso momento.

Dejaría comida a Skittles de sobra, la gata solía comer más en la noche debido a que se pasaba la mayor parte durmiendo en el sofá hecha un ovillo, agua en un bebedero más grande y dos cajas de arena limpia. Se iba lejos por unas horas, quizá un día completo, pero sentía como si la dejara abandonada a su suerte de forma descorazonada.

Adecentó su cabello por tercera vez, mirando si sus zapatos negros de cuero recientemente lustrado iban con el conjunto elegido. Era solo una jodida fiesta en la Gran Manzana, donde todo el mundo ansiaba estar para recibir el año; tendría una persona al menos con la cual conversar… ¿A qué le temía? La situación no era similar a la fiesta celebrada en un salón espectacular en el año dos mil tres, con sus padres (o madre, mejor dicho) fanfarroneando riquezas a todo por lo alto con el alcalde de Taylor «Y yo intentando impresionar a Cassidy esa noche.»

Al final ella le dijo que no se encontraba interesada en su persona, su padre terminó bailando Macho Man de The Village People ebrio con algunos viejos amigos de la escuela secundaria sobre un atril, y su madre le dijo a todo el mundo que él era un "niñito muy complicado" si se lo proponía. ¿Él? Acabó de alguna forma en la casa de su mejor amigo Walter, durmiendo debajo de la mesa en el comedor.

«Nada superará ese año nuevo. Lo juro por mi gata y por mi salud.»

Dejó de atormentarse con los malos recuerdos al igual que la ansiedad por la nueva oportunidad de divertirse, recordándose una y otra vez que estaba por acabar un año y comenzar otro, lo mínimo que podía hacer era pedir más buenos deseos. Tenía nuevamente trabajo, amigos y una familia que seguía preocupándose por él, eso era suficiente. Miró a su mascota, la cual estaba sentada mirando su juguete de hule contra un rincón; la cogió con suavidad cuando esta se abalanzó contra el ratón celeste destrozado por sus dientes, hablándole con voz chillona sobre cuanto la quería.

Chelsea estaría por llegar en cualquier momento, ya que el viaje era largo siendo las tres de la tarde. Le aseguró que David tenía reservaciones en un hotel cercano a su piso, el cual tenía todo incluido por si llegaba temprano a descansar y le surgía deseos de comer un sándwich o unas papas fritas. «Además de que tenemos un tiempo de llegada extendido por la distancia a la cual estamos. Basta de hacerte dramas por una celebración alegre, Ethan.» Soltó a su mascota después de estirar sus piernas de forma ansiosa por decima vez en menos de treinta minutos, dirigiéndose a su cama donde reposaba una maleta pequeña color azul con algo de ropa para cambiarse una vez finalizado el festejo.

Contó los pares de medias, las camisetas y los pantalones disponibles para usar; se sorprendió al descubrir que dejó aproximadamente tres bóxer de más dentro. Era terrible para hacer equipaje, no importaba si se iba a poca distancia o solo una noche. Los quitó con molestia en su rostro. Guardó como punto final los cargadores para móvil junto con el de su reloj, cerró al volver a contar sus prendas.

Dejó todo lo necesario cerca a la puerta de entrada al tiempo que sentía algo de hambre. Cogió algunas galletas de chocolate de su alacena y se sentó en el sofá a esperar el llamado del timbre de la puerta de calle. Estuvo aproximadamente veinte minutos mirando los reportes climatológicos con total aburrimiento hasta que el portero eléctrico lo notificó de las visitas. Caminó directo hasta el aparato de color marfil, cogiendo el auricular mientras se limpiaba las migajas de las comisuras.

— ¿Quién es?

—Los espíritus de las navidades pasadas. ¡Abre que se me congela el culo! —soltó una carcajada, pulsando un botón al lado del dispositivo con forma de teléfono.

Unos momentos después golpeaban a su puerta con insistencia. Abrió, la castaña ingresó con paso rápido. Enfundada en un mono largo color negro, con cuello escote en v, lucía esplendida; estaba más alta que de costumbre gracias a unos tacones con plataforma plateados; lucía una joyería de plata compuesta por una cadena larga con un árbol de la vida con piedras incrustadas y aretes colgantes de cadenas pequeñas; peinada con una coleta compuesta de varias trenzas francesas. Sobre eso llevaba un tapado negro grueso con cordero en el interior y en la capucha.

Ella miró en derredor de forma rápida para comprobar que vivía en un orden superior al suyo; en el sofá no habían quedado libros para retomar sus estudios o zapatos cerca a la puerta de entrada. Dos polos realmente distintos, salvo que el correspondiente a ella simplemente era desordenado por la falta de tiempo en el medio para poner las cosas en orden. O eso creía.

— ¿Todo listo? —Volteó a mirarlo; hasta el maquillaje en tonos ocre y marrón oscuro le sentaban de maravilla, labios de un intenso color carmesí—. Dime que te despediste tres veces de tu gata antes de marcharnos así no te sientes culpable.

—No me lo recuerdes —cerró tras de sí y fue por su mascota; regresó con ella en brazos—. Saluda a Chelsea que recién llega, bonita. —La aludida enarcó una ceja al ver al dueño mover la pata del animal en forma de saludo—. Tómatelo con humor, por favor te lo pido.

—Nunca tuve gatos, mucho menos negros.

— ¿Crees en esa superstición estúpida? Confía en mí cuando te digo que esta felina hermosa da cosas mucho mejores que pisar porquería de perro cuando caminas por la calle.

—Mi mamá nunca fue muy cercana a los felinitos, por lo consiguiente tengo nula experiencia con ellos.

—Perfecto. —Él se la entregó de forma brusca mientras iba a buscar su móvil y billetera—. ¡Dale amor como si fuera una de las ratas que tienes de mascota!

— ¡Ni sueñes en meterte con mis niños! —gritó para luego alejar a la gata de ella; la miró de forma sospechosa, preguntándose si la leyenda de que uno no debía confiar en los gatos era cierta. Skittles entrecerró los ojos y empezó a retorcerse en sus manos como forma de respuesta a la joven— ¡Está cosa peluda está loca!

Skittles se soltó del agarre, cayendo al suelo para a continuación correr asustada al baño. Ethan volvía en el momento en que presenció la escena.

—Es como uno de tus perros pequeños, Chelsea —Se encaminaron a la puerta; él presionó un botón y las luces de la sala se apagaron—. No una alienígena.

—Silencio o vas en el techo de mi coche.

Bajaron charlando de las cosas que servirían esa noche para agasajar a Padre Cronos en su reconversión a un pequeño infante. La temática sería con comida de todas partes del mundo; lo que más emocionó al rubio fue descubrir la existencia de un menú con comida asiática el cual contenía rollos primavera. Eran sus favoritos, adoraba el sabor crocante de la masa cocida como también de la carne y verduras sazonada con especias. Al salir fuera del recibidor en el interior templado, los asaltó un viento gélido que heló todos y cada uno de los huesos del muchacho. Se apresuraron en guardar el equipaje, ingresando al vehículo con prisa, donde la castaña colocó la calefacción al máximo luego de encender el motor.

Partieron en camino unos momentos después. En el estéreo sonaba Home by the Sea de Génesis. Tarareaba la canción ya que le encantaba ese grupo; era su tercer favorito después de Madonna y Coldplay.

Dentro, un olor a gardenias asaltó sus fosas nasales, encontrando una caja de pañuelos descartables sobre el tablero como también colgantes perfumados en el espejo retrovisor. Todo se encontraba limpio, podía notar que las alfombrillas en el asiento delantero lucían impecables. «Lo aspiró recientemente. El olor a aspiradora es inconfundible.» Se acordaba de su viejo auto, el cual lo acompañó desde que finalizó la secundaria hasta ese mismo año; ahora el pobre debía ser una bola de chatarra en donde quiera que esté. «Eso me pasa por idiota. Si algo me lo hubiese dicho por adelantado ni siquiera me hubiese acercado.» Sin embargo lo hecho, hecho estaba. Decidió que buscaría otro Dodge Challenger 1972 por internet como propósito para el nuevo comienzo.

Estuvieron un rato en silencio, recorriendo las calles para luego pasar a la autopista. Se sorprendió al descubrir lo prudente que era al volante, salvo en las ocasiones donde otros conductores cometían infracciones y se dedicaba a insultar su árbol genealógico completo.

— ¿Se puede saber cómo tu madre conoce a un abogado carísimo de Nueva York? Le di vueltas a esto desde que me confirmaste como debía ir vestido.

—Es muy sencillo: es hermano de un difunto compañero de mi mamá —replicó con la vista clavada en el frente, rostro iluminado por la luz blanquecina producto a un día intensamente poblado de nubes—. Ella se enteró que la estaba pasando feo cuando estudiaba, no encontraba los contactos posibles o decentes para trabajar. Se acercó a él un día diciéndole quién era y a cuantas personas conocía quienes podrían ayudarle. Lo presentó a quien es hoy su jefe… y el resto es historia.

Asintió, sin creer que alguien como ella pudiese demostrar intenciones tan altruistas con facilidad. Chelsea lo miró de reojo sonriendo unos segundos después.

» ¿No me crees? Ya sé que mi mamita querida suele ser una bruja con la mayoría, pero esta historia es tan verdadera como tú y yo sentados en este auto, viajando tres horas para beber en su piso. Por lo que sé (o me acuerdo) su hermano mayor se llamaba Richard, hizo no se qué promesa cuando yo era una bebé con él o algo así y ayudó a su hermano en apuros. Como si estuviera devolviéndole un favor a su viejo compañero de armas.

—Perdona, siéndote honesto hay cosas de tu mamá que no las entiendo —«O las veo reflejadas en ti, salvo la parte de ser más graciosa y mucho menos arrogante.»

—Como todos —reconoció pasando a un auto un poco más lento—. Igualmente es buena. Cuando la tratas por veinte años después de pelearte al menos doce con ella, te das cuenta que debajo de la fachada de mala onda hay una mujer muy amable.

Sonrió negando con la cabeza.

— ¿Cuán profundo?

—No te olvides que estás hablando de mi madre y estás dentro de mi coche. Vivezas no, querido.

—Solo digo ya que no tuve exactamente una apreciación súper buena al principio.

— ¿Prejuzgando a la doctora? Pésima actitud, Ethan Winters.

Sin embargo podía imaginarse algo de lo sucedido; Emily suele ser un incordio bastante gordo si no la conocías de antemano.

—Olvídalo —finalizó nervioso; no quería enfadarla—. Me pasé y te pido disculpas.

Ella se rió de buena gana ante el tono prácticamente sumiso de su amigo. Lo empujó con su mano derecha sin quitar ojos de la carretera.

—Era broma, hombre. Repito sobre el asunto que ella no suele ser buena con quien no conoce, solamente a los cuales conoce de años (o conmigo, claro está, igualmente eso lo dejo en dudas dependiendo de la situación) es realmente la persona autentica. Seguramente te hizo cientos de veces las mismas preguntas las cuales lograron sacarte de quicio. Es tan normal como la nieve en invierno.

—Algo así. ¿Realmente te molestaste?

— ¿Qué? ¿Por qué lo haría? Mis amigos de toda la vida hacen peores comentarios, en especial con el tema de que sigue pareciendo de treinta cuando está cerca de los cincuenta. Oh, me olvidé de comentarte que puedes verte de la misma manera en la cual te ves hoy por aproximadamente diez años más. Efectos del virus.

« ¡Sorpresa, sorpresa! Últimamente creo que las cosas nunca dejarán de hacerse más y más extrañas con el paso del tiempo.»

—Eso es genial junto con raro, no tenía idea.

— ¿Nadie te lo dijo? —meneó la cabeza frunciendo el ceño, cerrando los ojos apenas unos segundos—. Gracias a las propiedades curativas de la infección, y además de que se te cicatrice una cortadita hecha por un cuchillo en cuestión de minutos, los procesos de envejecimiento se ven alterados de forma positiva para nosotros. La perdida de colágeno de la piel se hace un doscientos por ciento más lento, puede que más, dándote una apariencia juvenil pese a que seas una momia de treinta o cincuenta, en el caso de mi mamita.

Ante aquel comentario el muchacho soltó una risotada.

—Ya te va a tocar llegar a donde estoy y no te va a gustar una mierda por las obligaciones propias de la edad, igualmente nos llega tarde o temprano.

Finalizó con voz resignada, lo cual ella le miró extrañada.

—Hombre, es víspera de cambio de año. Anímate amigo, no es la muerte de nadie.

—Creo que debo confesarte lo que me sucede en este momento: extraño a Mía.

Todas las alarmas se encendieron en su cabeza al escuchar ese nombre, en especial con todo lo que descubrió sobre ella con los nuevos datos encontrados gracias a la tarjeta de su madre. «Pobre, se encuentra en medio de una situación de mierda y peor recuerda a su ex, cuando se supone que tiene que tener en la cabeza cuantas combinaciones distintas de alcohol se pueden tomar un día como hoy.» Phill se lo advirtió antes aunque ella no le prestó atención a su amado primo; no era momento de arruinar toda una velada en potencia agradable para el rubio. En la próxima semana se aseguraría de decirle todo lo enterado acerca de esa tal Loreta.

O como ella la bautizó personalmente: el enemigo.

—Odio cuando pasa, Eth. Tranquilo, hoy vas a encontrar tanta champaña como tragos para olvidarte.

— ¿Se puede? Me había enamorado de ella pese a todas las mentiras.

«Hora de enseñar una lección de vida… ¿Cuándo me transformé en eso que juré destruir?»

—Sí, siempre se puede. Te comprendo debido a que estuve en circunstancias similares con mi ex y otros viejos amigos míos. Uno se encariña tanto con ciertas personas, que al final te duele muchísimo enterarte de una traición. Te preguntas en dónde fallaste, cuales cosas podrían haber salido distintas de haber sabido los resultados de antemano. Pasas días desolado, creyendo que todo es tu culpa o que no lo superarás… El día donde lo haces sucede, no lo puedes creer y hasta miras hacia atrás para ver todo el camino recorrido, incrédulo. Sonríes, yéndote a donde te depare el destino con esperanzas renovadas.

—Guau, eso fue súper profundo.

— ¿Tanto? —Lo miró sonriente—. ¿Muy de abuela?

—De mi bisabuela, corrección.

Rieron, aunque entendía el punto a donde creía llegar la de orbes ámbar.

—De cualquier manera, es así. Tengo menos edad y te puedo firmar en este momento todo lo que te dije. Apesta, claramente, después se hace más liviano todo y ya no te importa al final —suspiró resignada—. Debo decirte algunas cosas respecto a esta Mía. No hoy, claro está.

Él se la quedó mirando sorprendido. ¿Cómo es que tenía más información de ella? «Mierda, justo cuando intentaba dejarlo atrás viene y me dice algo nuevo. Así no se puede.» Realmente deseaba saber todo ese mismo instante, sin embargo ella sonó especialmente dura al decir "no hoy"; probablemente deseaba que transcurriera una velada tranquila, cosa improbable después de decir esas palabras.

— ¿Sabes más? Caramba, Chelsea. —Se removió en su asiento—. ¿Y si me las dices ahora?

—Ni de coña, en la semana o después de la primera semana del nuevo año. No vale la pena amargarse cuando estamos por hacer un recambio.

—Debo saberlo —replicó molesto—, no te ocultaría algo así si yo supiera de tu ex.

— ¿Realmente vas a tomar ese camino? No sirve, Ethan. Por cierto, nada de hablar de ese hijo de puta —cortó severa; se tomaría al pie de la letra no decirle una mísera cosa—. No tenemos tanta confianza como para que hables de él libremente.


Continuaron el camino sin hablar, llegando a Filadelfia con mucho para decir pero guardándoselo cada uno en el interior. Chelsea aprovechó para ir por gasolina al igual que al baño; Ethan fue a un autoservicio a comprar pastillas sabor naranja y fresa. Claramente la cabeza le estaba comiendo respecto a lo que podría ser que tuviese ella para decir, no importaba cuantas veces lo apartara de un manotazo siempre volvía recargado. «Tengo treinta, no quince donde todo me duele.» pensó luego de entregar un billete de diez dólares debido a la falta de cambio. En el kiosco de la estación de servicio no era el único, retrasando la transacción de demás clientes debido a la cantidad de vuelto a recibir.

La mayor parte de los clientes llevaban ropas casuales, resaltando con su saco más de la cuenta; algunas mujeres se lo quedaron mirando con interés producto de la vestimenta. Una vez vuelto en mano salió al exterior, recibiendo el saludo del viento helado, observando en la distancia del estacionamiento a su amiga con un cigarrillo en la boca mientras hablaba por teléfono. Al acercarse notó que estaba hablando con alguien sobre la distancia que les faltaba. Con un movimiento de la cabeza indicó estar listo para proseguir la marcha. La vio dar unas caladas más al cilindro humeante, arrojándolo al suelo y pisándolo para apagarlo. Colgó la llamada unos segundos después.

Prosiguieron en silencio el resto del trayecto.


Al ingresar a Nueva Jersey el trafico los atoró bastante, la de orbes ámbar comenzó a soltar insultos a cada minuto respecto a llegar tarde al hotel donde tenían las reservas pendientes. Recibió una llamada del anfitrión cuando estaban a unas cuadras del puente que conectaba con la Gran Manzana, cuestionando por dónde se encontraban y cuanto tiempo aproximadamente tardarían en llegar. La distancia que tenían que recorrer hasta la zona indicada era bastante larga todavía, y a las seis treinta de la tarde el tráfico era imposible. La celebración comenzaría a las ocho treinta, David dudaba que llegasen con tiempo de sobra.

Les comunicó a ambos que ante cualquier eventualidad el Hotel Mark los podría ayudar; se encontraban a unas manzanas de distancia de su piso.

Tardaron casi dos horas en llegar hasta el hotel asignado, el rubio se sorprendió que estuviesen a unas manzanas del Parque Central. Si a la mañana siguiente tenían tiempo antes de volver le encantaría recorrerlo, aunque sea un poco, ya que nunca estuvo en Nueva York. Se registraron rápidamente luego de aparcar el coche en el estacionamiento subterráneo, descubriendo que tocaban un par de suites para cada uno. « ¡Tengo una jodida suite para mi, nunca en mi vida pedí una!» No es que le faltara dinero para hacerlo, simplemente lo veía totalmente impráctico cuando era preferible una habitación simple para descansar.

Al ingresar a la suya usando la tarjeta electrónica en la cerradura, se sintió maravillado ante lo que veía. Un recibidor bastante modesto sin embargo elegante se abría ante sus ojos. Al avanzar se encontró con una cocina moderna, alacenas en blanco y un espejo que cubría toda la pared; un living espacioso se abría a continuación, con paredes blancas y suelo de madera oscura, la cual parecía recientemente lustrada del brillo desprendido. Poseía unos maravillosos como también mullidos sofá grises, con una mesa de café de vidrio en el centro, la cual poseía un bonito florero con unos girasoles naturales y revistas. Un televisión pantalla plana se encontraba amurado a la pared, bajo el mismo, un armario donde había un pequeño frigorífico, con bebidas alcohólicas y sin a su disposición. En la esquina de la sala una mesa con un par de sillas servían como punto para comer algo si decidía pedir servicio a la habitación o cocinar él mismo.

Sin dejar de mirar a todos lados al caminar directo a su habitación, quedó igualmente sin aire al observar donde dormiría. La cama era tamaño King (perfecta para estirarse como más le viniera en gana), sobre la misma un cuadro abstracto en tonos verdes servía de decoración. Mismo color en las paredes, la moqueta blanca era una delicia hasta para la vista. El baño se encontraba a la derecha, con unos muebles en tonalidades blancas y verde esmeralda; una ducha de vidrio junto con una tina, toallas finamente arregladas sobre la mesada de mármol blanco.

El anfitrión sin dudas se habría gastado un dineral en ellos, tendría que besarle los pies o el culo apenas llegara. Dejó su maleta al costado de la puerta de la habitación, sentándose unos momentos a contemplarlo todo cual niño en una juguetería. Lujo: solamente eso podía decir sobre el lugar donde dormiría como un bebé, seguramente con algunas copas de más encima.

Unos minutos después su amiga golpeó a la puerta con insistencia; salió al encuentro luego de pasar por el inodoro a descargarse.

— ¿Qué tal te va en tu habitación? —inquirió la castaña mientras echaba un vistazo desde la puerta de ingreso a donde fue asignado—. La mía es un sueño de asalariado.

—De la misma manera, no quiero ni imaginar cuanto costarán las noches aquí. —cerró la puerta con delicadeza.

—Puedo preguntarle si quieres, mamá siempre lo hace y David no se muestra muy reacio a compartir la información. —caminaban a la par con paso rápido por los pasillos de suelo cubierto por una alfombra gris, paredes con molduras en tono crema.

—No, déjalo. Quiero imaginármelo con unas copas encima.

Bajaron por el ascensor hasta la recepción, donde un botones les informó que un taxi los esperaba. Chelsea murmuró a continuación un "gracias, estoy exhausta de conducir por hoy", saliendo a la entrada y subiendo al coche amarillo. Esa vez no tardaron tanto en llegar al destino.

Subieron en un ascensor muy amplio y plateado con otras personas, las cuales charlaban animadamente en grupo sobre las propuestas a efectuar ante la llegada del dos mil dieciocho. Intercambiaron miradas cómplices en el momento en que un muchacho delgado decía que se proponía ir al gimnasio al menos tres veces a la semana. Esas eran cosas que usualmente no salían bien, todo el mundo estaba de acuerdo sobre ello. Ethan propuso en el dos mil quince sobre comenzar a entrenar para no ser "una babosa sin estado físico", llegando al final del primer mes sin haber pisado una sala de entrenamiento. A fin de año se reía sobre la propuesta absurda realizada en el pasado diciembre.

Las puertas se abrieron a un pequeño vestíbulo de loza negra en el suelo, con pequeños puntos blancos en el, molduras plateadas y paredes blancas colmadas de cuadros; podían escuchar música al lado de la única puerta disponible para ingresar. Descendieron después que los demás presentes, el rubio no paraba de mirar a todos lados ante semejante modernidad costosa. La abertura doble de madera oscura se abrió mostrando a un hombre no muy alto de cabello rubio, sonrisa impresa en su rostro, ataviado en un traje costoso de color gris y un moño rojo. David saludó a sus amigos del trabajo para luego pasar a la pareja.

Chelsea lo abrazó con efusividad al tiempo que reconocía haberlo extrañado en el tiempo en que no se vieron, preguntando luego por sus hijos y esposa. Se apartó de él de manera en que pudiera saludar a su amigo. Ethan le estrechó la mano sonriente, agradeciéndole estar en su fiesta sin haberse opuesto bajo ningún concepto.

—Si son conocidos de Emily, son conocidos míos —replicó sonriente, palmeando su brazo izquierdo; la chica pudo comprobar la diferencia de altura entre ambos—. Adelante, siéntanse como en su casa.

Hizo lo ordenado, maravillándose por lo captado por sus ojos. El piso era excepcionalmente amplio, siendo recibidos apenas llegaban por un recibidor enorme el cual poseía a ambos lados armarios para guardar abrigos; ambos se los quitaron y colgaron uno al lado del otro. En la siguiente sala podían comprobar una cocina comedor moderna con lo último en tecnología, combinada con un living ultramoderno, pantallas plasma incrustadas en la pared que emitían videos musicales de cualquier tipo de género. Los suelos eran de parqué claro, con una pared toda pintada de negro y el resto en color blanco. En el fondo se podían apreciar ventanales que iban de suelo a techo por donde se vislumbraba todo el Parque Central junto con el resto de la ciudad, cortinas blancas de por medio.

Los sofás modulares en color rojo contaban con usuarios quienes charlaban animadamente de cosas varias, tomando bebidas de alto contenido etílico, servidos por meseros sonrientes contratados para esa ocasión especial. Un equipo de audio de última generación servía de animación a la reunión, reproduciendo música jazz. Frente al conjunto de sofás se encontraban mesas de café de caoba con bocadillos disponibles para ingerir; Chelsea fue directa a la mesa con hambre por el viaje largo.

Un par de niños corrieron nada más verla, chillando de la emoción. Con las manos ocupadas, hizo lo que pudo para saludar al niño y niña que gritaban su nombre exaltados. La de orbes ámbar mencionó el nombre Lucile y Richard al abrazarlos.

Ethan se quedó maravillado ante semejante ostentación de poder económico dentro de la ciudad más bella como transitada en la que estuvo. No se dio cuenta que la madre de su amiga se acercaba a él con mueca de desagrado por la sorpresa de verlo allí.

— ¿Qué haces aquí? —inquirió con cierta molestia en la voz.

Iba enfundada en un vestido sin tirantes de color gris, con escote corazón cubierto de piedras. Calzaba tacones aguja negros y lucía joyas de plata y oro con incrustaciones de rubíes originales (regalo de su familia por su matrimonio) en el cuello y brazos. Iba peinada con un moño francés junto con algunos brillos en el cabello rubio claro. Si no fuera tan brusca como desagradable, Ethan hubiera pensado que se veía mucho mejor que con la triste bata blanca de laboratorio.

—Vine con Chelsea, se ofreció a traerme —replicó sin mosquearse, irritando a la mujer.

—Mocosa maldita —murmuró muy bajo—. ¿David permitió que vinieras por tu cuenta o mi hija inventó algo para hacerte entrar?

«Ahora solo tengo una persona con la cual charlar de forma no agresiva… Maldita mujer.»

—El señor Aiken fue muy amable en darme una invitación para mí solo.

Un caballero en traje negro, musculoso como también poseedor de una cara amigable, se acercó a ambos portando dos copas de champaña. Miró ambos rostros contrariados por la desfachatez del otro para luego entregarle una copa a su pareja. Cabello castaño hasta los hombros, este le dedicó una sonrisa.

—Gracias, cielo —dijo mientras cogía la copa y le daba un sorbo—. Parker, el muchacho Winters del que te hablé.

La miró con el ceño fruncido ante su forma brusca de referirse al muchacho. Parker se disculpó con la mirada mientras le tendía la mano libre, estrechándosela.

—Un gusto conocerte. Lamento lo que sucedió.

—Descuide, ya está en el pasado.

Chelsea se aproximó con un par de canapés en las manos luego de voltearse y ver a su madre siendo desagradable con su amigo. Los hijos de David le dieron un momento de paz yendo detrás de otros amigos. Le tendió uno con una sonrisa mientras le daba un mordisco al bocadillo de atún. Emily y ella intercambiaron miradas asesinas, desafiando una a la otra en una ocasión donde no lo ameritaba; Luciani simplemente suspiró cansado.

— ¿Trajiste a tu amigo sin preguntarme? —comenzó, dándole un rápido sorbo a la bebida amarillenta de sabor amargo.

—No es un objeto ni eres la dueña de casa —contraatacó con ojos superiores y sonrisa suficiente.

—David es mi abogado.

Ethan no sabía dónde meterse en ese momento. Parker estaba furioso con ambas, no sabía cómo disculparse por los terribles comportamientos.

—Y el mío, busca otro argumento.

—Eres una maldita malcriada. —se acercó desafiante.

— ¡Y tú una maleducada! Tratas como mierda a una persona amable, no todos son robots como tú.

— ¡Se acabó! —cortó el castaño. Ambas mujeres miraron a su alrededor, los invitados se encontraban observando la escena montada—, no hay ocasión donde no hagan un papel lamentable en frente de otros. ¡Emily! —la encaró—. Deja de ser tan terrible frente a otros y tú —volteó a mirar a su hijastra, igualmente furioso—: deja de entrar a la carga ante cualquier cosa que tu madre haga o diga. ¡Al final de cuentas parecen perro y gato en vez de madre e hija!

David se aproximó para charlar con su clienta mayor justo en el momento en que esta estaba por replicar ante las palabras del castaño. Se la llevó a un aparte dejando a los otros tres a solas. Ethan estaba impresionado ante semejante forma de enfrentarse a la palabra de un progenitor de su amiga, tenía aún más respeto depositado en ella. Parker seguía encolerizado ante la actitud mostrada por el par, sin embargo disminuyó ante los ojos tramposamente tristones de su hija.

Siempre caía en esa treta no importara cuantas veces se dijera a sí mismo no hacerlo; Chelsea lo abrazó con ánimos de disculpas.

Los demás asistentes continuaron chalando de cualquier cosa como si nada. Unos instantes después la de ojos ámbar se alejó de los hombres, dispuesta a buscar algunos emparedados pequeños de pavo con queso recién traídos por los meseros, así como algunos tragos para ella y su amigo.

—Disculpa esa escena repleta de estrógeno —pidió perdón con facciones agotadas—, no importa las veces que uno trate de unirlas, siempre encuentran una manera distinta de pelearse.

— ¿Es muy frecuente? —se comió el bocadillo de una sola vez, el cual estaba buenísimo; el de ojos oscuros asintió lentamente.

—Llevan así cuatro o más años, perdí la cuenta a estas alturas. Uno está extenuado después de tanto embrollo. Son tan parecidas que es como si Emily estuviese gritando a un reflejo suyo…

—Y viceversa.

Parker lo miró con una sonrisa ladina ante la forma en que Ethan completó la frase.

— ¿Tanto se nota?

— ¡Uf! No tienes idea.

Hablaron de todo un poco, en especial sobre temas de la BSAA; el de ojos verdes se enteró que Parker trabajaba como supervisor al igual que investigador en el segundo edificio. Le reveló que por amor a la mujer rubia se trasladó de Londres a Estados Unidos y no se arrepentía bajo ningún punto (pese al humor bastante acido de la mujer con la cual compartía una casa o las peleas). Conocía a Chelsea y su madre desde el dos mil seis, tratando de cambiar las cosas entre ellas desde el dos mil trece cuando la pubertad en la joven entró en juego. Divorciado, tenía cuatro hijos con un matrimonio anterior; Cara de veintiséis, Dawson y Daisy de veintidós y Nathaniel de diecisiete.

Le resultó enriquecedor para él compartir algunos detalles de lo sucedido a su persona en Dulvey, en especial ya que el hombre estuvo involucrado en tres casos distintos. Le dio ciertos consejos para afrontar la maldición del "después", los cuales pondría en práctica cuando pudiese. La joven con una coleta alta se acercó a ellos con la boca atiborrada de queso azul y dos vasos de tragos; un Destornillador para él, un Sex on the Beach para ella. Al comprobar las bebidas Parker le llamó la atención con un gesto acerca de beber en cantidad esa noche, fue desestimado por la jovencita, quien le tranquilizó sobre el hecho de que ellos estarían para supervisar lo que tomara. Al padre no le hizo nada de gracia; se marchó para conversar con algunos conocidos quienes llegaban a la fiesta.

La pareja conversó de forma larga y tendida sobre una variedad de cosas, incluyendo las vistas del piso hasta la posibilidad de que una tormenta invernal azotara toda la costa este el próximo mes. Comieron de todo un poco, Ethan se volcó de lleno (luego de hacer un alto en los rollos primavera) a un cordero traído desde la Patagonia con una salsa de champiñones exquisita, dejando a su estomago completamente lleno. Chelsea hizo lo propio con dos tazones repletos de raviolis de calabaza con estofado de pollo. A las once comenzaron los preparativos para el recibimiento, donde los anfitriones comenzaron a repartir cotillón brillante como también collares y anillos que emitían luces.

La iluminación del amplio lugar disminuyó un poco, comenzando la "hora del recuerdo" con música desde los cincuenta hasta los últimos temas sacados al mercado. Cinco minutos antes de las doce la castaña arrastró a Ethan al bar, indicándole que se pidiera una copa de champaña después de escuchar más de seis veces "no sé si debería tomar mucho, no estoy en territorio conocido".

Después de decirle que eso era una tremenda ridiculez, se bebieron juntos una medida, saboreando el dulzor burbujeante. Terminó gustándole mucho, pidiéndose otra apenas acabó la primera.

Cuando comenzó la cuenta regresiva se acercaron al grupo para corear a todo pulmón los segundos que faltaban antes del dos mil dieciocho, obligando a las matasuegras a estirarse y los silbatos a cantar. David poseía una corneta de aire comprimido, la cual grito furiosa en el momento en que dieron la bienvenida a lo que esperaban fuera un año repleto de oportunidades. Las parejas se besaron apasionadamente (Chelsea casi muere al ver a sus padres tan melosos), los amigos se abrazaron con buenos deseos y ellos dos efectuaron su saludo especial antes de intercambiar abrazos.

— ¡Feliz año! ¡Que este esté repleto de buenas vibraciones, momentos agradables y menos trabajo! —gritó Chelsea por sobre todo el ruido.

— ¡Lo mismo digo! ¡Y que lancen algún Fallout nuevo así puedo probarlo!

Su amiga se desternillo de la risa ante aquel pedido para el recién nacido periodo con tan solo unos segundos de vida. Obligaron a las matracas a girar, desprendiendo sonidos festivos; la música comenzó a sonar con fuerza a medida que las bebidas con una buena cantidad de valor alcohólico fluyeron cual rio. Luego de responder los mensajes deseando un feliz comienzo de año, y que él llamara a sus padres, se dedicaron a bailar como tontos canciones de los setenta y noventa. Vio lo buen bailarín que era el rubio con canciones de fondo de las Spice Girls y *Nsync

A eso de la una de la mañana David y su esposa Caroline anunciaron que se abría la hora de karaoke; Chelsea gritó extasiada ante aquello, siendo la segunda en subir a cantar un clásico como lo era Have You Ever Seen the Rain? de Creedence Clearwater Revival. Siguieron bailando al ritmo de los cantantes no profesionales; Emily se animó a cantar con una amiga llamada Desdémona, proveniente de España quien se encontraba de viaje de negocios, canciones de cantantes latinos que se encontraban en la cima de popularidad en las listas internacionales.

A eso de las dos treinta Ethan se encontraba más feliz, producto del alcohol, que cualquiera de los invitados; sin embargo a nadie le importó en absoluto debido al clima de diversión sin inhibiciones. Hasta se animó a cantar junto a su amiga I Want you Back de The Jacksons 5. Entre risas y más tragos se sacaron fotos tontas, bailaron como locos y al final de la noche terminaron exhaustos pero felices. A las cinco de la mañana sirvieron algunos cruasanes con café para las personas más necesitadas de esta bebida, la cual tuvo que hacerse en varias jarras consecutivas para la mayoría de los adultos.

Seis menos cuarto pidieron un taxi, marchándose a descansar luego de una fiesta de película. Podía garantizar el hecho de por fin haberse divertido como antes de toda la mierda, en particular en compañía agradable de su amiga. Le recordaba las veces en donde salía con sus amigos donde Ally desempeñaba el papel de Chelsea en cuanto chistes, cantar desafinadamente o beber como si no hubiera un mañana.

El de ojos verdes publicó algunas fotos en las redes sociales de camino al hotel, sumándose a los millones de personas haciendo lo mismo al final de una fiesta excepcionalmente divertida. Cada uno se saludó hasta unas horas después; Ethan ingresó a la suite desvistiéndose en el camino y quedándose dormido en ropa interior sin siquiera acomodarse bajo las sabanas producto de la alegría etílica.

Lo que no se esperaba era que unas horas después, cuando continuaba dormido, sus amigos vieran las fotos con su amiga castaña y comenzaran a preguntarse si no había alguien nuevo en la vida del sureño. Le enviaron mensajes los cuales no fueron respondidos hasta mucho después de las once. Particularmente un muchacho alto perteneciente al ejército llamado Blake se mostró bastante interesado en esas fotos, pero no en un sentido amigable como Franklin o Allysha. ¿Un problema número dos?