Despertó con un doloroso pitido en los oídos, maquillaje impregnado en la funda blanca cobertor de la almohada; bostezó girando la cabeza hacia el lado derecho, pies enredados en las sabanas. La temperatura allí era cálida salvo que le provocaba calor la cantidad de ropa de cama, se destapó con violencia mientras miraba el techo. ¡Qué noche la de anoche! Sin dudas era uno de esos recambios que valían la pena rememorar en un futuro. Sonrió al pensar en los buenos momentos vividos hacía tan poco tiempo. Se incorporó para luego pasar al baño a darse una merecida ducha. El suelo de linóleo a rayas negras y blancas estaba frio, se apoyó en la mesada blanca contemplando su reflejo en el espejo gigantesco que ocupaba toda la pared. Se sonrió a si misma después de semejante jolgorio, cogiendo una toalla desmaquillante para quitarse los restos de colorete y delineador de los ojos.

Los cuales formaban parches en su rostro dejándola ver de una forma cómica y un tanto ridícula.

Se lavó los dientes, luego pasando a beber el agua directo del grifo reluciente; ingresó a la ducha con paredes de vidrio unos minutos después dejando que el agua se moviera libremente por las curvas naturales del cuerpo. Se higienizó con el jabón líquido con olor a flores llevado, luego el cabello. «Madre, tengo un hambre…» Era verdad, desde las cinco o seis de la mañana que no comía un bocado de nada… No tenía idea de la hora ni tampoco encendió el móvil. Limpio con delicadeza los restos de jabón como también champú, acariciando las zonas donde se encontraban impresas distintos motivos en conmemoración a distintos sucesos.

Brazo izquierdo poseía una bandada de pájaros de color negro, en conmemoración a las víctimas que buscaba vengar; costado derecho, bajo la zona de las costillas, la flor de la vida en múltiples colores gracias a la inspiración de un álbum de Coldplay (el cual le pareció por demás interesante); en la nuca la fecha más importante para su existencia: 1963-1998. Acarició la zona al pensar en él, sonriendo con añoranza de su persona. Recordar las circunstancias del deceso narrado por Jill era duro, sin embargo creía que el tatuaje era una buena forma de llevar consigo una parte de él. En su brazo derecho, cubriendo la zona lastimada de forma auto infringida, una frase para no desmotivarse cuando la nube negra amenazaba con llevársela en un espiral sin control; "la vida no es perfecta, pero tiene momentos maravillosos" se recordaba como un mantra de seguridad.

Cerró el grifo con tranquilidad, cogiendo dos toallones blancos para el cabello y cuerpo. Salió envuelta a la habitación con paredes de color marfil, admirando el desastre generado en la cama. Se notaba que tuvo un sueño de ebria muy inquieto; rió ante el desastre. Fue directo a la mesa de noche de madera clara, cogió su móvil y mantuvo presionado el botón de encendido siendo recibida nuevamente por la luz blanca de la pantalla al encenderse. Quitó el cargador de su reloj, colocándoselo y poniendo el código de desbloqueo en el mismo, haciendo lo correspondiente con el móvil de unos años.

Eran las once treinta; sin dudas el horario de desayuno ya no estaba disponible. Reglas eran reglas y lo peor de todo era que su estomago estaba rugiendo cual bestia.

Se dirigió al armario de la habitación, extrayendo su maleta del interior para luego depositarla sobre la cama. Eligió un par de vaqueros oscuros, un leggins térmico, dos camisetas (larga y corta), un suéter cuello de tortuga azul marino. Al pasar a la ropa interior se dio cuenta que armó el conjunto equivocado, ya que era lencería de calidad superior que solo usaba cuando Dennis se presentaba en la casa. «O si tuviera novio para divertirnos de noche.» Era precioso, encaje negro con decoración de algunas lentejuelas en la zona de las tiras de la espalda. Sin dudas le salió un dineral y esa era una de las razones por la cual lo reservaba para ocasiones especiales. Lo tomó igual eligiendo una braga de algodón gris generando el par más extraño de todos.

Se vistió con parsimonia, colocando música para hacer más entretenida la cosa. Encendió la televisión del living comedor comprobando las noticias mañaneras de la Gran Manzana como también los reportes de año nuevo. Lo dejó como sonido de fondo mientras comprobaba la cantidad de notificaciones disponibles…

Tenía más de cuarenta, siendo la mayoría de sus "hermanas" Moira, Polly y Sherry:

— ¿Quién es el de las fotos? ¡Me gusta la sonrisa que tiene! —dijo Polly entusiasta.

—Nuestra pequeña liga con alguien en año nuevo, zorra suertuda… ¡Como te amo, Chelsea Vickers! —Moira con su típica manera de demostrar su aprecio.

— ¿Qué no es el tipo del cual Emily habló la última vez que la vi? ¡Uf, hermanita! ¡Te los buscas complicados! —Sherry sabía de él… ¿Qué su madre no mantenía la boca cerrada?

La de ojos ámbar no entendía una mierda para ser brutalmente honesta. ¿Fotos? ¿Qué fotos? No publicó una desde la navidad con su vestido negro de lentejuelas plateado, ceñido al cuerpo, que compró para esa ocasión. Hablaban de alguien más con las características de Ethan, se encontraba tan grogui del sueño… También poseía notificaciones de Instagram, las cuales abrió y cayó en cuenta de lo que hablaban. Se maldijo cientos de veces al ver las publicaciones generadas por ella, con su amigo cantando karaoke o posando de forma alocada con todo el cotillón entregado. Luego prosiguió a ver las subidas por Ethan en su perfil, las cuales generaban las mismas repercusiones entre sus conocidos. Tenía al menos dos personas nuevas que deseaban seguirle, quienes eran amigos de él y se llamaban Franklin Moore junto con una mujer llamada Ana Rodríguez. Los aceptó a los dos ya que no pensó demasiado sobre sus intenciones.

Sin embargo al leer algunos comentarios en las fotos donde aparecía con Ethan encontró una recepción menos amistosa.

"¿Quién es ella? ¿No es un poco pronto para ti, campeón?" o "Siempre la pasas bien en año nuevo, que envidia…" con una carita de expresión resignada. Blake Anderson y Montgomery Miller… No fue más allá de los comentarios saliendo de la aplicación para ir a por su calzado. Se había colocado las medias a lunares rosados cuando escuchó que llamaban a su puerta, atravesando el suelo de madera oscura llegó y abrió a su amigo, quien se veía bastante cansado pero con una sonrisa en el rostro.

—Buen casi mediodía —saludó ella con una sonrisa, dejándolo pasar—. ¿Qué tal la resaca?

—No me quejo, solamente me molesta un poco el estomago.

— ¿Necesitas de un antiácido? Podemos buscar si hay alguna farmacia abierta o algo, si lo deseas.

—No, creo que puedo soportarlo. Pasé peores guerras, esto no me detendrá en lo más mínimo. —Se sentó en el sofá gris oscuro cruzando una pierna sobre la rodilla—. ¡Mierda, hacía ya tiempo que no la pasaba de esa forma! Te lo agradezco.

—Considéralo como una forma de devolverte el favor de la Coca o Nuka, como quieras llamarle. —usó el sillón en diagonal a él; olía a jabón y colonia en el ambiente—. David me envió un mensaje diciendo lo mucho que se divirtió contigo cantando como bobo. Agregó que ninguno de sus invitados podría haber cantado Spice Up Your Life con semejante pasión.

—Oh, cosa de práctica y nostalgia por mi niñez/ pre adolescencia con esas mujeres sonando en la radio.

—De cualquier forma, estuviste genial y eso que no soy muy seguidora de las Spice.

— ¿No te gustan? —sonrió meneando la cabeza, desviando la vista unos segundos después—. Estas nuevas generaciones… ¡No saben de obras maestras!

— ¡Bésame el culo! —espetó arrojándole un almohadón a juego con el sofá de forma juguetona—. Canté cosas más antiguas, merezco el triple de puntos.

—Uf, claro. Porque cantar cosas que bailaba mi padre de joven sirve de mucho. —Se inclinó hacia delante de forma cómplice—. Entre tú y yo la música del noventa era mejor, más movida…

Peeero no tan atractiva para mí. Esa clase de género no es mi favorito.

— ¡Oh, chica grunge!

—Soy más anticuada, eso es todo, también confieso algunas influencias por parte de Chris sobre bandas "no pop" de esa época —rió, abrazando las rodillas—. ¿Tienes hambre? Yo siento que muero si no ingiero nada en los próximos minutos.

—La verdad es que sí, pero llegaremos un poco tarde al desayuno.

— ¡A la mierda el desayuno! Algún McDonald debe estar abierto, muero por una hamburguesa doble súper grasosa que pueda tapar mis arterias a futuro.

— ¿Y si no lo está?

—Volveremos a la casa de David a comer las sobras, debe tener comida para meter en el congelador y sacar para las próximas celebraciones que haga.

Se echaron a reír ante la posibilidad de que eso fuera cierto. La castaña era así de práctica: cuando cocinaba de más o se pasaban amigos por la casa, guardaba todo en recipientes de plástico que iban directo al congelador. Cuando se le venía en gana (o llegaba exhausta sin intenciones de cocinar) tomaba uno y lo calentaba, disfrutando de una sabrosa pizza al microondas o un estofado más blanduzco. No se quejaba en absoluto: al menos tenía para comer.

Se pusieron en marcha una vez que la castaña se calzó unas zapatillas negras con líneas en blanco, cogió sus pertenencias y un bolso pequeño, saliendo a recorrer. Caminaron unas cuantas manzanas (casi treinta minutos) hasta que el mapa electrónico del móvil de Ethan confirmó que se encontraban en el área de un restaurante de comida rápida. «Si esa porquería está cerrada juro por Dios que me como el piso.» Milagrosamente abrió al público, en el interior había poca gente. Ingresaron justo en el momento en que comenzaron a caer algunos copos de nieve: la primera nevada del año. Ordenaron acorde al hambre de cada uno; ella por supuesto pidió doble hamburguesa con unas papas y bebida extra grandes. Se sentaron en una mesa apartada del gentío que comenzaba a llegar, cerca de una ventana para que el rubio pudiera admirar la belleza de una nevada.

Charlaron tranquilamente de lo que harían esa semana además de trabajar. Ella confesó estar desganada por volver a ir a clases, sin embargo comenzaría el año en el estudio de baile luego de alejarse unas semanas. Ethan, claramente sorprendido, le preguntó con exactitud qué tipo de baile hacía; sus sobrinas mayores iban a clases de ballet, pero él no veía en su amiga una bailarina profesional del Cascanueces. Chelsea le dijo "nada aburrido como el puto ballet" para luego agregar que le gustaba el baile en grupo de canciones populares, de vez en cuando practicaba hip-hop y de forma muy ocasional bailaban jazz. Le invitó a presenciar una clase ya que en la escuela siempre tenían alguna persona que gustaba de ver bailar. Declinó la oferta cortésmente alegando que el baile y él no eran buenas migas.

Lo que sí sorprendió a Chelsea fue la revelación sobre él decidido a practicar tiro y movimientos de defensa personal. Recordaba la vez en que fueron juntos a correr, donde Ethan casi pierde un pulmón y pierna en el trayecto hasta el parque. Lo felicitó ante la iniciativa.

—Debes saber apuntar y disparar sin volarle la cabeza a alguien que no esté en mira. Sigue las raíces de tu país, amigo mío.

— ¿No será mucho estereotipo? —dijo él luego de comer un puñado de papas fritas.

—No. Todavía no dije: me resulta raro que un muchacho proveniente de Texas no sepa disparar a diestra y siniestra. O ser un misógino ultra religioso que odia a los hispanos, se mece en el porche con una escopeta en el regazo, acariciando un perro con la mano y con la otra se toma una cerveza. Eso es un estereotipo puro y duro.

Se echó a reír. No era tan terrible con las armas, simplemente sabía no errarle de forma estrepitosa a algún objetivo. Había sobrevivido a Luisiana, ¿No?

— ¡Benditos estereotipos! ¿Y tú? Se me hace raro que una chica de DC no esté involucrada en política o asunto algo turbio. Apuesto que tu apodo es Watergate.

—Nací en Misuri, primorcito.

—Interesante. —Dio un sorbo a su gaseosa cola—. ¿Cómo acabaste en medio de Washington? Si es que lo puedo saber.

—Fácil: mis padres eligieron donde querían vivir si iban a formar una familia, Washington fue un buen lugar para ellos. Mamá salió justo antes de que las carreteras de salida y entrada de Raccoon fueran cortadas por los militares. Estaban en proceso de mudanza cuando ocurrió el desastre y solo yo junto con mamá fuimos afortunadas en salir.

Un cambio sutil en la forma de hablar de su amiga le indicó que era mejor no hurgar más por el momento, por lo que asintió de forma lenta y cambió el tópico de conversación. Chelsea detestaba el nudo en la garganta que se formaba cada vez que hablaba de ello, sin embargo no podía evitarlo; usar un mantra para calmar sus emociones no funcionaba, respiración profunda menos, ya que le entraban más ganas de llorar de las que contenía. Se terminaron la comida en un silencio un poco incomodo debido a que ninguno sabía cómo continuar.

Antes de marcharse Ethan le dijo que le gustaría recorrer el Parque Central unos momentos, para impregnar su nariz con el frescor de la naturaleza en medio del concreto duro y frio, y también para hacer algunas fotos y mandárselas a sus padres. Al despertarse tuvo algunos mensajes en forma de reproche de su madre, la cual se quejaba de que no le envió una panorámica del piso donde ocurrió la fiesta. Fiel a su estilo bondadoso aceptó concederle esos momentos antes de volver. Caminaron todas las manzanas emprendidas desde el restaurante de comida rápida sumándole las restantes para dirigirse al parque; vieron algunas ardillas, las cuales correteaban por todo el parque ahora que los humanos pasaban un tiempo de calidad con sus familias el primero de enero.

Se entretuvieron bastante charlando de múltiples asuntos aunque tristemente tuvieron que emprender la vuelta al hotel, así armaban el equipaje y partían a sus respectivos hogares, teniendo los huesos helados por el frio bajo cero que cubría la ciudad.


Chelsea cogió sus llaves al tiempo que apagaba la radio y tomaba a continuación su bolso negro de cuero ecológico. Llevaba el cuerpo cansado de estar sentada frente al volante por tantas horas, ansiaba recostarse en su cama acurrucada contra sus bebés. Los extrañaba mucho cada vez que se marchaba pero tenía la suerte de que sus vecinos eran muy gentiles y se encargaban de supervisarlos, darles de comer y verificar que tuviesen agua siempre disponible. «Por eso Tyler y Grace Marshall son las mejores personas que tengo cerca.» Esperaba que su querida vecina le cocinara algún pastel en la semana, como usualmente hacía, porque eran excelentes. Los de bayas eran su especialidad, y cuando los cubría con el azúcar acaramelado era mil veces mejor.

Los que contenían frambuesas sin dudas eran un manjar digno de dioses.

Salió del interior saludando al frio con facciones de fastidio, recogiendo la maleta de la parte de atrás y caminando directo hacia su puerta por el camino de baldosas grisáceas. El día estaba encapotado, amenazaba con llover junto con generar agua nieve; además de recostarse con Polly-Sue y la obsesión de ésta por echarse flatulencias, quería chequear algunos videos en YouTube de los cuales fue notificada la noche anterior como también en la mañana. «Eso y probablemente encender la computadora para jugar un poco con ella… Aunque para eso debería sentarme ya que detesto usarla recostada.» Siempre que se aventuraba a hacerlo se quedaba dormida a la mitad de su cometido, prefería mil veces sentarse a usarla antes que gastarle la batería por sumirse en un sueño profundo.

Se paró delante de la puerta de entrada, sintiendo una extraña sensación en su pecho indicándole que algo no estaba tan idílicamente arreglado como ella creía. No era el barrio, el clima o demás cosas, sino que ese sentimiento le decía que algo extraño o fuera de lugar aconteció en su propia casa. Introdujo la llave y la giró dos veces, el pitido de la alarma la recibió a viva voz. Una vez desactivada, cerró la abertura de color negro, recorriendo con la mirada toda la extensión de la habitación.

El desorden dejado en la tarde anterior continuaba en su sitio, los perros aullaban en el patio ante su entrada y la estancia se encontraba fría por la falta de calefacción. Soltó sus cosas sobre el sofá, dando lentamente un rodeo por el living; nada fuera de lo común ni fuera de lugar. La sensación seguía brutalmente presente. Se acercó a una mesa al costado del sofá de tres asientos, abrió el tercer cajón y cogió el arma de pequeño calibre que había dentro. Nunca en su vida se imaginó que haber comprado aquel revolver hubiera sido una brillante idea, siempre se creyó demasiado paranoica con el asunto. Avanzó por el pasillo con arma en alto el cual comunicaba a las habitaciones, despacho como también baño.

La primera puerta pertenecía al baño quien estaba abierta de par a par, y solo ingresaba luz blanca de fuera por la ventanita cuadrada, cubierta por una cortina. Nada allí: tres más por revisar. Siguió sigilosamente hasta alcanzar su oficina, puerta entreabierta; la empujó con el cañón del arma, respiración agitada en su pecho. La abrió con un empujón de caderas registrando con velocidad todo lo allí encontrado. Avanzó hasta colocarse en el centro de la habitación donde su sexto sentido le decía "algo no está bien". Rodeó el escritorio frente a la ventana que daba directo al jardín, varios papeles estaban en el suelo al otro lado. Muchos eran anotaciones de sus clases de la semana pasada, las cuales tenía que pasar a limpio en la computadora para así tener una base de la cual estudiar. Sin embargo… « ¡Sin embargo están en el suelo, cuando yo las dejé en una puta pila antes de irme!»

Alguien estuvo en su casa hacía no mucho tiempo; la irritó a sobremanera ya que su territorio fue profanado sin más. Un bote de tinta azul fue volcado sobre los mismos con saña, esa misma sería imposible de remover del suelo sin quitar toda la capa de cera superior y volverlo a encerar. Se agachó para evaluar mejor el daño, descubriendo que debajo del escritorio estaban sus cosas de arte desparramadas por la alfombrita sobre la cual dejaba descansar sus pies descalzos, producto de un día agitado.

—Me cago en Dios y todos los apóstoles… —masculló; todo el set de acrílicos en distintos tonos se encontraba allí, cubriendo el pedazo de tela.

Frustrada, no abandonó su búsqueda ya que continuaba sintiendo esa sensación atípica. Esperaba descubrir mucho más. «Si descifro quién fue juro por todo lo que más quiera que me las va a pagar… ¡Esos acrílicos y oleos son costosos! ¡No voy por la vida cagando dinero!» Siguió pasillo arriba en dirección a la segunda habitación, la cual funcionaba como armario junto con un depósito de trastos viejos o lienzos finalmente acabados.

Algunos de esos debían ser presentados en clases apenas se acabara el pequeño receso de comienzo de año, por lo que deseaba que estuviera al menos en orden.

Sus deseos fueron truncados cuando ingresó y todo yacía en el suelo o revuelto. Sus ropas cubrían la mayor extensión de la entrada junto con parte de la esquina que daba al patio; los lienzos tan preciados estaban agujereados con furia, otros cortados con la intención de dejarlos irrecuperables. El gran trabajo hecho de su personaje favorito de la "mejor saga post apocalíptica" estaba hecho jirones contra una esquina. Un nudo se le instaló en la garganta, punzadas terribles se generaban en su pecho ante lo que pudo ser un aprobado. ¿Cómo le explicaría al docente todo aquello? No tendría nada que presentar, la nota más baja de la comisión se la llevaría ella y ni siquiera por descuido. «Meses pasaron desde que comencé a pintarlo a él… Y ahora RJ es un pedazo de mierda inservible. La profesora Sorais no va a estar muy feliz.»

Quería echarse a llorar pero se tragó toda emoción triste hasta recorrer la última habitación disponible: su habitación. Salió lo más rápido permitido por sus piernas temblorosas, entrando de lleno a su alcoba. Esta estaba igual o peor que la anterior, con el ropero abierto de par a par; chaquetas, camisetas, camisas y más se encontraban en el suelo; las sabanas fueron arrancadas de cuajo de la cama, ahora hechas un bollo contra la cabecera de la misma; la cómoda junto con el espejo se encontraban volcadas, todo el contenido completamente libre por doquier. Una lágrima de impotencia cayó por su rostro, corrió a buscar su móvil para notificar a la policía una entrada en su hogar. Llamaría a Tyler junto con la señora Marshall por si escucharon algo; luego se encargaría de encontrar alguna contención para su persona.

Marcó como pudo al nueve once, respondiendo todas las preguntas hechas por la operadora (quien sonaba más bien aburrida a la hora de atenderle) y recibiendo como respuesta "un móvil se acercará a su casa lo más rápido posible". Marcó a sus vecinos; con Tyler gritó un poco más de la cuenta pidiéndole una explicación ante tanto embrollo. El muchacho no sabía qué responder, aseguró no haber visto a nadie en la noche ni tampoco en la madrugada que pudiera hacer eso. No quedó conforme en nada, pidiéndole si era amable de acercarse al menos para hacerle compañía mientras la patrulla se acercaba.

Marcó a Sherry, quien recibió una voz temblorosa suplicándole si podía pasar por su casa. Intuyó cosas muy malas por lo que aseguró su marcha, movilizando a Jake rápidamente para acudir en rescate. Moira dijo que se encontraba visitando a sus padres, apenas finalizaran marcharía directo con Jeremy de apoyo. Sus padres seguían en ruta debido a una demora con el tráfico en la ciudad, les dijo sin rodeos todo lo sucedido. Emily casi tiene un ataque al escuchar la intrusión en la casa, Parker no dijo nada pero en su mente se instaló un malestar inagotable.

Fue a abrir la puerta corrediza del patio a sus perros, quienes movían la cola con éxtasis ante la llegada de su amada dueña. Se abrazó a los tres con fuerza buscando algún rastro de entereza antes de la llegada de los oficiales. Estaban tranquilos lo cual fue extraño. Las veces donde un extraño puso un pie en la casa los tres canes se mostraban más bien protectores hacia su ama; si alguien ingresó a su casa debía ser alguien conocido para que sus mascotas no se molestaran en lo más mínimo, o dormidos con algún producto químico especial. Al acabar la noche comprobaría los comederos y el bebedero del patio para estar segura.

Tyler tocó el timbre con su pareja al lado, les abrió con rostro molesto ante la intrusión no enterada. El muchacho no sabía cómo relatarle la verdad: no escuchó nada en absoluto, ni siquiera sabía en qué momento se produjo todo el jaleo en las habitaciones. Le explicó todo el itinerario desempeñado junto con el realizado en su propio domicilio, dejándole aún más confusa. ¿Quién y qué motivos tuvo? Acto seguido fue directo a revisar todos los ordenadores que poseía en la casa. El más antiguo y destartalado, guardado en la última gaveta del guardarropa, se encontraba intacto; el de la oficina poseía un faltante de un disco interno con todos los datos importantes para el área laboral como universitaria.

«Desatornillaron la puta tapa trasera y lo arrancaron de cuajo. ¿Dejaron los componentes restantes intactos o se los cargaron también?»

Una punzada de pánico fue la antesala a un temblor sin fin. ¿Significaba eso mismo que creía? Corrió a revisar las entradas programadas de su dispositivo de alarma centralizada, encontrando una luz pulsante en el pequeño tablero numérico el cual daba a entender que la corriente eléctrica fue cortada, probablemente para ingresar. «Se llevaron mi disco repleto de casos aprobados por la BSAA y proyectos de la universidad, son igualmente muy estúpidos porque tengo exactamente los datos importantes en otra parte.» Fueron a lo obvio, creando el jaleo para amedrentarla.

Giró sobre sus talones para admirar la calma de su living, con Tyler mirando por la ventana a la espera de la patrulla y Elizabeth caminando pasillo arriba para husmear los daños. Querían meterle miedo, miedo del más profundo. Cortaron sus lienzos, arrojaron su ropa y casi rompen un cajón de la cómoda; no lograrían detener la rueda de la justicia, ya que cuando comenzaba a girar, NADA podía detenerla.

«Nada me frenará a mí, eso de seguro. ¿No saben que soy hija de Emily Whiteland de Vickers? Oh, estas perras se ganaron un enemigo insoportable…»

En el momento en que arribó la policía al domicilio recordó que los proyectos de Photoshop y algunos en 3D se encontraban en la nube; los laborales estaban dentro de los servidores de su trabajo. De cualquier forma allí dentro también tenía fotos que no logró pasar a la red. Fotos y videos de cumpleaños pasados.

Daba igual, al menos ella estaba sana y salva.

Los oficiales estuvieron tomando declaración a los presentes, revisaron en búsqueda de algunas pistas, esperando al equipo forense quien obtendría las huellas o tomaría fotos de la escena del crimen. A eso de las nueve de la noche se marcharon todos, habiendo estado cuatro horas y media rebuscando entre todas sus cosas para no obtener nada concluyente. Ni huellas, solo fotos del desorden como del objeto sustraído, nada más.

Se dedicó a poner todo en orden hasta casi pasadas las doce, cenando solo unas galletas saladas de la alacena. No tuvo hambre aunque se obligó a ingerir algo tan tonto como una galleta. Necesitaba ganar al menos un kilogramo para los próximos pesajes de rutina. Llegó a liberar su habitación del desastre mayoritario, dejó el cajón (roto por una esquina) fuera al resguardo del porche, recostándose unos momentos con la espalda dolorida por estar tanto tiempo agachada cogiendo sus cosas. Se dedicó a perder el tiempo un rato en las redes sociales junto con YouTube; no podía sacar de su cabeza nada de lo sucedido. Vio un video sin prestarle demasiada atención, analizando todo y dándose cuenta que los tipos a los cuales les molestó su intromisión no se andaban con chiquitas ni tardaban mucho tiempo en actuar.

Recibió un mensaje; la descolocó por completo por la falta de necesidad de recibirlo.

¡¿Quién es el tipo que sale en las fotos?! Maldita harpía ¡No pierdes el tiempo! ¿No te das cuenta que eres mía y de nadie más? ¡Apenas lo vea le voy a enseñar que con mi chica nadie se mete! Eres una puta, Chelsea. Una puta ciega que no ve el increíble sacrificio que hice por ti. ¿Acaso debo enseñarte otra lección?

Una corriente eléctrica recorrió su espina. No quería siquiera pensar en esa "lección". « ¡Es solo un amigo, nada más! ¿Por qué no me deja en paz y se busca otra? » Su ex estaba comenzando a incomodarla, estaba inquieta ante sus acciones erráticas en una medida desconcertante. ¿Necesitaba eso precisamente una noche tan agitada como esa? No, claro que no.

Ese fue el pie para que enchufara el móvil al cargador, lo apagara y fuera a abrirle a sus mascotas luego del pequeño momento para ir al baño. Los canes corrieron dentro directo a la habitación, ella fue por el pijama usado dentro de su maleta; se cambió, metiéndose bajo las sabanas con un gusto amargo en la boca. Se durmió aferrada a Polly-Sue, la cual roncaba como un humano cualquiera de mediana edad.


Esa chica era demasiado estúpida, llegó a la innecesaria conclusión mientras se dirigía más al sur de la ciudad. Tonta, entrometida y sobre todo bastante linda. Cabello oscuro, ojos amables, tal como le gustaba a ese cretino bueno para nada. Aferró sus manos al volante negro de cuero, rostro iluminado por el tablero anaranjado del coche rentado. ¿Realmente pensaba meterse a los sistemas con la tarjeta de su madre? Fue demasiado idiota, tenían ojos por todas partes. Lo veían todo, ella era la designada para ponerla en su lugar si hacía falta. Pagarían bien por una cabeza entrometida, nueva en las filas de la organización no gubernamental con más renombre del mundo. Un extra provendría si lograba llevar una muestra de la sangre a los altos mandos en el país del sol naciente; viviría en las Islas Caimán con los bolsillos llenos sin tener que preocuparse nunca más por nada ni nadie.

La destrucción fue entretenida de hacer luego de dormir con un sedante suave a esas bestias babosas. Nadie vio nada y eso que había actuado con la luz del alba, marchándose después de las ocho. Solía hacer bien su trabajo, así como lo hizo cuando camufló sus verdaderas intenciones en el pasado. La gente era inútil, no apreciaba en su totalidad el arte del mentir o engañar. Eran demasiado crédulos en su mayoría, actuando a favor de quien falseaba la verdad a su antojo. La parte más entretenida fue arrojar la ropa al suelo, destrozar los cuadros (debía reconocer la buena mano de la estúpida metiche) con maldad exacerbada, volcar los muebles pesados. Muchos no daban nada por sus brazos delgados, pero esos mismos voltearon una cómoda de aproximadamente sesenta a setenta kilos vacía.

Al llegar al motel rentado, bajo otra identidad, analizaría el disco de aproximadamente un terabyte de información, rebuscaría algunos datos interesantes y de paso destruiría otros. Seguramente tenía cientos de fotos, videos o canciones de música, todo lo apto para hacer un perfil mucho más exhaustivo de quien era su siguiente objetivo si no se quedaba quieta. Las manos delicadas de la muchacha debían meterse en otra clase de masa, no en la que estaba intentando hacerlo. Ya guardaba un poco de ella de lo más rápido para buscar, sus jefes pensaron en todo hacía muchísimos años por lo que llevaban detallando lo previo a su nacimiento. La madre era un geniecito de primera, destacada alumna de universidades británicas prestigiosas y llevaba conexiones con familias poderosas.

Sin contar con su trabajo en Umbrella y el proyecto E, lo más codiciado desde que hubo una época de oro para la investigación de agentes infecciosos.

Sonrió ladinamente para acomodarse un mechón rebelde de cabello azabache, girando su centro de atención en la peluca cobriza usada esa mañana. Mierda, se encontraba realmente ansiosa por movilizarse nuevamente… Aceleró un poco más mientras sintonizaba otra estación de radio más actual mediante el comando satelital del coche. Estaba de buen humor: pronto tendría otro billete jugoso en su cuenta bancaria.

¿Qué rostro tendría cuando vio la mitad de sus cosas en el suelo? ¿Habrá llorado? Prejuzgándola un poco tenía rostro de damisela en apuros quien lloraba por nimiedades. Sus ojos avellanados, de color ámbar, nariz recta perfectamente triangular, rasgos definidos y suaves curvas en el mentón y barbilla, junto con labios carnosos, de esos de apariencia que le sentaba bien colores oscuros. De haber tenido los medios hubiera dejado una pequeña cámara espía, así se deleitaba a unos kilómetros de distancia con el sufrimiento de la cría.

Sin embargo… Mierda, el mono lucido en la fiesta de año nuevo le iba fenomenal. Poseía un porte digno de realeza con un cuerpo esplendido a la par que esbelto. De haber sido otra la situación hubiera envidiado a muerte el tamaño del busto o las curvas de las caderas, ya que ella solamente tenía unos pechos pequeños y no tenía un trasero destacable. «Pero al otro tonto le encantó y eso que no hice exactamente un esfuerzo para engatusarlo. Pobre, es medio imbécil.»

Llegó al motel unos veinte minutos después, extenuada por el desorden divertido y con deseos de saciar las dudas sobre el contenido del disco. Cogió un morral de tela algo gastado de color azul marino, se recepcionó para luego recibir la llave de su habitación y se encerró en la misma, donde tenía una heladera pequeña llena de porquerías al igual que gaseosas sin azucares. Abrió un sándwich comprado en una estación de servicio cercana, junto con una lata de Pepsi Max; cogió su viejo ordenador, fiel amigo de todos los trabajos realizados desde que se involucró con la compañía y el disco. Lo insertó en un aparato especial confeccionado para ser fácilmente conectado mediante un puerto USB, la tasa de corrupción de la memoria interna era mínima respecto a otros métodos.

Dio un buen mordisco y presionó el botón de encendido, recostándose sobre su estomago en la cama de dos plazas algo gastada por los años de actividad. « ¿Por qué la comida rápida siempre tiene mejor sabor? Demonios, este sándwich está de muerte.» Esperó al inicio del sistema, ingresó su contraseña dándole un sorbo a la lata bien refrigerada, conectó el disco unos segundos después. El sonido característico del sistema operativo al recibir corriente externa, notificando un dispositivo conectado, llenó sus oídos. Una ventana pequeña solicitaba información de qué hacer a continuación con el periférico: seleccionó abrir carpeta para ver los archivos.

Del terabyte de información la mitad eran imágenes, música y videos familiares de lo que parecía ser fiestas de cumpleaños. Pasó algunas fotos de la anterior dueña cuando todavía se encontraba en el instituto, viendo fotos tomadas en clase, videos de bromas pesadas en los laboratorios de ciencias de la escuela a la cual asistió y algunas obras musicales donde interpretaba algún músico o tocaba instrumentos. Nada que valiera exactamente la pena. Pasó aproximadamente mil doscientos treinta y cinco archivos de texto, la mayoría siendo trabajos muy viejos para clase como también otros recientes para su universidad. Un pequeño número eran obras hechas por ella misma sobre un juego, cosa que le pareció tonto en un extremo. ¿Quién ideaba un personaje femenino llamado "Clara" en un universo post apocalíptico radiactivo?

«Es demasiado extraña.»

Encontró algunos correos guardados en formato digital, los abrió y solo vio una conversación furibunda con algún ex amante o amigo que se propasaba varias veces con ella. Entre los registros personales también había mensajes de índole desagradable de un sujeto para con ella, dándole a entender que era víctima de violencia psicológica y quizá física. Le extrañó ya que la veía fuerte, con una entereza indomable… Pero en los círculos de violencia nada estaba escrito sobre "el tipo de victima estándar". Sintió pena.

Se terminó el sándwich junto con la bebida, pasó alrededor de cuarenta y cinco minutos más revisando textos y más fotos sin encontrar nada interesante para su trabajo. ¿Había sido una pérdida de tiempo? Se negaba a aceptarlo, aunque sí lo era: nada estaba almacenado en esa computadora principal. Solamente archivos de una persona normal, con sueños y una habilidad bastante grande para crear arte digital. Se sorprendió saber que incursionaba dentro del mundo de las tres dimensiones con trabajos realmente buenos, sin embargo ella no estaba allí para ser juez en una convención de talentos manuales.

Perdió tiempo y energías en algo que no lo valió en absoluto. «Pero se vio claramente que accedió a la red de su trabajo con la credencial de su propia madre, y extrajo cosas vitales de la mayoría de los casos donde estuvo trabajando al igual que la compañía se veía involucrada. ¿Dónde carajo lo dejó todo?»

Quizá dejó algún recoveco sin revisar, un cajón sin abrir… ¡Algo! Enojada, arrancó el disco de su ordenador, arrojándolo contra el suelo violentamente. Este se hizo añicos al entrar en contacto con la superficie dura, dejando los datos perdidos para siempre.

« ¡Cría asquerosa, lo guardó en otro lado donde no pude encontrarlo! Voy a tener que hacerle una visita nuevamente…»

Sus jefes no estarían contentos de saber que falló en otra misión. Juraron perdonarle la falla del transporte de al bio arma más poderosa desarrollada con ese trabajo tan sencillo. Esta vez no serían tan cordiales con ella cuando llegara a las oficinas con las manos vacías. Se tragaría una reprimenda gorda.

La próxima vez incursionaría cuando ella estuviera en la casa, así de paso le daba una paliza o algo por el estilo por hacerle perder valioso tiempo. Después de todo, Loretta Travis sabía hacer pagar a sus enemigos. Mia White, mejor conocida como Mia Winters después de casarse con el zángano de Ethan, se los ganó; Loretta los remataba sin temor alguno.


Unas dos semanas después de que fuera la genial fiesta, Ethan tenía los huevos por la garganta: el jefe máximo de la seccional pidió ver a todo el personal informático en la cafetería pasada la hora de llegada. Sus compañeros estaban igual de asustados ante la posibilidad de llevarse una advertencia gorda o peor, por lo que no ayudaba en absoluto. Lo conversó con su amiga unos días atrás, cuando el mismo Sebastian Longhorn se presentó en la oficina con cara de pocos amigos a anunciar la fecha de la reunión. Chelsea no fue exactamente una ayuda, diciéndole que si el mismísimo Longhorn los citaba es porque se encontraba tremendamente disgustado.

No era para menos: la seguridad informática del complejo y de la rama norteamericana estaba en juego. Preferiría cientos de veces por encima a un ordenador infectado con un virus antes que el hackeo general de los sistemas. ¡Se suponía que la BSAA tenía lo máximo en seguridad! Es como si el gobierno tuviera Windows XP corriendo en todos sus ordenadores y el server NT 2003 para la información más sensible.

Caminó por los pasillos con pies de plomo, cuidando todas las acciones realizadas en ese día tan… jodido; enfundados en unos borcegos negros de cuero legítimo que llegaron por correo la semana anterior: regalo de Marion; vestía el típico pantalón gris con un suéter azul marino y debajo de este la camisa blanca planchada a punto, cabello peinado pulcramente hacia los costados, facciones poco felices.

«Estoy que me cago del susto, ¿Y si me despiden?» Volvería a Texas con el rabo entre las patas, lo cual era una pésima acción porque le daría la razón a su madre cuando dijo "nada bueno puede augurar ese lugar". Trataba constantemente de ponerla a prueba, en especial con la idea de poder pasarlo bien con otra gente que no fuera siempre la misma. Extrañaba a sus amigos de toda la vida pero se sentía enjaulado en un círculo de comodidad del cual trataba de despegarse un poco; sus nuevos amigos no estaban tan mal, pasaba buenos momentos con ellos. Salieron el sábado anterior a un bar tranquilo donde bebieron cervezas mientras comentaban videojuegos de calidad.

« ¡La paso bien, mamá! ¡Para que veas que tu niñito favorito puede mudarse de ambiente cuando se le antoje!»

Había algo más… Aunque no lograba descifrar. Se encontraba muy oscuro todavía, como si estuviera cerrado bajo mil llaves y debiera encontrar una por una para saber qué narices era. Sentía a ese motivo exacerbado en tamaño como la razón por la cual no se iba a la mierda. ¿Tenía prisa por correr el velo? En absoluto. De cualquier manera le incomodaba tener asuntos sin descubrir o sin resolver. Repetía en su cabeza la canción All That She Wants de nuevo como cuando la escuchó por primera vez, un consuelo al coco preocupado en ese momento. Viró por el pasillo hacia los ascensores tratando de infundirse confianza a sí mismo: si logró sobreponerse a la muerte acechante, podría con un jefe enojado.

De cualquier forma no sabía cuan enojado estaba.

Presionó el botón de llamada, montándose al aparato una vez las puertas se abrieron. Iba solo, no sabía si era buena señal o una pésima. Faltaban diez minutos antes de la reunión. Descendió suavemente llegando a destino en unos segundos; salió con rostro neutro, aún infundiéndose confianza a medida que se acercaba al pasillo que daba a la cafetería. La incertidumbre se acrecentaba.

Se encontró a varios compañeros de los demás edificios esperando fuera de la estancia, la cual poseía sus puertas dobles de metal brilloso cerradas. Desde las ventanas circulares en la abertura se podía apreciar la luz del interior, seguramente estaban preparando todo antes de la gran reprimenda.

Lo que no sabía era que todos los empleados del predio estaban siendo citados ante semejante malaria en los servidores. Longhorn necesitaba, o más bien quería, una explicación ante tanto desastre. Se había marchado en unas merecidísimas vacaciones a Tokio para pasar un tiempo lejos del trabajo, recibiendo una llamada de quien estaba al mando en su ausencia informando del jolgorio no apetecible. Adelantó dos días su vuelo para regresar a DC, molesto como pocas veces.

Se aproximó a Darío y Steven, quienes charlaban con Tim acerca de cosas varias; saludó cordialmente a los muchachos unos años menores a él, pero con corazones amables cual adulto mayor. Chocó sus puños con cada uno para luego unirse a la charla. Al parecer ahora le tocaba escuchar el enojo del jefe a los que realizaban trabajo administrativo, Ethan se preguntó si su amiga estaba dentro. Se acercó a la puerta para mirar por la ventana de las mismas, descubriendo en el fondo de la sala a su amiga castaña sentada al lado de unos chicos quienes probablemente tendrían la misma edad. Rostros aburridos se encontraban en cada uno de los presentes.

«Hoy todos somos niños de diez años de nuevo.» Se dijo al volver con los muchachos a charlar sobre coches. Al parecer Tim logró conseguir una buena financiación para finalmente cambiar su automóvil del año dos mil cinco por uno flamante cero kilómetros. Estaba extasiado y ansiaba probarlo en la carretera.

—Suzie está que no entra de gozo, no hay nada más lindo que verla sonreír de la manera en que lo hace. —un hombre enamorado siempre encontraba estimulado por el estado de felicidad de la otra parte—. Mierda, ya quiero que mis padres lo vean.

— ¿Irás este fin de semana? —preguntó Darío, quien se encontraba de brazos cruzados.

—Lo más probable. Hace rato que no hago acto de presencia en esa casa, mis padres creen que me olvidé de ellos después de irme con mis suegros a pasar el año nuevo.

—Al menos no son un incordio como los míos, siempre fijándose en que hago o dejo de hacer. Parece que mi padre le dará un ataque la próxima vez que se entere que me acosté con una mujer por puro placer.

Alguien más la pasaba feo como él, se dijo, lo cual lo reconfortó un poco. Steven resopló al acabar, acomodándose un mechón de cabello negro que cubría uno de sus ojos.

—Mierda hombre, quizás si les mostraras que sentarás cabeza en algún momento puede ser que no te fastidien de nuevo.

— ¿Qué dices, Tim? Apenas si tengo veinticuatro, sentar cabeza es para alguien de treinta o más. Tengo plena conciencia de mis actos y de lo que está bien o mal. A la mierda complacer a dos vejestorios que se mueren por ver a su tercer hijo casado.

—Al menos no sales con chicas más jóvenes que tú, ¿O me equivoco, Ethan?

Los tres se echaron a reír; el rubio metió las manos en los bolsillos mientras sonreía.

—Sigo soltero, gracias.

—Esas fotos de año nuevo no dicen lo mismo, ¿Eh, pillín? —lo empujó suavemente. Las pecas de Darío junto con su cabello castaño rojizo le daban un toque único—. El viejo Darío sabe que la carne joven es sabrosa, pero suele dar dolores de cabeza de vez en cuando.

—Mira que la cría Chelsea es un bombón, pero madre, tiene una historia detrás que da miedo. La respeto porque me parece alguien muy centrado a su edad, igualmente esa madre suya… ¡Uf! ¡Qué mujerón!

La forma en que lo dijo le dio un poco de repulsión. Emily era una mujer bella, bellísima si podía admitir, sin embargo dejaba mucho que desear en otros aspectos. Seguía poseyendo un rostro joven con pocas arrugas pese a estar cerca de los cincuenta, cautivaba bastante a otros hombres como Steven.

—Solo me saqué un par de fotos con ella, no quiere decir otra cosa. Es mi amiga chicos, nada más.

— ¿Amiga? Uf, falta poco para escuchar "me la tiré el sábado pasado" —rieron—. En serio: es una chica fenomenal con una determinación férrea. Me cae bien y creo que somos los únicos cuatro que pueden decir eso dentro de todo el complejo.

— ¿Saben lo que dicen las lenguas? —Tim tomó una postura extraña, alzando las manos y gesticulado de más, típica cuando se ponía a hablar de chismeríos—. Se dice que entre ella y uno de los compañeros de equipo hay algo. El alto, ese Dennis Atkins. Hijo de padre cercano al gobierno, bigote de hace ochenta años o más.

—Ese crio tiene una reputación intachable. ¿Crees que los dos opuestos puedan congeniar bien?

—No lo sé, Suzie conoce a la vecina de Chelsea y una vez que fue lo vio ingresar a la casa de forma apresurada. Eran como las diez u once de la noche y esa no es la hora de tomar una tacita de café.

«Se acuesta con alguien ¿Qué hay de raro con eso? Es libre de hacer lo que quiera.» Su rostro cambió un poco al escuchar aquello aunque fue por una milésima de segundo. No pasó inadvertido por sus colegas.

—Parece que al grandulón le afecta que "la chica de las fotos" se tire a Atkins —se mofó Steven, quien fingía secarse lagrimas invisibles al tiempo que simulaba llorar—. Tranquilo, hombre. Solo debe ser algo con Netflix o así. Sexo libre de culpas como me gusta a mi.

—Ojalá pudiera rebobinar el momento y ver en el instante justo en el que al buen Ethan se le rompe el corazón —rió Darío.

—Es oficial: bésenme el culo los tres. —Llegaron Orlando y Edwin a la ronda, con rostros algo preocupados por lo que pasaría en tres minutos o menos—. Muchachos, ayúdenme con estos atrevidos, ¿quieren?

—Arréglatelas solo, jefecito. ¿Qué no tienes muelas de juicio para hacerlo por tu cuenta?

—Ahí va con las muelas de porquería —se quejó Edwin, golpeando sus costados con las manos antes alzadas—. ¿Puedes dejar de usar frases de tu abuelo o bisabuelo una vez en la vida, Or? Das miedo.

El aludido estaba por replicar en el momento en que las puertas se abrieron y los que ocupaban la sala salían de la misma, murmurando cosas entre ellos acerca de lo acontecido. Solo unos pocos rezagados se quedaron dentro, incluyendo Chelsea y sus colegas. Los demás fueron ingresando pese a los otros cuatro jóvenes que se encontraban rodeando al jefe particular del edificio cuatro y administrativo, Kirkmann, junto con Longhorn. Ethan esperó a que saliera para ingresar, Tim prometió guardarle un sitio en uno de los bancos de la cafetería para cuando terminara; le guiñó un ojo en el momento en que la castaña se aproximó a él.

Tenía gesto cansado impreso, se rascaba la sien izquierda en repetidas ocasiones y su piel se encontraba demasiado pálida para ser normal, sudaba a mares. Tenía un pequeño tic en el ojo derecho mientras le hablaba de lo "bien" que fue todo.

—Solo puedo decirte que te prepares con una paciencia kilométrica. Eso es todo. Mucha suerte ahí dentro, hombre. —Estrecharon puños—. La vas a necesitar.

—Gracias, supongo.

—Pásate por mi oficina cuando tengas un momento, me gustaría saber qué les dice a ustedes.

—Lo haré. —Evaluó su estado una vez más en el momento en que la de ojos ámbar resopló, secándose una capa profusa de sudor en su frente con el dorso de la mano—. ¿Te encuentras bien? Pareces un cadáver viviente hoy.

Lo miró con ojos entrecerrados.

—Muy bonita forma de decir "te ves fatal". Estoy algo mareada, ahora que subo comeré una barra dulce a ver si se pasa esto.

En realidad no era producto de presión baja, sino otra cosa más preocupante. Se despidieron con un saludo y él ingresó. Las puertas se cerraron justo cuando se sentó en el lugar reservado por su amigo, por la otra puerta de ingreso al otro lado de la habitación entró el jefe máximo de la división de sistemas.

Lance Standall era un hombre delgado, con buena musculatura y rostro marcado por el paso de los años. Una mole solían decir sus amigos acerca de su afición de hacer ejercicio desde joven. El cabello antaño negro ahora se encontraba completamente blanco por el paso de tiempo y pérdida de producción de melanina. Aunque era un jefe estricto solía juntarse con los que trabajaban bajo su comando cuando tenía unos minutos libres a charlar de cualquier cosa. La gente de sistemas lo quería bastante, en especial cuando tomó el lugar después de un no tan "carismático" jefe.

Saludó a los asistentes indicando el tema de la reunión que ya sabían desde hacía unos días. Longhorn comenzó luego de que Standall le diera el pie para hacerlo, revelando la consternación que llevaba desde que se enteró de lo sucedido. Se mostró molesto por las medidas de seguridad sobrepasadas por el perpetrador del ataque, aunque felicitó el accionar de los equipos de los cuatro edificios para entrar en acción antes de que mayor cantidad de información fuera vulnerada. Platicó sobre la necesidad de crear un muro más alto obligando así a los atacantes a pensárselo dos veces, al igual sobre la necesidad de proteger el doble o triple toda la información sensible de la ONG.

Ethan perdió el hilo en el momento en que volvió a retomar la palabra su jefe de sección. Realmente era tedioso escuchar por parte de un tercero, el cual no se encontraba en el momento del incidente para vivirlo en ese fatídico día. Todos los jefes de más alto rango eran iguales, siempre intentaban dar una lección de algún tipo a sus "súbditos" mientras que ellos se las podían llevar de rositas. Se cruzó de brazos al tiempo que reclinaba su espalda hacia la mesa, suspirando aburrido ante la posible hora en donde se viera allí metido.


Al final fueron treinta minutos más de la hora. En un instante determinado creyó quedarse dormido, siendo despertado violentamente por el codazo de Orlando en el momento justo donde Longhorn posó su mirada oscura y rasgada en el grupo de la cuarta mesa. Cuando se da cuenta el tipo lo estaba mirando fijamente; creyó verlo leer su alma ante tal mirada calma pero colmada de significado. «Si supiera que su tono monótono sirve para dormir, le pediría que se grabe hablando para escucharlo después de una pesadilla. El tipo se haría millonario con eso.» El aludido era millonario, provenía de una casta de gente importante con conexiones en distintas empresas dentro del país. Ni hablar de sus dotes como soldado junto con las grandes referencias dentro del ejército.

Sebastian Longhorn poseía todo lo necesario para ser respetable como también temible, salvo por la voz aburrida provocadora de una somnolencia mucho mayor que una tarde nublada sin nada para hacer. Acabó la sesión luego de escuchar "ahora vayan y cumplan al ciento por ciento sus obligaciones" por parte de ambas figuras de poder. Agradeció a todos los santos habidos en el conocimiento humano por aquel regalo tan hermoso. El grupo de seis se encaminó a la puerta primero, cuchicheando sobre todo lo explayado allí dentro.

— ¡Como duerme ese tipo! —Tim estiró los brazos hacia arriba, meneando la cabeza hacia los costados haciendo sonar su cuello—. ¡Me duermen más que una maratón de Harry Potter!

— ¿Otra vez con lo mismo? Das asco Tim, no sabes de buen cine —fiel a su franquicia de películas favorita, Edwin lo empujó justo cuando estaba bostezando—. Metete con algo de tu tamaño, pequeñín.

—La verdad es que me decepcionas, Ed. Un tipo inteligente como tú que ve esa niñada mágica de mierda. ¡Mira películas de hombres rudos con el pecho peludo en algún momento, hombre! ¡Demuéstrales a las chicas de lo que estás hecho!

— ¿Duro de Matar atrae a las mujeres? Ay, Tim, sigo sin saber cómo mantienes una novia.

—Querido Orlando: chúpame el culo. Con amor, Timothy.

Ethan soltó una carcajada al tiempo donde todos se detenían frente al ascensor. Presionó el botón de llamada para luego voltear y mirar a los amigos que se reían de la pelea por películas. Se cruzó de brazos intentando mantener una expresión seria para aparentar encontrarse en desacuerdo con las cosas dichas o hechas, sin embargo en el momento en que Tim le dio una cachetada amistosa a su víctima no pudo evitar echarse a reír.

—Son incorregibles todos ustedes. No sé cómo puedo trabajar con tantos idiotas juntos.

—Tú nos amas, Ethan —exclamó Darío desde el fondo—. ¡Somos las novias que no tienes!

—Claro, porque necesito exactamente cinco novias distintas ahora.

—Nos falta Chelsea y somos seis, mejor numero par ¿Eh?

Todos se echaron a reír salvo Orlando a quien no le causó mucha gracia. No concebía ni de coña a su amigo con esa mocosa descerebrada ni tampoco quería ver esa pareja si en algún momento (por casualidad del destino o alineación planetaria) se consumaba. Todos se callaron entre risas en el momento en el que carraspeó con la garganta algo inquieto; Steven no pudo callarse ni un segundo más.

—He aquí la más celosa de los cinco —el aparato se abrió e ingresaron desternillándose de la risa—. Tranquilo hombre, que puedes echarte un polvo con él cuando quieras. Ninguno te va a quitar tu día de la semana.

—Dan asco, les juro por Dios que no sé si son mis enemigos o amigos.

—No vivirías un día sin nosotros, jefecito. Acéptalo.

—Ed: bésame el culo.

Descendieron una vez alcanzado el segundo piso, los tres primeros viraron a la izquierda luego de darse empujones y codazos divertidos a modo de despedida. Los otros tres continuaron por la derecha; Orlando se llevó la mano a su cabeza en el momento en que recordó haber olvidado comprar algo para comer, se divirtió tanto en el último tiempo que su estomago se mantuvo tranquilo para permitirle gozar un poco. Cogió a su compañero del brazo empujándole a acompañarlo a la cafetería o al menos a una de las maquinas expendedoras; si no consumía un bocado de cualquier cosa moriría de inanición. En el momento en donde comenzó a tener deseos de potar por el hambre su acompañante le gritó sobre cortarle el pescuezo si le arrojaba bilis o algo parecido sobre su ropa limpia.

Los observó marcharse con una sonrisa impresa en sus facciones; meneó la cabeza para luego girar sobre sus talones y proseguir su camino directo a un destino en concreto. Se alegraba de haberlos visto marchar ya que la seriedad de su compañero y amigo le pareció un poco desmedida. Se notaba a la legua que estaba prejuzgándola sin conocerla del todo. «Chelsea puede ser pretenciosa, irritante, sarcástica o enojona pero es muy buena persona. Tiene un corazón de oro y una voluntad de hierro. Me hace acordar a Allysha después de todo el conflicto con su ex pareja.»

Se hizo una nota mental para luego enviarle una felicitación por su segundo hijo con su actual esposo. Las fotos del pequeño con cabello mota, piel oscura y mejillas redondas eran preciosas, derritiéndole el alma. Ojalá algún día encontrara la persona ideal para casarse, formar una familia y ser feliz, olvidando toda la mierda del pasado como también el karma que le cayó como un yunque. Si su querida amiga lo consiguió librándose de Twain, él podría todo eso y más.

Caminó con paso tranquilo por el pasillo directo a la oficina de su amiga, preguntándose qué almorzaría ese día. Se le antojaban algunas papas rusticas al horno con algún filete o podría salir a disfrutar de una buena hamburguesa en alguno de los veinte lugares de comida rápida esparcidos por la ciudad; ir a lo simple con Burger King o arrojarse a los brazos de Wendy's a comer pesado. Gastar dinero o ahorrárselo para otra ocasión. «Es uno de esos dilemas que no deja dormir a las personas por la noche. Siempre se puede dejar guardado el dinero, pero el sabor de una hamburguesa triple es incomparable.» Le sucedía lo mismo cuando alguien le decía "¿Por qué no cocinas en tu casa en vez de comprarlas?" y solamente se le ocurría una respuesta muy simple: "no se me antoja hacerlo".

El sabor tampoco era el mismo; pese a todo el colesterol, grasas y demás gozaba como si estuviera teniendo sexo al comer una hamburguesa cuádruple o más. El país donde residía era experto en comidas rápidas en extremo abundante, y como buen estadounidense comía los tamaños extra grandes gozando de la posibilidad de no engordar mucho por el metabolismo rápido de parte de su familia paterna.

Se rascó la barbilla sopesando las posibilidades a tomar en el instante en que ingresa a la oficina de su amiga perdido en sus pensamientos, sin percatarse de que la de ojos ámbar se encontraba tirada en el suelo inconsciente. El pitido incesante del reloj lo despertó de sopetón, quedándose de piedra en el lugar cuando la vio en el suelo sin moverse. Corrió a su lado luego de murmurar "mierda" quitándose el suéter que llevaba y haciéndolo un bollo, colocándolo bajo la cabeza de la joven con cuidado.

Alerta: recuento de viriones superior a cuatro millones. Posibilidad de infección generalizada: muy alta.

Observó con atención la sintomatología que la aquejaba: piel blanca casi translucida, por donde se podían distinguir las venas, hervía al tacto; respiración entrecortada de variable frecuencia, donde parecía sufrir una apnea para continuar con su movimiento ascendente y descendente errático; el pulso era muy débil, apenas si pudo encontrarlo en el momento en que le cogió la muñeca y contó las pulsaciones percibidas. ¿Qué hacía? Convertirse en presa del pánico era la peor opción imaginable ya que la vida de su amiga pendía de un hilo, y volverse loco no ayudaría en anda

—Mierda. —Se levantó con rapidez, corriendo detrás del escritorio para registrar en el bolso—. ¿Dónde está?

Encontró de todo salvo el objeto de mayor importancia. Necesitaba el pequeño estuche que contenía el aplicador automático con el pequeño recipiente contenedor de vidrio, con la muestra del suero dentro. No estaba por ningún lado dentro del bolso gigantesco, solo encontraba toallas higiénicas femeninas o un set de limas de uñas. Desistió rápidamente rebuscando por los cajones con la mayor velocidad posible. Él tenía uno, claramente, pero hasta que fuera a su oficina y lo cogiera de su morral pasarían unos valiosos segundos en donde podría dejarla morir injustamente. Debía encontrar ese maldito pedazo de metal reforzado o Chelsea Vickers se moriría.

Después de rebuscar en la segunda gaveta se pasó al tercero, dándose cuenta que necesitaba una llave especial. « ¡¿Dónde está la jodida llave?! Piensa, Eth…» De ese mismo cajón ella había extraído un tubo pequeño de oxigeno cuando él se encontraba mal. « ¡La llave! ¡La extrajo de su collar!» Volvió corriendo, apartándole el cabello que cubría el cuello y cogió la joyería no muy gruesa; de un tirón se soltó, debería pagarle el arreglo cuando la situación de alarma se controlara de forma definitiva. Ahora solo importaba salvarle la vida.

Rodeó el mueble con prisa, introduciendo la llave para luego girarla dos veces. La gaveta se separó un poco del resto, abrió lo más rápido que pudo. Además del tubo de oxigeno había un estuche igual al suyo que llevaba consigo a todos lados, salvo que ese ejemplar estaba cubierto de pegatinas en forma de corazón o con el nombre escrito con corrector de tinta blanco; las esquinas del mismo se encontraban desgastadas por el uso. Lo cogió, agachándose nuevamente al lado del cuerpo inerte. Comenzó a temblar violentamente; transpiraba profusamente por el nerviosismo innato de ese instante crucial. Gotas caían al suelo proveniente de sus sienes y frente. Lo abrió, tomó la jeringa junto con el tarro pequeño de vidrio y cargó una dosis alta para un caso de urgencia.

« ¿Emily recomendó hacer qué cosa para cuando estuviera así?» El cuello, directo al cuello si la situación era desesperada. No había tiempo para esperar al mismo pulso natural del infectado lo llevara a todo el cuerpo por medio de la herida primordial; insertó con prisa en la aorta presionando el embolo con su pulgar sudoroso como errático. En el segundo en que estaba por retirar el inyector del cuello una mano rápida se aferra a su brazo; Chelsea giró la cabeza, ambas miradas se encontraron. Curvó sus labios de forma descendiente en el momento en que comenzó a ejercer más presión por la zona del agarre.

El corazón del rubio latía desbocado en el pecho, parecía salírsele en cualquier momento.

—Vas a estar bien —dijo devolviéndole la mirada—. Tranquila, todo saldrá de perlas.

No le respondió; tenía la mandíbula tensa, apretaba con fuerza los dientes al punto en donde parecían estallar. No tenía más hacer por lo que recurrió a lo típico hecho con sus sobrinos más pequeños cuando tenían cólicos o se sentían mal: acarició su frente con dulzura mientras una batalla nerviosa se libraba en su interior. Si quería asegurarle sobre como todo saldría bien, debía encontrarse en un estado emocional similar pese a la fuerza hecha sobre su brazo bueno. Se sentó en posición de loto a su lado trazando círculos sobre la frente, susurrando como todo se calmaría hasta el punto donde volvería a ser ella misma.

¿Lo haría? ¡Pues claro que sí! Hizo su trabajo como siempre: a la perfección; su amiga estaría bien y bromearían sobre el incidente una vez pasado el tiempo. Chelsea siempre se las ingeniaba para terminar bien, lograr burlar a la muerte eran uno de sus pasatiempos predilectos y ser un punto de interés andante con sus historias de victorias sobre La Parca lo entretendría por años. Repetía una y otra vez cual mantra sanador. «Hice bien mi trabajo, ella estará bien y nos reiremos de esto en un futuro. Hice bien mi trabajo…»

La presión ejercida comenzó a disminuir al tiempo que soltaba un gemido lastimero, cogiéndose la cabeza por los costados. El dolor punzante ante la eliminación del exceso del agente siempre era terrible, infernal para quien lo padecía. No solo era extremadamente incomodo sino que engullía parte de las células sanas en el interior, el mecanismo de curación interno exacerbado entraba en marcha en conjunto, como si fuera una pelea sangrienta donde ambos bandos perdían cientos de soldados. Agotaba como pocas cosas en la vida dejando al paciente durmiendo por horas en un estado de inconsciencia o increíblemente exhausto. Continuó acariciando su rostro creyendo lograr su función, se le partió el alma al verla llorar quedamente soportando semejante martirio. «Las cosas malas siempre le pasan a las personas buenas. No hay forma de escapar a eso.»

Lo soltó, cambió su posición arrodillándose. Se mordió el labio al no saber qué hacer a continuación. Debajo de la fachada de chica ruda se escondía alguien que sufría enormemente, en especial con lo relacionado a la infección. La temperatura en su piel siguió elevada pero las venas comenzaron a deshincharse como también volver a su coloración natural; la piel retomó ese color sonrosado vivo y saludable; la respiración se fue relajando conforme pasó el tiempo. Veinte minutos después fue capaz de decirle unas palabras aún en posición fetal.

—Gracias. Me salvaste el culo a mí y a muchas personas más.

—No agradezcas, es lo que hacen los buenos amigos.

—Si: te inyectan antes de que te conviertas en una fiera asesina. —Miró con rostro extrañado, la castaña sonrió levemente desde el suelo—. Esta es la parte en que espero escuchar un "¡Ja, muy bueno!" de tu parte.

—Dejémoslo para otro momento menos tenso —consideró siempre fiel a su estilo—. Además es hora de almorzar y muero de hambre. ¿Crees que puedes levantarte?

— ¿Ya? —Miró su reloj de pulsera para luego soltar un suspiro colmado de fastidio—. Me pasé casi una hora en otro planeta, genial.

—Relájate, que casi me arrancas el brazo bueno y muero de un ataque al corazón.

— ¿Dejarte lisiado en el otro brazo? Mejor dejarlo para otros. —Lo vio fruncir el ceño—. Era un chistecito.

—Uno fuera de lugar —aseguró enderezando la espalda sin dejar de mirarla—. Deberías replantearte algunas contestaciones, a la gente puede molestarle tanta libertad de opinión.

Ahora quien se molestaba era ella. ¿Censurarla? ¡Ni en broma!

—Si los demás son flojitos sentimentalmente no es mi problema, soporté la censura durante mucho tiempo y no pienso volver a hacerlo.

Ethan no entendía a qué hacía referencia. ¿Su mamá? ¿La familia? ¿Un ex novio? Probablemente la ultima por asociación muy pobre, recordando la vez en la cual intentó hablar de él para ser reprendido con un simple "no tenemos el nivel de confianza para eso". No discutiría con ella; la ayudó a enderezarse, cogió su suéter y se puso de pie. La joven lo observó con la espalda apoyada contra el escritorio.

—Si te sientes bien te espero para almorzar fuera. Si no lo haces será la próxima.

Chelsea se cruzó de brazos con una mueca y cejas fruncidas. Así que a eso se reducía todo…

—Reforzaré mi carácter y almorzaré por mi cuenta. Descuida.

Más irritado que nunca se vistió la prenda mirándola con enfado.

— ¿Sabes? Puede que algunas personas estén en lo cierto contigo. Nos hablamos luego.

Y se fue. Se iría a comer solo esa puta hamburguesa gigante con un combo de papas y gaseosa extra grande, no necesitaba de alguien irreverente para pasar el rato. Para eso tenía otros amigos o pocas pulgas. Una parte de él le decía que dejarla en ese estado tan descolocado no era muy cristiano de su parte, sin embargo la parte ofendida clamaba con antorchas y tridentes que se alejara antes de que demostrara el verdadero enojo que Ethan Winters podía demostrar.

Entró a su oficina, cogió la chaqueta de abrigo como sus objetos personales marchándose justo cuando sus compañeros ingresaban contándose chistes el uno al otro y esperando unir a Ethan en el proceso. Chocó con ellos disculpándose de forma hosca, yéndose a disfrutar de la compañía más preciada para él en ese instante: la suya.