Dentro del cabaré, el ambiente era muy distinto a cualquier otro en la ciudad. Parecía sacado de una película en blanco y negro de los 40's y coloreado en una gama de colores que cansaba la vista. Dondequiera que mirara era rojo, incluso el sofá en donde estaba sentado. Pepe había cumplido su promesa de ponerlos en asientos de primera fila, justo frente a la pasarela que salía del escenario. Y claro, el telón también era rojo. Las luces tenues le agregaban aspecto de misticismo. La herencia francesa del dueño estaba muy presente en la decoración. Las camareras se paseaban de un lado a otro luciendo vestidos de falda corta con corsé, mientras los jóvenes que atendían el bar usaban esmoquin. Uno de ellos les había llevado una botella de su mejor vino y bocadillos raros. Gourmet había dicho Porky.
La gente a su alrededor vestía de forma elegante y juntaban sus copas en brindis. Era evidente que no eran de esos barrios. De hecho, él y Porky destacaban y no sólo por estar en la zona VIP; Daffy parecía un delincuente en todas sus letras y, aunque Porky había tratado de vestirse para la ocasión, su ropa delataba su clase social. Ahora sabía la razón por la que el gorila de la entrada no los había dejado pasar en un principio. Les había preguntado si se encontraban en la lista, «Claro, soy el Conde Leopoldo Von Lichtentain» Respondió Daffy, aguantando una carcajada al ver al estúpido guardia revisando su dichosa lista. Después Pepe había interferido y los había llevado a sus asientos.
Habían pasado al menos quince minutos desde entonces.
—M-mu-muy lindo ¿No, Daffy?— mencionó su acompañante, viéndolo tratando de descorchar el vino con una navaja de bolsillo. Su expresión cambio drásticamente al notar su mano vendada— A-a-anoche no tenías e-e-eso.
—En una noche y un día pueden pasar muchas cosas, panzón—dijo restándole importancia, pasando por alto el tono preocupado de Porky. No iba decirle que se había lastimado a si mismo de nuevo en un arranque de furia. Era innecesario que lo supiera.
Su compañero lo miró un rato con sus pequeños ojos porcinos, antes de cambiar de tema. Aun así, sabía que no iba a desistir en sacarle la verdad.
—Me s-si-siento un poco mal p-po-por no haber traído a Coyote y Sylvester.
—Ya los conoces. — Logró destapar la botella y vertió su contenido en una copa de cristal— Este no es su ambiente. Si no es un lugar donde puedan romper cosas, garabatear paredes y armar escándalo, no es de su interés. — Tampoco era de su interés, sólo había asistido por insistencia del gordo. Mientras Pepe le pagara por la protección del lugar, a Daffy le daba igual si en aquel lugar traficaban órganos humanos. Incluso empezaba a pensar que debía cobrarle más. Se notaba que el negocio tenía éxito.
Las luces se apagaron sin previo aviso. Un par de reflectores apuntaron al telón de terciopelo rojo, que se abrió de par en par mostrando un grupo de hermosas bailarinas. Iniciaron el show con el ya tradicional baile del Can-can. Después de eso, la noche prosiguió con más tranquilidad, entre números de baile y canto. El moreno incluso se carcajeo con el acto de un comediante marionetista, pero sabía que estaban allí en busca de una cantante y, para su desgracia –ya que no tenía ganas de quedarse mucho tiempo-, nadie había llenado sus expectativas. Ninguna de las chicas poseía el tipo de voz que estaba buscando para la banda. Eran demasiado dulces o suaves y nada tenían que ver con una banda de punk rock.
El telón se cerró una vez más, para luego dar pasó al último número de la noche. Daffy agradeció por eso. Se sentía fuera de lugar en aquel sitio, como una mancha negra en el lienzo blanco. La aguja en el pajar. Siempre aparentaba seguridad en sí mismo que en realidad no sentía, pero no podía (no quiero) mostrar ninguna clase de debilidad. Quería irse de ese lugar, lleno de personas con vidas lujosas y banales, para llegar al bar de Speedy a retar a alguien. Tal vez si Bugs se encontraba allí, ahora sí podría partirle la cara.
El sonido del piano tocando una ligera melodía era lo único que se escuchaba. El público estaba en silencio. Todos olían la proximidad de algo interesante. Los reflectores apuntaron hacia el piano en medio de escenario. Daffy se levantó un poco para ver mejor. Sentada en el banquillo tocando el instrumento, estaba una bellísima mujer.
— ¡¿L-Lo-Lola?!— escuchó gritar a Porky a su lado, pero no le hiso el menor caso.
—Damas y caballeros, con ustedes la señorita ¡Bonnie Rabbit!— dijo la voz de Pepe a través de los altavoces.
La chica continúo tocando el piano con notable maestría. Hasta que se levantó, caminó hacia la pasarela y un muchacho continuo tocando en su lugar, cambiando notablemente de ritmo. La bella mujer tenía un bien proporcionado cuerpo en forma de reloj de arena. Pechos voluminosos y caderas anchas, enfundados en un vestido rojo de lentejuelas que dejaba ver sus largas piernas. Cabello rubio platinado caía por su espalda. Ojos coquetos de largas pestañas delineados en negro y labios carnosos pintados de carmín. Era toda una diosa, pero había algo raro en ella. Algo que Daffy estaba seguro sólo él había notado, con su aguda vista para los detalles.
La rubia se acercó al micrófono al final de la pasarela. Justo frente a Porky y él. Les guiño un ojo de forma juguetona y entonces Daffy se dio cuenta. Esa sonrisa cínica que no había dejado de dar vueltas en su cabeza desde la noche anterior. Los dientes frontales salidos, disimulados por el labial. Ahora resultaba tan ridículamente obvio. De pronto le llegaron unas ganas terribles de burlarse de todos los hombres del público que tenían la boca abierta ante ella.
El chico del piano comenzó a tocar con más energía y los demás miembros de la banda sonora se unieron a él. Un pegajoso ritmo de Jazz llenó la sala. La chica sostenía el micrófono con una mano, esperando su momento. Se veía tan hermosa sólo estando parada en el escenario, parecía que tenía luz propia. Comenzó a cantar al poco tiempo y Daffy no podía creer lo que escuchaba.
El moreno abrió mucho los ojos, esperando que sus oídos no lo engañaran. Se volvió hacia Porky, quien parecía igual de sorprendido. Ninguno había oído algo parecido antes. La voz femenina fingida más perfecta. Algo rasposa, pero potente y acorde al estilo de la música. Cantaba notas largas y agudas con facilidad, mientras se movía en el escenario como si huera nacido para ello. Tomó aire antes de terminar la canción con la última nota, más larga que todas las anteriores con un vibrato que la dejo sin aliento. El telón se cerró, esta vez definitivamente.
— ¿Y bien, gordo?— preguntó Daffy, volteando hacia Porky. — ¿Era Lola Banney?
— Nu-nu-nuestros oídos no s-sa-sangran, así que no e-e-era ella.
—Espérame aquí. — avisó el moreno levantándose. Divisó a Pepe entre la multitud. Se encontraba de espaldas a él, charlando con gente que parecía importante.
—Francesito, ¿Dónde quedan los camerinos?— dijo, captando su atención.
—Detrás de aquella puerta a la izquierda, Monsieur Duck, pero que…— Antes de que pudiera terminar la frase, Daffy ya se encontraba yendo al lugar indicado, muy tranquilo con las manos en los bolsillos.
No le costó encontrar el camerino de Bonnie Rabbit ya que era la última puerta al final de un largo pasillo y el letrero que había frente a ella llamaba la atención. Puso su mano sobre el pomo, no muy seguro de que quisiera abrirla. Divagó un instante, antes de decidirse
Del otro lado, encontró a Bugs Banney sacándose las medias, sentado frente a un espejo. Ya se había quitado la peluca y su pelo grisáceo estaba revuelto, sin embargo, su cuerpo seguía luciendo como el de una mujer. Una atractiva mujer.
—Es de mala educación no tocar, doc— dijo Bugs sin inmutarse. Daffy estaba tan distraído, que no captó a la primera.
— ¿No tocar que?— preguntó, sin apartar la vista de las piernas del otro. Ni siquiera se había dado cuenta de lo poco sutil que estaba siendo.
El de cabello gris de caminó hacia él. Tenía el vestido desabrochado e iba cayéndose lentamente por el movimiento.
—Puedes tocar lo que quieras— susurró a su oído con su falsa voz de chica, haciendo que se al moreno se le erizara la piel y volviera en sí.
—Ya basta.
El chico se alejó, continuando con su actividad anterior. Se sacó por completo el vestuario, dejando al descubierto el bra con relleno y el apretado corsé que le proporcionaba curvas femeninas. Arrojó la prenda al sofá de forma que a Daffy se le antojo muy sugerente. Prefirió apartar la mirada mientras Bugs se cambiaba, poniendo atención en una foto de Jessica Rabbit –la popular cantante de los 40- que estaba pegada en una esquina del espejo.
—Tienes una gran voz— dijo el moreno después de un rato, tratando que el comentario pareciera casual. Siguió ignorando el "espectáculo" que el otro le estaba dando.
— ¿Viniste nada mas a decirme eso?— El chico volteo inmediatamente. Su voz no sonaba con reproche, al contrario, era un tono pícaro que iba acorde con su sonrisa de oreja a oreja. Era irritante.
Sus miradas se encontraron y, aunque nunca lo admitiría, se sentía un poco intimidado (atraído esa era la palabra) por los ojos azules/violetas. El delineado negro les agregaba intensidad innecesaria.
—No, de hecho…— Le hubiera gustado no pasarse la mano por la nuca, porque era un signo de nerviosismo y debilidad y lo que menos quería era bajar la guardia ante el chico de pelo gris. — Tengo una banda de rock y eres exactamente lo que busco.
Bugs siguió mirándolo antes de responder (joder aparta tus malditos ojos antinaturales de mí). Se levantó de su asiento y se acercó al moreno, sin dejar de batir sus largas pestañas. Lo sujetó por la cadena que rodeaba su cuello, acercándolo a su rostro.
— ¿Rock? No es lo mío, nene —Continuaba con su falsa voz femenina— Lo siento, pero no.
No podía apartar la vista de él. Sus labios aún tenían restos de carmín y de cerca le parecía más atractivo. Además, su olor era tan exquisito, como para que un perfume llevara su nombre. Dio unos cuantos pasos hacia atrás, tratando inútilmente de hacer distancia, hasta que se topó con un viejo sofá. Se sentó en contra de su voluntad y antes de darse cuenta, tenía a Bugs sentado en su regazo, con su pecho desnudo muy cerca de la cara.
—Entonces, doc ¿No has venido a nada más?— dijo el de cabello gris casi ronroneando, incitándolo. Paso un dedo por el cuello de Daffy, bajando a sus pectorales y finalmente a su entrepierna.
El moreno se dejó hacer, cerrando los ojos. Sintió el cálido aliento de Bugs en la barbilla, una leve mordida y luego sus labios rozando los suyos. Todavía tenía la mano cerca de su miembro. Fue entonces cuando reaccionó.
Se levantó de golpe. Bugs cayó de espaldas.
— ¿Es obligatorio que cuando esté contigo termine en el suelo? Eres un pesado. — dijo, riendo.
— ¡Vete a la mierda! ¡Yo no soy un maldito marica!— Tuvo la intención de darle una patada, pero se contuvo.
Salió del camerino azotando la puerta. Caminaba a toda prisa, dando pasos largos. Apretaba tanto los puños, que sus uñas amenazaban con clavarse en sus palmas. No le importaba, tampoco le importaba que la venda de su mano derecha volviera a estar cubierta de sangre. Había abierto la herida por el esfuerzo, pero todo daba igual. Estaba como en trance. Ajeno a sí mismo. Fuera de su cuerpo. Cuando se ponía así, no sentía dolor alguno. Pero quería, con todo su ser (muérete muérete algún día te matare escuchare tus huesos romperse) hacer sentir dolor a otros.
Regresó al lugar donde estaba Porky, acompañado de Pepe.
— ¡Nos vamos ahora!— gritó y su voz le sonó lejana.
—Da-da-daffy, ¿Qué sucedió?
— ¡Dije que nos vamos!— gritó de nuevo, más fuerte y amenazante. Porky retrocedió instintivamente. El moreno se dirigió a la salida y su acompañante lo siguió.
La fila frente al local se había reducido de forma considerable, debido a la lluvia. Daffy caminaba un par de metros delante de Porky, sin detenerse siquiera a mirar si su amigo seguía ahí. En ese momento, en su mundo no había nadie más que sí mismo. Todos eran intrusos. Bugs era el peor de todos (se burló otra vez y yo se lo permití soy un imbécil) Había querido seducirlo y por poco lo lograba. Lo peor es que no le había desagradado su contacto. De Bugs. De otro hombre. Se encontraba repulsivo.
No quería volver a verlo. Nunca. Jamás. Si lo encontraba de nuevo lo mataría. Y no quería volverse un asesino. No todavía. No con él. Era demasiado irreal para morir. Era demasiado exótico. Daffy incluso lo consideraba perfecto. Una flor que crece en el pavimento. Sus ojos eran el universo. Su aroma digno del mejor perfume. Su voz era puro éxtasis para los oídos. Pronunciar su nombre hacia que los labios le cosquillaran. Era una experiencia casi divina.
Rompió la ventana de un auto con el codo. (¡Deja de pensar estupideces!). Su amigo se acercó corriendo.
—No quiero tenerlo cerca, no quiero nada que tenga que ver con él. Si lo veo, lo mataré. Lo mataré ¡Maldita sea, voy a matarlo!—murmuró, de forma casi inentendible. Tenía la mirada perdida.
— ¿D-de-de quien ha-hablas? Daffy, ¿Qué su-su-sucedió?
El moreno lo ignoró. Se pasó la mano por el pelo mojado para apartarlo de su frente. Se recargó en el auto y respiro hondo. Continúo caminando, a paso más lento. Volteo de reojo para ver si su compañero iba tras él. Así era. Eso lo tranquilizo un poco.
—Vámonos a casa, gordo— dijo con su tono de voz habitual. Porky suspiro de alivio y asintió.
Con sus cortas piernas, le costaba seguirle el paso al moreno. Además, le preocupaba que la lluvia se volviera una tormenta de un momento a otro. Lo único que quería era llegar a su casa a tomar algo caliente y tratar de charlar con su amigo. Si sabía cómo llegarle, tal vez le diría que era lo que lo había puesto tan furioso.
Pero lo que sucedió después fue tan rápido y sorpresivo, que no pudo hacer nada para evitarlo. Del lado contrario de la calle, se acercaba una pareja joven, un chico y una chica tomados de la mano. Daffy aun parecía ausente, así que no noto su presencia. Tropezó con el chico desconocido. Si tan sólo este se hubiera quedado callado y hubiera continuado caminando, nada habría sucedido.
—Hey, amigo. Fíjate donde caminas— El muchacho no había utilizado un tono hostil, mucho menos sonaba enojado, sin embargo, había sido suficiente para Daffy.
Pronto, el ingenuo chico estaba en el suelo, con el moreno sobre él. Su puño, el que tenía vendado, arremetía contra la mandíbula del chico. Igual que la joven que lo acompañaba y Porky, no lo había visto venir, así que no hubo tiempo de defenderse. Los salvajes golpes no se detenían. La chica lloraba y gritaba pidiendo ayuda. Porky sintió un escalofrió recorrer su columna y se quedó paralizado.
La sangre emanaba en gran cantidad. Lo que antes había sido un rostro atractivo, ahora se encontraba irreconocible. La chica gritaba más que antes y su llanto incontrolable hizo reaccionar tanto a Daffy como a Porky. El moreno se levantó del suelo, soltando al muchacho. Se limpió la sangre en su pantalón y se fue.
