Porky sujeto con fuerza la taza humeante de té para calentar sus manos. En el exterior la tormenta se hacía cada vez más intensa y no parecía que fuera a desaparecer en un largo rato. Miró la modesta sala de su casa, pensando en la suerte que tenía. De entre sus amigos, él era el único con algo que podía llamar hogar. Daffy también poseía casa propia, pero era un lugar vacío, para nada cálido y el moreno prefería pasar el mayor tiempo posible lejos de allí. Coyote rentaba un miserable cuartucho, con nada más que un viejo colchón y un par de mantas, en un edificio en el centro. Sylvester era un caso aparte, pues siempre variaba su lugar para dormir. A veces Speedy lo dejaba quedarse en el bar, otras veces iba a importunarlos a ellos para que le dieran posada. Como fuera, la casa de Porky era el lugar de reunión favorito para la banda.

También agradeció –y en parte, lamentó- ser el único con alguien a quien pudiera llamar familia. Cuidaba de Priscilla como si fuera su propia hija y trabajaba muy duro para mantenerlas a ella y a su abuela. Aun así, el saber que, tras una agotadora jornada la pequeña lo estaría esperando, hacía que todo valiera la pena. Sabía que ese sentimiento de tener a alguien por quien luchar lo había mantenido como hasta ahora. No podía pensar en la clase de camino que pudo haber tomado si Petunia no se hubiera presentado con la niña en brazos aquel día. ¿Se habría convertido en alguien amargado y sin rumbo como Sylvester? ¿Se habría metido en negocios ilegales y peligrosos como Wille? ¿O habría atentado contra su propia vida como Daffy? No se imaginaba siendo como Daffy de ninguna forma. Había algo en su amigo que andaba muy mal. Pero no podía culparlo, ni a él ni a los demás, por ser como eran. Habían tenido vidas duras. Por eso intentaba unirlos como una familia. La idea de la banda solo era un pretexto.

—Oye, gordo. ¿No tienes algo más fuerte para esto?— la voz de su corpulento amigo lo sacó de sus pensamientos. Daffy se encontraba acostado en el sillón, con toda su arrogante actitud, señalando la taza de té que le había dado momentos antes.

— ¡Ya te-te-te acabaste t-t-todo el whisky de mi abuela! — protestó, sentándose frente al moreno. Trató de no poner atención a las manchas de sangre en su pantalón o a las cicatrices y tatuajes de su torso. Lucía realmente intimidante. Y lo era.

Daffy ya no dijo nada. En cambio, dejó su taza en la mesita y puso sus brazos tras la cabeza para acomodarse mejor. Porky no había mencionado nada de lo que había pasado con la joven pareja. Unas horas antes, después de que Daffy lo dejara con la chica y el muchacho inconsciente, él los llevo al hospital. Allí había sido interrogado por la policía. Negó conocer al atacante y dijo que solo pasaba por ahí cuando sucedió el altercado. Tuvo suerte de que no preguntaran nada más, pues la policía ya conocía la delincuencia de la zona y, por la vaga descripción que dio la chica, pudo haber sido cualquiera, considerando que era un barrio principalmente negro y latino. Ya en su casa, había encontrado al moreno acostado en su sofá, como si nada. Priscilla lo había dejado entrar.

Porky tragó saliva y se armó de valor.

― ¿Q-q-que sucedió?...En l-los camerinos, q-q-quiero decir.

Daffy, quien se había acostado dándole la espalda, no se inmutó.

― Bugs Banney, eso sucedió ― dijo con voz ronca. Porky entendió de inmediato.

― No-no me digas q-que él...

― ¡Y no solo eso! ― se dio la vuelta y se levantó de golpe ― ¡El cabrón trató de seducirme!

Porky se sorprendió. A pesar de no haber tratado mucho con el hermano de Lola, no pensaba que fuera de ese tipo de hombres.

― Y-y-y supongo que lo d-de-dejaste casi muerto ¿No?

Daffy miró al suelo. Su expresión de ferocidad se esfumo en un instante.

― No... Salió impune de nuevo.― Se sentó, sin dejar de mirar el suelo.― No pude hacerle nada. Solo se quedó ahí, riéndose de mi ¡¿Cómo es posible que solo nos hayamos visto dos veces en la vida y ya me ponga los nervios de punta cada vez que pienso en él?!

Parecía que hablaba más para sí mismo, pero a Porky no le importó. Esos momentos, en donde Daffy actuaba como si no hubiera nadie escuchándolo, era cuando realmente se sinceraba. Así el mayor había aprendido que su amigo era mucho más que una pila de mal humor y músculos.

― Pero eso no es lo peor, creo...que estuve a punto de corresponderle. ― El moreno tenía la mirada perdida ― Pero claro que no soy un marica ¡Eso es repulsivo!

― ¿Si-si-sigues teniendo l-los mismo sentimientos ha-hacia él? ¿P-po-por eso no quieres la-la-lastimarlo?

Daffy divagó la respuesta. Se quedó en silencio unos segundos, sin mirar a su compañero.

― Es un maldito suicida ― dijo finalmente. ― Se comporta como si no le importara nada... ― de nuevo se quedó en silencio, sin ver un punto fijo― Pero, a pesar de todo, él...él es...― hizo un ademán, como si tocara algo con delicadeza― hermoso.

Porky tuvo que reprimir una exhalación de sorpresa. El moreno seguía absorto en sus pensamientos, sin darse cuenta de lo que había salido de su boca.

― Qu-qu-que tarde es. Ma-ma-mañana tengo que i-i-ir al hospital. ― Dejó su taza de té en la mesilla, tartamudeando más de lo normal. ― ¿Mm-me-me acompañarías, Da-da-daffy?

El moreno se reacomodo en el sillón para dormir, dándole la espalda.

― Como sea, gordo― dijo con su habitual tono de voz ronco.

Subió las escaleras rumbo a su habitación, dejando a su amigo dormir en la sala. Pasó por la puerta del cuarto donde dormía Priscilla. La forma en la que la niña adoraba a Daffy y este le correspondía-a su brusca manera- lo enternecía y le hacía tener una visión diferente de él. Cuando estaba con la niña dejaba de ser un delincuente, dejaba de ser "Duck" Dodgers para convertirse simplemente en Daffy. Le hacía pensar que su amigo tenía reparo.

Pero no está roto Pensó para sí y sonrío.

No pudo evitar que a su mente llegara la imagen de Bugs Banney. Le había hablado pocas veces y lo que sabía sobre él era a través de Lola. Según ella, su hermano era el hombre más carismático, responsable, trabajador y amigable del mundo. Claro que Lola gustaba de exagerar las cosas. Bugs había cuidado de ella desde que tenía diez años y se habían trasladado desde Brooklyn hacía apenas dos años.

Recordó la primera vez que lo vio. Él merodeaba por el hospital cada vez que tenía tiempo para vigilar a su hermana. En una de esas, llegó cuando estaban charlando en la habitación de su abuela. Porky pensó que se trataba de alguien muy importante, pues vestía de forma elegante. Lola no había exagerado al decir que era carismático. Aun así, no le daba buena espina. Al igual que con Daffy, Bugs Banney le provocaba una sensación extraña y difícil de describir. Como si algo le dictara que tenía que mantenerse alejado, que había peligro. ¿Qué peligro podía haber en un chico escuálido de sonrisa amplia y ojos somnolientos? Sus propios amigos representaban más una amenaza, pero lo que Daffy le había contado solo acrecentaba esa sensación. Bugs no temía a Daffy. Daffy se sentía atraído por Bugs, pero se negaba a reconocerlo. Bugs estaba confundiendo a Daffy, ¿Por qué razón? ¿También se sentía atraído por él o solo se estaba divirtiendo?

Tal vez estaba sobre analizando las cosas. Se preocupaba por su amigo más de lo que debía.

Los rayos del sol se colaron por las separaciones de los tablones que tapaban las ventanas. La luz le dio a Daffy directamente en la cara, despertándolo. Se sentó en el sillón y pasó una mano por su pelo enmarañado. No le era raro despertar en casa de Porky, ya en muchas ocasiones se había quedado ahí con o sin el permiso del gordo. La pequeña Priscilla había sido su secuaz varias veces.

Caminó a la cocina, bostezando. El ruido de los trastos y las voces le indicaban que su compañero y la niña ya estaban despiertos también.

― ¡Buenos días, tío Duck!― saludó Priscilla con efusividad. Tenía las mejillas manchadas con mermelada. Daffy revolvió su cabello.

― ¡Hey, pequeña endemoniada!― Se sentó en la silla próxima a ella― ¿Que hay para desayunar, panzón? ¡Muero de hambre!

El desayuno transcurrió algo apresurado, pues tenían que darse prisa en llevar a la hija de Porky a la escuela y luego ir directamente al hospital a visitar a su abuela moribunda. Daffy nunca admitiría que sentía una clase de afecto por aquella anciana que en mejores tiempos había actuado de única figura materna para él.

Salieron de la casa a las nueve y media. Porky no tenía auto, aunque ya estaban bastante acostumbrados a caminar. Incluso no fue molestia para el moreno llevar cargando a la niña en sus hombros. Cruzaron una esquinar para toparse con un montón de mocosos enanos acompañados por sus jóvenes madres. No era raro ver a chicas de 16 años con tres hijos. Petunia había corrido con la suerte de solo tener una hija y ni siquiera se encargaba de ella, la muy zorra.

Esperaron a que Priscilla entrara junto con los demás para después seguir andando hacia la ciudad. No se habían alejado ni dos metros, cuando el moreno escuchó la voz infantil más molesta y chillona que había oído jamás.

― ¡¿Ya lo vieron?! ¡Priscilla tiene dos papás! ―Las risas de los demás niños se hicieron presentes ― ¡Y es que su padre es tan gordo que ninguna mujer iba a quererlo! ¡Por eso se juntó con ese esclavo marica! ¡Tu padre es gordo y tú vas a terminar igual, Priscilla!

Sin pensarlo demasiado, Daffy regresó donde la pequeña niña estaba quieta, sin decir nada.

― ¡¿Cómo me llamaste?!― gritó el moreno, haciendo que la mueca del niño frente a Priscilla se contrajera de horror. El niño tragó saliva pesadamente, viendo sin disimulo las cicatrices del torso de Daffy.

―P-pe-perdon, señor. Qu-qui-quize decir que...― El niño temblaba y parecía que en cualquier momento se orinaría en los pantalones.

― ¿A qué te refieres, tío Duck?―interrumpió Priscilla con su voz más inocente― ¿A la parte de "esclavo" o a la parte de "marica"?

En definitiva, la niña no había sacado para nada el carácter de su padre.

― ¿Acaso me veo como un marica?―preguntó en dirección al niño, quien negó con la cabeza ―Escucha, mocoso: Soy capaz de hacerle cinco hijos a tu madre antes de que tu padre siquiera se quite los pantalones.

Los chiquillos que se habían reído antes, rieron de nuevo. Una maestra corrió de prisa hacia la escena.

― ¡Discúlpeme, señor, pero no puede hablarle a un pequeño de esa manera!―gritó, abrazando protectoramente al niño.

―Vale, pero no deje que ese mocoso use palabras como "esclavo" y eso. Estoy seguro que Abraham Lincoln abolió esa mierda hace tiempo, a menos que su sistema educativo sea tan precario que ni siquiera lo sepan. ―Se encogió de hombros y se volvió hacia la niña para revolver su cabello nuevamente. Luego fijó su vista en el niño y la maestra― Te estaré vigilando, malcriado.

Si antes no había hecho que se orinara en los pantalones, esta vez sí que lo había conseguido.

Daffy fue con Porky y siguieron caminando. Ya estaba acostumbrado a que, en el centro de la ciudad, lejos de los barrios donde vivían, lo miraran mal o se metieran con él por ser negro. En realidad, ese tema ya le daba igual y hasta lo tomaba con humor con sus colegas (Solían llamarse entre ellos Nigger, Beaner, Honky, Redskin e incluso el amable Pepe no se salvaba de ser llamado Frog unas cuantas veces) Pero si algo no toleraba era que pensaran que de algún modo pudiera ser un "desviado", quien se atreviera a mencionarlo podía darse por muerto. El cabrón tenía suerte de ser un niño.

El United Community Hospital de Detroit era un enorme edificio grafiteado y deteriorado, que visto por los laterales, tenía forma de T. Los jardines que lo rodeaban se encontraban atestados de hierbas secas y parecía que nadie les había dado mantenimiento en un buen tiempo. Aun así, había varias filas de ambulancias y los para-médicos iban y venían.

Entraron a la recepción. Una chica muy guapa de inmaculada vestimenta blanca lo recibió con una sonrisa. Era rubia, de ojos azules y cuerpo despampanante. Daffy nunca la había visto, pero había algo extrañamente familiar en ella.

― ¡Bugs! ―la sonrisa de la chica se amplió más. El moreno se dio la vuelta, encontrándose frente a frente con un rostro similar al de la enfermera.

Habría preferido quedarse con la duda.

NOTA DE AUTOR:

Nigger: Término despectivo para referirse a los afroamericanos. Viene de la palabra "negro" en español y portugués. (Daffy y Sylvester)

Beaner: es un término despectivo usado en Estados Unidos para referirse a los mexicanos, o en general a los hispanoamericanos, similar al término "gringo" usado por los de habla hispana para referirse a los estadounidenses. El término tiene su origen en que en la comida mexicana los frijoles (beans, en inglés) son muy comunes. (Speedy)

Honky: es un antiguo insulto para la gente blanca utilizado en el sur de Estados Unidos y Reino Unido. Su origen exacto no es conocido. (Porky)

Redskin: es un término del argot que refiere a los nativos americanos en los Estados Unidos. En los diccionarios modernos de Inglés Americano se define con los significados adicionales "por lo general ofensivo", "despectivo", "insultante" y "tabú". (Coyote)

Frog: término despectivo para llamar a los franceses.