Parker se sentó frente a la adolescente con una sonda naso gástrica la cual alimentaba a la paciente, delgada en un extremo tan fuerte que ninguno de los dos adultos podía aguantar la mirada hacia ese cuerpo marchito más de cinco minutos. ¿Cuándo todo se fue tan a la mierda? No podían obligarla a comer, estuvo casi un mes entero con bocados pequeños de galletas saladas; los especialistas desalentaron la medida de forzarla a comer algo, dejándola peor que un esqueleto. ¡Su niña! ¡La pequeña que amaba desde el momento en que la conoció, al borde de la muerte por inanición! Si tuviera otro como él frente suyo lo golpearía hasta deformarle el rostro por haber permitido que todo pasara… Sin embargo pasó, desgraciadamente, y ahora Chelsea debía recuperarse por unas semanas en el pabellón psiquiátrico del hospital.
De nuevo.
La castaña les cogió las manos con sus extremidades huesudas, enfermizas, faltas de tono muscular. El mentón se marcaba filoso, las costillas se discernían sin más; las clavículas sobresalían de terrible forma. Se decidió después de una serie de discusiones en torno a ella, por parte de sus padres, quienes gritaban sobre "tú tienes la culpa" respecto a su inestable estado de salud mental. Se colocó las mejores prendas que disponía en su closet, encerrándose silenciosamente en el baño compartido mientras ambos adultos continuaban gritándose fieramente. Llevaba escondida entre el elástico lateral de sus bragas la caja de cuchillas nuevas, afiladas como nunca, para ponerse fin. Necesitaba que fuera la vez definitiva; no podía aguantar ni un segundo más. Siempre ocurrían problemas gracias a ella, no había más vuelta que darle al tema. La culpa siempre recaería en sus hombros por ser quien era, ese ser sobrenatural desde la infancia el cual era temido por sus cercanos.
Deslizó la cuchilla una vez sentada en la bañera con el agua llenando lentamente el mueble. Con las manos temblando como nunca lo intentó en su brazo izquierdo viendo como manaba el líquido vital por entre la herida de profundidad considerable; comenzó a temblar incontrolablemente a medida que la sangre brotaba por los cortes, el frio fue subiendo por sus pies hasta llegar a la punta de su cabeza. El mareo era imposible de controlar allí dentro, balbuceaba cosas sin sentido debido a la claridad faltante dentro de la cabeza que poco a poco se dormía gracias al faltante de oxigeno. ¡Lo conseguiría! ¡Pondría fin a una vida de pocos altos y abundantes bajos! ¡Adiós estrés postraumático de mierda!
Pero el hijo de puta comenzó a actual sin previo aviso, el pequeño detalle del virus arruinando sus planes se materializó. Se puso de pie a como diera lugar, trastabillando en incontables ocasiones al tiempo en donde las gotas de sangre caían de sus extremidades al suelo de baldosas negras con lunares del baño; logró girar el pomo decorándolo con su precioso líquido 0+. Apareció por la cocina recientemente reformada con muebles ultramodernos y un frigorífico con posibilidad de recibir órdenes mediante una aplicación de móvil. Ambos progenitores ahogaron un grito en cuanto ella les llamó la atención, ingresando a la sala donde ambos se encontraban, enfrentados con la mesa como punto de separación, chorreando sangre.
Emily nunca en su vida olvidaría a su hija con los brazos chorreando sangre, de pie mientras la infección forzaba la curación de las profundas marcas hechas por una cuchilla que jamás detectó. Sin duda alguna era una pésima madre, peor que cualquier dictador de la primera mitad del Siglo XX. Dejó a su bebé al borde de la muerte, donde la misma intentó empujarse al precipicio donde terminaba la vida.
No merecía tenerla a su cuidado.
Chelsea aferró con fuerza ambas manos tratando de sonreír pese al nubarrón negro aún cubriendo su campo visual. Así intentaría animar a sus padres quienes probablemente se sentían pésimos gracias a su inútil existencia. Siempre le hacía daño a la gente a quien más amaba, era una mierda egoísta que solo deseaba matarse… ¿Pero tenía la culpa? No, claramente, solamente poseía una enfermedad mental la cual le empujaba a actuar y pensar así; se odiaba a si misma mucho más por hacerlos pasar por todo el proceso de internación psiquiátrica. También por el terrible dolor al final de su fosa nasal por el alimento con alto contenido calórico enviado a su estomago gracias a un aparato de bombeo, a su costado encastrado de un soporte para sueros.
¿Sería por mucho tiempo más el valle en su estado anímico o mejoraría con la gran cantidad de drogas licitas brindadas por el equipo de hospital? Una enfermera encargada de la paciente 1589 pasó a su lado, controlando la bomba otra vez más ya que la misma sufría algunos desperfectos menores. Depositó las siguientes píldoras en su esquema de medicación, dejando un vaso descartable medio lleno de agua para a continuación marchándose a notificar el cumplimiento de la medicación en la planilla correspondiente.
Al castaño le aterraba un poco el sector psiquiátrico en especial por una mujer en particular, esquizofrénica a quien comenzaban a tratar quien gritaba hecha un ovillo contra una esquina que "algo la estaba acechando y deseaba matarla". No le iba en lo más mínimo aquella división del sanatorio, sin embargo allí lograrían devolver a su bebé a las condiciones normales para volverla a llevar a casa a proseguir con el tratamiento. La contempló tomarse los medicamentos de una sola vez, "rápido como si tuviera vodka del puro" solía decir. Cogió nuevamente sus extremidades tibias, el tacto de la mano fría y huesuda le removió algo en su interior.
— ¿Cómo están todos? —preguntó con voz cansina—. ¿Ya pasó el peor susto?
No, claro que no; Jake no podía consolar a Sherry lo suficiente quien casi se presenta a los gritos en el sanatorio clamando por verla, la idea de que esa joven se muriera le daba los mismos sentimientos como si fuera el día en donde la internaron de urgencia al borde de la muerte, allá por el 2004. Moira envió un peluche enorme de casi un metro de altura, ansiosa por verla en su habitación correspondiente; la misma lloró de forma larga y tendida cuando se enteró de la nueva internación, intentando mantenerse optimista por los demás.
—Si —mintió descarada la rubia, quien se acomodaba las gafas de marco negro—, en los próximos días Chris va a pasarse por aquí.
—Díganle que no es necesario. No tiene porqué verme en este estado de mierda.
—Él insiste en hacerlo, cariño —aclaró Parker—, no habrá forma de detenerlo si desea venir a verte.
Claramente no deseaba ver a nadie más que sus padres. La tarde anterior se pasó Liam con Joe y los dos fueron por demás desagradables como visita. Liam la trataba como un bebé imbécil el cual solo se puso a jugar con una cuchilla por estar aburrida o intentar llamar la atención. Joe se dejó llevar por sus emociones al final del encuentro recalcándole lo mucho que él la necesitaba, solo por ser su novia no debía sentir o actual como si estuviera al borde de sucumbir ante sus demonios internos. No se arrepintió en absoluto haber llamado a la enfermera para informarle un "ligero" dolor de cabeza y desear volver a su habitación asignada en el pabellón. Fue una gran decisión por su parte haberlos alejado de su lado pese a ser las personas con las cuales compartió la mayoría de los recuerdos de su infancia.
A veces los amigos de años no eran la mejor compañía…
—Oh, antes que se me olvide —dijo la rubia al tiempo en donde abría su cartera enorme repleta de papeles, ordenes medicas como también estudios de su única hija; le tendió tres sobres perfumados de color violeta—: Dennis, Maysie y Andrew te envían esto.
Ese nombre… Maldito crio de mierda. Seguían teniendo mala sangre entre ellos producto de los celos injustificados en quien creyó poder confiar siempre producto de su relación con Joe. ¡Hasta amenazó con pegarle si su novio "se propasaba con ella"! Creía haberle dejado en claro con el empujón recibido que no se metiera en su relación así como ella no se metía con la suripanta de su novia. Esa carta la dejaría al final de toda la lista de buenos deseos o pronta recuperación. Puede que las intenciones de Dennis fueran buenas esa vez pero no olvidaba con facilidad el ser "una ciega de mierda" cuando de su relación solamente debía preocuparse ella.
Mucho tiempo pasó desde la última vez en la cual se mantuvo en contacto con la joven de cabellos claros y el muchacho de piel chocolate. Le agradó saberse aún presente en sus cabezas pese al distanciamiento del anteúltimo año de secundaria, esperaba encontrarse con ellos para volver a congeniar. Maysie sin dudas era una de esas personas agradables con las cuales charlar por horas creyendo solamente haberla visto segundos; siempre optimista con una cuota de humor alta junto con un talento para levantar ánimos excepcionalmente buena. La muy bastarda sabía bien leer a las personas como también sonsacarles información, por eso se apartó luego de oírle decir "ten cuidado con Joe, se anda de campeón por los pasillos pero tiene un aura muy oscura". No hay peor ciego que el que no quería ver, decía el refrán, y la castaña no deseaba ver lo más evidente.
Se mantuvieron los tres en un silencio tirante de emociones en donde no deseaban hablar para no romper la fortaleza del otro. Chelsea ya hizo sufrir nuevamente a sus adorados padres por lo que en ese preciso instante prefirió callar y sujetarlos fuertemente como si se escaparan de su vida. En el fondo los adoraba demasiado, pero su dolor interno se superponía a todo. Una enfermera amorosa se acercó para comunicarles el hecho de haber agotado los minutos de visita disponible ese día, y que la ingresada debía volver a su habitación a recostarse a descansar. Chelsea no podía pasar más de diez minutos de pie sin agotarse, perder el aire o marearse; las instrucciones de su psiquiatra fueron estrictas: reposo absoluto hasta no recuperar al menos diez kilos de peso.
Todo su cuerpo fallaba producto de la inapetencia que ayudó al adelgazamiento enfermizo. Sus análisis de sangre brindaron un panorama terrorífico a ojos de los especialistas, el camino a seguir era doloroso como también exhaustivo, pero si quería volver a ser ella misma debía cumplirlo. La joven miró el reloj negro colgado de una pared blanca aséptica, luego el cuadro que fallaba en mostrar un panorama bello y agradable a los ojos. Tocaba el intravenoso de magnesio y potasio, así como al finalizar el alimento rico en calorías los antidepresivos junto con los complejos vitamínicos.
Parker besó el dorso de la mano correspondiente a su agarre; Emily lo acercó a su rostro para oler a su hija en estado alarmante. Necesitaba el olor de su adolescente predilecta, la misma que pasó ocho meses y tres semanas en su vientre hacía ya diecisiete años. ¿Dónde estaba ese bebé sonrosado, baboso y risueño? Deseaba volver el tiempo atrás para corregir los puntos que llevaron a ese momento tan terrible. La enfermera de cabello negro cogió el soporte de la bomba alimenticia, conduciendo al esqueleto caminante llamado Chelsea Vickers de nuevo a su habitación al fondo del pasillo.
Parker abrazó con fuerza a Emily sin lograr reprimir las lágrimas de pena por la vida consumida de su hijastra. Si pudiera sacrificaría su propia integridad para salvarla de la enfermedad mental destructora de vidas.
La maravillosa relación de amistad que mantuvieron por más de tres meses seguía igual de resentida o peor; ambos eran tan cabeza dura que no cedían bajo ningún concepto. Las relaciones humanas llegaban a un punto donde se volvía una necesidad ceder para el otro ya que siempre había una parte equivocada y una acertada, sin embargo en esa ocasión Ethan y Chelsea consideraban sus razonamientos como la única verdad, la irrefutable, digna de aparecer en un libro a leer por las futuras generaciones. Chelsea despertó esa mañana con poca a nula paciencia ya que sus perros vomitaron, orinaron y hasta defecaron en el interior. Polly-Sue no se aguantó toda la noche, dejando un regalito monumental al lado de la puerta corrediza al patio; Dallas se pasó de listo comiendo de la basura, vomitando los restos de comida (fideos con salsa de champiñones) sobre el cubrecama; Rosie regó su desecho fisiológico por todo el living, el costado donde dormía su dueña y las patas de la silla donde se sentaba siempre a comer.
La situación fue bien al comienzo: los perros la saludaron aquella mañana con efusividad incontrolable típica de ver a su dueña de nuevo en estado de vigilia, ella les correspondió el "buen día" canino con besos, caricias y abrazos; todo cambió cuando se descubrió el cuerpo, sentándose hasta colocarse las pantuflas. Las mismas se encontraban humedecidas de forma escabrosa, le entró una arcada instantánea al sentir el contacto amarillento contra sus pies desnudos. Gritó "¡Rosie!" a más no poder, revoleó de una patada el calzado contra un costado de la habitación; corriendo los envió fuera a hacer lo suyo, descubriendo el reguero asqueroso de desechos perrunos en el proceso.
Insultó a todo el mundo, sin obviar a sus dulces compañeros de vivienda. « ¡Yo no puedo entender cómo es que los saco de noche Y ORINAN ABSOLUTAMENTE TODO!» La casa olía feo, empeorando todo limpió como una lunática dos días atrás por una descompostura de Polly-Sue luego de purgarse con un poco de césped SOBRE LA MADERA. Fregó la condenada superficie hasta que sus músculos no dieron a más, se dignó a repasar los muebles (quienes sufrían una capa de polvo considerable debido al poco tiempo e interés de la joven por realizar los quehaceres domésticos), limpió los utensilios de cocina usados como también los guardados; se dejó caer en el sofá antes de que se pusiera el sol ataviada aún con el delantal azul con inscripciones positivas un tanto ridículas.
Intentó jugar con su PlayStation 3 al Fallout 3, los dedos no le respondían a la hora de ejecutar los distintos comandos para disparar o proseguir por vigésima vez con una misión. Se quedó dormida en un momento donde pausó la partida, despertándose casi a medianoche aún vestida como "ama de casa".
Gruñó furiosa contra sus mascotas mientras cruzaba el patio congelado, temperaturas fuera de cuatro grados bajo cero, con pijama y un albornoz celeste viejo donado por su madre. El verde césped cubierto por una helada gruesa se le clavaba como puñales en sus extremidades inferiores, el agua dentro de la cubeta de plástico dolía más que una quemadura con ácido. Ingresó como pudo con el cuerpo entumecido del frio, se arrodilló cual esclava a dejar sus pisos en una condición aceptable para limpiarlos después de volver de clases… Recordó que hoy debía ir para la muestra de los malditos trabajos prácticos y ella seguía teniendo el suyo a terminar. Si hubiera podido llorar esa misma mañana lo hubiera hecho sin embargo era demasiado fuerte como para rendirse tan rápido. De cualquier forma su profesora entendió que "ingresaron a robar" a su casa y sus trabajos se vieron afectados de alguna manera.
Todo limpio en el suelo; ingresó a darse una merecida ducha caliente. Se quedó sin champú, debiendo salir con el cuerpo mojado junto con el cabello chorreándole de forma asquerosa por la espalda desnuda. Por suerte tenía acondicionador y jabón de tocador, una buena en su favor. Salió del baño envuelta en tres toallas (una para el cuerpo y la otra sobre los hombros por el frio pese a tener la calefacción del hogar encendida, la ultima envolviendo su largo cabello lacio) ingresando a la habitación, luego rebuscando en su ropero el segundo uniforme disponible para usar. Una vez localizado arrojó todo sobre la cama sin darse cuenta del manchón vomitivo; se sentó para comenzar a vestirse finalmente, más agotada en el principio de la mañana que cuando acababa una sesión de entrenamiento intensivo.
Se colocó el pantalón, todo iba bien hasta ese punto, salvo cuando se puso la camisa sobre la camiseta térmica. Sintió una masa fría como también babosa colarse entre las telas, la presión realizada pegó la mezcla de alimento balanceado y su cena con jugos gástricos a su espalda; no vomitó porque alguna entidad divina o algo le impidió hacerlo. Gritó nuevamente maldiciendo a sus mascotas hasta el hartazgo, peor a sabiendas de que era la última camisa limpia para usar con el uniforme. « ¡Voy a tener que arriesgarme a llevar una camiseta blanca cualquiera cuando está expresamente prohibido llevar otra cosa que no sea camisa!» Ahora la idea de castrar a todas sus mascotas se le volvió más atractiva que nunca…
Desgraciadamente el tiempo para desayunar en su propia casa se agotó en el momento en que cogió sus pertenencias laborales y miró el reloj colgando de la pared, el cual movía su péndulo sin cesar marcando que faltaban diez para las ocho. Pasó aproximadamente una hora de su tiempo vital para despertarse dedicándose a limpiar porquerías de su mascota sin poder dedicarse a desayunar para así comenzar el día cargada de energías. Los largó fuera con rostro lejos de ser amistoso, los tres canes dieron vuelta sus caras a la dueña y se pusieron a jugar entre ellos; claramente le molestó bastante, en especial debido al hecho de que ELLA era la que compraba la comida para mantenerlos vivarachos, se encargaba de llevarlos a vacunar (salvo las primeras vacunas de Dallas, quien llegó cinco años atrás a su vida mientras vivía con sus padres) y hasta de cortarles el cabello con la maldita maquina de pelar.
Cerró toda puerta, ventana o abertura al interior, esa vez llevaba consigo el pequeño disco de almacenamiento portátil adquirido unos días atrás en una promoción de Target. Su computadora vieja, con la tapa que se bamboleaba hacia delante y detrás junto con la mayoría de errores en el sistema operativo, ya no contenía un puto archivo de información. «Para que aprendan esos tarados mal paridos que conmigo no la van a tener así de fácil.» Cogió sus llaves del canasto propio para las mismas con velocidad y salió en camino hacia el Jeep Compass de unos años heredado gracias a Parker.
Mientras daba ignición al motor se dispuso cerca de su cuerpo la billetera para dar una parada bien rápida al Starbucks más cercano; ahora se tendría que beber un café gigante junto con una magdalena repleta de chispas de chocolate. Pidió por comando de voz, mientras ingresaba a la avenida transitada, al asistente virtual de su teléfono celular generar la orden al local de bebidas, la voz femenina dio el aviso sobre la orden ya efectuada, ahora solo faltaba pagar con la aplicación correspondiente una vez retirase el pedido. Cantaba alegremente al ritmo de Adele en su canción más fuerte sentimentalmente acorde a su conocimiento no muy extenso, la cual hacía años escuchó por primera vez hechizándola por completo. Rolling in the Deep iba directo a su ex pareja, quien la perseguía constantemente intentando infructuosamente volver.
Al cabo de unos minutos llegó a la puerta del local, sorprendiéndose al encontrar un espacio vacío en la calzada para estacionar. Bajó con prisa del coche, retiró su orden después de pagar y fue directo al trabajo balanceando su café humeante en el vaso característico reciclable. La magdalena estaba perfecta: esponjosa, las chispas de chocolate se disolvían al entrar en contacto con la boca, suave a su paladar. Se la terminó antes de estacionar en el único lugar disponible dentro de la amplia playa de estacionamiento, cerca de una pared no muy alta de color gris con un árbol quien filtraba sus ramas hacia el otro lado de la división. «No es muy cerca de la puerta de entrada pero no me quejo. Otros que llegan más tarde tienen que dejarlo fuera. » Hizo un bollo con el envoltorio y bolsa de papel proveniente de la magdalena dejándolo en el suelo del acompañante, donde yacían en el cementerio de la mala alimentación varias botellas de Gatorade de los entrenamientos, algunas bolsas de papas fritas las cuales ingería después de clases. Como poca gente se subía al coche podía dejarlo como siempre: cual chiquero.
Su madre detestaba subir o acercarse al vehículo si estaba desagradable, por eso mismo no se dignaba a recoger siquiera una mísera botella vacía. Ahora llevaba el control sobre su forma de vida, mal que le pesara a Emily, por lo que su auto podía ser una mugre si se le antojaba.
Salió al gélido día soleado de febrero, ese día era doce del mes en curso e intentaba evitar toda clase de recordatorio que pasaría el día de los enamorados sola como hongo. Se encontraba mejor sin nadie que mal acompañada. Caminó apurada en búsqueda del calor del interior de la recepción, bebiéndose el contenido con manos enfundadas en guantes de cuero negro. Presentó su credencial al dispositivo de marcado, prosiguió camino luego de oír el pitido de confirmación.
Hoy empezó mal la mañana y deseaba transformar ese mal trago en algo distinto, pensó mientras se acomodaba la bufanda gris increíblemente abrigada aunque esta le diera demasiada picazón en el cuello. Haría todo su trabajo sin quejarse ni una sola vez oyendo música dentro de su ordenador, pensando en las cosas fantásticas a hacer luego de marcharse del trabajo. ¿Qué la educación no fue su elección? Si, y era un bodrio tener que ir luego a lo mismo con el frio asesino de fuera, pero al menos no estudiaba algo que odiaba gracias a obedecer a ciegas la opinión de otro. Se dio una palmadita imaginaria en su hombro mientras avanzaba rápidamente por el patio interno bañado de luz solar, al menos su madre no logró meter su cola afilada en los sueños de un mejor futuro.
Se encontró con Daryl, un muchacho de unos años más que ella, siempre con expresión seria y con una apariencia de estar juzgándote constantemente; de no conocerlo de varios meses a años diría que era un imbécil, sin embargo era dulce como una tía amorosa. Hablaron poco prometiéndose en la hora del almuerzo participar juntos de una reunión con los de su piso a conversar. Se alejó del mismo un tiempo después en cuanto otra persona solicitó compartir palabras con él. Ingresó al pasillo que daba a su oficina con una sonrisa en el rostro pese a ver a su "amigo" caminar por la distancia del pasillo, quien se encontraba enfrascado en un papeleo importante sin prestarle atención a nada más. Depositó su bolso marrón oscuro al costado de la silla en el suelo, el café sobre una hoja gastada y marcada por las cuantiosas bebidas que ingería con el paso de las horas, su trasero en la silla negra giratoria mullida.
El ordenador se encontraba encendido debido a un reloj automático programado para las siete treinta de los cinco días laborales, listo para comenzar. Completó algunas tareas olvidadas el día anterior al ritmo de Gorillaz cantando desafinadamente acompañando al cantante. Su jefe la sorprendió a eso de media hora después de su llegada con más trabajo, le sonrió mientras cogía los nuevos papeles. Kirkmann quedó extrañado ante esa actitud tan "positiva" a esa hora de la mañana proveniente de la subordinada, acompañó el sentimiento de calma reinante en la habitación mientras estuvo allí dentro. Parecía una alegría tensa, como decidida a existir para aliviar el mal trago de levantarse con un día de frio intenso.
Chelsea lo vio salir; analizó las páginas dándose cuenta de la necesidad de una tarjeta especial para ese tipo de trabajo. Revolvió el bolso en búsqueda de la misma, pasó por su billetera y luego por los múltiples bolsillos internos de la campera de abrigo.
Nada en el interior. Eso podía atribuírselo a su terrible hábito de ser desordenada a propósito, el cual le pasaba factura cuando menos se lo esperaba; o se encontraba en el coche o debía recorrer todo el camino hacia su casa nuevamente para revolver en búsqueda del dichoso pedazo de plástico. Gruñó frustrada levantándose de mala manera, cogió el móvil, llaves del vehículo y la ropa de abrigo, saliendo de su oficina con trote rápido. En vez de esperar impacientemente el ascensor se fue directo por las escaleras bajando de a dos escalones, cruzó velozmente el patio interno y les pidió a las chicas de la entrada "estense atentas" ya que regresaría en menos de lo que cantaba un gallo.
Rodeó la edificación, entró de lleno en la playa de estacionamiento colmada buscando con la mirada su automóvil. Alzó las llaves recorriendo a la carrera la distancia, el cierre centralizado se abrió con un ruido de engranajes. Lo abrió rebuscando con la mirada ante una posible aparición « ¿Cuándo mierda dejo algo tan valioso en el maletero?» se reprendió a si misma cerrándolo con fuerza. Pasó hacia la parte trasera, ingresando a gatas y experimentando los mullidos asientos negros en sus manos; sin dudas Parker pensó en el mejor confort para los pasajeros obligados a viajar detrás. No vio nada en los bolsillos de las puertas ni tampoco en los que descansaban detrás de las butacas delanteras.
Cerró con violencia la abertura trasera muy enfadada: solo una prueba más y si fallaba debía ir directo a su casa en una hora de bastante tráfico con el riesgo de que sus jefes se enteraran de su ausencia. «Putamente fantástico. Enserio Chelsea, a veces te pasas.» Aunque si no quedaba más opción que volver informaría sin más dilaciones a Kirkmann sobre "debo volver porque soy un puto desorden en la vida", esperando su comprensión. Se aproximó a la abertura delantera totalmente sumida en sus pensamientos sin prestarle atención a dos detalles minúsculamente gigantes: una preciosa gatita de tres colores se encontraba sobre el capó del vehículo, enrollada en si misma durmiendo con el poco calor restante producto de la radiación del motor; el otro se encontraba sobre una azotea de un comercio cercano, con binoculares y sonrisa tenebrosa impresa en unos labios finos pintados de color rojo.
Posó sus delgados dedos sobre la manija blanca hasta percatarse de aquel bulto; casi se le sale el corazón del pecho para correr libremente por la calle en dirección al centro, se calmó al notar la bola de pelo de pequeño tamaño tiritando del frio. Se olvidó de la puta tarjeta (ya la conseguiría) por un momento, se acercó y acarició el lomo sedoso del pequeño felino. «Pobre criatura, estará muerto de frio…» Lo más probable ya que estaban pasando una mañana con una temperatura de tres grados bajo cero después de una noche con diez debajo de la temperatura de congelamiento del agua. Su corazón amante de los animales le gritaba "¡Cógelo!" aunque escuchaba la voz de su madre hablar sobre cuán desagradables podían ser esas criaturas: "no aportan nada de amor, viven lamiéndose y vomitando bolas de pelo. No señor, en esta casa NO tendremos gatos". La calló de un sopetón mientras se arrancaba la bufanda del cuello y envolvía al felino.
«Tres colores es hembra. Tengo una gatita en mi coche y la pobrecita habrá estado fuera mucho tiempo.» Se la veía faltante de masa muscular, sus caderas se marcaban en exceso y su carita estaba demasiado huesuda; la envolvió con su bufanda sintiendo, el animal maulló con su voz aguda propia de su estado de desarrollo ablandándole el corazón. ¿Tendría pulgas? ¿Parásitos? Debería correr a un veterinario para una evaluación profunda, se quedara con ella o no, así lograr conocer si sufría de un problema a largo plazo o se podría tratar en poco tiempo. « ¡Pero estoy en el puto trabajo! ¿Cómo voy a entrar con el jodido animal sin que me llamen la atención?» ¡Qué dilema! No solo surgía el inconveniente sobre ingresarla a su lugar laboral sino también el tema de no saber tratar con un gato, y solo existía una persona a quien confiarle este secreto sobre el ser vivo…
Lo llamaría una vez estuviera en una habitación caliente. Maldita fuera su suerte.
Un lado de su cabeza le decía lo irracional del tema de enojarse con él por un asunto tan banal como algo acontecido en un club nocturno, con varias copas encima y una confusión respecto a su persona. ¿Qué sentido tenía? Ya no era una muchacha de quince años con las hormonas por doquier y un apetito sexual en auge por el claro desarrollo de sus facultades. Pero… Uf, le dolió el comentario sacado a relucir sobre las opiniones de los demás. Ese tema sin dudas era complejo a la hora de tratarlo consigo misma o con su terapeuta de años. Más de una vez se le pasó por la cabeza el tema de ser amable con los demás ya que nadie allí dentro realmente la conocía en profundidad, sin embargo las acciones de los otros le indicaban un mejor paso a seguir si continuaba con la guardia en alto. Ya expuso su corazón en el pasado, siendo aplastado por las personas sin remordimientos; la coraza seguiría y al que no le gustara que le den.
Bajó el cierre de su abrigo acomodando como podía el bulto comprendido por la prenda y el animal, tragó aire y comprimió su abdomen hasta donde le llegaban las fuerzas para aparentar la menor tripa posible. Le gustaría estar del otro lado para verse entrar con una especie de tripa de embarazada cuando momentos antes salía sin él. Se metió dentro del coche para rebuscar una última vez la tarjeta encontrándola debajo de la butaca del copiloto con su foto sonriente hacia arriba. Cerró, pulsó el botón del llavero y se alejó una vez las puertas quedaron bloqueadas junto con la alarma activada.
Aparentó naturalidad pese a estar sujetando su abdomen por dentro del bolsillo, en recepción no notaron absolutamente nada extraño abriendo el molinete electrónico. No le dieron las piernas de lo rápido que caminaba producto de la inseguridad de ser descubierta con semejante "regalo" en su estomago, llegando a su oficina con los pulmones ardiendo al igual que las piernas. Se dejó caer en el sillón respirando entrecortadamente, se movía el abrigo gracias a la incomodidad manifiesta del pobre felino. Una vez fuera la chaqueta de nieve dejó sobre su regazo al animal envuelto, parecía un polluelo dentro de un nido armado por una madre amorosa. Cogió el móvil del bolsillo trasero, enviándole un mensaje de urgencia a quien seguía ocupando sus pensamientos debido a su penosa actitud.
Alerta, esto no es un simulacro. Necesito que te aparezcas por mi oficina AHORA. Tus consejos vendrían bien Y NO HAGAS PREGUNTAS.
Enviado. Lo soltó sobre la superficie abarrotada de trabajo mientras examinaba con atención el pelaje cubriendo la cabeza y lomo en búsqueda de pulgas o garrapatas. Estas últimas solían posarse en zonas con poco o nada de pelo, las orejas se encontraban libres de las mismas igual al resto del cuerpo. Si encontró algunos puntitos negros quienes recorrían velozmente la extensión del cuerpo, maldiciendo en voz baja ante la peste la cual azotaba al animal con terribles picores. Un centro veterinario podría encargarse del tema con un buen baño anti pulgas, una pipeta para una futura prevención si deseaba hacer duradero el efecto repelente de parásitos.
¿Pasó algo grave? Voy en un segundo.
«Este hombre tiene una pésima comprensión de textos, maldita sea. Seguramente si le escribo "compra leche" va a ir a tirarse por un barranco o algo.» Si podía excusar su comportamiento: escribirle "ven ahora sin hacer preguntas" no sonaba igual a "tengo galletas si quieres" o "¿vamos a tomar algo?". Sonaba a meterse en problemas si los demás se enteraban de algo, cosa que podía convertirse en una realidad si no tomaban las precauciones correspondientes. Ethan apareció con paso presuroso por su puerta, sorprendiéndose ante el bulto móvil. Casi se cae del susto al verlo movilizarse tan rápidamente, sin embargo apenas asomó la cabeza manchada con los tres colores se tranquilizó y entró sonriente ante la felina.
—Mierda, me hubieras dicho que tenías un gato encima.
— ¿Seguro lo interpretarías bien? Creo haber aclarado "no hagas preguntas" —se burló; se acercó a él con el animal en brazos—. ¿Qué se supone que haga con esta bola de pulgas?
Allí estaba esa maldita actitud de nuevo, pese a todas las molestias ocasionadas entre ellos producto de esa forma tan "peculiar" de actuar. Se tragó cualquier reproche formulado en su cabeza sin olvidarse de que para ella era un cura sin título.
— ¡Pues cuidarlo! ¡No es tan difícil! —Se la arrebató de los brazos acariciando con dulzura la frente, nariz y cuello—. ¿Dónde estaba? Se lo ve en un pésimo estado.
—Sobre el capó de mi auto. Fui a buscar algo y para mi sorpresa estaba hecho un ovillo en el centro, sobre el motor.
—Pobre ángel, debió pasar la noche fuera con el frio horrible. Se la ve muy flacucha…
—Lo está, eso sin dudarlo, y debo llevarlo urgente a una revisión ya que tiene unas cuantas pulguitas encima.
El rubio hizo una mueca de pena bastante graciosa frunciendo los labios y alzando las cejas pobladas del mismo color que su cabello. Removió el pelo del animal encontrando el tan temido parasito que en la antigüedad causaba estragos en la población gracias a las enfermedades transmitidas.
—No solo por las pulgas, probablemente no tiene ninguna vacuna dada y es un peligro juntarlo con otro animal.
—Y que lo digas —dijo cruzándose de brazos—. Necesita desesperadamente ver a mi veterinario de confianza pero no puedo salir ahora. Mi jefe me colgará de las cejas si ve que me fui sin avisar o que tengo un gato en el predio.
Ethan se llevó la mano a la boca, cubriéndosela al tiempo que elevaba la vista hacia un punto determinado evaluando las opciones que tendrían. El pobre animal necesitaba una atención lo más pronto posible, esperar a la hora del almuerzo para salir hacia el veterinario era una pésima opción; la vida del gatito podría estar en riesgo gracias al frio como también la inanición o deshidratación. Otra podría ser él yendo al negocio con la criatura ya que podría dejar a cargo a alguno de sus compañeros por un rato, ni Edwin u Orlando se mosqueaban si salía aunque tampoco eran demasiado frecuentes las ocasiones en donde lo hacía. Finalmente se encontraba frente al hecho de cubrir su puesto por el tiempo en donde estuviese fuera, él mismo, a la persona a quien necesitaba decirle ciertas cosas en la cara para intentar llevarse bien nuevamente.
Le explicó las tres deducciones a realizar, Chelsea hizo lo propio en su cabeza.
— ¿Realmente se ve tan mal? Recién se movía bastante dentro de mi chaqueta.
—Puede que fuera por la falta de aire dentro o que estuviese incomodo. Por lo demás se lo ve muy débil —levantó el nido de tela hasta sus ojos; lo que veía no le daba mucha ilusión de mejorarse en un pis pas.
—Mierda y más mierda —masculló rascándose la sien con fuerza. Su día definitivamente comenzó mal y ese triste momento era otro hito en la marca—. Tendré que mentirle al jefe un poco para librarme de esto por un buen rato.
— ¿Qué se te ocurre?
—Oh, no mucho. Es normal que tenga citas médicas con la mitad de los especialistas de la cabeza o médicos clínicos por análisis de sangre y demás. Diré que un análisis clínico salió alto y mi doctor Etckens desea verme para tratar el tema de forma urgente.
—Convincente —convino luego de asentir—. ¿Y si pide un certificado o algo?
—Esa es la parte graciosa —dijo mientras retrocedía a por su bolso; sacó de dentro la billetera, abrió un cierre dejando a la vista una infinidad de papeles de compras—, por algún lado de este desastre tengo la obra del mal… ¡Ajá! —Extrajo una hoja rectangular con algo escrito; Ethan enarcó una ceja preguntando con un movimiento rápido de la mano—. Una vez estuve varias horas en el hospital yendo y viniendo en medio de una rutina normal de análisis clínicos, llegaba tarde a clase por lo que mi hermoso medico clínico hizo este certificado para explicar el porqué de mi tardanza. No fue necesario ya que mi profesor de arquitectura clásica es un tipo genial.
—Dichosa de tener semejante suerte…
—No fue gran cosa, llegué solo veinte minutos tarde. Otros llegan a media hora de que termine la clase.
Cogió el teléfono posado en lado derecho del escritorio, marcó el número de interno al recibir la voz robótica del sistema automático y esperó hasta el levantar del auricular de Kirkmann. Replicó la llamada con tono exhausto para ser simplemente la mañana aunque obvió ese detalle, informándole de una visita de "urgencia" con su doctor de años debido a un problema en un estudio reciente. Le dio el visto bueno para marcharse de una buena vez, colgando antes de poder agradecerle aquel permiso. «Se debe haber peleado con su esposa o alguien más. En fin…»
—Volveré lo más pronto posible —dijo guardando lo necesario en su adorable bolso, se vistió el abrigo grueso mientras la contemplaban con atención—, avísame si sucede algo extraordinario en mi ausencia o si te interesa saber de la vida de esa gatita.
— ¿Eres una señorita? —Levantó el animal de nuevo hasta dejarla a la altura de su rostro, dirigiéndose a la mascota en tono infantil—. ¡Ay, corazoncito! ¡Una princesita que necesita socorro!
Se lo quedó mirando con ojos extrañados. No podía argumentar nada en contra de esa actitud ya que trataba de formas mucho más ridículas a sus propios perros; Polly-Sue siempre giraba su cabeza prestándole mucha atención en cuanto comenzaba a dirigirse a ella con tono chillón de niña de cinco años. Le arrebató a la felina de las manos aún con la mueca impresa en sus facciones, Ethan se cruzó de manos de forma defensiva excusándose en silencio. Le vio introducir el animal dentro de la chaqueta, cerrando la cremallera con dificultad; sin tragarse su estomago parecía una mujer en cinta de aproximadamente seis meses de gestación. No se cortó a la hora de decírselo.
—Dame un rato y entro en trabajo de parto. El obstetra dijo que tiene unas patas traseras de envidia.
—Ya, dime como va todo una vez sepas qué tiene.
—Como tú y yo estamos teniendo un secreto fuerte en el medio te garantizo que así será. Vuelve a jugar al Matrix en tu oficina con tus amiguitos.
Se marchó sin mirar atrás con paso apurado. Ethan quedó de pie en la habitación como hongo, meneando la cabeza sin siquiera entender cómo es que las cosas más extrañas podían pasar cerca de su amiga. Algunas personas eran imanes naturales para los sucesos fuera de lo normal, Chelsea calificaba bastante bien al haberse encontrado un gato en medio del parking y ocultarlo entre sus ropas dejándola como embarazada. Se marchó nuevamente a su oficina jugueteando por el camino con su teléfono celular.
Mientras trabajaba codo con codo con sus compañeros revisando líneas y líneas de código en búsqueda del maldito hoyo de seguridad que permitió la intromisión en los servidores, Ethan no lograba sacarse de la cabeza a la gatita hermosa encontrada por su amiga. Sin dudas adoraba decirle a la gente que era un fanático de los gatos, de esa clase que podrían vivir con más de cinco si se lo propusiera; siempre en su vida hubo felinos de todas las razas, colores y tamaños por lo que continuaría hasta el día de su muerte con el amor desquiciado hacia ellos. Al ver a esa preciosa cría se le removió algo en su interior lo cual creía tenerlo dormido, le recordó tanto a su propia mascota en el momento en que la adoptó que casi se larga a llorar. La pobre mascota fue abandonada en una bolsa junto a sus otros hermanos, los cuales no sobrevivieron a encontrarse aprisionados en aquel envoltorio dañino bajo la luz del sol abrasador de mayo.
Fue una verdadera suerte que los rescatistas le encontraron con vida, rodeada de los cadáveres de sus hermanos; casi muere mientras la trataban pero ella se levantó a darle pelea a todo lo que se pusiera frente. La encontró en el refugio local en el centro de Taylor meneando su cola larga y sedosa como una reina, marcando su presencia a fuego en la zona de jaulas acondicionadas al igual que frescas para felinos. Al pasar frente a ella, quedándose embobado con esos ojos verdosos los cuales le seguían los movimientos sin parar, se acercó hacia la puerta de su box particular sacando la patita por la reja de barrotes finos en forma de saludo. Le tendió una mano cariñosa para recibir un bonito tarascón de su futura mascota quien seguía mirándolo de forma atenta.
Pese al rasguño en su extremidad la adoptó con todos los papeles en regla a sabiendas de la buena mascota que sería para él. Cuatro años después no se arrepentía de nada, ni de las bolas de pelo vomitadas sobre su ropa o del desastre ocasionado por sus patas inquietas al usar la arena para gato.
Pero un buen día su ex esposa deseó arrojar a la gata fuera solamente porque no le gustaba el color ni tampoco la especie a la cual pertenecía. Esa vez se puso firme sin dudarlo ni un segundo, años después no se compungía de nada dicho ni hecho lo cual seguramente le pasaba a la misma parte, con su maldad infinita. Eso le recordó el tema de que la castaña dijo en víspera de comienzo de año contarle un par de cosas interesantes, sin embargo por cosas de la vida (y peleas ridículas) no cumplió con su parte. Miró su reloj inteligente de aluminio negro, correas del mismo color: aproximadamente cuarenta minutos desde su partida hacia el centro veterinario y ni un mensaje.
Consultó su celular de pantalla infinita, despertándolo con un toque de su dedo índice en el centro. Nada, solo algunos mensajes de Blake sobre una maquina agujereadora prestada la cual todavía no se la devolvió. «Que se lo pida a mis padres, ellos tienen las llaves de mi casa y acceso al cobertizo de las herramientas.» Rió para sus dentros recordando el hecho de siempre prestar algo a un amigo, fuera lo que fuese, y este no devolverlo por un buen tiempo era una ley tan aceptada como la gravedad. Uno se olvidaba de tenerlo en su posesión, Blake tampoco le devolvió un juego de sillas para patio blancas de plástico por más de diez meses, habiéndoselas prestada para una parrillada con su familia.
Prosiguió tecleando suavemente al haber hallado finalmente una brecha de seguridad en lo correspondiente a su sector. Corrigió el error rápidamente con maestría después de una carrera universitaria en sus hombros de referencia. Ah, extrañaba mucho esos momentos locos con sus viejos colegas del campus. Entre las clases súper entretenidas a las cuales asistía sin dormir después de un reventón en alguna casa o fiesta externa al complejo universitario, los momentos de "iluminación" en donde se copiaba sin asco en los exámenes más importantes con riesgo de reprobar la materia, las noches donde se encontraba con alguna joven atractiva y pasaban a las ligas mayores… ¡Qué momentos! Se preguntó inconscientemente si su amiga tenía esa misma diversión en su carrera elegida. Chelsea tenía la apariencia de juntarse en algún lugar a reventarse con alcohol, ocasionales cigarrillos de mariguana (quien dijera que eso no era posible en la vida universitaria era un puto mentiroso) o chicos atractivos.
Le parecía atractiva, ahora que se volcaba de lleno en el segundo punto, seguramente tenía varios candidatos detrás persiguiéndola para estar con ella. «O no, nunca se sabe.» No deseaba averiguarlo salvo que su lado masoquista sí lo anhelaba.
Recordó también un comentario al aire soltado en una de las múltiples salidas a tomar un café con ella acerca de cómo se lo comunicó a sus padres y la reacción generada en ellos. Dijo que su padre estuvo conforme si eso le hacía feliz a futuro, no se preocupaba por la cantidad de dinero como forma de ingreso ya que veía a su hija como una gran profesional en alguna galería de arte o como profesora universitaria, dictando lecciones sobre algún pintor de importancia significativa a otras personas ilusionadas por aprender o. «En realidad dijo que a Parker le importaba un pimiento su elección mientras no se pasara de lista en otros ámbitos, pero yo entendí eso entre líneas.»
Su madre fue un caso aparte a la hora de oír la elección; todavía se desternillaba de la risa ante la revelación de los pensamientos de la madre respecto a eso. Emily creía que su hija se haría un trillón de rastas, viviría de vender obras de medio pelo en la calle mientras cantaba canciones contra el sistema capitalista. "Hippie de mierda" como recordó con la voz de su amiga resonando en su cabeza, riéndose ante la locura elitista de su progenitora. Su propia madre creía firmemente que se convertiría en una hippie apestosa que no se bañaría por años, la cual no contribuiría científicamente a la sociedad bajo ningún término ya que viviría del estado pidiendo subsidios por desempleo o así. Creyó que exageraba en un punto altísimo, sin embargo esta le recalcó mil veces "es tal como te lo cuento".
«Y pensar que papá creía que sería un tipo gordo y medio calvo al cual le gustan mucho las computadoras y sistemas en general. Al lado de "hippie de mierda" es un chiste lo mío.»
Alguien la pasaba peor con su respectiva familia, eso de seguro; a veces le costaba entender como los padres deseaban inmiscuirse tanto en la formación de sus hijos sin importarles la felicidad de estos. Marlene era la primera en llegar a la familia y según le dijo en el momento en donde estaba inscribiéndose para entrar a la universidad, sus padres no le dejaron en paz al punto en donde se vio obligada a soltarles un ultimátum para que "dejaran de atravesarme la cabeza con un taladro". La mujer siguió su pasión por los números sin problemas luego de aquello pese a que Brandon y Marion se mostraban en desacuerdo siempre que pudieran. Lorna los agotó demasiado con sus travesuras junto con su cabeza dura de estudiar medicina sin escucharlos; él los tomó por sorpresa con su decisión de volcarse de forma definitiva a los sistemas, yendo directamente a los informáticos como especialización.
«Si, los sorprendí tanto que hasta el día de hoy me persiguen. Los padres siempre serán padres.»
Prosiguió en su tarea sumido en un silencio habitacional total, solo se percibían los zumbidos de los ordenadores trabajando junto con el sonido de las teclas siendo accionadas. La iluminación blanca se veía opacada por el brillo celeste de las pantallas iluminando los rostros de los tres caballeros, cada uno con el ceño fruncido ante los recientes descubrimientos. Ethan no lo podía creer ni por lejos todos los errores encontrados hasta el momento en donde se recostó contra el respaldo de su sillón giratorio rascándose la frente arrugada, se le revolvía el estomago tan solo con mirar algunas de las brechas abiertas para futuros ataques. Todo era avanzado en demasía, si, pero se notaba a la legua estar mal administrado por varios años. Sin embargo también destacó el hecho sobre la falacia en cuanto a la infalibilidad de los sistemas informáticos. Nunca se detendría a la hora de mencionarlo.
Su pantalla brilló ante el mensaje recibido proveniente de la castañita, quien le enviaba un audio no muy largo. Desbloqueó el dispositivo mostrando su rostro a la cámara frontal (seguía sin estar del todo convencido respecto a ese "sistema a prueba de desbloqueos de terceros"). Acercó el auricular al oído oyendo la voz algo agitada al otro lado, ruidos de otros hablando se filtraban en el mensaje. Aparentemente la felina tenía parásitos además de las pulgas, con posibilidad de tener alguna infección seria en su sistema; se le partió el corazón al escuchar el diagnostico como también el hecho de debiera quedarse dentro de la veterinaria ingresada para tratar los males. También supo su nombre: Sarah Lyons. « ¿Le puso nombre y apellido al pobre animal?»
Solo a Chelsea se le podía ocurrir algo como eso.
Igualmente ese nombre le sonaba demasiado para ser algo al azar. Además el tema con el apellido y eso… Abrió una pestaña en el buscador de su móvil, tipeó el nombre para descubrir con ayuda de Google sobre la obviedad en cuanto a su amiga. Le había puesto ese nombre en particular debido al personaje de la tercera entrega numerada de la franquicia, esa centinela rubia de valentía admirable.
Mierda, lo siento mucho. Todo saldrá de perlas, ya lo veras. Por cierto: lindo nombre de centinela le cediste.
Esperaba alegrarle un poco el ánimo si se encontraba triste por el tema del "pichoncito" al igual que esperaba hablarle después para discutir el tema pendiente. No se lo enviaría por mensaje ni mucho menos cuando se hallaba en medio de una situación bastante peliaguda. No era insistente... «Mentira, cuando se me antoja soy demasiado insoportable.»
No pudo evitar pensar en qué demonios pasó para tener ese tema tan particular tan oculto o no mencionado mientras iban directo a la Gran Manzana. ¿Sería tan grave? No lo sabía: si lo era. Todo lo relacionado a Mia era grave o demasiado trágico como para andar contando sin filtro alguno; después de todo, la mujer se encargó de desatar el infierno en un pequeño poblado. A veces se acostaba a descansar y entraba en el callejón sin salida del arrepentimiento o de las opciones no elegidas en determinado instante. ¿Tan ciego fue? ¿Estuvo con semejante adormecimiento al estar a su lado? Se alejó de toda persona de bien que solo quería darle lo mejor de sí, prefirió estar al lado de esa víbora en vez de pasar algunas fiestas con su familia… « ¿Mis suegros habrán sido realmente sus padres? ¿O eran actores contratados que simulaban demasiado bien su papel?» Precisamente ese interrogante le asaltaba muchas veces mientras cambiaba de posición en su lecho tamaño queen.
Tom e Irma, así se llaman o simulaban llamarse la pareja quienes anunciaron ser sus padres. Siempre los vio distantes, como si estuvieran en medio de un pleito constante entre ellos por cosas que jamás oyó. Seguramente no era el plan por parte de Mia enterarse de cierta pelea entre ella y sus progenitores, pero estuvo siempre ahí cuando se encontraban cerca. Ethan tampoco sabía que sus suegros sí eran los padres biológicos, estos se encontraban en desacuerdo constante con las actitudes de su hija como también respecto al trabajo liderado por ella. De Travis pasaron a conocerse como los señores White a costa de ocultar todo lo demás relacionado con su apellido verdadero para mantener las apariencias.
«Puta madre, viví tapado por mierda y no sé si realmente son sus padres biológicos o algo. Ethan: el único imbécil que puede caer en semejante tela de araña.»
No servía lamentarse en nada ya que lo hecho, hecho estaba; le dolía haber sido tan ingenuo, tan susceptible a manipulación, moldeable a los gustos de una persona amante de ejecutar un ardid a la perfección. Debilucho: eso era. Tendría toda la vida para reprocharse eso, estaba absolutamente seguro de ello.
Se levantó, encarando a la pizarra de vidrio luminosa mostrando las últimas estadísticas como también numero de tráfico; normal, todo iba sobre ruedas. Cómodo, otra cosa para sumar a su personalidad. No le gustaban los sobresaltos, las cosas demasiado complicadas o difíciles. Vivía la vida sumido en una burbuja de autocomplacencia gigante, inmune a pinchazos filosos o similares. A veces se odiaba. Se entretuvo paseando sus dedos sobre el frio cristal transparente reflejando cual holograma los papeles escritos en ella, las carpetas abiertas repletas de números o gráficos circulares mostrando el porcentaje actual de ciertas áreas de almacenamiento.
Se hallaba sumido en sus pensamientos en el momento en el cual su mesa vibró gracias al mensaje recibido. Le daba gracia la forma en la que el motor de vibración ejecutaba su trabajo, dejando la mesa al borde de desplomarse producto de la fuerza del dispositivo. Se acercó pensando en la posibilidad de su amiga enviándole alguna respuesta o algo, para su sorpresa se trataba de un número desconocido enviándole imágenes borrosas en la vista previa de la pantalla. Extrañado repitió el procedimiento de desbloqueo viendo las fotografías enviadas por un remitente anónimo, sin foto de perfil para el chat iniciado ni nada. Era un número fuera de la zona conocida, parecía tratarse del prefijo de otro estado. Le heló la sangre al completar la descarga de las imágenes y comprobar que él era el protagonista de todas. Camino al supermercado, volviendo del mismo con las manos abarrotadas de bolsas de plástico; llegando del club con Valerie o en el momento en donde su amiga y él salían para emprender el viaje hacia la fiesta el pasado 31 de diciembre.
Otras veces se encontraba mirando por la ventana, distintos ángulos para la misma acción de porquería. Sus manos temblaban violentamente, su pulgar pasaba la colección una y otra vez sin entender qué demonios pasaba. ¿Quién estaba detrás de todo? ¡Maldita sea! ¡Ni un minuto de respiro le daban! No recibió más imágenes espía; su corazón latía con fuerza dentro de su pecho al punto de estar por salirse del mismo si no se serenaba un poco. ¿Cómo hacerlo después de todo? No hallaba forma.
Cerró la aplicación y depositó el móvil con violencia sobre su escritorio logrando sobresaltar a quienes parecían imperturbables frente a sus monitores. Volteó veloz dándole cara a la pizarra electrónica con el pulso aún acelerado; debería continuar su jornada laboral con la terrible noticia de ser acechado por alguien, de ser posible implantándose una cara falsa para no dejar traslucir su preocupación evidente a la violación de su privacidad.
El día se volvió una pesadilla después de recibir el diagnostico, pagar la internación de unos días de la pobre mascota y volver a su trabajo. Presentó el certificado de ausencia de su jefe quien apenas si lo ojeó para enviarla con un simple "a trabajar" directo a su caja de zapatos. Dentro suyo ocurrió una avalancha de sentimientos por la vida en peligro rescatada unas horas antes cuando las temperaturas eran de congelación, le recordaba a la adopción de Rosie de una familia quienes no pudieron cuidar a su mascota preñada dejándola prácticamente morirse de hambre mientras esta alimentaba a sus crías. No fue mucho tiempo atrás ya que la perra tan hermosa como amistosa tenía solamente dos años, pero ella con sus padres se esmeraron hasta la última fibra de su paciencia y amor en brindarle todos los tratamientos viables para salvarla; ahora la perra adoraba orinar su piso, darle la pata en forma de saludo o acostarse sobre su regazo cuando se sentaba en el sofá a ver algo en el cable.
Esa semana en donde la pobre cachorro estuvo tapada por varias mantas, cerca del radiador dentro del living de su vieja casa, volvió a su memoria galopando veloz para atosigarla con recuerdos terribles. Las inyecciones fueron lo peor… Meneó violentamente la cabeza tratando de borrar esos recuerdos terribles, prosiguió escribiendo pacientemente con su mano derecha y la pluma con música de fondo. No aguantó el silencio de su oficina (ese día era particularmente silencioso en el edificio cuatro como también en el patio a su espalda) colocando algo de influencia materna en su computador.
Su madre, al haber pasado años de su vida dentro de Inglaterra, desarrolló un gusto particular por la música de ese sector del mundo. Conoció muchas bandas míticas de aquel país inculcándoselo años mas tarde a su descendiente quien deseaba aprender más de música. Queen era su favorita de todos los tiempos, le seguía muy de cerca Iron Maiden para bajar el tono un poco con Oasis y entrar en un conflicto eterno con Blur. Ese día se le antojaba un poco de tranquilidad por lo que cantaba al ritmo de Cast No Shadow, esa canción le traía bastante calma a su corazón tan revuelto por el drama de ese día. «Quise una mañana tranquila y todo lo que obtuve fue lo contrario. Fantástica forma de moverme.»
Algo destacable fue la colaboración de su amigo "complicado" de sistemas, quien hasta se fijó en el nombre mencionado por ella respecto a su nueva amiga peluda. Fue un guiño algo obvio sin embargo no conocido por muchos, le agradó saberlo más informado respecto a su pasión de muchos años. «O el flojito hizo trampa y lo buscó en Google.» ¿Importaba si cometió esa infracción? A decir verdad no, o al menos en ese momento le importaba un pimiento. Simplemente sentía una vibra positiva en cuanto a esa referencia captada, con ayuda de un buscador web o por su propia cuenta. Sería interesante si él lo supiera de años…
Prosiguió llenando formularios, comparando datos, imprimiendo papeles y dando su visto sobre el trabajo al ritmo de canciones variadas. Pasaba por Powerslave cuando Ethan hizo su aparición triunfal con un par de vasos descartables repletos de café por la puerta de su oficina, no sin sorprenderse por la canción sonando en el fondo de la estancia. ¿Una mujer no podía tener gustos tan diversos en música? Lo siguió con la mirada hasta el momento en donde se sentó al otro lado, cruzando una pierna por sobre la rodilla acercando el recipiente descartable humeante hasta su extremidad ocupada. Depositó todo a un costado, recibiendo el regalo inesperado con necesidad, no almorzó ni siquiera una barra de cereales de las maquinas expendedoras por el nerviosismo, tampoco es que se haya sentido muy preparada para ello: los gusanos intestinales fueron un remedio eficaz contra el hambre desatada a eso de las once treinta de la mañana.
—Iron Maiden, ¿Eh? Interesante por decir lo menos.
—Una mujer puede tener muchos gustos musicales, corazoncito —respondió ácida.
Al otro lado detectó cierta hostilidad en su forma de dirigirse; dio un sorbo corto al tiempo en donde necesitaba habituar su boca al calor abrasador de la bebida energética.
—No lo decía en un modo ofensivo, espero que lo sepas.
—Da igual, no tengo una buena jornada el día de hoy. —Acercó el vaso a su boca; soltó una palabrota frotándose el labio superior luego del contacto calcinante—. ¿Esta mierda salió de un volcán en erupción? ¡Carajo!
El rubio rió.
—No, la cafetería limpió el sarro de sus artefactos según la cocinera, y ahora funcionan como si recién las sacaran de la caja.
— ¡Puta madre, casi pierdo un labio ahí! —Depositó bruscamente el envase en la madera con rostro enfurruñado; al muchacho le recordó a su sobrino cuando le daban el vaso de chocolate caliente fuera del rango aceptable para beber—. Gracias por el trago, lo voy a dejar reposar diez días para poder beberlo.
—Edulcorante de ese horrible a tu gusto, supongo.
—Cuando pueda tragarlo sin que me estalle el esófago te diré, campeón. Mientras tanto confió en tu juicio para no arruinarlo con demasiado producto artificial.
—Eso pasa porque eres blandita y usas esa porquería en vez de tres cucharadas de buena azúcar.
—No, señor —contradijo aferrándose a los apoya brazos a sus costados—: se llama "querer aumentar de peso sin pasarme con el azúcar". ¿Te comenté que estoy en un plan dietario para ganar unos kilos? Lo más gracioso de la cuestión es que si me paso terminaré con un culo gigante, pero mi nutricionista lo desea por no sé qué mierda después de mi último valle depresivo.
—Realmente no tenía idea. Gracias por compartirlo, de paso me hiciste acordar a la mitad de mi niñez cuando era un esqueleto caminante por ahí. Fui la envidia de mi hermana mayor por muchos años.
Marlene siempre luchó contra un sobrepeso notorio durante la mayor parte de su vida joven; deseó desde que su hermano más pequeño creció hasta un punto determinado tener ese cuerpo delgado sin problemas a la hora de comer. Lo malo de la cuestión era Ethan teniendo que ingerir distintos tipos de suplementos vitamínicos, hierro y demás para poder mantener su cuerpo saludable, comer de más o con mucha grasa. Ninguno de los dos extremos estaba bien o sano, ambos deseaban el cuerpo del otro así no preocuparse más por las exigencias externas.
— ¿Metabolismo rápido?
—Más veloz que Meteoro. —La castaña asintió, cruzándose elegantemente de piernas—. Mi paso por esta oficina es por algo en particular que me debes.
— ¿Yo te debo algo a ti? —Al pronunciar los pronombres fue señalando correspondientemente a cada integrante de la conversación, todo esto con gesto incrédulo— ¿Estás de guasa o te inyectaste alguna sustancia?
—La heroína no me va, tampoco la coca ni mucho menos LSD.
Depositó su bebida sobre la superficie, enlazó sus manos sobre su regazo mirándola atento.
—Sigo sin creer como me puedo juntar con alguien tan anciano como tú.
No evitó reírse ante esa frase. Ni que fuera un cuarentón soltero…
—En fin, ¿Te acuerdas que tú me dirías lo que sabes sobre mi ex? Bueno, lo quiero saber ya.
Sopló molesta; se le olvidó de forma definitiva durante mucho tiempo. «Yo y mi bocota de porquería.» Si no fuera por él junto con esa insistencia jamás se lo hubiera revelado. Pero creía ser justa con todos sus conocidos, más con las monjas en práctica sin reconocer su deseo de formar parte de las filas sectarias de la iglesia (si podía robar palabras a su madre), por lo que no tuvo más opción a suspirar de forma cansina.
—Eres esas ex parejas bastante complicadas, Ethan. Deberías saberlo.
—Oye: es lo justo. Esa mujer arruinó mi vida y deseo saber porqué.
—Mi ex arruinó parte de la mía y lo dejo estar ahí.
Se cruzó de brazos enfadado ante esas palabras innecesarias. Ni que le estuviera pidiendo la puta cuenta bancaria, por el amor de Dios. ¡Qué cría!
—Basta, Chelsea. No estoy jugando ahora.
—Es muy larga la historia, Ethan, y seguro te va a doler mucho por la mitad de la mierda que hizo. ¿Realmente quieres saber a costa de llorar o no como bebé?
«Mi menor deseo es hacerlo llorar porque si es como yo lloraría por lo menos tres días seguidos por la mitad. Me cae lo suficientemente bien como para no apetecerme la idea de lastimarlo.» Meneó la cabeza en forma comunicación sobre su derrota final. Allá él sobre sus motivos para sufrir en vano.
—Tu ganas —dijo levantando sus manos—, después no chilles cuando te suelte toda la mierda.
—Soy lo suficientemente fuerte como para no caerme con la revelación, descuida.
Ethan usó el mismo recurso favorito de la castaña, a quien no le cayó muy bien esa forma de dirigirse hacia ella. Tomó un poco de su propio chocolate y se atragantó con el mismo; fingió no inmutarse pese a estar internamente estrangulándolo, apuñalándolo para finalmente depositar su cuerpo en un descampado por las afueras de la ciudad cortado en muchos pedacitos.
—Como digas, Superman. Pásate por mi casa a cenar y te suelto todo lo que quieres saber. ¿Qué deseas comer?
—Cualquier cosa que no sea pizza me apetece.
—Se cocinar, bombonazo. ¿Pasta?
—Perfecto —acordó adelantando su mano para estrechársela—, llevaré un vino tinto para acompañar la salsa.
¡Oh! ¡Dijo la palabra mágica! Un momento antes deseaba golpearlo ante ese masoquismo desinformado, ahora deseaba invitarlo más seguido a cenar si proponía una buena dosis de alcohol. Estrechó la cálida extremidad con firmeza al tiempo en que repasaba mentalmente la lista de productos en las alacenas de la cocina para preparar una deliciosa pasta. Creía tener lo suficiente pese a faltarle algo de queso como adición a gusto del comensal, podría comprarlo de camino a su casa al salir de clases.
—A las ocho treinta, no te pases de listo con la idea de llegar justo en el horario porque se quemará la cena. Y no voy a comer una salsa carbonizada por tu culpa.
—Tengo en la billetera un vale por dos hamburguesas en Burger King si pasa algo. —Cogió nuevamente el recipiente el cual seguía emanando calor en forma de humo; se levantó despacio intentando no derramarla—. Envíame tu dirección por mensaje ya que ahora debo irme a mi puesto.
— ¿Tus subordinados revisan las horas en las que te vas o cuando vas a comprar algo a la cafetería? Más controladores que una ex pareja celosa.
Vaya si ella sabía de personas con exceso de celos o necesidad imperiosa de controlar absolutamente todo. Ethan meneó la cabeza con una sonrisa impresa en sus facciones caminando directo hacia la salida, miró por sobre su hombro antes de marcharse. Acostumbrada a ver hombres con buen cabus, su amigo le pareció igual de plano que una tabla de madera; eso o el pantalón usado le iban muy holgados.
—Nos vemos después.
Se alejó con paso tranquilo; lanzó un suspiro agotado luego de golpearse a sí misma internamente debido a ceder tan fácilmente ante la insistencia de la otra parte. Realmente no sabía en donde se estaba metiendo ni qué cosas descubriría de la persona con la cual habrá compartido cierto tiempo, aunque no era nadie para prohibirle saber o no sobre las actividades sumamente ilícitas de la señora Loreta. Prepararía los informes redactados hacía ya un tiempo, almacenados en el disco extraíble portado como un accesorio más dentro de su bolso por el temor de volver a ser invadida o sus cosas robadas. Lo adjuntaría en una carpeta amarilla con tapa fina. «Va a tener para entretenerse porque esa mujer metió las manos en cualquier cantidad de pasteles.»
Dejó escapar nuevamente aire de forma exhausta para volver a coger la pluma y comenzar a escribir desde donde quedó; estaba ansiosa por lanzar ese pedazo de papel lejos una vez terminado, también por marcharse a hacer algo más entretenido en su clase universitaria (si es que algo divertido podría salir de un profesor somnífero) pero algo inquieta por dejar entrar a su amigo a casa. Colocó una alarma para la próxima hora con la consigna de brindarle la dirección al de ojos verdes y nariz recta.
Recordó una clase de evolución por cuarto año del secundario en donde se trató el tema del desarrollo del ser humano a lo largo de cientos de años. Los neandertales poseían una nariz gigante y una de las teorías para ello era por el frio clima en donde se encontraban inmersos en aquellos años de existencia, producto de una glaciación en la Tierra. Hizo una asociación algo extraña con la nariz de su amigo y el órgano piramidal de los ancestros al Homo Sapiens Sapiens actual, imaginándoselo con las ropas características de aquellos años.
Se rió en soledad ante el Ethan neandertal cargando una lanza y cueros cubriéndole el cuerpo. A veces se lo pasaba en grande con su imaginación; programó otro recordatorio en su móvil para dibujar eso, agregándolo a la carpeta de "dibujos varios" repleta de cosas divertidísimas.
Realmente no sabía que tan buena cocinera era su amiga, pero el vino que llevaba sin dudas era medio a excelente. Una buena pasta era incomible sin un vino en el medio, o al menos a él le apasionaba comer el platillo con esa bebida. Para el invierno un Cabernet Sauvignon de cualquier parte del mundo (pese a considerar, como la mayor parte de los degustadores, que Chile y Argentina tenían una calidad de bebidas excepcionales), durante los climas cálidos un poco de vino blanco dulce para una tarde con amigos o una noche en pareja tranquila, con una película de fondo y ocasional encuentro sexual. Trataba de no recordar la mayoría de las cosas buenas acontecidas con una copa en el medio pero se trataban de una cantidad excepcional, por lo que se resignó a buscar la mejor de las mejores.
Con su primera novia cuando descubrió el maravilloso mundo del sexo. «Madre, esa noche me pasé entre las cervezas y el vino. Sigo sin comprender cómo tengo el hígado sano.» Probablemente por suerte o simplemente casualidad del destino, también por la ayuda de una mano divina que escribía su historia o lo usaba a él como personaje. ¿Otra vez fantaseaba con ser una especie de Sim en un juego de simulación? Nada en el mundo indicaba lo contrario: la absoluta convicción de no haber alguien superior a los seres humanos quien jugaba controlándolos. A veces esas dudas no lo dejaban dormir durante la noche.
Salió de la vinoteca con un ejemplar apetecible de vino traído del sur de Chile, el cual no era excesivamente costoso aunque tampoco barato. Leía la etiqueta mientras llevaba las llaves del coche en la otra mano sin prestarle mínima atención a los demás transeúntes, quienes comenzaban a ingresar a otros lugares o casas buscando resguardo de la ola polar; ¡Carajo! Extrañaba fuertemente el invierno poco gélido de su pueblo natal. «Y ahí voy otra vez…» Por más intentase alejar la comodidad y clima apetecible de Taylor volvía de lleno cuando menos se lo esperaba. Se sentía como un tarado melancólico incapaz de comenzar su vida en otra parte, peor era recordar a su abuela paterna con su voz ronca diciéndole "¡Corre fuera de este pueblo polvoriento! No te acostumbres como hizo tu abuelo, el mismo arrepentido por no moverse de lugar cuando tuvo ocasión"
«Lo peor es que nana me dijo algo sobre Mía apenas conocerla. La bruja sabía perfectamente bien qué quería conmigo y no fui capaz de escucharla. Oh sí, soy un triunfador en todo.» Sophia Winters ejecutó una mueca de desprecio al ver a quien sería la esposa de su último nieto varón, prediciendo con muchísimo tiempo de adelanto algo que en su inocencia enamoradiza no fue capaz de ver, la animosidad era palpable entre ambas mujeres. Eso más otras actitudes reflejaban el pésimo desenvolvimiento de su ex mujer en los ámbitos de su familia, amigos y allegados. ¿Fue tan ciego para no verlo?
Ingresó a su coche, una vez dada la ignición al motor encendió la calefacción al máximo; no sentía las piernas ni las manos, los dedos se encontraban enrojecidos producto del exterior glaciar de febrero y no lograba moverlos sin sentir un aletargamiento en los músculos de la mano, ni hablar de la nariz superior a la media. Ejecutó el cambio en la caja, acelerando poco a poco hasta lograr un avance esperable a una calle no muy transitada de una ciudad que se iba adormeciendo con el transcurso del tiempo. Viró en una intersección hacia la derecha sorprendiéndose por las casas bajas con jardines bien arreglados, porches luminosos y tejados mirando directo al firmamento despejado. Parecía una zona residencial tranquila, de esas en donde cualquier persona de la clase social a la que perteneciera desearía vivir; pocas viviendas superaban el piso de altura.
Por el numero recibido en el mensaje de la tarde se encontraba aproximadamente a una cuadra de su destino, avanzó lento admirando la belleza del vecindario. Así es como le gustaría vivir en un futuro: poblando un área tranquila de alguna ciudad fuera grande o pequeña; se veía a sí mismo podando las plantas o adecentando el césped verde el cual crecía conforme la cantidad de agua recibida. Pintar su porche de madera cuando estuviera por acabarse el verano para afrontar el hosco invierno quien amenazaba las capas de pintura exterior, respirar la agradable brisa una tarde de primavera viendo a los niños de los vecinos jugar libremente…
Mierda, ¿tendría algo de eso una vez?
De tanto ensoñar recordó las fotografías de esa misma tarde, sin siquiera buscarlo o pedirlo, hecho que borró esa imagen idílica. Una corriente eléctrica descendió por su columna obligándolo a liberar la tensión temblando como una hoja, deseando nunca haber sido parte de nada que los perpetradores consideraran imprudente y obligándolos a agregarlo de lleno en sus listas de "buscados". Una vieja presión conocida solamente cuando las cosas se ponían demasiado resurgió como un Fénix dentro de su caja torácica. Debió concentrarse en mantener la respiración para no caer nuevamente en el vórtice azabache de los ataques de pánico. Apenas unos días atrás ocurrió otro hecho similar que lo arrojó al suelo en knock out y no deseaba volver a sentir eso de estar por morirse.
¿Podría conversarlo con su amiga? Necesitaba sacarlo de una buena vez, pese a ser horas con el acontecimiento en su cabeza.
Llegó a su destino por la derecha, detuvo el vehículo cubriendo la subida al estacionamiento del jardín delantero; guardó sus pertenencias en los bolsillos de su abrigo grueso (el cual sorprendentemente llevaba una cuenta grande de lugares donde depositar sus objetos personales), no dudó ni un momento en gastar un poco más de la cuenta en esa prenda al principio de la semana. Se colocó el gorro de lana tejido por su madre de color rojo con una línea blanca a modo de separación entre el pompón y el dobladillo. Le iba holgado producto de los recientes comienzos de su querida progenitora. Descendió, sus botas cortas de color negro entraron en contacto con el asfalto rugoso; el frio se coló por los tobillos realizando un recorrido ascendente hasta sus rodillas para finalmente concluir en sus muslos.
«Invierno de mierda, DC de mierda y ola polar basura asquerosa.»
Aseguró el automóvil introduciendo la llave y girándola hasta oír el cierre completo de todas las aberturas del mismo. Guardó el objeto negro con un llavero en forma de trébol de la suerte en su nalga derecha, rodeando el vehículo para conducirse hasta la puerta de entrada por el camino de baldosas grises hasta los escalones del porche.
El jardín se encontraba un poco descuidado: el césped fue quemándose por las heladas, tomando una tonalidad amarillenta en determinados sectores a cielo abierto; los arbustos de hojas pequeñas se encontraban crecidos y las flores estaban tristonas por la falta del agua y por las heladas caídas casi a diario en la ciudad; las paredes exteriores de ladrillo de vista se encontraban limpias desprendiendo un color rojo atenuado producto de los faroles incrustados en las mismas, el techo de tejas negras no presentaba fallas apreciables a simple vista y el porche compuesto por madera se veía brilloso producto de una capa de barniz dada antes del cambio de estación. El Jeep de su amiga estaba detenido frente al portón del garaje con un manto acuoso en el techo y parabrisas.
Subió los escalones, posicionándose frente a la puerta. Llamó un par de veces de forma molesta accionando el botón demasiadas veces. Su amiga abrió la puerta con gesto molesto.
—Funciona, si esa es tu pregunta —saludó instigándolo con un movimiento suave de la cabeza a ingresar de una buena vez; así hizo sin rechistar—. Gracias por venir veinte minutos antes de lo pactado, ¡de veras! Podría estar envuelta en una toalla pero…
— ¿Qué no me pediste eso mismo? —se defendió tendiéndole la botella oscura. Chelsea la examinó con atención—. Espero que te guste, el de la tienda lo recomendó por calidad.
Chelsea le palmeó un hombro sonriente antes de dirigirse rumbo a su cocina. Los vaqueros ceñidos al cuerpo le iban bastante bien, en su humilde opinión, en especial cuando los combinaba con una camiseta negra comprada en un concierto de Green Day. Llevaba los pies enfundados en medias grises, dentro de unas pantuflas rosas algo gastados por el uso prácticamente diario en lo que va del invierno. Su melena castaña se encontraba domada en un moño casero hecho a las apuradas, donde algunos mechones caían por su espalda. Oyó gemidos provenientes de la misma sala para pasar a una puerta corrediza abriéndose y el grupo de canes entró corriendo en dirección al living.
Proveniente de la habitación contigua llegaba una oleada de fragancia a cena deliciosa, deleitando su nariz. La habitación donde se encontraba se hallaba algo desordenada, con abrigos sobre el respaldo del sillón de tres cuerpos, color marrón, de distintos tipos y colores; juegos de consola desparramados por la mesa café así como también el mapa de uno de ellos desplegado sobre otras cajas; sobre la alfombra imitación de persa, debajo de la superficie abarrotada, poseía cuadernos de anotaciones, apuntes como también tomos universitarios de lo que supuso las clases del día; la tele quedó encendida en el canal de noticias CNN por donde relataban el creciente conflicto con otros países. Al costado, en una mesa baja aparte, se encontraba la PlayStation negra con la franja de luz encendida en color naranja notificando de la suspensión.
Un equipo de audio similar a una torre de no más de un metro y medio de altura se hallaba justo al costado, color negro y apagado. Un librero algo vacío contra la pared cercana, de madera oscura junto con los estantes curvados por años de peso ahora removido. Un escritorio viejo, desarmado, con claros signos de necesitar manutención, detrás de él. Las paredes eran de un color amarillo cremoso y el suelo de madera oscura.
Los tres animales se sorprendieron, aunque se volcaron a olfatearle las piernas como si no hubiera un mañana. El macho de color negro con una gran mancha banca en el ojo derecho saltó en dos patas para llamarle la atención, arañándolo suavemente en el proceso. Llevaba el cabello corto en el cuerpo a diferencia de su cabeza por donde se encontraba una acumulación de pelo más largo, en su cuello un collar aguamarina con pinchos incrustados en clara rebeldía contra la raza de la mascota. Se agachó a acariciarlo admirando la precaución llevada a cabo por los otros dos. Polly-Sue fue la siguiente a sumarse a la espera de amor humano, Rosie se mantuvo distante por poco tiempo más al ver que el invitado no causaba problemas o irritaciones a su carácter.
— ¡Muérdanlo, muchachos! ¡Enséñenle quién manda aquí! —gritó la dueña de casa al tiempo en donde abría un cajón y cogía un destapador, dejando botella junto con el artefacto en la mesa.
—Como si estas bolsas de pulgas discernieran entre atacar o saltar en forma desquiciada por un poco de cariño.
La de orbes ámbar se apoyó en el umbral del arco que separaba la sala de estar con la cocina comedor, cruzando una pierna delante de la otra y los brazos.
—Tú no me crees, pero Polly-Sue está entrenada en defensa.
— ¿Y los caniches qué tal? ¿En desarme de bombas?
—No, en identificar y mear las pertenencias de la gente listilla que entra por esa puerta —respondió girando los ojos—, por cierto: ten cuidado donde dejas tu abrigo. Rosie no es muy amistosa con las cosas que quedan colgando o a una altura alcanzable para sus patitas.
—Oh, claro, porque si orina mi nueva compra va a salirse de rositas sin que quiera castrarla.
La joven se enderezó de repente completamente seria.
—Sobre mi cadáver vas a ponerle una mano encima.
—Uf, no lo digo enserio, corazón…
—Ya lo sé, corazón —imitó la última palabra agudizando el tono a forma de burla—. Solo te lo advierto. Pasa a la cocina, los fideos ya casi están.
Obedeció, dejando a los canes jugueteando entre ellos en la sala de estar, cruzando el arco en dirección a la cocina. Esta era una habitación con decorado moderno, lo último en electrodomésticos de cocina disponibles al alcance del usuario. Chelsea abrió la puerta derecha del frigorífico gigante, el cual poseía doble puerta, congelador en la parte inferior y un dispensario de agua junto con hielo en la abertura izquierda. Cogió una lata de Coca Cola bien fría para ella, ofreciéndole una al invitado de "honor"; Ethan rechazó la propuesta levantando la mano y negando con la cabeza. La cocina negra con una puerta al horno de vidrio oscuro se encontraba encendida, lar hornillas eléctricas provocaban en hervor del agua repleta de fideos bullentes en el liquido blancuzco; junto a esta la salsa desprendía una fragancia deliciosa a carne mezclada con cebolla y pimiento rojo. El extractor de aire colmaba la habitación con su ruido motorizado característico cumpliendo a duras penas la función.
—Siéntate, te cobraré lo mismo si no lo haces —bromeó cogiendo el vaso con lunares verdes en su lugar asignado de la mesa—. ¿Agua?
—Perfecto. —Obedeció la directiva dada por la dueña de casa; corrió el plato de vidrio gris a un costado logrando una mayor comodidad para entrelazar sus manos sobre la mesa—. Siento lo de la gatita.
Y debía traer a la mesa eso mismo, justo cuando la salsa logró despejarle un poco la cabeza. Llenó el vaso con el dispensario de la nevera negando con la cabeza a forma de restarle importancia.
—Lo hecho, hecho está. Al menos la encontré y la llevé al veterinario, sino hubiera muerto por hipotermia. —Se lo entregó; dio un sorbo descubriendo la calidad de emisión fría del electrodoméstico—. ¿Se nota el arreglo de hace unas semanas? —Lo vio asentir, no reprimió una sonrisa—. Perfecto. Ahora Sarita está a buen cuidado de una amiga del secundario que trabaja allí, es cuestión de tiempo a que se recupere y tenga el visto bueno para traerla a casa.
—Me alegro de escuchar eso. Prometo regalarle un collar con cascabel o algo por el estilo.
Lo miró extrañada; si había algo peor que tener un gato en contra de las directivas de la dictadora de su madre era ponerle al maldito un cascabel, que sonaría constantemente mientras estuviera en movimiento, o jugando con algún roedor de goma de forma alocada.
—Fíjate si no hay alguno con pinches o tachas comunes, lo prefiero antes de un dolor de cabeza constante con el tin asqueroso de un cascabel.
—Quedan mucho más monos con eso puesto, puedo firmártelo en este instante.
—Prefiero algo menos chulo aunque más estable para mí. —se agachó frente a la alacena al costado de su frigorífico, extrayendo de la misma un colador de acero inoxidable brillante—. ¿Y tú qué tal? ¿Cómo fue los últimos días? Después de que te fuiste olvidé preguntarte sobre eso.
¿Acaso intentaba saber algo más? Esas preguntas no eran tan inocentes como aparentaban. Algo le indicaba una relación con lo visto en el club la noche en donde se gritaron sin sentido en la puerta, sobre la mujer con la cual rompió su ayuno sexual de unos años. Le daría el beneficio de la duda si quería saber acerca de su encuentro o si hubo otros más.
Como buena cotilla que era necesitaba saber sobre esa mujer que vio muy acaramelada con su amigo. Con Dennis se contaban de todo, hasta con quién se acostaban si no era entre ellos; Maysie y Andrew desempeñaban un papel similar aunque en menor medida, por lo que decidió en milésimas de segundo incluir a Ethan en el listado de ser informante de actividades fogosas o si se veía con alguien más. Solo… Para saciar su curiosidad. También admitía el ardor en el pecho al sentirse "traicionada" al rechazar una propuesta de salida con ella pero no negarse a una junta con sus compañeros de oficio.
—Nada fuera de lo común. Salí con Edwin por unas copas el sábado pasado e hicimos torneo online con mis otros colegas de sistemas —mintió de forma convincente, salvo que al otro lado oyó tantas mentiras encubiertas que le era fácil discernir si mentían o no; ventajas (o desventajas) de haber sido engañada múltiples veces—, por lo demás todo muy tranquilo. Descubrí un almacén de especias a unas calles de mi casa que tienen una pimienta importada deliciosa.
«Y una farmacia mucho más conveniente en tiempo y precio que la del centro.» Los planetas se alinearon la tarde donde puso un pie en ese comercio ya que encontró preservativos a un buen precio, los cuales fueron destinados a otro encuentro con Valery una semana después del primero. Se olvidó de lo divertido en cuanto al sexo por mucho tiempo y se sentía a gusto descubriendo ese universo nuevamente.
¿Realmente la veía así de ilusa? Para sus dentros suspiró frustrada ante esa falta de confianza algo palpable desde unas semanas atrás. No le dolería si le confesaba que se veía con alguien cuando le encontraba conveniente o así, ese ocultismo barato solo servía con determinadas personas, salvo que ella no era una de esas.
—Bastante aburrido —opinó depositando el colador en el fregadero; cogió los fideos ya listos y volcó con cuidado el contenido dentro del recipiente agujereado—, una lástima perderse ese reventón.
—Meh, estuvo bien para mí.
Se mantuvieron unos minutos en silencio mientras la castaña cortaba trocitos de mozzarella, unía las partes de la comida y revolvía hasta lograr disolver el estado sólido del queso en la salsa humeante. Gracias a los consejos de su abuela la salsa poseía un sabor especial a carne, la cual iba en un plato hondo separado del resto del manjar para disfrutarlo en caso de desear comer primero una parte y luego la otra. Colocó un poco más de pimienta luego de preguntar al comensal invitado si deseaba más "diversión en el plato"; este le invitó a hacerlo con un movimiento de extremidad afirmativo. Tenía hambre, ese olor aumentaba con creces la necesidad de ingerir alimento.
Chelsea cogió el par de platos, sirviendo una ración abundante para Ethan y una más pequeña para ella; de la alacena superior extrajo una bolsa de pan comprado esa misma tarde de la panadería de confianza familiar en donde se alegraron de verla pasar nuevamente por esos lares, ofreciéndole sin cargo una magdalena enorme bañada en chocolate con manjar* en el interior. Se la devoró antes de llegar a su casa por lo que el permitido del día estuvo dado, esa cena sería con tranquilidad.
Depositó las porciones en los lugares correspondientes para proceder con la panera llena, el de ojos verdes sirvió en dos copas altas la bebida color borgoña, brindando a continuación por lo que ambos esperaban fuera una cena sin contratiempos. Realmente deseaba comenzar a hablar en ese preciso instante de todo lo necesario para acallar a su mente inquieta, salvo que se contuvo para no parecer un despechado completamente desesperado por conocer la verdad de una ex. Necesitaba respuestas ya que la otra parte jamás las brindó logrando así cerrar el capítulo más conflictivo de su vida, su otro lado racional clamaba por prudencia para no incomodar a la anfitriona.
Charlaron un rato de tópicos banales logrando distender un poco el ambiente con resabios de tensión entre ellos dos; las conversaciones no fueron lo mismo (no existieron, de hecho) después del altercado en el club, ambos necesitaban saber de la vida del otro por motivos lejanos a la comprensión aún. Necesitaba saber desesperadamente quién era el tipo rubio alto, con bigote fino y cabello peinado con gomina visto en el sector vip esa noche; las fotos en la red social como también los comentarios dejados por ella le removió algo, dejándolo en una forma anómala por varios días. ¿Salían? ¿Eran mejores amigos? La mitad de los posteos del uno al otro tenían un tinte pícaro o se lo imaginaba, resultaba muy confuso a la hora de intentar discernir por cuenta propia qué demonios había en ese rincón.
Preguntó haciéndose el distraído por su amigo, el lado astuto de la castaña se despertó utilizando toda su creatividad para dar vueltas alrededor del tópico "novios" y "mejores amigos". Si el otro creía poder extraer datos de ella estaba muy equivocado. Desistió al cabo de no lograr unir siquiera un hilo para comprobar si era verdad el contacto sexual entre ellos, pasando a la carne como también a otro tópico menos generador de malestar. Finalizaron el primer plato, decidió servirse por su cuenta el próximo preguntando a la joven si deseaba un poco más; Chelsea sentía los fideos por el cerebro, negó con una sonrisa dándole un sorbo a la copa.
Ninguno habló sobre los acontecimientos apremiantes: ni la intromisión a la casa ni las fotos espía recibidas. No valía la pena traumatizarse por ello y menos cuando la comida esperaba. Se terminaron la botella (no le importó saberse conductor para su retorno al apartamento) pasando al agua como apoyo contra la necesidad de más alcohol.
No logró aguantarlo, comenzando la pregunta después del último poco de pasta en su esófago bajando directo al estomago.
—Listo, no puedo más —exclamó cruzando los utensilios en el centro del plato—: dime que sabes, por favor.
—Al menos pediste "por favor" —bromeó con mueca triste—. Eres peor que yo con el tema de un nuevo Fallout o algo. Lo digo enserio.
—Entiendo la comparación pero no me sirve. Dime lo que sabes o investigaste sobre Mia.
¡Jesús! Se lo imaginaba gritando ese nombre a los cuatro vientos mientras se encontraba en Dulvey. Seguramente lloriqueaba al verla o al pronunciarlo en algún punto de su aventura casi mortal en el sur estadounidense. ¡Qué tipo insistente!
—Preparé algo para que te lleves y leas, déjame ir por él y te hago un resumen rápido.
Se levantó saliendo de la sala. ¡Pensó en todo! Sin dudas Chelsea era una persona de confianza la cual se preocupaba por el otro sin esperar algo a cambio. Le agradaba esa actitud mucho más que el lado chulesco ácido el cual solía mostrar a los demás. « ¿Qué habrá descubierto? ¡Mierda!» Tanto tiempo esperando por esas respuestas y ahora estaba al borde de descubrir todo en su totalidad. Mia corrió de un lado al otro intentando ocultar sus huellas como también culpabilidad, pero ahora sería el fin de su vida de tretas hirientes para su ex marido. La joven volvió con una carpeta amarilla en mano, la cual se veía bastante gruesa de al menos unas cien hojas o más. ¡Cuánto para entretenerse! O sufrir, claro está. Lo dejó a su lado al borde de la mesa, tomando asiento frente a él. Ethan lo tomó jugueteando con las páginas intentando adivinar el número en total de las mismas.
—Son más de doscientas. Tendrás para leer por un buen rato —replicó en cuanto el hombre frente suyo posó su atención en ella—. Va a ser… Complejo, si puedo usar esa palabra para definir el asunto.
—Carajo… No sé qué decir.
—No te esfuerces mucho, no hay nada para decir ni agradecer.
—Déjame hacerlo por poner semejante esfuerzo en contármelo como también en buscar entre toda la mierda de Mia…
Lo interrumpió exhausta de escuchar ese preciso nombre.
—Se llama Loreta, no Mia. Loreta Travis, veintinueve años, oriunda de Pittsburg e hija de Spencer y Annelisse Travis. Trabaja en Tentsu desde los veintiún años, titulo en virología y posee entrenamiento estilo militar. Una de las agentes más capaz de la compañía tanto en el apartado de secretos como también en investigación.
El invitado perdió la capacidad de emitir palabra en cuanto comenzó a hablar. «Ni siquiera sabía el nombre de sus padres, nada. ¿Con quién carajos me case?» Con una perfecta extraña, eso estaba asegurado. Oyó atentamente todo lo expresado por su amiga sin emitir un sonido o movimiento, encontrándose tremendamente confundido respecto a todo lo sucedido en el pasado de esa mujer llamada Loreta. ¡Hasta se acostó con ella! ¡No lo podía creer!
Hizo acopio de todas sus fuerzas para, una vez acabado el resumen efectuado por su amiga, tratar de decir algo.
— ¿Y ese tipo Alan con quien hablaba?
Chelsea enarcó una ceja algo extrañada respecto a ese nombre. Ethan le explicó haber sorprendido a Loreta hablando por mensaje con un hombre llamado Alan con quien partió en el trabajo decisivo que terminaría por revelar la verdad sobre ella; Chelsea rememoró todo lo leído sobre su trabajo en Tentsu finalmente llegando al nombre en cuestión, de un agente con el alias de Alan Smith y rostro cubierto por una barba anaranjada.
—Ese tipo no se llama Alan —corrigió tratando de ser lo más dulce posible con quien parecía estar al borde de un ataque; otra mentira más sumada a la lista—, su nombre verdadero era Richard Whyne, de treinta y cinco años con residencia especifica en Amarillo, Texas. También descubrí un viaje entre ellos hacia Las Vegas donde consiguieron ingresar a una de esas capillas ilegales y casarse un 16 de noviembre.
Se le desmoronó el alma rompiéndose en mil pedazos una vez tocó el suelo. «Ese viaje me convenció de ser solamente de negocios con un cliente importante. No puedo creer que se fue a una puta capilla barata a casarse con ese Whyne.» Le dolía el pecho de tan solo imaginarlo. Ya estaba casada con él en ese punto, y mientras Ethan Winters pasaba una semana de soledad alejado de sus colegas, la furcia repugnante la pasaba de maravillas uniéndose "en sagrado matrimonio" con un tipo cualquiera en una capilla.
Chelsea inspeccionó el estado anímico de su amigo de forma preocupada a sabiendas del duro golpe propiciado por la información que tanto deseó ocultar. Realmente le importaba hacer un bien con él, en especial después de haber sufrido tanto por una mujer que no lo merecía, y fue esa misma razón la cual le empujó a no contarle nada. Garantizaba a ciencia cierta el poco deseo de herirlo, desgracia esa vez no tuvo más remedio que hacerlo.
—Carajo, lo siento mucho Ethan. No te mereces toda esta porquería. —No respondió; el aludido bajó la mirada rascándose nerviosamente la nuca con rostro afligido—. Demonios, no debí decirte nada ni buscarlo. Siempre consigo cosas para lastimar a los demás.
Precisamente eso lo distrajo de su pesaroso estado de ánimo. ¿Cómo? ¿No decirle nada? ¿Cuánto tiempo se mantuvo callada? Él conocía aproximadamente dos meses del hecho aunque le pareció que ésta estuvo mucho más tiempo con el tema callado.
— ¿Cuánto hace que conoces todo esto? —inquirió intenso.
—Em… Dios —carraspeó brevemente; se frotó las manos para luego entrelazarlas—, hace bastante.
— ¿Por qué no me lo dijiste?
—No me pareció correcto hacerlo. Creí que si dejabas cerrar este ciclo de mierda lo tomarías a mejor y sería más sencillo de comprender.
— ¿Más sencillo? ¿Estás de guasa?
—Ethan realmente pensé que así sería. Me pareció mejor ocultarlo por un tiempo para que…
Perdió los estribos sin remedo.
— ¿Quién te crees que eres para ocultarme semejante cosa? —Gritó fuera de sí ante el shock producido por la maldita Loreta—. ¿Creíste que me harías un favor escondiendo que mi esposa no se llamaba como decía hacerlo? ¿O que se fue a Las Vegas y se casó con un fulano?
—Era eso o verte llorar como niñita —replicó soltando el tenedor a un costado del plato vacío—, y no vuelvas a gritarme en mi casa.
Polly-Sue comenzó a gruñir bajo la mesa producto del tono inquieto de su dueña. ¿Winters sabía lo bien que mordía su perra Bóxer si se lo proponía? Ethan perdió aún más los estribos en el momento en que oyó la última frase, golpeando la mesa con la palma abierta provocando la vibración en todos los objetos allí colocados. Chelsea se tensó aún más, aferrando sus uñas a la madera cubierta por un plástico transparente para evitar dañar la superficie con las diversas actividades o comidas desarrolladas.
— ¿Es en serio? Es que no lo creo, Chelsea. ¡No eres la dueña de la verdad, ni ahora ni nunca! Ni mucho menos para decir o hacer lo que se te venga en gana con el dolor ajeno.
— ¡Ah, por favor! ¿Quién fue el debilucho que se puso a llorar frente a todos cuando te dijeron de romper el matrimonio, eh? ¿O el tonto que anda extrañando a la puta de tu ex por todos los rincones?
— ¡Me enamoré de esa zorra, fui tras ella y casi me matan por eso! ¿O no sabes lo que es el amor?
— ¡Claro que lo sé! —se defendió contra el patético embiste de furia; quien más sabía de enceguecerse por amor era ella. Se levantó dispuesta a recoger los platos ya usados.
—No se nota, querida. Seguramente no habrás tenido nada difícil que soportar con otra persona como yo lo hice con mi ex. ¡No tienes ni el derecho de decir lo contrario!
— ¿Y tú qué sabes sobre mis viejas relaciones? ¡Apenas te conozco de meses!
— ¡Me importa un bledo! —volvió a gritar, esta vez levantándose luego de apoyar de forma agresiva la copa sobre la mesa— ¡Nunca tuviste derecho de mentirme así! ¡Creí que eras distinta a la furcia que todos decían conocer! ¡Lo peor es saberme advertido de tu persona y aún así caí en tu juego como todos los demás!
¡Oh, se metió en una arena movediza muy difícil de salir! Soltó los platos directo en el fregadero mientras volteaba lentamente para mirarlo con ojos entrecerrados. ¿Enserio quería ir por ahí? Las personas quienes resaltaban ciertos aspectos de la vida de otros o que usaban los puntos débiles de los demás le parecían especialmente repugnantes.
—¿Tú eres Brad Pitt o George Clooney? No, querido —se aproximó encarándolo desencajada—. Solo eres un maricón llorica de mierda que se cree superior a los demás por algún código moral de superioridad que te inventaste como el fracasado que eres. ¡No eres nadie sin nuestra ayuda!
— ¡Yo no la pedí! ¿Crees que me agrada ser el conejillo de indias de esta puta ONG o de tu madre? ¡Oh si, linda, lo descubrí cuando me ofrecieron mucho más por mi trabajo!
— ¿Y entonces por qué mierda aceptaste? ¡Si todo esto era una trampa te hubieras quedado desempleado en Texas en vez de hacerte el gallo gritándome en mi puta casa!
Buen punto explayado en esa frase. ¿Por qué se quedó o aceptó? El animal económico se despertó ante esa suma, pero podría haberse quedado en Texas rebuscando por Austin o su pueblo natal algún puesto apetecible para sus habilidades universitarias ya adquiridas. Sin embargo allí estaba, en DC discutiendo por algo en lo cual creía tener la razón casi a ciegas en la casa de su amiga traidora y ocultadora de información importantísima para su proceso de sanación.
—No es de tu incumbencia.
— ¡Pero por favor! ¡Primero me lo hechas en cara como si hubiera masacrado a tu pueblucho de mierda y luego dices que no me importa! —Golpeó con el puño cerrado el mueble de madera—. Conserva tu dignidad y lárgate de mi casa, no tengo nada más que discutir con un bebé llorón de mierda. No te quiero volver a ver cerca de mí, bolsa de cuernos de porquería.
— ¿Quién me lo ordena, eh? ¿Una cualquiera buscona de hombres como tú?
— ¡Lárgate de mi propiedad! —Gritó a voz en cuello; lo gracioso era la vena hinchada en el cuello como también en la frente— ¡Colmaste mi paciencia! ¡Fuera!
Señaló con su zurda la entrada oculta tras la pared de la cocina, de color celeste muy claro. No se iba a ir hasta dejarle saber todo lo que pensaba de ella en su interior. Ante su inmovilidad manifiesta, Chelsea lo cogió del brazo con todas sus fuerzas intentando conducirlo directo a su sala de estar. Claramente si no se iba por las buenas debería echarlo por las malas. ¡Le gritó en su casa! ¡En su puta propiedad! Una cosa era la vía pública como el episodio de la puerta del club, otra muy distinta radicaba en faltarle el respeto en su propiedad como si no fuera nadie. ¡Ella era alguien! ¡Mas valioso para la sociedad de lo que él podía pensar!
Ethan se dejó arrastrar hasta sacarlo de la cocina para luego desprenderse del agarre de forma brusca. La joven lo empujó con fuerza en el pecho obligándolo a retroceder unos pasos hasta recuperar el equilibrio. Si no se iba amenazaría con llamar a la policía, todas lo hacen.
— ¡Lárgate ya, imbécil! ¡Ve a llorar abrazado a una almohada con los papeles donde menciono a la mentirosa de tu ex!
— ¿Lo dice la loquita con experiencia? Cuéntame que más hacer para unirme a los tocadores de fondos seriales porque tú eres experta en eso.
Y fue la última gota caída la que derramó el agua por todos lados. Levantó el brazo derecho para darle una bofetada bien merecida contra ese patán de cuarta maleducado del sur, quien sujetó con fuerza la muñeca en cuanto se encontró a centímetros de su rostro. Si había algo desarrollado en el último tiempo en su cuerpo y mente eran los reflejos, los cuales mejoraron en un 50% a partir de los meses donde se encontró con la nueva infección. El agarre comenzó a incrementar la presión en su extremidad despertando poco a poco la bestia de la supervivencia adormecida por años de prácticas como también tratamientos con su equipo psiquiátrico.
Una presión en el pecho amenazadora comenzó a surgir en su interior en cuanto ambas miradas se encontraron, ambas furiosas por la falta de respeto profesadas. Esos ojos le devolvieron de repente a unos años atrás en donde se encontraba sumisa contra un poder masculino superior, quien intentaba dictar el rumbo a tomar en su vida como si fuera su propio Dios. Los orbes azules de su ex pareja, ese muchacho posesivo como también celoso en un extremo, devolvieron la mirada después de haber discutido nuevamente entre ellos la situación de ese momento en la relación. Ya estaban en los puntos finales de la misma pese a que la otra parte no lo entendía ni deseaba hacerlo. Joe sujetó con fuerza sus muñecas mientras gruñía demasiado cerca de su rostro "solo yo puedo estar contigo".
Después se desató el infierno en cuanto intentó deshacer el agarre brutal. Chelsea volvió a la realidad en cuestión de segundos, sintiendo una falta de aire demasiado pronunciada ante ese recuerdo experimentado otra vez frente a un hombre; no todos deseaban poseer a la otra persona, lo tenía demasiado en claro, pero cuando se encontraba en una circunstancia similar los fantasmas volvían a azotarla fieramente.
Levantó su extremidad libre mientras las alarmas en su cabeza estallaban ante la necesidad imperiosa de soltarse para recuperar su libertad, su autonomía femenina, en búsqueda de la liberación contra el aprisionamiento masculino efectuado por Joe. Asestó un puñetazo fuerte en el mentón del rubio, quien la soltó de repente ante la sorpresa del golpe, retrocediendo después de sentir la oleada de dolor en la parte baja de su rostro, no vio venir el siguiente en el estomago el cual lo obligó a caer al suelo. La joven temblaba después de efectuar la maniobra defensiva en contra de Ethan, tenía un nudo en la garganta imposible de deshacer con simpleza esa noche.
Lo superó en aquella ocasión; la próxima podía no hacerlo.
—Vete de una vez —dijo intentando con todas sus fuerzas no dejar oír el terror—, no vuelvas a hablarme en la vida.
En caliente las cosas podían tornarse demasiado complicadas de resolver a posteriori, eso de seguro; ambos se encontraban en una encrucijada sentimental de proporciones universales salvo que conocían bien como hacerse daño. Ethan no lo aceptaba en el momento en que colocó sus manos en el suelo de madera brindándose un impulso, logrando levantarse con el estomago vacío de aire. Le dio demasiado bien, tan perfectamente bien que luchaba con fuerzas para recobrar el aliento. Se pasó y de eso se encontraba seguro, pero la rabia le pudo más dejando relucir su lado más filoso como también hiriente.
No deseaba estar mucho tiempo más en esa casa, tampoco; deseaba internarse en el santuario sectario compuesto por su apartamento para analizar toda la información brindada con la cabeza despejada de los nubarrones punzantes. Chelsea se encaminó veloz a su cocina, cogió la carpeta armada con todo lo sonsacado de Loreta Travis y volvió a donde estaba, arrojándoselo al suelo para luego coger su abrigo realizando la misma acción. Lo aceptaba por lo que recogió todo marchándose sin mirar atrás.
Debía lamer sus propias heridas recientemente reabiertas mientras que la otra parte debía controlarse para no echarse a llorar con todas sus fuerzas.
N. del A: *Aquí podría haber puesto dulce de leche, como le decimos en mi país natal, pero al buscarlo (y viajar a países vecinos como Chile) decidí dejarlo así: Manjar.
