Bugs (¿Bunny? ¿Banney?) se acercaba a ellos a paso tranquilo. La luz que entraba por la puerta de cristal tras de él lo hacían relucir más que nunca, formando una halo a su alrededor. Una sonrisa coqueta, de típico galán de secundaria, adornaba su rostro. Sus ojos violetas eran grandes y brillantes, sin ningún atisbo de cinismo o burla. Llevaba puesta ropa casual, dándole un aire desenfadado al igual que su cabello despeinado.
Parecía una persona totalmente diferente.
Pero Daffy sabía que no lo era.
-¡Lola!- saludó a su hermana con la misma efusividad que ella había empleado.- ¡Hey, Duck! No esperaba verte aquí. Y tú debes ser Porky ¿No? Nos conocimos en la habitación de tu abuela.
-Lo recuerdo-contestó Porky con una voz sombría que no era habitual en él.
Bugs le dedicó una sonrisa amistosa. El cambio en él era tal, que a Daffy le recordó aquellas historias de terror de personas que se transformaban al anochecer, como el Doctor Jekyll y el Señor Hyde. Incluso se le cruzó por la mente que tal vez Bugs podría ser una especie de vampiro, a juzgar por sus extraños ojos y su piel antinaturalmente blanca. Desecho esas absurdas ideas tan rápido como se le habían ocurrido. Esas eran fantasías estúpidas y esta era la realidad. Una realidad en donde ese cambio de comportamiento era más propio de algún estado psiquiátrico. Pero él no era ningún médico o algo así para quedarse a tratar con un ente manipulador y falso como Bugs Banney. Debía alejarse de él.
-Daffy ¿Nos acompañas?- preguntó Porky, recordándole con quien y donde estaba.
-Claro, gordo, voy detrás de ti- respondió instantáneamente, sin pasar inadvertido que Bugs lo estaba mirando.
-Hermanito, tengo que trabajar- dijo Lola, tomando una carpeta amarilla de debajo del mostrador.- Nos vemos a la hora del almuerzo ¿De acuerdo?
-Esperare con ansias- respondió el de ojos violetas a su hermana, en un tono en el que Daffy estaba seguro que no iba dirigido a ella.
Lola comenzó a platicar algo con Porky, mostrándole los papeles dentro de la carpeta. Ambos se adelantaron al elevador, inmersos en su conversación. Daffy se dispuso a seguirlos, pero fue detenido por una mano delicada sujetándolo del brazo. Debió imaginarlo.
Dio media vuelta y se encontró de pronto con la misma cara que se había burlado de él en el bar de Speedy y en el cabaré de Pepe. Una cara lánguida de afiladas facciones y ojos indiferentes pero a la vez llenos de descaro. El auténtico Bugs.
-¿Vas a algún lado, viejo?- su tono de voz estaba lleno de hipocresía.
Daffy miró de reojo en dirección al elevador. Porky y Lola ya habían subido.
Le habría gustado responderle, golpearlo o simplemente apartarlo de un empujón, pero no lo hizo. Ya había decidido que luchar contra él era tan inútil como tratar de detener un tifón, así que muy a su pesar había preferido ceder. No caería en su juego de provocaciones, en donde Bugs llevaba las de ganar.
Lo ignoró y empezó a caminar en dirección a la puerta de salida. En esas horas no había mucha gente en el hospital.
-Oye, Daffy…
Se sentía estúpido e infantil aplicando la ley del hielo al de cabello plateado. Tal vez Sylvester había tenido razón en decir que se estaba ablandando. Pero no, no era eso. No era algo fácil de explicar, aunque se resumía en una frase: No quería dañarlo. No podía. Algo, un nosequé se lo impedía y no se encontraba de ánimos para luchar contra ello como con el propio Bugs.
-Viejo, espera…
Pensó en lo que Porky le había dicho la otra noche, que solo estaba encaprichado con Bugs porque era el único que se mostraba insumiso ante él.
-Duck, regresa, por favor…
A lo mejor el gordo estaba en lo cierto. Quién sabe. Estaba acostumbrado a que todos lo temieran o lo respetaran, era lo mínimo que merecía después de…
-¡Maldita sea, deja de ignorarme!
Daffy se volvió al instante, sobrecogido por el grito. Incluso las pocas personas alrededor se habían asustado. Y no los culpaba.
En los ojos del de cabello plateado centellaba algo que Daffy no supo cómo clasificar más que como locura. Y es que el chico lucia como una bestia apunto de atacar. Sin embargo, toda esa expresión se esfumó tan rápido como había llegado. Súbitamente, Bugs pareció despertar. Miró a su alrededor, avergonzado por haber asustado a la gente y un leve sonrojo cubrió sus mejillas. Recobró su calmada actitud y solo dijo:
-Por favor, no hagas eso.
En ese momento, Daffy se dio cuenta de que había descubierto su punto débil. Y también confirmo sus sospechas de que Bugs no estaba bien de la cabeza. Tal vez no era un especialista en psiquiatría, pero le llamaban la atención.
-Dilo de nuevo – pidió.
-¿Qué?
-"Por favor", dilo de nuevo.
Bugs bajó la mirada un poco, excediendo a la petición.
-Por favor, no hagas eso – repitió y su voz sonó blanda. A los oídos de Daffy, incluso adorable.
-Así me gusta- se burló el moreno en su característico tono de superioridad. Bugs levantó una ceja y lo miró con ojos sombríos.
Daffy al fin había ganado un encuentro.
-¿Y bien? ¿Qué quieres?- preguntó cruzando los brazos. A la mierda con rendirse, luchar contra él le gustaba. Lo admitía.
-¿Te gustaría cenar conmigo esta noche?- dijo Bugs, recuperando la actitud risueña que usaba con Lola. Casi parecía un niño.
Daffy miró a su derecha, sin observar un punto fijo. Aunque no tenía que pensar mucho la respuesta.
-De acuerdo, pero tú pagas.
-Vale, te veré a las nueve enfrente del edificio Acme.- contestó con voz cantarina.
Tenía que estar loco, tenía que estar muy loco y muy obsesionado, pero ahora que había hallado su punto débil, debía encontrar una oportunidad para atacarlo por ahí. Debía hacerlo sufrir y que se retorciera, debía ser tan hábil como él y destruir su orgullo. Pieza por pieza lo rompería y disfrutaría mucho al hacerlo. ¿Por qué? Las razones ya las había olvidado.
Después de su encuentro con Daffy, Bugs había regresado al edificio donde vivía. En unas horas se encontraría ahí con el moreno. Había saludado con su sonrisa galante a la portera. Había entrado al elevador con un grupo de chicas de secundaria, a las que claramente había escuchado reír tontamente y susurrar sobre lo guapo que era. Se había despedido de ellas al llegar a su piso y ellas habían reído avergonzadas.
Entró a su apartamento azotando la puerta. Se quedó parado en medio de la sala, mirando nada en realidad por al menos un minuto. Hasta que estalló.
De un manotazo tiró todos los adornos y fotografías que estaban sobre un mueble pegado a la pared. Pateó la mesita que estaba en medio de los sillones y esta salió disparada, estrellándose contra el muro. Fue hasta su habitación y se encerró allí, descargando su furia contra sus propias cosas. Incluso el mismo había salido dañado y un hilo de sangre caía desde su cabeza, pasando por su barbilla y manchando su playera blanca. Luego se sentó en el piso, frente a su cama y comenzó a reírse. Sus carcajadas resonaban por su habitación, rebotando en las paredes.
-Ese imbécil cree que me venció…- le dijo a la soledad, entre risas y sollozos. Se pasó la mano por el cabello, embarrándose su propia sangre.- Es mi culpa por ser tan débil.
Observó su reflejo en el espejo de cuerpo completo en la pared. Uno de los pocos objetos que no había salido dañado.
-No ¡Él es el débil! Va por ahí creyéndose intocable, pero ya lo verá…ya lo verá.- Dio un rodillazo al espejo, que empezó a resquebrajarse. Tomó los pedazos entre sus manos, sin importarle los cortes o la sangre.
Horas después, Lola llegó cargada de bolsas del supermercado. Abrió la puerta del apartamento, más concentrada en las llaves que en otra cosa.
-Oye, Bugs ¿Por qué no fuiste por mí a la hora del almuerzo? ¿No eres tú quien siempre está molestando con lo de la puntuali…- Se detuvo de golpe a ver todo roto y desordenado. El miedo y la sorpresa la invadieron. Soltó las bolsas, que cayeron con estruendo.- Ay no. No otra vez.
Caminó con cautela, temblando y tragándose su propio terror. Por favor, no hayas hecho alguna tontería. Pensó. Escuchó un ruido en la cocina.
-¿B-Bu-Bugs? ¿Es-estas aquí?- preguntó a la oscuridad, tartamudeando tanto como Porky.
-Oh, Lola. Llegaste.- Su hermano hablaba con tranquilidad, con esa falsa calma que la ponía nerviosa y le hacía tener ganas de zarandear a Bugs y exigirle que actuara como una persona normal.
No obstante, su hermano no era normal. Ella lo sabía mejor que nadie.
Encendió la luz y ahogo un grito al ver a Bugs cubierto de sangre. Las piernas le temblaron y le costó poder mantenerse en pie. Tenía ganas de correr, de escapar y huir de él, sabiendo lo que era capaz de hacer. Pero no era la mejor opción, a pesar de todo, lo amaba muchísimo. No sabía lo que haría sin él.
-No me digas que…No, porfavor…No de nuevo…- Lola empezó a llorar, sin poder contenerse. Cayó al piso de rodillas.
-¡Lola!- se alarmó su hermano. Corrió hasta ella y se puso a su altura.- Sabes que odio verte llorar.- dijo con suavidad. Estaba usando el mismo tono de voz para consolarla, como aquella vez. Oh, dios, no quería recordar lo de aquella vez.
Lola se calmó un poco al darse cuenta de que la sangre era de Bugs. No era de nadie más. No tendrían que huir de la ciudad y empezar de nuevo. Bugs la abrazó protectoramente. Ella también lo apretó contra sí.
Ahí, incoados en el suelo, abrazándose, Lola se sintió como una niña. Como cuando era pequeña y Bugs un adolescente, protegiéndola de los gritos de sus padres en la habitación continúa. Recordó las veces que su hermano dio la cara por ella y recibió mil palizas, todo por protegerla. Se sintió avergonzada por su anterior deseo de salir corriendo y dejarlo solo. Él nunca lo haría. Él siempre estaría con ella.
Debía dejar de ignorar que su hermano tenía un problema. O corría el riesgo de repetir lo de aquella vez. Lo llevaría con un especialista y ella lo apoyaría.
Se levantó y fue a uno de los cajones junto a la estufa, sacando alcohol y vendas del botiquín. También empezaba a recordar porqué había querido ser enfermera.
Miró a su hermano, quien seguía en el suelo. Él veía distraídamente una esquina de la cocina. Desde ahí, parecía un niño. Un niño asustado, como nunca había tenido oportunidad de ser. Ella lo había obligado, sin querer, a crecer demasiado rápido, a ser fuerte. Y él había vivido con esas ideas todos estos años. Bajo toda esa apariencia calmada, era increíblemente frágil. Ella esperaba que él encontrara a alguien que uniera todas sus piezas en lugar de terminarlo de romper. Lola, claro, ya no podía ser, pues ella era quien lo había empezado a resquebrajar, en primer lugar.
Eso no es verdad. Pensó. Yo no fui, fueron ellos.
Y empezó a curar los cortes en los brazos de su hermano.
