II


Demoró tres horas y cuarenta y cinco minutos asumir que estaba completamente perdido.

No ayudó mucho el hecho que esta vez no había sido enteramente su culpa, después de una reñida batalla con un entrenador de alto nivel, su principal compañero y mejor amigo, Gallade, había decidido no volver a su pokebola después de ser curado. Él sin comprender observó algo por largos segundos a una distancia desconocida, y huyó hacia el bosque tan rápido que Keith ni siquiera había alcanzado a tomar la recompensa del iluso imbécil que lo había retado.

Desconcertado era decir poco, nunca había esperado que lo dejara solo sin una sola palabra de por medio, había tenido a ese pokémon desde que era un pequeño Ralts por regalo de su padre desde los cinco años, era su más íntimo amigo y fiel protector. No tenía sentido alguno que lo abandonara tan rápido como tuvo la oportunidad.

Ahora, batallaba incesantemente contra la fauna del Bosque de los perdidos, tratando de localizarlo mientras gritaba incesantemente su nombre, en un iluso intento que volviera a él si llegase a escucharlo. Sus piernas ya comenzaban a decaer con el paso del tiempo y el clima no ayudaba en absoluto, viéndose entre los cielos que pronto comenzaría una fuerte tormenta en la que no se había preparado correctamente, la noche comenzaba a calar entre sus huesos y maldijo por lo bajo cuando tropezó con una rama. La idea original era llegar pronto a Ciudad Mayólica para reencontrarse con Lance y Allura y recargarse de provisiones. No buscar a uno de sus pokémon más confiables hasta altas horas de la noche en uno de los lugares más peligrosos de Teselia.

— ¡Vamos amigo, ayúdame un poco! — Su voz sonaba cansada y fatigaba, tenía que encontrar un lugar de refugio pronto o caería rendido en las fauces del bosque. — ¡Gallade!

Tú…

Se quedó quieto por un momento.

Todos sus pokémon salieron de sus capsulas rodeándolo a la defensiva, no había sido una voz humana. La suave luz que emanaba Manectric a través de su melena le daba una clara idea que ni siquiera se encontraban pokémon salvajes a su alrededor desde hace varios minutos.

De pronto, desde la oscuridad apareció un animal de gran altura que lo atemorizó de inmediato, elevando sus niveles de adrenalina, oscuro como el carbón y ojos dorados que lo estremecieron por completo. Garchomp lo rodeó con su cuerpo en un intento de entregarle algo más de protección. Sin embargo, tan pronto como apareció por completo entre los arbustos que lo ocultaban, pudo apreciar que no era cualquier pokémon

Zoroark.

Entrenador.

No era una pregunta, estaba exigiendo afirmación. Él se acercó hacia el con cautela, dándole una cariñosa caricia a su dragón, asintió.

Pero antes de que el zorro salvaje hiciese algún movimiento, un sonoro ruido y un grito agudo lo alejaron por completo, rompiendo por completo el misterioso momento que se había creado en tan poco segundos. Keith dejó escapar un fuerte suspiro, sin darse cuenta que lo había estado reteniendo desde hace un buen tiempo.

— ¡Espera!

Pero antes de perseguir a Zoroark, pudo ver a su Gallade saliendo entre los arbustos en dirección contraria, junto a la mano de un Gardevoir una cabeza más baja que él.

— ¡Gardevoir, vuelve!

Y una chica, con los ojos tan dorados como el Zoroark que había visto, lo observaron consternada.

— Aquí estaremos a salvo. — Mencionó un poco más aliviado hacia la chica que se había introducido en la cueva tan rápido que apenas la había visto pasar. Comenzó a llover fuertemente en pocos segundos, que a duras penas conseguían salir del lodo que se había creado. — ¿Eres tú quien mi Gallade estaba…. Buscando… — Al darse la vuelta tuvo una primera plana de su torso destapado, se dio la vuelta apenado, agradeciendo que se había dejado el sostén deportivo que estaba llevando. Sabía que habían entrenadores que a causa de una vida silvestres ya no solían tener demasiado pudor, sin embargo él aun guardaba algo de vergüenza en su sistema. —

— No me estaba buscando a mí, al parecer tu Gallade se enamoró de mi Gardevoir.

— ¿Qué? — Esta vez la pena se había esfumado y devolvió su mirada hacia ella, quien ya llevada una blusa verde holgada que llegaba hasta sus muslos, notoriamente aliviada de estar un poco más seca. — Eso es imposible, se supone que ellos solo velan por sus compañeros de por vida, o sea, nosotros. — Reafirmó su punto señalándose a si mismo y a ella reiteradamente. —

— Bueno al parecer no es tan así. — Respondió con simpleza mientras secaba su cabello con una pequeña toalla. — No he conseguido apartarlo de nosotras durante toda la noche y no parece tener intenciones de hacerlo en un futuro cercano. Tan rápido como te escuchó, corrió hacia ti, pero llevándose a mi Gardevoir por todo el trayecto. — Keith volvió a observar a su compañero, abrazando al pokémon de la chica, como si en cualquier momento se esfumara de sus brazos, sin prestarle atención en absoluto. Se sentía un poco abandonado por su compañero. —

— Ya se me ocurrirá algo… ¿Tienes algo con que encender una fogata? Mi Arcanine no cae en esta cueva y estoy empapado… — Se sacó la chaqueta que ya destilaba y no guardaba calor en absoluto, primero tenía que asegurarse de no enfermar, o el viaje se complicaría. La chica sonrió emocionada. —

— ¡Tengo algo! — Rápidamente sacó un pequeño cyndaquil de una honorball, ella lo tomó con una sonrisa estrecha. — Acaba de nacer hace un par de días. Es mi primer huevo eclosionado. — El pequeño pokémon respondió emocionado. Keih lo miró inquisitivamente. —

— ¿Y sabe usar sus habilidades?

— Pues, heredó lanzallamas, en teoría debería… — Algo dentro de él se removió en alarma cuando vio la inseguridad en su rostro. — ¡Cyndaquil, lanzallamas!

Tan rápido como escuchó la orden, pudo ver a Gallade y Gardevoir protegiéndolos de la tormenta de fuego que se generó en pocos segundos. Keith la observó molesto, ella solo se encogió de hombros con el pequeño pokémon somnoliento. Sin embargo, la cueva ya se sentía más cálida y una fogata lo suficientemente grande para calentarlos se apreciaba en el centro.

Las horas pasaron y la tormenta no parecía menguar hasta la mañana siguiente, por lo que decidieron crear un campamento a base de las pocas mantas que consiguieron mantenerse secas dentro de sus mochilas. Suficiente para abrigarlos durante una noche en el bosque.

— ¿Tienes algo de señal en tu C-Gear? — Preguntó una vez que se rindió de llamar a Lance desde su propio transmisor. Ella negó con la cabeza mientras se acercaba para sentarse junto a él, aun con el pequeño Cyndaquil en brazos. —

— Traté de llamar a un amigo que se hospeda en Ciudad Mayólica, pero la tormenta es demasiado fuerte para dirigir las videollamadas.

— Ya veo. — Un silencio sepulcral comenzó a incomodar a ambos viajeros. Eran desconocidos, y estaban atrapados por un capricho de sus pokémon que no parecían tener intenciones de alejarse en un buen tiempo. Un fuerte suspiró cayó en los labios de ambos, mirándose con sorpresa. Esta vez fue oportunidad de la chica en matar el silencio. —

— Siento que te debo una disculpa por eso. — Señaló a ambos pokémon aun abrazados. — … Y creo que aún no me presento correctamente, puedes llamarme Pidge.

— Keith. — Respondió con una leve sonrisa, calmando más los ánimos. — No necesitas disculparte, no ha sido culpa de nadie.

— Pues… No directamente. — La ceja alzada de él le dio paso para explicarse. — Lo que pasa es que fui a visitar a una amiga a Ciudad Porcelana a la que siempre le comenté que uno de mis deseos era tener un cyndaquil, aunque siempre he sido más a fin del tipo planta. Así que me entregó el huevo de cyndaquil en la última visita como regalo de cumpleaños, el problema fue que Gardevoir comenzó a encariñarse mucho con él a través del viaje y de repente comencé a tener imágenes de su anhelo en querer ser madre, yo le dije que, aunque quisiera no podía conseguirle una pareja en este momento ya que pocos entrenadores tienen la especie Ralts en su equipo, y conseguirle un Ditto se sentía algo incorrecto, es como un engaño y todo eso es espeluznante. — Hizo una mueca ante el recuerdo. Keith rio levemente. Dio un paso para respirar, había comenzado a divagar nuevamente. — El asunto es, que posiblemente coincidió que tu Gallade sintió a mi Gardevoir cuando estábamos relativamente cerca de ustedes. Y ya sabes, no se separarán hasta que tengan un huevo.

— Eso será un problema. — Coincidió. — Nuestro objetivo es enfrentar el gimnasio de Ciudad Mayólica, soy un entrenador, al fin y al cabo.

— ¿En serio? Pues yo también iba a la ciudad por la misma razón. — Respondió animadamente. — Aunque… Mi objetivo era también descubrir el paradero del pokémon kitsune.

— ¿Te refieres a Zoroark? Me topé con él antes de que tú llegaras.

— ¡¿No me jodas, en serio?! — Su emoción lo sacó de trance, siendo empujado hacia atrás con unos grandes ojos observándolo. — ¡Significa que Zoroark te ha considerado digno para ser el entrenador de su cachorro!

— Pero no me ha dado ningún cachorro… — Estaba incomodo, la chica estaba inclinando su peso sobre él y si se forzaba un poco más, caería encima. —

— No lo entiendes Keith, el llegará a ti donde sea que estés si te mantienes cerca del bosque. Zoroark no se muestra a nadie que no considere digno.

— Ya veo, de todas formas… ¿Podrías darme espacio? — Pidge reconoció la invasión y se alejó inmediatamente, algo avergonzada por la emoción. — ¿Por qué es tan necesario tener a Zoroark para ti?

— Es importante para mi familia. — Keith sintió que había algo más de por medio, pero Pidge no parecía tener intenciones de hablar más, y él no tenía ganas de preguntar algo incómodo. — Así que, después de retar a Camila en el gimnasio Mayólica… ¿Quieres ayudarme? — Aquellos ojos dorados no solo pedían un favor casual, estaban clamando un profundo deseo. Algo dentro de Keith se removió, como un zumbido o un golpe eléctrico. — Estamos atrapados con ellos de cualquier forma y… No me gustaría romperle el corazón a mi amiga.

— A mi tampoco. — Observó a su Gallade, quien ya había caído rendido junto al pokémon de Pidge. Sonrió ante la escena. — No creo que un par de días en el bosque afecté mi viaje.

— Gracias Keith.

Su sonrisa elevó el calor en sus mejillas, algo, nuevamente se removió dentro de él. Un par de días junto a ella no cambiaría el rumbo de su vida, ¿cierto?