III
Keith no quería estar ahí.
Su reputación se basaba desde su agilidad en el combate para luchar hasta con soldados experimentados que doblaban su edad, hasta la rápida capacidad intelectual para descubrir las intenciones de los delincuentes mas buscados del estado y detenerlos antes de que el problema se escapara de las manos.
Hacia un excelente trabajo como investigador criminal. Pero no sabía manejarse dentro de los bares nocturnos de la ciudad para pasar un buen rato.
Las luces del local lo mareaban, el olor a alcohol y cigarro lo irritaban cada segundo que pasaba dentro de ese lugar, pero no podía darse la vuelta y volver hacia su hogar con alguna excusa barata como el agotamiento, o mejor aún, a su oficina, para seguir investigando el peligroso contrabando de metanfetamina por manos de la familia Gunderson que había surgido hace pocas semanas en la ciudad.
Maldita sea su suerte de tener a alguien tan preocupado como Takeshi Shirogane.
— Vamos Keith, estás gruñendo otra vez. — Lo amonestó, acariciando el contorno de su hombro en un vano intento de relajarlo. Keith sin embargo volvió a gruñir por lo bajo. — Ya te dije, toma un par de cervezas, conversa con una agradable chica y te entregaré las llaves de tu moto para que vayas a casa.
— Esto es estúpido.
— Esto es necesario, estas demasiado obsesionado con tu trabajo. — Se acercó hacia su rostro, tratando de aparentar intimidad entre los dos para que nadie sospechase de sus intenciones. Tenían que tener cuidado, al fin y al cabo, su trabajo actual era hacerle la vida difícil a la familia más peligrosa de la ciudad. — Si tu cabeza no se tranquiliza de vez en cuando, puedes perder el norte Keith, recuerda quienes son nuestros objetivos, te necesito con todas tus capacidades intactas. Prométeme que al menos lo intentarás. — El rostro de Shiro se tensó en preocupación, dándole una punzada de dolor a Keith, odiaba que lo manipulara de esa manera. —
— Un par de cervezas, a las 2 me entregarás mis llaves. — Shiro no se pudo mostrar mas satisfecho. —
— Trato.
…
Keith no recordaba la última vez que se había sentido tan liberado de problemas y preocupaciones en los últimos cinco años desde que ingresó al departamento de investigación criminal.
Sus pies se sentían ligeros, su cabeza daba vueltas junto a las luces del escenario que se mostraba elegante y sofisticado en la que varias parejas danzaban en una música popular. Era de esperarse, Shiro no lo traería a cualquier lugar que no tuviera algo de clase en el ambiente. Luego de unos segundos de pedir un nuevo vaso al barman que lo observaba con sospecha sobre su condición, se preguntaba si eso derivaba también de los gustos que tenía para elegir sus parejas. Sabía que Shiro era gay, pero en ese momento, riendo y jugueteando con la cintura de una menuda mujer a una distancia prudente de él, se cuestionaba si le atraía exclusivamente las vergas.
La chica en cuestión podía fácilmente hacerse pasar por menor de edad con la baja altura que poseía, mezclado con el rostro angelical que reía ante un comentario de su superior, pero algo en sus entrañas le decía que no debía dejarse engañar por su apariencia.
Un cuerpo menudo, pero notoriamente tonificado brillaba a través de las luces y el sudor, y el propio efecto del alcohol podría hacerle pensar que sus ojos poseían el mismo tono dorado que el oro. Aquellos ojos que ansiaba apreciar con mayor cercanía, de repente se posaron sobre él, mientras Shiro parecía susurrarle algo en su oído, y una encantadora sonrisa gatuna se posó sobre su rostro.
Keith se estremeció ante el rápido pensamiento de ver ese hermoso rostro tragándolo hasta el fondo, con los mechones desordenados sobre su cara.
Desvió la mirada y dirigió su cuerpo nuevamente hacia la barra. El alcohol ya estaba haciendo efecto en su sistema.
Desbloqueó su celular para revisar cuanto tiempo le quedaba en se lugar. Soltando un fuerte suspiro al ver que le quedaban dos horas más de tormento. No había nada en su mensajería por parte de sus colegas de trabajo que seguramente aun estarían en la oficina. De seguro Allura estaba detrás de eso, asegurándose que pasara una noche sin pensar sobre el trabajo.
A los pocos segundos sintió el piso a su lado siendo tomado por una cálida presencia. Sin embargo, en la periferia pudo darse cuenta que se trataba de la chica con quien Shiro estaba compartiendo la pista de baile.
Se giró levemente para observarla con algo mas de atención.
Había pedido un cardinale mientras le agregaba un poco de color a sus labios. Si bien acentuaba su piel con colores cálidos, sus labios eran de un rojo intenso. Lo que le daba madurez a su rostro infantil. Sus movimientos eran lentos, como si estuviese desarrollando una tarea minuciosa que requería de toda su atención y precisión, y su frente ya se enmarcaba con pequeñas hebras cobrizas ante el esfuerzo.
Seguramente llevaba bailando horas antes de sentarse.
Casi parecía fuera de lugar, incluso en un club de buen nivel. Tenía la apariencia de pertenecer a un jardín, junto a las flores mas coloridas y fragantes que pudiesen existir.
No un bar donde el alcohol y las drogas yacían sobre la mesa.
Keith la consideraba fascinante.
De repente, sacó un cigarro y se lo llevó a los labios, para luego inclinarse cerca de él y observarlo con la mirada baja.
La imagen que tuvo de ella mientras Shiro le comía la oreja volvió nuevamente a su mente.
— Préndelo.
— ¿Qué? — Keith parecía consternado, ¿le estaba hablando a él? La chica sin embargo sonrió son suficiencia. —
— Me has estado observando desde que me senté en la barra, por último, deberías prender mi cigarro si quieres seguir observándome.
Ahora cayó en la cuenta que tal vez la había incomodado ante su nula sutileza con el trato de mujeres. Pero no parecía realmente tensa ante el hecho. Revisando sus bolsillos, sacó un encendedor para acercarlo a su rostro. La chica caló profundamente antes de exhalar el humo hacia el barman. Él, sin embargo, pareció molesto de manera cercana, como si estuviera acostumbrado a sus ocurrencias.
— Gracias…
— Keith. — Ella lo miró con algo de diversión. No parecía esperar que él le contestase con su nombre. — ¿Y el tuyo?
— Puedes llamarme Pidge.
— ¿Te gusta estar en los techos de las casas? — Cuestionó divertido, ella solo sonrió. —
— Algo así, mi hermano mayor me llama así desde que soy pequeña, paso la mayor parte del tiempo en mi nido. Por lo que si puede tener algo de sentido.
— Deben llevarse muy bien.
— Bastante en realidad, todos en mi familia lo somos.
Tomó otra bocanada para luego beber algo de su copa. Algo en su mirada, lo atrapaba como una presa. Su sonrisa era sutil, algo altanera y contagiosa, Keith estaba disfrutando realmente de una charla casual con una extraña. Luego de varios minutos y una nueva ronda por parte de ambos. Ella levantó la mirada curiosa.
— ¿Tú tienes hermanos?
— No consanguíneos. — Respondió atento a su toque sobre su mano, sus caricias lo estaban mareando más que el licor en su sangre, — Shiro, el sujeto con quien estabas bailando, es como mi hermano mayor. Lance también podría considerarse el tipo de hermano molesto.
— Si, creo que tengo uno así en casa. — Cuestionó mientras pensaba en Rolo, un nuevo miembro de su vasta familia quien se había unido hace pocas semanas. — Así que… — Tocó suavemente los bíceps ocultos en su chaqueta, Keith levantó una ceja cuando se acercó hacia él de manera sutil. — Me estabas mirando antes de sentarme en la barra…
— Quizás. — Hace varios minutos estaba jugando peligrosamente, demasiado cerca de su limite de control. Pidge se acercó un poco más, permitiendo que sus pies rozaran sus pantorrillas. Keith suspiró. — Tal vez solo observaba como mi hermano coqueteaba con una menor de edad. — La burbujeante risa de Pidge resonó sobre sus oídos. —
— Debes ser muy buen detective para darte cuenta de eso…
— Es mi trabajo, linda. — Su voz sonaba una octava mas baja que lo normal. Lo que hizo que la nuca de Pidge se erizaba levemente, podía verse a sí misma amando escucharla detrás de su espalda mientras la montaba con fuerza. La mano de Keith estaba rodeando el contorno de su muslo interno, peligrosamente. —
— Pero has fallado, señor detective.
— ¿En qué? — Preguntó por lo bajo, ya demasiado cerca de su rostro para detener el próximo beso que anhelaba desde hace demasiado tiempo. —
— Ayer cumplí veinte años.
…
Su cabeza se sentía como si fuera veinte veces mas pesada de lo normal, le dolía horrores y no podía hacer movimientos bruscos. Con algo de esfuerzo, consiguió erguirse correctamente sobre la cama y darse cuenta que, de alguna forma, había llegado a su casa sin un solo rasguño.
No volvería a beber tanto cuando Shiro lo invitara a salir para relajarse, era un daño a su salud.
A los pocos segundos, escuchó el quejido proviniendo debajo de las sabanas y rápidamente los recuerdos de la noche pasada calaron en lo profundo de la mente de Keith.
Como aquella chica que se veía frágil y delicada le daba la mejor mamada que había tenido en su vida entera. La imagen que se había recreado antes de que llegara a él y a la barra, quedaba en ridículo con lo maravilloso que era verla en vivo.
Pidge tenía la suficiente energía y fuerza para competir con él en una jornada caliente de roces y besos.
Abriendo las sabanas pudo verla semi desparramada en la parte baja de su cama, dándole algo de risa a su nueva imagen un poco mas relajada y natural. Llevaba su camisa blanca como pijama, seguramente ante la baja temperatura que helaba las afueras de Nueva York durante la noche. Algo dentro de él se removió con posesión, pero tan rápido como llego también vino el recuerdo que ella apenas tenía veinte años recién cumplidos.
— Pidge. — Habló moviéndola un poco para despertarla, ella no se inmutó. — Pidge despierta. Son las diez de la mañana, ¿no tienes padres que se preocupan de ti o algo?
—
— Ellos saben donde estoy… — Dijo somnolienta, encorvándose a si misma mientras recuperaba las sabanas que él le había quitado. Keith solo suspiró irritado. —
— Anoche llegaste a mi casa sin avisarle a nadie, no creo que ellos sean adivinos o algo así. Vamos, despierta,
— Pero ellos saben… — Volvió a decir malhumorada sin terminar la oración que pensaba decir. Ciertamente no era una persona madrugadora, solo quería seguir durmiendo sin que Keith la estuviera jodiendo. —
— Me iré a bañar, tienes que estar lista para ir a dejarte, ¿entendido?
— Vete…
Le lanzó una de las almohadas antes de cerrar la puerta del baño. Podría sentirse molesto por la infantil actitud de Pidge después de la noche anterior. Pero algo le decía que solo estaba jugando con él y no tenía reales intenciones de quedarse en su casa.
Cuando salió de la ducha solo habían pasado cinco minutos, pero Pidge no se veía en la cama y en ningún lugar de la habitación.
Extrañado, se vistió rápidamente para dirigirse a la sala principal, encontrándola completamente vestida y con el cabello tomado en una coleta alta, sentada en el sofá mientras revisaba su teléfono con pereza.
Se acercó a ella rodeándola por la espalda. Nuevamente una sensación de confort se rodeó sobre ella, Pidge solo rio ante su acción.
— Sería agradable compartir una taza de café juntos en la mañana, ¿no crees? — El gruñó en respuesta, lo estaba provocando acariciando el contorno de su cuello. —
— Tengo que ir a dejarte antes de que tu familia se preocupe Pidge, eres solo una niña.
— Eso no será necesario, pero eres muy amable por preocuparte. — Una voz masculina lo puso en alerta tan inesperadamente que desfundó su pistola hacia su dirección. Un hombre casi de su misma edad, con el mismo tono de cabello que Pidge lo miraba asombrado, y algo de diversión en el rostro, levantó los brazos. — Tranquilo, solo vengo a recoger a mi hermana.
— ¿Matt? — El asintió amistoso, Keith guardó su arma aun con algo de suspicacia. — ¿Cómo llegaste tan rápido a mi hogar? — Cuestionó inquisitivo. — Demoras casi una hora con el trafico en la mañana sin contar el bosque alrededor.
— Por protección, nuestra familia siempre sabe donde esta nuestra pequeña Katie, nada personal.
— Ya veo… — La mano de Pidge desvió su mirada. —
— No me molestaría que le dispararas si no le crees.
— ¡Pidge! ¿¡Te vengo a buscar y así es como me pagas!?
— Deja de llorar, sabes que no me gusta que me sigas.
— Si bueno, ya sabes cómo están las cosas últimamente. — Pidge se levantó rápidamente cuando Matt se dirigió hacia la salida, como si de una orden tácita se tratara. Keith se acercó a ellos para despedirse, algo consternado aun por la situación. Ella le dio un leve beso en la mejilla, y una sonrisa gentil. —
— Gracias por la noche, dejé mi número anotado en tu refrigerador por si quieres salir por esa taza de café en algún momento. — Se apoyó en el marco de la puerta con tranquilidad, ignorando por completo el ceño fruncido de su hermano. —
— Claro, suena bien.
— Hasta entonces, Keith.
Y sin más, se dirigió a uno de los autos que esperaba por ella, observando a varios hombres en el interior. Pudo ver como comenzaron su rumbo hacia la ciudad, vivir en las afueras tenía sus ventajas, aunque el camino de regreso era inevitablemente largo.
De pronto, su cabeza comenzó a preguntarse sobre el origen de Katie ''Pidge''. Viéndose desde el inicio como una chica de clase alta, no aparentaba vanidad y era fácil establecer una conversación con ella de manera amistosa. Sería mentirse a si mismo que no disfruto las horas junto a su compañía, riendo y hablando sobre conspiraciones como un adolescente de su misma edad, a la vez que se enredaban en las sabanas como si el pudor y la vergüenza jamás hubiesen existido en ellos.
Verla una segunda oportunidad no parecía una mala idea.
Una llamada entrante de Shiro lo sacó de sus pensamientos.
— Hola, ¿llegaste bien a casa?
— Shiro, si, ¿y tú? No te volví a ver después de la medianoche.
— Me perdí en algún momento, perdón. — Se escuchó una voz en el interior. — Curtis me dice que dejaste tu moto estacionada en nuestra casa, ¿con quién te fuiste anoche?
— Me vine en el auto junto Pidge, era más seguro que una moto en plena madrugada. ¿La conoces? Estabas hablando con ella. — La llamada quedó en un silencio sepulcral que incomodo levemente a Keith. — ¿Shiro?
— Amigo, ¿que fue lo que hiciste?
— Pues… Si quieres saber, pasé la noche con ella.
— ¿Quién fue a buscarla? — Inquirió rápidamente, Keith se preocupó. —
— Su hermano, ¿por qué? ¿Hay algún problema?
— Ohh Keith… Menos mal te has salvado por los pelos. — Nuevamente las palabras de Curtis sonaron fuertemente detrás de la línea. —
— Shiro me estás preocupando.
— La chica con la que te acostaste ayer, su nombre completo es Katie Holt.
Holt…
Una de las familias mas poderosas del país, la casa principal de la que incluso los Gunderson temían, la mafia italiana se encontraba en Nueva York.
Una emoción nueva creció en el interior de Keith ante aquella revelación. Katie, la chica inteligente y lasciva con la que había dormido ayer en toda su vida, era parte de una red de criminales más grande de lo que él podría pensar.
Con razón Shiro se había preocupado de inmediato, de haber sido su padre no la había tenido tan fácil. La llamada se había cortado hace varios segundos por su descuido. Shiro no llamaría, seguramente querría hablar personalmente con él.
Sin embargo, a pesar de la delicada situación en la que se encontraba, algo dentro de él se removió con emoción al pensar verla una segunda vez.
