IV
Caminaba rápidamente por los pasillos de la casa careciendo de la gracia que le caracterizaba por aprendizaje, con una suave capa de sudor en su cuerpo que seguramente le había corrido el maquillaje hace varias horas atrás, y una sonrisa descarada que ni siquiera su padre podría borrarle con una reprimenda por su comportamiento poco femenino.
La damisela de apariencia frágil, quien solo hablaba lo justo y necesario durante los encuentros de su familia y amistades más cercanas de la realeza. Quien se mantenía inmutable y refinada, y que apenas conseguía el metro y medio de altura incluso con taco alto, estaba en éxtasis ante el encuentro fortuito de un bien aventurado caballero que intentaba cortejarla desde hace varios meses atrás.
Su corazón latía desbocado con cada encuentro de su persona, y ese día no había sido la excepción. Comenzaron una carrera tan rápido como quedaron solos por los jardines de la familia Kogane, luego de una aburrida charla con su familia sobre las mejores condiciones de una cacería y la posibilidad de realizarlo en un futuro cercano, como una casual salida amistosa. Las ropas de su largo vestido celeste de otoño se encontraban sucias por el lodo del camino, y su recogido peinado del cual su madre había batallado durante horas para aquel día y verse presentable, caía ante la gravedad y el esfuerzo de la joven condesa.
Pero eso no podía importarle menos a Katie en ese momento. Solo quería huir de Keith y disfrutar del pensamiento de él persiguiéndola donde sea que fuese.
Con una mano en su pecho, tratando de calmar su insaciable corazón por la adrenalina y el esfuerzo, comenzó a caminar lentamente mientras se deslizaba sobre un pilar que representaba el origen de la familia Kogane, la espada de la batalla y la balanza de la justicia. Sin embargo, unas manos firmes la capturaron desde el otro lado, elevándola levemente mientras reía con suficiencia.
Aquel hombre era imposible, siempre conseguía atraparla cualquiera fuese su escondite sin darle ni una sola victoria, incluso como lástima. Ella bufó exasperada, mientras la dejaba con suavidad sobre el suelo nuevamente.
— Esto es injusto. — Reclamó ordenando sus mechones rebeldes de su rostro. — Nunca me das ninguna oportunidad.
— Eso es, querida mía, porque estarías seriamente molesta conmigo si llegase a realizar tal acto de debilidad. — Sonrió con sorna mientras ella se avergonzada de su naturaleza competitiva. — Y creo que tu eres muchas cosas, pero no una mujer débil.
— En efecto. — Sonrió orgullosa. — Esa engreída lengua tuya te ha salvado nuevamente esta semana. — Keih pareció pensar sobre su respuesta, para luego reír por lo bajo mientras comenzaba a caminar hacia la pileta más cercana con un tono más rosa en sus mejillas. Ella lo miró curiosa. — ¿Qué es tan gracioso?
— Nada importante, solo los banales pensamientos de un hombre impúdico. — Tomó su brazo en cuanto él lo levantó. Ocasionalmente solía realizar ese tipo de gestos con mayor frecuencia cada vez que se quedaban solos, le llamaba la atención que clase de respuestas podrían ocurrírsele sobre la mancha. Y más aún el que no quisiese compartirlas con ella. — ¿Hay otra cosa que desees hacer esta vez? — Katie bufó cansada mientras se sentaba en la pileta, sus pies estaban destrozándole los dedos, pero la suave caricia de Keith sobre su mano conseguía distraerla efectivamente. —
— Ya jugamos con el arco el lunes, con un resultado lamentable de mi parte, y estoy algo cansada para practicar con las espadas que tanto estima, querido.
— ¿Quieres que volvamos con su familia, entonces? — Preguntó levemente desanimado, Katie negó con su cabeza tan fuerte que él sonrió aliviado, pensando que su presencia le había agobiado por el resto de la velada. —
— En realidad, me gustaría que volviese a hablarme sobre su hogar y su gente, si no es mucha molestia. — Una cálida sonrisa surcó sus labios ante la pregunta, entregándole un fugaz beso en sus labios que hizo que el color de las mejillas de Katie se tornase levemente rosas. —
— Sabe que jamás es una molestia.
Estar junto a Keith Kogane se sentía tan natural y perfecto durante los últimos cinco meses que parte de ella pensaba que era irreal o una especie de sueño profundo. Consideraba impensable que un hombre de tan elegante porte y conocimiento sobre el mundo que lo rodeaba, desease cortejar a una condesa como ella, sin nada de interés salvo la impecable apariencia que sus padres batallaban por proteger todos los días.
Porque Katie Holt no solo había adquirido la insaciable sed de conocimiento de su padre por la ciencia y la lectura, sino que además heredó el temible carácter de su madre y una lengua demasiado violenta para cualquier hombre, una mezcla perfecta para considerarla una mujer indeseable por parte de posibles pretendientes que ansiasen esposarla.
Como valor agregado, ella no era heredera mayoritaria de las tierras y fortuna de la familia Holt por ser la hija menor, por lo cual su valor disminuía radicalmente.
Desde que Katie cumplió catorce años, sus familiares y amigos estaban preocupados sobre lo que le depararía al futuro de la pobre chica. Hasta que apareció Keith días después de cumplir sus diecisiete años en un evento cualquiera, con el mismo lamentable carácter que conseguía compatibilizar casi perfectamente con la joven condesa el mismo día de conocerse.
La familia Kogane provenía mucho mas lejos de lo que la mayoría de la gente pensaba en primer lugar. De una familia noble protegida por el emperador y un maravilloso linaje militar que le daba propiedad a una vasta fortuna, partieron a buscar nuevos horizontes de comercio y extender los conocimientos sobre el mundo que los rodeaban. Krolia, la primera generación nacida en Inglaterra, se casó con un burgués que no hizo más que aumentar la fortuna de la que ya poseían, por lo cual su familia se consideraba de sumo valor para la búsqueda de pretendientes y así mantener su linaje.
El problema radicaba que Keith, el primogénito de la familia Kogane, era un chico del cual nadie conseguía traspasar las barreras que había impuesto sobre la sociedad que detestaba, sintiéndose mayormente cercano al país natal de su madre que visitaba una vez al año. Su carácter altanero y poco tacto con las mujeres, rápidamente lo terminaron dejando con una reputación negativa en la ciudad. Hasta que, al cumplir los veintiún años, su familia le obligó a ser participe de una fiesta en honor a su majestad el rey, eventos de los que era experto en rehuirles con habilidad, conociendo por casualidad a Katie Holt, de la mejor manera posible que pudo llamar su atención.
Insultándolo por manchar su vestido con una copa de vino.
La furia de aquellos ojos ambarinos, y la valentía de enfrentar a sus padres sobre su mal uso del lenguaje fue lo que llamó su atención inexplicablemente, con una nueva sensación en sus entrañas.
Ella exhalaba fuego. Puro y apasionado fuego de su cuerpo que jamás había visto de la nobleza.
Se vio a si mismo asistiendo a fiestas y eventos casuales donde sabía que podría encontrarla, para sospecha de su madre y felicidad de su padre, ofreciéndole su compañía y una copa de lo que encontrase en el camino.
Al principio le vio recelosa de su cercanía, a la semana consiguió hacerla reír sobre la posibilidad de posibles nuevas culturas en el vasto mundo. Y al mes se vio más desenvuelta con él ante una queja sobre la comida en un festival gourmet que suponía ser deliciosa.
— Tienes razón, sabe del asco.
— ¡Pidge! — Tan rápido como sus palabras salieron, un hombre presumiblemente de su edad se acercó a su lado y las risas entre los dos cesaron de golpe. — Ya te hemos dicho que cuides tu lenguaje en público.
— Pero a mi señor presente no le molesta mi honestidad, ¿verdad? — Se dirigió a él con una nueva mirada: miedo. Keith rápidamente negó con la cabeza, devolviéndole la suave sonrisa de aquel angelical rostro mientras dos adultos de similar apariencia de la chica se acercaron curiosos. Ella se tensó, y presentó un rostro impoluto a los pocos segundos. —
— ¿Hay algún problema, Matt? — Habló la mujer adulta. El chico recobró la compostura con un movimiento de su chaqueta. —
— Solo la pequeña Katie siendo descortés con el señor aquí presente.
— Si me permite serle honesto. — Respondió, llamando la atención de la familia. — Su lenguaje honesto me parece de lo mas encantador que he visto en esta ciudad, no me ha molestado ni un solo segundo. — Matt levantó la mirada hacia él con suspicacia y el rostro de Katie se iluminó de sorpresa. La pareja se observó perpleja, por lo que Keith le ofreció su mano a modo de saludo al hombre mayor antes de que alejase a la chica de su lado. — Me disculpo por no presentarme, Keith Kogane, un placer.
— Samuel Holt. — Respondió con simpatía y un estrecho apretón. — Mi dulce mujer Colleen.
— Un placer. — Llevó su mano hacia sus labios en un suave movimiento. —
— Y mi hijo mayor...
— Matt Holt. — Mencionó apresuradamente, deteniendo a su padre. — ¿Eres parte de la familia Kogane proveniente de Japón?
— Efectivamente, mi madre está detrás de ti. — Matt desvió rápidamente su mirada para ver a la hermosa mujer vestida en un elegante kimono, mirando con interés hacia su dirección, los padres asintieron en un saludo lejano, ocasionando que la mujer se acercara y los saludara con la esperada cortesía de una dama de su clase. Si el rostro de Katie podría estar más sorprendido ante aquella mención, no lo demostró. —
— ¿Y puedo saber qué hace el hijo de la familia protegida por nuestro rey, hablando con mi pequeña hermana? — Las palabras del hijo mayor lucieron ásperas y maliciosas, lo que llamó la atención de sus padres con una leve elevación de sus cejas. —
— A mí también me gustaría escucharlo, Keith. — Habló Krolia, con interés divertido en su tono. Ciertamente lo estaba molestando u obligando a revelar sus intereses. Parte del hábito heredado de su madre por generaciones pasadas, era siempre demostrar las intenciones de manera transparente, con tal de no generar confusiones entre las personas. Por lo que no dudó en lo que diría como respuesta, observando al hombre mayor con determinación. —
— Para serle honesto, señor Samuel, tengo intenciones de pedir su permiso para cortejar a la joven Katie aquí presente. — Un suave carraspeo de su padre le recordó lo más importante. — Si es que ella está de acuerdo, claro está.
Recordaban ese día como un sueño lejano del que agradecían profundamente que hubiese ocurrido. Todas las semanas habían estado compartiendo tiempo juntos y hablando sobre sus intereses lejos de toda etiqueta tradicional. Katie no tenía problemas en ensuciarse los pies y Keith adoraba escucharla hablar sobre las investigaciones en las que ayudaba a su padre o las nuevas lecturas que conocía diariamente.
Es por eso que Keith, luego de unos segundos en silencio, no pudo evitar preguntar.
— Pidge, estos últimos meses han sido realmente especiales para mí junto a tu compañía. — Ella sonrió con devoción. —
— Para mí también, agradezco mucho que haya aparecido en mi vida tan casualmente por una copa derramada en mi mejor vestido. — Ambos rieron por lo bajo. Keith se aclaró la garganta. —
— Sé que tu espíritu libre te impide vivir tal y como tu quisieras, Katie. Ojalá existiera un mundo en el cual ambos pudiésemos vivir como queramos, tu estudiando todo lo que desees y conociendo nuevos horizontes.
— Y tu viajando por el mundo sin que nada te detenga. — Respondió con melancolía, Keith tomó su mano. —
— Sin embargo… Incluso si nos detienen las obligaciones, existe un hecho del que aun somos libres. — Con su mano libre, sacó una diminuta caja de madera roja, adornado con el símbolo de su familia. Katie suspiró con fuerza. — No puedo ver mi vida con nadie mas que no seas tú, querida mía, mi curiosa y atrevida paloma. — Ella rio nerviosamente, mientras lagrimas desbordaban de sus ojos. — O mas bien, no puedo ver a nadie más aguantándonos tan bien.
— ¡Lo mismo digo! — Esta vez rieron con más fuerza, parte también del nerviosismo de lo que haría. —
— Katie Holt, ¿te casarías conmigo? — Ella sin dudarlo, besó sus labios con el beso mas largo, profundo y atrevido que habían tenido en todo el tiempo conociéndose. —
— Claro que sí, mi querido chico sombrío.
