V


Sentía su cuerpo ceder ante la gélida tormenta de nieve que insistía en derribarlo sobre el suelo. Pero tenía que seguir moviéndose y buscar refugio lo más rápido posible, o de lo contrario, podría caer rendido entre la nieve en un profundo sueño del cual seguramente no despertaría. Incluso él con dieciocho años podía entender las reglas básicas de la supervivencia cuando estaba completamente perdido.

Si tan solo Shiro no hubiese dicho aquellas palabras, nada de esto estaría pasando.

Keith solía tener encuentros con su mejor amigo en los que gran parte del tiempo solían ser por su culpa, su carácter era algo que hasta a él le costaba manejar de vez en cuando. Pero aquella mañana, luego de terminar de empacar las cosas en la cabaña para iniciar unos merecidos días de descanso en las montañas, estalló todo entre ambos cuando Keith, en una desacierta ingenuidad, mencionó en voz alta si tal vez existía un grupo de zorros místicos viviendo cerca de ellos.

Sus amigos solo sonrieron en sorna, pero Shiro dejó caer el vaso de agua que había estado usando fuertemente sobre la mesa.

Ni siquiera Lance o Hunk pudieron aplacar sus ánimos luego de la discusión, Shiro estaba cansado de escuchar las creencias infantiles de Keith sobre seres mitológicos a tan gran edad, y él estaba molesto por haber sido insultado de tal manera.

Podía soportar escucharlo de sus compañeros cuando descubrían sus investigaciones sobre pie grande, tragarse sus palabras cuando un adulto cuestionaba sus teorías ante la prueba verídica que daba a entender que mothman existía, pero no de Shiro.

Había sido un fuerte golpe para la confianza que tenía con la única persona con a que se había abierto de manera tan profunda e íntima después de su padre. Es por eso, que luego de improperios y fuertes palabras por parte de ambos, Keith decidió salir en búsqueda de aclarar su mente.

Horas más tarde, empezó la tormenta.

Su rodilla golpeó el suelo con fuerza, cansado de caminar en contra de la tempestad y con apenas energía para respirar. Ya no podía ver nada más que blanco a su alrededor, sus piernas no reaccionaban ante su insistencia y el hambre lo debilitaba.

Se sentía desfallecer, luego de unos segundos, dejó caer su cuerpo sobre la nieve que lo sostenía.

Por un momento, dejó de pensar en Shiro y sus amigos, y sus recuerdos deambularon hacia sus últimos días, en sus compañeros de preparatoria, en Iverson, ese profesor que solo lo sacaba de quicio cada día con algo nuevo. Sus pensamientos se dirigieron en la última charla que sostuvo con su padre, en como estaba tan orgulloso de él por las notas sobresalientes que había conseguido en su ultimo semestre, y en lo feliz que le hacía que su único hijo fuese a un viaje de vacaciones con nuevos amigos que había conocido ese año.

Si tan solo supiera en como iba a terminar todo para él…

Pidió perdón en silencio ante el sufrimiento que le ocasionaría a su padre el saber que moriría enterrado bajo la nieve por su estupidez. Aunque quiso esforzarse para seguir luchando por su vida, el dolor en su cuerpo apenas le permitía respirar con facilidad. Y el cansancio poco a poco comenzaba a adormecerlo por completo.

Cerró los ojos, tal vez, en ese momento, podría al fin encontrarse con su madre en la siguiente vida.

Aquel pensamiento le hizo llorar de impotencia.

A través de la corriente, pudo escuchar levemente el sonido de un aullido.

De un segundo a otro, una presencia neutral se sintió a través de su espalda, pero Keith apenas podía mantener los ojos abiertos para saber de qué se trataba, un rápido pensamiento le hizo creer que tal vez sería devorado por lobos. Lo último que sintió, fue la imagen de uno ojos dorados que lo observaban con suspicacia, junto a unas orejas puntiagudas doradas que brillaban entre la nieve, y una mano cálida alrededor de su mejilla fue suficiente para hacerlo dormir.


Cuando despertó, entró en pánico ante el último recuerdo de sentirse enterrado bajo la nieve. Sintió una fuerte punzada en el pecho que abarcaba todo su lánguido cuerpo, haciendo que se irguiese con fuerza sobre el lugar que estaba recostado, un rápido mareo lo golpeó de lleno en su cabeza, tomándola con ambas manos.

Lo primero que observó al levantar la vista fue una habitación de madera cuyo calor se conservaba cómodamente en una gran chimenea de piedra, adornada de manera minimalista, parecía ser el lugar del cual solo tenía el fin de agrupar un conjunto de personas y disfrutar del calor de la fogata. Suaves pieles de diferentes animales lo cubrían del frio, dándose cuenta que estaba completamente desnudo salvo su ropa interior.

Con algo de pudor, acercó las prendas un poco más a su cuerpo para darle algo de seguridad, quienquiera que lo haya salvado de la tormenta, esperaba que no fuera un pervertido o un psicópata.

—Veo que tienes suficiente energía para estar levantado.

Una suave voz desvió su mirada, en el marco de la puerta, una mujer adulta que llevaba un par de paños sobre su brazo se acercó con cautela, esperando no asustarlo. Keith asintió con timidez y algo agobiado ante su mirada, pero tenía una sonrisa tan amable que se relajó al instante en cuanto ella se sentó a su lado. Con una de sus manos, tomó la temperatura sobre su frente y luego tocó su mejilla izquierda, viéndolo con un análisis minucioso, segundos después, volvió a sonreír.

—Al parecer tu fiebre ha bajado lo suficiente para que sea normal, y parece que puedes mover tus dedos, tu cuerpo no alcanzó a gangrenarse, tuviste mucha suerte que Katie te hubiese encontrado antes de que fuera demasiado tarde.

—¿Katie? — Preguntó apenas, su voz se sentía raposa y sin aire, ella, sin embargo, asintió mientras recogía el paño que él había botado de su frente en cuanto se levantó. —

—Mi hija menor te encontró afuera por casualidad en plena tormenta cuando estuvimos cazando, dime chico, ¿Qué clase de imbécil eres para quedar atrapado en ella? ¿Uno suicida o uno con mala suerte? — La preocupación en su voz estaba mezclado con la molestia y la burla. Por lo que Keith solo tragó con fuerza, tratando de no ofenderla en ningún momento. —

—Solo un imbécil a secas, señora. — La respuesta tuvo que caerle en gracia, porque en pocos segundos su semblante cambio a uno neutral, casi divertido. —

—Bien, puedes llamarme Colleen cariño, ¿tienes hambre?

—Un poco.

—¿Crees que puedas levantarte? — Keith movió sus piernas para cerciorarse que podría hacerlo, el asintió. — Entonces ven a cenar con nosotros. — Se dirigió hacia uno de los armarios de la habitación, sacando un par de prendas que examinó en pocos segundos, luego se las lanzó para que las tomara. — Son ropas viejas de mi hijo, seguramente deben quedarte lo suficientemente cómodas.

—Gracias…

—No hay de qué.

Sin más que otra de sus suaves sonrisas, lo dejó solo en la habitación. Rápidamente se levantó con algo de dificultad, sus piernas temblaban por el esfuerzo y sentían débiles, pero aún era capaz de hacerlo por si solo, se colocó el pantalón y la chaqueta con un poco mas de torpeza de lo que le gustaría. Su cuerpo se sentía decaído y enfermizo, seguramente por el gran esfuerzo de caminar por horas en una fuerte tormenta que casi lo mata, por lo que tenía que tener paciencia para recuperarse.

Algo desconfiado, siguió el único camino que daba al abrir la puerta, unas fuertes voces y risas resonaban por el pasillo, por lo que fue a su dirección con algo de ayuda de las paredes.

Cuando llegó, pudo ver a la mujer colocando los platos sobre la mesa, mientras sostenía en ceño fruncido ante algo que le decía un hombre de edad algo avanzada con una barba blanca bien cuidada, cuando giró, sonrió abiertamente al verlo de pie, Keith retrocedió apenado.

—Que alivio, pensábamos que morirías y tendríamos que comerte.

—¡Papa! — Keith se asustó al escuchar una tercera voz a sus espaldas. Y un amigable brazo rodeó sus hombros. — No te preocupes, aunque te mueras te devolveremos de donde vienes. Soy Matt, un gusto. — No sabía cómo sentirse ante sus palabras. A su lado vio una figura mucho mas diminuta que él, con la mirada fría y un cabello abundante que sostenía en una coleta alta, se movió rápidamente hacia la mesa para sentarse al lado de Colleen. Keith siguió su camino con curiosidad hasta que Matt lo empujó para que hiciera lo mismo, sentándolo a su lado y al frente de la joven chica. —

—No creo que esa sea manera de tratar a un invitado, ustedes dos. — Reprimió Collen con fuerza hacia los dos hombres, ellos solo rieron por lo bajo. — Además, con lo escuálido que está ni siquiera serviría de postre. Comerás bien y te irás a la cama para seguir descansando, mañana en la mañana buscaremos a tus padres, ¿entendido? — Keith no pudo evitar que Colleen le llenara hasta el limite su plato de diferentes tipos de carne y verduras para remarcar su punto, por lo que solo se limitó a asentir ante la fuerza de sus palabras mientras hacia lo posible de que las fuertes risas de Matt y su padre no lo molestaran, tomando un bocado. Sabia dulce y suave, definitivamente podría comerse todo eso si era hecho por su mano. —

—Pobre chico mama, lo harás explotar.

—Deja que lo consienta, además, los niños como él y Katie deben comer bien para que crezcan lo suficiente fuertes y sanos.

—Pues llevamos años esperando que Pidge crezca, y aun no sucede nada. — La chica le lanzó un pedazo de pan con tanta fuerza que rebotó sobre él. Llamando su atención nuevamente, tenía unos ojos dorados tan incandescentes que no pudo evitar mirarlos por largos segundos, parecían irreales, que por un segundo pensó que tal vez estaría usando lentillas de fantasía. —

—Hablando de eso… — Colleen tomó con cuidado la mano de Keith, desviando su mirada, y le sirvió un poco de agua para aclarar mejor su garganta, agradeciendo por lo bajo. — Fuiste bastante fuerte para resistir durante horas allá afuera, cualquier hubiese muerto bajo la tormenta.

—Llegaste acá hecho un desperdicio sobre la espalda de Pidge, es un milagro que no hubieses muerto de hipotermia.

—G-gracias…

Respondió apenas audible, su garganta se sentía apretada y dolía levemente al intentar hablar. Poco a poco dejó de prestarles atención sobre las conversaciones arbitrarias que sostenían entre todos para concentrarse en comer correctamente. Se sentía agradecido que le estuviesen dando hospitalidad una vez salvaron su vida, pero aún estaba bastante aturdido para dilucidar todo lo sucedido, por lo que lo mínimo que debía hacer era acatar las ordenes de ellos y terminar su plato servido.

Durante la cena no pudo evitar observar que, entre todos, la chica era la única que no pronunciaba alguna palabra. Parecía concentrada en sus propios asuntos tan profundamente que ignoraba a todos a su alrededor. Después de comer, fue la primera en levantarse y dirigirse hacia el interior, mientras los demás seguían hablando sobre sus propios intereses.

—¿Quieres volver a descansar? Te será más fácil estar lucido por la mañana si duermes temprano.

—Lo agradezco mucho… — Respondió con mas facilidad luego de tomar un poco más de agua hacia la gentileza de Samuel. Matt se levantó para ayudarlo. — No es…

—Estabas temblando cuando te vimos por el pasillo y apenas caminabas por ti mismo, no es necesario que te esfuerces mas de la cuenta. — Pasó su brazo bajo sus hombros para que lo usase de apoyo, Keith solo asintió. —

—Gracias.

—Que duermas bien, Keith.

Mencionaron ambos adultos antes de verlo dirigirse a su habitación.


Despertó aterrado lanzando las mantas que lo cubrían hacia los costados una vez que se levantó con fuerza sobre la cama de pieles, con su corazón lo suficientemente acelerado para hacerlo sudar profusamente, y una angustia que lo paralizaba hasta el punto que sus ojos picaron con lágrimas contenidas, se tomó el rostro con ambas manos tratando de encontrar algo de alivio por sí mismo, solo quería liberar algo de la angustia que lo atacaba con fuerza ante el recuerdo que se repetía en su mente una y otra vez en sus sueños.

De repente, sin sentir que la puerta se abrió, unos suaves y pequeños brazos lo acunaron por detrás con suavidad, colocando su cabeza en el hombro ajeno, se sintió tan reconfortante que se presionó sobre él sin pensar.

Se sentía cálido, contenedor.

Poco a poco, mientras sus sollozos empezaron a ser mas controlables, pudo ver que estaba en la misma habitación de la que había despertado la primera vez, con el fuego protegiéndolo de cualquier frio, y unos brazos que lo devolvían a la realidad.

No estaba en la montaña muriendo congelado, había sido salvado antes de ser demasiado tarde, pero las secuelas lo perseguían como sombras acechando.

Su respiración se regularizó luego de unos pocos minutos más, mientras una mano acariciaba su espalda con dulzura.

—¿Estás mejor? — Al levantar el rostro se dio cuenta que fue Katie quien lo había contenido durante todo ese tiempo. Algo avergonzado, asintió sin querer separarse todavía de su tacto. La necesitaba, como un ancla hacia la realidad. — ¿Quieres hablar sobre lo que soñaste?

—No en realidad… — Se removió más despierto, y más reacio ante su tacto una vez sintió su corazón calmado. — Gracias Katie.

—Que asco, no me digas Katie. — Respondió con una mueca de disgusto, Keith pensó que la había ofendido de alguna manera. — Llámame Pidge, solo mis padres me dicen Katie y suena demasiado formal escucharlo de ti, posiblemente tengas mi edad.

—Uh, está bien. — Ella sonrió ante su respuesta. — ¿Qué edad tienes por cierto?

—Acabo de cumplir dieciséis hace un par de meses. ¿Y tú?

—Tengo dieciocho.

—Vaya, pareces mucho mas joven.

—Si, supongo que es porque no me crece nada de barba. — Respondió con desgana, lo que hizo reír a Pidge. —

—¿Por qué suenas tan desilusionado?

—Porque la barba se ve genial, a mi padre le crece al día siguiente con mucha rapidez, supongo que mi genética falló miserablemente.

—Pues nunca he escuchado a ninguno de mis cercanos que le agrade mucho el vello en la cara.

—Tu padre tiene una barba bien cuidada. — Argumentó desafiante, haciéndola resoplar. —

—Mis padres están locos por si no te has dado cuenta. —Ambos rieron con fuerza en un silencioso acuerdo. —

—¿Eso viene en la genética también? — Pidge sonrió ampliamente, mostrando que sus colmillos sobresalían levemente de su boca. —

—Aparentemente, por eso nos llevamos bien tu y yo.

Mientras más pasaban los minutos con su compañía, Keith se sentía extrañamente cómodo junto a ella, considerando que le costaba mucho mantener vínculos con personas que conocía en apenas un día, pero era diferente con Pidge, ella lo había salvado de una muerte inminente, se sentía agradecido por ella. Sus ojos dorados brillaban ante el reflejo de las llamas de la chimenea, lo que le daba un aspecto entrañable y dulce. Sus rápidas respuestas y humor descarado se acoplaban bien ante su sarcasmo.

Luego de un tiempo, levantó su celular para ver la hora, haciendo una mueca de molestia.

—Es bastante tarde, deberíamos ir a dormir.

—¿Es necesario? — Preguntó algo desilusionado. —

—Son las 5 am, tenemos que levantarnos en dos horas. — Asintió con algo de desconfianza, no quería que sus pesadillas volviesen mientras dormía. Pero Pidge no se levantó para dirigirse hacia su cama, sino que se acomodó junto a él. Keith, extrañado, la miró con los ojos abiertos. — Tienes la cara de un niño asustado Keith, dormiré contigo para que te sientas mejor.

—N-no tienes que hacer eso… — Respondió avergonzado y algo abrumado en dormir junto a ella, Pidge solo sonrió divertida. —

—No será la primera vez, dormí contigo los dos días que estuviste inconsciente.

—Que…— Aquella información lo angustió levemente, respirando con dificultad. — ¿Dormí durante dos días?

—Pues era de esperarse, estuviste con una fiebre bastante alta a causa de la nieve y tus dedos estaban casi congelados, preferí quedarme contigo y darte algo de calor extra para asegurar tu recuperación.

—Por qué…

—¿Ah? — Pidge se cubrió un poco más con la piel de un oso, mientras su cabeza se apoyó sobre su mano para acomodarse. — El hospital más cercano está cinco horas en auto con un buen clima, la tormenta arrasó hasta hoy durante el mediodía, ibas a morir si no tomábamos todas las medidas necesarias.

—¿Por qué me salvaste con tanta necesidad?

Keith no quería preguntar eso, pero sus labios fueron mas rápidos que su cerebro.

Por lo general, él no era importante para el resto de las personas, durante toda su vida estaba seguro que sin su padre, terminaría en un orfanato cualquiera y nadie lo recordaría, ni sus compañeros o profesores, era una carga para el resto del mundo y no estaba acostumbrado a que la gente hiciese algo por él, Shiro entró a su vida cuando tenía los diez años, en ese momento él ya había pasado por malos momentos que lo llevaron a desconfiar en cualquiera que se acercara.

Por lo que la determinación de la pequeña chica a su lado, lo abrumó por completo y presionó con fuerza su pecho una sensación que no reconocía. Ella solo lo observó por unos segundos, para reacomodarse y dar espacio para que se recostara junto a ella como una orden tacita.

Parte por el cansancio y por una extraña sensación que lo llamaba a confiar en Pidge, lo hizo, acercándose a su cuerpo en busca de calor mientras sus manos descansaban en su cintura. Ella comenzó a peinar las hebras de su cabello, como si fuera lo más interesante del mundo. Era cálida y sincera, como su hermano y sus padres durante la cena.

Ella se desentendió de la pregunta, y él no necesitaba respuestas.

—¿Tienes cosas que hacer mañana? — Preguntó cuando sintió que el movimiento de su mano le estaba relajando hasta la somnolencia. Ella enarcó una ceja. —

—Pues no mucho, solo tengo que ir con papá al pueblo más cercano a ver si te han reclamado a las autoridades.

—Oh. — Fue lo único que salió de sus labios, sintiendo la culpa pesándole el cuerpo. — Dios, Shiro estará demasiado preocupado…

—¿Shiro?

—Es mi amigo de infancia, lo conozco desde que papá y yo nos mudamos a Texas.

—¿Viniste con él de vacaciones? — Preguntó interesada, Keith asintió. —

—Junto con dos amigos que conocí este año. Espero que no piensen que estoy muerto.

—Está bien, mañana papá y yo dejaremos una notificación a la policía para que las cabañas cercanas se enteren que te hemos encontrado. Tratamos de usar tu teléfono, pero…

—Se quedó en la cabaña antes de salir, no lo llevaba conmigo.

—Ya veo. ¿Recuerdas algún número? Para llamar a primera hora…

—El de mi padre, pero no creo que sea buena idea llamarlo…

—Tienes razón, veámoslo mañana con más calma. — Poco a poco, el sueño comenzó a ganar su conciencia. Sintiendo el toque de Pidge como un arrullo. —

—Sabes… La primera vez que te vi bajo la tormenta…

—¿Hm? — Respondió divertida, para verse como un chico malo, era bastante hablador cuando no quería irse a dormir. —

—Pensaba que tenías unas orejas puntiagudas muy lindas.


La mañana se veía brillante bajo las toneladas de nieve que cubrían la montaña, era un bonito espectáculo para los ojos de Keith que se había acostumbrado al clima árido y desértico de su hogar. Los gigantescos pinos daban una impresión de fantasía, y el crujir de la nieve mientras caminaba le caía extrañamente en gracia.

Habían pasado tres días desde que despertó y los padres de Pidge aun no volvían del pueblo más cercano, un viaje de cinco horas desde la casa de los Holt. Ambos decidieron dejarlo en la casa junto a sus hijos, en caso de que decayese, dado que el viaje era bastante largo, o el paso estuviese cortado y tuviesen que regresar en vano. Mas que mal la tormenta había dejado a muchas cabañas aisladas por la nieve. Por lo que se habían quedado durante un par de días en el pueblo, esperando que las cabañas estuviesen accesibles y alguien respondiese por él. Finalmente, durante la mañana, les habían llamado para avisar que llegarían entre esa misma tarde o durante la mañana siguiente, junto a alguien para buscar a Keith quienes estaban esperando mientras tanto.

Sentía un sabor agridulce en la boca por ese hecho, por una parte, estaba aliviado que Shiro y sus amigos al fin supieran que no había muerto hace cinco días atrás, esperaba que no hubiesen llamado a su padre para contarle sobre el suceso.

Pero otra parte de él, quería seguir junto a Pidge y Matt. Había encontrado a dos personas muy a fines con él, cosa muy extraña que casi nunca pasaba en su vida.

Pero sabía que debía irse en algún momento, es por eso que trató de evitar el pensamiento que hoy sería su ultimo día junto a ellos.

—Hey Pidge, ¿crees que el hombre de las nieves suba estos árboles?

—Lo dudo mucho. — Respondió, recogiendo más leña mientras Matt cortaba el gran tronco que había encontrado. — Tiene grandes pies, pero seguramente brazos demasiado débiles para escalar un árbol como estos, además... ¿Con qué sentido escalaría un árbol?

—No sé, ¿encontrar comida tal vez?

—¿Y que estaría buscando? ¿Castañas?

—Ustedes dos son tan extraños…

—Cállate Matt. — Respondieron al unísono mientras debatían un asunto serio. Matt solo resopló mientras seguía cortando. De pronto, cesó su trabajo y dirigió su mirada al sur. Algo no estaba bien. —

—Silencio.

—¿Matt? — Pidge y Keith se acercaron hacia él con suspicacia, si él había aprendido algo en su corta estadía junto a ellos, era que cuando Matt pedía silencio, Pidge siempre lo acataba, su seriedad no era buen augurio, y su rostro era demasiado tenso para que hubiese escuchado algo bueno. —

—¿Qué son? — Preguntó Pidge. —

—Lobos. Se están acercando, salgamos de acá.

Sin pensarlo, Keith y Matt tomaron el trineo que usaban para transportar madera y se alejaron en dirección hacia su hogar, con Pidge siguiéndolos de cerca.

Keith trató de escuchar algo, pero solo existía el profundo silencio del bosque para sus oídos, supuso que se debía debido a su vida en las montañas que podía escuchar cosas que el resto de la gente le sería ajena.

Cuando estuvieron lo suficientemente cerca de la casa para verla, Pidge corrió para abrir la cerca primero y permitir entrar a ambos a sus espaldas. Pero tan rápido como se alejó un poco de Matt, un lobo de gran tamaño salió del bosque lanzándose encima de ella.

—¡Katie! — Ella no gritó, pero si cubrió su cuello con sus manos para que el animal no la matase de un solo mordisco. En un segundo, estaban completamente rodeados por una manada de ocho lobos adultos. Lo que llamó la atención de Keith por un segundo, era la gama innatural que cubría su pelaje, y el gran tamaño para ser lobos cualquiera. Al verlos gruñir por lo bajo entre ellos, le hizo pensar que no eran animales normales, lo que lo atemorizó aún más. —

—¡Q-que se supone que hacemos!¡Hay que atacarlos con algo! — Keith tomó la madera para lanzárselo al lobo que se mantenía encima de Pidge, pero Matt detuvo su mano. —

—Cálmate Keith.

—Sabemos lo que hay que hacer.

Keith desvió su mirada hacia Pidge, que se veía extrañamente tranquila, pero nerviosa al observar a Matt. Con un asentimiento con la cabeza de ambos, como una afirmación silenciosa. Keith lo vio.

Marcas negras en el rostro de Matt aparecieron de repente, que rodeaban sus mejillas y su frente de manera armoniosa, Keith se quedó helado, sus ojos se veían más brillantes de lo usual, cambiando su pupila hacia una línea vertical que le entregaba una imagen amenazadora, junto a ello, largas orejas puntiagudas aparecieron sobre su cabeza y cuatro colas abundantes y largas rodeaban su cadera.

Doradas, tan doradas como las que vio el día que casi muere.

—Un kitsune…— Susurró atónito, Matt le dio una suave sonrisa compasiva, mientras se acercaba al lobo que asechaba a su hermana. Gruñó con fuerza mostrando los largos colmillos que aparecieron en su boca, pero el lobo le gruñó de vuelta, bajando la cabeza hacia el cuello de su hermana. —

—M-matt, no está funcionando.

Rápidamente se lanzó encima del animal y liberó a Pidge en pocos segundos para que escapara, pero la jauría se dirigió a atacarlo con furia una vez Matt se abalanzó sobre el alfa a modo de amenaza.

Pidge abrazó a Keith para alejarlo de la pelea. Quien temblaba ante lo que estaba presenciado.

Tenía razón, aquellos seres místicos si existían en la realidad

—Keith tienes que calmarte.

—L-lo estoy. ¡¿Pero y Matt?!

—Estará bien. — Keith podía poner fe en ello, cortaba las gargantas de los lobos con sus garras con tanta facilidad que le atemorizaba la imagen actual de él. — Esto a veces pasa…

Cuando terminó atravesando el ultimo lobo de pie, su rostro y su ropa estaba manchada de sangre, principalmente sobre sus manos. Miró hacia ellos con algo de culpa, susurrando unas cuantas palabras mientras se limpiaba la boca, acercó a todos los lobos sobre una misma pila. Y les prendió fuego con sus manos.

—¿C-como hiciste eso?

—Nosotros controlamos ciertas habilidades con los años. Pensaba que eras un erudito en criaturas mitológicas, Keith. — Se burló Matt, tratando de darle algo de ánimos al tenso ambiente que se había creado. Keith bufó. —

—Si tuviera que ponerme a recordar, también dice que les encanta estafar a la gente. — Se defendió, Matt solo rio agotado mientras se acercaba a él, sin ganas de luchar contra su creciente ira. Pero antes de decir cualquier cosa, un gruñido en el bosque llamó la atención de los tres. — ¿Escuché eso yo también?

—Si… — Pidge se acercó con cautela mientras era seguida por ambos hombres. Ahí, bajo un tronco ahuecado varios metros adentro, había un pequeño cachorro que gruñía con ira y pánico hacia ellos, especialmente a Matt, quien tenía la sangre de su familia en sus manos. El corazón de los tres se apretó en desconsuelo. — Era una caza de aprendizaje.

—Seguramente es el único que podamos encontrar, eran lobos cósmicos, solo tienen un cachorro por camada.

—¿Un qué? — Pero antes de responder las dudas de Keith. Pidge sopló algo de aire sobre el rostro del pequeño cachorro con suavidad, durmiéndolo para tomarlo sobre sus manos. —

—Será mejor que vayamos a casa.

Sin ninguna otra palabra de por medio, Keith solo asintió, caminando detrás de ellos. Podía escucharlos discutir sobre como les explicarían la situación a sus padres y lo peligroso que había sido salir tan lejos de su hogar después de una tormenta, cuando muchos animales salvajes se aprovechaban para buscar comida.

Entraron con algo de pesar en el cuerpo, sacándose las chaquetas en la entrada. Matt se dirigió a la isla que daba a la cocina para calentar agua, mientras Pidge dejó descansar al pequeño cachorro sobre unas almohadas.

—Así que tienes la mala costumbre de recoger animales débiles del peligro.

No quiso que sus palabras sonasen tan venenosas, pero era difícil para él apaciguar sus sentimientos, en ese momento. Por un lado, se sentía traicionado por personas que consideraba sus amigos, pero por el otro lado, los entendía por completo, un humano como él no tenía derecho a conocer su secreto. Pidge levantó el rostro con el ceño fruncido, y antes de darse cuenta, se transformó tan rápido que Keith cayó en uno de los sillones con sorpresa.

A diferencia de Matt, sus marcas eran mucho más suaves y diminutas, y de un color verde tan oscuro que contrastaba con su pálida piel.

—Solo cuando pienso en comérmelas. Pero eres tan delgado que no me sirves ni de postre.

—Pidge cálmate.

—¿¡Cómo quieres que me calme!? — Vociferó con furia. — ¡Papa y mama siempre han sido cautelosos con el tema, han vivido aquí por años sin que nadie se entere, y apenas un pequeño error lo mandamos todo a la mierda por un estúpido adolescente emo!

—¡Hey, no soy ningún estúpido adolescente! — Se levantó del sillón para encararla. Sus pupilas variaban de tamaño tan rápidamente que le dio a entender que estaba asustada. — No quiero sonar como un imbécil, ¿de acuerdo? Es solo… — Tomó su rostro con ambas manos y respiró profundamente, volviéndose a sentar. — Es solo que es tan sorprendente que no sé cómo reaccionar.

—¿No estás asustado? — Preguntó Pidge, un poco más calmada. Keith rio por lo bajo. —

—¿Por qué lo estaría? Me salvaste de morir de hipotermia hace unos días, Pidge, me consolaste después de eso. Tengo muchas emociones ahora, pero te aseguro que no estoy asustado. — Ella sonrió con dulzura, cayendo unas cuantas lagrimas de sus ojos. —

—Pensaba que ibas a odiarnos a todos por mentirte… — Se dejó caer a su lado cuando él extendió sus brazos para un dulce abrazo. — Perdóname por gritarte y no decírtelo antes.

—Perdóname a mi también, no quería ser grosero… Y no tienes que disculparte por eso, no es algo que se dice a cualquiera, supongo. — El rostro de Pidge se ocultó bajo el cuello de Keith, haciéndole pensar que había algo que no quería decirle. Pero se limitó a compartir su cercanía por el momento, bufó cuando cayó en la cuenta de algo. — Nunca les dije mi nombre abiertamente, jamás me di cuenta de eso.

—Lo supimos por Pidge cuando te encontramos. — Keith levantó la vista hacia Matt, quien los observaba mientras preparaba algo caliente. — Digamos que nosotros no encontramos a las personas por casualidad. Estábamos… ¿Destinados? No, era muy probable en base de diversas variables que nos encontrásemos en algún momento de tu vida. Por lo que saber de nosotros ahora o en unos años más sucedería inevitablemente.

—¿Y eso por qué? — Pidge se reincorporó cuando Matt le entregó una taza de café, aclarando su garganta. —

—Existen muchas variables, a veces se debe a que entre nuestra misma especie solemos sentirnos, y como no acostumbramos a vivir solos, pues, nos reagrupamos. Lo otro es que la gente de ascendencia asiática suele estar estrechamente ligada a nuestros antepasados, por lo que… Tendemos a acercarlos a nuestra vida, somos una especie de imanes con cola y orejas.

—Entonces… — Keith reflexionó por unos segundos mientras su taza de chocolate calentaba sus manos. Pidge y Matt lo observaron con atención, como si estuvieran esperando su revelación. — Es posible que sea a causa de mi madre.

—¿Tu madre? — Inquirió Pidge, pero Matt sin ánimos de seguir ahí, se levantó bruscamente. —

—Me iré a bañar, apesto a sangre. — Esperando que Matt se dirigiera a su habitación, siguió. Si bien confiaba en él, era con Pidge con quien se abría con facilidad. —

—No la conocí jamás, ella se fue cuando tenía apenas un par de meses de nacido, papá jamás me ha dicho el por qué, seguramente ni siquiera él debe saberlo con seguridad.

—Ya veo.

—Papá decía que hablaba ruso con gran fluidez, así que… — Pidge sonrió, extrañamente melancólica. —

—Soy tu imán Keith, estás determinado a siempre volver a mí. — Keith rio con fuerza. —

—No suena para nada mal.

Escucharon el sonido del auto de sus padres resonar afuera, un par de chicos de la edad de Keith salieron con rapidez y una clara angustia sobre sus rostros, mientras Shiro caminaba con pausa junto a sus padres en un semblante indescriptible.

Ahora entendía porque le había sonado tan familiar su nombre. Matt no dejaría que se fueran sin antes pasar una noche junto a él, para consternación de Keith y sorpresa de sus amigos.

Se dirigió a la puerta para recibirlos junto a Keith, sin cambiar su apariencia cuando él le tomó la mano con fuerza.

Se mantendría honesta junto a él el poco tiempo que les quedaba juntos. Le devolvió la sonrisa con un poco de culpa sobre su pecho. Algún día, cuando volviese a ella, le hablaría sobre las colas fantasmas que caían bajo su cadera en su claro desconocimiento sobre su herencia genética otorgado por su madre.

Y sobre el hilo rojo que los unía a ambos en ese momento, aun frágil y enredado, pero fuertemente atado a sus meñiques.


Me pasé, mucho.