"Veo una oscuridad en ti. Y en esa oscuridad, ojos que me miran fijamente. Ojos marrones, ojos azules y ojos verdes. Ojos que cerrarás para siempre"

Las palabras de Melisandre aún resonaban en su interior cuando tomó la decisión que debía sellar su destino. Aquella guerra había resultado ser una carnicería. Fueron, como siempre, los pueblerinos a los que se había ido a proteger los que fueron masacrados. Las llamas mordieron las piedras, quemaron los tejados de madera y abrasaron a los ciudadanos.

Ella lo vio, pero su hermano no. Lo encontró de pie observando el asedio desde la distancia. Le encontró calmando a los pocos seguidores que la reina Dragón aún conservaba en poniente. Le escucho disculparla y asegurarles de que todo cambiaría. Le encontró mintiéndoles a ellos y a sí mismo. Le encontró con la mirada llena de miedo. Y eso la estrujo el corazón.

Grito frente a todos por su falta de visión. Por su nulo liderazgo y por ese amor enfermizo que le arrastraba una y otra vez a los brazos de una mujer enloquecida. Él desenvainó primero, pero ella fue más rápida. No lo pensó simplemente siguió su instinto y unos segundos después Jon se encontraba tirado en el suelo, con el cuerpo cubierto de sangre y la garganta atravesada por Aguja. No sufrió, pero eso no la causó alivio. Lloro desconsoladamente por la familia perdida, por los años separados, pero sobre todo por todo lo que fue incapaz de proteger.

Con la determinación del guerrero se puso en pie de nuevo. Se secó el llanto y agarró la daga con la que atravesó el corazón del rey de la noche. Ya no existían deudas que liquidar, ni listas con nombres que tachar, tan solo quedaba una misión por cumplir. Corto el rostro de Jon como le vio hacerlo al hombre gentil de la casa de blanco y el negro y lo colocó sobre el suyo propio. Se vistió con sus ropas y se marchó de allí hasta la pradera donde la última Targaryan la observó con recelo.

Por un instante creyó que la había reconocido, pero no fue así. Lo entendió cuando Gusano Gris bajo la guardia y les dejó a solas. Las recriminaciones de Daenerys la hicieron saber que había vuelto a discutir con Jon y ella aprovechó el momento para acercarse. Tras ellas Drogón se revolvía incómodo a cada paso que daba, golpeando con suavidad la espalda de su madre. Un animal más inteligente que su dueña, uno que entendía que ese no era el olor que debía corresponderle a Jon Nieve.

Quizás fue porque creyó que Drogón sentía sus pensamientos y el enfado que aún la separaba de Jon, pero para Daenerys ignorar a su hijo sería su último error. La cogió con la guardia baja y la atravesó el pecho con la daga de acero valyrio. Pero falló. Algo estúpido e impensable. Quizás fue porque aún sentía la sangre de Jon entre sus dedos, pero lo cierto es que el arma resbaló lo suficiente como para dejar libres los órganos vitales. Sólo entonces lo comprendió. Todas las profecías se cumplieron en aquel gesto, cuando la reina loca levantó sus ojos violetas y la sonrió con los dientes manchados de sangre.

"Ojos marrones, ojos azules, ojos verdes que cerrarás para siempre"

- Dracarys. - Pronunció la reina.

Y Arya Stark cerró sus ojos verdes para siempre al sentir el aliento del dragón golpeando su rostro.