— A PLACE FOR ME —
3
Nita tenía razón. A cada paso que daba, se le iba el enojo del cuerpo. Paró para recuperar aire, hasta ese instante no se había dado cuenta de que estaba corriendo, y miró hacía atrás. Muy en el fondo, había deseado que Kenai hubiese ido detrás de él, que demostrase que todavía le importaba. Pero no lo hizo, no le importaba. La negatividad de los celos se apoderó de él y rugió, gritando de ira e impotencia.
— ¡Hey, algunos intentamos dormir! —un búho enojado y cansado apareció en la rama de un árbol. Había tenido un día duro, por eso no había podido dormir durante las horas de luz.
En cuanto el oso le clavó la mirada llena de enojo, el ave se echó hacía atrás, temiendo que el animal más grande y fuerte le hiciese algo. No lo haría, por supuesto, Koda no era de ese tipo, pero él no tenía manera de saberlo.
— ¡Eres un búho! —exclamó, como si con eso lo diese todo por zanjado.
Pero pronto se dio cuenta de lo que acababa de hacer, lo que no estaba nada bien. Se encogió en si mismo.
— Lo siento mucho —se disculpó—. No volveré a molestar.
Y siguió su camino. El búho le vio alejarse con curiosidad y sorpresa. No era normal ver a un oso vagabundear solo por esas horas, mucho menos con esos ánimos tan bajos, normalmente los osos tenían muchos ánimos. Dio media vuelta, para regresar dentro de su árbol, pero finalmente no pudo, la culpabilidad era demasiada. Ese joven oso claramente necesitaba ayuda, no podía simplemente dormir como si no lo hubiera visto. Emprendió el vuelo tras él.
— ¡Hey, chico, esperame!
Koda frenó en seco y dio medía vuelta sorprendido. El ave nocturna se posó en una rama baja cerca de él.
— Normalmente a estas horas los osos están en sus cuevas —dijo—. ¿Por qué tú no?
Cualquier otro le habría mandado a paseo, pero Koda no.
Negó tristemente con la cabeza y miró al suelo antes de hablar.
— Mi hermano no me escucha —dijo, a cada palabra su voz se quebraba más—. Por mucho que trato de ayudar..., él simplemente ya no me ve.
— Oh, chico... —el búho se apiado de él— Seguro que en realidad no es así, no eres el primer jovencito de la historia que cree que no le escuchan, ni tampoco el último. Me llamo Tambo, por cierto —se presentó el búho.
— Yo soy Koda —le devolvió el saludo— y de veras lo siento por lo de antes. Yo... No quería una discusión y me escapé de la cueva. Soy un cobarde.
— Combatir la ira no me parece de cobardes —rebatió Tambo— ¿Qué hay con tu hermano?
— Oh, él es tan feliz con su vida familiar, con su chica y su osezno, y yo ya no cuento.
Tambo giró ligeramente su cabeza.
— No cuentas, eh. ¿Tu hermano te dijo eso?
Koda abrió grandemente los ojos para negar asustado con la cabeza.
— ¡No!
— ¿Fue su chica?
Koda volvió a negar.
— ¿Qué me dices del cachorro?
— ¿Beku? —le brillaron los ojos al mencionarle— No, me adora.
Tambo formó una sonrisa cansada con su pico.
— Veo que el sentimiento es mutuo —asintió—. Si no fue ninguno de los tres, ¿entonces quién?
Koda miró avergonzado al infinito y la sonrisa del búho se ensancho.
— Oh... —se acercó más a él, posándose sobre una piedra— Creo que acabo de encontrar al culpable.
— ¿Qué intentas decirme? —instó Koda— ¿Que son solo imaginaciones mías?
Al menos eso era lo que parecía querer escuchar.
— No lo sé, te acabo de conocer —a falta de hombros, se encogió de alas—. Tú eres el que sabe más del tema.
Koda desvió la mirada.
— Tal vez tengas razón... —le devolvió la mirada y le sonrió— Gracias por escucharme, Tambo.
— A veces eso es lo único que se necesita —el búho se mostró melancólico, perdido en sus propios recuerdos—. Aseguras que tu hermano no te escucha, pero, ¿y tú, le escuchas a él?
Koda parpadeó ligeramente. Eso había sonado a acusación en toda regla, como en realidad Tambo supiese más de lo que decía.
— ¿Qué intentas decir con e...? ¿Eh? ¿Tambo?
No se dio cuenta de cuando, pero su nuevo amigo había desaparecido sin dejar ni rastro.
— Regresa a tu cueva —escuchó su voz, parecía proceder de todas partes y, a la vez, de ninguna. Koda dio vueltas en si mismo tratando de ubicarle—. Ellos te esperan, importas más de lo que crees, Koda, todos importamos.
Todos importamos.
Las dos últimas palabras resonaron en sus oídos, trató de quitárselas de la cabeza, pero no fue capaz.
— Que sujeto tan extraño... —dijo Koda a nadie en particular— Ya veras cuando cuente esto en el Salto del Salmón...
A regañadientes, aceptó que se estaba comportando como un tonto, era mejor regresar, ¿qué si Beku tenía de nuevo una pesadilla y él no estaba? No quería ni imaginarlo.
Koda no se dio cuenta en ningún momento de estar siendo observado por dos pares de ojos femeninos en la oscuridad.
— Los Grandes Espíritus nunca dejan tirado a nadie —sonrió la anciana humana que tenía mucha más edad de la que aparentaba.
A su lado, una osa descansaba, plácida y triste en el pasto. Tanana le acarició la cabeza peluda y aunque no sintió nada bajo su mano, el gesto era suficiente.
— Sé que le extrañas, pero aun no es su hora —aseguró—. Tiene una prueba por pasar. Aunque sería cruel dejarle solo, ¿no es así? Tal vez vaya a necesitar ayuda.
El espíritu miró a la humana con aire esperanzado y Tanana rió.
— Sí, la necesitará.
Kenai le estaba esperando a la entrada de la cueva con cara de muy pocos amigos, a lo que Koda hizo una mueca.
— Vale, lo admito, soy un tonto, vengo en son de paz.
— No me dices nada nuevo —la voz de Kenai finalmente salió, cargada de alivio por verle de una pieza—. Adentro, mañana hablaremos de tu castigo.
Koda levantó una ceja y no pudo evitar sonreír divertido.
— ¿Me castigaras?
Kenai le miró hastiado.
— Adentro —repitió, con falsa calma.
— Vale, bien —dijo mientras pasaba por su lado—. ¿Ves? Ya estoy dentro. Ahora, tengo que decirte...
— Hablaremos mañana...
— Conocí a alguien...
— En serio, Koda, que ahora no estoy de humor para tus batallitas.
— Me dijo que no te escuchaba.
— No me digas, ¿sí? —Kenai no pudo evitar la ironía en su voz— No me imagino porque...
— Es un búho, se llama Tambo.
Todo el cuerpo de Kenai se tensó de manera tan obvia que casi sintió dolor, hasta Nita, que había fingido estar dormida, se irgio y miró a Koda como si le hubiera salido de repente otra cabeza. El adolescente de repente se sintió incómodo ante la mirada de ambos.
— ¿Qué?
— Tambo... —susurró Nita— Has dicho Tambo.
— Pues... Sí. ¿A qué vienen esas caras?
Se miraron entre ellos antes de volver a posar la mirada en el adolescente.
— Koda... Mi padre se llamaba Tambo —dijo Kenai, nervioso—. Su tótem era el del búho de los consejos.
Un silencio pesado se instaló en la cueva, uno que, por supuesto, Koda tuvo que romper.
— ¡¿ME ESTÁS DICIENDO QUE VI A TU PADRE?!
— ¡Shhhh! —los dos le mandaron callar, pero muy tarde, Beku se revolvió, despierto.
— ¿Mamá, papá?
Bajo su pelaje, Koda se sonrojó en vergüenza.
— Ups, perdón, la discreción no es lo mío.
No les decía nada nuevo.
— A. Dormir —mandó el mayor—. Mañana me hablarás más de ese... búho.
