— A PLACE FOR ME —
4
Por una noche, Beku no se despertó llorando por pesadillas, lo que era de agradecer. Pero Koda no se sentía capaz de pegar ojo.
Y tú, ¿escuchas a tu hermano?
La verdad es que Kenai nunca se había pronunciado ni una sola vez con respecto a porque no quería que Beku supiese la verdad. También, el búho que había visto, ¿era en serio el padre de Kenai, o solo una coincidencia? No pegó ojo demasiado bien dándole vueltas al tema, ¿era de familia transformarse en animales o acaso él estaba muerto? Eso era un añadido a su desarrollo, ya no solo le gustaba transformar todo lo que le sucedía en la historia más épica que le podría haber ocurrido nunca a alguien, si no que su imaginación había ido disparándose cada vez más y para todo podían ocurrirsele un millón de posibilidades, hasta que descubría la verdad, al menos. Sí, también era bastante curioso, pero con el carisma y las habilidades sociales que tenía, muy pocos se resistían a no decirle algo. Con sus pensamientos recorriendo una y otra vez su encuentro con el búho, se quedó finalmente dormido sin notarlo, pero de haber estado más despierto, habría notado de nuevo la presencia de hace meses, la sensación de una pezuña peluda acariciándole ligeramente, dándole la bienvenida al mundo de los sueños.
Koda estaba soñando, hacía tiempo que no veía nada más que negro al cerrar los ojos, pero ahora estaba teniendo un sueño y por alguna razón ser plenamente consciente de ello no era extraño.
"Yo ya he vivido esto" —escuchó su propia voz hablar como si de repente le perteneciese a otro oso, resonando en todas partes, como la voz de un narrador.
Koda se dio cuenta de estar en la cumbre de una montaña, su visión mitad tapada por algunos matorrales. Estaba escondido de dos cazadores humanos. Ambos le sonaban, pero no podía reconocerlos, sin embargo no les temía. Uno de ellos se dio cuenta de su presencia, le devolvió la mirada marrón y su corazón se mudó a su garganta, no podía hacer nada más que quedarse quieto mientras el humano se acercaba a él. Le trataba de decir algo, pero no entendía que. Entonces extendió su extraña pezuña sin pelo fácilmente visible y garras descubiertas recortadas hacía él en señal de paz. Porque los humanos anulaban sus garras hasta que eran totalmente inservibles para la defensa y luego sustituían su función con palos y rocas afiladas, era tan solo otra excentricidad de las suyas que él era incapaz de comprender, pero que estaba aprendiendo, muy difícilmente, a respetar con la boca cerrada para no ofender a su nueva familia.
— No entiendo que quiere de mi—Koda dijo.
"Mira sus ojos" —le respondió su propia voz y él le hizo caso... O, bueno, se hizo caso a si mismo o quien quiera que fuera el gracioso que imitaba su voz.
Los ojos marrones del hombre no eran los de un monstruo, si no los de un igual, y Koda no tuvo problemas para reconocerlos, él siempre los reconocería en cualquier cuerpo.
— Kenai —dijo.
"Hermano" —se escuchó a si mismo.
De repente, Koda sintió su cuerpo pesado, como si algo le impidiera moverse con normalidad. Comprendió que Kenai quería ayudarle a levantarse. Con dificultad, como si tuviera que pensárselo, finalmente se vio a si mismo extendiendo su pezuña hacía la de su hermano y Kenai trató de impulsarle hacía arriba pero fue incapaz, su pequeño hermano ya no era tan pequeño. Entonces Nita acudió en su ayuda, a ella no tuvo ningún problema en reconocerla, aunque había cambiado algo, no lo suficiente para hacerla irreconocible para él, después de todo había convivido con ella en esa forma humana cuando la conoció. Entre ambos si lograron hacer que Koda volviera a posarse en sus cuatro patas. Él iba a agradecérselo, pero entonces vio en los ojos del matrimonio su reflejo multiplicado por cuatro. Sus propios ojos en los de ellos, ocho de ellos. Eran copias exactas de los suyos, pero el cuerpo que le devolvía la mirada no le correspondía. Veía a un humano donde debía de estar un oso.
Koda gritó y los cuatro reflejos le imitaron con cara de espanto. Nunca había tenido tanto miedo de si mismo con en ese instante y al deshacerse del contacto con su familia también se deshizo de la pesadilla.
Las paredes de la cueva recibieron su grito y rápidamente se comprobó a si mismo. Cuatro patas peludas, dos orejas redondas, hocico, cola... Sí, seguía siendo un oso. Se sentó a dos patas en el suelo, calmando su respiración.
— Vaya, por fin —Kenai, el oso Kenai, le miraba de forma burlona desde la entrada de la cueva. Detrás de su hermano pudo comprobar que ya era de día, sus tripas comenzaron a rugir—. Dormías como un tronco.
— ¿Dónde están Nita y Beku?
Kenai fingió verse dolido.
— ¿Eso es lo primero qué me dices? ¿Ya no le das los buenos días a tu hermano?
— En mi defensa diré que tú tampoco me las has dado a mi —Koda se frotó la cabeza con una zarpa, antes de darse cuenta de que ese era un gesto propio de Kenai. Se horrorizó.
"Tal vez Bucky tenga razón. ¡Me estoy convirtiendo en Kenai!" —pensó.
— Ahí me has pillado —rió el mayor—. Se fueron a dar un paseo.
— ¿No fuiste con ellos?
— ¿Y dejarte solo? ¡Más quisieras! —en realidad no era eso lo que quería, de hecho, no recordaba la última vez que estuvieron solos Kenai y él.
Cosa de Nita, sin duda, tenía a su cuñado más calado de lo que al adolescente le gustaría, sus instintos de madre debían de afectarle también cuando se trataba de Koda, después de todo, se había acostumbrado a ver por él junto con Kenai cuando se había convertido en osa. Y de eso hacía ya siete primaveras. Más que un cuñado, Koda era para ella como otro hijo.
"Es mejor que paséis tiempo a solas, es obvio que hay cosas de las que tenéis que hablar... Sin Beku presente" —Nita le había dicho a Kenai y prácticamente había puesto patas en polvorosa. Finamente le había dejado solo ante el peligro. Adoraba el matrimonio.
— Muero de hambre —se quejó Koda.
— Bueno, pues vamos —ambos se dirigieron hasta donde sabían que podían encontrar buenos frutos.
— No te vas a creer el sueño sueño más raro que he tenido —comentó y sin esperar una respuesta procedió a relatarlo.
Cuando comenzó a hablar Kenai no le prestaba casi atención, pero entonces...
—... ¡Y vi mi reflejo y era humano! ¡Yo! Entonces desperté gritando y llegaste tú diciendo "vaya, por fin", pero —rió ligeramente— esa parte ya la sabes.
— ¡Espera, espera, tiempo muerto! —dijo el mayor—. ¿Tuviste un sueño en el que te convertías en humano?
— Eso es justo lo que acabo de decir —el oso menor tomó la cabeza de Kenai entre sus garras y la zarandeo, jugando—. ¿Todo bien aquí arriba?
— ¡Quita! —exclamó mientras se lo quitaba de encima como quien intenta espantar un bicho molesto.
Koda comenzó a reír a carcajadas, pero Kenai no lo hacía.
— Y... ¿Cómo era?
— ¿Cómo era qué?
En otro tiempo Kenai se habría exasperado por eso, pero ya estaba acostumbrado.
— Ser humano.
— Oh, genial, sí, por eso me desperté gritando —ironizó Koda.
— Deja el sarcasmo, no te queda.
— Tienes razón —asintió Koda—, lo mío es ser directo. Oye, con respecto a mi castigo...
— No habrá castigo —¿lo estaba malcriando? Tal vez.
— ¿No se te ocurre nada, verdad?
— No me tientes.
Con eso Koda cerró la boca... Como un rato, un rato bastante cortó, lo que le llevó sentirse saciado con su desayuno.
— Kenai, lo que pasó ayer...
— No quiero hablar de eso —más tarde Nita le golpearía por su cabezonería, pero por el momento le daba igual.
— ¿Por qué?
— Koda, ¿en serio vamos a revivir esta discusión?
— Dame una razón, una buena, no porque tú lo digas.
— No.
— Tambo dijo...
— Oh, sí, tu amigo el búho misterioso —Kenai ironizó—. Disculpa si no lo tengo en cuenta.
— Pero es tu padre.
— ¡Es únicamente una coincidencia! —tenía que serlo.
De repente se sentía falto de energía, era lo que tenía estar fuertemente a la defensiva con alguien a quien querías. Se sentó alicaído y Koda se posicionó a su lado.
— Kenai... Eh —trataba de animarle— ¿Por qué no quieres qué Beku sepa la verdad?
— Porque si le digo la verdad, tendré que contarle como pasó, Koda, y... —miró a sus garras como si estás fueran lo más interesante en el mundo— ¿cómo le digo a mi hijo que soy un asesino?
— Oh... —ese era sin un duda un muy buen motivo— No lo eres.
— ¿No lo soy? —le miró con dolor en sus ojos y luego negó con la cabeza.
— Kenai, ella no te culpa —dijo con una seriedad impropia de él, detalle que fue suficiente para dejar a Kenai callado—, ni yo, ni Nita, ni absolutamente nadie.
Nadie... Menos por él mismo. A Kenai le salió una risa nerviosa.
— Contigo tuve una suerte que no me la creo.
— Recuerdalo siempre —Koda bromeaba, pero Kenai prefirió tomarlo literal. Lo habría hecho aunque no se lo dijera.
— Siempre me pregunté porque me perdonaste. Yo... no lo habría hecho de ser tú.
— Siendo sincero, yo... No quería hacerlo, estaba más que dispuesto a odiarte para siempre.
Kenai decidió ocultar el dolor que le producían esas palabras.
— ¿Pero?
— Pero te escuché llamarme, gritaste mi nombre pidiendo ayuda y tuve miedo. No de ti, temía perderte —le miró fijamente—. Eres Kenai, mi hermano. Si algo te hubiera pasado, yo...
Kenai le interrumpió, atrapándolo en un fuerte abrazo de, vaya, como no, de oso. Aunque en realidad los abrazos fuesen una excentricidad humana. Una que personalmente era la favorita de Koda... Después de montar en otros animales, claro, esa estaba demasiado bien.
— Yo también, bola de pelos parlanchina, yo también.
Koda se separó de él fingió verle con enojo.
— Haré como que no escuche eso —dijo y ambos rieron, porque no podían negar la verdad.
Algún día, en el futuro, Beku tendría que saber la verdad, pero Koda estaría ahí para hacer más soportable el golpe con la realidad, el cual no podía ser tan duro, ¿verdad?
— Ahora, ¿qué te parece si nos vamos a buscar ese búho? Nada se pierde con intentar.
— ¿Seguro que es este árbol? —cuestionó Kenai con cara de duda, haciendo equilibrios sobre sus patas traseras— No parece que haya nadie.
— ¡Yo no me confundiría! Es este, seguro —sobre él, Koda trataba de mirar dentro del árbol, pero solo se veía negro—. ¡Eh, señor Tambo! Perdón por despertarte, pero solo queríamos saber si un día fuiste humano.
Completo silencio.
— Koda, nadie vive aquí —el bosque alrededor de la Montaña donde las Luces tocaban la Tierra había estado vacío hasta donde podían recordar.
— ¡Sé lo que vi! —exclamó el menor— Él me hablaba y yo le contesté y entonces él me respondió. ¡No he podido imaginarme eso!
Finalmente las patas de Kenai llegaron a su tope y dejó a Koda de nuevo en el suelo. Todavía era un oso joven, pero al crecer Koda había ganado unos buenos kilos.
— Debe de tener un sueño profundo —se excuso Koda.
— ¿Seguro qué no te estás quedando conmigo?
— No podría inventarme algo así, ni siquiera sabía nada de tu padre —negó con la cabeza—. Por cierto, ¿por qué nunca me dijiste nada sobre tu padre?
— Por lo mismo por lo que tú nunca me has dicho nada del tuyo. Porque no hay nada que decir —suspiró—. Murió siendo yo un bebé, lo mismo que mi madre. Y ahí se acaba la historia para mi.
— ¿Entonces vi un fantasma? —el único fantasma que había visto en su vida fue el de su madre. Tambo no se veía como se había visto ella— ¡Woah, vas a ver que historia, será la mejor del Salto del Salmón!
Kenai no respondió.
— ¿Crees qué él sabe quienes somos?
— Sí —pero no fue Kenai quien respondió.
Ambos hermanos giraron la cabeza y Koda abrió grandemente sus ojos hacía la anciana humana que los veía con un brillo de felicidad en sus ojos y una sonrisa en los labios.
Sí, iba a ser una gran historia.
