OS 6: Invitaciones de Boda
Bastemon – Pensamientos
Los ojos de la princesa Bastemon reflejaban un profundo cansancio, y se abrían, cerraban, y repetían el mismo proceso una y otra vez, mientras que las velas de la estancia en la que se encontraba tintíneaban paulatinamente al ritmo de la hipnótica melodía que el viento, armonioso, como un visitante inesperado, les marcaba.
Paseo su mirada por la vacía habitación que acogía su presencia, en lo que soltaba el primer bostezo que coronaría el crepúsculo. Hacía poco que se acababa de despertar de una de sus múltiples siestas, y no podía evitar sentirse terriblemente agotada, mas sabía que debía continuar con su cometido, y que debía acabarlo antes de que los primeros rayos del sol dieran fin a la noche que ahora comenzaba.
Hacía ya un rato que había terminado de escribir la decimoquinta invitación de boda. Su nodriza la había aconsejado que eligiera un sobre y un papel bonito, pero sobrio, y que las redactara ella personalmente. Su prometido ya se encargaría de elaborar las suyas para sus propios invitados.
Había seguido aquel consejo,y que pese a la laboriosa y pesada tarea que la esperaba, sabía que era lo más conveniente, teniendo en cuenta su posición social. Además, era lo mínimo que podía hacer. Su futuro marido se iba a hacer cargo de todos los gastos de la boda. Había sido un gesto muy cortés y acertado, sobre todo atendiendo a la delicada y precaria situación económica que asolaba a la princesa y su reino. Aunque claro, él desconocía que las arcas que se ocultaban en las profundidades del Castillo de Lake Zone estaban completamente vacías, y que las fuentes de ingresos de la princesa eran más bien limitadas. Y todo desde que llegó aquel putrefacto olor del lago de la zona…
Apiló el sobre de la decimosexta invitación junto con el resto, a su izquierda, alejadas del bote de tinta y la pluma con la que estaba escribiendo. Ya había elaborado la del rey Deramon, la del rey Valkyrimon, todas las de la corte de ángeles, y las de ciertos aristócratas de distintos continentes, como el afable, aunque excéntrico Myotismon de la Isla File. Sin embargo, las primeras que había redactado, con sumo gusto además, habían sido la de su amiga Queenchessmon y su padre, el rey de Chess. Sin duda, iba a necesitar el apoyo de su amiga en un día tan importante como aquel.
No se encontraba segura de la decisión que estaba tomando: dudada aún si era correcta, aceptable, o meramente pasable, y si los motivos que la movían eran los más recomendables para dar aquel gran paso con alguien a quien apenas conocía. Al fin y al cabo, aquel apaño no dejaba de ser un matrimonio de conveniencia: él pasaba a formar parte de la escasa y elitista realeza del Mundo Digital, mientras que ella volvía a recuperar todo su patrimonio y más. Con él, podría al fin solucionar los problemas de peste de Lake Zone, y hacer que sus escasos súbditos llevaran una vida tan cómoda como la que llevaban antes de que aquel mal apareciera.
Pero, ¿acaso la compensaba quedarse presa en la institución del matrimonio? Aquella pregunta abordaba la mente de Bastemon en todo momento. Día y noche, noche y día, reflexionaba sobre aquella preocupante cuestión.
Había planteado sus preocupaciones a su nodriza, y esta la repetía que no tenía por que encontrarse dudosa, ni desconfiar de las intenciones de aquel amable caballero con la cartera tan llena. A decir la verdad, la vieja nodriza estaba emocionadísima con el matrimonio. Ella misma la había presentado al aristócrata, y, en cierto modo, ella había organizado todo lo necesario para que se celebrara el casamiento y la relación fuera lo más fructífera posible. La vieja Babamon sólo quería verla feliz, y solventar todos sus problemas. Por eso se involucraba tanto, pensaba la princesa, muy convencida de lo que decía.
Redactó unas escuetas y ciertamente, menos elaboradas invitaciones para los olímpicos que guardaban una relación cortés con ella, y prosiguió con los siguientes invitados. Sus antepasados estaban emparentados con la realeza de Sand Zone, así que había decidido invitar a Pharaohmon. Aunque él no había vuelto a ser el mismo desde la muerte de su esposa, debía invitarle. Por sus venas también corría sangre de la nobleza de Witchelny, sin embargo dudaba si invitar a su gobernante. MedievalDukemon había ascendido al trono tras derrotar al dragon que asolaba el reino, y siempre había mantenido con Bastemon una relación que muchas veces parecía pasar de la amistad al romance, y viceversa. A su madre la hubiera gustado verla con él algún día…
Empezó a tener frío y se levantó para cerrar el amplio ventanal que conducía a la terraza. Corrió la leve cortina de seda azul transparente, cuyos pequeños adornos brillaban a la luz de la luna, y proyectaban en la habitación destellos como los de una bola de discoteca.
Regresó al escritorio y se sentó para proseguir con su tarea. Ya se plantearía más adelante si enviarle o no una invitación a MedievalDukemon o no. De hacerlo, la escribiría la última. Sería la más dura de todas.
Tomó de nuevo la pluma, cogió otro rectangulito de papel, y escribió:
"Me complace informaros de que estáis invitados al enlace…"
Lo tachó. Las otras la habían quedado mejor. No era la misma frase que había utilizado en las otras. Y no la parecía la más adecuada. Su caligrafía, además, había empeorado. Tenía la mano cansada ya de hacer esa horrible letra gótiga de libro antiguo, que tanto la gustaba, pero que a la vez, tanto esfuerzo suponía.
Arrugó el trozo de papel, y, malhumorada, le tiró a la papelera.
Una sombra pasó por delante del ventanal, ocultando la luz de la luna momentáneamente. Bastemon, curiosa, decidió acercarse a ver lo que ocurría. Descorrió la cortina de seda, y pegó la cara al cristal. El roce de su tersa piel con el frío ventanal le produjo una sensación desagradableen un principio pero que luego tornó gustosa.
Abrió los ojos lo más que pudo y puso sus manos alrededor de ellos para mejorar su visibilidad. No quería salir a fuera, pero tampoco soportaría perderse lo que estaba pasando. Mas, como no veía nada, no la quedó más remedio que abrir el ventanal y salir al balcón.
El contacto con el viento que corría libremente por la zona, como dueño y señor de la misma, la puso la carne de gallina. En cuanto comprobara de que se tratara, volvería dentro, cerraría el ventanal, y no volvería a abrirlo en lo que quedaba de noche.
Se apoyó en la barandilla del balcón miró al horizonte. La figura de un pájaro bastante grande que sobrevolaba el cielo y se alejaba del castillo en dirección al bosque era lo que tanto la había alterado a la princesa.
Se dispuso a regresar al balcón, pero un una especie de sombra en el inmaculado suelo del balcón la obligó a detenerse. Se agachó para examinarlo detenidamente. En un principio pensó que sería una mancha, pero cuando paso despreocupadamente la mano, se dio cuenta de lo que era en realidad.
Se levantó, sosteniendo entre sus manos un par de plumas negras. Aquel pájaro había estado en su balcón. La había estado observando y no se había percatado de ello hasta que no había alzado el vuelo para marchar.
Regresó al interior y cerró el ventanal. Apagó las velas, y se dirigió a su habitación para dormir. No la apetecía seguir escribiendo después de eso. No la apetecía hacer nada.
