Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.

-RivaMika-

SemiAU


Linaje Ackerman


4

Ambos pelinegros se apartaron abruptamente el uno del otro y se pusieron de pie en el acto, alarmados, sólo para encontrar entre el espesor del verdoso panorama que los rodeaba a una inocente liebre en busca de alimento.

Y la tonada electrizante e incitante que los envolvía se transformó en pura tensión con la posibilidad de ser cortada con un cuchillo, agobiados por la perplejidad de sus actos. Levi fue el primero en moverse y montar en el caballo con las riendas en sus manos, sin dirigirle la mirada en ningún momento a Mikasa.

El golpeteo de los cascos contra el suelo bajo ellos fue el único ruido hasta retomar Mitras minutos más tarde, inmersos en un silencio rotundo e incómodo, dónde a diferencia de la ida en que buscaban ir a la par en el trote, iban ahora alejados por varios metros.

—Ve a dormir. Yo los llevo al establo.

Ella obedeció sin rechistar sus palabras, ignorando la punzada qué le ocasionó ese tono arisco y fútil en la voz de su acompañante. La desolación que se apegó a su alma con esas acciones le hizo saber lo más doloroso de todos los sucesos de esa noche. Bajo las sábanas de su cama y con la luz de luna colándose por las ventanas, Mikasa aceptó silenciosamente qué para el hombre qué había besado con fervor, ese qué había despertado su capacidad de sentir con un simple roce, todo había sido un error.

Y tragarse ese hecho era demasiado duro.

Los días parecieron hacerse más fríos cada vez, el clima allá afuera era equiparable a la congoja dentro de ella. No hubieron más lecciones, ni encuentros con Levi. Siempre estaba cumpliendo sus deberes cómo capitán, supervisando la labor de los trabajadores de la mansión y la limpieza de la misma como un obseso. Sí ella se encontraba cerca, pasaba de su persona, relegaba su presencia cómo sí no se encontrara nadie allí. Mikasa presintió que sus tardías llegadas a la mansión a altas horas de la noche y sus inmediatos retiros de la misma al amanecer eran sólo maneras de alejarse de ella lo más posible.

Dolía. No encontraba consuelo ni en el alegre color de las flores del jardín, ni en la poca comunicación qué se esforzaba por tener con las mujeres que le servían, tampoco en los libros ni en el entrenamiento. Contemplar el cielo cuando los matices de los colores pasteles lo teñían tampoco tenía sentido.

—Lady Ackerman, aquí tengo su desayuno.

—Hmp.

Habían días cómo aquél en que su estado catatónico se prolongaba cómo para no querer abandonar la habitación. Comía ahí a solas para no soportar la soledad inminente que la abrumaba estando en ese enorme comedor; estando en ese lugar se imaginó una visión en qué cada una de las sillas era ocupada por personas similares a ella y a él, con su padre sonriéndole con nobleza a su izquierda y su madre dulcemente a su derecha... y ahí dónde Levi siempre se sentaba, lo imaginó acompañado por una hermosa mujer parecida a él. Por su cabeza rememoraba una y otra vez los besos en la colina, las manos acariciando sutilmente su cuerpo y el sismo qué experimentó con aquellos labios pegados a su piel.

Pero todo atisbo de esa felicidad ya era un simple recuerdo. No volvería a sentirlo, ni a admirar su sonrisa cargada de paz dirigida a ella.

—¿Lady Ackerman...?

—¿Hmp?

—¿Se siente usted bien?

No se había percatado de la presencia de la sirvienta, Gabrielle o algo así se llamaba sí mal no recordaba. ¿De verdad lucía tan patética cómo para qué se preocupara por su estado?

—Hmp.

Inclusive se había privado de proferir alguna contestación que no fuera un débil gruñido. La mujer se retiró no muy convencida, no sin antes decirle que la llamara por cualquier cosa que necesitase. Y la oyó muy lejos de ella, porque carecía de importancia las palabras de esa mujer, porque de nuevo y cómo siempre estaba ahí sola.

Sola cómo él.

¿Se sentiría él también igual de sólo cómo ella?

No lo sabría. Sus ojos se apagaron de a poco y se disipó de su aciago pensamiento, hasta caer en un profundo sueño abrazándose a sí misma hecha un ovillo en medio de la cama.

A kilómetros de dónde Mikasa dormitaba, Levi terminaba de mostrarle a los nuevos subordinados de la legión cómo disparar una carabina M4 de largo alcance. El teniente qué impartía las lecciones le pidió que diera una demostración de cómo utilizar el nuevo armamento avanzado. Dejó a los jóvenes cadetes pasmados y al mismo teniente luego de galardonar su puntería en el blanco. Se suponía que debía detenerse tras el quinto disparo, pero cómo sí no bastara descargó las balas hasta que el gatillo no le respondió.

—Ah, ya no hay más.—Puntualizó entregándole el arma a un atónito teniente.

—G-G-Gracias, capitán...

Se fue lejos del campo de pruebas cómo sí nada hubiera pasado, distante a la contemplación de Erwin y Hanji desde el cuartel y al bullicio de los novatos emocionados con su demostración.

"¡El capitán Levi es asombroso!"

"¡Es el hombre más fuerte de todos!"

"¡Es la esperanza de Eldia!"

Halagos fortuitos que eran un dolor de cabeza.

Abandonó los cuarteles y tomó el trayecto ya bien conocido hasta la mansión, su rostro impasivo daba un aire hasta terrorífico, cómo sí estuviera hecho de piedra. La misma servidumbre lo notaban más denso de lo normal, colocándoles nerviosos esa aura austera que destilaba el hombre. Verlo llegar intimidó a Gabrielle; cargaba una docena de diferentes armas qué iban destino a su oficina, pero la sirvienta tomando valor lo interceptó antes de que llegara a las escaleras.

—Sir Ackerman...

—¿Hmm?

—Estoy preocupada por la señorita, no sale de su habitación y creo que ni siquiera está comiendo lo que le llevo.

Levi escuchó cada palabra de la sirvienta, la mujer no era tonta, sabía que algo había ocurrido entre ambos que desde hacía más de una semana no mediaban palabras, pero consciente de su posición debía procurar no entrometerse demasiado, aunque la sed del chisme la tentara. No recibió respuesta, el hombre pasó de ella dejándola con una sensación nada agradable y gracias a ello tuvo la certeza de qué su amo no se hallaba mucho mejor.

Volver a su encierro hermético de lo emocional era el mejor refugio y medio para ponerle un alto a lo que esa noche Mikasa encendió en él y alejarse de ella y ese fuego que representaba en su vida. Esa noche sobre la hierba, estuvo en zona de peligro, estuvo presa de algo en lo que juró jamás caería, pero se había fallado a él mismo. Se maldijo. Esa mujer se había convertido en su abismo de perdición y no tenía certeza de hasta dónde llegaría si estaba mucho tiempo con ella. Pero mentiría sí negara su preocupación y culpa al oír a la sirvienta. Mikasa era más joven y era lógico que se sentiría más abrumada por los sentimientos, pero no deseaba hundirla en una depresión.

Así que tomó la decisión de ir a verla después de dejar el armamento bien oculto en su oficina. No tenía un plan, no sabía qué le diría, sólo sería breve para no tener que respirar su mismo aire por demasiado tiempo. Tocó la puerta. Esperó. Nada. Ni una voz, ni un sonido.

—¡Ackerman!—Exclamó—¡Ackerman, abre la puerta!—Intentó forcejearla pero el único obstáculo entre tutor y pupila se hallaba atascado—¡Mikasa, abre!

No lo hizo, ella no le respondió. Él chasqueó la lengua en su paroxismo y sin dilaciones abrió la puerta de una patada, impacientado.

Pero ahí dentro no había ni un alma.

Los casquetes del trote del caballo en qué iba subida la azabache se detuvieron al fin. Se sintió sumamente extraña de recorrer los pasillos del cuartel vestida de civil, usando un sencillo vestido verde, unas sandalias y su típica bufanda, mezclándose entre los uniformados que abundaban en el edificio.

"¿Esa no es Mikasa Ackerman?"

El chismorreo inundó los pasillos, pero a ella eso no le interesaba, había arribado al cuartel con un objetivo preciso. Ya no era soldado ¿No? ¿Por qué tomarse la molestia de pedir permisos? Pensando en eso, abrió de par en par de un empujón las puertas que resguardaban la oficina de la mujer que anteriormente era su superior.

—¡Ah, Mikasa!—Hanji la recibió con su típica desfachatez—¡Qué sorpresa ver...!

Las palabras se le quedaron en el aire y de la alegría despreocupada pasó al desconcierto cuando fue tomada de las solapas del uniforme con brusquedad por la ex soldado.

—¡¿Cuánto tiempo más durará esto, Hanji?! ¡Estoy harta!

—¿Qué...? Mikasa, cálmate, podemos hablar.

—¡Estoy harta de ese maldito enano imbécil!

—¿Le-Levi? M-Mikasa, no sé qué te hizo ese enano, pero suéltame ¿Quieres?—Sugirió con toda sutilidad y la azabache le obedeció soltándola con la misma brusquedad.

Una vez suelta, Hanji buscó mermar las aguas, con comentarios del clima y el tema de la preparación de nuevos núcleos de soldados qué habían puesto más trabajo a todos en la legión y en el frente de guerra. Preparó un té negro y se lo sirvió a la azabache, tomando ella también una taza, encontrándola con su usual escepticismo en la fachada. Parecía resentida con alguien o con algo, para las pocas cosas qué lograba entender de su callada ex subordinada.

Ella veía el té entre sus manos con un deje de pesadumbre rondándola. Beber té y más encima negro le exacerbaba sus recuerdos por el individuo qué le había desatado un infierno emocional.

—Oí qué pronto pautarán la fecha de tu presentación en sociedad.—Dijo la capitán mirándola de reojo.—Será muy importante, Mikasa. Estarán todos los estirados de la nobleza pero también la reina.

—¿Reina?

—Ajam ¡Alégrate un poco! No todos tienen la fortuna de conocerla.

—¿Qué pasó con lo de volver al ejército?—. Hanji tragó fuerte cuando la Ackerman posó en ella sus orbes de acero.—¿El capitán puede y por qué yo no?

—Justo ahora es imposible, Mikasa. Cuando las cosas estén calmadas después de tu presentación pediré una audiencia con Zackly. Tus habilidades son sorprendentes, estoy segura qué no se negarán.—Explicándole por fin la situación Mikasa logró calmarse un poco, luego de que la capitán le asegurara el regreso a su escuadrón a como dé lugar. Por ahora la azabache era la bomba de los chismes en Mitras y no podía darse el lujo de pasarse uniformada y armada por ahí, cuando "el deber ser" era todo lo contrario.—Por cierto—Añadió Hanji sirviéndose una segunda taza de té negro de espaldas a ella.—Ésta mañana vi al enano más hostil de lo común ¿Pasó algo?

Abarrotada de nervios que no exteriorizó en su temperamento sereno y afable, evaluó todos los indicios de qué Hanji supiera lo que había pasado entre ellos. Buscó qué responder tratando de no verle con todo el falso interés puesto en un raro cuadro de unos personajes enormes, horrendos y desnudos qué la de lentes tenía en su pared ¿Qué clase de mórbida pintura era esa?

—No nos hablamos, es todo.

—¿No se hablan? ¿Y qué hay de las lecciones?

—Pararon.

—¡¿Pararon?! ¿Pero qué pasa con él? Jum... hay que ver que es un cabezota cuando se lo propone.—La castaña meditó unos segundos—. Bueno, él es el que tendrá que vérselas con los nobles sí no cumple con el cometido.

Más tarde Mikasa pudo verse con Jean, Sasha y Connie y pasárselo con los muchachos hasta caída la noche, cenó en la oficina de la excéntrica capitán y se retiró cuando los cadetes y soldados fueron enviados a sus recámaras.

Se tomó su tiempo para regresar a la estructura en qué vivía desde hacía dos meses ya y cómo era costumbre su cabeza se empeñaba en traicionarla, reviviendo a Levi. Desde que lo conoció, desde la primera vez que sintió el chispazo qué provocaba su contacto con él, la historia sobre su oscuro pasado y la grata emoción de sentir sus besos, de corresponderlos y de no saberse sola. Él la había besado, la había tumbado sobre la hierba, se había mostrado acogido por los mismos sentimientos. Estaba segura. No había forma de qué él no hubiera deseado el encuentro tanto cómo ella.

Así qué entró decidida y con paso firme hasta adentrarse en los pasillos de la mansión, hasta estar frente a la puerta de su oficina. Tocó tres veces consecutivas y su grave voz dio el visto bueno para qué pasara sin saber qué se trataba de ella. Sin embargo no la miró para comprobar de quien se trataba, permaneció inmutable a su presencia y al brillo de determinación que poseía el gris de sus pupilas una vez estuvo frente a él. Escribía en unas hojas y tenía otras tantas apiladas simétricamente al lado, aparentemente muy concentrado en su tarea.

—Estuviste hasta muy tarde en el cuartel.

—¿Quién te lo dijo?

—Un miembro de mi escuadrón me lo informó.—Ella no dio crédito a sus palabras.

—¿Mandaste gente a vigilarme?—Tuvo que morderse el labio inferior para qué la ira no se acrecentara, saber qué no había un lugar dónde no tuviera monitores era indignante. Levi detuvo su escritura pero se mantuvo dispuesto a no verla.

—Desapareciste sin dar ningún aviso.—Contestó con monotonía—Vete a dormir, no voy a castigarte sí es lo que te estás pensando.

Pero no, no era lo que ella estaba pensando ni mucho menos deseando. Lo que quería era otra cosa, lo que quería era confirmar las ideas en su cabeza.

Levi enarcó una de sus cejas endrinas y detuvo nuevamente la redacción de sus letras sobre el papel para ver desde su lugar los pies de Mikasa en movimiento, hacia él.

Obligó a su ser mantener la compostura y mantenerse estoico cómo se había propuesto, a no mirarla, a no ver la plata preciosa en sus orbes. Rogó internamente que ella se detuviera para no perder los estribos ni la cordura. La voz no le quiso responder a la demanda que debía hacerle urgentemente, de qué se retirara. Y antes de saberlo sus azulados pozos distinguieron poco a poco la figura de su pupila y el movimiento de sus caderas al caminar.

—Ackerman... ¿Qué...?

—Mikasa.—Le cortó de cuajo.—Solamente dime Mikasa.

Sí algún Dios estaba probando sus defensas para con esa mujer, había fallado horriblemente por la forma en qué el delirio ya lo rebalsaba y ella no había hecho si no empeorar las cosas al deslizar la tela de su vestido verde helecho hacia abajo desde sus hombros, dejando al descubierto su torso, níveo y perfectamente trabajado, con un par de montes que amenazaron la poca sensatez de ese hombre frente a ella. Mordió su labio inferior de frambuesa y a un ritmo tortuoso y lento deslizó lejos de su cuello la bufanda roja que dejó caer sobre la mesa del escritorio. Levi pensó que esa exquisita visión era un espejismo producto de un castigo o un apremio. Jamás lo sabría. La perdición llegó a él cuando cayó de nuevo en esa trampa mortal impresa en las orbes de la azabache.

—Maldita sea.

Masculló abandonando el último resquicio de su raciocinio por fin.

Mikasa terminó arriba de él sobre su regazo, arqueando la espalda, para que Levi capturara entre sus labios la cumbre rosácea de sus montes nevados, cerrando los ojos y dejando que se estremeciera bajo esa sensación qué sólo ella era capaz de causarle cómo una especie de hechizo. Cómo sí se tratara de la propia boca de ella, besó y mordió apasionado sus pequeñas y vívidas aureolas, evocando los gemidos y suspiros de la ex soldado que reaccionaba inclinándose más hacia atrás, cómo escapándose de él. Y él no tenía intenciones de permitirlo; ya estaba entre sus redes, había mandado al carajo sus advertencias y llegó la hora de pagar el precio.

Con una fogosidad latente, la atrajo contra su cuerpo violentamente una vez sus masculinas manos encontraron su espalda. Las palmas y la piel debajo de ellas ardieron. El capitán actuó cómo un poseso sediento de ella, estremeciéndola con el hielo de sus ojos, plasmando marcas y besos húmedos en la blanca porcelana a su merced.

—Ah... Dios, Levi... Ah...

Los jadeos de la joven entre sus brazos eran música para sus oídos, eran el arrastre absoluto a esas llamaradas emocionales bañadas en un deseo irrefrenable. Levi la tomó de las muñecas, inmovilizándola, para que ella misma viviera ese mortífero afrodisíaco en cada átomo de su ser. Con un empujón, la alzó de las caderas para sentarla de lleno en el escritorio, para arrancar trozos de la tela del vestido que lanzó lejos, actuando equiparable a una bestia sedienta. La plata brillante en las orbes de ella y el azul despótico de las de él lucían una niebla que desaparecía de la faz de la tierra el juicio de ambos.

Entrecerrando sus ojos, Levi trazó un recorrido tortuoso por entre el medio del abdomen bien trabajado de ella, deslizó sus dientes y mordisqueó la piel a su alcance, fue bajando lentamente con un invariable ritmo al qué Mikasa imitaba con sus caderas, hasta estar a la altura del ombligo femenino. Le dio un vistazo a ese rostro impúdico y sonrosado, mientras lamía esa zona con una dedicación sin precedentes. Levi le decía algo con esos ojos que ella no supo entender, pero fuera lo que fuera lo ansiaba, a él y sobre todo a esa imperiosidad por consumirla.

El calor en su bajo vientre era demandante y agudo, como tener una fogota calibrando en ella, una que necesitaba de ese hombre. Y cómo sí él supiera exactamente qué ocurría con Mikasa, se hundió en la suavidad de la piel en esa área y la devoró. La devoró con su aliento y con su pasión, mordió y sonsacó sonidos placenteros del precioso cuerpo debajo de él.

Marcó el territorio y pronto estuvo en la frontera entre su vientre y lo que había más allá, el espacio prohibido dónde aún cubría lo que quedaba de la tela del vestido.

Mikasa se permitió disfrutar esas desconocidas sensaciones que él le brindaba, de que le quedara grabada la aspereza de su húmeda lengua. Y ansió qué se hiciera dueño de todo, de qué violara esos últimos límites y la traspasara.

Estaba viajando lejos, junto a él, estaba siendo sumisa de otros planos dónde sus dimensiones eran forjadas a base de instinto y placer. Pero no alcanzó a naufragar en esas áreas divinas; dejó de sentir las incitantes caricias y en cambio obtuvo la ausencia del contacto. La última imagen de esa complacencia fue del rastrillo de saliva entre la lengua del capitán y la ternura de la piel de su vientre.

Buscó una respuesta con la mirada en él, qué no llegó. Y lo siguiente fue el abismo y el miedo qué la alertaron; él de nuevo estaba alzando esa pared invisible entre ambos, de nuevo entraría a ese hermetismo de piedra que a ella le generaba tanta aflicción, tanto miedo.

—Cúbrete.

Esta vez, la temerosa Mikasa no lo permitió, no dejaría que la confinara a esa agonía.

Para el estupor del apañado capitán, el tacto de las palmas femeninas a los lados de su rostro lo atrajo hacia ella, para plantarle un dulce beso en las comisuras de sus labios. Levi percibió la suplica bajo el gesto, el ruego y toda la vulnerabilidad de la mujer.

—No lo hagas de nuevo...

—...Mikasa...

—¡Quieres esto tanto cómo yo! ¡No me lo niegues, Levi!—La aflicción en las preciosas orbes de ella lo turbó.—Nadie debe saberlo... si es lo que te preocupa... podemos mantenerlo en secreto.—Susurró con las últimas fuerzas y dignidad qué le quedaban.

La contempló. No hizo falta nada más. Tomó a Mikasa de la cintura y la sentó de nuevo en su regazo, encerrándola entre sus brazos en un abrazo confortable, de modo que la cabeza de la ex soldado quedara contra su pecho. Con la cima de la cabeza contra su mentón, besó la coronilla. Ese fue su modo silencioso de asegurarle que todo estaba bien, que abandonara sus temores, y por sobre todo qué le decía sí a todo.

Ya había llegado la mañana. Por la claridad que presintió del exterior sin necesidad de separar los párpados, sabía qué estaba de nuevo en su habitación ¿Había sido un sueño? ¿Había sido producto de su imaginación?

—Buenos días.

El regocijo que la invadió de encontrarlo tumbado al lado de ella, mirándola con la cabeza apoyada en la mano izquierda, acostado de lado en la misma cama fue desmesurado. La veía con una parsimonia y quietud tranquilizantes y lo mejor de todo... Levi le sonreía lleno de paz.

—Buenos días—Contestó bajito sonriendo también cómo en mucho tiempo no lo hacía.—¿Dormiste aquí?—Preguntó a la vez que el capitán acariciaba una de sus impolutas mejillas.

—Sí. Te quedaste dormida en mi pecho ¿Lo recuerdas?—Le escocía la curiosidad por preguntarle porque no se había retirado al dejarla en sus aposentos, pero no iba a darse el lujo de arruinar un momento tan perfecto cómo aquél. ¿Cómo era posible que un hombre tan frívolo y hostil le mirara con tanta dulzura?—Ve a bañarte.—Agregó él tras depositar un beso en su frente.—Hoy retomaremos las lecciones.

—¿De verdad?

—Por supuesto y hoy usarás todo ese montón de ropajes de mierda qué te trajo Scostless.

Las buenas nuevas no eran tan buenas con eso último, qué le hizo torcer el gesto en su rostro. El capitán se puso de pie y caminó hasta la puerta, tras abrirla le dio unas últimas palabras antes de retirarse.

—Te espero abajo.

Aprovechando la privacidad, Mikasa dio un salto. Antes de ponerse manos a la obra, dobló cuidadosamente su fiel bufanda para dejarla en una mesita de noche. Cómo alma que lleva el diablo ingresó en el armario privado buscando las tantas prendas qué formaban parte de la ostentosa vestimenta de sociedad. Quería hacer todo rápido y volver al encuentro con él, pero su presura sólo empeoró las cosas. Olvidó las cintas, una de las faldas y se pinchó dos veces con los alfileres del juego de ropa.

Resopló cuando un par de sirvientas tocaron a su puerta cinco minutos más tarde, alegando qué habían sido enviadas por Levi para ayudarla.

El maldito tenía un oráculo, no lo puso en duda.

Diez minutos más tarde, una de las mujeres de la servidumbre le alcanzó unas zapatillas plateadas a juego con los tonos morados y lilas del vestido y la otra le colocó el boquete. Trató de disuadirlas porque no veía la hora de salir de ahí, pero fueron insistentes con peinarla. Al final, no se quejó. Fue para mejor. No reconoció a la Mikasa del espejo ¿Cómo habían logrado esos rizos en sus hebras negras cómo la noche?

Las mujeres estaban satisfechas con su trabajo. Mikasa era hermosa, después de todo. No habían hecho gran cosa más qué resaltar la belleza en ella.

La siguieron en conjunto cuando abandonó la estancia.

Tenía los latidos del corazón zumbándole en los oídos y un bajón vino de súbito a su estómago cuando llegó al pie de la escalera central. Reflejaba la pasividad de siempre, pero estaba a punto de desmoronarse por un sin fin de emociones desconocidas, pero excitantes.

Posó la mano derecha en el pasamanos y menos mal lo hizo, porque no tenía manera de describir lo qué causó en ella ver al final de los escalones a Levi enfundado en un traje azul medianoche, usando los zapatos mejor lustrados del mundo y su inconfundible cravat. Luchó contra la mueca qué intentaba romper la perpetua inexpresividad en su rostro y dio el primer paso, el segundo, el tercero, parecía que nunca iba a llegar. A mitad de la escalera, distinguió la media curva que formaban los labios del capitán. Y sus ojos eran las mismas dagas de siempre, pero no le transmitieron ninguna clase de frialdad, no a ella. Mikasa mandó sus propias reticencias al diablo y en un desparpajo mostró los dientes; ensanchó la sonrisa más sincera y maravillosa qué Levi admiraba en años, se enchinaron sus ojitos -tan sólo un poco- y reflejó la felicidad qué la envolvía.

Quizá el mundo no estaba tan perdido cómo él ya había dado por hecho.

Quizá había mucho por ver y vivir.

Y definitivamente, ese era un momento que él quería y necesitaba vivir.

En el antepenúltimo peldaño, Levi le ofreció la mano izquierda a Mikasa, resguardando el brazo derecho con elegancia detrás de su marcada espalda. Un brilló cruzó los azulejos en los ojos masculinos, una vez tomó esos dedos ligeramente temblorosos que ella le ofreció. El sublime contacto entre la plata y la joya vibró así cómo ellos, estremecidos en secreto, ajenos al cuchicheo entre las sirvientas allá arriba.

Levi se tomó su tiempo en besar la mano de porcelana, con los párpados cerrados, cómo sí los minutos ahí no trascurrieran y Mikasa juró que podía permanecer así toda una vida.

Finalmente, Levi despegó los labios lentamente, pero a Mikasa le quedaron impregnados en el alma. Y ese par de polimorfos con los que era observada sólo sellaron ese contacto.

Siguiendo los correspondientes protocolos, el caballero que era el capitán en esos instantes, llevó del brazo a la azabache escoltándola hasta la bien conocida sala principal para tomar lugar en sus respectivos sofás de siempre.

—Ahora te escoltaré hasta la sala y beberemos el té cómo siempre hemos hecho—Le informó Levi susurrando en el tramo hasta el sitio.

Como siempre han hecho. Como ella extrañaba tanto volver a hacerlo.

Otra sirvienta dejó el juego de té en la mesita mediada entre los dos; una de las tantas qué presenciaban el acontecimiento sin discreciones en sus curiosas caras y aunque hizo las cosas algo lento y torpe, una mirada flemática y amenazante del amo de la mansión bastó para retirarse.

—¿Sabes? Yo también pensaba qué los milagros no existen, hasta hoy—Agregó el capitán tomando su taza con su característica manera de hacerlo, sin mirarla a ella.

—¿Por qué lo dices?—Mikasa tomó su taza, procurando tener el meñique alzado cómo él le había enseñado -aunque él mismo no siguiera sus propias reglas-.

—Convertí a la mocosa máquina de matar en toda una dama—Oh, y sí que era una máquina de matar, porque cómo quería estrangularlo—Eso es algo qué no se ve todos los días.—Pero ella no le iba a dar todo el gusto, claro que no.

—Tienes razón—Le siguió la ex soldado, después de dar un sorbo—Otra cosa qué no se ve todos los días es que en el proceso termines besándote con la mocosa máquina de matar.—Y así Levi terminó atorándose con su propio té y Mikasa volteó el marcador a su favor, por primera vez.

Mikasa: uno, Levi: cero.

—¡Cof, cof! Carajo... Bueno... ¡Tch, cómo sea! ¡Concéntrate en beber el té como se debe!

—Sí, capitán Rivaille.—Murmuró ella rodando los ojos y escondiendo su sonrisita triunfal en la taza de té.

Acordaron dar un paseo por el jardín al terminar el té. Mikasa no terminaba de asimilar el cambio en la iniciativa del capitán, que aprovecharía pues era una oportunidad para no dejar pasar. Vestidos de esa manera que a su forma de ver las cosas era extravagante, por supuesto. El capitán le había dicho que esas "simulaciones" con las prendas de alta costura se harían seguido de ahora en adelante, para acostumbrarla. Después de ser presentada en la alta sociedad eldiana, las invitaciones por parte del resto de los nobles serían frecuentes, según él.

Era reconfortante recorrer los alrededores del brazo de Levi, charlando sobre cualquier cosa. Era un cuadro de su nueva vida que ella no hace mucho tiempo atrás jamás hubiera concebido ni de chiste.

Lejos de la vista de los trabajadores y cualquier individuo, el capitán aprovechó la cercanía para besar con vehemencia los labios de la azabache. Y una y otra y otra vez, hasta que el cuerpo les suplicara por aire.

Poder sentir tantas cosas maravillosas y rememorar el transcurso de cómo habían llegado a ese punto avivaba el corazón de Mikasa. La noticia en el despacho de Hanji, su nueva habitación, las clases privadas con ese enigmático hombre, conocer a la señorita Scostless...

Y en ese preciso instante, abrumada entre la fogosidad del cuerpo de Levi y un árbol, las orbes de Mikasa se expandieron tal cual par de platillos.

Recordó las palabras de Sara Scostless.

"—¿Ella es su prima lejana, Sir Ackerman?"

La ex soldado lo apartó en el acto, con un manotazo y buscó apartarse de Levi horrorizada cómo quién se escapa de las fauces de una bestia. El duro golpe de la realidad había llegado en el peor momento y se odió por no haber pensado antes en ese pequeño detalle.

Levi se hallaba en la mar de desconcertado. Ella lo había agarrado con la guardia baja y el manotazo le había dolido. A pesar de qué recobró la dureza en sus facciones, no entendía semejante precipitación. La obstinación se le sumó a la confusión.

—Mikasa, ¿qué mierda te pasa?

Pero ella permaneció ahí, estupefacta, no queriendo oírlo y cualquier sentimiento agradable que experimentaba mutó en una repulsión desagradable.

—¡Aléjate!—Gritó cuando el hombre intentó acercarse, causando un pinchazo al corazón del azabache.

¿Por qué se había permitido llegar tan lejos? ¿Por qué él lo había hecho? ¿Cómo era posible que sabiendo semejante dato continuara con tal aberración?

Prima.

Su prima.

—¡Lo sabes, levi! Lo sabes y aún así...

La voz se le apagó completamente a la vez que los ojos se le inundaban en lágrimas. Qué triste es el destino. Que triste e injusto eran los lazos con la vida. Era fácil culparlo de todo, pero en el fondo sabía que era tan culpable cómo él y ahora los dos estaban manchados. No, ella era la más culpable en todo esto, por tener esa memoria traicionera. Después de todo, el capitán había intentado detener todo el embrollo a tiempo, pero sus caprichos los empujaron hasta allí. Al final, había jugado con fuego y terminado quemándose.

—Mikasa, habla de una puta vez.

—Somos primos, Levi.—Lo encaró haciendo añicos sus sentimientos y lo doloroso que era decirlo—Somos familia y aún así...

—Ah—Ahora lo entendía—Era eso.—Comprendió con típica antipatía como a quien le dicen que el agua moja y Mikasa se pensó que simplemente era increíble—Entonces hasta aquí llegamos.

Aunque para ella fuera una sentencia cruda e irrefutable, él había dicho lo último preguntándoselo más para sus adentros que como la afirmación que sonó. No se le había cruzado por la cabeza, no había reparado en eso. Cuando le informaron que había otro miembro del legado Ackerman entre las filas, le importó poco o nada, como todo. A diferencia de Mikasa, a él ese supuesto lazo sanguíneo le había importado un comino desde el principio y resultaba irrelevante si su interés por ella había despertado con otro fin. No obstante, no podía obligar a Mikasa a que se lo tomara del mismo modo. Pero sí de verdad iban a dejar las cosas así sólo por eso, no podía dejar que pasara como sí nada.

—Es lo mejor.

—No, Mikasa. No lo es.

—¡Pero somos...!

—¡¿Y qué con eso?!

Levi fue hasta ella, qué intento defenderse inútilmente. El destello en sus celcedonias orbes la obnubiló por completo. Afianzó el agarré en ambas muñecas de la anteriormente guerrera y bajo una máscara de indiferencia que Mikasa ya había traspasado, le rogó sin falta de palabras que no lo dejara.

—¿Y qué con eso, Mikasa?—Daba igual que ella se estremeciera debajo suyo, vulnerable, aún no la soltaría—Seamos o no seamos parientes, lo que siento es mayor que esa maldita porquería de la sangre—Y no mentía. Mikasa tuvo certeza de ello, porque él se estaba mostrando tan transparente ante ella qué parecía un irreal sueño—De verdad, me despertaste muchas cosas, mocosa...

Las nacientes en la plata de sus ojos finalmente abrieron paso al cauce. Literalmente, estaba entre la espada y la pared, metafóricamente hablando. Levi era la espada y ese árbol la pared. Mikasa era una vertiginosa y desaforada maraña de sentimientos encontrados para él, pero también el bálsamo de su sed. Estaba dispuesto a bajar la guardia y envolverse junto a ella en ese huracán, con tal de tenerla a su lado para sentirse vivo.

Así que para ella, negarse era igual a enterrarse un puñal invisible en lo más hondo de su ser. Dejarlo cómo sí nada luego de perderlo y recuperarlo era una inanición para su alma. Así qué, dejó esos sentimentalismos a un lado y trató de pensarse las cosas fríamente y llegó a la conclusión de que ese hombre tenía razón. Los lazos sanguíneos eran una banalidad sí lo ansiaba tanto, a fin de cuentas, lo suyo ya era un secreto desde el principio.

Y así un pacto silencioso entre los dos quedó cerrado bajo un profundo beso.

Los días tenían color. El panorama violento que pintaba la guerra más allá de los muros quedaba olvidado cuando el todo se reducía a ellos dos a solas en cualquier lugar. En los establos. En la oficina. En sus habitaciones. Al fondo del jardín. Paseos a caballo. Encuentros en los pasillos. Y sí los cuadros hablaran, los de la mansión ya tenían una historia que contar.

—¿Qué es esto?—Mikasa estaba perpleja sentada en su silla de siempre en el comedor, aunque escondiera su extrañeza bajo una cara de impávido aburrimiento, era observada con interés por Levi al otro en su silla correspondiente.

En la mesa no sólo halló los cubiertos de siempre, los acostumbrados cuchillo, cuchara y tenedor, sí no un sin fin de similares de plata en una fila exageradamente larga junto a su plato vacío. En la extensión de la mesa de comedor, varias bandejas con sus tapas aún puestas y cazuelas llenaban la mesa. En un momento, la azabache se pensó que por primera vez cenarían con más personas, pero grande fue su estupefacción cuando el capitán negó ese hecho.

—Ahora, Ackerman—Cómo odiaba que le hablara por su apellido—Tienes en frente un tenedor de mesa, una cuchara sopera, cuchillo de mesa, pala de pescado, tenedor de pescado, cuchillo de carne, cuchillo afilador, cuchillo para trinchar, tenedor de trinchar, cuchara de servicio, tenedor de servicio, pala de servicio.

Mikasa creyó haber oído demasiado para cuando él "terminó" sin embargo, el impoluto capitán sólo detuvo sus palabras para agarrar aire.

—Cuchara de ensalada, tenedor de ensalada, pala para queso, cuchillo para queso, cuchillo de tarta, pala de tarta, cuchillo de mantequilla, pala de servir tarta, cuchillo para la mantequilla, tenedor exprimidor, cuchara consomé, Cuchara de postre, tenedor de postre, cucharilla para café, tenedor de ostras, cuchillo para fruta, tenedor para fruta, pinzas de mariscos, tenedor de caracoles, legumbrera y por último el cubierto para pasta.—Cuando el heredero mayor de la mansión terminó de nombrar cada uno de los cubiertos, la boca de Mikasa formaba una "o" concreta.

—Capitán Rivaille—Él la miró sin vacilar—Esto es estúpido.—Contrario a su temperamento reservado, le sonrió.

—Sí, lo es. Ahora comencemos.

Las sirvientas procedieron a levantar las tapas y develar los exquisitos platillos. Había un poco de todo y el delicioso aroma de la comida inundó el lugar; desde langosta thermidor, hasta salmón, huevos de codorniz, estofado, ensalada cesar, carne asada, crema de zapallo...

Degustando cada platillo, el capitán le explicó a Mikasa qué cubierto usar para cada uno y la forma de tomarlos. Incluso le llamó la atención cuando estuvo a punto de comer sin poner la servilleta debidamente en sus muslos. Sin embargo, sólo le prestó la mitad de la atención a sus explicaciones. Su juicio se perdió en la bonita boca de él y las cosas qué podía hacer con ella. Pero también, se sintió consternada por la variedad de comida a su gusto.

¿Quién era ella y quién era Levi para tener toda esa comida a su disposición? ¿Por qué ahora que no le servía a la humanidad, a los eldianos, vivía esos privilegios cuando en esas calles más allá del muro Sina se vivía una hambruna voraz?

Mikasa tuvo la sensación de quedar asquerosamente llena al terminar esa "lección práctica".

Hacía frío. Los árboles quedaban desnudos cada día, despidiendo a sus anaranjadas hojas otoñales. Levi no la dejó en paz hasta que buscó un abrigo para dar un paseo a la luz de la luna.

Esa noche le tomó la mano por primera vez.

—¿Qué tienes? Estás muy pensativa desde la cena—Manifestó ese azabache que podía calar en ella.

—Yo... fue una cena deliciosa—Dijo y se quedó quieta ahí de pie. Levi también detuvo su paso al tener sus dedos entrelazados con los de ella y la miró dubitativo—¿Podemos donar comida a la gente de los otros muros?—Él enarcó una de sus delgadas cejas al oírla, sin dejar su estoico semblante.

—Mikasa, el gobierno real ya se encarga de eso.

—Pero no es suficiente.

—Hacemos lo que ésta a nuestro alcance.

—¿Hacemos?

Ella lo escrutó con la mirada. La necesidad de tierras fértiles estaba latente, los campos se empobrecían y consumían más y más, la baja en los índices de producción era una clara prueba de ello. Era cierto que Mikasa había visto el hambre en individuos de bajos recursos en varias de sus expediciones, pero también era cierto que Levi hasta fue uno de ellos en su juventud. Literalmente, esas pequeñas gemas que poseía por ojos habían presenciado lo más bajo de éste mundo, rondando la muerte en más de una ocasión.

Lo primero que había hecho era donar, desde reliquias familiares hasta oro, hasta los insumos. Más de la mitad del porcentaje de entradas económicas de la mansión iban a parar a los barrios bajos. Para las multitudes dentro de los muros estaba el gobierno real, para los olvidados bajo tierra estaba él.

Claro que fue un escándalo. "El noble Sir Ackerman ha perdido la cabeza" decían, hasta que la reina apoyó su acto de bondad. O de misericordia. O de lástima. Estaba libre a la interpretación.

Mikasa supo cuánta calidez existía detrás de la dura piedra en Levi.

Días más tarde, Hanji y Erwin los fueron a visitar. Sus visitas se hicieron frecuentes, eran bienvenidos en ese lugar, pero sus presencias allí también estaban para recordar las obligaciones que por aquellos días felices el capitán había dejado de lado.

—Volveré en tres días.—Había dicho el Ackerman subido en su caballo, apunto de partir, ante una Mikasa de rasgos petrificados en cuya mirada captó la tristeza que ésta desprendía.—Es una promesa—Agregó en un tono de voz más bajo y asegurándose que no había alma alguna al acecho, acarició con el dorso de la mano un cálido pómulo.

Sí él partía, tenía que saber que el corazón se le quedaba con ella.

Haber hallado un espejo entre ese ir y venir tenía un sabor agridulce para Levi. Primero, porque descubrir a alguien que contrastara con su mundo no era para nada un hecho por el que alegrarse, pero ¿Por qué mentir? Sí conocer a Mikasa era una dicha para él, saberse con una compañía tan adjunta a la suya, sentirse íntimamente comprendido y ahí entraba la segunda variable, en qué había encontrado color en una joven mujer desdichada, en qué aparecía otra luz para guiarlo entre tantas penumbras.

Y así Mikasa, lejos de las cavilaciones internas del capitán, se encontró otra vez con ese bucle solitario que la incitaba a sucumbir a la locura. Leer libros repetitivos cuyas palabras no conectaban con sus neuronas, entrenar sin alguien que midiera y desafiara su fuerza, revolcarse de un lado al otro en una cama que sintió más gigantesca y fría que nunca, hasta que el sueño lo conciliara bien entrada la madrugada. Incluso el té negro no tenía el mismo sabor. Fueron tres días eternos. Días grises, sin una pizca de color ni sabor. Días insípidos y rutinarios.

Y cayó en cuenta de que su vida se había tornado en eso desde que el muchacho Jaeger y Armin se alejaron de su vida, cómo quien pasa la página de una historia. Su vida en sí no tenía color ni sabor, hasta que Levi apareció en ella para darle un toque innovador y distinto. Otro color, otro sabor. Uno que necesitaba, uno que anhelaba.

Por eso ella no exageraba cuando lo sentía.

Porque por razones ajenas a ella misma, horas posteriores al mediodía se asomó por inercia a través de una ventana de su habitación que daba con el frente de la abismal casa.

Levi acababa de llegar y Mikasa arrugó el entrecejo entre confinada y desconfiada, porque el capitán no arribaba sólo. Había una mujer de cabellos castaños y expresivos ojos como la miel, usaba la capa de la legión cubriendo el característico uniforme, subida en un caballo contiguo al de Levi. La desconocida sonreía más de lo normal y parecía compartir palabras muy animadas de su parte hacia el hombre con el que la azabache compartía besos en la intimidad. Un inusual alivio vino a ella cuando Levi pareció despacharla del lugar, uno que la agarró desprevenida ¿En qué momento y por qué motivo se había tensionado?

Le restó importancia. Era de más envergadura llegar antes que él a su despacho personal, así que se coló por el pasillo con el sigilo de un felino. Cuando el capitán abrió las puertas de un empuje con su pie, ella ya estaba sentada en el escritorio, ansiosa.

El hombre dejó caer el gran maletín que llevaba en su mano derecha, motivado por el deseo de estrujar ese cuerpo entre sus brazos. En dos zancadas estuvo frente a ella, asiéndola de las redondez de sus contorneados glúteos, para atraerla contra su propia cadera. La ex soldado lo rodeó con sus piernas largas y torneadas y a la par, se fundieron en un beso pasional, plagado de anhelo.

—Demonios, mocosa, déjame tomar un baño aunque sea—Dijo contrayendo los jadeos contra la deliciosa boca de la mujer concentrada en desabotonar su camisa con desesperación.

Mikasa entonces se detuvo para tomar los costados de su cabeza entre sus manos, como sí él le hubiera hablado en un idioma lejos de su entendimiento. Y Levi se estremeció, oh sí, se estremeció y la maldijo por morderse ese hinchado labio inferior con una lascivia tan severa.

—Tomemos ese baño juntos.

¿Qué?

—¿Qué?—O estaba alucinando o tenía que realizarse otra limpieza de oídos.

—Por favor.

Por supuesto qué no.

—...De acuerdo.

Dictaminó la pérdida de todo su sentido común con ese par de palabras. Ya era un hecho, uno increíble: él había terminado de perder la cabeza antes que la mismísima Hanji Zoe.

Tener a esa joven mujer bajo su tutela implicaba para muchas cosas, pero acceder a una petición tan constrictiva no era una de esas. No por nada él era cómo era. Pero una parte arraigada de él lo convenció, o algún hechizo hecho por esa ninfa desnudándose en cámara lenta frente a su cuerpo. La vergüenza le pintó a ella las mejillas de carmesí y le despertó a él un fervor por despotricar toda la fuerza de sus embestidas dentro y fuera de ella.

Por primera vez Levi hizo uso de todas sus fuerzas internas en contra de sí mismo, porque tenía que controlarse y no perder los estribos con una imaginación tan asfixiante y traicionera. No haber tomado nunca un baño con otra mujer en su larga y misera vida no era de ayuda y su bendita madre no contaba.

Cada pináculo de su cuerpo se tensionó cuando Mikasa deslizó la correa de cuero que sostenía sus pantalones blancos en su cintura y para la mujer qué tenía la capacidad de leer la complejidad mañosa de su ser eso no pasó desapercibido.

—Relájate.—Le pidió suavemente ella, con ese par de ventanas abiertas a un alma pura, plasmando las yemas de sus dedos en la piel de los brazos masculinos.

Y él mismo no creyó cuando eso bastó, que mermara esos deseos inoportunos e intensos por poseerla hasta el delirio o los limitara en una brecha contingente. La misma Mikasa se encargó de desnudarlo, sumiéndolos a ambos en un sepulcral silencio rodeados por un aura sin etiquetas. Para ella fue inevitable sufrir una ligera consternación al apreciarlo tal y como fue traído al mundo y aquello preocupó al embelesado capitán, qué demostró la incógnita en las orbes.

—Es la primera vez que veo a un hombre desnudo.

El murmullo de Mikasa enterneció al azabache; su virilidad lucía erguida y palpitante, después de todo era inevitable apreciando semejantes curvaturas que daban forma al físico esbelto de la Ackerman, desde los contornos que rodeaban esos senos de afrodita hasta las cordilleras que moldeaban sus caderas y el punto prohibido más íntimo de su anatomía lucía censurado por una pequeña capa de vello.

Salió de su ensueño para cerrar la llave del agua, antes de que se derramara el contenido espumoso y burbujeante de la bañera.

El capitán fue el primero en adentrarse y la ex soldado lo hizo siguiéndole los pasos. Finalmente, la joven quedó posicionada entre las piernas de él y se acomodaron de modo que Mikasa recostó la espalda contra el fornido torso del azabache, echando la cabeza hacia atrás sobre uno de sus amplios hombros. Ella ignoró la ahora más relajada erección de su contrario contra la terminación de su espalda baja y permitió que el hombre frotara el jabón por su cincelado cuerpo. Suspiró plena. Al final, las cuidadosas manos la relajaron y la despojó de impurezas en una tranquila sobriedad. Sentían que estaban dónde debían estar, compartiéndose mimos el uno al otro e intercambiando besos cargados de un sin fin de sentimientos.

Esa noche durmieron juntos, en los aposentos del capitán.

Despertar y encontrar aquellas hebras negruzcas desperdigadas por sus limpias almohadas era indescriptiblemente perfecto.

Y Levi juró qué sí tener entre sus brazos a esa bella mujer era parte de sus centenares de pecados, iba a arder muy dichoso en el infierno.

Cuando Mikasa parpadeó por primera vez en esa nueva mañana, sus irises grisáceas enajenadas desconcertaron al capitán, pero lo atribuyó a una visión creada por su propia mente cuando ella le besó con ternura disipando sus inquietudes.

Era ajeno a la turbiedad que hacía mello en la azabache, por un destello de letras que escaparon de la boca de él permaneciendo absorto en el reino de los sueños. La Ackerman sabía con toda veracidad qué no había sido producto de su imaginación, que unas simples letras formando un nombre que ella desconocía rompían la burbuja de felicidad en la que flotaban. Y para colmo era un nombre femenino.

¿Quién sería? ¿Se trataba de alguien qué había llegado a estar de ésa misma manera que ella mantenía con él? ¿Sería acaso la mujer del día anterior?

—Buenos días.

—... Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Sí, ¿Y qué hay de ti? ¿Tuviste algún sueño en particular?

—No—Bostezó por su parte Levi—No que yo lo recuerde.

Claro.

Fue un día tranquilo, ameno. Peinaron el pelaje de sus caballos, dieron unos paseos al jardín, visitaron a los trabajadores en sus tareas, literalmente aquel día se separaron tan sólo para ir al baño, pero sin embargo Mikasa no estaba tranquila y Levi tampoco. A ambos los perturbaban unos asuntos que rodaban sus cabezas sin darles tregua. La azabache se vio tentada en varias ocasiones a ser directa, como siempre, pero no quería armar una especie de escena de celos, porque según ella no era tal, en absoluto.

El manto nocturno volvió a prontas horas y mientras todos iban a descansar para Levi eso significaba continuar con los manuscritos y documentos en su escritorio allá arriba.

—¿No vas a dormir?—Había preguntado Mikasa caminando al lado de él. El de orbes azuladas había insistido en escoltarla hasta la privacidad de su habitación, antes de adentrarse a lo que sería una larga noche.

—Ya dormí lo suficiente anoche, Mikasa. Créeme, hace años que no dormía—Esas palabras a ella no le convencían y permitió al capitán decir otra frase antes de manifestar la idea en su cabeza—Yo debo trabajar y tú necesitas dormir, mocosa, anda.

—Te ayudaré.

—De ninguna manera.

—Terminarás más rápido.

—Ya te dije que no, mocosa desobediente.

—Y yo digo que sí, enano testarudo.

—Mikasa...

—Levi.

Personalmente, Levi tuvo que maldecir todo y resignarse a quedarse sin respuestas del porqué pasaba todo aquello. Su realidad e integridad se veía trastocada por el encanto de una mujer y así, el temido, el venerado, e increíblemente más fuerte hombre de toda la nación se veía dominado por las sentencias que imponía esa mocosa. Así que ambos azabaches entraron en la oficina del mayor de los dos, obligándose a dejar de lado la necesidad de los besos y ponerse manos a la obra. Mikasa archivaba los informes entregados en aquella semana por su escuadrón y él elaboraba la redacción final a pasar a manos de Erwin, cuando una pregunta le dio un giro de ciento ochenta grados a la apacible comodidad del ambiente alzado entre ambos.

—Levi.

—¿Qué?

—¿Quién es Isabel?

Levi casi se sobresaltó.

—...¿Qué dijiste?

—Te hice una pregunta, ¿quién es...?

—Te oí, te oí, mocosa. ¿Por qué me sales con eso?—Si él mal no recordaba, jamás le había mencionado ese nombre a Mikasa.

—Anoche te oí susurrar su nombre—Dijo firmemente la azabache, pero sin enfrentar los ojos increpados de su contrario.

—Tch.

—... No tienes que decírmelo sí no quieres.

—No es eso.

Lejos de pensar en ocultarle parte de los hechos que marcaron su vida a Mikasa (cómo ella sentía que era el que él se reservara aquello; no era tonta, sí ese nombre se había escapado de sus labios en medio de un sueño es porque fue alguien importante para él) no quería recordar a sus dos eternos amigos, por la cruenta manera en qué habían terminado. Sin embargo, no se lo pudo seguir guardando al visualizar los dolidos ojos de Mikasa.

—Te lo diré—Espetó.— Isabel fue mi compañera en la ciudad subterránea.

—Entiendo...

La Ackerman agachó la cabeza. Ella no necesitaba oír más.

—No sólo ella, también Farlan.

Mikasa volvió a mirarlo, sobrecogida, con los ojos tal cual par de monedas abiertos de par en par por oír otro nombre. Y escuchó todo eso qué él tenía por contarle, dejando atrás su malentendido, desde el como terminó conociendo a aquellas dos personas que tanto simbolizaron para él, hasta el escenario fatídico en esa lluviosa expedición de su pasado: marleyanos los emboscaron y asesinaron a todo el grupo de exploración al pie de un bosque, cortando a Farlan a la mitad y arrancándole la cabeza a Isabel. Podía percibir el grueso nudo en la garganta del capitán relatando con minucioso detalle, haciendo que Mikasa se cuestionara sí había estado bien llevarlo a contarle más marcas de su doloroso pasado.

Al final de la historia, Levi no la miraba. Mikasa se levantó e hizo una acción que tomó desprevenido al hombre: le besó con extrema delicadeza y dulzura la punta de la nariz chata y le dedicó una paliativa sonrisa.

—Ya no estás solo.

Esa noche durmieron en la desnudez, de nuevo, pero en la cama de ella. Y por insistencia de ella. Alumbrados por la luz de la luna que se colaba a través de las cortinas y ventanas, Mikasa recorrió con un dedo índice ese fornido cuerpo, erizando piel y vellos a su paso.

—No hagas eso—Pidió Levi con los ojos cerrados. Mikasa lo observó con patente curiosidad, a lo que él no dijo nada más.

Pero ella lo ignoró y se aventuró encontrando diversas cicatrices en el recorrido, queriendo oír la historia de cada una. También contó cada lunar que se encontraba, hasta que en el número veinticuatro se quedó dormida sobre el bajo abdomen de ese hombre. Sólo entonces, el capitán pudo separarla de su contacto y respirar hondo, logrando que por fin mermara la dureza en su entrepierna.

La siguiente noche Mikasa retomó la cuenta de los lunares. Levi no entendía el encanto de esa mujer con ellos, pero se había justificado diciendo que quería memorizar cada uno, realizando un cambio en la rutina anterior: esta vez, Mikasa besó los lunares, retando nuevamente el juicio del capitán. No aguantó después del doceavo besado. Su hombría ya necesitaba urgentemente atención.

—Maldita sea, Mikasa... Ya no hagas eso...

Pero seguía.

—Mikasa...

Beso, tras beso, tras otro beso. Uno en el cuello, otro en sus costados.

Se acabó. Sí no la hacía a un lado, terminaría peor de lo que ya estaba, no se contendría. Y de hecho ya no pudo contenerse. Se levantó de la cama y se encerró en el cuarto de baño con violencia, dejando a una confundida y apetecible azabache desnuda sobre la misma.

Necesitaba un respiro. Tomarse esa virilidad caliente y palpitante y hostigarla con un ritmo vicioso, feroz, urgido; una imagen facilitó la tarea, la de la anatomía vigorosa de su hermosa compañía azabache y blanca como la nieve que comenzaba a caer sobre la ciudad. Arriba, abajo, arriba, abajo, fue repetitivo hasta que logró derramar la sustancia blanquecina por la cabecilla, chorreándose entre su mano.

Afuera, Mikasa no comprendía la reacción de aquél hombre. Sabía lo que provocaban sus caricias dedicadas sobre él, de hecho, ya se estaba acostumbrando a contemplar ese sexo masculino alzarse erecto cada noche, aunque continuara siendo un misterio el porqué. Es decir, ella había leído un poco al respecto en algunos libros, entendiendo la naturaleza del asunto a medias. La reacción tan inusual se daba con un objetivo lacónico: procrear.

¿Entonces, quería ese hombre procrear con ella?

¿Y qué estaba haciendo detrás de la puerta?

Mikasa se levantó y apoyó su auditivo contra la lisa madera. Quería escuchar con nitidez esos gruñidos y ese extraño sonido como de algo viscoso ¿Sería tan compulsivo como para bañarse en ese preciso instante? Era capaz, pero, Levi no gruñía al hacerlo. Algo estaba haciéndolo emerger esos sonidos tan inusitados y la curiosidad de la ex soldado no aguantó otro segundo.

Al abrir la puerta, se quedó estupefacta. Levi tenía las fauces de la boca abierta, respirando con algo de dificultad a través de ella. Lo que la llevó a quedarse como una estatua ensimismada fue la imagen de él sosteniendo entre una de sus manos su propia masculinidad, chorreando una sustancia extraña.

En un parpadeo, él se vistió y abandonó la habitación. Y Mikasa no pudo objetar palabra alguna.

Ninguno de los dos concilió el sueño el resto de la jornada. La una reviviendo constantemente esa escena cada que cerraba los ojos y el otro a la exquisita desnudez y fluctuación de la ex soldado, en un bucle serpentino.

Levi se obligó a recomponer su postura y actuar cómo sí nada, encarar a Mikasa como el hombre que era y dejar atrás esas vaguedades nocturnas sí no quería terminar en un escenario mucho más intenso. Después de todo, otro hecho lo asediaba desde hacía días y tenía que ponerle fin. Odió deberle una justificación a ella, a pesar de que era lo justo.

Recorría los pasillos indeciso de como dirigirle la palabra a la azabache al día siguiente, cuando el encontrarse con una sirvienta le salvó de su desaforado destino.

—Dígale a la señorita Ackerman que la espero abajo en quince minutos—Dio la orden y se largó.

Quince minutos más tarde tutor y pupila partían en un silencio sepulcral dentro de un carruaje con destino a los cuarteles de la legión de exploración. El silencio era obstinante para ambos, pero él no sabía que podía decir y prefería mil veces perderse con la vista a través de la ventana para evitar agobiarse con la forma en que ella lo mirara, mientras Mikasa buscaba con discreto disimulo algún atisbo de él, pero no halló nada y se decidió a romper la falta de comunicación.

—Lo de anoche...

Silencio y tensión le precedieron. Mikasa tomó valor.

—Lo de anoche fue normal. Leí sobre esas cosas, no es nada del otro mundo. No creo que seas un bicho raro ni nada por el estilo.

Más silencio.

—... ¿A dónde vamos?

—¿Por qué estás hablando tanto?—Contraatacó el capitán exasperado—Vamos a unas pruebas con Hanji.

—¿Pruebas de qué?

—Sólo va a sacarnos la sangre para confirmar que no tengamos ningún virus o enfermedad. Es algo rutinario ¿No lo hacían en tus años dentro de las filas?—Comentó forzando su típico desdén, a lo que Mikasa enarcaba ambas cejas incierta.

—No creí que la nobleza tenía que pasar también por eso.

Silencio, otra vez.

—Levi... Sí estás actuando raro por lo de anoche, quiero decirte que no tengo ningún problema en...

—¿En qué?—Se increpó el nombrado a la defensiva, austero, dirigiéndole su par de puñales visuales—¿En acostarte conmigo, Mikasa? ¿En dejar que te desflore, te haga mujer y toda esa mamada vomitiva?

—¿Qué pasa contigo?—Ella reaccionó ofendida, en un arrebato, lo encaró compungida—Siempre me tratas de mocosa y cuánta mierda se te venga en gana, pero ahora eres tú el que actúa como un mocoso mentecato.

—Tch. ¿Ahora me vas a negar qué no ibas a incitarme a que te lo hiciera?

El sonido seco de una bofetada dio por sentado el final de esa conversación.

La extensión de la mejilla izquierda de Levi se tornó intensamente carmesí, contorneando el relieve de los dedos y la palma de Mikasa. Un impacto que a cualquiera que no fuera el más fuerte de los hombres le sacaría hasta los dientes y él podría haberlo evitado, de no haber sentido que lo merecía.

Tan pronto llegaron a destino, Mikasa abandonó el carruaje furibunda. Levi la siguió forzándose a ignorar a las incautas cabezas de los indiscretos soldados chismorreando alrededor, haciéndole sinuoso el trayecto hasta la oficina privada de su alocada compañera.

—¿Y dónde está...? ¡Levi!—La imagen de una siniestra ex soldado y un capitán amargado con una palma grabada en la cara lograron que Hanji atara los cabos en un parpadeo—Ah...

—Mueve tu culo, Hanji—Masculló el hombre de pie ahora recargado contra una pared. No tenía intenciones de sentarse en el puesto contiguo al de Mikasa.

La castaña obedeció y rebuscó entre sus cosas los implementos para la extracción de sangre. La primera fue la ex miembro de su escuadrón, permitiéndole sin oposición alguna que palpara su brazo en búsqueda de una vena, amarrara fuertemente la cinta de goma cerca del codo y le pidiera que cerrara el puño. En todo el procedimiento, Hanji rebuscó palabras carentes de relevancia para aminorar la tirante situación.

—Lo bueno del invierno es que con las bajas temperaturas los marleyanos se mantienen al margen y los ataques en el frente son más escasos, es como darse un descanso—Dijo pasando el algodón humedecido en alcohol por la zona a perforar con la delgada aguja, concentrada en ignorar la fiera batalla visual qué se suscitaba entre su compañero de toda la vida y la joven impertérrita—Veamos...—Mikasa ni se inmutó cuando la aguja se hundió en su epidermis—¡Ya está!—El tubo se llenó y la capitán retiró la aguja al mismo tiempo que colocaba un algodón en el área pinchada.—Muy bien, Rivaille, siéntate.

La azabache se levantó de súbito cuando el capitán siguió las indicaciones de la de lentes, sentándose él a su lado y tal y como sí la hubieran sentenciado junto a su peor enemigo abandonó la estancia de la castaña de inmediato, dejando a los capitanes a solas, no soportando la presencia del azabache.

—Parece que las cosas no van muy bien con Mikasa.

—Jum. Es una mocosa.

—Mikasa es muy madura para su edad—Añadió la capitán repitiendo el procedimiento de extraer la sangre en Levi—. Trata de no complicarle las cosas.

—Cierra la boca, cuatro ojos, te hiede a diarrea.

—¡Ah, sí! Es que no me cepillo desde el mes pasado.

Aunque sabía perfectamente que su amiga bromeaba, la cara de asco que le engendró la respuesta fue ineludible. Por su lado la castaña se rió con ganas y él aguantó las ganas de aporrearla que hubiera desatado de no ser porque era ella quién sostenía un objeto punzante en el momento.

—Listo. Ven por los resultados el lunes.

Él se levantó, se dirigió hasta el umbral de la puerta pensando en dónde diablos podía estar metida la azabache cuando Hanji dándole la espalda le dio unas inesperadas palabras.

—Sé gentil, Levi, recuerda que Mikasa es virgen.

—... Jódete.

Tras haber dejado atrás a ese desconsiderado enano, Mikasa se internó en el sin fin de pasillos de la base. Sus amigos estaban justo regresando a un entrenamiento, caminaban despreocupados entre risas y sornas, hasta que contemplaron a una decidida ex compañera viniendo hacia ellas.

—¡Mikasa!

—¡Mikasa! ¡Qué bueno verte!

Ipso-facto los muchachos dilucidaron que algo no andaba bien, qué ese semblante ensombrecido y atemorizante en la azabache era el augurio de un mal presagio. Sasha y Connie lo confirmaron cuando ella pasó de ellos y se centró en el más alto de los tres.

—Hey, Mikasa—Ella mandó a volar su intento de galán.

—Jean, necesito tu caballo.

—Adelante, está donde siempre—Contestó el muchacho embobado. Mikasa siguió su camino y Sasha y Connie lo miraron asqueados.

—Amigo, ¿Dejarás que se lo lleve?

—No tendrás con que entrenar, Jean.

—Eso no importa—Tras esa afirmación su fisonomía firme se desembocó en un gesto de embobado ensimismamiento—Oigan, ¿creen qué le gusto?

Definitivamente Jean no tenía remedio.

Fuera del cuartel, Levi se topó con el detalle de que su acompañante ya había partido con el caballo de un recluta. A ciencia cierta, esperaba una reacción así de parte de ella y mientras Jean fue reprendido con dar cincuenta vueltas al campo y limpiar los establos él solo por su sandez, él regresó en el carruaje por formalidades. Plantarse a esa mujer era la única opción que tenía. Él había provocado esa imprudente actitud en ella.

—Metiste a ese chico cara de caballo en problemas.—Le dijo una vez la halló frente a una fuentecilla que proveía más decorativa al precioso jardín trasero, dándole la espalda.

—Vete.

—Lo siento.

Mikasa se turbó. Oírlo decir algo que no era parte de su naturaleza, era decir una medida desesperada. Se abrazó a sí misma y cerró fuertemente los párpados cuando sintió la presencia abrazarla por la cintura. Aunque seguía detrás de ella, no quería mirarlo, ya era bastante susceptible al encierro de sus fuertes brazos masculinos.

—Mikasa, no es fácil...

—Está bien—Habló ella herida—No te voy a forzar a algo que no quieres—. Sentenció, al final, juraba haberse hecho mentes con esas imágenes de la noche anterior. Levi no era el tipo de hombre que la deseaba, lo dio por hecho.

Pero que ella sintiera su aliento tórrido pasarle por el cuello como una avalancha no era de ayuda, la arrastraba a estremecerse en el acto; las caricias de la textura de los delgados labios del capitán la deshacían con vehemencia, la aclamaban bajo un rastro sugestivo.

No aguantó un segundo más, porque sí él no la deseaba, ella sí lo hacía y se lo demostró invadiéndole la boca en un beso cargado de ambición y ferocidad, subido de tono, penetrante, que inmiscuía roces de lengua e intercambio de saliva, seguido de quejidos y gruñidos guturales.

Pero esa sería la última vez que se lo demostraría. Tenía el orgullo suficiente para no desafiar ese rechazo.

Los días continuaron su rumbo. Trasladaron los encuentros a la hora del té a la privacidad de la oficina de Levi, dónde sus tactos se buscaban y entrelazaban. Permanecían agarrados de la mano bebiendo el oscuro líquido, en silencio, o leyendo en voz baja, compartiendo una que otra palabra o leve sonrisa.

Aquél día entre la correspondencia que revisaba el afable capitán, encontró una carta con el sello de la nobleza marcado. No tenía necesidad de abrirla para confirmar de qué se trataba, pero sí para confirmar la fecha estipulada.

—En dos semanas será tu presentación en sociedad—. Avisó a la azabache a su lado, quien revisaba otras cartas y lo miró no luciendo sorprendida. Ella sólo asintió. Él acarició la negrura de su cabellera.

El hombre más fuerte de todos era ajeno a la carta que la más joven de los dos escondió detrás de la espalda.

El lunes llegó prontamente, aunque para Levi hubiera sido una eternidad de espera. A las ocho de la mañana montó su caballo y asaltó los cuarteles, manteniendo su semblante altivo y sensato, hasta pisar el suelo del despacho de Hanji al que no pidió siquiera permiso de entrometerse.

—Ah, Levi. Buenos días, luces ansioso ¿Eh?—Comentó la mujer volteándose a verlo, más concentrada en una sustancia desconocida dentro de un tubo, que en el capitán sólo causó asco.

—Los resultados.

—Sí, sí—La otra capitán hizo un gesto con la mano restándole importancia, tomándose su tiempo en observar una muestra de la sustancia en su microscopio, cabreando al de ojos azulados.

—Joder, cuatro ojos, dame la maldita prueba y me largo.

—Ya, ya ¿Habrá un sólo día que no te levantes con el pie izquierdo, enano? Hay que ver... La prueba que pediste es casi imposible en éstas condiciones.—Dijo la mujer sacudiendo la cabeza con una sonrisa, acercando la mano a un sobre en su escritorio mezclado en su revoleado desorden, que sólo aumentaba la impaciencia del otro—Es una pena, espero que sus hijos nazcan sanos.

La mera frase causó estragos en él, qué maniobró en esconderlos bajo la máscara de dureza de siempre, pero la congoja asomó por sus orbes calcedonias; un "mini infarto" lo abrumó y abrió el sobre con desespero. Cuando terminó de leer el papel, sólo quería estrangular a la castaña.

—¡Porque no hay motivo para que no lo hagan!—Bromeó la de lentes entre carcajadas, mientras el otro vociferaba un gruñido en su contra. Sin embargo, no negaba el alivio.

—Eres un verdadero dolor de huevos, cuatro ojos.

—Sí, si, lo que digas. Debiste ver tu cara, casi pensé que te ibas a desmayar, Levi ¡Te pusiste tan pálido!—Un codazo en las costillas proferido por el capitán y la mujer se agachó con las manos en el estómago, exagerando ademanes y gritos, pero tan pronto como terminó la majadería recobró el aire y se levantó de nuevo. Levi no dejaba de contemplar ese papel, internamente maravillado—Bien, ahora qué descubriste que Mikasa no es tu pariente puedes profanarla sin culpas.

—¿Quieres parar con esa mierda?

—¡Ja! ¡No puedes negarlo, enano! ¡Te gusta Mikasa, lo sé!

—No sé de lo que hablas, anteojos—Resolvió evadir las afirmaciones de su loca compañera, dándole la espalda y guardándose el papel en un bolsillo del sobretodo de la legión ubicado en el pecho—Yo me largo. Tienes porquería por examinar.

Dejó atrás el alboroto de la castaña de lentes, cerrando la puerta tras de sí. Un calor se extendió sin retenciones por todo su pecho, quitarse esa desesperante duda de encima lo llenaba de mil sentimientos deseables. Alegría. Felicidad. Regocijo. Como quisieran llamarle, ahora el sol disipaba las tinieblas.

Y con una sonrisa que luchaba por emanar de él y a la que privó de la capitán, partió.

Tenía mucha piel por besar.


Oh Dios, no creí que iba a poder escribir todo esto en un sólo capítulo. Empezando ésta nota final, debo decir que posiblemente el siguiente capítulo sea el último. No puedo asegurarlo, pero se viene el desenlace final.

¡Gracias por tomarse el tiempo de comentar! Yo sé que a veces puede ser un poquito tedioso, pero es un motorcito más para la inspiración sobre ésta historia.

Musicalmente, en las escenas "eróticas" conté con la inspiración de "Cigarettes After Sex" y en la parte en que Mikasa se quita la mitad del vestido obtuve toda la magia de "I Feel Like I'm Drowning" de "Two Feet" 100% recomendado, joder.

En fin, hasta aquí llegamos por hoy. Me alegra tanto la aceptación que han tenido con esto. No puedo confirmarles nada, pero espero darles muchas respuestas en el siguiente capítulo ¡Hasta entonces!

Se despide

MioSiriban.