Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.

-RivaMika-

SemiAU


Linaje Ackerman


5

Dilucidar el lado más injusto de la vida, te hacía apreciar los pequeños detalles en los que hallabas un deje de luz en medio de tanta oscuridad, cuando el dolor te consumía, cuando yagas invisibles se te abrían en el corazón y te desangrabas de la más sinuosa de las tristezas en penumbras que no llevaban a ninguna parte.

Por eso Mikasa agradecía en silencio; porque en los momentos más duros de su vida, sublimada por el haz de una cruenta tormenta desaforada en su interior, encontraba un sol radiante en el que refugiarse de tanta angustia y pesadumbre.

Porque en los momentos más agónicos y lúgubres, en el haz de una tormenta abismal destruyendo su interior en la más agónica de las pérdidas, al borde de despedir la última tonada de su propia humanidad, había encontrado refugio.

La primera vez vino de la mano de un valiente niño que la salvó del sufrimiento, que le mostró la otra cara de la vida, trayendo los primeros dejes de esperanza en que el mañana sería mejor, sólo había que luchar. Le enseñó a nunca darse por vencida y por más que las cosas ahora eran muy diferentes, siempre se lo agradecería. Y cómo prueba de la importancia que esa etapa de su vida junto a él tuvo, portaba al símbolo de una persona insondable a la que él le había dado comienzo: una vieja tela roja sangre que fielmente siempre escondía la ternura de la piel de su cuello, como también a sus sonrisas, su llanto, su felicidad, su dolor.

Sí había una cosa a la que le tenía cariño, esa era su bufanda.

—Oye, mocosa.

Y ahí estaba la segunda vez: la oportunidad vino tomada de la mano de un treintañero obstinado, compulsivo de la limpieza, gruñón, de baja estatura, cabellos azabaches perfectamente cortados, carente de sonrisas y desbordante de una frialdad implacable. Pero Mikasa le había dado la vuelta a la moneda y halló al ser humano que esa faceta escondía, reluciendo sentimientos que ambos se creían incapaces de experimentar. Así que conocerse había sido un favor para los dos, porque eran felices, porque matizaban su mundo de colores, de sensaciones, de regocijo. Había aprendido mucho de él. Sobretodo que no lo quería perder, porque él tenía la capacidad de hacerle sentir feliz y llena de vida.

—¿Alguna vez piensas lavar esa cosa?

Levi se detuvo frente a ella, cruzado de brazos, con un pañuelo de tapabocas y otro resguardando su negro cabello, con unos guantes de goma y uno de los delantales de las sirvientas, frunciendo ese entrecejo tan característico. Él, cabreado, centraba su atención y su disgusto en la prenda fiable de su pupila.

La bufanda lucía vieja y curtida, contrarrestando las prendas de alta costura que ahora era reglamentaria en el vestir de Mikasa, para tomar paseos e inclusive visitar los cuarteles. Ella lo miró con desdén desde su lugar, a la defensiva. Los dos sabían lo recelosa que se mostraba ella cuando él intentaba tener algún contacto con la prenda.

—No lo sé, ¿Te importa?

—Está asquerosa.

Claro que la azabache lavaba muy bien su bufanda. De ninguna manera iba a permitir que los años la deterioraran. Con mucho pesar, meses más tarde de ser acogida por la familia Jaeger, tuvo que despedirse del tan preciado aroma impregnado por el niño que la salvó y sustituirlo por el del detergente habitual. Era eso, o dejar que ese olor muriera bajo la influencia de los años y el moho.

Claro que no iba a permitirlo.

No obstante, la usaba diariamente desde hacía casi diez años. Era natural que luciera desgastada y opaca.

—Eso no te incumbe.—Aquellas palabras salieron filosas de su boca, acrecentando la obstinación del capitán. Él no se iba a permitir que la insolencia de Mikasa le derrocara.

—¡Tch!

En un arrebato, Levi haciendo uso de su habilidad y destreza despojó a Mikasa de la vieja bufanda y antes de que ella pudiera objetar cualquier cosa con cualquier comentario, la arrastró consigo al área de aseo de la mansión.

Arrojó sin contemplaciones la prenda sobre la batea del lavadero, impidiendo con un brazo que Mikasa acortara la distancia para alcanzarla y con la mano desocupada mojo la prenda, empezando a restregarla y a bañarla con un líquido violeta desconocido. Al cabo de unos minutos, Levi pudo relajar el brazo que retenía a una irascible Mikasa ya que ésta había parado de forcejear, mientras él le explicaba como lavar la tela escarlata.

—Para que no se arruine debes estregarla con fuerza con ambas manos. Eso evitará que se deteriore.—Le dijo él, dándole a la prenda con un esmero admirable, que a Mikasa le hizo elevar ambas cejas por ver su dedicación.

Levi estiró una de sus manos a una cesta que la ex soldado no determinó: estaba llena de varios recipientes de detergentes y productos de limpieza, marcados con el nombre y apellido del capitán. Había al menos una docena de aquellos productos. No necesitaba ser una adivina para saber la devoción que su contrario le guardaba a esas sustancias, desde el cloro jabonoso hasta los desengrasantes, hasta el detergente y el suavizante.

—Ahg, qué maldito asco... Mira... ¡Mira nada más, Mikasa! ¿Cómo permitiste esto?—Levi señaló los parches ligeramente decolorados de la bufanda, qué había que ser extremamente observador (como él) para notarlos. Mikasa hizo un gesto con la cabeza, incrédula y encogiéndose de hombros, sin saber qué contestar.—Tch, mocosa tenías que ser...

La aludida azabache lo miró sin creérselo; esa era una de las tantas marcadas facetas de Levi, su afán por la limpieza y perfección con la pulcritud. Era tan extraño como divertido.

—Oye, pon atención.—Añadió con una grave voz que sacó a Mikasa de su ensimismamiento y la llevó a fingir a hacerse la desentendida. Era la manera de demostrar qué ella se estaba divirtiendo con la situación, cosa que le molestaba a Levi, pero se esforzaba en hacerlo pasar por inadvertido. Lavar correctamente esa mugrienta bufanda era lo más importante ahora—. Primero, colocas un recipiente de éstos.—Señaló al azul que había colocado sobre la batea—Viertes agua con jabón, pero tan sólo la cantidad de la tapa del mismo. Mira, incluso señala el límite de la cantidad para que no gastes de más. Una tapa de cloro jabonoso. Una tapa de suavizante.—Él se cercioraba de verla a los ojos con su amenazante máscara de hielo para hacerle llegar la información al pie de la letra, era un "sí no lo haces así te mueres aquí mismo, mocosa" muy indirecto.—Y sólo una pizca, una pequeña pizca de cloro ¿Entiendes, Mikasa?

Ella asintió con la cabeza, suprimiendo con fuerzas extraordinarias soltar una risa. Y claro, él lo sabía, no le perdonaría que se riera con un asunto tan serio como ése.

—Bien. Finalmente, una tapa del quitamanchas y lo dejas remojar cuarenta y cinco minutos. Sólo cuarenta y cinco minutos ¿Está bien?—Finalizó—Ahora estrega ésta porquería tú.

En el instante en que le dio paso a ella para continuar limpiando su preciada tela, Levi tomó con cuidado y recelo cada uno de los productos de limpieza utilizados, colocándolos dentro de la cesta. De reojo, mientras no paraba de fregar. Los grisáceos ojos de ella distinguieron como él los ordenaba en un orden específico. Mikasa pudo intuir que eran sus implementos personales para la rigurosa labor de limpieza, los cuáles siempre mantenía guardados bajo llave en su habitación personal, después de todo eran de la mejor calidad en el mercado y según Levi las sirvientas siempre malgastaban todo.

Un silencio precedió entre ellos. El capitán se recalcó cruzado de brazos contra una de las paredes en el lugar, comprobando desde su lugar y con la mirada que ella siguiera las instrucciones. Mikasa permanecía en sus cinco seguidos, haciéndolo metódicamente, hasta lo escuchó proferir un suspiro cansino. Luego, los pasos a sus espalda viniendo hacia ella.

—Lo estás haciendo mal—Lo sintió murmurar contra la piel de su hombro izquierdo y ella se puso rígida en el sitio. Petrificada, cuando las manos del afable capitán estuvieron sobre las suyas, electrizando su anatomía con el sólo gesto.

Un aura tentativa se forjó sobre los dos, envolviéndolos; podían oír las respiraciones acompasadas del otro y casi jurar que sentían el bombeo distorsionado de los corazones. Para ella, el aliento siempre fresco del capitán se colaba por entre los ropajes del vestido, explorándole la piel oculta como una maniobra invasiva. Para él, sentir las perfectas curvas que delineaban la espalda y los glúteos de esa mujer contra su cuerpo era jodidamente exquisito.

—Va en sentido de las agujas del reloj.—Añadió él haciendo un sobre esfuerzo por centrarse en el lavado de la tela, con un tono de voz bajo y profundamente ronco que privó cada intervalo en el cuerpo de Mikasa.

Su instinto la llevó a voltearse suavemente al encuentro con esos rasgados ojos fieros y nublados, escrutando cada ápice de la textura de esos labios qué tanto había besado y qué le pedían a gritos seguir probándolos. Levi apretó las manos contra el borde de la batea, creando una prisión física contra Mikasa, no había escapatoria. Aunque, tampoco era como que ella tuviera intenciones de buscarla. Los labios se rozaron, originando un río de estímulos atentos. Ella llevó una de sus manos hasta la nuca del anhelado capitán y tuvo la osadía de tratar de hacer lo mismo con la otra, dándose la vuelta completamente al encuentro con él, pero fallando estrepitosamente en el cometido.

La mano de Mikasa causó que el recipiente en el que se hallaba la prenda que invocó todo ese revuelo, se volcara, regándose una buena cantidad de la mezcla jabonosa sobre ellos, de las rodillas para abajo. Los lustrosos zapatos y las botas de los pantalones del capitán más los bonitos tacones que ella portaba quedaron empapados en el reguero. Mikasa se llevó unos dedos a la boca, consternada sin demostrarlo tanto y luego volteó hacia él. No hacía falta ser adivino para saber qué no encontraría nada lindo.

La neblina deseosa que inundaba los polimorfos de Levi se disipó por completo y fue suplantada por una creciente furia ardiente. Era una cara espectral, una dureza sin precedentes, pero Mikasa sólo pudo desatar la inusitada risa qué tanto se había esforzado por resguardar.

—Levi, lo siento, no era mi intenci...

En un parpadeo, Mikasa se quedó con las palabras a medio camino: una ola del agua del tanque causada por un ágil brazo del azabache le dio de lleno en la cara, empapándola completa. Y cómo ella no era mujer de quedarse con ésa, le devolvió el charcazo. Pronto, los dos Ackerman se vieron en una famélica batalla de baldes de agua, que penetró hasta el último trozo de tela de la pomposa vestimenta parcial de Mikasa. Habían terminado agotados y risueños. No eran esas risas escandalosas qué la gente demostraba, sí no una competitiva y altiva por parte de los dos. Ninguno daba el brazo a torcer.

La tregua vino gracias a Levi, quién agarró y alzó a Mikasa de los muslos empotrándola contra la pared. Ella lo miraba desafiante y él confiado, ambos con la respiración irregular. Él admiró sus cejas y largas y espesas pestañas acumulando una que otra gota y el cabello húmedo pegado a la cara, las mejillas sonrosadas y el pecho subiendo y bajando contra el suyo. El corsé exaltaba esos montículos nevados y preciosos que eran sus senos y Levi luchó contra la tentación de arrancárselo en el acto. La frustración de no poder hacerlo, por no tratarse de la intimidad de la alcoba sí no del lavadero, lo empujó a besarla con necesidad y fiereza; invadiéndole la comisura de los labios con la lengua y mordisqueando, chupando y lamiendo simultáneamente de labio a labio, hinchándolos.

—Ah... A..ja...Ah... Le...vi.

Profundizó el agazapado acto, suprimiendo esos jadeos, gemidos y etéreos gritos que eran música para sus oídos. Su cuerpo la ansiaba. La necesitaba. Joder, cómo le podía Mikasa.

Su sensatez había quedado enterrada. En circunstancias normales, habría caído en cuenta de qué estaban en un lugar público, de qué podían descubrirlos en cualquier momento. Ese pensamiento fue impulsado por la razón, el cual Levi percibió muy lejano, tan a duras penas que sólo le sirvió de incentivo; la adrenalina aumentó sus ansias, por mientras la dureza entre sus piernas pedía gritos salir de su escondite.

Terminó colando una mano masculina entre las tantas faldas, rebuscando por instinto la intimidad resguardada bajo las banales prendas. Tanteó la zona siendo cuidadoso. Cuando Mikasa se sacudió, concibió qué había dando con él punto correcto.

Las piernas de Mikasa se removían inquietas y su espalda femenina buscaba arquearse con ímpetu. Era una vista qué el azabache no podía darse el lujo de privarse.

Separó la unión entre sus labios para observarla a una distancia prudente. Y joder, qué Mikasa estaba más apetecible que nunca; con los pómulos ardiendo al rojo vivo y el cabello desordenado, con esos divinos labios sobresaltados. Con esos senos obscenamente apretujados, observándolo con cierto capricho intentando minimizar ese exuberante deseo debajo de un ceño fruncido.

—¡Ah!

Y gimiendo cómo un ángel a su merced. No obstante, la detuvo. Su palma censuró las hermosas eufonías para subyugarla un poco más, humedeciéndola, presionando y acariciando la zona prohibida y virginal por sobre la tela que impedía ese codiciado contacto directo. La piel de sus dígitos pronto percibió la humedad mojando esa tela, mientras esa azabache gozaba y agonizaba entre suspiros y jadeos ahogados.

La mano de Levi pronto sintió una lengua curiosa al tacto, recorriendo la piel de esa palma hosca hasta donde podía. Levi, ávido, deslizó por ella hasta que pronto la lengua de Mikasa dio con cada uno de sus dedos. Guiado por ese impúdico deseo, se atrevió a insertar en aquella boca femenina el índice acompañado del dedo corazón, calándolos de la espesa saliva que allí dentro residía. Los sacó. Los volvió a meter. Una y otra, y otra vez. El ritmo fue aumentando con el ritmo de los masajes dados a la entrepierna femenina, hasta que pronto fue el dedo corazón entrando y saliendo de la boca. Y Mikasa le precedía, Mikasa lamía, chupaba, succionaba a su merced.

Aquello era tan sucio.

Aquello le afanaba tanto.

Aquello le encantaba, tanto pero tanto.

Su sumisión era tan entregada a sus acciones, qué él no era consciente de cuando comenzó a inspirar tórridamente a través de su propia boca. Sólo sentía. La cálida y húmeda boca, el cálido y húmedo sexo tras la fastidiosa tela, más esa virilidad punzante entre sus pantalones que ya le dolía.

De verdad que la necesitaba.

De verdad qué quería follársela en el acto.

Quizás lo hubiera hecho.

Quizás y sólo quizás, de no haberse caído el grupo de escobas junto a la puerta.

Un rostro petrificado salió de su estupefacción para salir huyendo. La sirvienta desapareció tan pronto fue vista por los amos de la mansión. Levi se quedó atónito. Mikasa palideció en un segundo.

Se quedaron de pie, turbados, uno junto al otro. Como fantasmas.

—Se lo dirá a todo el mundo—Musitó la ex soldado, tomando un tacón qué se le había caído en la calurosa escena.

Silencio.

—La bufanda.

—¿Qué?

—Ya pasaron los cuarenta y cinco minutos, mocosa. Termina de lavar la bufanda.


La novena de mujeres se movía de un lado a otro, apresuradas, concentradas cada una en cumplir con la tarea que le correspondía; unas preparaban el guiso, otras el arroz, el acompañamiento, el jugo. No sólo estaban encargadas de servir para el par de nobles que allí habitaban, sino para ellas mismas y el resto de trabajadores que servían a los terrenos de los Ackerman. Entre el gentilicio femenino de la cocina, un par limpiaba la despensa contigua a la área de comida, una de ellas era Gabrielle, quién escuchaba contundida el tema de conversación por excelencia entre la servidumbre.

—Le besó la mano cuando bajó la escalera y la miraba como sí fuera una princesa ¡Era tan perfecto!

—Parecía un cuento de hadas.

—Por favor, muchachas, no exageren. Sir Ackerman sólo cumple con enseñarla a ser una señorita. Esa mujer fue una soldado todos éstos años, recuérdenlo.

—No quita el hecho de qué es preciosa. ¿No la has visto paseando con los vestidos de la señorita Scostless?

—Ese hombre es demasiado frío para andar con amoríos. Aparte, recuerden que ella es su prima, o algo así.

—Sería todo un escándalo.

—Yo sí lo creo—Se entrometió otra de las sirvientas—Yo sí creo que esos dos se traen algo ¿No les parece raro que andan juntos en todos lados?

—Tonterías.

Gabrielle sacudió la cabeza. Los rumores de un romance entre el capitán y la ex soldado habían surgido desde el primer día que la azabache pisó esa mansión, todo porque a las sirvientas sorprendía verlo compartir tanto con otra persona fuera del ámbito protocolar, siempre al pendiente de esa mujer. Algunas, queriendo ser sensatas cómo ella, lo atribuían a que era parte de su deber cómo tutor de la ex soldado.

Cuán errada había estado.

Las mismas que juraban qué ese romance era cierto, se quedarían boquiabiertas al observar lo que ella había presenciado horas atrás, en el lavadero. Lo que ese par de pelinegros hacían era inconcebible. Gabrielle jamás había visto algo tan grosero como aquello... ¿Se lo debía decir a alguien?

De haber sido otra, lo hubiera gritado a los cuatro vientos, pero Gabrielle prefería ser discreta. No era tonta. Sólo por ver semejante acto, su trabajo y estabilidad económica se hallaban al borde del abismo. Ya tenía un pie fuera de esa mansión, sí decía cualquier cosa, serían los dos. Eldia ya estaba en demasiados aprietos cómo para perder ese empleo. Allí, además, se le daba la comida. Terminar despedida era sinónimo de qué tanto ella como su familia pasarían a ser parte de las filas de la voraz hambruna entre los muros.

Mejor ver la paja en el ojo ajeno, y no la viga en el propio.

Cuando la cena estuvo para ser servida y los herederos de la mansión fueron llamados a comer, Gabrielle se vio tensa al tener que servirles, puesto que era su turno y el de su compañera de la despensa en hacerlo.

Sintió la sangre helada cuando el azul despótico y el temible gris se posaron en ella, al entrar con los platos. Eran discretos. Nadie podía saberlo, ni ella misma, de no sentir esa presión intensa pero desapercibida qué ellos le impartían. Incluso tuvo que armarse de valor y con un sosegado suspiro, dirigirse a ellos cómo sí nada.

—Que lo disfruten, mis señores.

Ni siquiera determinaron a la otra sirvienta; perseguían con la vista a Gabrielle, cómo lo haría un cazador con su presa. Y ella trago grueso por imaginarse algo así. El lobo y la loba la tenían en la mira y le decían sin mediar palabras "más te vale no abrir tu jodida boca, por tu propio bien".

Sólo pudo sentirse tranquila de regreso en la cocina, con una mano en el infartado pecho, tratando de regularirsa su corazón desbocado. Las piernas le temblaban ligeramente. Fue una terrible sensación qué nunca más quería volver a experimentar.

No le pilló de sorpresa que una hora más tarde, fuera solicitada en la oficina de Sir Ackerman.

—Gabrielle, ¿Estás bien?

Le había preguntado una de sus compañeras, extrayéndola de la magnitud de inquietudes agazapadas en ella. La miró con incertidumbre ¿Era posible qué se le notara?

—Desde qué fuiste temprano al lavadero andas extraña. Parece que hubieras visto un fantasma.—Puntualizó aquella mujer—Deberías descansar.

No la meditó demasiado. Después de lo último, volvió a sus preocupaciones. Tenían los nervios crispados, acrecentándose con cada peldaño que subía de la escalera principal, pesándole con cada paso dado por los pasillos. El corazón le retumbaba en los oídos, pero debía solidificarse en pos del brío y encarar a ese insondable hombre. Segura tenía la tensión a mil. El capitán era un hierro andante, una persona intimidatoria con el sólo hecho de respirar, no era para menos estar con los nervios alterados como Gabrielle los tenía en ese preciso momento. Pero no iba a dar su brazo a torcer. No iba a ser cobarde.

—Solicito el permiso de pasar, Sir Ackerman.

—Adelante.

Bebía té y tenía un quinteto de sobres abiertos y otros sellados sobre el escritorio. La recibió con un manto tan helado como el clima allá afuera, paciente, silencioso y letal.

—Sabe que no me gusta darle rodeos a las cosas—Habló con ese tono de voz grave y fútil, qué a sus oídos sonó fúnebre—¿Se lo dijo a alguien?

—No, señor.

—Perfecto. Por conservar su empleo, sabe qué no le conviene abrir la boca ¿No?—Inquirió mirándola intensamente—Sí me enteró de qué usted va regando chismes cómo el resto de sus pajarracas compañeras, se irá al demonio ¿Lo entiende?

—No diré nada, señor.

—Bien. Puede retirarse.

Gabrielle le dio la vuelta, forzando una reverencia. Sus nervios seguían ahí, tan exactos como una soez tortura. Daría un par de pasos, cuando se detuvo y se quedó en su lugar, entonces Levi la notó, frunciendo el entrecejo contrariado.

—Le dije qué...

—Mi silencio tiene un precio, Sir Ackerman.—Dijo aquello dándole la espalda, sintiéndose cómo sí ese hombre le tuviera un cuchillo al cuello y ella lo desafiara. Sacó fuerzas de quién sabe dónde para proseguir, mientras el aludido no daba crédito a lo qué oía—No me callaré... sin algo a cambio.

El capitán soltó lo más cercano qué podía a una carcajada sin una pizca de gracia. Todo era simplemente increíble para él.

—¿Y qué clase de paga quiere por su silencio, señorita?

La sirvienta se lo pensó escudriñando la ordenada oficina olorosa a desinfectante y té negro. Miró buscando la respuesta, dándose la vuelta poco a poco, como a quién lo tienen encadenado. Francamente, no planeaba agregar eso, sobornar era una palabra qué recién incluía en su repertorio, pero, sería una tonta de no aprovechar esa oportunidad. Era ella quién tenía al "amo" en la palma de su mano, no él.

—Quiero… Quiero eso.

Levi volteó a dónde ella señalaba; sobre una de las repisas se hallaba la figura de bolsillo de una serpiente de oro, muy extraña, puesto qué dentro de las murallas jamás habían encontrado una de esa clase.

Él apretó los dientes y le tendió la figura con desagrado, con notorio hastío, pero no por tener que darle un objeto tan valioso, sí no por dejarse por encontrarse a la merced de la disposición de la sirvienta, invirtiendo roles tan disímiles.

—Largo.

Se estaba conteniendo de no sacarla de su despacho con una patada, o de escupirle por el atrevimiento. Contempló el temor destellando en los ojos cafés de la mujer y resopló una vez salió despavorida del sitio. Qué ganas de despedirla se traía, qué ganas de echarla tan abruptas y saber qué no tenía esa posibilidad sin sacar a la luz el secreto qué se traía de su amorío con Mikasa, era frustrante.

Se pasó ambas manos por los cabellos y apagó las luces de su oficina. La cabeza ya le dolía lo bastante como para seguir con su trabajo esa noche. Ansiaba ir al descanso, aquél que tenía nombre y apellido.

Cuando allanó la habitación de la azabache, la encontró con un camisón realzando su figura esbelta, con una preocupación mal disimulada en el rostro, preguntándole con las orbes.

—No dirá nada.

Dijo soltando los botones de su propia camisa blanca, para luego lanzarla a la deriva en el suelo, despedir los pantalones al aproximarse a la cama y entregarse a ese recibimiento lleno de tiernas caricias y reconfortantes besos, para fundirse en el arrullo qué Mikasa le otorgaba.

Ese vástago lo valía. Qué esa mujer se llevara todas las culebrillas de oro qué le diera la maldita gana, sí a cambio Mikasa permanecería siempre a su lado.

Levi apenas sí la soltaba. Desde qué llegó aquel lunes del despacho de Hanji, no le daba tregua a sus lazos. Se mostraba interesado por todo lo que tuviera que ver con ella, a toda hora. Se aseguraba de qué comiera a las horas, de qué tomara dos baños diarios con especificación al amanecer y al atardecer, de sus pensamientos y cavilaciones y sobre todo, de besarla hasta el cansancio.

Mikasa mentiría sí negara qué no estaba feliz con eso. Él había disipado todo atisbo de desolación a su manera, a su modo. Sí bien aún se mostraba firme y flemático para con ella, un simple gesto bastaba. Un beso en la frente. Un intencional roce de manos.

Se habían dedicado a dormir juntos, casi todas las noches. Terminaban exhaustos; los días eran ajetreados. Con tan próxima la fecha de su presentación en sociedad, cada día y hora hasta caer la noche era dedicada a su preparación, por eso, su nuevo "uniforme" eran los ostentosos ropajes qué abrumaban su espacioso armario. No le gustaban, él lo sabía. Pero no había tiempo, mucho menos descanso.

Memorizar los cubiertos especificados para un simple desayuno, almuerzo o cena había sido toda una odisea. Mantener la postura recta con los tacones no le costó tanto. Fingir pulcros modales tampoco fue complicado.

Estaba lista, pulida, era la atenta creación de Levi Ackerman.

Y el día había llegado.

Mikasa no estaba nerviosa, sí no más bien ansiosa. No era entusiasta para ella tener que pasar una velada conociendo la burgués aristocracia eldiana, esforzándose en mostrar una simpatía qué no sentía. Su interés en la tan esperada presentación surgía en base a su prioridad: regresar a dónde pertenecía. Ahí dónde estaban Levi y todos sus amigos, sirviendo propiamente a la nación.

Sara Scostless había arribado la mansión cuando la tarde era joven, extravagante como de costumbre, halagándola con comentarios sin gracia.

—¡Lady Ackerman! ¡Pero mírese nada más, luce más hermosa qué antes! Ese boquete le sienta de maravilla.

La rubia le sonreía juntando las manos, siempre enguantadas y utilizando bonetes aterciopelados extensos. Incluso aquel día había implementado a la indumentaria de su peinado unas plumas largas y brillantes, de colores remarcados. Mikasa no convergía con esa llamativa manera de vestir de la modista, ni con su singular actitud. De entre los ropajes de los baúles, la azabache había colocado en la delantera del armario los más sencillos y cómodos, los menos ceñidos, esos qué no solicitaban un sinfin de molestos alfileres.

Sara hizo una reverencia qué Mikasa aceptó con un gesto sutil de la mano. Era la primera prueba de los modales qué Levi le había inculcado arduamente. Tenía que hacerlo quedar bien.

Y claro, él tenía que estar presente y atento. A unos metros de ellas él insondable capitán lucía rígido e indiferente, con un rostro grandilocuente, simulando una estatua de mármol. Se movió para recibir a Scostless, tomando la mano qué ésta galante le ofrecía.

—Qué honor tenerla aquí, señorita Scostless.

Mikasa sabía que en el fondo, al capitán tampoco le agradaba mucho esa mujer. Lo miró de reojo: no expresó nada en absoluto. Era una fachada de los dos. Ninguno le veía cómo alguien relevante. Nadie qué no fuera capaz de hacer algo verdaderamente útil, era relevante.

La modista prácticamente hablaba sola. Añadía una mar de oraciones poco volubles e interesantes; ella representaba, según dicho por el mayor de los Ackerman, la muestra de lo que era la alta sociedad eldiana; personas huecas y desinteresadas en el bienestar qué no fuera el propio, lame suelas, insignificantes seres con aires de una ilusoria grandeza.

A diferencia de la última visita de la rubia, el azabache se vio más comedido. Era un detalle desapercibido para la fanfarrona mujer, pero cualquiera qué se fijara un poco encontraba la evidencia: Levi no se separaba del lado de Mikasa. Podían estar separados por unos cuantos metros, pero siempre permanecía más cerca de ella qué de nadie. Le dirigía miradas que pese a ser breves, eran intensas, mediáticas. Y en esa ocasión, había ido a la par de ellas hasta los aposentos de la ex soldado, fingiendo oír a Scostlless como lo hacía Mikasa. Claro qué una vez frente a la puerta, se había retirado a la oficina, por una excusa carente de realismo y por sugerencia de la rubia.

Sólo entonces, la rubia se dio cuenta de la renovada atención del capitán.

—Vaya, ¿vio usted eso? Sir Ackerman es todo un caballero, nada más tomarse la molestia de acompañarnos hasta acá.—Dijo entrometiéndose en la habitación, recorriéndola sin discreción, allanando directamente el guardarropa. Los tacones de punta resonando contra la madera, en segundo plano para un par de aceros inmutables. Mikasa no le prestaba atención. Por la puerta abierta, se había quedado mirando el lugar por el que la figura de su querido capitán había desaparecido—. Y es tan apuesto. Es una pena que sea tan bajo.—Se lamentó, hurgando entre las telas qué constituían diferentes vestidos.

La modista estaba ensimismada en su trabajo y la ex soldado, absorta en sus pensamientos, al igual qué cierto azabache internado en otra habitación. La semana había sido molesta y atareada. Estaba harta de ese corsé apretándole las costillas, cansada de esos tacones taladrando sus talones, sublimada por las cintas ajustadas. No decía nada, ella nunca se quejaba, pero Levi lo sabía. Mikasa estaba haciendo un gran esfuerzo no sólo por ella misma, sí no más qué nada por él.

—Lady Ackerman, ¿me está oyendo?

Sara llevaba sendos minutos esperando que la azabache profiriera alguna respuesta. Semanas, esperando lo que fuera, sin darse por vencida por vislumbrar un resquicio de humanidad en ella. Se veía abochornada porque esa mujer se demostraba carente de sentimientos humanos, nunca la veía alegre, ni molesta, nada, para Sara era incomprensible. Hasta prefería mil veces una persona insoportable y caprichosa, qué hiciera malas caras para todo, antes qué esa exasperación redundante.

—No, disculpe usted.—Al fin dijo la ex soldado espabilándose—¿Qué me decía?

—Le decía, qué debido a que es su presentación en sociedad, quisiera que sea usted quién escoja el vestido.—Manifestó—Yo puedo asesorarla, pero ya que es una ocasión sumamente especial, me parece lo propio qué sea usted quien lo haga.

—Ah—Ella secundó cortante—Vale.—Sara confirmó, que Mikasa era capaz de helar la sangre cómo el mismo Levi.

—De acuerdo. Entonces hay que ponernos manos a la obra, el trabajo es largo.

La señorita Scostless había tenido razón. Les llevó alrededor de dos horas con todo y ayuda de una sirvienta extra darle una revisión a cada una de las prendas. Sara estaba exhausta, a punto de cederse a la rendición, porque nada parecía convencer a Mikasa. Algo de capricho tenía al parecer. Su inconformismo no daba tregua; la rubia tuvo deseos de salir huyendo, hasta qué finalmente apareció: rojo sangre, con encajes negros.

El vestido entero contaba con tres tipos de tela distintos: de seda los pliegues de la semi pomposa falda, un conjunto de la misma con pana en la textura del torso y espalda. Lastimosamente para Mikasa, llevaba corsé, pero resaltaba magníficamente. Los bordes venían en bordado negro, igual que el pareo. Todo lo negro era de encaje y convergía perfectamente con el rojo.

Scostless la hizo aplicarse una crema de rosas por todo el cuerpo, para que el roce con los cobertores no le quemara. Le ajustó los amarres del corsé hasta que a Mikasa le faltó el aire. Las sirvientas ayudaron con el armador de la falda, y a ponerle una de blanco y otra negra por encima. Le ataron unos bolsillos. Le ajustaron un majadero de cintas en los muslos y en la cintura. La modista añadió unos modestos guantes finos a juego hasta la altura de la muñeca. Mikasa hizo un esfuerzo tremendo por soportar las llevaderas horas de arduo trabajo.

Mientras en la privacidad de su habitación, el azabache capitán había impuesto una rigurosa limpieza qué en verdad no hacía falta. Pasó trapos humedecidos y cepilló la madera, hasta que brillara de limpio. Levi procedía a entrar y salir del balcón; abría y cerraba en un ciclo continuo la puerta corrediza. Tomaba manuscritos para leerlos, no leyéndolos verdaderamente. Husmeaba entre los papeles de sus cajones. Movía las pequeñas figuritas qué decoraban la estancia. Se revolvía los cabellos. Estaba inquieto, él mismo desconocía su persistente nerviosismo. No: lo sabía. Desesperaba por allanar la habitación y comprobar qué tanto desparpajo hacían con su ex soldado.

Faltaba una hora para que los buscara el carruaje y Mikasa aún no salía. Exhaló un suspiro pesado. Tomó un baño de agua helada, esa que le destensaba y le daba la sensación de dejarlo más pulcro, se colocó aquel elegante traje y los zapatos más lustrados de su repertorio. Acomodó las mangas, abotonó el abrigo, peinó sus sedosos cabellos brillantes y negros, confirmó la hora en el reloj repetidas veces, pero nada.

Tomó la decisión de irrumpir la habitación a toda costa, pero un grupo de sirvientas le impidieron el paso firmemente. Le importó un comino y maldijo en voz alta.

—No, sir Ackerman, no puede pasar.

—¿Y por qué no?

—Lady Ackerman aún no está lista.

—Tendrá qué esperarla en el recibidor.

—Les recuerdo qué se manejan bajo mis órdenes. Fuera de mi camino.—Las mujeres tragaron fuerte, pero no cedieron.

—Sir Ackerman, la petición de la señorita Scostless fue esa.

—De verdad lo sentimos, señor.

—Y una mierda.

—Señor...

—¡Tch!

Bajó las escaleras, con las manos en los bolsillos. A las mujeres les temblaban las piernas, pero él estaba ofuscado y comenzaba a ceder ante el estrés. No era ya el afán por vislumbrar a esa mujer, sí no porque verdaderamente se haría tarde y eso manchaba su estricto seguimiento de la puntualidad.

Odiaba beber, más los minutos corrían a paso de caracol. Así que accedió a dos copas whisky.

Odiaba el whisky, más ése lo bebió de un sólo trago, secundándolo el ardor en su garganta forjando el fruncimiento de su ceño.

Y sí; si Mikasa Ackerman no bajaba pronto, terminaría bebiendo toda la puta botella.

Por eso se detuvo. Apareció cómo en veces anteriores, al umbral de la escalera principal, brillando. Sí, para él brillaba. Se dio cuenta de algo que era muy evidente, desde hacía rato largo: a Mikasa le sentaba perfecto el rojo. El artilugio de vestido se mostraba hecho para ella y para nadie más, porque nadie podía lucir cómo toda una belleza como Mikasa. Un elaborado maquillaje exaltaba el espesor de sus largas pestañas de libélula, un tono rojizo matizaba sus párpados turgentes, un rojo pasión pintaba sus labios, haciéndolos ver aún más gruesos y jugosos, un juego de joyería de plata en aretes de cascada y una gargantilla la hacían exquisita. Para Levi era inevitable catalogar a Mikasa cómo el lucero fugitivo de una constelación, siempre lo era, siempre lo sería. Con o sin ese montón de casimir, lo era.

Percibió el alivio detrás de su insondable expresión; era entrañable en cómo parpadeaba por intervalos sugestivos y entreabría ligeramente su boca. Supuso qué su amada medio asiática había anhelado huir de esa habitación y quitarse todo eso de encima, pero no era el momento. Ya llegaría el momento de develar la preciosa piel detrás del vestido.

El capitán no se había dado cuenta de que en su boca aún quedaba una cantidad considerable de whisky por tragar, hasta qué el pronunciado sabor del alcohol se lo recordó. El trago le perturbó un poco su usual gesto y sólo la ex soldado qué bajaba las escaleras lo notó. A ella se le hizo divertido, y se lo demostró en una sutil sonrisa qué lo avivó a sentir su propio corazón latiendo dentro de su pecho.

—¡Perfecta! ¡Hermosa! Ni la reina podrá equipararse a su belleza ésta noche, Lady Ackerman.

Los halagos de la rubia se oían cómo a metros y metros de distancia, a los oídos de ambos, más sin embargo sabían qué estaba justo detrás de la azabache. Conectaron a través de los ojos y todo estuvo pactado y dicho. Mikasa alargó la mano derecha hasta él, qué fue besada por los pétreos labios del capitán, cuyo fresco aliento traspasó la delgada tela de los refinados guantes, abrumando a Mikasa quién percudió un suspiro intangible.

La llevó de la mano hasta uno de los dos carruajes qué aguardaban en el frente de la mansión. Era protocolo a los ojos de los ajenos, era necesario para ellos.

Porque Levi nunca quería soltar esa femenina mano, y Mikasa nunca quería ser soltada.

Porque eran felices en su silencio y su secreto.

Porque, gracias a las penumbras dentro del carruaje Ackerman, las manos jamás se soltaron en el recorrido hasta el salón de la alta aristocracia, aquél destinado para galardones del carácter de la nobleza y la realeza.

Aunque Mikasa a simple vista lucía tan serena e insondable como de costumbre, la fuerza más desmedida de lo común en el agarre con el capitán le hacían saber a él de sus camuflados nervios. Mikasa seguía siendo una mujer joven y esto era nuevo para ella, a pesar de parecerlo, ella no estaba hecha de hierro ni de acero.

La noche ya acechaba la velada. Más carruajes y personas en las ventanas de distintas edificaciones miraban curiosas la caravana, a las que los azabaches eran indiferentes. Siguiéndole el paso al carruaje en el que iban, atrás se oía el trote del caballo arreando y el rechinido de las ruedas del carruaje de Sara. Levi estudiaba minuciosamente a su pupila; estaba tan ensimismado desde que la vio bajar las escaleras, qué le era imposible desprender su vista de ella, sin pensar en sí le incomodaba.

Fue por tan excelsa observación, qué descubrió que la azabache a su lado llevaba en la otra mano una tela roja qué permanecía ahora más brillante y lúcida que antes.

—¿Trajiste la bufanda?—No necesitó una respuesta. La miró a la cara. Ella miraba al frente, el frunció el entrecejo. La situación era bastante rigurosa y ella debía de entenderlo. Resopló, al menos no la llevaba puesta.—¿Por qué?

—No puedo salir sin ella.—Mikasa respondió con la voz rasgándole la garganta. —Tú lo sabes.

Sí, lo sabía.

El azabache no era de comprender algo del cómo dar "apoyo" esas cosas no iban con él. No obstante, quería brindar a Mikasa su consuelo y constante apoyo, en todo momento. Tenía la certeza de una cosa y es qué lo mínimo qué podía hacer era hacerle saber a ella qué estaría ahí. Y no era fácil, no era simplemente escupir "Mikasa, eres todo para mí, sabes que no te voy a dejar sola" en un desperdicio de palabras.

Por eso lo hizo con un gesto, profundizando el contacto entre ambos tactos hasta dónde le daba la piel, entrelazando los dedos y afianzando el agarre. Y Mikasa se lo correspondió, porque lo entendía y no hacía falta nada más. Estaba con él. Él estaba con ella; los dos eran el uno para el otro, rebuscando calor en el contrario en medio del invierno.

El aliento salía en forma de vaho de sus bocas. Cuando el carruaje paró y el chófer les abrió la puerta, una brisa helada les dio un voraz recibimiento.

La ex soldado fue la primera en salir, seguida del capitán, manteniéndose al margen y asintiendo al saludo protocolar de los servidores. El carruaje de Sara se detuvo justo detrás del de ellos y la bochornosa mujer bajó con una sonrisa ensanchada, mirando a la azabache con desmedida alegría.

—¿Y? ¿No está nerviosa, mi Lady?

—No mucho.

—Dios, ya quisiera yo tener esos nervios de acero. Nos vemos allá adentro—La rubia les guiñó un ojo y sonrió perspicaz, procediendo a subir la escalinata de la mano de uno de los servidores protocolares.

Levi permanecía sobrecogido, estoico y estirado, a menos de medio metro de distancia a ella y al carruaje. Sus calcedonias orbes distinguieron cómo el dedo anular de la azabache temblaba ligeramente más precipitado qué el resto en cada mano y cuando ella acudió a su encuentro por medio del contacto visual, carraspeó antes de añadir qué hablar.

—Todo estará bien, mocosa.

Ella mostró una sonrisa de aires melancólicos, de ojos apagados, de mejillas sutilmente quemadas por el frío.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque fui yo quién te preparó para esto.

Mikasa movió su cabeza entendiendo qué no había remedio, porque era Levi y los últimos meses atestiguaron cuán ciertas eran sus afirmaciones. Y sí lo tenía a su lado, los nervios quedarían obnubilados por su símil presencia. Sin más que decir, ella se dejó llevar por el fuerte brazo que el capitán y heredero le ofreció.

Columnas de gran grosor en mármol y esculturas ambiguas antecedieron en el recorrido hasta el salón, más arriba de la escalinata. El frío de la noche invernal paseaba sin pedir permiso por entre la estructura, enchinando pieles y acariciando rostros. Levi se colocó unos guantes negros, qué Mikasa se pensó combinaban bien con los de ella. Ella vislumbró la fachada del capitán de soslayo; pétreo como siempre. Los pasos de ambos, con los de los servidores, resonaban en sus oídos. Finalmente, tras caminar un poco más, dieron con un par de altas puertas de roble abiertas de par en par, con un protocolar en el umbral que se espabiló al verlos. Reconocieron unas notas musicales surgir desde allá dentro, dónde parecía haber mucha luz.

—Su majestad, damas y caballeros de la nobleza, me es un grato placer anunciarles qué el motivo de celebrar tan significante velada ha llegado: con ustedes, Lady Mikasa Ackerman acompañada de Sir Levi Ackerman.

Los aplausos se extendieron por todo el lugar y los azabaches se vieron rodeados por un montón de caras, la mayoría sonrientes. El salón se hallaba repleto de personas. Ningún rostro le era familiar a Mikasa; presintió todo eso qué Levi le había comentado: sonrisas falsas y frívolas, miradas escrutadoras, envidia, avaricia. Jamás se soltó del brazo del capitán y sondearon la zona juntos. La primera en obstruirles el paso con admiración incrédula, era una mujer regordeta y chillona, "Lady Helena Romarote" se hacía llamar y sus hijas saludaron por encima del hombro a la medio asiática. La habrían ignorado por completo, de no ser porque Levi iba a su lado embobándolas con sólo respirar.

Levi la asió contra él con discreta turbación cuando "Lord Andrew Livestone" y "Sir Valente Ruggs", cincuentones libidinosos, besaron y tocaron más de la cuenta las manos enguantadas de la azabache. Las familias de la nobleza eran molestas, falsas. Levi los catalogaba como un verdadero dolor de culo y Mikasa le dio toda la razón, sin embargo fingieron casi a la perfección pues saludaron con los correspondientes modales, más no mostraron falacias en sus expresiones.

—Sea usted bienvenida a la admirable nobleza erdiana, Lady Ackerman.—Había dicho una de las tantas señoras entrometidas, husmeando en Mikasa con los superfluos ojos tan azules como el mar, cargando de un ostentoso collar de perlas al cuello.

—Gracias.—Respondió Mikasa, ni corta ni perezosa.

—Tiene una buena figura. Es decir, para ser una mujer del ejército parece muy femenina—El comentario casi le hace hacer una mueca de disgusto, pero la escondió bajo una expresión de vívida estatua.

—Se sorprendería con la clase de mujeres qué puede encontrar en la legión, madame. Pueden... alcanzar más que los talones de cualquiera en la nobleza.—La mujer forzó una sonrisa exagerada ante el ácido comentario de Levi, mientras Mikasa internamente sonreía con diversión. Ambos continuaban en su semblante altivo e inexpresivo, pero la galante señora no se dejaría superar por el escalofrío que ese par de "recientes" nobles le provocaban.

—Claro, Sir Ackerman, pero le recuerdo que hay una gran brecha entre ambos mundos. No compare una simple roca con un diamante—Escupió con ferocidad—Y le recuerdo que era una conversación de señoritas, ¿O es qué se piensa ser el guardaespaldas de Lady Ackerman toda la velada?

—¿Y usted, Lady Farquick?—El capitán agregó con una voz filosa y dio un paso hasta estar a la altura de un auditivo de la mujer, bajando la voz hasta qué sus frases fueron escuchadas solamente por ellos tres— ¿Planea entrometerse en la vida de Mikasa toda la noche y dejar que Lord Farquick se escabulla con la joven esposa de Sir Garrel?

La mujer se enderezó cómo una cabilla en el acto, apretando los dientes iracunda. Los despellejó con la mirada y se retiró a regañadientes, casi bramando fuego por la boca, cosa que ambos Ackerman pensaron habría hecho de poder hacerlo.

Mikasa encaró a su acompañante agradeciéndole en silencio y Levi asintió con los párpados.

—Ahora que ya has conocido a todos éstos estirados, es hora de conocer a la reina.

—¿No debería ser ella la primera en conocer?

—A ella no le gusta mucho codearse con ésta gente.

—Vaya, no veo el porqué.

Saber que conocer a la reina implicaba la conclusión de esos saludos hipócritas y protocolares era un bálsamo para la de gris mirada. La noche se le hacía rudimentaria y aburrida, acabar pronto con todo eso era lo más satisfactorio.

Mikasa se pensó que no sería desagradable conocer a la mujer que gobernaba su nación, sí ella misma no tenía una visión muy prometedora sobre la sociedad aristócrata. El salón era grandísimo. Dos grandes chimeneas lo ocupaban, para brindar algo de calor con sus candentes llamas en tan fría noche, tenía una forma redondeada y una larga mesa de aperitivos excelsos de extremo a extremo. Grandes cortinas sedosas rojas y blancas caían como cascadas desde lo alto resguardando las ventanas y las puertas que daban hacia un balcón. Un pequeño recodo mostraba instrumentos clásicos sin ser aún tocados.

El capitán de la legión de reconocimiento guió a la azabache por entre el gentío, ignorando la constante observación de decenas de pares de ojos sobre ellos, buscando ultrajarlos e indagarlos, hasta traspasarlos, actuando invasivos. Finalmente, unos pasos más adelante, se detuvieron a los pies de unas leves gradas que llevaban a un trono de mármol situado bajo un dosel.

Se veía menuda y pequeña, aún cuando el trono la atestiguaba en poder. El desinterés y el aburrimiento se percibían en sus ojos azules tal cual cielo despejado, en ese pequeño rostro ovalado y labios de cereza. Su mordante vestido era turquesa, de pliegues alusivos a caídas de agua, pero Mikasa no vio más. No supo sí llevaba un apretado corsé, o una capa por encima de los hombros, ni la manera de cómo alzaba odiosamente una fina ceja al vislumbrarla ni la nariz respingada.

Porque un par esmeralda a la derecha de la pequeña reina obnubiló la entereza de Mikasa. La congeló en tiempo y espacio. Sintió que le faltó el aire, qué la vista le fallaba fatídicamente y se iría de bruces al suelo, pero en lugar de parar con su contundente solidez, sería absorbida por un doloroso vórtice. Dudó por un segundo de qué fuera él, pero verlo consternado aunque para nada a su nivel, le comprobó lo contrario; era él, sin lugar a dudas, por ese cabello castaño que lo familiarizaba desaliñado, no tan estilizado como ahora. Ni lo recordaba con esa sombra de barba incipiente, que le hacía saber que los años habían transcurrido. Qué no era el mismo chico. Que de hecho, ya no era un chico, sí no un hombre.

—Eren...

El nombre mermó de sus labios ardiéndole hasta el último ápice de la carne y de los huesos, corroyendo su garganta cómo quién prueba un veneno mortal... Tanto tiempo sin pronunciar esas cuatro letras juntas, tanto tiempo sin oír su propia voz decirlo, tanto tiempo sin sentirse vulnerable por el color esmeralda.

—¿Mikasa?

Tambaleó, y estaba dispuesta a caer ahí frente a todos, no tenía la fuerza para mantenerse de pie cómo sí nada, de no ser porque unos fuertes brazos la sostuvieron.

Levi la miró con la preocupación latente, sin entender muy bien qué le sucedía. El color había abandonado todo el rostro de Mikasa, cómo sí hubiera visto un fantasma, la palidez la pintó de oreja a oreja. El brillo se había esfumado de sus orbes de plata y ello le heló la sangre al hombre insondable.

—Mikasa, ¿Qué sucede? ...¿Mikasa?

La grave voz del capitán la zarandeó en su interior, recordándole sutilmente el lugar y la situación en qué se encontraba. Todo el mundo cuchicheaba, las miradas indiscretas y curiosas resaltaron nuevamente, entre ellas, la de la reina. Todos estaban perplejos; a excepción del castaño junto a la reina, quién se acomodaba incomodado el cuello de la camisa de su traje azul marino. Era el procedente del desvarío inusual de la azabache. Era el silencioso culpable.

—Maldición, Mikasa. ¡Responde!

Levi exclamó exasperado, no aguantando y estresándose en el acto. Apretó ligeramente los hombros de la ex soldado, buscando qué reaccionara. No lo exteriorizó, pero fortuitamente era consciente de lo que sentía: estaba asustado. Afortunadamente, la inesperada actitud de su querida pupila no se extendió mucho más. Suspiró de alivio imperceptible cuando Mikasa parpadeó y sacudió la cabeza, buscando mantenerse de pie por cuenta propia. Ella se apoyó en su pecho fornido y miró a la reina rebuscando palabras en su vocabulario.

—Disculpe mi inestabilidad, su majestad. Me faltó el aire, pero no se preocupe, no volverá a ocurrir.—Añadió con seguridad. La rubia en el trono se ahorró palabras; la dejó proseguir—Dejando de lado mi desvarío, es un grato placer conocerla. Mikasa Ackerman, a su orden.

La tensión se hizo presente cuando el saludo rompió el contraste con los anteriores. Contrario a una reverencia, o cualquier atisbo de inclinación, Mikasa empuñó su mano derechay la llevó a su pecho, poniéndose firme en su lugar y observando seriamente los ojos de la reina.

La sorpresa de la rubia fue visible; elevó ambas cejas y su boca se abrió ligeramente, dejándose entrever. Parpadeó pero, finalmente, mostró una sonrisa qué destensó a muchos, más específicamente a cierto capitán azabache.

—Me es también un placer conocerla, Lady Ackerman. Le doy la bienvenida y mi sincera gratitud por su ofrecimiento.—La pequeña rubia entonces se puso de pie, bajó las gradas y se colocó derecha frente a Mikasa—Me presento—Y, por último, imitó la posición de la azabache—Historia Reiss.

El silenció precedió a ambas mujeres. El ambiente podía cortarse con un cuchillo y la situación resultaba irónica; quién más poder poseía, era aquella cuya altura alcanzaba el cuello de la otra.

Aquello duró menos de lo que pareció durar. La reina fue la primera en alejarse y regresar a su trono, chasqueando los dedos una vez estuvo sentada y dejando de lado a la ex soldado.

—Qué empiece la música—Sentenció.

Piano, violín, arpa y flauta comenzaron a ser tocados en una tonada suave qué le daba un ambiente ameno al salón. Mikasa entonces regresó a un rígido Levi, qué le ofrecía una de sus manos. Evitó a toda costa la atracción mortífera de los ojos esmeralda, los cuáles también la evitaban. Tomó la mano del azabache y buscó sumergirse en sus rasgados azulados, en esas calcedonias heladas qué en realidad la llenaban de calor y bailó a un ritmo lento tomando la mano, entrelazando sus delgados dedos con los de su contrario, qué buscaba respuestas en sus facciones euroasiáticas. El capitán le permitió guiar los pasos; pronto, ella los alejó del trono.

—¿Me dirás qué pasó allá?—Preguntó sin mirarla, fijado en un punto muerto entre la mar de familias y amigos de la nobleza bailando de aquí a allá.

—No—Mikasa cortó—No quiero. No ahora.

Levi lo entendió y no buscó insistir en que ella dijera algo. Bailaron, de un lado a otro, inertes en pensamientos y sentimientos. Buscaban mezclarse con la gente, más por ella qué por él, ajenos al mundo y sus intenciones. La ex soldado buscó reconfortarse con el cuerpo del azabache, apoyando un costado de su cabeza en el hombro de él, para no hallar su preocupación que ella bien podía reconocer y escapar de tan asfixiante entorno. Porque estaba haciendo esfuerzos sobrehumanos por no caer, por respirar el mismo aire qué ese castaño, qué todas esas personas enfermizas. Porque la única medicina a tanto malestar era el capitán y nadie más.

Pero la suerte no estaba totalmente de su lado y lo supo cuando un par de nobles cuyos nombres ya había olvidado pidió cambiar de pareja; negarse sería ofensivo, así que a regañadientes Levi la dejó ir con el hombre y tomó a la emocionada mujer. Y comenzaron a bailar. O a mecerse, de esa forma tan monótona qué le hizo sentir náuseas a Mikasa. Y luego pasó a manos de otro noble, y otro. Sintió frío; perdió a Levi de vista. Ya no eran visibles sus cabellos negros tan peculiarmente cortados. Estaba girando en la vuelta de un espiral vicioso, terrible, porque un mal sabor de boca hacía mello en ella y sólo sentía deseos de huir de ese lugar.

Ya no importaba nada. Ni regresar a su vida de soldado, ni esa indeseada presentación de sociedad. Incluso la música era un dolor de oídos, un chirrido incesante. No sabía quien la tomaba. Desconocía con quién bailaba.

Hasta que un tacto áspero rodeó su mano y un hombre de su misma altura era quién ahora la tomaba. Juró, qué su corazón presintió un atentado. El color esmeralda brillaba tal como lo recordaba y, la sensación de la maldita asfixia, regresó a ella abruptamente.

Buscó alejarse, pero él no lo permitió. Puso más fuerza en el intento, pero no resultó. O él se había hecho más fuerte, o ella era débil. Se estaba desesperando, estaba siendo subyugada contra su voluntad. Miró en todas direcciones, pero no había rastro de la persona qué buscaba.

—Hey, Mikasa, cálmate.

Respiró hondo. Sí, mantuvo la compostura.

—Suéltame Eren.

—No te vayas a poner impulsiva aquí ¿Quieres?

—¿Por qué demonios no puedes simplemente soltarme de una vez? ¡Suéltame!—Exigió, tratando de moderar el tono de voz, más el castaño apretó el agarre a su mano y cintura y frunció su forjado ceño.

—Ssshh... Basta, Mikasa. No busco hacerte daño, ya quédate tranquila.

No había remedio. Le importaba tres cuernos causar un escándalo, más, por respeto al otro Ackerman que por ahí andaba, mantuvo la calma firme y altiva. Siguió perpetuando el curso de los pasos de baile, entre la marea de personas bailando, aún mirando de polo a polo en búsqueda del azabache. Era eso, o perder la cordura y terminar golpeando aquella cara a centímetros de la suya.

—Creí que estabas muerto—Dijo ella, seca como un desierto, sin mirarlo.

—En teoría debería estarlo. De hecho casi lo estuve, es una larga historia... ¿Cómo estás tú?

Iracunda, ella entrecerró sus ojos de acero.

—¿Qué... cómo estoy? ¿De verdad me lo preguntas, Eren?

—Bueno... Ha pasado mucho tiempo, Mikasa.

—Sí. Demasiado tiempo.—Soltó de cuajo. Ésta vez, fue él quién desvió la mirada. La música era lejana y fastidiosa y ella sólo seguía un punto muerto entre la nada, hasta que su mirada dio con la intensidad de unos pequeños y amenazadores ojos azules, bailando con una menuda rubia de grandes ojos cómo mar. Sus manos estuvieron a punto de temblar, más un alivio inundó su pecho.

—¡Eren!—La rubia saltó a ambos, con destino al nefasto castaño y Mikasa aprovechó aquello para alejarse terminando de regreso a brazos de Levi. Él la sostuvo soluble. Y el joven hombre con quién antes la azabache bailaba, ahora era abrazado por la pequeña reina.—Te me habías perdido ¡Hay que ver qué puedes ser todo un maleducado! ¿Ya te le presentaste a Lady Ackerman?

—Historia...

—Hmp, lo supuse.—La reina se posicionó frente a ambos Ackerman, abrazada ahora a un brazo del muchacho. Mikasa los miraba desconfiada, mientras Levi mantenía su indiferencia sosteniendo los brazos de ella. La posición era una fortuna, porque la ex soldado no estaba preparada para lo siguiente que tuvo que oír.—Sir Ackerman, Lady Ackerman, les presento a Eren Jaeger—Levi abrió mucho sus ojos y Mikasa los cerró—Mi prometido.

Fue como fallar una estrategia en el campo de batalla y haber caído sobre una de las minas incrustadas bajo tierra para despedazar el cuerpo de un eldiano en pedazos. Sí, eso mismo sufrió Mikasa, pero en lugar de su cuerpo eran sus sentimientos hechos trizas. Destruidos por la mismísima reina y una de las personas qué más había querido en su existencia.

Todo le importó una reverenda mierda.

Corrió tanto como le dieron los pies con esos punzantes tacones puestos, tanto qué hasta el frío la golpeara y la cortara, chocara con las personas y abandonara el infausto salón perdiéndose entre los pasillos. Su nombre gritado repentinamente por Levi quedó atrás con todo aquello. Y odió mucho, odió todo, odió terminar ese día en ese lugar y no haber muerto antes en batalla, cuando servía a la nación. Las lágrimas la quemaban, todo le dolía, la cara la tenía compungida y los dedos acalambrados. Pronto se le sumaron los espasmos y un estremecimiento alucinante. Y después, gritaba, lloraba, hasta que se le desgarrara la garganta.

Porque el destino era cruel, tan cruel como ese mundo cundido de un frío voraz.

Pero las llamas relucieron.

Y se dio cuenta: Mikasa había terminado en otro salón, más pequeño que el anterior. Contaba con algunos sillones y una chimenea, más una mesa pegada a una pared. Parecía ser una sala de reuniones, pero lo único extraordinario eran las llamaradas del fuego danzando dentro de la chimenea.

Sus dedos se escurrieron por su propio vestido y entonces, dieron con los bolsillos: dentro de uno de ellos, encontró una familiar tela escarlata, ahora repulsiva. La tomó entre los dedos y la estiró con desprecio, la observó silenciosamente. La vio no ahora cómo el grato recuerdo de una nueva oportunidad, de un nuevo despertar, sí no como una desgraciada serpiente sediciosa acechando su vida, roja y escamosa, abriendo la boca para enterrar sus mortales colmillos en ella. Las llamaradas en la chimenea centellaron en sus orbes. Y no lo dudó un segundo más. La arrojó sin contemplaciones.

Mikasa vio en silencio y estática frente al fuego, cómo la bufanda era consumida lentamente por el mismo, cómo se deshacía y se retorcía haciéndose cenizas como sí en algún momento gozara de vida y ahora, le era arrebatada.

La arrojó sin compasión. La dejó ir. Y la miró morir a ella y a su significado con una frialdad infernal.

—Adiós, Eren.


Bien, no sé qué opinen, pero así me nacieron éstos acontecimientos. Planeaba escribir más, pero me pareció una perfecta conclusión el asunto de la bufanda, ya que lógicamente marca un antes y un después en la vida de Mikasa.

Hasta aquí todo. Inspiración musical de Axel Catalán y Mxmtoon.

Y pues nada. Les agradezco infinitamente por seguirme, por hacerme saber lo mucho qué les ha gustado éste desvarío mío. Ahora es que tengo RivaMika por escribir xD.

Dejando algunas aclaraciones el fic es un Semi-AU, ya que tiene bases del universo original, pero otras cosas varían (es obvio sjdh): no hay titanes, pero hay una guerra contra Marley, Historia no es parte del escuadrón 104, el escuadrón de Levi sigue con vida...

También, estoy actualmente indecisa de en qué capítulo terminará XDDD Pero bueno, estoy segurísima de que no llegará a los 9 capítulos. Y no es porque tenga demaaasiaaado que escribir (siempre but no) sí no porque ni el 6 ni el 7 son números que me convenzan para terminar un FF (Lo sé estoy loca gg).

Se me hizo muy intenso éste capítulo, deja mucho que pensar ¿No creen? Vale, cualquier cosita ¡Déjenmelo saber en la caja de comentarios!

Se despide

MioSiriban.