Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.

-RivaMika-

SemiAU


Linaje Ackerman


6

Levi recorrió desesperado los pasillos, mirando en todas la direcciones posibles. Ningún rastro de Mikasa, ni pista alguna. Se irritó internamente de la angustia de no saber dónde carajo se encontraba su pupila, hasta que, en medio de la noche, distinguió la esbelta silueta caminando derecha hacia él; sus cabellos meneados por la brisa helada.

—Vayámonos—Dijo o más bien ordenó ella decidida, con orbes fugaces.

El azabache, entonces, reparó en dos hechos, uno más relevante que el otro: no había bonete ni bufanda alguna en Mikasa.

Ella caminaba aceleradamente, abrumada, sin darle la cara a él. Estaba absorta.

Él había abandonado la estancia, disculpando a Mikasa por falsos asuntos relacionados con su salud. Mantuvo su monótona falta de expresión, pero en su última mirada al prometido de la reina, lo fulminó con su par de hielos visuales. Era lo suficientemente inteligente para entender, tras la actitud de su pupila, quién era él.

—Buenas noches.

Murmuró Mikasa cuando ingresaron en la mansión, evadiéndolo.

No la buscó, pero le fue imposible concebir el sueño, como siempre. Las sábanas de su habitación se sentían frías. Sería una larga noche.

Se decantó por cuántas copas de whiskey, antes de ser llamado con carácter de urgencia en el cuartel a primera hora de la mañana.


¿Cuándo fue la última vez que los ojos se le habían hinchado y enrojecido de tanto llorar? Desde la última vez que Eren, joven e inexperto como era, estuvo en su vida antes de abandonarla.

El Sol ya estaba en lo más alto y ella aún no dejaba la habitación. Había recordado infinidad de recuerdos durante muchas horas, algunos más insignificantes que otros, pero todos ligados a Eren. La cabeza le dolía a horrores.

Se arrastró de su lugar, tenía las piernas entumecidas. Pensaba y no dejaba de pensar, todo era un bucle tortuoso, toda dureza había desaparecido en ella con la sola presencia de ese hombre. Eren había rebasado sus barreras. Las ojeras y el maquillaje corrido no eran una buena combinación, le hizo saber el espejo, así que caminó -temblorosa como una cría- hasta el baño en búsqueda de asearse en la tina; de Levi había aprendido que el agua purificaba. O al menos, le hacía pensar que así era.

Era un penoso consuelo.

El agua transparente se tiñó de negro y rojo.

Su estómago gruñía por comida.

Recordó hasta la escena de la noche anterior, donde no determinó al capitán. Su estado catatónico no se lo permitió y maldijo por ello. Lo quería con ella, de haber estado junto a él, habría podido dormir. De haber estado en los fuertes brazos, de haberse fundido en besos, de haber contemplado su desnudez como ya era habitual, su respiración explorando sus senos y como lucía el cabello azabache húmedo pegado a su preciosa cara, otra historia sería. Él emanaba la calidez que su cuerpo necesitaba.

Pero él ya no estaba. Una de las sirvientas le hizo saber que Levi había partido a primera hora.

Tampoco regresó en los días siguientes. Estaba sola de nuevo dentro de esas cuatro paredes.

La rutina, sin embargo, resultó consternada; diariamente recibía cartas e invitaciones desde su presentación en sociedad. Al final de la semana, éstas se habían acumulado y Mikasa no había respondido a ninguna. Ni siquiera las había leído.

No había entrenado, tampoco salía. Comía en su habitación y se lo pasaba en cama. Las sirvientas no decían nada, pero la azabache estaba consciente de que la tomaban como un alma en pena.

Cuatro días más tarde, Levi regresó.

Mikasa estaba enfundada en un camisón viendo aquel libro de las imágenes de paisajes desconocidos, tratando de concentrarse en ello, cuando el bullicio se hizo presente en los terrenos Ackerman. El capitán no había llegado solo, distinguió a un líder de escuadrón y a otro grupo de soldados. Traían consigo dos carretas con soldados vendados, era una situación de gravedad. Mikasa se puso el primer calzado que encontró y corrió al recibidor.

Los soldados de la legión en perfecto estado trajeron a los heridos. Eran dos hombres, uno traía vendada la cara y el torso, con un yeso en una pierna. El otro traía varios parches, con yeso en un brazo y en una pierna.

—Llévenlos arriba—Ordenó Levi a las sirvientas—Asignen habitaciones para ellos—Los sombríos ojos del capitán pasaron por sobre Mikasa y se fijaron en una figura que la Ackerman no había visto—Petra, tú también.

La menuda mujer le pasó por al lado, haciéndola sentir demasiado extraña. Ella identificó el cabello castaño corto y recordó a la mujer que le sonreía al capitán semanas atrás.

Cuando Levi hubo despachado al resto de soldados y al otro líder de escuadrón, se vieron cara a cara. Halló desdén, pero en los irises contrarios Mikasa también encontró preocupación.

—Bombas—Dijo, suspirando y dándole la espalda a ella—Y muchos, muchos guerreros.

La heredera lo siguió escaleras arribas, hasta los aposentos del capitán. Notó como él forzaba su paso, tratando de lucir lo más normal posible.

—¿Tú estás bien?—Le preguntó luego de cerrar las puertas y hallarse sola con el hombre. Ella supo la respuesta cuando el azabache se tomó su tiempo en asentir—No lo estás.

—Tch—El mayor de los Ackerman enarcó una ceja, quitándose el uniforme y dejando cada prenda en la cama cuidadosamente doblada. Una vez desnudó el torso, la azabache frunció el ceño al ver una gran herida en un costado.

La mitad asiática no dudó y rebuscó entre las gavetas de la habitación hasta tomar una gasa, con vendas y alcohol. Cuando presionó la herida, sin el permiso o la negativa de Levi, más sangre brotó. Era una herida profunda. Se concentró tanto en curarlo, que no sucumbió a los ojos calcedonias a centímetros de su rostro, taladrando en ella.

—¿Cómo es que me conoces tanto, mocosa?

—No lo sé—Contestó sinceramente. Entonces decidió mirarlo—Solo lo hago.

Y volvieron al silencio, pero era ligero. Levi dejó que ella limpiara sin mostrar alguna alteración por el tremendo ardor que sufría, como si su sensibilidad no existiera. Por el contrario, usó su pulgar para seguir el contorno de los labios de la azabache, lentamente. Mikasa juró que le estaba haciendo una especie de hechizo, o algo que la mantenía atada a él...

Cuando hubo terminado de curarlo, las manos ágiles del hombre la atrajeron de la acentuada cintura. La anatomía de Mikasa tembló hasta el último intersticio de su dermis, pero un recóndito calor se avivó en ella como las llamas ardientes de una fogata. Antes poder darse cuenta, se hallaba sentada sobre los compactos muslos de Levi uniendo una y otra vez los labios con él, con un fervor divino. Se separaron el uno del otro ya jadeantes, con los labios hinchados y sus pulmones exigiendo el aire.

Ella dejó que él actuara. El capitán deslizó la ropa de dormir que la vestía hasta que ésta dio con el frío suelo, hasta que la tuvo como Dios la trajo al mundo. Si, adoraba a Mikasa, pero más adoraba admirarla al natural. Le tocó a ella el turno e imitó las acciones, mirando el cuerpo que develaba como un devoto a un santo, a pesar de que conocía esa complexión masculina de memoria.

Mikasa se preguntó porqué se suscitó cierto cambio en el capitán; era suave con ella, más que de costumbre, la tomaba con el cuidado que se le da a algo excelsamente preciado y la miraba de una forma extraña, diferente a cualquier mirada que recordara en él.

La condujo a la cama y la llevó a acostarse, para seguido recostarse sobre el hermoso cuerpo de Mikasa. La azabache reposó las manos en los hombros y revivió la ternura de su monte de venus cuando la dormitada virilidad del capitán dio con esa sensible zona. El hombre se destensó por completo cuando los delgados dedos de las manos de la ex soldado se hundieron en sus oscuras hebras. Ella lo sabía, estaba cansado.

Sus orbes grises buscaron el azul que pintaba las pupilas de su tutor, mientras la acompasada respiración se paseaba por sus senos despertando la cúspide de sus rosadas aureolas. Detrás del velo emocional, Mikasa halló inquietud.

—Levi—Pronunció el nombre en un susurro ameno—¿Qué sucede?—Él estaba, pero pensaba en muchas cosas dentro de su cabeza. Titubeó internamente en responder, pero cedió.

—¿Qué sientes por ese mocoso?—La pregunta, formulada con firmeza en el timbre de su grave voz, carecía de la seguridad que demostraba. La joven abrió mucho los ojos; era la primera vez que presenciaba una demostración de temor en Levi.

—¿Mocoso?

—Si, ese tal Eren.

Mikasa se lo pensó en lo que para Levi era una eternidad, acrecentando la inseguridad que lo consumía. Ella no había pensado en lo que sentía hasta ese momento, hasta que la realidad se lo preguntó.

—Rencor—Dijo al fin—Eren me abandonó... A mí y a Armin.

El hombre bajó la cabeza, impidiéndole a Mikasa volver a ver a través de su par de ventanales, hundiéndose en las frutas afrodisíacas que eran el par de senos a su disposición. Quiso evitar la pena y congoja que de súbito destilaba su pupila, así que comenzó a besarla ahí donde yacía su propia cara. Pronto marcas rosáceas marcaban el blanco impoluto de esos montes exquisitos y la vivaz aspereza de la lengua del capitán situó trazos húmedos en las puntas de cada seno.

—A... Ah... Le...vi...

Torturó de esa manera a su pupila, sustituyendo la tristeza por el inusitado placer. Uno que en él comenzaba a acrecentarse de manera que el monte de venus de Mikasa percibió la dureza de su miembro.

Todo se tornó inconcebible... Y fenomenal.

El miembro hinchado del capitán se deslizó entre las ingles, hasta pasear de arriba a abajo contra los pliegues de la morocha, frotándose repetidas veces contra ese botón que enviaba oleadas de placer por cada ápice de la muchacha; gemía, jadeaba y retorcía los dedos de las manos y los pies mientras se mordía los labios, tratando de que su voz no alcanzara más allá de las paredes de esa habitación.

—Dios... Ah... Jo... der... ¡Levi!

Él masajeaba los senos entre sus manos, hasta que se decidió por chupar uno de ellos y frotar su descubierto glande contra ese punto de placer escondido entre las piernas de Mikasa. Estaba mojado, a causa de esa naciente que surgía de ella, así que su virilidad se resbalaba.

Algo dentro de él, ese deseo fervoroso, le exigía que lo hiciera, que de una buena vez terminara con ese estímulo tan malditamente sugestivo. Pero entonces su consciencia restituyó sobre el deseo y, respirando con dificultad, se arrastró lejos de la azabache.

Entró al baño y no salió en un rato. Cuando lo hizo, Mikasa se estaba quedando dormida.

Los arropó a ambos, absteniéndose de acariciar la piel de un hombro femenino descubierto alumbrado por la luz de la luna.

Al día siguiente, cuando el Sol dio sus primeros vestigios, Mikasa despertó presintiendo la falta de un peso a su lado. Levi ya no estaba.

La monotonía fue reemplazada por el ajetreo de las nuevas visitas; habían traído al escuadrón de Levi, donde dos de sus subordinados resultaron gravemente heridos. Gunther Schultz y Auruo Brossard habían sufrido diversas fracturas, Erd Gin y Petral Ral sólo unos cortes y raspones. El primero había acudido con su familia, mientras que la única mujer del escuadrón de operaciones especiales había decidido quedarse en la mansión para estar al pendiente de la salud de sus compañeros.

Mikasa no se creyó ni un ápice de esa mentira.

Petra había ido a tocar la puerta del capitán minutos después de que la azabache habría despertado, ocurriendo su primer encuentro. La sorpresa pintó la expresión de la más baja, al hallar a la "prima" de su adorado capitán con un camisón puesto.

—L-Lady Ackerman... Yo... ah... Busco al capitán—La voz fue perdiendo fuerza, hasta que fue un murmullo. La castaña se sentía intimidada por la frialdad que rondaba el aura de la más alta. Percibiéndose más pequeña de lo que en verdad era, Petra respiró hondo y se estiró con renovadas energías. Estiró una mano hacia Mikasa, quien la miró de forma despectiva y puso una sonrisa de oreja a oreja—¡Mi nombre es Petra! Es un placer conocerla—La mujer abrió sus ojos como platos—Oh... ¡Qué modales tengo!—Rió nerviosamente, haciendo una leve reverencia—Es un placer, mi lady.

—No está—Mikasa ignoró todos los formalismos, mirando a la mujer con total indiferencia—Levi no está.

—Ya veo... Gracias.

Petra se retiró y se perdió por los pasillos con un gesto de preocupación en la cara. Mikasa se encogió de hombros y cerró las puertas, volviendo a las sábanas y almohadas impregnadas de un olor a hombre y a té negro.

Las sirvientas tenían ahora más trabajo que antes e iban de un lado a otro encargándose de la mansión. Los empleados no estaban pasándola mejor con el invierno allá afuera. La nieve caía diariamente, de modo que se encargaban de apartarla de las entradas de enorme residencia. Además de tener a Petra Ral de para acá y para allá, la Ackerman menor lidiaba con sus propios asuntos: una pila de cartas y sobres que no habían parado de llegar desde su presentación en sociedad yacía en su encimera y demostraba una cara de pocos amigos cada vez que sus orbes de acero se posaban en la misma.

Querida Lady Ackerman

Reciba mi más cordial saludo para una bella dama como usted; tras contemplar su divina presencia en su presentación en sociedad me muero de las ganas de volverla a ver. Las puertas de mi morada están abiertas cuando usted lo desee.

Espero su pronta contestación

William B. Tchar.

La única de las cartas que se dignó a leer traía una prolija invitación de un tipo que ni recordaba. Y no era el único que se había acordado de ella. La irritaba pensar en esa infinidad de invitaciones por parte de los nobles estirados.

Levi apareció un par de noches después en su caballo. Mikasa contempló desde una de sus ventanas como una sonriente Petra lo recibía a la entrada de la mansión y, luego, se privó de seguir mirando cuando las calcedonias azules del azabache dieron con su ventana.

Petra era un dolor de cabeza.

La irritaba ver a la castaña, porque cada vez que lo hacía se acordaba de la arrugada carta que resguardaba en esa habitación. Y como un acto masoquista, la buscó entre sus cosas para volverla a leer con amargura.

Afuera Levi iba a ver a sus subordinados con Petra siendo su sombra. Las reuniones exhaustivas en los cuarteles, los experimentos de Hanji, la manada de heridos, además de la batalla que se desenvolvía más allá de los muros, lo tenían con el estrés al borde.

Gunther y Auruo charlaron con él y agradecieron su hospitalidad. Las sirvientas los atendían con devoción y estaban al tanto de sus necesidades. Tras una conversación entorno a la guerra, volvió a salir con Petra del lugar. Chasqueó la lengua, algo ofuscado, pues sus planes eran irse a la alcoba de su pupila para quitarse la tensión, pero la habladuría y la

—Petra—Llamó, deteniendo sus pasos—¿Hay algo que quieras decirme?

La mujer se quedó petrificada, dudosa de qué decir, aunque muchísimas interrogantes se habían originado en su cabeza desde la mañana en que Mikasa salió usando solo un camisón de la habitación del azabache. Había tenido la intención de preguntarle y ésta era la ocasión predilecta para hacerlo.

—Capitán, yo... quisiera saber, ¿por qué nunca me contestó mi carta?

—¿Qué?—Él no entendía de que carta hablaba.

—Me lo he preguntado todo éste tiempo... También he oído rumores y el otro día cuando lady Ackerman salió de su habitación...

Levi, aunque sólo un poco, abrió sus orbes más de lo usual.

—Oye—Soltó su típico monosílabo antes de proseguir—No quiero que andes paseando por mi habitación.

—¿Uh?—La castaña creyó no haber oído bien. Un dolor invadió su pecho y su capitán permanecía estoico como de costumbre, mirándola con indiferencia.

Así como la había mirado ella...

—Cómo oíste, Petra. No andes por mi habitación ni por la de Mikasa sí no te solicito ahí.

Esa noche las lágrimas y los sollozos de Ral fueron absorbidos por su almohada. Tanto cariño, tanta dedicación a ese hombre, para recibir una orden tan fría. Levi se había encargado de recordarle que no eran más que capitán y soldado de la manera más seca posible, sin importarle nada ni como se podía sentir ella. Creía que era un hombre, un caballero, pero toda imagen que tenía de él se había ido por el caño.

Los ojos de Mikasa se iluminaron cuando él entró. Se suscitó la rutina de siempre; ellos desnudos acariciándose mutuamente, entre besos húmedos y alientos mezclados. Mikasa se concentraba en consentir los cabellos de Levi inspirando su característico olor, mientras él se preguntaba sobre la jodida carta que su subordinada había mencionado y de la que no tenía la más remota idea, cuando visualizó el montón regado en la encimera de la otra Ackerman.

—¿Qué son todas esas cartas?

—Basura—Respondió ella simplemente, encogiéndose de hombros—Olvidé arrojarlas.

—Son invitaciones—Concluyó Levi, no era difícil para él adivinarlo—¿Ni siquiera las has leído, mocosa?

—Leí una y fue una pérdida de tiempo.

—Tienes que integrarte con la nobleza eldiana. Recuérdalo—La heredera rodó los ojos al oírlo y el azabache se estiró para tomar otra de las cartas y proceder a leerla—Es una invitación para tomar el té con las damas nobles.

—No quiero ir.

—No es recomendable ganarnos de enemigos a esa gentuza de mierda.

—¿Por qué te interesa tanto?

Antes de responder, Levi guió los dedos por la muñeca pálida de su hermosa acompañante hasta rozar la palma y la yema de los dedos, con una caricia casta que de igual manera erizó la piel de la mujer. Finalmente, los dedos del capitán se entrelazaron con los de Mikasa.

—Porque lo que tú hagas influye en mí y viceversa, mocosa idiota.

Las mejillas se le tiñeron de rosa. Lo habría insultado de vuelta, de no ser por ese brillo especial que vacilaba en los pequeños ojos de él, haciéndolos ver más grisáceos que azules.

—Eres un insoportable.

—Lo sé.

Y luego de besarse hasta el cansancio, el desdeñoso no la dejó en paz hasta que hubo leído todas y cada una de esas cartas en su montón. Él mismo se encargó de hacer trizas con sus propias manos aquellas que eran invitaciones decorosas hechas por hombres que buscaban algo más -las cuales eran más de la mitad- y contestaron a aquellas enviadas por mujeres y familias, generalmente cenas, aperitivos de una tarde o paseos por la ciudad.

—¿Qué pasa? —Preguntó Mikasa cuando Levi se detuvo en una de las cartas.

—Hay una de la realeza—Él le mostró el sello real sobre el papel.

Sin permitir más palabras, Mikasa le arrebató la carta y la hizo pedazos en el acto. Siguió leyendo como si nada ignorando la intensa mirada del heredero.

—¿Qué tanto miras enano?—Aunque apretó los dientes, él dejó pasar el apelativo.

—¿Qué harás en la boda? Historia no tardará en enviar las invitaciones y tendremos que ir.

—Irás tú solo.

—Creí que Jaeger ya no era importante.

—No lo es.

—No parece.

La azabache lo odió en ese momento. Levi tenía con que argumentar y estaba atento a sus reacciones, mientras ella sólo tenía ganas de golpearlo si seguía insistiendo.

—No iré a esa maldita boda.—Estaba decidida. Levi suspiró y sin ningún consentimiento la cargó en brazos, haciendo que dejara caer las cartas.

—Ya es suficiente, mocosa—Decidió—Vayamos a dormir.

Ya al día siguiente, Petra veía indecisa su equipaje. Lo había preparado para abandonar la mansión Ackerman, pero ya más tranquila y sin hipar por el llanto, se lo pensó mejor. No iba a dar el brazo a torcer, no cuando ni siquiera había recibido alguna respuesta por su carta y por otra parte, Auruo y Gunther seguían en un estado delicado. Sobre todo el segundo que hablaba con dificultad y estaba herido a mayor gravedad. Sus compañeros la necesitaban. No iba a flaquear porque sí y por especulaciones ajenas...

Porque es totalmente descabellado...

Las sirvientas eran chismosas naturales, así que de un hombre y una mujer viviendo a solas era de esperarse que hablaran. Conocía a su capitán como un hombre con principios, con el suficiente sentido común para buscar lo que no se la ha perdido con su prima.

Que Mikasa saliera de su habitación a tan tempranas horas tenía explicación. De seguro la muchacha también lo andaba buscando. Tenía entendido que la azabache no era una persona de muchas palabras, haría un esfuerzo por entablar una amistad con ella -aunque sus intentos hasta el momento se vieran fallidos-. Su capitán jamás había compartido con un miembro de su familia hasta que Mikasa llegó a su vida, así que era normal que terminaran siendo cercanos.

Tenía que comprenderlo. No podía ser egoísta. Era lógico que quisiera a su prima.

Además, él bien había prohibido el acercarse a las habitaciones, pero no había dicho nada de su oficina.


El enésimo vestido de la semana.

Mikasa ya había aprendido a arreglarse con las ropas dadas por Scostless, así que ya casi no solicitaba de la ayuda de las sirvientas. Sin embargo, eran tantos cúmulos de telas que era casi imposible hacerlo sola.

Había asistido ya a varias invitaciones desde que regresó las contestaciones aceptadas, tardes de té con mujeres de la alta aristocracia, más un almuerzo y una cena familiares. Todo era condenadamente aburrido y se preguntó internamente que clase de mujer era por preferir estar en el campo de batalla que sentada bebiendo y comiendo mecánicamente comida que no necesitaba. Pensó en Sasha, su amiga de seguro sería feliz ahí.

Los temas de conversación eran chismes, anécdotas sobre sus maridos y la talla que habían subido o bajado en ese mes. Mikasa se limitaba a beber de su taza en silencio, pensando que el té de la mansión sabía muchísimo mejor. Algunas la instaban a unirse haciéndole preguntas, pero Mikasa les daba un "si" o un "no" o un encogimiento de hombros. Las mujeres la miraban como una mujer extraña y de manera despectiva. A Mikasa no le podía importar menos.

Había ido por orden de Levi a cada una de esas reuniones hipócritas y vacías.

Los días transcurrían y ella se preguntaba sí en verdad, en algún punto de su vida había sido la soldado más temible de las filas en la región de reconocimiento.

Una mañana Mikasa desconoció a la mujer que veía en el espejo. Había dejado su entrenamiento de lado, su vida, sus amigos. Llevaba semanas sin pisar el cuartel, de no tener noticia de Hanji.

Petra estaba en todos lados y ahora más intensa que nunca; buscaba cualquier pretexto para iniciar una conversación con la azabache. Aquello era supremamente molesto.

—Es como una abeja zumbándote los oídos—Le dijo una noche a Levi en la tina de baño, mientras el capitán frotaba el jabón por su cuerpo—Y nunca se va.

—Petra está aquí para cuidar de Gunther y Auruo—Argumentó el capitán. Mikasa torció la boca.—Además, no sé si Gunther salga de ésta...

La Ackerman oyó con sorpresa las palabras de él. Levi concurría más seguido en la mansión, pero era porque temía por la salud de sus subordinados.

No se sorprendió al oír el lastimero lamento de Petra en los pasillos y de algunas sirvientas. Gunther Schultz había perdido la batalla. Al contrario de la consternación general y de la tristeza que se entreveía en la mansión, Levi y Mikasa permanecían pétreos y frígidos como naturalmente lo estaban, pero en su interior también eran afectados por aquella lamentable pérdida. Habían visto muchos soldados morir, pero no se podían adaptar a ello como sí nada. Levi sufría por perder a un hombre tan valiente. Mikasa sentía la pena.

La azabache se sumió en la privacidad de su habitación. Allá afuera se suscitaba una guerra, una donde ella evitaba el dominio del enemigo al luchar y era sencillamente ajena a esas cruentas batallas.

¿Cuando entrenó por última vez?

Al hacerse esa pregunta, se encaminó a los aposentos de Levi. Cuando le abrió, lo miró decidida. Un cruce de miradas y observar la vestimenta de Mikasa le hicieron comprender. Se puso ropas de entrenamiento y volvió a encarar a la mujer de acero, pero ella lo detuvo antes de salir.

—Trae las espadas—Levi elevó una ceja y sin protestar obedeció.

Bajaron hacia los terrenos traseros de la mansión y sobre un suelo de pasto, Levi le tendió una afilada espada a su pupila.

—Mocosa, ¿de qué va esto?

—Tengo tiempo sin entrenar—Se lo pensó—Quiero saber si aún soy capaz de manejar una espada—Mintió y supuso que él sabía que lo hacía, pero no volvió a rechistar al respecto.

El capitán tomó la espada de esa manera peculiar en que solía tomar las armas, llamando la atención de la azabache. Esperó a que ella tomara la iniciativa y atacara, Mikasa entonces lo hizo. Haciendo alarde de una asombrosa velocidad, batió la peligrosa arma en un giro hacia él. Levi reaccionó cerca de sufrir el corte y, pateando el abdomen de su pupila, la hizo retroceder y envió el arma contra ella. Mikasa fue ágil y en dos movimientos de sus piernas, volvió a tomar su espada para dirigirla contra el cuerpo del hombre.

Los dos sonrieron, casi imperceptibles.

No era una pelea que exigiera su concentración solamente, sí no también la emoción de los Ackerman.

No obstante, Levi llevaba la delantera y evadía con precisión cada ataque de ella por lo que Mikasa comenzaba a perder la paciencia.

—¡Ahg!—Exclamó al intentar abatir con furia la espada contra la de él, impactando continuamente las espadas entre sí mismas. El mayor mostró los dientes con burla, acrecentando la frustración en ella.

—Concéntrate—Dijo monótono—Así nunca lograrás hacerme nada. Un marleyano de los duros ya te hubiera jodido.

Mikasa frunció el entrecejo y, tras unos movimientos que pusieron en alerta a Levi, se vino hacia él girando de derecha a izquierda e impulsando la espada. En un milisegundo el azabache tuvo el metal al cuello y un corte pequeño marcó la tez de su hombro. Era una suerte que tuviera unos reflejos de muerte, porque sí no Mikasa habría acabado con él.

Así que, moviéndose como un torbellino, Levi la derribó sobre el pasto mandando la espada lejos. Hizo de su cuerpo una prisión para la muchacha y posicionó la cara a centímetros de la ella. Ambos admiraron, con los pechos inhalando y exhalando, el cabello negro pegado a las frentes por el sudor y lo apetecibles que lucían los labios.

Levi la besó.

Unieron sus labios frenéticamente, con vehemencia; las lenguas comenzaron vaivenes extenuantes y el sonido de la saliva aumentaba el calor en el interior de cada uno. Era sofocante, pero era el paraíso. Era una batalla por el dominio y el orgullo contrario, pero también el anhelo de sentir al otro como parte de sí mismos. Levi miró el gris destellar como una preciosa estela y fue se vio absorto en ella. Acarició una mejilla enrojecida de la joven, con sumo cuidado, como quien osa tener contacto con el pétalo de una rosa.

Se alejó poco a poco de ella, recayendo en el hecho de que estaban al aire libre. El frío del aire enfrió sus pieles acaloradas y tomaron un rato para reponerse.

El capitán admiró el bonito y trabajado cuerpo de su pupila, que ya bien conocía, casi en todo recóndito lugar. Miró las espadas arrojadas a metros de ellos y nuevamente a ella, con el desdén cubriendo el azul calcedonia.

—No tienes necesidad de andar entrenando con una puta espada.

Mikasa le dirigió una mirada cortante.

—¿Por qué no?

—Eres buena—Concedió con una voz firme—Sabes que eres una maestra con esa cosa, mocosa de mierda. No necesitas pelear.

—Eldia lo necesita.

—Tch—Gruñó él—¿Aún tienes esa maldita idea de regresar a la legión?

Ella asintió.

—A la mierda con eso.

—No puedes pedirme una cosa así cuando los soldados están muriendo allá fuera—Reclamó la azabache, alzando el timbre su propia voz—No voy a quedarme de brazos cruzados—Suspirando, Levi se haló los cabellos como signo de desesperación.

—Precisamente... Es por eso que no te quiero allá—Masculló—No quiero que tú... No, Mikasa.

Levi se levantó, sacudiendo el cesped de su ropa y recogió las espadas sin ver a su pupila, quien vislumbró cada acción del capitán hasta que se perdió dentro de la mansión. Su mente reproducía al hombre diciendo lo último, repetidas veces.

No tocaron el tema por más tiempo. Cada uno siguió en lo suyo. Levi seguía en la mansión, por que las horas de beber té retornaron pero con un nuevo invitado incluido: Petra.

Así que la única voz que solía resonar en la sala donde se bebían las tazas y donde el azabache había preparado a Mikasa para ser una dama era la de la subordinada de Levi, con unos pocos comentarios por parte de él. A veces, las miradas de la ex soldado y el capitán coincidían, diciendo cosas en un idioma que sólo ellos conocían. Petra era ajena a esa comunión.

Una de esas tardes de té, donde la castaña relataba una anécdota familiar a la que ninguno de los Ackerman prestaba atención, Hanji irrumpió en la sala.

—¡Mikasa! ¡Lo logré!—Exclamó la excéntrica mujer, con una sonrisa de oreja a oreja y ojos emocionados—¡Lo logré!

Él y ella se miraron, el hombre temiendo lo obvio.

—¡Ya es hora de volver a la legión de reconocimiento!

Levi cerró los ojos.


Ya se los debía.

Fueron semanas algo complicadas. ¡No puedo creer que pasó tanto tiempo desde la última actualización!

Y bueno...

Linaje Ackerman está cerca de su final.

No saben lo agradecida que estoy por el recibimiento. Gracias lectores, mis escritos no serían nada más que un montón de palabras por ustedes. Agradezco también a la música de Billie Eilish.

Como habrán observado, ya son varios capítulos de éstos viéndose desnudos. Quise plasmar una perspectiva más de intimidad que de sexualidad, pero lo segundo no tarda en llegar... Son Levi y Mikasa después de todo.

No olviden darme sus opiniones. Gracias por tanto.

Se despide

MioSiriban