Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.
-RivaMika-
SemiAU
Linaje Ackerman
7
La tensión pesaba toneladas en aquel momento, hasta para Petra.
El capitán emanaba un aura descomunalmente oscura.
Y Hanji no paraba de hablar y de hablar sobre los beneficios que representaría en la legión el retorno de Mikasa a las filas.
—Te lo dije, Mikasa, Zackly estuvo totalmente de acuerdo al ver tu desempeño—Hablaba con energías desbordantes la castaña—Obtuve su permiso y el de la corona en un santiamén. Pasado mañana podrás reincorporarte y juramentar ante los comandantes.
—¿La corona?—Había preguntado la azabache mirando dudosa a su superior, al tanto también del estado de Levi. Se preguntaba como demonios Hanji tenía la capacidad de pasar olímpicamente de ese hombre, cuando parecía estar apunto de despellejarla. Hasta Petra estaba callada e intimidada en aquel momento.
—Sip. Al principio Historia dudó sobre darme su permiso, pero su prometido se encontraba ahí y dijo que eras una soldado admirable y necesaria para ésta guerra.
Su prometido... Eren...
Tutor y pupila se tensaron el doble.
—Qué bien que regreses, señorita Ackerman—Petra decidió hablar entonces, sosteniendo una taza de té entre sus manos. Todo con el fin de aligerar ese ambiente—Dicen que usted es tan fuerte como el capitán.
—¡Lo es!—Afirmó una orgullosa Hanji—La mejor de mi escuadrón—Miró a la chica y le guiñó un ojo, pero Mikasa posó sus ojos en ella como un fantasma. Su interés estaba puesto en realidad en el sargento, quien se concentraba en su propia taza.
—¿Té, capitán Hanji?—Ofreció gentilmente la subordinada de Levi.
Bebieron té donde castañas hablaban hasta por los codos y azabaches se mantuvieron como estatuas.
—Iré.
—Haz lo que quieras.
Levi la ignoró a Mikasa, haciendo lo posible por concentrarse en el papeleo en su escritorio.
La muchacha, no obstante, se mantuvo de pie a pesar de haber recibido respuesta. Él entonces la miró de reojo, pidiendo las fuerzas por no salir de su frívolo desdén. Estaba furioso, irritado y el hecho de que Mikasa lo confrontara no aliviaba su malestar.
—¿Qué?
—Nada—Contestó cortante la nuevamente soldado. No había rastro de emoción en su voz, como siempre. Ella dio media vuelta y movió sus pasos a la salida de la oficina, no había nada más que discutir ahí.
—Oi, Mikasa.
Ella lo miró por el rabillo del ojo. El azul calcedonia lucía... lucía diferente.
Lucía triste.
—A los nobles no les agradará ésta decisión.
En el idioma de Levi, esa oración era el último banal intento de pedirle que no se uniera a la legión.
—Hmm.
El ronco monosílabo de la azabache le confirmaba que nuevamente, había fallado. Lo había hecho desde antes de decir esas pobres palabras y él lo sabía, porque conocía lo segura y firme que era esa mujer en sus decisiones.
Y la admiraba por eso, pero allí mismo odió que así fuera.
—Casi lo olvido—Su mente trajo a él una premisa olvidada. Que tonto era por haberla dejado pasar—Mañana vendrá Si d'elacour a retratarnos.
Mikasa enarcó una de sus cejas.
—¿Retratarnos? —Levi asintió.
—Es costumbre que cada miembro de las familias nobles sea retratado—Respondió el azabache, con aburrimiento—Me parece algo estúpido, pero no tengo ganas de aguantarme a los preclaros de mierda.
Al final de la tarde del otro día, Levi y Mikasa se hallaban uno junto al otro, la una con un pomposo vestido lila de encajes negros y el otro de impecable traje, con rostros hermosos y pétreos. La menor de los dos sentada en una distinguida silla y el otro de pie, así fue que Si d'elacour, un anciano canoso y virolo, pintó a los azabaches, tardándose más de dos horas en el trabajo. Horas en las que los ojos miel de Petra los miraron afanosos y a Levi más que a Mikasa, para disgusto de ésta última.
La medio asiática miró de reojo a su tutor; fulguraba demasiado apuesto y con un porte incuestionable, pero una idea cruzó su cabeza al contemplarlo.
—¿Por qué yo tengo que estar sentada y tú no? —Siseó entre dientes la muchacha, sin moverse ni un ápice.
—Tch—Masculló él—¿De qué carajo te quejas, Mikasa? —No era ella quien debía estar de pie en una misma posición por dos malnacidas horas, pensaba el capitán.
—Quédense quietos—Pidió entonces el artista, concentrado en su lienzo.
—Ya entiendo—Siguió ella, ignorando la petición, con un tono ocioso—Quieres verte más alto que yo.
—¡No me jodas, mocosa!
—¡Oigan, les dije que no pueden moverse! —Si d'elacour se tentó de mandar todo al demonio.
Pero, la media hora restante, los Ackerman cooperaron. Otra hora le llevó al anciano retratar a cada uno por separado; había gozado de pintarlos, porque habían sido los nobles más serafines que había pintado en un largo tiempo. Le era inconcebible pensar que un hombre tan bajo de estatura y de tan agraciada fisonomía fuera el tan temible hombre más fuerte de la nación, y que una jovencita tan bella y curvilínea fuera una tremenda soldado.
Las pinturas fueron enmarcadas y los cuadros fueron llevados por los trabajadores de la mansión vaya a saber dónde. Mikasa tuvo la intención de preguntar, pero su tutor ya se había ido antes de poder hacerlo. Como cosa rara, Petra también lo había hecho.
Al día siguiente, el heredero asistió a una de las reuniones entre cabecillas de la nobleza. Era algo irritante, pero estaba (lamentablemente) preparado para lidiar con esas reuniones donde destinaban los fondos de la nación y se discutía sobre politiquería. Su presencia era infalible allí. Su linaje tenía demasiado poder dentro de los muros.
Le parecía irónico que, dentro del machismo insertado por los mismos nobles, quienes siempre mantenían en alto la idea de que "una mujer no puede tomar decisiones", al final de cuentas quien tenía la última voz era Historia Reiss.
Ellos podían criticarla, evaluarla, desestimarla cuantas veces se les cantara, pero a fin de cuentas eran regidos por ella. Y a Levi... A él le daba muy igual.
De igual forma, la nobleza no le tenía verdadero aprecio. Siempre lo verían como la rata "Ackerman" del subterráneo.
Y ahí estaba, sentado con esos cerdos hipócritas como solía llamarlos, en la mesa, oyendo como cuestionaban la decisión de la reina al destinar cantidades enormes de dinero a los menos afortunados en el país, mientras al mismo tiempo trataban de persuadirla para que hiciera lo que ellos querían. Pero la rubia no era tan tonta.
Y al parecer, su prometido tampoco lo era...
Eren Jaeger permanecía de pie junto al trono de la rubia, participando en la discusión llevada a cabo y defendiendo la posición de Historia con argumentos bien elaborados y afianzados. Pronto, sería el rey de esa tierra. Lo lógico era que se fueran haciendo la idea.
—Señor... ¿Jaeger, no?—Comentó un Lord, flacucho y bigotudo, mirando con desprecio al muchacho—Comprendemos perfectamente las necesidades del pueblo eldiano, pero no puede decirnos que dobleguemos nuestras finanzas a éste nivel. Bastantes ayudas hemos dado ya a las masas y debo agregar... Que no pasamos por alto el favoritismo de su majestad y Sir Ackerman en cuanto a los aportes otorgados a la legión de reconocimiento.
Lo habían involucrado ya en el tema. Levi clavó sus frívolos ojos en el hombre, el cual buscaba colocarse en una posición superior a la del más bajo.
—Los aportes a la legión de reconocimiento, le recuerdo Lord Deesiere, son con el fin de acabar con ésta guerra.
El hombre hizo una mueca disgustado.
—¿Y han realizado algún avance acaso? ¿Han siquiera allanado las bases de los marleyanos, Sir Ackerman?—El hombre y el capitán estuvieron cara a cara, mirándose con mutua displicencia, escupiéndose las palabras—Yo creo que lo único que ha hecho Erwin Smith es malgastar los fondos y perder las vidas de los soldados en vano.
Levi apretó los dientes rabioso.
Y con los estribos casi perdidos, tomó al hombre de las solapas de sus ropas, obligando que se encorvara a su altura.
—Si no sabes como funcionan las cosas en el ejército, cierra la maldita boca.
Levi lo soltó de mala gana y volvió a su lugar, acomodándose su típico cravat.
Todos los nobles quedaron neurasténicos, temerosos y aturdidos con la reacción del azabache. Los mismos miembros de la policía interior presentes en el salón, no movieron un solo dedo.
—Volviendo a nuestra conversación...
Establecieron los destinos de los fondos en ese mes, las problemáticas internas y las externas, los planteamientos sobre la guerra y las consideraciones tácticas que manejaba la legión de reconocimiento en conjunto con las fuerzas estacionarias.
Todo había sido aclarado, cuando los asuntos personales vinieron a ser discutidos. Uno de los nobles anunció el nacimiento de su nieto, otro avisó de su cuarto divorcio. Sacaron a colación la presentación en sociedad de Mikasa y elogiaron a Levi por haber pulido los modales de su hermosa prima.
—A todas éstas, Sir Ackerman, ¿Ya ha pensado en los candidatos para desposar a Lady Ackerman?
Sus ojos se abrieron ligeramente y él mismo se crispó al oír aquello.
—Es verdad. Mi hijo ha mostrado interés en esa bella mujer.
—Mi sobrino aspira a conocerla mejor.
—Yo mismo espero ser tomado en cuenta por la familia Ackerman para hacerla mi esposa.
Levi bufó al pensarlo. Familia. Solo eran ellos dos y ni siquiera compartían lazos sanguíneos.
—Usted mismo, Sir Ackerman, debería ir pensando en una esposa—Comentó otro noble con sonrisa socarrona—Nuestra querida reina ya se nos casa y de usted aún no recibimos la grata noticia.
Petra y Mikasa regresaban cada una subida en un caballo a la mansión. La más baja le había pedido a la heredera que la acompañara a llevar flores a la tumba de Gunther, donde se habían encontrado con Erd. La muchacha no desistía en querer acercarse a la otra y eso a la Ackerman la traía enferma.
—Le gustaban las petunias—Recordaba melancólicamente la castaña—Gunther decía que le recordaban a su madre.
Mikasa no dijo nada.
—¡Oh, Mikasa! ¿Te importaría mandar a preparar el té?
¿Desde cuando la trataba por su nombre, sin nada de formalismos? Ni lo sabía... pero Mikasa no dijo nada.
—Te lo juro tú y el capitán son afortunados por haber heredado éste maravilloso lugar. Me alegra mucho que él conserve al menos un miembro de su familia.
Mikasa... no dijo nada.
Ella caminó por los pasillos de la mansión y reparó en la sala principal donde, tiempo atrás, el azabache le enseñaba a ser una dama. Los recuerdos tenían un tinte que le gustaba, incluso una pequeña sonrisa dibujaba sus labios al recordar sus inicios en la mansión.
—Es bueno que haya optado por una mujer al fin—La azabache distinguió las voces de las sirvientas cerca—Y concuerda con su altura.
—Yo espero que pronto anuncien su compromiso.
—Ya me imagino a sus pequeños corriendo por la mansión ¡Sin dudas, serán unos bebés hermosos!
—Cuando menos lo imaginen ¡La señorita Petra tendrá el anillo familiar en su dedo, chicas!—Chilló una de las mujeres—Siempre toman el té juntos en la oficina de Sir Ackerman y es tan dedicada a él...
El corazón de la guerrera se contrajo.
Las mujeres pasaron de largo y ella se quedó paralizada, hasta que una suave voz tintineó dentro de la sala.
—¡Mikasa, aquí estás!—La subordinada de Levi entró seguida de una sirvienta, a la cual le indicó dejar la bandeja que la mujer llevaba en la mesita ubicada en medio de los sofás carmín.—Perfecto, tomaremos el té aquí—Mikasa observó todo con desdén; días antes, Ral actuaba con más timidez y no dejaba que las sirvientas hicieran las cosas por ella, ahora aceptaba gustosa las atenciones y se paseaba por todos los rincones de la mansión como si fuera su propia casa.
Era como si ya tuviera en mente que allí residiría.
—Ven, vamos, siéntate.
La muchacha insistía en beber con ella el té en las tardes, así que Mikasa comenzaba a acostumbrarse. Y una mueca brotaba de ella al pensar en eso.
—¿Dos terroncitos de azúcar?
—Uno.
Mezcló el dulce en la infusión, sin mirar a Ral, rememorando las palabras de las sirvientas anteriormente dichas.
Mikasa miró el contenido de su taza. La castaña procuraba que el té fuera negro casi siempre.
—A mí me gusta más dulce.
Nuevamente, Mikasa no dijo nada.
—El capitán siempre hacía té para nosotros después de cada misión.
Otra vez la mujer parloteaba. Mikasa no dijo nada.
Un pensamiento efímero cruzó su cabeza: el té de Levi sabía mejor.
—Según él yo era la única que sabía apreciarlo.
También pensó que sabía mucho mejor si él lo bebía con ella. Y Mikasa... No dijo nada.
—Pero, creo que con él sabe mucho mejor.
—Petra—La encaró, ya sin contenerse—Ya basta.
Los ojos miel de la menuda castaña, parpadearon sin comprender, atónitos ante la sólida frialdad de Mikasa. Lo cierto es que el leve fruncimiento en sus cejas y la sandez en su mirada de plata delataban su creciente molestia. Y antes de que Petra pudiera siquiera tomar aire para hablar, Mikasa se le adelantó.
—No sé de que vas, pero detente—Dijo, con un deje de cansancio—No quiero ser tu amiga. Tampoco actúes como sí lo fuéramos... Ya no quiero oír ni una sola palabra de ti.
—Pe... Pero...
—Las cosas estaban mejor antes de que tú llegaras.
Sin vaticinar más, la azabache se puso de pie y abandonó la estancia, dejando a una perpleja Petra Ral y rememorando en comparaciones simultáneas su relación con el capitán antes y después de que aquella molesta mujer llegara. Desde que su presencia se paseaba por la mansión, los paseos, los entrenamientos, las visitas a sus habitaciones se habían reducido. En cambio, veía al azabache beber el té en su oficina acompañado de Petra, caminar por los alrededores, teniéndola a su disposición a todas horas... Y no comprendía ese malestar que se asentaba en su estómago al pensar en cada una de esas indeseadas situaciones.
Y le ardía más, de imaginar a Levi y a Petra de la misma manera que a ella y a él: desnudos en cuerpo y alma, repartiéndose caricias de piel a piel.
¿Por qué le afligía tanto? ¿Por qué se le encogía el corazón de solo pensarlo?
¿Cómo era posible que ella, la Mikasa fuerte e invencible soldado, la roca sentimental fuera capaz de sentirse tan descolocada por un hombre…?
Vino a su mente, como una mala jugada para sí misma, el rostro preadolescente de Eren Jaeger y el del actual… Ese hombre que pronto sería rey de Erdia.
Se odió a sí misma, porque su fortaleza se desmoronaría con un solo soplido. Porque, no era la mujer independiente que aparentaba ser, ni la indestructible guerrera; era solo eso, una mujer joven y emocional, cuyos sentimientos habían aflorado y desaparecido al antojo de los hombres. Primero por la voluntad de Eren Jaeger y ahora por la de Levi Ackerman.
Mikasa caminó perdida.
Tan perdida como estaba; su mente no hallaba la realidad.
Sus pasos eran fantasmales, sin propósito alguno, sin destino claro. Solo caminaba porque sí no terminaría de derrumbarse. Terminaría de perderse.
Y entonces se detuvo, sin conocimiento previo de donde se encontraba. Frunció el ceño livianamente; había recorrido la mansión de palo a palo, pero no recordaba las puertas ni el pasillo en que caminaba. La curiosidad surgió en ella, a su parecer, ese sitio parecía escondido.
Empujó una de las grandes puertas que había en el lúgubre pasillo, el que ni siquiera recordaba mínimamente como diablos lo encontró. La sorpresa fue inevitable y sus ojos, casi podrían haberse desbocado de sus cuencas y si tan solo ella no fuera Mikasa, habría quedado boquiabierta.
Una gran habitación de altas paredes, de arcaico aspecto, resguardaba un sinfín de objetos de oro y plata: collares, copas, estatuas, candelabros, plumillas… Ni siquiera era posible distinguir todo, inclusive, vio pilas de joyas, perlas, zafiros, rubíes…
—¿Qué… es éste lugar?
La azabache caminó entre los estantes en los que se organizaba perfectamente cada objeto respectivo con sus semejantes. Eran filas y filas de tesoros y preciosas joyas, hasta que halló más allá. Sus orbes grisáceos dieron con un armamento nunca visto; espadas, dagas, cuchillas, navajas, katanas, shuriken, sables, uchigatanas, toda una inconmensurable cantidad de armamento que superaba con creces los simples objetos con los que dio en un principio. Muchos de éstos, también eran de oro y plata.
Atraída por una de esas tantas armas letales, Mikasa tomó el mango de una katana larga de oro puro, con unas letras grabadas en un idioma no entendible para ella. No era de Erdia, ni de la tierra de donde provenía su madre. Quedó embelesada con el arma, por un motivo inexplicable, a sus ojos ignorantes en su contemplación de lo que con ella podía hacer, era una katana hermosísima.
No la soltó cuando se fijó en las paredes. ¿Cómo no las había visto desde un principio? ¿Cómo no lo había notado? ¿Tan embobada la había dejado el oro?
La azabache visualizó muchos cuadros, todos distanciados entre sí por una distancia específica, donde figuraban pintados diferentes personas con sus nombres grabados en el marco en una inmaculada letra. Leyó muchísimos nombres, todos seguidos por el mismo apellido al final: "Ackerman".
Mikasa leyó cada uno, vociferando cada nombre en voz alta.
—John… Helena… Leight… Connor… Serena… William… Stephano… Rashel... Grethell…
Y el listado continuaba, a lo largo de la habitación, hasta que la heredera llegó a nombres ya conocidos.
—Kenny… Kuchel… Alphonse…
Sus ojos de plata, en aquel momento, se abrieron como par de monedas.
—Levi… Mikasa…
Los retratos que Si d'elacour había pintado de ellos estaban ahí, junto al otro montón de los que sin lugar a dudas eran sus antepasados.
Su atención regresó a la pintura prolija de un joven Alphonse Ackerman ¿Cuándo habían retratado a su padre, bien peinado y de traje? Su creencia de que su padre jamás había puesto un pie en esa mansión fue desechada de inmediato, porque si, ahí en el fondo reconocía las paredes próximas a la sala principal y el final de la escalera central.
También regresó su atención a las otras dos pinturas conjuntas a las de su progenitor: Kenny y Kuchel, eran dos jóvenes adolescentes cuyos rasgos faciales y ojos azulados eran muy similares a los de su pariente más cercano… Y progresivamente, de modo inevitable, paseó del cuadro de Levi al de Kuchel y Kenny continúas veces.
Pero su observación se vio consternada; dio un respingo cuando oyó unos pasos a solo pocos metros de ella y, por instinto, empuñó la katana que sostenía en su mano izquierda en dirección al intruso.
¿No era ella la intrusa?
—Perteneció a Serena Ackerman hace más de quinientos años atrás. —Respondió un monocorde azabache, de mirada gélida—La heredó de Hellshcythe.
—¿Por qué yo no sabía de éste lugar? —Mikasa relució la irritación de saberse, en lo que ella consideraba, engañada.
Creía conocer al hombre frente a ella, creía haber sido merecedora de su confianza, pero ahora se daba cuenta que también en ello vivía en el error. Conocía de Levi tanto como del país enemigo de Eldia. Y aunque permanecía en la estuosidad, por dentro estaba dolida. Aquello le concernía tanto como a él, también su rostro estaba alzado en las paredes de esa habitación… Tenía todo su derecho de saberlo.
—No es un lugar agradable—Comentó fugazmente el capitán y Mikasa distinguió la tristeza teñir sus orbes calcedonias cuando, casi imperceptiblemente, los posó en el cuadro que estaba tras ella: el de Kuchel Ackerman.
—Pensé que tu madre no conoció la mansión.
—No lo hizo—Objetó cortante él—Ese cuadro fue pintado en una fachada del subterráneo. —Entonces, el heredero miró a otro de los cuadros ahí puestos, furibundo—Ese maldito la mandó a pintar, pero igual la dejó viviendo en la miseria mientras gozaba de éste montón de basura.
Mikasa avistó a un hombre barbudo, de hebras azabaches y ojos del mismo color ocre, de gesto cansino que rezaba el nombre de "Zabrah Ackerman".
—Por su cara no parece haber disfrutado mucho estar aquí—Atinó a decir sinceramente ella, regresando al capitán, que no dejaba el surgido rencor de lado. Un silencio importunado vino a ellos y Mikasa, volviendo a ver al hombre rubio de la pared, dijo lo primero que se le ocurrió—Ese es mi padre.
Levi vio con indiferencia aquél cuadro.
—La mayoría de los Ackerman son pelinegros. —Y se fijó en Mikasa con una cara que decía "¿De dónde saliste tú?"
—Soy más parecida a mamá—Contestó ella, acercándose a él, con los dedos de la mano vacía deambulando en el aire—Ella tenía el cabello negro.
—Ya veo—Y Levi, imitando la acción, encontró los dedos delgados de Mikasa que atraparon los suyos—Ella debería tener un cuadro también—Titubeó antes de continuar—Aquí entrenaban los Ackerman en el pasado.
Mikasa volteó hacia el telón que recubría el suelo, que era un espacio totalmente despejado.
—¿Ahí?
Él asintió, caminando hacia el señalado telón sin soltar la mano de su pupila.
—Los de nuestro linaje han sido guerreros por generaciones—Comentó el azabache, pisando aquel viejo cobertor verdoso.
Ya cerca, Mikasa notó un patrón de manchas marrones a lo largo del telón. Y estaba segura de que su tutor también las estaba viendo, por el gesto de irritación que mostraba su cara.
La habitación estaba libre de polvo y telarañas, todo estaba perfectamente ordenado. Incluso la madera del suelo estaba pulida y todo en un orden excesivo. Era más que evidente que él se encargaba de mantener la limpieza de ese sitio, ninguna sirvienta tendría todo tan limpio.
Y sin embargo, con todas sus dotes en la limpieza, no había podido borrar las manchas de aquel telón, que Mikasa imaginó antes fueron más bien rojizas.
Sabiendo para que estaba destinado ese lugar, ante la extrañada mirada del capitán se deshizo de su calzado y con los pies desnudos, pisó el telón.
—¿Qué haces? —Cuestionó él, mirándola con cierto asco.
—Quiero entrenar aquí—Contestó ella, encogiéndose de hombros con simpleza y señaló a los cuadros de las paredes—Al igual que ellos alguna vez lo hicieron—Y, sin contemplaciones, pisó una de las repulsivas manchas—Sobre su sangre ¿no es esa una manera de honrarlos?
Levi la miró como si de un bicho raro se tratase, con la boca y el ceño fruncidos, pero de improviso la azabache lo haló hacia él sosteniendo sus fornidas muñecas.
—¡Oi, Mikasa! —Gritó eufórico el nombre de la chica, pero ya era tarde; había caído, con ella, de bruces en esas asquerosas manchas que tanto detestaba. Estaba desencajado, furibundo, la rabia y el pavor corriendo por sus venas. —¡Maldita seas, mocosa del demonio!
Y no obstante, no todo paró allí. Un bonito sonido llegó a sus agudos auditivos, un murmullo suave que jamás había escuchado; era la risa, la carcajada sutil y delicada que profería Mikasa al verlo de esa forma inusual. Y entonces miró el rostro de la azabache, encontrando ya no desdén y nula expresividad, sí no el semblante de una hermosa joven que reía.
Y aunque sabía que Mikasa era hermosa, allí mismo la vio más hermosa que nunca. Se percató de las leves líneas que surcaban al borde de sus ojos al reír, de lo largas que eran sus pestañas pareciendo abanicos, de lo lindos y naturales que eran cada uno de sus dientes y los pequeños hoyuelos que nacían en sus níveas mejillas.
Sintió su corazón latir y la sangre fluir por su propio rostro. Sintió nauseas, o así nombró a ese raro revoleo dentro de su estómago, como el nerviosismo de la adrenalina. Y maldición, que su corazón martillaba con tanta fuerza que juraba se le saldría del jodido pecho. Hasta respirar resultó una hazaña exhaustiva.
No le gustaba sentirse así ¿Qué le pasaba? ¿Por qué de repente se sentía tan malditamente vulnerable?
—¿Levi? —Oh no. Y ella se había dado cuenta—¿Estás bien?
Mikasa le vio imprecisa; estaba sonrojado, como si tuviera calor y su mirada lucía desorientada en el sitio. La miró como si no la hubiera entendido, con los ojos abiertos de par en par, cosa que comenzaba a preocuparla.
Pero, lejos de recibir una respuesta verbal, en un milisegundo un puño del capitán vino directo a su cara. La hubiera impactado con muchísima fuerza de no ser por sus rápidos reflejos, no había terminado de esquivarlo cuando la atacó con una patada que ella detuvo entornando una palma en el tobillo del hombre. Mikasa lo lanzó hacia atrás, yendo hacia él con la derecha en un puño.
Y ahí estaba otra vez: esa paulatina sonrisa de emoción, ese brillo desafiante, esas ganas de sentirse más vivos que nunca.
Él necesitaba aquello, porque ella no podía seguirle haciendo lo que le hacía. Había despertado sentimientos enterrados, lo había desestabilizado en toda su entereza. Estaba arruinado y debía desahogarse.
Ella no estaba mucho mejor. Porque, aceptaba con toda la rabia de saberse asequible, que le pertenecía a ese hombre. Que la estaba volviendo loca y que en el fondo, adoraba sentirse así. Ya no era la misma. Ya no había vuelta atrás.
Y ambos sabían que esa sería la última vez.
Patadas, giros, puñetazos. Joder, que se estaban destrozando. Los nudillos de Mikasa golpearon un costado de la cara de su tutor, un empujón la aturdió en el suelo, desde el cual un brillo dorado llamó su atención: era la katana que sostenía antes, que había dejado a una orilla del telón. El tiempo se le escapaba de las manos. Levi venía hacia ella velozmente y, cuando la fue atajar, el corte limpio del arma nipona rasgó su piel.
El hilo de sangre que se extendió desde un costado hasta el vientre del azabache manchó el telón.
Mikasa vio cada gota caer. Una, dos, tres, cuatro, hasta cinco gotas carmesí.
—Mierda—Mermó de su boca, anonadada—Levi, no quería…
Fue incapaz de continuar, porque tuvo que defenderse de la daga que empuñaba su tutor. La detuvo con la misma katana, pero ambas cuchillas vibraron en sincronía por la fuerza de los oponentes. Levi se movió rápido y, en un abrir y cerrar de ojos, perfiló la piel de los brazos de su pupila. Ahora, era la sangre de ella la que manchaba el telón.
Mikasa se movió en un giro violento, pero a duras penas logró agredir una pierna de él. Levi la inmovilizó con una llave que los mandó a ambos contra el telón, lanzando lejos daga y katana.
Ella quedó boca abajo, con él arriba. Le sostenía ambas muñecas contra el telón y mantenía firme la cadera de la azabache con sus muslos. Mikasa se removió impulsivamente, pero la fuerza de Levi la superaba. Entonces se rindió y dejó de insistir.
Las respiraciones estaban descontroladas; eran lo único audible en la habitación. Por sus cuerpos se deslizaban el sudor y la sangre. Aunque fuesen superficiales, los cortes les ardían.
Levi miró la piel entre rojo y blanco de la espalda de Mikasa. Allí también habían heridas, que esperaba no dejaran cicatrices en tan impoluta piel y lo invadió la culpa de saberse el causante de esos cortes. Así, fascinado por la marcada espalda de esa joven azabache, corrió un dedo índice por esa dermis de soldado y de mujer, buscando sanar con el tacto.
Sin embargo solo logró sobresaltar a Mikasa, quien dio un respingo debajo de él. Poco a poco, se fue familiarizando con ese dígito, hasta que el roce le resultó satisfactorio, hasta que un calor se instaló en su anatomía. De repente percibió ya no dedos, si no labios, arrastrándose a voluntad por su espalda.
Sintió un cosquilleo recorrerla completa, hasta que todas esas corrientes terminaron en un mismo punto; su vientre sintió el conjunto de calor, las sensaciones de los fogosos besos, que aumentaron esa reacción al recorrerle hasta llegar a su cuello de nieve. Entonces ya no eran solo labios, si no también dientes y de ella procedieron gemidos.
Gemidos que aumentaron y mutaron en jadeos, en piel desnuda. Levi arrancó el pobre vestido que censuraba el cuerpo esbelto que ya se conocía, pero que siempre quería explorar. No le importó el lugar, no le importó el telón, solo quería verla y tenerla una vez más.
Y Mikasa no se negaría. Nunca lo haría.
Por eso, ambos se sumieron en la droga mutua del deseo carnal.
Por eso a él ya no le importó la sangre de sus antepasados y la de ellos mismos debajo de sus cuerpos, porque solo le interesó la sangre que manchaba la perfecta fisonomía de Mikasa. Sin previo aviso, su lengua busco los hilos de sangre acuosa, sintiendo el sabor ferroso en la boca y sonsacando más quejidos de esa mujer. Se fue por los hombros, las mejillas, hasta lamer las clavículas y llegar al valle de los preciosos senos. Ya no le interesaba limpiar la sangre, no, quería degustar piel, quería invadir a esa mujer, quería marcarla.
Las manos masculinas tomaron la ternura de los senos, masajeando una y otra vez, jugueteando con las aureolas rosadas que se avivaban con el roce.
—Levi…
Escuchar a Mikasa jadear su nombre era exquisito.
Él tanteo el abdomen femenino y ella, motivada por ese deseo, buscó desnudarlo también. Lanzó a vaya saber donde la camisa y los pantalones y, en un acto de desesperación y venganza, hizo pedazos con sus manos la ropa interior de él.
Era la misma bruma la que nublaba sus ojos. Los dos querían pertenecerse por igual, los dos querían probar, degustar, invadir, tomar, jactarse del otro.
Mikasa, embelesada por la endurecida viralidad, la tomó entre sus manos y ante la expectante mirada de Levi, lamió de arriba a abajo el necesitado sexo.
Lo hizo hasta tenerlo totalmente hinchado, hasta que el capitán gruñía y temblaba entre sus manos; develó el glande y lo chupó continuas veces, hizo lo mismo con el falo marcado de venas y con los testículos, paseando los dedos entre los vellos del hombre.
—¡Ahg mierda! ¡Joder, Mikasa! —La retiró de su erección antes de acabar.
También quería darle sus atenciones. También quería, por primera vez, sumergirse en la intimidad de su pupila.
Así que deslizó los dedos por el vientre, erizando la jovial epidermis, hasta ir más allá de su valle de venus y al hacerla estremecer, supo que halló el punto correcto. Masajeó ese sensible capullo de la intimidad de Mikasa, hasta que ésta se sacudió delirante y en un ritmo que cansaba la mano del azabache, finalmente Mikasa estiró y recogió los dedos de sus pies, se aferró a la carne de los muslos del capitán y, con una expresión de mero placer, lo exclamó.
—¡Aaahh, Levii!
Había alcanzado su primer orgasmo. Quedó deshecha, pero él no dejaría aquello hasta ahí.
Tanteando la entrada de la azabache, la halló toda mojada, haciendo que ya le doliera el pene. No podía soportarlo más. Miró a Mikasa buscando su permiso y con un parpadeo lento de los orbes grises, se abrió paso entre los pliegues de la azabache.
Retiró la mano con la que había acomodado su virilidad en el sexo de Mikasa, encontrando sus dedos manchados de sangre fresca. Preocupado, buscó ver de nuevo la cara de su pupila. La expresión de dolor estaba allí. No quería lastimarla, joder que no.
Tuvo la intención de salir de ella, mordiéndose los labios hasta sacarse sangre de ellos, pero Mikasa lo detuvo. Lo miró, quería seguir.
Le preguntó si estaba segura a través de la mirada y ella asintió apretándole la mano. No había marcha atrás.
Así, poco a poco, comenzó a mover la cadera contra el cuerpo de la azabache. Separó bien los muslos femeninos y le embistió hondo, una y otra vez, entrando y saliendo de ella, sintiendo como su interior lo recibía y aprensaba su erección en un vaivén divino. Repudiaba el sudor, pero pasaría la vida con esas gotas brotando de la piel de Mikasa a la suya.
Las bocas se buscaron, los gemidos eran muy altos, el choque de sus cuerpos sonaba como si fueran aplausos.
—Más… Más… Más fuerte, Levi.
Jamás le habían pedido algo tan bueno.
Y sin aguantarlo, finalmente sintió como salía de él en una descarga que hizo estremecer toda su entereza el líquido blanquecino, llenando a Mikasa. La sensación de un líquido cálido dentro de ella era indescriptible, era placentera. Un par de embestidas más y Mikasa se deshizo nuevamente en brazos de Levi.
Cayeron en el telón, amarrados por medio de los brazos el uno al otro. Hebras de cabello se adjuntaban a sus frentes y costados, humedecidas. Levi no quería soltarla y Mikasa quería permanecer ahí toda la vida.
Besó los párpados del hombre con el que había hecho el amor y él acarició la silueta de su mujer azabache. Hasta que el sueño los domó por completo.
Petra ayudaba a Auruo a levantarse de la camilla, en compañía del médico que había pagado Levi. La condición física del hombre había mejorado muchísimo. La de ojos miel lo acompañaba a dar recorridos por los terrenos cubiertos de nieve de su capitán, siempre regañándolo cuando imitaba a éste.
—Hey Auruo—Le llamaba ella, con las manos en jarras—Ya hemos discutido ésto. Deja de querer actuar como el capitán.
—Tch—Chasqueó pobremente el subordinado del mencionado—Petra, no sé de que hablas. No puedes negar que te sientes atraída hacia mí cuando hablo de ésta forma natu ¡AHG!—La castaña enrojeció completamente a la vez que Auruo terminaba su monólogo por haberse mordido la lengua.
Se llevó las manos a las mejillas tratando de desaparecer el color de ellas, moviéndose de lado a lado, hasta que a lo lejos dio con una persona que camiba hacia el establo en silencio. Tuvo la intención de acercarse, pero recordó que eso era lo que la azabache menos quería.
—¿Eda e Lady Ackerman?—Auruo también se había percatado de la presencia de Mikasa.
—Si—Contestó su compañera, con un tono de pesadumbre. Mikasa usaba un grueso abrigo y con el viento helado, su falda revoleataba dejando ver las mallas oscuras que llevaba. Su largo cabello iba suelto, resaltando su atractivo.
—Es una belleza—Mencionó un embobado Auruo, incomodando a Petra.
—Hmp... ¡Eh, Auruo, no puedes tomar mucho frío!
Arrastró adentro al magullado soldado como pretexto para no seguir contemplando a la prima de su capitán. Aún le dolía recordar todo lo que le había dicho en su último encuentro. Había considerado irse nuevamente, pero no era Levi quien se lo había dicho y Auruo aún la necesitaba.
Se sentía derrotada por los Ackerman. Levi no daba indicios de mostrar interés en ella, ni siquiera en darle respuesta a su carta y Mikasa le dejó bastante claro que no la quería cerca.
No era capaz de aguantar tanto rechazo.
Bebió ese té que tanto le gustaba al azabache charlando con Auruo en su recámara, hasta que éste se quedó dormido. Solo entonces salió al pasillo, cuando voces conocidas llamaron su atención.
—Te vas a resfriar sí sigues saliendo con esa nevada.
—Estoy bien.
—¿A dónde vas? Mocosa de mierda, te estoy hablando.
Se asomó al recibidor. Allá abajo, Levi y Mikasa discutían como varias veces les había visto hacerlo. Se sintió enternecida por lo obviamente preocupado que se mostraba el capitán con la azabache, era esa clase de hombre que pensaba en todos. Prefería verlos a escondidas; los dos no se hablaban mucho cuando habían personas alrededor, si no era para lo estrictamente necesario.
Y entonces vio de más. Se quedó perpleja. También le faltó el aire, el alma, la vida, todo.
De una manera posesiva, su capitán había tomado a su prima de la cintura hacia él, depositando un beso fogoso en los labios de ésta.
—No... No... Es... Posible...
Tenía que irse de allí, pero las piernas no le respondían. Había quedado pasmada.
Las lágrimas salieron en un pispás y un dolor agonizante abrumó todo su pecho. Quería gritar. Quería morir.
Me moría por actualizar. No lo sé, díganme loca por éste capítulo o lo que sea. Como siempre, sus opiniones son muy importantes para mí.
Ya estamos tocando la recta final de Linaje -cry- y pensar que ésta historia tan intensa se me ocurrió esperando por mis documentos una mañana en el registro c:
Mis mejores deseos para ustedes, lectores, infinitas gracias por seguir éste fic. El final ya casi está escrito.
Se despide
MioSiriban.
