Shingeki No Kyojin no me pertenece. Mis respetos a su respectivo creador.

-RivaMika-

SemiAU


Linaje Ackerman


8

—Él no quiere que te vayas.

Mikasa terminaba de atarse las cintas de las medias cuando las puertas de su habitación se abrieron. No se preocupó porque daba por hecho que sería Levi apresurándola para la cena que tenían prevista esa noche con la nobleza, solo él podía entrar a su antojo ahí, pero la sorpresa fue enorme cuando oyó la voz de Petra.

—¿Perdón?

¿Con qué derecho Ral irrumpía su privacidad? Se abstuvo de encararla cuando dio con la pequeña mujer. Estaba ojerosa, despeinada, con la mirada vacía de cualquier atisbo de brillo.

—Levi—Lo había llamado por su nombre y no "capitán"—Él te ama.

Esas simples palabras hicieron mello en la azabache. Sus labios temblaron al oír tal afirmación.

—Petra, él no...

—Te ama a ti y no a mí—Llorosa dijo para sí misma la subordinada—Soy una completa tonta por no haberme dado cuenta antes... Tú...

Y la miró directo a los ojos, causando un verdadero temor en Mikasa. La castaña frente a ella lucía espectral, miserable, rota... Ida. Petra le dolió como nunca, porque le recordó a ella misma cuando Eren desapareció de su vida por años. Era un cúmulo de tristeza, frustración y contenida ira. El último sentir lo vio ondular en sus pozos de miel apunto de desbordarse contra ella.

—Están mal—Dijo Petra con la voz quebrada—Están enfermos, es... es tan repulsivo que ustedes dos...

—Petra—Mikasa hizo amague de acercarse a la subordinada de Levi, pero la mujer retrocedió horrorizada, mirándola con repulsión absoluta—Cálmate.

—¡No pienso calmarme, Mikasa! ¡Tú y Levi se volvieron locos! ¡Eso es incesto!

La bofetada que la azabache le dio a la contraria resonó en seco. En definitiva tuvo que haber dolido, pero había servido para hacer reaccionar a Ral. La mujer agachó la cabeza, derrotada y se alejó de Mikasa yendo hacia la puerta que daba al pasillo, viéndole con gesto dolido.

No dijo una palabra a Levi. Ni siquiera se dirigió a él en el carruaje; respondió vagamente a la mano de él cuando buscó la suya. Seguía inmersa en la conversación con la soldado de hace minutos.

Están enfermos.

Soltó una risa sin gracia. Quizá el adjetivo era más acertado de lo que quisiera reconocer.

Es incesto.

No había pensado en ello. Increíble, en verdad lo había dejado pasar. Siempre había pensado que era Eren, ese por el que su amor trascendió más allá al de un hermano adoptivo, su única familia. Y cuando llegó a esa mansión, cuando le presentaron a ese hombre, fue que en verdad conoció al único lazo sanguíneo que le quedaba. Al único que ahora quería. Al único al que amaba.

Al parecer tenía una afición por fijarse en sus familiares.

—Mocosa—Le llamó extrayéndola a la dolorosa realidad—¿Qué tienes?—Ella forzó una tenue sonrisa.

—No es nada—Respondió, alejando su mano de la de él.

La cena transcurrió con normalidad. Una cena de alta clase, con comentarios carentes de relevancia o de verdad. Hombres y mujeres que los devoraban con la mirada; personas envidiosas del poder y belleza que poseían. Nada del otro mundo.

Un hombre molesto, que era así como lo catalogaba Mikasa, no se le despegó en toda la noche. Apenas la dejaba ir al baño sola y ciertamente, ya era insoportable no solo para ella si no también para Levi. Él sabía las intenciones del bastardo desde el primer momento.

Por eso su ceño solo se marcó más cuando el tipo llamó la atención de los presentes y sin permiso, tomó la mano de la azabache.

Levi se contuvo para no lanzarse encima de ese miserable.

—Damas y caballeros, con el debido respeto quiero dirigirme a ustedes en compañía de esta bella mujer—Y miró a Mikasa de una forma que asqueó a ambos Ackerman—Para pedir su mano—Los dos azabaches quedaron de piedra—Sir Ackerman, espero que me de su bendición y aceptación.

—Sir Schmidt—Todos miraban al heredero en espera de su respuesta; cientos de ojos puestos en él—Créame cuando le digo que nadie es merecedor de desposar a... mi prima—Titubeó antes de proseguir con monótono desdén—Por lo que me complace decirle que puede meterse su puta bendición en el culo. Buenas noches.

Y sin más que añadir, alejó a Mikasa del tipo tomándola de la muñeca, llevándosela consigo con destino al carruaje que en la helada noche los esperaba. El invierno comenzaba a llegar a su fin.

—Creí que los modales iban siempre primero—Comentó una divertida Mikasa, observando a su tutor de reojo. Levi permanecía inmutable, pero por dentro estaba complacido de lo que había hecho.

—A veces es necesario dejarlos a un lado.

A pesar de lo ocurrido, de haber compartido esa noche, Mikasa se mantuvo ausente de la cotidianidad del azabache los días posteriores al evento que le daría de que hablar a los nobles por semanas y meses. Esperó a la medianoche para desearle un feliz cumpleaños, a entregarse desnuda a él y luego desaparecer en la madrugada. Ni siquiera la sintió apasionada o cómoda con el acto, si no todo lo contrario.

Levi pasó el resto de su cumpleaños haciendo papeleo en su oficina, hasta que al pasar la tarde decidió ir a terminar el trabajo en la base. Ni Petra paseó por su oficina a beber el té, la mujer solo iba de su habitación a la de Auruo y viceversa. Apenas le deseó un fugaz feliz cumpleaños.

Erwin y Hanji se pasarón a felicitarlo, pero el último comentario de la castaña no le dio muy buenos ánimos.

—Convocaré a Mikasa a salir en el próximo batallón a terreno de guerra—Había dicho Hanji, ignorando la mar de heridos que ingresaban a la base, algunos sin sus extremidades y otros con hemorragias que Levi no paraba de ver—Espero que no esté oxidada ¡En fin! Que disfrutes tu cumpleaños, enano.

Al volver, solo tenía deseos de verse con la azabache. De intentar hacerla razonar una vez más y por sobretodo saber porque tenía esa actitud. Hanji le había dicho una vez que cuando las mujeres actuaban raro quizás se debía a su período menstrual... Seguro se trataría de eso.

—Oi, mocosa.

Cuando allanó la habitación Mikasa estaba sentada en el suelo, frente a un espejo de cuerpo completo. A su alrededor mechones y mechones negruzcos y en su mano derecha una tijera. Ella ni siquiera volteó a verle.

Al aproximarse más a ella, se dio cuenta que los cortes no eran muy prolijos que se dijera. Así que sin pedirle permiso alguno, le arrebató las tijeras y él mismo se dispuso a cortar el cabello.

—¿Sabes cortarlo?—El capitán afirmó a la duda.

—He ido aprendiendo. Yo mismo suelo cortar el mío.

—Lo quiero muy corto—Fue lo que ella añadió

Su corte seguía el patrón correcto, así Mikasa no quedaría trasquilada. Con cierto dolor, Levi hizo lo que Mikasa le pidió, dejando su cabello en un estilo pixie. Le lucía bastante bien, pero le gustaba más que su pupila lo llevara largo. Y Mikasa no había tenido interés en cortarlo antes, así que seguramente el telegrama le había llegado.

—¿Hanji ya te mandó a llamar?

—Si—Respondió ella mirando detenidamente el trabajo de su tutor—El mensaje llegó en la tarde.

—Te irás a la guerra.

—Si

—¿Volverás?

—Puede que no. —La respuesta le dolió y ella lo miró, tan incognoscible como siempre—Puede que tú tampoco lo hagas—Mencionó con un tono lacerado en las duras palabras.

¿Por qué mierda tenía que salir con eso?

"Porque es la realidad" Le respondió su inconsciente. Él miró una vez más a la joven mujer frente a él, deshaciéndose de los vestigios de cabello de su cuello y un pensamiento recurrió a su cabeza.

—Mikasa—Le llamó, viéndola directo al acero de los orbes—Sígueme.

No rechistó en hacerlo. Lo siguió por los pasillos de la mansión, hasta que entraron por una puerta al fondo de uno que llevaba a otro; Mikasa reconoció el dichoso pasillo del otro día, donde estaba la puerta de la habitación de tesoros. Levi la llevó ahí.

—¿Qué hacemos aquí?

—Estoy buscando algo que quiero que te lleves—Contestó el azabache buscando entre los estantes de oro y plata, hasta que de ellos tomó una pequeña caja de oro.

Mikasa hizo una mueca. Le parecía absurdo llevarse alguna joya a la guerra, lo más seguro era que la perdería. Pensó que no era la idea más brillante que Levi había tenido.

Estuvo a punto de negarse a aceptar la caja, pero no pudo hacerlo. Levi no se acercó a ella a entregársela directo en la mano, sí no que se hincó sobre una rodilla en el suelo con la caja extendida hacia ella entre ambas manos.

Su corazón dio un vuelco desatinado.

—Mikasa Ackerman—Las calcedonias brillaban como el pequeño anillo de plata con un diamante diminuto insertado. Ella no creía lo que él diría—Cuando regresemos de la guerra, cásate conmigo.

Y Mikasa, pensó en pellizcarse. Tal vez estaba soñando o tal vez ya había terminado en la locura… o quizás ambas. Pero, su mente no podría recrear tan perfectamente a ese hombre de rodillas, mirándola de una forma que ella era incapaz de describir. Porque no podía hacerlo. Tenía una vaga idea de que era aquello con lo que Levi la veía, pero el solo hecho de pensarlo le era irreal.

El capitán frunció el ceño cuando vio una lágrima y luego otra y otra más, hasta que eran un séquito de gotas descendiendo por el inmaculado rostro de su pupila.

—¿Mikasa?

—¿Por qué, Levi? —Murmuró ella, con la nariz y los ojos rojizos, calibrando en el pecho del nombrado—¿Por qué de entre todo el mundo… por qué nosotros?

Él no entendía nada.

—¿De qué hablas, mocosa?

Se levantó, dispuesto a tomarla entre sus brazos, pero nada más rozarla Mikasa saltó lejos de su contacto.

—¡No! —Gritó, clavando un puñal invisible en el herido corazón del azabache. Levi estaba afligido y no ocultó el dolor de sus hermosos orbes calcedonios—No puedo ser tu esposa, Levi… No puedo… No cuando tú y yo somos familia.

Con que ahí estaba el problema.

—Tch—Chistó aparentemente rabioso. Ahora entendía a su pupila, pero su ego magullado permanecía latente—A la mierda con eso, mocosa estúpida.

—¿Qué…? ¿Te volviste loco…?

—Sí—Respondió harto a la atónita azabache, irascible, tomándola por la cintura contra la voluntad de ella. Mikasa se sacudió con violencia, pero Levi era más fuerte y tenía la rabia de su lado—Me volví malditamente loco ¿Qué crees? Por fin perdí la puta cabeza—Y añadió por último, bajando la voz y rozando los labios con el lóbulo de la oreja de la chica: —Y es por ti, mocosa de mierda.

No aguantó un minuto más y empotró a Mikasa contra uno de los estantes, besándola en un arrebato infernal, como queriendo devorarla. Se desquitó en el acto y la buscó con desespero, no importándole los dientes de la azabache lastimándolo hasta hacerlo sangrar. Ella se resistió hasta donde pudo, pero sus defensas se fueron al diablo, porque ese hombre sí que le podía.

Entendió que era inevitable.

Que aquello pasaría.

Que, desde la primera vez que sintió aquella extraña corriente viajando por su entereza al estar en contacto con él, desde que supo que él era el más fuerte de esa depravada nación, desde la primera vez que se dio cuenta que los ojos del capitán eran azules y sus manos encajaban con facilidad una entre la otra, entendió que se pertenecían.

Posteriormente, la falta de aire los obligó a separarse, pero las frentes se mantuvieron juntas y las respiraciones entremezcladas; los labios se hallaban hinchados, las mejillas ruborizadas y las pupilas les brillaban por igual.

—¿Lo entiendes, mocosa? —Preguntó retóricamente el capitán, sosteniéndose de los hombros de ella, calándole el alma—Me vuelves completamente loco. —Y comenzó a llenarla de besos, nublando sus pensamientos.

Pero éstos seguían ahí, invariables. No tenía que pensarlo más. Ella era Mikasa y desde siempre le habían dado igual los prejuicios y las opiniones de terceros.

Sus manos se enredaron con las de él. Sus palmas ansiaban fundirse con las contrarias, para toda la vida. Y antes de decir cualquier cosa, él se le adelantó.

—De cualquier forma… No somos familia—La sorpresa la moteó—No sanguínea.

—¿Cómo lo sabes? —Hasta el momento, para ella, todo daba indicios de que lo eran.

—Los supuestos chequeos en el cuartel eran en realidad para unas pruebas de ADN que nos hizo Hanji—Mikasa lo observó estupefacta—No hay mucha información del clan Ackerman y… No podía ni dormir pensando en esa mierda.

—¿Entonces?

Y las palabras salieron, sin tapujos, aclarando todo.

—Yo ya sabía que te quería.

Era todo lo que ella necesitaba oír.

La sonrisa que emanó de las comisuras de sus labios fue absolutamente natural. Mikasa abrazó a Levi por los hombros y ésta vez, fue ella quien lo besó con ímpetu.

—Si—Dijo ella contra la boca de él, causando estragos con ese mero monosílabo—Si quiero casarme contigo.

Levi tomó la mano de ella, buscó el dedo anular y lo deslizó entre el anillo. Entró fácilmente, como si el objeto fuera hecho a la medida para la azabache.

—Joder… ¿Tenía que decírtelo para que aceptaras?

Mikasa se encogió de hombros.

—Iba a aceptarte aunque no lo hicieras—Contestó tomando la mano masculina entre la suya—Aunque puedo quitarme el anillo si quieres.

—Tch, eres una mocosa insufrible.

Después de meses, no tuvo que vestirse con cintas, ni incontables telas, ni tacones de todos los tipos, o infinidad de bonetes de colores; eran nuevamente los pantalones blancos, las botas altas, camisa blanca, correas ajustadas y, por supuesto, la chaqueta en que ondeaban las alas de la libertad.

La única diferencia, además de su cabello, era la ausencia de la bufanda escarlata.

Cuando se vio en el espejo supo que era diferente, que ya no era la misma Mikasa de su niñez ni de su adolescencia, que era otra. Había renacido una vez más. La joya en su dedo era también una prueba más de ello: al volver a pisar esa mansión, se convertiría en la mujer de un hombre.

Los primeros rayos del alba aparecían trastornando el oscuro color del cielo. La nieve había comenzando a disiparse lentamente, pronto daría comienzo la primera.

Preparó a su caballo y montó, lista para partir a su rumbo, hasta que se detuvo cerca de otro caballo que conocía tanto como el suyo propio. Su prometido lo montaba, usando la misma capa verde que ella.

Bastó una mirada para comprenderse. No se saludaron ni se dieron los buenos días, no estaban en condiciones de hablar. Él asintió y mandó a su caballo a galopar; ella lo siguió.

Tras treinta minutos cabalgando, perdidos en sus pensamientos y siguiendo el camino de tierra, llegaron al cuartel de legión.

Divisaron a un grupo de soldados en el frente: una mujer y tres hombres, a quienes Mikasa identificó fácilmente. Eran sus amigos. La felicidad y el asombro la anegaron, se encontraban ahí Sasha, Jean y Connie, pero la azabache halló a una persona más. Cabellos dorados y ojos tal cual mar...

—¿Armin…?

—¿Qué tal todo, Mikasa? —¿Cuánto llevaba sin ver a ese chico?

Habían pasado años. La última vez que había visto al joven soldado fue a los quince, cuando más deprimida había estado por la ida de Eren. Armin y ella habían ido perdiendo la comunicación y, con el tiempo, había sido enviado a un cuartel de un distrito norte.

No le respondió si no con un abrazo fraternal, tomando por sorpresa al Arlert, incluso al resto de los muchachos, pero finalmente envolvió a su vieja amiga con los brazos.

Los dos se admiraron en silencio. La azabache admiró los vellos que nacían en la barbilla de su amigo y su cabellera lacia y rubia ahora era mucho más corta que en el pasado. Aún lucía tan juvenil como siempre, pero con los rasgos de quien se estaba convirtiendo en un hombre.

Y para Armin no fue menos. Los músculos de Mikasa estaban más trabajados, estaba mucho más alta que él y su cuerpo ya había tomado las curvas propias de una mujer. Su amiga había cambiado.

—Creí que no volvería a verte.

—Yo también lo creí—Atinó a responder el rubio, seguidamente, posó la mirada en el azabache que llevaba su caballo hasta los establos—El capitán Levi me envió una carta informándome que regresarías a tu escuadrón.

—¡Bienvenida, Mikasa! —Exclamaron ya sin aguantar el resto de sus amigos que se mantenían al margen.

Sasha fue la primera en unirse al abrazo, para que luego le siguieran Jean y Connie. Pasados unos minutos, más brazos se integraron al abrazo grupal y Mikasa oyó gritos y exclamaciones exageradas de nada más que su capitán.

—¡Kyaa, qué felicidad! —Gritaba a todo pulmón Hanji, atentando contra las costillas de Connie—¡Moblit, ven, únete! ¡No todos los días puedes abrazar a alguien aquí!

Ya les hacía falta el aire y era mucha gente para el gusto de la nuevamente soldado, pero mentiría si negara la felicidad que la llenaba. Ese era su hogar, era ahí donde pertenecía, ese era el lugar donde debía estar.

Juramentó ante una audiencia, con la mano derecha empuñada en su corazón, ante el comandante Erwin, el comandante Pixis y Darius Zackly. Entre los expectadores se hallaban todos sus compañeros de escuadrón, la capitán Hanji y por supuesto el capitán Levi.

Por aquella semana se quedaría en el cuartel, retornando a la habitación que compartía con Sasha. La chica patata había estado contenta, hablando hasta por los codos aunque Mikasa fuera breve en sus palabras. Le habló casi toda la noche sobre un tal Nikolo a quien conoció en un paseo por el distrito de Stohess, un muchacho especializado en las artes culinarias. Mikasa no tenía que ser una adivina para saber que su amiga estaba enamorada.

Todos la admiraron y respetaron cuando en los entrenamientos posteriores, Mikasa había vencido a un grupo de quince varones, confirmando que inclusive se había hecho más fuerte que antes. No había ni vacilado en las peleas.

—¡Ahg, mi cabeza! —Exclamó Jean tomándose la cabeza con ambas manos, luego de que la azabache lo mandara al suelo—Hey, Mikasa, ¿cómo es posible que te volvieras más fuerte si todo lo que hacías era tomar el té y usar vestidos?

—Es verdad—Se pensaron Connie y Sasha rascándose las barbillas confundidos.

—No es de extrañar—Dijo Armin, echado sobre el pasto, con una sonrisa acertiva mirando a su amiga derribar a otros soldados—Ella estuvo viviendo con el capitán Levi, el soldado más fuerte de todos. No solo la convirtió en una dama de sociedad si no también en una gran guerrera.

El escuadrón de Hanji había avanzado en su rendimiento, gracias a la azabache. No solo había relucido sus renovadas habilidades, sino que además ayudó a mejorar a sus compañeros.

Quedaban dos días para salir al terreno de guerra.

Esa noche, mientras miraba a la redonda luna en su habitación, Levi terminaba el reporte de aquella semana. No había visto a su prometida en esos días, tan solo sabía de ella gracias a los rumores sobre su desmedido desempeño en los entrenamientos y la algarabía de Hanji. Tintineaba inquieto el bolígrafo en su mano, mientras su mente le hacía una mala pasada.

Su escuadrón había sido el de menor rendimiento. Petra ni le dirigía la palabra y Erd apenas si tenía la motivación para andar en el caballo; continuaba muy afectado por la muerte de Gunther, en tanto Auruo seguía de reposo. Su escuadrón estaba al borde del quiebre.

Erwin había asignado a Armin a su escuadrón en reemplazo de Gunther. Si bien el muchacho carecía de las habilidades físicas que se esperaban en un soldado, era una promesa como estratega, por lo que era el favorito del comandante. Tenía grandes expectativas sobre el muchacho.

Sin embargo, no había quien tomara el puesto de Auruo para salir al campo de batalla. Erwin no había querido asignar a nadie por motivos ajenos al Ackerman, por lo que se había mentalizado a salir con solo tres soldados.

Hanji estuvo a punto de enviar a Mikasa a su escuadrón e interiormente, esa decisión lo calmaba un poco. Por lo menos podría ponerle un ojo encima a la azabache allá afuera, pero de nuevo el comandante había intervenido.

—¿Qué demonios planeas, Erwin?

Le preguntó a la nada, pero como una broma enunciada por el destino, tocaron a su puerta.

Al dar permiso, Erwin entró seguido de un hombre que espabiló por completo a Levi en el acto.

—Levi—El rubio pronunció su nombre, en tanto dirigía una mirada a su acompañante—Eren Jaeger se ofreció como voluntario para salir en el batallón para pasado mañana. Por su expediente, estoy seguro que es perfecto para ser tu subordinado.

—¿Quién es?

—¿Uh? ¿Quién es qué? —Mikasa no entendía a que se refería Sasha, no obstante la sonrisa picarona que mostraba su amiga le daba un mal presentimiento.

—¿Cómo que quién es qué? ¡Pues tu prometido, tonta! —Sin reticencias, la castaña tomó la muñeca de la heredera para mostrar la brillante joya en su dedo anular—Neeh Mikasa, no puedo creer que no me lo mencionaras.

La muchacha movió la cabeza de lado a lado, como manifiesto de su desaprobación.

Mikasa se miró el anillo como si hubiera olvidado que estaba ahí, como si fuera un descubrimiento innovador.

—Y bien ¿quién es? ¿Un lord? ¿Un heredero? —La emoción brillaba en los ojos cafés de Sasha. La azabache tragó grueso.

—Un heredero—Contestó de sopetón Mikasa, soltándose con brusquedad del agarre de su amiga y apartándose de ella. Recurrió a la pasividad del paisaje de las afueras a través de la ventana, abrazándose su grácil figura. Estaba con los nervios de punta; Sasha la había tomado desprevenida.

—¿Cómo se llama?

Mikasa se tensó completamente. Como deseaba que se la tragara la tierra.

Los minutos pasaron. Sasha estaba a la expectativa, pero el tiempo seguía transcurriendo y la Ackerman no parecía dispuesta a mencionar algo más, así que suspiró.

—Está bien, no tienes que decírmelo—Mikasa reconoció la desilusión en el tono de su amiga—Perdóname si te presioné.

Como dolía eso. La chica patata siempre le confiaba sus secretos, su vida personal, sus vivencias del día a día hasta lo más minúsculo sin importarle si Mikasa parecía interesada en saberlo o no. Las dos estaban al tanto de que no era recíproco y Sasha parecía bien con eso, pero no lo merecía. Mikasa la consideraba, quizás, su única amiga.

—Sasha—La llamó, tratando de no vaticinar en la voz, buscando su vivaz mirada café. La chica volteó hacia ella en la extrañez.

—¿Sí?

—¿Prometes que no se lo dirás… a nadie?

Sasha se quedó estática contemplando a su amiga. Jamás había visto a Mikasa de esa manera: tan transparente, susceptible y endeble.

—No lo haré—Era sincera en su respuesta—Te doy mi palabra.

No hacía falta más, le bastaba. Sasha era de confianza, a ella podía decírselo.

—Es Levi.

La noche se extendía sobre el inhóspito campo, ocupado solo por dos hombres que respiraban exhaustos, ambos sin camisa develando brazos, espaldas y torsos musculosos.

—Entonces, capitán—Escuchó a Eren hablar con renovadas energías detrás de él, haciéndolo todavía más increíble—¿Soy lo suficientemente bueno para ser parte de su escuadrón?

Era la segunda persona que lo había dejado así de cansado. Levi aún no lo asimilaba bien, pero el chico Jaeger había estado al borde de patearle el trasero. Apenas pudo ganarle encestando un rodillazo en el estómago del prometido de la reina, cuando los puños de éste ya lo habían dejado bastante magullado.

Había insistido en ponerle a prueba recién Erwin lo había dejado a solas con él. Y era estúpido, lo reconocía, porque se había dejado domar por los celos de saber lo que ese muchacho de ojos esmeraldas había significado en la vida de Mikasa.

—Tch—Escupió a un lado y, con su típico semblante desdeñoso, se levantó mirando a Jaeger con lo más parecido al desprecio—Mocoso de mierda—Masculló yéndose por donde había venido…

Estaba viejo. Era la primera vez que lo aceptaba y lo sentía como tal, ya no era el mismo, no estaba en sus mejores años…

Pero bien que le gustaba compartir con una jovencita.

—¡¿EL CAPITÁN LEVI?!

—¡Ssshhh! ¡Baja la voz, Sasha!

—¡Es que es… Es…!—La sorpresa era demasiado grande para la soldado—Yo… es que… Él—Balbuceaba, mientras las palabras de su amiga patinaban en su cabeza—Mikasa… Pero ¿él no es tu primo o algo así?

—No lo es—Contestó segura la de ojos plata—Y aunque así fuese, él… él es muy importante para mí.

Los segundos posteriores, sin veracidad de lo que pasaba por la mente de su amiga, torturaron a Mikasa.

No obstante, la decidida chica patata la tomó por los hombros, mirándola con una seguridad absoluta.

—Yo te apoyo.

A la víspera de la salida al terreno de guerra, todos los soldados tuvieron la oportunidad de visitar sus hogares antes de partir. Era la despedida a la que tenían derecho, donde muchos, verían a sus familiares, amigos y parejas por última vez.

Levi estaba acostumbrado a aquello, pero ésta vez era diferente.

Después de días, se reencontraba con Mikasa, para cabalgar de regreso a la mansión en el mismo silencio en el que partieron. Todo estaba tenso, todo era pesado, pero él no quería pasar esa noche con ella de esa manera… Por eso, al dejar los caballos en los establos, tomó a Mikasa entre sus brazos y la estampó contra uno de los muros del recinto.

La besó con pasión, delineó con sus manos las curvas que sublevaban el cuerpo de la azabache; aspiró ese aroma silvestre y natural tan propio de ella. Incluso sudada consideraba exquisito el aroma de la chica. No podía resistirse a ella.

Así que, sin aguantarlo más, guió besos a zonas donde el sol no le llegaba, arrancó gemidos en ese aire libre y helado que los circundaba y, despojándola del uniforme militar, le hizo el amor hasta el delirio.

Tomaron un baño juntos, como recuerdo de las primeras noches en que compartieron. El agua tibia los relajó, sumada a las caricias de los tactos de uno y otro.

Levi estaba seguro, tanto como de que el agua mojaba, como de que el sol salía por el Este, de que quería demasiado a esa chica.

Lo hacía vulnerable, si, pero también lo hacía más humano. Lo hacía sentirse más allá de un monstruo, de alguien cuyo único propósito era el de derramar sangre enemiga, de estar destinado a perder a todo el que quería. Le hacía sentirse querido. Le hacía sentir que la merecía.

¿Pero, acaso, ella estaba en verdad bien con eso?

¿No era egoísta de su parte quererla con tanto ahínco?

¿No era injusto tenerla solo para él, cuando apenas comenzaba a entrar en la adultez?

—¿Mikasa?

—¿Hmm?

—¿No crees que soy muy viejo?

Ella frunció el ceño y lo encaró creyendo no haber oído muy bien. Se movió causando que se derramara el agua de la bañera, viéndolo con extrañeza.

—Lo eres—Contestó sencillamente, besando con sutileza al hombre. —¿Qué con eso?

—Tú eres muy joven.

—Lo sé.

—Tienes un futuro por delante.

—Estoy consciente de eso, Levi—Ya iba entendiendo por donde iba la cosa—Y a mí no me importa. Quiero que seas parte de ese futuro.

En verdad a ella no le importaba. Ella, verdaderamente, lo ansiaba en su vida. No le iba a echar más cabeza al asunto, solo podía degustar esa reconfortante calidez que inundaba su pecho, que lo impregnaba de ganas de sonreír genuinamente. Así que, sus comisuras hicieron realidad ese esbozo de sonrisa que Mikasa tuvo la oportunidad de contemplar, estupefacta, por un momento antes de que el azabache la abrazara por la espalda, apegándola a su abdomen. Él estaba, se sentía, inmensamente... Feliz.

Y la soldado no tuvo la intención de preguntar. Porque estaba tranquila y a gusto de esa manera, porque en el fondo comprendía y compartía el sentimiento que embargaba a su prometido. Entonces, sus manos tantearon bajo el agua, hasta toparse con los brazos que la rodeaban para terminar hallando las manos del capitán. Manos de dedos ya arrugados por el tiempo que llevaban húmedas. Manos que enredó con la suyas. Manos que plagó de besos dedicados.

Por un instante tan efímero como eterno, tuvieron la intención de permanecer así toda la vida.

Porque todo cuánto querían se encontraba en esas cuatro paredes... Todo.

Una vez decidieron salir, el azabache la tomó en brazos tras envolverla con una toalla. Ella lo siguió por inercia, porque confiaba demasiado en él; así que permitió que la vistiera, con las mejillas pintadas por las acciones de su amante, quien le ponía cada prenda de ropa con un ínfimo cuidado. Quiso hacer lo mismo; él solo se había colocado la ropa interior. Mikasa buscó ropajes cómodos para ingresar al reino de los suyos y, con el mismo esmero, lo vistió. Evocaba la fascinación por ese cuerpo tan contrario al suyo, al que besó en uno de sus muslos, en su abdomen, cuello y, por último y por un tiempo más prolongado, en la clavícula.

No había porque retenerse.

Porque, a pesar de estar convencidos de que regresarían para acariciarse hasta donde los tiempos se los permitieran, esa noche lo harían con mayor ahínco. Con todo el amor que habían gestado sus almas de azabache a azabache, de Ackerman a Ackerman.

Levi durmió como nunca, como siempre que dormía junto a ella. Pero se halló desconcertado al abrir sus ojos antes del amanecer y no encontrarla. Sin embargo, poco después su silueta apareció en el umbral de la puerta de su habitación, aún con el camisón de dormir y los cabellos revueltos, pero con una expresión de seriedad afianzada. A medida que se acercó a él, como reteniendo el aire en los pulmones con cada paso, se percató de la carta que llevaba en la mano izquierda.

—Ten.

Él estaba sentado, con los pies descalzos sobre la madera del suelo, mirando sin entender la carta que ella le extendía.

—Es la carta que Petra escribió para ti—La aceptó mecánicamente, buscando los ojos grises de su pupila, pero Mikasa evadía el dichoso contacto. Entonces ella le dio la espalda para hablarle antes de irse—Iré a vestirme.

Regresó su mirada, absorto en una incredulidad que pronto fue disipada, hacia el papel entre sus manos. Ahí estaban escritas las letras que tan importantes eran para su subordinada. Era increíble. Jamás se le pasó por la cabeza que Mikasa pudo haberla tomado, optaba por culpar a las sirvientas de la mansión o alguna soldado del cuartel, pero jamás a la heredera.

Se quitaría las dudas encima, al fin sabría a que se refería Petra; desplegó el papel que evocaba los sentimientos de la mujer.

Querido capitán Levi...

O Levi, si bien me lo permitiese

Hoy, con el invierno calándome hasta los huesos, tomo el valor de esclarecer mis más sinceros sentimientos reuniendo todo el valor del mundo

Estoy temblando y presiento que no es por frío

Sepa usted, lo desolada y vacía de cualquier significado que me siento cada vez que entro al cuartel y me hallo nada más que con el saber de su ausencia

He sufrido ahora más que nunca la imperiosa necesidad... de tenerlo a mi lado

Y a pesar de que me empeñe en olvidarlo, no logro dejar de lado éstos sentimientos que fulguran dentro de mi ser.

Capitán, le quiero

De la forma más intensa en que una mujer puede querer a un hombre

No quiero permanecer ajena a usted. Quiero ser parte de su vida en el día a día, no solo su subordinada, así que...

¿Nos daría una oportunidad?

Prometo no fallarle

Eternamente suya, Petra Ral

Se quedó en la vacuidad, admirando el trozo de papel sin mostrar atisbo alguno de emoción. Fue sencillo asimilarlo, pero de todas formas releyó las palabras.

Petra se había enamorado de él y esperaba que le correspondiera...

Y obviamente no podía hacerlo.

Quizás la castaña lo había entendido, pero ¿tanto así era como para apartarse totalmente de su vida? Era arisca, cortante, lo evadía y nunca lo miraba si no más que para las formalidades exigentes del ejército. Suspiró. Al parecer, Petra se había ofendido muchísimo por no recibir respuesta.

No perdió más el tiempo y se puso de pie, dejando la carta sobre la cama. Tomó un baño rápido y luego procedió a ponerse su uniforme; una vez se hubo puesto el cravat, tomó esa carta a la que no le quitaba los ojos de encima y se la guardó en la chaqueta.

Mikasa ya estaba lista; había sacado su caballo y el de él del establo.

Lo encaró con indiferencia entregándole las riendas del paquidermo, montando en el de ella decidida. El heredero no le precedió a montarse en el propio, si no que se quedó ahí de pie sin quitarle la mirada de encima.

—Mocosa de mierda—Le llamó como acostumbraba, aún a esas alturas, hacerlo.

—¿Qué?—Ella trató de controlar el nerviosismo que la invadía.

—Bésame—Pidió, o mejor dicho ordenó. Mikasa lo encaró aún impertérrita en apariencia, pero el tenue color rosáceo de sus pómulos la delataba ante él.

—¿Aquí?—Con sus ojos, miró de reojo a los alrededores: las sirvientas y los trabajadores los veían desde las ventanas y jardines de la mansión—No es el mejor mo—

Pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta, porque el capitán no tenía la menor intención de dejar que se extendiera esa inútil conversación. Importándole un comino, mandando a todos y a todo al demonio, como en aquella reunión que causó un revuelo social entre la nobleza eldiana, haló a la que era la heredera de la fortuna Ackerman, a la que delante de todos era su prima lejana, a su pupila, a la soldado más fuerte de todas y que por ende era una subordinada más, logrando que cayera del caballo con destino a sus brazos... Solo para verla con ese amor que sentía por ella, como llamaradas extenuantes hacia el cielo contenidas dentro del azul de sus orbes, uniendo en el acto ambas bocas con desenfreno, con toda propensión, siendo la pasión hecha hombre, el hombre hecho pasión.

Las caras de todos los servidores se desencajaron, desbocaron, descarrilaron y deformaron. El escándalo fue tremendo, pero a los Ackerman ya no les importaba. No si el gris y el azul eran uno solo, como los dueños de los labios.

Y sin más, partieron allá donde el deber los llamaba, con la joya en el anillo de Mikasa brillando gracias a los primeros rayos del Sol e imperceptibles sonrisas orgullosas.

En la base todo estaba listo para partir, pero el capitán tenía un asunto por zanjar.

Cuando hubo estado con su escuadrón, aún no acostumbrado a Jaeger y Arlert entre los suyos, tocó un hombro de Petra quien parecía sumida en sus propias catedralidades.

—Oi, Petra—La impresión titiló en la mujer, al ver la decisión de su capitán—Leí la carta.

—Ah—Fue lo único que pudo salir de su boca. No esperaba ciertamente que le viniera con eso, pero los eventos que había presenciado en la mansión Ackerman recurrieron de su mente, así que se movió evitando el contacto con el azabache—Ya... Ya veo.

—Petra—No iba a desistir—Mereces una respuesta.

—Con todo respeto, capitán—Y entonces, melancólicos pozos de miel se posaron en sus calcedonias—Ya es tarde para eso—Ella continuó su camino, tras él, dejándolo con las palabras en la boca. El dolor seguía consumiéndola cada vez que lo tenía cerca; se sentía débil en cuerpo y alma, sabiendo que ese amor no era correspondido. Por consecuente, ella había renunciado a él, había desistido. No había algo por lo que pelear... Porque desde el inicio, él nunca le había pertenecido—Por cierto, capitán Levi, el anillo familiar le sienta muy bien a Mikasa.


Una cantidad incontable de soldados estaba preparada para arribar afuera de los muros. Y, por pertenecer a distintos escuadrones, Levi y Mikasa se hallaban separados; ella iría con sus compañeros y la capitán Hanji en el flanco derecho mientras que él partiría con sus respectivos subordinados con destino al flanco izquierdo. Entre un grupo central, Erwin arribaría a la batalla dirigiéndolos.

La estrategia consistía en atacar al enemigo de sorpresa y superarlos en número. Las tropas estacionarias estaban listas para atacar en todo caso.

Sí todo salía bien, si el plan funcionaba, recuperarían territorio y en el mejor de los casos vencerían a los marleyanos.

Ambos azabaches estaban preparados, con los sentidos bien despiertos a pesar de mantener semblantes neutrales. Pero eso no desmedía la preocupación que sentían el uno por el otro. Con disimulo, Mikasa buscó la figura de su prometido entre tantas capuchas verdes. Al dar con él, los ojos del azabache también la buscaban y nada más con ello, se entendían perfectamente.

Eres fuerte.

Somos fuertes.

Así que vive

Sobrevive

Sobrevivamos, Mikasa

—Hay una gran probabilidad—La voz de Hanji, cerca de ella, la devolvió a su posición. Hablaba de forma gajosa, hecho inusual, ello llamó la atención de la azabache. No obstante, seguía prendada del intermitente azul—De que ésta sea la última batalla. De que todo ésto al fin termine.

Un parpadeo, una despedida visual, un sentir no evocado en las voces y el grito gutural de Erwin fueron el inicio y el final de todo.

La cabalgata hasta las inmediaciones del muro María les tomaron horas. Antes de salir del último muro entorno a los terrenos seguros, pasarían la noche en un improvisado campamento dentro de Shinganshina, distrito sureño desalojado por lo próximo al terreno de guerra que se encontraba y que había sido blanco de ataques marleyanos en varias ocasiones.

Las llamas de la fogata danzaban vertiginosamente, contrastando con la serenidad de la noche. Mikasa se sentía serena y melancólica, con el viento nocturno revoleando sus cabellos oscuros. No había pisado aquel distrito en años, no desde que era una niña.

Los ronquidos del resto de sus compañeros dormidos irrumpían la pasividad nocturna. Hacía frío, recién la nieve tenía pocos días de haberse retirado. Hanji descansaba recostada en un hombro de Moblit y Sasha, pronta a babear, lo hacía en un hombro de la Ackerman; Jean yacía desparramado en el suelo, sumido en sueños en los que juraba Mikasa, estaban relacionados con caballos, por los relinchidos que emitió un par de veces el castaño.

Más allá, a metros de ella sentado sobre una roca, un soñoliento Connie hacía un esfuerzo sobrehumano por permanecer en vilo. A él le había tocado hacer guardia.

Mikasa se puso de pie y se aproximó hasta él.

—Ve a dormir.

—No puedo hacerlo, Mikasa. Es—Bostezo—Es... mi deber montar la guardia esta noche—La voz se le fue apagando hacia lo último. El pobre chico apenas podía mantenerse sentado.

—Tomaré tu lugar—Decidió, sin dejar espacio a negaciones—De cualquier forma no puedo dormir. Tú encárgate de Sasha.

Connie no rechistó y una vez estuvo recostado cabeza a cabeza con la chica patata, no tardó en caer dormido también.

Mikasa se quedó de pie, mirando a su alrededor. Estaba un poco nublado, pero varias estrellas eran observables esa noche. También se fijó en las casas aledañas abandonadas, derruidas por el tiempo. Recordaba esas mismas calles, llenas del bullicio de la gente, los niños jugando y riendo de aquí para allá; inclusive, si cerraba los ojos, era capaz de escuchar las risas de Armin y Eren en sus oídos.

Abrió los ojos. Que diferente era todo ahora. Y como cosa rara, una persona le vino a la mente cuando se miró el anillo que portaba. Nuevamente, contempló el cielo.

¿Cómo lidiaría Levi con Armin y Eren dentro de su escuadrón?

Sí, efectivamente, había un silencio que lejos de calmarlos los ponía en sus cuatro sentidos.

El paulatino insomnio del capitán era una ventaja. Decidió montar la guardia él mismo; Petra y Erd dormían plácidamente apoyados en una pared de una vieja casa. El estratega de Armin, luego de obligarse a permanecer despierto, finalmente había caído víctima del cansancio. Había puesto un ojo en él y Jaeger, quienes actuaban ignorando la existencia del otro, como si no se encontraran ahí. Inevitablemente eso había incitado la curiosidad del azabache; ya conocía la historia por parte de Mikasa, pero ahí estaban los otros protagonistas.

Se imaginó a sí mismo junto a Farlan e Isabel en su situación. De estar ellos con vida, definitivamente no querría llegar a ese punto. Haría lo posible por mantener a sus amigos junto a él.

También reparó en el de ojos esmeraldas. No tenía mucho sentido a que el prometido de la reina, alguien quien ya tenía aprovechada su seguridad, se uniera a una misión que no le garantizaba para nada regresar entero o con vida. Quizás lo hacía para demostrarle su valentía a las masas. Levi de algo estaba seguro: algún jodido beneficio estaba buscando el muchacho de ello.

—Oi, Eren—El único despierto era el futuro rey, quien parecía más concentrado en ver el cielo nocturno echado sobre la hierba—¿Por qué te uniste a la legión?

El muchacho no lo encaró para responder. Se tomó sus sendos segundos en hacerlo.

—Yo quiero ser participe de esto—Respondió con seguridad—Quiero liberar a Eldia.

Era una respuesta conmovedora, pero para Levi, no lo suficiente. Acostumbraba a leer entre líneas, pues no era sencillo para el capitán confiarse de cualquiera, menos con los antecedentes del castaño.

—Tch—Sus ojos, pequeños y penetrantes, taladraron la nuca del muchacho tal cuales cuchillas a un titán—Una nación no consigue su libertad solo por ganar una guerra.

—Lo sé, capitán—Y entonces lo miró, con esmeraldas indescifrables—Pero es el primer paso para retornar a la grandeza y no dejar que ninguna otra nación se atreva a pisotearnos. ¿Por qué pelea usted, capitán? ¿Qué lo motiva? Sé que usted es muy fuerte, así que, ¿qué impulsa su fuerza?

Inmediatamente, la imagen de Mikasa recurrió a su cabeza, como un clic instantáneo. Sabía la respuesta a cada pregunta hecha por su subordinado. Se las había planteado a sí mismo en su momento años atrás.

—Sobrevivir—Contestó a secas.

—¿Para qué?

Para vivir junto a ella.

—No es tu problema, mocoso entrometido. Vete a dormir.

Allá afuera la guerra aguardaba por ellos.

Por él.

Por Mikasa.

Estaba en un punto de no retorno. La realidad que los acechaba era mordaz en cada momento, en cada instante; la azabache, al igual que todos los que se habían ganado lugar en su hermético corazón, decidía permanecer a su lado sin importar las circunstancias. Por más que la quisiera proteger, alejarla de cualquier perjuicio, cuidarla de todo daño, no era su decisión.

Solo podía confiar.

Confiar en ella, pensó mirando la rubra nocturna del cielo. Confiar en que todo saldría bien.

Después de todo...

—Al final... Nadie sabe el resultado.


Los caballos volvían a la marcha; solo el ruido del azote del viento contra las capas verdes ondeando las alas de la libertad y el determinante silencio de los soldados acompañándolos. Las puertas hacia el exterior habían sido abiertas. La división de bajo el mando de Hanji atravesaba el terreno baldío; a ochocientos metros, los cuerpos sin vida comenzaron a aparecer en cantidades, la mayoría de los que algunas vez fueron sus compañeros.

El panorama era desolador, nauseabundo. El verde natural, los árboles y la vida silvestre yacía exterminada, derruida entre cráteres, caballos y soldados sin vida, casquetes de bala, cuchillas, cañones. Y aún así, faltaban kilómetros antes de llegar al frente; el frío helando sus cuerpos, sus mentes sublevadas por el sabor a muerte que condimentaba la escena, el ruido de cañones y bombas siendo detonados a pocos metros.

Nadie se atrevía a decir nada. Tenían que hacer de tripas corazón y seguir adelante, ir más allá, cumplir con la misión que los había llevado hasta ahí, porque los caídos no serían en vano.

Nadie iba a morir en vano.

—¡Mike!—Alcanzaron el frente. Ahí, el líder de escuadrón más alto de todos dirigía los ataques a cañón entre las trincheras.

—¡Cuidado!

Una bala de cañón cerca de ellos. Mikasa arreó a su caballo del lado contrario; Sasha y Connie no tuvieron mucha suerte, habían caído de sus pura sangre duramente, mientras miembros del escuadrón del castaño habían sido alcanzados por la bala.

—¡Malditos marleyanos!—Gritó una enfurecida Hanji—Mike, ¿cuál es el plan?

—Hay alrededor de veinte soldados de los suyos. Están armados hasta los dientes—El hombre entonces movió su nariz e inspiró profundo, señal de que estaba olfateando la zona—¡Se acerca otra granada!

El soldado empujó a la castaña lejos. Mikasa, haciendo uso de su fuerza tomó a Sasha subiéndola en su caballo y ordenó a Jean hacer lo mismo con Connie. Afortunadamente, fueron lo suficientemente rápidos para evadir el bombardeo. La zona donde habían de pie estado ahora era un cráter considerable. Algunos lamentos se apagaron para que otros tomaran lugar: soldados moribundos y soldados aún sin rasguño alguno resultaron alcanzados.

La azabache tomó con firmeza la riendas de su caballo. Entre el humo, la silueta de los enemigos fue divisible en sus orbes de plata, entonces sacó el fusil táctico M4A1 que le correspondía.

—¡Mikasa, Jean, Sasha! ¡Adelante, acaben con esos desgraciados! Connie, encárgate de ayudar a los heridos. Moblit tú vas conmigo—La seriedad tomaba la responsabilidad de la situación en la capitán. Nada más oír la orden, los cuatro acataron las órdenes.

Abriéndose paso entre el humo, Mikasa avanzó sin retenciones. Sabía lo que tenía que hacer, sabía hacia donde tenía que ir, todo su instinto la dirigía. Sin dudar, comenzó a disparar a diestra y siniestra hacia las cabezas que su ojo crítico encontraba a su paso, asegurándose que portaran el uniforme característico de los marleyanos.

El enemigo tenía un avance dominante sobre los eldianos, hasta ese momento. Hasta que Mikasa apareció, por supuesto.

—¡¿Qué es esa mujer?!—Gritó un hombre desconcertado con la velocidad y destreza con la que la mujer azabache acababa con sus compatriotas. El miedo se lo comía, pues nunca había visto a algo o alguien igual.

Los marleyanos se hallaban tan centrados en tratar de huir de Mikasa o de atacarla, por lo que Jean y Sasha aprovechaban la distracción para acabar con ellos. Pronto, los demás soldados lograron atacar al enemigo.

Mikasa se detuvo. Parecía no haber más enemigos, pero mantuvo su guardia alta. El silencio repentino no era una buena señal, lo confirmó cuando cuatro granadas estallaron a punto de afectarla y más disparos envolvían la carnicería.

Eran demasiados.


—Capitán, no hay nadie.

Algo no pintaba bien.

El escuadrón de Levi había llegado al frente cercano al distrito Quinta. Estaba desolado, destruido y árido, pero ausente de batalla. No habían soldados ni del bando eldiano o del marleyano, no con vida. No se escuchaba la detonación de las bombas, ni las ráfagas de los disparos. Nada, sino silencio absoluto.

—¿La trinchera está abandonada?—Armin no cabía en su sorpresa. Estaba atónito ante la imagen que sus ojos azules contemplaban.

—Tenía entendido que los marleyanos tenían dominados los terrenos cercanos a Quinta...—Añadió una perpleja Petra.

—¿Por qué no hay nadie aquí?—Se preguntó un confundido Erd.

—Esto es extraño—Concordó Jaeger por igual. Levi oía a cada uno de sus compañeros, al igual que ellos no le veía ni pies ni cabeza a la situación.

Miraron a su alrededor, pero nada, la soledad se hallaba donde se posaran los ojos. Solo los cuerpos en estado de putrefacción, que también despertaba sus curiosidades, puesto que no habían soldados que se hayan encargado de darles sepultura.

Erd bajó de su caballo, para que luego le siguieran Petra, Armin y Eren. Ya no había siquiera un pasto que pisar, cayó en cuenta el capitán sobre su caballo. Sus ojos examinaron el terreno por entre las tricheras, siguiendo patrones irregulares sobre la superficie; parecía torneada, como levantada, como si hubiera sido escarbada.

—¿Qué demonios pasa aquí?—El Ackerman levantó su mirada, horrorizado, apretó los dientes comprendiendo la situación, para hallar a Erd acercarse a uno de los cuerpos.

—¡Aléjense!—Armin y después de él Eren entendieron poco después también.

El rubio corrió halando consigo a su compañero, tan rápido como pudo. Eren arrastró a Petra con él y Levi movió su caballo para tratar de alcanzarlos, pero el estallido fue inmediato. Un pitido se apoderó de sus sentidos auditivos, chirriante y ensordecedor, las cabezas les dieron vueltas. Levi terminó arrojado hacia la tierra, pero logró colocarse en pie antes de impactar contra el suelo. Sus ojos fueron incapaces de ver y se levantó un polvero atroz.

Desesperado, buscó a sus subordinados. Los llamó por los nombres pero ninguno respondió. Se llevó parte de la capa a la boca, con intenciones de no tragar el terrero y elevar la voz en el llamado del resto; nadie respondió... No hasta que, por fin, escuchó a personas tosiendo.

Eren salía de la nube enceguecedora abrazando el frágil cuerpo de Petra con él.

—¡Capitán!—Exclamó el muchacho, al cual pudo ver el azabache que tanto él como su subordinada se encontraban bien. Se sintió más tranquilo, pero seguían sin hallar rastro de Arlert y Guin.

La nube de polvo se fue disipando y entonces, el Ackerman distinguió la voz de uno de los rubios pidiendo ayuda.

Corrió seguido por los castaños en dirección a donde lo llamaban, temiéndose una tragedia. Cuando la bruma de polvo lo permitió, encontraron a Erd a salvo con algunas heridas menores, aunque con la capucha hecha trozos, mientras que del menor no se podía decir lo mismo.

—¡Armin!—Para sorpresa de Levi, Eren corrió hacia el chico con la preocupación al borde, con intenciones de auxiliarlo.

El joven estratega habría salido solventado de la explosión de las minas, excepto por su brazo izquierdo, extremidad que brilló por su ausencia y por el charco de sangre que se extendía bajo ellos. El prometido de Historia, sin esperar nada, arrancó un trozo de su propia capucha para improvisar un torniquete para el rubio.

—Gracias—Dijo el muchacho, antes desconcertado, para seguido mostrar una sonrisa sincera.

—Para eso están los amigos.

Levi visualizaba a sus subordinados pasmado, aunque impertérrito. Pudo respirar más tranquilo al darse cuenta que todos conservaban sus vidas fuera de peligro alguno, no obstante, el peligro al que estaban expuestos era demencial. Podía haber sido reducidos a menos de un brazo en un instante, sin siquiera haber peleado.

Era la segunda ocasión en que encontraba un campo minado, esta vez, todos habían salido mejor parados. La primera vez todo acabó en una lluvia de pedazos de soldados de ambos bandos.

Mikasa...

La azabache, ¿qué clase de obstáculos estarían enfrentando los del escuadrón de Hanji? Sólo deseaba que tuvieran la misma suerte que ellos al salir vivos de allí, pero no podía estar en paz sabiendo lo desastroso que podía resultar todo. Era un azar del destino, una ruleta rusa que podía o no jugar a su favor.

—¡Muévanse!—Exclamó el heredero, tomando las riendas de su caballo e impulsándose para subirse—No podemos perder el tiempo aquí.

Sabía que pronto aparecerían los marleyanos para confirmar que hayan caído en la trampa.

Así que, pasando más allá de las trincheras, emprendieron la marcha hacia la central del campo de guerra.

—Tch. Ni se les ocurra bajar la guardia.

No podían darse ese jodido lujo.

El trote perduró por minutos que parecían presos de una sinuosa eternidad; al paso, oyeron a lo lejos las detonaciones de bombas, como un murmullo minúsculo en la lejanía. Levi se esforzaba en mantener su concentración ahí, pero el sonido lo perforaba. Venía de allá, lo sabía, de allá donde estaba su amada. Y él estaba ajeno a su estado, a su seguridad, a todo. Si algo le ocurría... Si algo no previsto venía... La perdería.

—¡Capitán!—La voz de Petra lo trajo de vuelta justo a tiempo.

Arreó a su paquidermo entre los arbustos y árboles muertos, tomó sus armas asegurando que estaban preparadas en el chaleco y la cangurera. Su escuadrón estaba listo, inclusive Armin en quien indagó si se sentía lo suficientemente capaz para participar en la batalla. El chico no iba a flaquear en el cometido, estaba determinado a seguir adelante.

Guió a Eren y los otros por un camino silencioso. Pronto, sus auditivos distinguieron los pasos disfrazados de los soldados enemigos por sobre el suelo polvoroso. Eran una veintena considerable. Una risa seca quiso salir de su boca, porque la ironía ululaba la escena... Ellos tan solo eran cinco. Cinco miserables soldados, cuatro descartando al herido.

Y, los casquetes de bala comenzaron a ser descargados a raudales, así como las vidas eran tomadas desprovistas de cualquier signo de compasión. En la guerra, la compasión era un término inexacto, una opción no optable, un sinónimo de debilidad, una humillante derrota para el ansioso de poder y una renuncia a la continuidad de la existencia propia.

La compasión era una burla a la sobrevivencia

Los soldados, hechos y amasados para cumplir con su deber, siguiendo las instrucciones de los entes ambiciosos que jugaban a ser los titiriteros de millones de vidas, de millones de sueños, de millones de esperanzas, cayeron desplomados como piezas de dominó. Armin se había cargado a dos, Petra a uno, Erd tres, Eren a cinco y Levi a los nueve restantes en un parpadeo, con disparos precisos en las cabezas de todos.

Las víctimas eran solo un esporádico recordatorio del mundo y su crueldad

Levi no vaciló. Siguió por entre la gruta no visible, pero clara y firme para los instintos, más guiado por el oído que por otra cosa. Los demás hicieron de tripas corazón y siguieron ciegamente al capitán, confiados de la convicción que querían creer era el empuje del azabache.

Al final, todos somos egoístas


Sí, aún no llegamos al final...

La verdad es que se me fue de las manos y Linaje terminó siendo mi pequeño monstruito. Terminé de escribir este drama de los primos no primos y pronto conocerán el final.

Gracias, mil gracias...

Inspiración de todos lados xD de Daft Punk, del manga, del corte pixie de Mikasa, de la Hermandad RivaMika (Yamel, Isabella, Nahomy, sus imágenes son vida) de los comentarios (muy especialmente de Cerisier Jin, me pones a dar brinquitos de felicidad) y de la vida (?).

Se despide

MioSiriban