Capitulo 1 parte 2

Las pruebas tienen como escenario principal la fabulosa plaza del pueblo, presidida por el ayuntamiento con su enorme balconada. En ella están el alcalde, su familia y la representante del Distrito 12 en el Capitolio. A la familia de Lil siempre le han ofrecido un puesto ahí arriba, pero su madre se niega a presenciar algo que le recuerda tanto a las cosechas que se hacían en este mismo lugar.

Se equivoca de lleno, pues el lugar ya no tiene que ver con lo que era, atendiendo a las fotos que he podido ver; el ambiente es lúdico y festivo. Aunque los que vamos a presentarnos estemos nerviosos como flanes, yo en concreto, estoy como un flan. Me tiemblan desde los dedos de los pies hasta el hígado.

Observo el escenario que han preparado y a los miembros de la organización corriendo de aquí para allá con pinganillos en las orejas. Alguna de las pruebas son las que estoy acostumbrado a ver en otras ediciones, aunque me mosquea una zona cerrada que todavía no puedo visualizar.

Sólo somos cuatro competidores este año en el Distrito 12. Dos chicos de unos veintitantos, Sally, la eterna aspirante, y mi persona, apiñados en un banco a la espera de que nos llamen. El Distrito 12 no suele tener las pruebas de selección más concurridas. La gente todavía lucha por ganarse la vida como buenamente puede, seguimos siendo un pueblo de clase obrera, en el que no ha surgido ninguna nueva industria que haya supuesto el enriquecimiento general y el consecuente aumento del nivel de vida, como ocurrió con el 3 con la tecnología inalámbrica o en el 6 con la industria del automóvil, después de la Guerra. Excepto aquellos que pueden costearse estudios en el Capitolio, en el 12 la mayoría seguimos dedicándonos a la minería. Por lo que cuentan, es mucho más segura y está mejor remunerada, aparte de que extraemos otros minerales al margen del carbón, pero es minería al fin y al cabo. Creo que la gente del 12 tampoco querría hacer cualquier otra cosa. Dicen que un minero nace, no se hace, afirmación con la que no sé si estoy de acuerdo. A mí me gustaría tener más opciones, poder estudiar, viajar y librarme de bajar al agujero cinco días por semana. Si gano el concurso puede ser una buena oportunidad para ello.

—Venid conmigo —nos pide una mujer rubia subida a unos tacones de vértigo que a todas luces forma parte de la organización. Yo apostaría a que es del Capitolio, aunque no estoy seguro. Normalmente puedes reconocer a un capitolino por su acento, más que por sus pintas, pero ese tipo de plataformas imposibles solo se las pondría alguien de allí o del Distrito 1, ya que en otros lugares las consideramos ridículas.

La mujer nos conduce hasta el ayuntamiento y nos aísla en una sala para que no podamos ver lo que hacen los otros. Me acomodo junto a Sally en un amplio sofa con grullas bordadas en la tapicería. Es muy elegante, me da miedo ensuciarlo con el sudor de mis manos, espero que nos den guantes si hay que realizar alguna prueba de escalada, de no ser así fijo que me voy a resbalar. Sally me da un pequeño empujón en el hombro y me sonríe. Intento devolverle el gesto aunque creo que no soy capaz. Si abro la boca seguro que me castañean los dientes.

—Tran-tranquilo —me dice—. Si no entras este año pu-pueedes seguir intentándolo toda la vida.

Pobre Sally. Esta debe de ser la quinta vez que se presenta. Es de la Veta, igual que yo, un barrio reconstruido y residencial cuyas casas se asignaron a gente con pocos recursos. Bueno, después de la Guerra nadie tenía recursos, pero hubo familias más favorecidas que otras por las subvenciones. Las que tenían su propio negocio, sobre todo, ya que había que volver a poner el distrito en marcha. Todo esto nos lo enseñan en la escuela. Están empeñados en que conozcamos la historia del país y del distrito al dedillo. Para aprender de ella, nos dicen. Para que no se repita nunca, insisten. Yo no sé qué pensar. En la televisión nacional no hacen más que sacar casos de políticos corruptos y gente enriquecida a base de negocios ilegales. Está claro que las cosas no son tan bonitas como las pintan. Aunque por suerte, ahora contamos con jueces y fiscales bien preparados, como la famosa Frances Horseman, que se dedican a meter a esos capullos entre rejas cuando pueden pillarlos.

Mientras llega mi turno, me dedico a mirar a Sally, tratando de entender la razón por la que nunca ha sido capaz de ganar. Es pequeña como una lagartija, pero estoy seguro de que podría mover un camión. La he visto cargar sacos de carbón sin que se le doblara la espalda. También es ágil, inteligente y buena persona. Sobre todo buena persona. El problema es que es tartamuda pérdida y cuando se pone nerviosa tartamudea todavía más. Tienen que repetir sus videos de presentación ochocientas veces. Yo ya grabé el mío, por si suena la flauta (y espero que sí), pero no respondí a la pregunta de a quién llevaría conmigo si fuera seleccionado. Ahora lo veo claro, así que me lanzo.

—Sal, ¿me acompañarías al Concurso si gano la selección?

Tiene todo el sentido del mundo. Ella es una mega fan del Gran Concurso, se traga todas las ediciones completas, guarda los videos de ediciones antiguas y sigue todos los debates y programas televisados. Compra las revistas. Tiene posters de los vencedores en su habitación. Es perfecta.

Como era de esperar, a Sally se le ilumina la cara.

—Cla-cla-cla-claro…

No dejo que acabe la frase, la doy un abrazo y un beso en la mejilla directamente.

—Estupendo. Perfecto. Si eres tú la afortunada seré yo quien vaya contigo, si eso es lo que quieres.

Sal no me dice nada, pero la sonrisa ya le ocupa la cara completa, por lo que supongo que la respuesta es sí.

—Choca esos cinco —le sugiero, alzando la mano, aunque luego me doy cuenta de que está toda sudada y la limpio en mi pantalón antes que nada.

Vamos a ver. No espero que gane Sally, espero ganar yo. Pero por si las moscas, al menos saldré del 12 durante un tiempo y puede que así deje de tener pensamientos obsesivos con Lil, con que Lil acabará marchándose para estudiar, pues su familia si puede permitírselo, y yo me quedaré aquí, con Lil conociendo a otros tipos más guapos, interesantes y con más dinero que yo en la universidad, largo etcétera.

En otros distritos las pruebas se alargan durante horas, pero aquí se ventilan rápidamente. Como he dicho, no hay tanta gente que quiera participar y tampoco tenemos demasiado tiempo para entrenar. Ni entrenadores, ni espacios preparados especialmente para ello. Si quieres prepararte, has de hacerlo por tu cuenta. Yo llevo un año levantándome a horas intempestivas con ese fin y aprovechando cualquier fin de semana o festivo.

Al final se me pasa el tiempo volando mientras me deboro las uñas y pienso en Lil felicitándome después de quedar primero en la selección. Por fin he logrado convencerla de que no es tan peligroso, aunque llevamos meses viéndonos a escondidas, pues su madre le ha prohibido juntarse con alguien que quiere participar en esa barbaridad de juego, palabras textuales. Bueno, Lil y yo no somos novios ni nada, pero nos conocemos de siempre y haría cualquier locura por estar con ella, así que he tenido que trepar paredes, escalar árboles y andar por callejones traseros oscuros a las tantas de la madrugada para poder verla al salir de la mina. Al menos espero que me haya servido de entrenamiento.

Sally regresa de su turno con una sonrisa enorme pintada en la cara.

—Esta vez sí —me dice todo seguido—, y aunque es competencia, me alegro por ella.

Me llaman para que salga a la plaza y se me ponen los pelos como escarpias al escuchar a la gente del distrito vociferar mi nombre. Empiezo a tener palpitaciones en cuanto veo el circuito. De repente ha aparecido un estanque en medio de la plaza. Por encima tiene colgadas varías lianas y al final de éstas se encuentra un tubo vertical transparente por el que me imagino que hay que subir (suerte que sí me han dado guantes). El aullido del público es atronador, me motiva y me desconcentra a partes iguales.

Tengo tres minutos.

Bueno, manos a la obra. Respiro profundamente, agarro tanta carrerilla como puedo y me encaramo a una de las lianas. La resistencia en los brazos no es mi fuerte, pero soy bastante ágil. He practicado con cosas parecidas y si me caigo al menos no me partiré la crisma, pues abajo hay agua. Me balanceo sobre la liana e intento agarrar la siguiente. Tengo los brazos largos, eso es un punto a mi favor. Abajo hay un tipo con un micrófono narrando todo lo que hago que me está poniendo de los nervios.

—William se balancea —dice—, William tiene cara de estar haciendo fuerza en el baño mientras se escurre hacia abajo, pero no, consigue llegar a la siguiente liana. ¿Lo conseguirá el intrépido William? ¿Qué se le pasará a Will por la cabeza en estos momentos?

Estoy pensando que quiero estamparle mi puño en su enorme bocaza. Eso pienso.

Cubro las seis lianas sin acabar en remojo, ya estoy en tierra firme. La muchedumbre grita mi nombre. Esto es genial. Tengo un subidón de adrenalina increíble, ¿me estará viendo Lil? Ahora sí que me siento un súper macho digno de ella. Vamos a por el tubo. Está claro que hay que subirlo sujetándose con brazos y piernas a las paredes, lo malo es que los brazos ya los tengo algo temblorosos por el esfuerzo del obstáculo anterior. Me meto dentro y doy un impulso para clavar los codos en él. Al siguiente impulso ya tengo una postura tipo sapo, aunque como esperaba, empiezo a resbalarme hacia abajo. Esto es cuestión de hacer fuerza y mantener los nervios a raya. Como se me ocurra moverme sin coordinación voy al suelo y se acabó el sueño de concursar. Cierro los ojos para no ver nada y concentrarme solamente en mí mismo, e intento bloquear los sonidos del exterior. Un impuso más, otro y cuando quiero recordar ya estoy arriba. Dos minutos cincuenta y siete segundos, por los pelos, pero lo he conseguido. Corro a apretar el botón rojo, suena un pitido y la plaza estalla.

Cuando vuelvo a la sala del ayuntamiento no quepo en mí de felicidad. Sally está esperándome, tiene las manos juntas en su regazo y parece que no se ha movido un centímetro desde que salí.

—Todo bien compañera —le digo—. A lo que Sally no emite respuesta. Creo que está demasiado histérica como para intentar hablar, con las dificultades que ello le supone.

Me siento a su lado y le agarro una de las manos, tan rígida como si fuera mármol, para entrecruzar sus dedos con los míos.

—Eh, vamos, tranquila. Ahora somos un equipo, ¿no?

Mis intentos por relajarla no sirven de mucho, sigue recta como un palo y con la mirada perdida.

—Bueno —continúo—. ¿Dónde están los otros?

Sally me mira por fin.

—Se-se-se…

Hace un gesto con la mano libre, el pulgar hacia abajo.

—¿Se cayeron? ¿Les han eliminado? —grito de la emoción.

No puedo evitarlo. Me incorporo, arrastrando a Sally conmigo, y empiezo a dar vueltas en círculo alrededor de la habitación.

Sally por fin ríe. Tiene una bonita sonrisa, ausente de tartamudeos. Acabamos tirados en el sofá, ahora de cualquier manera y riéndonos a cada poco. A mí también se me han pasado los nervios, al menos hasta que vuelven a llamar a Sally para la prueba final. Aunque lo peor es cuando me llaman a mí.

Miro a mi alrededor y no veo nada especial, tengo varias puertas corrientes rodeándome. ¿Dónde está el truco? Voy directo a abrir una, porque en la vida hay que jugársela. Cuando de repente la que está a su lado comienza a hablar.

—¿Dónde vas, muchacho imprudente? —me dice.

Estoy un poco de piedra como para contestar. Le han salido ojos y boca, nariz y brazos a la puerta. Las cosas habrán cambiado mucho desde la época dorada del Capitolio, los distritos ya no nos morimos de hambre ni estamos esclavizados, pero está claro que si en alguna parte son capaces de hacer estos prodigios es allí.

—¿Se te ha comido la lengua el gato? —pregunta otra puerta, justo enfrente de la primera que ha hablado.

—La cuestión es la siguiente —dice la primera puerta, palmeando mi hombro para captar mi atención—. Imagina que estás perdido.

—Bien podría ser posible —apunta la segunda—. Yo lo veo más perdido que un calcetín sin pareja.

—No estoy perdido —digo, aunque me siento bastante tonto hablándole a una puerta.

—Técnicamente, pero vas a estarlo —asegura una tercera puerta a mis espadas.

¡Una tercera puerta! ¿Estamos locos o qué?

De repente, las caras de las dos primeras puertas cambian y adoptan la forma, la expresión y el gesto de mi tía Amelia una, y la otra es la de… Lil. Es igualita a Lil.

—Will —me dice la puerta de Lil—, eres un tonto. Ni siquiera tenías que estar aquí. Ahora vas a hacerte un lío.

Oh, madre del amor hermoso. Pero si tiene su misma voz, el mismo tono grave que pone cuando está cabreada. Me giro hacia ella.

—¿Qué lío? ¿De qué va esto?

La puerta se parece más a Lil por momentos. Ha tomado relieve y tiene su silueta, sus formas todavía algo aniñadas. Pero lo más aterrador es que la otra puerta es clavadita a tía Amelia: anchas caderas y pechos enormes embutidos en ropa un par de tallas más pequeña de la que debería usar.

—Will cariño, acércate —me dice la tía Amelia, con sus labios pintados de rosa chicle y un colorete excesivo en las mejillas regordetas. La tía Amelia es la hermana soltera de mi madre que regenta la panadería del pueblo. Le tengo mucho cariño aunque de niño siempre me pellizcaba los mofletes—. Acuérdate te los bollos que te regalaba de pequeño. Eras tan mono, redondito como un balón.

—No me recuerdes esa época —le digo a tía Amelia, ya en confianza.

Claro que estaba redondito, ella me cebaba. Los niños del colegio se reían de mí.

—No sé qué te ha pasado —se lamenta tía Amelia—. Ahora estás tan flaco que pareces un tenedor, con esos pelos. Tienes que pasar más por la tienda.

—La cuestión es la siguiente —vuelve a decir la puerta de Lil, con la voz de Lil. Giro hacia ella de inmediato. Me va a salir una luxación en el cuello, esto parece un partido de tenis—. Tienes que elegir una entre todas nosotras. Podemos llevarte a un lugar con más puertas, pero si eliges bien irás directo al Concurso.

—Aunque si eliges mal… —dice la tercera puerta que habla, la que no se parece a ningún ser querido—. Si elige mal puede significar la muer…

—Calla insensata —ordena tía Amelia— Eso no se puede ni mencionar. Ya hemos dado suficiente información al muchacho, pero mira lo que tengo Will.

La tía Amelia saca de alguna parte un enorme bollo de los que solía regalarme cuando era pequeño. Uno relleno de crema con un montón cobertura de chocolate y virutillas de colores. Los ojos se me ponen como platos. Esos bollos representan lo mejor de mi infancia. Me zampaba uno todos los días al salir del colegio, a escondidas, para que mis hermanas no me pudieran pedir (yo siempre fui el favorito de tía Amelia). En mi familia no podían permitirse un montón de cosas, pero yo tenía bollos.

Avanzo hacia tía Amelia como hipnotizado. Puedo oler la masa recién horneada y todavía calentita, saborear la dulce crema en la lengua. Tía Amelia sonríe con toda la cara y se le inflan los carrillos de la felicidad.

—No Will —chilla Lil—. No seas idiota y agarra mi mano.

Me giro y veo el azul del cielo en sus ojos de pájaro. Veo tormentas y días de sol; veo cada segundo que hemos pasado juntos en los últimos años. Los pies se me mueven solos hasta la puerta de Lil. Podría perfectamente quedarme a vivir en ella si me mira de esta manera. Agarro su mano. Tiene el tamaño adecuado, la forma adecuada que se adapta perfectamente a la mía.

Siento como se abre y me arrastra hacia dentro. Es algo que ni siquiera puedo evitar.

—Te estás equivocando chico —escucho en un tono muy bajo.

No sé si ha sido tía Amelia. Creo que no. Puede haber sido cualquiera de las otras puertas, pero hace que repentinamente cambie de opinión. Trato de soltar la mano de Lil, aunque me aferra con demasiada fuerza y tengo que ayudarme con la otra mano. Cuando lo consigo corro y me lanzo hacia una de las puertas que creo que no ha abierto la boca. Ésta me empuja hacia dentro y entonces empiezo a caer. Es una caída libre en un agujero negro sin nada a lo que agarrarme. Intento tocar paredes que no existen, sin embargo lo único que hago es caer y caer y caer. Y así sigo durante lo que me parecen horas, hasta que empiezo a escuchar de nuevo el griterío de la gente y de pronto aterrizo. Pum. Entre mullidos colchones. No me he hecho ningún daño. Se hace la luz y una persona agarra mi brazo para que me incorpore.

—¿He acertado? —pregunto.

—No. Pero el resto han sido descalificados así que tú ganas.

Esto es muy raro. Nadie me cuenta qué ha pasado con Sally. La buena noticia es que estoy dentro. He superado las pruebas, aunque sea por descarte. El hombre que me guía a la plaza no dice ni una palabra más. Una vez en el escenario veo a mis padres, mis dos hermanas mayores, mi tía Amelia y a Sally, con evidentes signos de haber llorado pero mirándome esperanzada. No puedo negárselo. Tengo que llevarla conmigo. Pero antes quiero despedirme de Lil y contarle lo raro que ha sido esto.

Resulta que es imposible. Cuando me sueltan para que vaya a despedir a mi familia, Brianda Danvers aparece a mi lado y me hacen un sándwich entre ella y su novio. Empiezan a acribillare a preguntas. Brianda es una gran periodista, de las que se mete en la boca del lobo, siempre al filo de la noticia. Había rumores de que este año se presentaría al Gran Concurso, para tener un testimonio desde dentro, sin embargo está aquí. Me pega el micrófono a la boca mientras ajusta su grabadora.

—¿Cuándo decidiste presentarte al Gran Concurso? —Inquiere–. ¿Y cuáles han sido tus razones?

No me queda otra que responder.

—Hará cosa de un año. Para ganar el premio, como todo el mundo.

—¿Te han ayudado a prepararte?

—Mi mejor amiga Lil y yo…

—Oh Dios Mío —grita Brianda—. Es la hija de Katniss Everdeen. Corre Warren, intentemos que nos diga unas palabras. Es tan escurridiza y mal hablada como su madre.

Han encontrado a Lil antes que yo. Menuda mierda. La han acorralado igual que a mí. Miro mi amiga encogerse de hombros y hacerle a Brianda un gesto grosero con un dedo. Quiero ir hacia ella, pero ahora tengo a mi lado al presentador, el hombre del micrófono que no paraba de dar la tabarra.

—Y bueno William. Enhorabuena en primer lugar.

—Gracias —le digo. Quiero que me suelte. Tengo unas cuantas cosas que hacer antes de irme.

—De nada muchacho. Sólo nos queda una cosa por saber, ¿quién te acompaña al Concurso?

—Lil —digo sin pensarlo—. Lilian Mellark