Una vez fuimos grandes — cap. 3

Muchas gracias a Dani Valdes por Amarilis. Espero que sea todo lo que esperabas de ella. O al menos que se le parezca.

—Mierda. Mil veces mierda.

Se me acaba de partir la estúpida barra de labios por la mitad mientras los repasaba y me he dejado la cara hecha un cuadro. A ver cómo arreglo este desastre. Y lo peor de todo es que este color, este puñetero color, es único. Es carísimo y estuve ahorrando meses para comprarlo. Un rojo cereza dúo cromo con destello azulado. Cuesta un ojo de la cara. Se trata de un producto exclusivo, hecho con cochinilla auténtica, nada de pigmento mineral. Animalillos del tamaño de mi uña del dedo meñique del pie a los que machacan vivos para que se mezcle su tono rojizo con el de su sangre.

Agarro un buen pedazo de papel higiénico para tratar de volver a parecer una persona y no un payaso del circo. Me quedo mirándome en el espejo y no tengo más que gruñir. El antaño precioso color lila de mi pelo se ve desvaído, comienza a notarse el marrón de debajo. Es demasiado vulgar, demasiado corriente, no me agrada para nada. Las extensiones de pestañas se me están desprendiendo poco a poco. Llevo con las mismas más de tres meses; pensaba renovarlas esta semana, pero han aumentado el número de cámaras de seguridad en la Sala de Apuestas en la que trabajo y cualquiera se arriesga a cambiar el tomo de cartas para hacer un apaño con alguno de los clientes con los que tengo acuerdos de… ganancias mutuas. Ahora tendré que encontrar un nuevo ángulo muerto.

—¡Amarilis! —Me llama una voz, mientras golpea la puerta de aseo femenino—, Amarilis, date prisa. Todos te esperan. No está bien hacer esperar al cliente.

Vaya por Dios. No hay que hacer esperar al cliente. Al cuerno con el cliente. Al cliente le sale la pasta por las orejas. A todos ellos. Que se entretengan poniendo en hora su reloj de pulsera, el cual seguramente valga más que toda la casa de mi familia, incluidos los muebles. Aunque eso es fácil, teniendo en cuenta que tanto la casa de mi familia como los muebles ahora son propiedad del banco. Nos han dado un corto plazo para seguir en ella. Si saldamos nuestras deudas, nos la quedamos. Si no somos capaces de aportar el suficiente dinero, todo el mundo a la calle.

Odio a Seneca Crane.

Sé que está muerto. Sé que era de la familia, pero lo odio igualmente.

—¡Amarilis! —la voz de fuera ahora suena más insistente y chillona.

—Ya voy, pesada.

Me retoco el moño, obligatorio en el trabajo, y asiento el tupé con un poco de la laca fijadora que siempre llevo en el bolso. Me da tiempo a alargar un poquito más la raya del ojo (para mi gusto, nunca es lo bastante larga). Quinta capa de máscara de pestañas y más o menos listo. No voy a dejar que esa chusma me vea hecha un adefesio. Echo otro vistazo a mi reflejo en el espejo del baño. Bueno, más o menos. Se me está cuarteando la purpurina plateada que me puse esta mañana en los párpados (a juego con el color de mis ojos) y me caen pequeñas motitas sobre las mejillas, pero no tengo tiempo para empezar de cero otra vez.

El Salón de Apuestas está a reventar. La economía pasa por una buena racha, al menos eso dice la prensa. Aunque para ser exactos debería decir, "La economía de todo el mundo pasa por una buena racha menos la de la familia Crane". Miro con pena la uña que se me rompió anteayer y que he tenido que apañar haciendo un remedio casero con pegamento. Los que me esperan, sentados alrededor de una mesa de Blackjack, están forrados. No les caben los billetes en sus enormes carteras. No creo que sea ningún delito quedarme con algo. Compartir es vivir, sobre todo si con quien comparten es conmigo. Puedo ser su obra de caridad de este mes.

Antes de llegar a mi puesto, algo que aparece en una de las pantallas de la sala capta mi atención y me detengo a observarlo. Están anunciando las pruebas de selección para el Gran Concurso que se celebrarán en el Capitolio la semana que viene. El plazo de inscripción termina mañana. Luego hacen un pequeño resumen de lo que pasó ayer en el Distrito 12. Los últimos serán los primeros, dicen, haciendo referencia a que desde siempre el 12 ha sido el distrito menos favorecido de Panem, aunque están mucho mejor de lo que solían estar. La televisión nacional nos hace tragarnos propaganda constante sobre lo bien que va el país, lo democráticos que somos y toda esa mierda. Aquellos que piensan, como es mi caso, que dejar el gobierno en manos de un puñado de inútiles elegido por el populacho es una salvajada, no tienen más remedio que morderse la lengua. Yo con más razones, dado mi apellido. Crane. Tan mal visto por un bando político como por el otro, debido a las ridículas decisiones que tomó mi tío abuelo siendo vigilante jefe de los Juegos del Hambre.

—Buenas noches damas y caballeros —saludo a todos mientras tomo mi puesto en la mesa.

Todo el mundo se me queda mirando. En estos días, mi forma de vestirme o maquillarme se considera algo excesiva hasta en el Capitolio. No soy la definición de lo que se considera una persona con clase, pero que les zurzan a todos. No pienso dejar de ser yo misma, sería mucho más yo mima si mi condición económica me lo permitiera y pudiera hacerme algunos retoquillos estéticos, como aumentarme los pómulos. No soporto lo insípido en que se ha convertido el mundo que me rodea.

Comienza el juego. Me estoy aburriendo como una ostra. Cualquier otro día, antes del aumento de las cámaras de seguridad, estaría maquinando como dar el cambiazo a una de las barajas de cartas y hacerle un disimulado guiño al señor McQueen, un gordo acaudalado que supo salir adelante vendiendo obras de arte saqueadas durante la Guerra. Nadie diría que procede del Distrito 13, el lugar más aburrido y con menos gracia del mundo. El señor McQueen es como mi mecenas. Me contactó nada más entrar a trabajar aquí para ofrecerme un ventajoso negocio en el que nos repartiríamos las ganancias. Estoy segura de que las ganancias acaban casi todas en su bolsillo, pero lo que me da es más del doble de mi salario y me costea algunos caprichos que mi familia se llevaría las manos a la cabeza si supiera que me estoy permitiendo.

Miro de reojo al señor McQueen y pienso, de perdidos al río. Saco la baraja trampeada de mi bolsillo del chaleco y doy el cambiazo bajo la mesa. Un instante después tengo a dos maromos agarrándome por debajo de los hombros y arrancándome de mi silla a la fuerza. Se dedican a arrastrarme hasta un cuarto oscuro iluminado por una sola bombilla, en el que huele a humedad. Se quedan a mis costados, como si pudiera escaparme, hasta que llega el jefe de personal. Me veo obligada a contarle una historia rocambolesca sobre como me han obligado a participar en la estafa. Me consta que mi aspecto no ayuda a dar una imagen de chiquilla coaccionada para robar en la empresa en que trabaja, pero trato de sonar convincente.

—No me lo trago Amarilis. No es la primera vez que nos vemos.

Eso es verdad. El cuarto de la bombilla no es completamente nuevo para mí. Lo conocí cuando descubrí como cambiar el algoritmo de las máquinas tragaperras. He salido de rositas de varias como ésta.

El jefe de personal se larga sin comentarme si todavía trabajo para la empresa. Le acaban de llamar por teléfono. Debe de tener un asunto más importante que yo que solucionar. Me siento en suelo a esperar mientras pienso en cuáles son mis opciones laborales si me largan de aquí. He probado con un montón de cosas pero ninguna es de mi agrado. No debería de verme obligada a trabajar. Las cosas cambiarán cuando mi hermano por fin comience con su carrera política. Confío cien por cien en él. Confío en que devuelva a todo el mundo al lugar al que pertenece y coloque a mi familia en el lugar en que debería estar. En lo más alto.

Mis padres querían hijos modélicos, que no dieran que hablar y mira cómo hemos salido. Bueno, mi hermano es modélico. Al menos de puertas a fuera. Sus verdaderos planes los conozco yo y un puñado de personas más de su confianza. Es un líder nato. La gente se para a escuchar cuando él habla. Tiene ideas revolucionarias para el país. Revolucionarias para lo que se ha convertido Panem ahora. Hace treinta años habrían sido de lo más normales.

Hablando del rey de Roma, la puerta se abre y al otro lado aparece mi hermano acompañado de los dos maromos.

—Venga arriba —me dice, con los labios fruncidos por el enfado—. Ya está todo solucionado. Van a correr un tupido velo sobre el tema y podrás conservar el trabajo.

Me levanto y le sonrío ampliamente. Estoy tentada de darle un abrazo, pero sé que no le gustan esas cosas en público. No sé cómo lo hace. Está tan pelado de pasta como yo, por lo que no puede ser a través del soborno. Tampoco le pregunto sus métodos ni la forma en que consigue esos trajes de marca que siempre lleva y su aspecto impoluto. Tal vez tenga una novia rica que se los regala.

Durante el viaje de vuelta a casa, Leandrus se dedica a sermonearme como haría un buen hermano mayor.

—Vas a tener que cortarte con tus trapicheos cuando sea político —me reprende—. No puedo permitirme que se me relacione con ese tipo de cosas.

—A ver si te haces político ya —contesto—. No veo la hora.

Llegamos a casa, y estoy deseando darme un buen baño con burbujas y esencias cuando recuerdo que tuvimos que empeñar la bañera. Eso me pone de muy mal humor. Era una bañera preciosa, con incrustaciones de ágatas y bañada en oro. Una joya de la familia. Ahora tenemos una ducha de lo más vulgar y mundana, una ducha de pobres.

Como no puedo bañarme me dedico a dar vueltas por la casa. Mis padres han salido y estamos solos Leandrus y yo. Me lo encuentro en su despacho trajinando con algunos papeles.

—¿Qué es eso? —pregunto, mangándole una de las hojas desde atrás sin que se dé cuenta.

—Nada de tu incumbencia.

—Todo es de mi incumbencia y lo sabes.

Intento leer el documento pero, pese a ser una chica bastante alta y nada enclenque, Leandrus es más alto y fuerte que yo, no tarda nada en arrebatármelo aunque trate de impedírselo.

—¿Qué es? ¿Dime qué es por favor? —le suplico

—Por cosas del destino, tengo el guion de las pruebas de selección para el Gran Concurso que se harán la semana que viene

—¡No fastidies! —Exclamo algo acelerada y con la cabeza trabajando a mil.

—Sí fastidio —dice Leandrus muy serio— ¿No me digas que te gustaría participar, con toda la chusma que se presenta?

Me lo quedo mirando, pero no digo nada. No me gustaría participar, eso desde luego. Lo que quiero es ganar. Que lo ganemos uno de nosotros. El premio es una cosa seria. Solucionaría bastantes de nuestros problemas actuales, principalmente los económicos.

—Amarilis —me dice Leandrus—, puede que no lo parezca, pero nosotros pertenecemos a otra clase. Nuestra familia organizaba los Juegos, no participaba en ellos. Una vez…

—Una vez fuimos grandes —acabo el discurso por él. Ese es su lema y tengo que decir que me encanta. Todavía queda mucha gente en el Capitolio que desea recuperar esa grandeza y yo soy la número uno de esa lista—. Lo sé, pero imagina todo lo que podríamos hacer con el premio.

—¿Y cómo pretendes superar las pruebas físicas con esas uñas de lagarterana que llevas? —me pregunta Leandrus. Contemplo mis desproporcionadas uñas, las cuales adoro. Hice que me pusieran incrustaciones de brillantes, aunque claro, son falsos, como casi todo lo que me veo obligada a llevar. Luego intercambiamos miradas durante un momento. A mí se me tuerce la boca y está a punto de escapárseme una carcajada—. ¿No pretenderás que vaya yo? —inquiere mi hermano elevando el tono de voz.

—Tú estás fuerte Leandrus —le digo—. Eres guapo, inteligente, decidido, la gente te admira, eres todo un modelo a seguir.

—Deja de adularme. Sabes perfectamente que jamás me vestiría con un chándal. Por encima de mi cadáver. Un Crane no usa ropa de hacer deporte. Un Crane está destinado a controlar al populacho, no a mezclarse con él.

Pierdo el habla por un momento. No tengo ni idea de la manera de convencerlo. Observo las fotos antiguas que mi hermano tiene colgadas en el despacho, fotos de la familia Crane, y se me cae el alma al suelo. Entonces sí que teníamos clase, teníamos dinero, éramos respetados. Los Crane formamos parte del Capitolio desde su fundación. Sobrevivimos a los Días Oscuros. Seré muchas cosas, pero no soy una inculta. Conozco el pasado, conozco la grandeza de nuestra ciudad y nuestra familia. Sé todo lo que teníamos y lo que perdimos debido a la Guerra y al tío abuelo Seneca Crane.

Aunque está terminantemente prohibido hacerlo en casa por orden de nuestros padres, he visto los vídeos de la edición de los Juegos del Hambre en que comenzó el declive muchas veces. Esa chica, Katniss Everdeen, ahora tan famosa y respetada, era una criaturilla inmunda que le tomó el pelo a mi tío. Ella tuvo la culpa de todo. Ella y Séneca, por consentir que permaneciera viva. Ese fue el origen de nuestras desgracias, de que cayéramos en el olvido y la pobreza. Después de aquello no ha habido un solo Crane que supiera hacer las cosas a derechas. Hasta nuestra generación. Confío en Leandrus para que arregle este lio y ponga las cosas en su sitio. Tiene madera de líder, es un gran orador, siempre usa las palabras precisas para convencer a la gente. Yo creo en él. Y yo nunca creo en nadie.

—Iré yo —le propongo. Se me han llenado los ojos de lágrimas, algunas falsas, otras de verdad.

No soporto más esta situación, este no ser nadie, este no tener todo lo que quiero tener—. Iré yo, pero tienes que ayudarme. Podemos ganar dinero y que tú te des a conocer. Empezar tu campaña antes de tiempo. No hay nadie en todo Panem que no siga el Gran Concurso. Puede ser la plataforma de lanzamiento que estabas esperando. Pero tienes que ayudarme a ganar.

Leandrus se acerca y me seca las lágrimas con la manga de su traje caro.

—Está bien, Amarilis. Está bien. Tú eres la única persona que me importa en este mundo. Lo haré por ti y por el futuro de Panem. Ponte decente. Tenemos que hacer unas visitas. No vas a poder ganar si no cerramos algunos acuerdos previamente.