AN/ Miles de gracias a Paulis por Damia Stevenson. Pau, sé que me contaste más cosas sobre Damia de las que aparecen aquí, pero quería guardarme algunas, dejar algún as bajo la manga para escribirla más adelante. Espero que te guste de todos modos. He intentado reflejar toda su pasión en las palabras.


El mundo en un instante — cap. 5

-Por aquí señorita. ¿La envía la agencia, verdad?

Doy un asentimiento de cabeza al hombre trajeado que está frente a mí. Le estrecharía una mano, pero ambas están ocupadas con todos los cachivaches que necesito para hacer mi trabajo en condiciones: trípodes, aros de luz, objetivos y obviamente, mi querida cámara. Mi objeto más preciado en este mundo.

Me encuentro en la puerta de uno de los nuevos apartamentos de lujo que han construido en el Distrito 4, esperando a que el agente inmobiliario que han enviado mis jefes abra la puerta. Solo hace falta echar un vistazo a este hombre para saber que no procede de aquí. Su palidez me recuerda a una hoja de papel en blanco, casi puedo ver las venas transparentarse a través de la fina piel de los dedos mientras trajina con las llaves intentando encontrar la correcta. Si naces en el cuatro, es casi imposible no estar bañado por el sol y adquirir un saludable tono dorado, tendrías que pasarte el día encerrado en casa para tener el tono de la leche desnatada de este hombre. Las personas tan pálidas poseen un aire extraterrestre que tiende a inquietarme, sin embargo, ha sido cordial y no ha hecho ningún comentario grosero sobre lo guapa y joven que soy, ni se ha quedado mirando mi escote descaradamente, tal y como hizo el último hombrecillo con el que me tocó trabajar, que parecía que quisiera enterrarse la cara ahí dentro.

Cuando el agente abre por fin, descubro que el lugar es fantástico: amplios ventanales con vistas a la bahía en un espacio diáfano y muy luminoso. El piso está decorado con gusto y a la vez con un estilo que carece totalmente de personalidad, si eso es posible. Muebles en tonos neutros que intentan imitar un rollo vintage, pero que en realidad han sido hechos en serie en algunas de las fábricas de Distrito 7, e imágenes serigrafiadas en las paredes que son copias de cuadros de antes de que el mundo se fuera a pique. Es decir, anteriores a que Panem ni siquiera existiera, muy de moda en los últimos tiempos. Nada es auténtico aquí dentro, ni siquiera las plantas: algunos ficus y varios cactus, con un verde demasiado brillante para ser real. En las paredes han mantenido los materiales en bruto, ladrillo y cemento, lo único que otorga un punto de originalidad a este lugar y le da el aspecto industrial de estar todavía a medio hacer. Todo es bonito, pero aburrido. No da la sensación de que nadie haya vivido aquí jamás ni vaya a hacerlo en un futuro; parece simplemente lo que es: un apartamento turístico para alquiler de lujo.

El agente intenta entregarme las llaves pero dado que aún no he soltado mis bártulos, me es imposible cogerlas. Las deja sobre una encimera de mármol blanco que hace las veces de isla de la cocina, un muestrario de electrodomésticos lacados en placa metálica que ofrece todas las comodidades y parece llegado directamente del futuro.

—Cuando acabes puedes llevarlas a la oficina —me comenta el hombre. Me ha dicho su nombre hace un momento, pero es tal lío de consonantes que se me ha borrado de la cabeza de inmediato—. No sé si una sesión será suficiente. Tenemos buenas referencias y estos pisos se van a alquilar por un auténtico dineral. Esperamos un trabajo a la altura.

Me abstengo de decir lo que estoy pensando: que mi trabajo siempre está a la altura porque soy muy buena en lo mío. Aunque hacer fotos para agencias inmobiliarias no sea precisamente la ilusión de mi vida, siempre doy lo mejor de mí, haga lo que haga. El ayuntamiento suele contratarme para los eventos más importantes del distrito y jamás he recibido ninguna queja. Pondré todo de mi parte para darle vidilla a este lugar, por lo demás, completamente insípido. Tengo buena luz, y eso es lo único que necesito para trabajar.

El hombre se larga sin hacer intención de ayudarme a soltar todo o que tengo encima, dejando la puerta abierta tras de sí. Suelto todo lo que llevo sobre un sofá de terciopelo grisáceo —terciopelo, el tejido ideal para el calor y la humedad que tenemos en el Distrito cuatro: relájese en su sofá hasta que se desintegre por completo— y abro todas y cada una de las ventanas de la estancia.

Me doy un momento para respirar antes de ponerme al lío. Tengo que recordarme unas cuantas veces por qué acepto este tipo de empleos: necesito la pasta. Necesito dejar de vivir en casa de mis padres y dejar de depender económicamente de mis trabajos como camarera de fin de semana en su restaurante; odio la forma en que se me incrusta el olor a almeja y camarón en la piel y en el pelo, como si fuera el perfume que uso casa mañana.

No voy a necesitar meter mucha iluminación adicional al sitio, ya de por sí parece rodeado de focos gracias a todas las ventanas que tiene. Es sin duda, lo mejor de la casa. No hay lugar en Panem con mejor luz que el Distrito 4, siempre brillante, siempre despejado, donde las tormentas y las nubes duran a lo sumo un cuarto de hora. Mi predilección por el 4 viene dada debido a que se trata de mi hogar, lo cual no quiere decir que no me muera por salir de aquí cuanto antes. No es que conozca cada rincón del país, pero he viajado (con mucho esfuerzo y ahorrando hasta el último céntimo) a muchos de ellos, tratando de capturar su esencia, de capturar ese instante que te dice todo lo que necesitas saber de un sitio a través de una imagen. Aun así, me quedan millones de lugares por descubrir, millones de momentos que inmortalizar. Estar metida entre cuatro paredes hace que me falte el aire, sin personas ni vida, es como pintar una naturaleza muerta a la que no le queda nada que contar.

Una vez que noto el aire cálido del distrito calentarme las mejillas, decido hacerme un café con ese instrumento venido del espacio exterior y del tamaño de un mastodonte que se asemeja a una cafetera. Tiene tantos botones que puede que haya que hacer un máster antes de empezar a usarlo, así que me lanzo a introducir una cápsula al azar y aceptar la serie sugerida por el artilugio mediante lucecitas. El resultado está aguado y no tiene nada que ver con el café de puchero que preparamos en casa, café de verdad, negro y sin azúcar, pero es gratis. Me siento en el infame terciopelo del sofá a contemplar las vistas durante un ratito y al momento empiezan a sudarme las nalgas. Se nota que la cosa está hecha para ser contemplada en la distancia, no para sentarse en ella, razón por la que le han puesto doce millones de cojines encima.

Sobre la mesa del salón, redonda y de cristal, se encuentra el mando del proyector. Estoy segura de que no necesito usarlo para que se ponga en marcha, con una sola palabra o un par de palmadas al aire puede ser suficiente para que se encienda, pero prefiero no arriesgarme a que la domótica de la casa se vuelva loca y comiencen a subirse y bajarse persianas y encenderse y apagarse luces, mejor ir a lo seguro. Por otro lado, tiendo a sentir cierta nostalgia de cuando las cosas requerían algo de esfuerzo para ser llevadas a cabo. Es igual que hacer fotos. Mi cámara puede captar el encuadre perfecto, el nivel de luz idóneo, la nitidez y el enfoque ideal por si sola (por eso pagué una pasta por ella), pero ¿cuál es el encanto de que una máquina lo haga todo por ti? ¿Dónde está la magia en volvernos a todos unos inútiles carentes de habilidad para hacer nada en condiciones?

Presiono el botón de encendido y la pared de enfrente se ilumina con millones de partículas suspendidas en el aire que se unen formando una imagen. Las noticias de Panem. No va a matar a nadie que me ponga un poco al día sobre lo que pasa en el mundo antes de empezar a trabajar. El presentador habla mientras las imágenes muestran un gran circuito de obstáculos rodeado por un bosque. Juraría que se trata del Distrito 7, en ninguna otra parte se encuentran tantos árboles al lado de los núcleos de población. La imagen vuelve a un plató en el que un hombre y una mujer con pinta de haberse criado en el Capitolio hablan sobre el Gran Concurso. Qué pesadilla. Es estos días es imposible no toparse con algo relacionado con el Gran Concurso por todas parte. Publicidad, programación especial, ex concursantes y ganadores dando testimonio de su paso por el programa. Es como si no pasara absolutamente nada en el mundo aparte de eso. El Gran Concurso dará comienzo la semana que viene y todavía quedan algunos participantes por seleccionar, entre ellos el Distrito 7 y el 4. Cuando vengan aquí tendremos al Gran Concurso hasta en la sopa. Pasan a poner imágenes de la edición del año pasado. Veo a los cuatro finalistas angustiados por salir de un pozo de fango de paredes verticales en el que el nivel de agua aumenta a la velocidad de la luz. Tres de ellos consiguen salir por sus propios medios, asiéndose a ramas, escalando, buscando piedras a las que sujetarse para subir la embarrada pared. El otro no es lo bastante ingenioso o fuerte como para apañárselas por sí mismo, nadie se para a ayudarle, por supuesto, ya que se trata de una competición y empieza a tragar el lodo que le cubre hasta la cabeza mientras no deja de mover todos sus miembros como si fueran alas de pájaro, intentando mantenerse a flote. Lo acaba por recoger inerte un aerodeslizador del que surgen unas enormes pinzas metálicas. Su cuerpo es una masa inmóvil cubierta de cieno y algas. Conozco la historia de ese tipo, es del Distrito 9, respiró tanta agua sucia que se le coló en los pulmones. Estuvo a punto de morir, lo salvaron por los pelos y ahora necesita tratamiento de por vida. Ya había visto este episodio. Recuerdo tener el corazón en puño mientras veía como el tipo se ahogaba lentamente, recuerdo pensar que no sobreviviría ninguno de los cuatro y en la tremenda locura que era ese programa, el Gran Concurso, el mayor acontecimiento a nivel nacional. Finalmente vivieron los cuatro. La ganadora fue la concursante del 8, hice una entrada en el blog sobre su final, ya que puedes estar más o menos de acuerdo con el Concurso, pero la realidad es que todo el mundo lo sigue, a todo el mundo le interesa y su vencedor pasa a convertirse en una especie de leyenda a nivel nacional, igual que lo eran los vencedores de los antiguos Juegos del Hambre.

Después de esto me pongo manos a la obra, con una sensación agridulce en la boca. Por un lado, envidio a aquellos que tienen las agallas de participar en el Gran Concurso, las oportunidades de ponerse a prueba que ello les brinda, la fama, el dinero, las puertas abiertas a hacer lo que quiera en la vida que le otorgan al vencedor. Por otro me parece una gran locura macabra. Sin embargo, la parte de mí a la que le gusta vivir al límite, la que no ansía tener siempre un suelo firme bajo mis pies, suspira por formar parte de algo así y poder inmortalizar la experiencia para la posteridad.

Realizo el trabajo en un periquete, soy excelente en lo mío, aparte que lo más duro de este tipo de encargos es la edición que hará que todo parezca más grande, brillante y mejor. Tengo tiempo suficiente para cotillear un poco de todo lo que encuentro por aquí y por allá, y mientras me dedico a la tarea, llamo a mi amiga Isabel.

Responde al primer tono.

—Me he mudado —le digo—. A un apartamento de lujo desmesurado y con buenas vistas.

—Y un pimiento —contesta ella entre risas.

Tengo que enviarle unas cuantas fotos con una aplicación de mensajería instantánea para que me crea.

—Vale, ¿a quién has allanado su humilde morada? —me pregunta Isabel en cuanto las ve.

—Es trabajo —contesto—. Aquí todo es tan artificial como el ambientador con aroma a frescor de la amazonia que han puesto por todas partes. Necesito un poco de aire de verdad. ¿Me acompañarías a tirar una foto a los acantilados esta tarde?

No me llevo el trípode, nos marchamos solos la cámara, yo e Isabel, que ha venido a buscarme con su cacharro pintado de azul celeste al que llama coche. Cuando llegamos a los acantilados, en la parte más occidental del Distrito, Isabel se niega a continuar la aventura conmigo.

—Allá tú y tu chifladura, Damia. Yo paso de romperme la crisma subiendo por ahí arriba.

Alzo la mirada a lo alto, a las escarpadas rocas que parecen perderse en la inmensidad del cielo, y al frente, veo el océano. El verdadero océano, no las suaves playas que bañan las costas del Distrito 4. Este es el paisaje más salvaje que puedo encontrar en las inmediaciones del distrito y también mi preferido para hacer fotos que de verdad merezcan la pena ser hechas. Empiezo a escalar las rocas yo sola, después de haberme cambiado los zapatos que llevaba por otro calzado más adecuado. Aun así no llevo el equipo idóneo y el peso de la cámara hace que se me desestabilice el cuerpo hacia un lado. Me corto las manos con las piedras más afiladas, la sal en el aire hace que las heridas me escuezan y el viento azotándome la cara consigue hacerme sentir más viva de lo que me he sentido en los últimos meses. Está claro que estoy como una cabra, uno no decide hacer este tipo de cosas a última hora, sin los medios necesarios para no palmarla en el intento. Sin embargo, siento la adrenalina correrme por las venas igual que si fuera un torrente de agua, dispuesto a inundar el mundo. Observo como el sol se va poniendo con los ojos entrecerrados, el aire y la sal hacen que me lloren y se me nuble ligeramente la vista. Ya queda poco, tengo apenas unos minutos para capturar el momento exacto, cuando una bola de fuego se pose por encima del mar y tiña su superficie de naranjas morados y violetas.

Una vez arriba salto de una roca a otra sin pensar en la caída de cincuenta metros bajo mis pies. Las olas rompen con fiereza contra las rocas creando una tormenta de espuma blanca. Durante el atardecer lo normal es que la marea esté baja, pero en este lugar el mar siempre está alborotado. Intento quedarme quieta cuando doy con el emplazamiento ideal, pero las ráfagas de aire hacen que el cuerpo me ondee como si fuera una hoja. Estiro los brazos para mantener el equilibrio; la sensación es alucinante, el espectáculo es impresionante, tengo el mar y el cielo al alcance de los dedos, el viento me agita todo el cuerpo como si quisiera llevarme consigo y mis ojos captan ahora mismo tantos colores y matices en el paisaje como jamás podría llegar a hacerlo una lente. Aun así, saco la cámara de su funda. No es la calidad de la fotografía lo que me interesa, quiero atrapar el momento, el instante único e irrepetible que haga que la imagen penetre en los cinco sentidos, quiero el sabor a sal en la lengua, el olor a vida que desprende el océano, la cálida brisa en la piel y la explosión de color que te llegaría a los ojos aunque los tuvieras cerrados. Cuando siento que el instante está en mí, disparo. Una sola vez, como si fuera la única oportunidad que me diera la vida para hacer esto. Y sé, sin necesidad de mirar la foto, que se trata de una obra de arte perfecta.

Cuando desciendo el acantilado ya he decidido que me presentaré a las pruebas para participar en el Concurso. No más apartamentos de lujo y sin vida, no más bodas y bautizos. Quiero tener la oportunidad de hacer grandes cosas y quiero que éstas se queden grabadas en la memoria de la gente, igual que se mantendrá grabado en la mía el momento que acabo de vivir.

Isabel me espera abajo con las manos sobre la cabeza.

—¡Estás muy pirada! —Me chilla—. No creo que los señores Stevenson ahorraran para pagarte los estudios en el Capitolio para que hicieras este tipo de locuras. ¡Podrías haberte matado!

—Pues ya verás cuando les explique lo que tengo pensado —digo una vez estoy junto a ella—. Llévame al restaurante. Es viernes y aquello estará reventar. Necesitan mi ayuda. Ah, y también tengo que darle la noticia a Alix y convencerlo para que me acompañe.

—¿La noticia de qué? —Me pregunta Isabel. Veo miedo y expectación en sus ojos, urgencia en su voz—. ¿Qué vas a hacer, Damia?

Le sonrío. Sé que tengo una sonrisa tranquilizadora, mucha gente me lo ha dicho.

—Sorpresa.