Gracias a Gato por Frances Horseman. Espero que te guste.
Té de las 5 — cap.6
El salón de audiencias se ha quedado vacío. Continúo sentada en el banco asignado al fiscal, observando el escudo de Pamen grabado sobre la pared del fondo del estrado. Es antiguo; el escudo, la pared, la audiencia entera. Nunca llegó a cambiar de forma, ni aunque cambiaran las reglas del juego. Supongo que decidieron dejarlo ahí para recordarnos que a pesar de haber pasado por guerras civiles, de habernos matado unos a otros sin escrúpulo, seguimos siendo los mismos. O tal vez ha sobrevivido por si solo a los envites, igual que el país, igual que la vida sobre la Tierra. La vida siempre se abre camino, en la forma que sea.
Llevo un rato ordenado mis notas, mis documentos. Cuadrándolos para que las esquinas queden totalmente rectas más que nada. Me relaja el silencio y el orden, pero el vigilante vendrá a echarme de un momento a otro. Me retiro las lentes que necesito para ver de lejos y presiono sobre el puente de mi nariz, con los ojos cerrados. Otro caso ganado. Otro tipo que despedirá sus días metido entre rejas. Ese es mi oficio, librar a la gente de su libertad. Librar al mundo de la libertad de otros, para ser más concretos. Así es como las cosas deben de ser y no siempre resulta sencillo. Pero las normas están para cumplirse, ¿verdad? No solo gano yo, ganamos todos y es lo que debe de hacerse.
Es hora de volver a casa.
Me contemplo en el espejo del baño antes de salir de la audiencia. Me alegra ver que la media melena, tan clara que parece blanca, no sé ha movido ni un pelo del moño que me hice por la mañana, el lazo blanco del cuello sigue también perfectamente colocado en su sitio. Me imagino a Miles diciendo: ¿pero no te ahogas con eso? Suéltalo un poco y suéltate el pelo.
Miles. Lo echo de menos. Al principio era raro enfrentarme a los juicios sin él, fue mi mentor y mi maestro, además de mi hermano, pero ahora es pan comido hacerlo sola y no solo me he hecho autosuficiente, sino mejor que él.
Cuando bajo las escaleras del enorme edificio, tres chicos jóvenes se me echan encima.
—Profesora Horseman —me gritan casi al unísono, rodeándome.
Cuando digo jóvenes, me refiero a que tienen mi misma edad, a lo sumo un año menos. Pero siempre me he sentido más adulta que el resto, más madura y con más sentido de la responsabilidad. Hecho que resultó más decisivo que mi inteligencia a la hora de que me propusieran como becaria para la fiscalía casi nada más empezar la carrera. También es el motivo por el que ahora en lugar de asistir a clase imparto mis propios seminarios. Todo en tiempo record. Todo en mí podría entrar en el libro de los tiempos record.
—Ha estado increíble ahí dentro —me dice uno de los muchachos.
Parece que va a abrazarme. Tengo que apresurarme a dar un paso atrás. Soy muy selectiva con la gente que dejo que me toque.
—Gracias —contesto, tratando de desembarazarme de ellos.
—Qué forma de hablar —interviene otro de los chavales—. De dirigirse a la audiencia, profesora Horseman, es usted nuestro ídolo. Todos estaban acojonados ahí dentro.
No me gusta la idea de ser el ídolo de nadie, ni tampoco la cercanía humana. Por lo que me separo de ellos un poco más. El tercero al menos solo se dedica a darme la enhorabuena y no parece que quiera frotarse conmigo.
—Muchas gracias caballeros, pero tengo que irme. Nos veremos en el próximo seminario, espero —les digo.
Me alejo a marcha rápida. Tengo que coger la maleta y dirigirme a la estación sin demora si no quiero perder el tren. Mientras lo hago les escucho murmurar:
—¿Pero tú has visto lo buena que está, tío? Yo le haría favores todas las noches de una semana seguidas.
—Tiene unas piernas perfectas, pero lo que más me pone es la mala leche que se gasta. Los tenía a todos comiendo de su mano en el tribunal.
—Callaos ya, idiotas. ¿No veis que os puede oír? —dice el único ser humano decente de entre esos tres cavernícolas. El único que va a aprobar mi clase, por otro lado
—Tranquilo tío. Ella va a lo suyo. Y no hagas como si tú no babearas, que te chorrea la saliva por la barbilla igual que al resto.
Ese tipo de comentarios me incomodan y me ponen furiosa. Me molesta que el hecho de ser mujer y joven me quite méritos y que llevar falda corta tenga que ser un tema de conversación para nadie. Estiro de ella hacia abajo, como si pudiera alargarla, ya que lo cierto es que al caminar se me sube ligeramente. Me encantaría pillarlos por banda y decirles cuatro cosas hasta que se les cayera la cara de vergüenza. Pero respiro profundo y pienso que estoy por encima de esos niñatos. Muy por encima.
El apartamento que alquilo en el Capitolio es pequeño y funcional, consciente de que es un lugar de paso y jamás será mi verdadera casa. La maleta ya está preparada, solo tengo que cogerla y llamar a un taxi para que me lleve a la estación. Me dedico a estudiar la ciudad durante el trayecto. Está viva, llena de luces, gente y ruidos. Parece una ciudad nueva y vieja al mismo tiempo, porque lo es. Una ciudad que tuvo que ser levantada en su mayor parte. Una ciudad en la que durante mucho tiempo se estuvo caminando sobre escombros y restos de muertos, hasta que hubo el dinero suficiente para restaurar edificios y esconder toda esa basura bajo tierra.
Cada vez que estoy en el Capitolio no puedo evitar pensar en mis padres. En el momento en que decidieron empuñar un arma para luchar por la libertad Y por una vida digna. La idea de conservar eso que ellos ganaron para nosotros, fue lo que hizo que quisiera dedicarme a lo que hago hoy en día. Murieron miles de personas, nunca se supo la cifra exacta. Los registros de población del Capitolio se evaporaron y hubo familias que jamás sabremos que existieron porque no quedó nada de ellas.
La Estación Central del Capitolio siempre es un hervidero. Ahora todo el mundo va de acá para allá, al contrario de lo que sucedía con el antiguo régimen: estudiantes, hombres de negocios o simpes turistas. Mi tren sale con diez minutos de retraso, lo que no contribuye a mejorarme el humor. ¿Para que hacer horarios, si luego piensas saltártelos a la torera?
Durante el viaje hasta casa tengo la mala suerte de que un extraño se me siente al lado en el tren. Se pone demasiado cerca, como si no pudiera evitar tocarme con el hombro. Este no es uno de esos trenes antiguos que usaba el Capitolio. Es un tren nuevo, un tren de pasajeros con el espacio optimizado para que quepan cuantas más personas mejor. No puedo evitar leer el titular en la prensa escrita que está leyendo el hombre. Las letras en negrita ocupan casi toda la portada: El Gran Concurso: nueva edición. Una imagen del representante del distrito 2 aparece de fondo. Es un tipo famoso, millonario. Parece un astronauta vestido con esa ropa para hacer deporte en lugar de traje oscuro y corbata. Si no te pones a prueba a ti mismo nunca sabrás nada acerca de la vida, declara el susodicho. Es atractivo, lo bastante como para que me apeteciera conocerlo por unas horas, si se diera el caso. Y tiene todo el aspecto de ser una de esos tipos que están totalmente de acuerdo con la parte de por unas horas.
Durante un segundo me imagino allí, en El Gran Concurso, compitiendo contra ese Domeric. En un escenario ficticio en el que fácilmente pueden hacerte creer que morirás en pocos segundos si no eres lo bastante rápida o lo bastante lista. LA presion en el pecho, la respiración entrecortada y los músculos tensos de anticipación e incertidumbre. La sensación es agradable. Como algo que me gustaría experimentar, siempre y cuando el resultado fuera satisfactorio. Y no me refiero a acabar revolcándome con Domeric, sino a ganar y bajarle los humos a quien haya que bajárselos.
—Es el sueño de todo el mundo, ¿no? —menciona el tipo que tengo al lado, mirándome y volviendo a colocar su hombro demasiado pegado al mío. Su cercanía hace que quiera darme una ducha—. El Gran Concurso —prosigue—. Aunque usted no parece de las que haría este tipo de cosas.
—¿Qué le hace pensar eso? —inquiero molesta.
—No tiene pinta de aventurera.
—¿Y de qué tengo pinta?
—De alguien que disfruta tomando el té todos los días exactamente a la misma hora.
Me doy media vuelta hacia la ventana, enfurruñada con sus palabras. Tal vez este hombre tenga alguna clase de poder telequinésico. Me gusta tomar el té a las 5. Pero se equivoca de lleno en cuanto a mis expectativas en la vida. Siempre he tratado de ver qué es lo que hay después de haber alcanzado mi última meta. Siempre anhelo el siguiente reto. Lo próximo que la vida me pondrá por delante. Planeo mis movimientos como si se tratara de una partida de ajedrez que no puedo permitirme perder.
¿Estoy ya cansada de lo que hago actualmente?
Eres demasiado joven, me diría Miles, para parecer tan hastiada de todo.
Puede que sí que esté empezando a quemarme. Últimamente todo ha resultado ser extremadamente fácil. Ganar casos. Ver al mundo rendirse ante mi solo porque soy un poco más lista que ellos.
Llego casa con esa idea en la cabeza, con el té de las cinco que he pedido que me trajera a la azafata de turno a esa hora exacta. Con la bebida fría en la taza, sin que le haya dado un solo sorbo mientras pensaba en lo poco que me apetecía tomarme un té. Mis padres me esperan con la mesa puesta para cenar. No tengo hambre. Bueno, sí que lo tengo pero no de comida.
Beso a mis padres en sus mejillas y pregunto por Miles.
—Está en su casa hija —contesta mi madre—. Ha dicho que tenía trabajo. Mañana viene a verte.
—¿Cómo ha ido el juicio de hoy? —pregunta mi padre.
No me molesto en contestar. Sabe que lo he ganado, ya lo habrá visto por la televisión. Mi padre es un hombre orgulloso de su progenie. Se esforzó por darnos estudios. Aunque resulta bastante más fan de Miles que mío. A mí me considera poco más que un perrito faldero de mi hermano, alguien que se limita a seguir los pasos de su maestro.
Al ver que no contesto, mi padre vira la conversación a su tema predilecto.
—¿Te has enterado de lo de tu hermano, Frances? Lo han presentado como candidato a Fiscal General. ¿No es increíble? El más joven de la historia en el Nuevo Panem
—No tengo hambre —anuncio—. Me marcho a mi cuarto.
—Pero cena algo —me pide mi madre.
—No. Ya comeré mañana. Tengo trabajo que hacer.
No es verdad. Pero hay algo que me come por dentro desde la hora del té de las cinco. Algo que quiero solucionar y no tengo demasiado tiempo. Tengo que hablar con Miles y hacerlo esta misma noche. Si yo voy al Gran Concurso, el vendrá conmigo. Y está vez será él quien siga mis pasos, y no al revés.
