Muchas gracias a ZV por la intrépida y profesional Brianda Danvers, del Distrito 6.
De Locos -Cap 7
He perdido mi agenda
—Warren, ¿has visto mi agenda?
Warren, mi guapo chico del distrito cuatro se incorpora sobresaltado.
—¿Qué pasa?
Se había quedado dormido apoyado sobre mi hombro. No le culpo. Llevamos un ritmo frenético estos últimos días y hay que ser yo para poder soportarlo. Warren lo aguanta como puede y se queda dormido en los trenes.
—Mi agenda. No encuentro mi agenda.
Debe notar la urgencia en mi voz porque enseguida empieza a mirar a su alrededor en busca de mi cuaderno de tapa negra. Posa los ojos sobre los asientos del tren, sobre la mesita del tren, en el suelo del tren y se encoge de hombros. Luego busca en su mochila, busca en mi bolso, niega con la cabeza.
—No la he visto —Me mira a los ojos y añade en medio de un bostezo—: Tranquila Brianda. No entres en pánico. Tiene que estar en alguna parte.
La cuestión es que sí que entro en pánico. Esa agenda es mi vida organizada minuto a minuto (y no tengo un minuto de más). Es mi presente y mi futuro. No puedo perderla. Me levanto y empiezo a palmear bajo los asientos, tirada en el suelo en medio del pasillo del tren.
—Brianda, levanta de ahí —me pide Warren—. Estás interrumpiendo el paso y la gente nos empieza a mirar raro.
—Pues que nos miren.
Bajo los asientos, encuentro el envoltorio de un caramelo, una entrada del cine, varias monedas y bastante polvo, pero ni rastro de mi preciada libreta. Todo esto me pone de muy mala leche. Pienso poner una queja sobre el servicio de limpieza de los trenes en cuanto consiga tener un rato libre. Empiezo a notar que se me calientan los ojos. Ese suele ser el indicio de que voy a llorar. Primero se calientan y más tarde entran en erupción, por lo que trato de controlarlos. Es el estrés. Conozco perfectamente los mecanismos para manejar el estrés.
—Eres una famosa periodista que aparece en la televisión todas las semanas, por favor Brianda, compórtate —escucho decir a Warren desde arriba mientras alarga su brazo hacia mí. Veo su mano colgando entre el asiento y el suelo.
—No soy famosa, sólo un poco conocida.
Me incorporo ayudada por la mano de Warren y tengo que sacudirme el polvo que se me ha quedado pegado a la ropa, motitas blancas sobre mi traje negro. El corazón me late muy fuerte. No puedo concentrarme en qué es lo siguiente que tengo que hacer sin mi programación semanal para recordármelo, sin un bolígrafo para marcar con una cruz las tareas que ya están realizadas.
Warren saca el teléfono de mi bolso y empieza a toquetearlo. Llevamos el suficiente tiempo juntos como para que se sepa de memoria todas mis contraseñas. Sería imposible tener un amante secreto, conoce tan bien todos los aspectos de mi vida que tardaría un cuarto de hora en descubrirlo. Warren me planta delante de las narices la aplicación de la agenda del móvil.
—Aquí está todo —me dice—. No hace falta que montes un espectáculo.
Estoy asombrada. No recuerdo haber anotado en el móvil nada en ningún momento. Ahora va a resultar que Warren, además de mi novio y mi cámara, es mi secretaria.
—No es lo mismo —lloriqueo—. Faltan cosas, ya sabes que yo siempre escribo absolutamente todo en mi agenda. Tiene que estar en alguna parte. No puedo haberla perdido.
—Sí que es lo mismo —me dice Warren con infinita paciencia—. Es lo mismo, pero mejorado. Mira, puedes añadir emoticonos muy parecidos a las pegatinas que le pones a la agenda. Y estos son gratis e infinitos, puedes usar tantos como quieras.
Empieza a poner emoticonos de toda índole sobre las cuatro de la tarde el día de hoy: llegada Al Distrito 7. Un corazón, una tarta, una cara amarilla vomitando en verde, un sombrero, una guitarra, un calabacín, unas manos rezando, periodo.
—Para, para, para —le digo—. Vas a estropearlo y entonces ya no quedará nada.
Agarro mi móvil como si fuera mi tesoro y empiezo a revisar todas las tareas pendientes. Cuando lleguemos al 7 buscaré a alguna personalidad local para entrevistarla. Tal vez el alcalde, si es que consigo colarme en el ayuntamiento. Después tomaré declaración a algunos espectadores de los que ya se encuentren apiñados en la plaza. Ellos ya tendrán sus favoritos basados en la rumorología, pues la lista de participantes no se hace pública hasta que no se obtiene un ganador de las pruebas. A veces la gente se emociona mucho, me he encontrado con testimonios de lo más exaltados que ni siquiera eran de familiares.
Me veo obligada a tomar algunas notas con el móvil. No me hace gracia, siempre he preferido el papel y el bolígrafo a la tecnología. Tengo que encontrar la agenda. Tal vez ponga un anuncio en la sección de objetos perdidos de algún periódico de tirada nacional.
Antes de legar a la estación voy al baño a retocarme los labios. Los pinto de rojo aunque ya sean bastante rojos y gruesos de por sí. El ser una buena profesional y estar guapa no tiene por qué estar reñido. Por eso me deshago de las gafas, me coloco unas lentillas y me acomodo el pelo, pues cuando lo dejo a su aire tiene toda la pinta de ser un nido de pájaros que haya sufrido el ataque de un depredador. A Warren le gusta mi pelo suelto, dice que me hace parecer más salvaje, pero no es salvaje el adjetivo con el que quiero que me relacionen precisamente. Eso prefiero dejarlo para otros momentos, cuando estamos a solas.
Como no tenemos un segundo que perder, Warren y yo vamos directos al ayuntamiento. En la entrada hay una recepcionista con tantas capas de maquillaje que es imposible distinguir su cara real y un estilo de vestuario que podríamos llamar anticuado: una camiseta blanca estampada con la cara de alguien metida por dentro de unos pantalones vaqueros y un pañuelo atado al cuello. Lo remata con unas gafas enormes de culo de botella que tapan aún más su ya camuflada piel. Sin embargo creo que debajo de toda esa chapa y pintura lo que hay es una chica muy joven.
—Buenas tardes —digo cordial—. Me gustaría solicitar una audiencia con el alcalde. Soy Brianna Danvers.
No suelo usar mi nombre para conseguir entrevistas, pero esto es una urgencia. Sé de sobra que debería haber llamado con antelación.
—¿Con el alcalde? —pregunta la chica—. Va a ser imposible. Su agenda de hoy está hasta arriba. Tendría que haber llamado con antelación para solicitarla. El alcalde no podrá recibir a nadie el día de hoy a no ser que sea una urgencia.
—Esto es una urgencia —le espeto. Y reconozco que empiezo a ponerme algo nerviosa.
Todo el lío de la agenda me ha dejado alterada. En ella tenía apuntadas las preguntas que quería hacerle al alcalde del 7. En ella tenía el número de su secretaria a la que debería haber llamado antes de llegar aquí.
—¿Qué tipo de urgencia? —pregunta la chica. Se le ha quitado la sonrisa de la cara.
—Prefiero comentarlo con él.
—No puedo molestarlo en este momento. Se encuentra en una reunión importante con inversores del Capitolio.
Eso despierta de mi interés. Allá donde esté la noticia, me encuentro yo para contarla.
—¿Qué tipo de inversores?
—No es de su incumbencia.
Tengo que reconducir la situación. Está claro que a esta muchacha hay que ganársela primero o no me facilitará las cosas. Con los años he aprendido que si vas a entrevistar a alguien, este tiene que verte como su amigo, no como su enemigo, tiene que sentir que empatizas con él, que estás de su parte.
—¿Cómo te llamas?
—Agatha.
—Agatha, veo que llevas una camiseta con la cara de alguien. ¿Se trata de un participante de las Pruebas?
Agatha cambia el gesto de su cara como por arte de magia, el puchero se convierte en una sonrisa suave y relajada, el ceño desaparece y los ojos se le iluminan. He dado en el clavo.
—Es mi marido —dice—. Técnicamente, futuro marido. Él aún no lo sabe, aunque planeo sorprenderlo muy pronto.
Genial. Ese tipo de historias son las que me gustan. Las historias personales con finales felices son las mejores. Hago un gesto a Warren para que empiece a grabar. Si la recepcionista lleva una camiseta de ese tipo, no puede significar otra cosa que éste participara en las pruebas de esta tarde.
—Es un hombre muy afortunado —le comento a Agatha.
—Sí que lo es —contesta orgullosa.
Entonces me muestra su camiseta en todo su esplendor. La foto parece hecha a traición, sin embargo se trata del primer plano de un tipo joven, aunque no tanto como Agatha, el cual no se ha afeitado durante varios días. Tiene los pómulos marcados, los labios carnosos, el pelo castaño claro y unos increíbles ojos azúles que parecen hablarte desde el estampado de la tela. En verdad es bastante guapo.
—¿Y piensas anunciarle eh… vuestro futuro juntos cuando gane las pruebas?
—Mi intención era decírselo cuando estemos en el capitolio. Pero ya sabe, primero tengo que conseguir que me lleve como acompañante. Y una vez allí, durante la fiesta de inauguración del Concurso y con unas copas de más que me den valor…
—Mucha suerte Agatha —le digo de corazón—. ¿Os conocéis desde hace mucho?
—Podría decirse. Es mi vecino de toda la vida, pero me costó mucho esfuerzo que se diera cuenta de que existía. Todavía estoy en ello.
Tengo el pálpito de que está muchacha se ha pasado con las expectativas y va a acabar con el corazón roto. Parece que la he ablandado. Me mira con ojos soñadores y me agradece los ánimos que le estoy dando. Es el momento de volver a la carga.
—¿Cabría alguna posibilidad de que avisases al alcalde para que pudiéramos hacerle una entrevista muy muy cortita?
Agatha vuelve a cuadrarse de hombros.
—No.
Me parece bien que las personas se tomen en serio su trabajo. Lo que no me hace tanta gracia es que esto me afecte de manera negativa, por lo que salgo del ayuntamiento de morros y a paso acelerado. Warren me sigue.
—Vamos Brianda. No pasa nada por no tener testimonio del alcalde del 7.
—Sí que pasa —le grito, volviéndome para encararle—. He entrevistado a todos los alcaldes de los distritos anteriores. Necesito a este. Si hubiera tenido la maldita agenda esto no habría sucedido.
Unas horas más tarde me encuentro al lado del ganador de las Pruebas. Un hombre tan atractivo que podría estar en cualquier valla publicitaria, pero quien no parece ser consciente de ello. Su nombre es Zacarías Brül, y es el mismo tipo que Agatha, la recepcionista, tenía estampado en su camiseta.
—Enhorabuena —le digo—. ¿Qué significa para ti entrar en el Concurso?
Él me escruta con esos ojos de un azul imposible, pero pasa de responder a mi pregunta.
—Pues me he enterado esta misma mañana de que iba a participar —responde apartándose el pelo de la sudorosa frente—. Pero tú… Te he visto en televisión toda la semana pasada. Te estás dando una paliza, recorriendo todo Panem.
—Eso es porque quiero el mejor testimonio posible de lo que son las Pruebas. Quiero reflejar en pantalla los sueños de las personas.
No sé qué hago dando explicaciones a alguien que no conozco de nada.
—Sin embargo, eso es como quedarse a las puertas ¿no? Es como comerse la tarta y dejarse la guinda del pastel. ¿No te gusta la guinda?
—Pues claro que me gusta la guinda.
—¿Y entonces por qué no te presentas para participar? Ese sería el verdadero testimonio de lo que se siente. Visto desde dentro y para todo Panem.
—¿Crees que podría? —cuestiono, más para mí misma que para él. La entrevista se me está yendo de las manos
—Yo creo que sí. Serías una buena concursante. A mí me encantaría tenerte como oponente Brianda Danvers.
El hombre…. Me sonríe de una manera que resulta imposible decirle que no. Ahora entiendo un poco mejor a Agatha, su futura esposa. Pobrecita. La he visto desgañitase gritando su nombre toda la santa tarde y éste tipo no se ha dignado a dedicarle una mísera mirada.
Si el camino recorrido hasta el Distrito siete había sido una locura, llegar al seis, convencer a los encargados de turno para que me dejen inscribirme en las Pruebas a pocas horas de que estas tengan lugar, mentalizarme de que voy a hacerlo, eso… Eso es desquiciante para todos, especialmente para Warren, que tiene que aguantar el proceso y aguantarme a mí.
En cuanto estoy en el tren de camino a casa, ayudada por el infatigable Warren, me pongo manos a la obra. Tengo varias llamadas que hacer, y más vale que la respuesta en todas ellas sea afirmativa.
—Sí.
Me contesta una voz masculina que no brilla por su amabilidad.
—Hola buenas tardes. Soy Brianda Danvers. Es posible que le suene mi nombre. ¿Le suena?
Hay que sacar la artillería pesada.
—¿Tendría que sonarme de algo?
—Tal vez haya visto en televisión algunos de mis documentales. Soy periodista.
—No concedo entrevistas —me suelta el tipo.
—No es una entrevista lo que le estoy pidiendo. Lo que quiero es… Lo que quiero es un favor.
Eso es un suicidio profesional. No me gusta pedir favores, pero ahora mismo, lo que más deseo en la vida es colarme en las pruebas, ganarlas y participar en El Gran Concurso.
