Intereses.

Capítulo 7: De compras.

-¡Ah, Karin-chan, quédate quieta!- regañaba Yuzu a su gemela mientras trataba de peinarla.

-¡Pero date prisa, Yuzu! ¡Tengo que estar en el trabajo a las 6 en punto!- se revolvió aún más.

-Ya te dije que yo te llevaría.- le dio la más suave de las palmadas en la cabeza a modo de reprimenda.

-Yo no te pedí que me peinaras…- finalmente bufó Karin, más tranquila.

-Lo sé. Pero esta es una valiosa oportunidad para que conquistes a Hitsugaya-san y no te dejare ir desarreglada.- mandó con voz firme.

-Hablando de valiosas oportunidades, ¿a ti cómo te ha ido con Vorarlberna?- alzó una ceja hacia ella.

Pudo notar que su semblante se oscureció.

-Pésimo. Pensé que sería fácil porque es un mujeriego, pero tiene una política de "no relacionarse con sus empleadas".- suspiró. -Ya llame su atención. No ha dejado de mirarme. Pero parece indispuesto a quebrantar su política.- ella hablaba sin ningún tipo de emoción, como si se tratara de un simple trabajo más.

Como si no tuviera que entregarle la virginidad a un tipo que apenas conocía.

Antes, eso para ellas, ambas, era algo impensable.

Las dos, entre las pocas cosas que tenían en común, compartían la creencia de esperar hasta el indicado.

Era increíble lo mucho que podía cambiar la vida entera en solo unos meses, incluidas sus costumbres y direcciones que tomar.

Nada era como antes.

¿Primero su madre y ahora todo esto? ¿Qué tenía el mundo en contra de las gemelas Kurosaki?

Pero Karin quería proteger al menos a Yuzu de esta maldición que parecía tener su familia.

Yuzu era dulce e inocente.

Y aparte, ella estaba enamorada.

Hanakari Jinta era un idiota, feo como el infierno y completamente intolerable.

Pero había enamorado a su hermana desde que eran niños por sus pequeños gestos de amabilidad indirecta que solo tenía con ella.

Había oído a su gemela sollozar en las noches, llamándolo entre sueños pidiendo su perdón por "haberlo traicionado con Vorarlberna", o a veces, pidiendo ser rescatada por él.

Jinta se había ido a estudiar al extranjero, con la promesa (a Karin), de que cuando volviera le declararía sus sentimientos a la castaña.

Solo un poco antes de que toda la mierda les estallara en las caras.

La pelinegra estaba convencida de que lo de ellos era amor de verdad.

Por eso, a pesar de que no tenía ni idea de cómo, tendría que arreglárselas para conseguir llevar a cabo su plan antes de que su hermana tuviera que hacer algo que arruinara su vida. Porque de toda su familia, ahora Yuzu parecía ser la única con posibilidades de salir librada de toda aquella maraña de infortunio que los envolvía.

Yuzu tenía un amor esperándola, era mucho mejor chef, y tenía sueños y metas.

¿Qué tenía Karin?

Solo un inmenso deseo de preservar a su familia.

Su familia era todo para ella.

Cuando a la de ojos marrones se le ocurrió el plan, la de ojos negros había querido hacerlo ella sola (en cuanto comprendió que no quedaba otra opción), y lo hubiera hecho de no ser porque era pésima en cuanto a ser seductora se refería, y tenían que tener una boleta de seguridad.

No podían arriesgarse solo por querer preservar a la otra. Hacían aquello por su padre, después de todo.

Pero la pelinegra no era tonta.

Sabía que tenía una buena oportunidad con Hitsugaya, y se iba a agarrar a ella con uñas y dientes.

El día anterior casi había echado a perder todo, pero nuevamente él le había dado otra oportunidad, que de nuevo involucraba un modo de acercarlos más.

Karin ya estaba perdiendo la cuenta de cuantas veces metía la pata.

Pero ahora tenía que tomarse más en serio que nunca el plan.

Tenía que hacerlo por su padre. Y tenía que hacerlo cuanto antes para evitar que Yuzu tenga que pasar por lo mismo que ella.

Así, su padre se recuperaría. La relación de Yuzu y Jinta podría florecer. Su hermano pronto saldría de la cárcel (esperaba que en una sola pieza). Y la única cuya vida estaría arruinada sería ella.

El plan perfecto.

-Estoy segura que no se podrá resistir mucho tiempo a ti, Yuzu.- le sonrió tranquilizadoramente, mientras que por dentro deseaba que Vorarlberna no tocara un solo cabello de su hermana.

Ella no sonrió, tenía su mirada lejana, probablemente pensará en Jinta.

Karin suspiró.

Tenía que actuar rápido.

-Listo. Ya está.- ahora si que una linda sonrisa tiró de los labios de la castaña mientras acariciaba suavemente sus largos cabellos negros atados en una coleta alta.

-Gracias, Yuzu.- su breve momento de meditación la hizo ablandar su tono de voz.

El viaje en auto fue silencioso, cada una en sus propios pensamientos.

Finalmente, con cuatro minutos de retraso, llegaron.

-Mucha suerte, Karin-chan.- le deseó sincera aunque tristemente la de ojos marrones.

La más bajita de las dos se recordó a sí misma que a Yuzu tampoco debía gustarle nada esa situación.

Pero no había de otra.

Se dieron un pequeño abrazo antes de que bajara del auto y la más alta condujera directo a su propio trabajo, que quedaba considerablemente más lejos.

Con un suspiro, se dirigió a la oficina de su jefe.

No se molestó en tocar y entró.

Dentro, ya la esperaban Hitsugaya y Matsumoto, el primero visiblemente más molesto que la segunda.

Él estaba sentado en su escritorio viéndose tan condenadamente atractivo como siempre aún en la ropa casual que sorpresivamente estaba usando.

Y ella… bueno, Matsumoto Rangiku siempre estaba hermosa y radiante.

Karin estaba vestida con ropa medio ajustada pero cómoda, basándose en la indicación de su jefe de traer zapatos cómodos.

Al recuerdo de su boca rozando contra su oído, resistió a duras penas el impulso de estremecerse.

-Llegas tarde, Kurosaki.- riñó el peliblanco acercándose a ella con su secretaria detrás.

-Solo unos minutos.- se cruzó de brazos, casi haciendo un mohín.

-Como sea. Empecemos con esto.- suspiró él.

-¿Qué es exactamente "esto"?- inquirió ella.

-¡Vamos a ir de compras, querida!- intervino la mujer mayor.

-¡¿Qué?!- todo el color se drenó de su rostro. -¡Pero yo odio ir de compras!-

Pudo notar al de ojos turquesas contener una sonrisa.

-Lo siento, Kurosaki. Pero serás mi acompañante mañana, y tienes que estar vestida para la ocasión.-

-¡Oh, claro! ¡Entonces debo vestirme como los millonarios hipócritas gilipollas que gustan de ir por ahí presumiendo sus derroches de dinero alzando sus gigantescas narices! ¡Porque será tan divertido estar rodeada de ellos!- le dio la más sarcásticas de sus sonrisas.

El chico se frotó las sienes, tal vez rogando a alguna divinidad por paciencia.

-Mira, Kurosaki, entiendo tu punto y todo, te prometo que no gastare una suma excesiva de dinero en lo que tú consideras un derroche. Pero si quieres pasar desapercibida en esa fiesta, tendrás que mezclarte con esas personas, y si no vistes con algo como lo que ellos visten, entonces se la pasaran mirándote y hablando de ti.- ella se horrorizó ante la idea.

-No puedo creer que me estés haciendo ir a un sitio así.- gimió pisoteando.

De nuevo, él contuvo una sonrisa.

-Solo serán unas horas, te lo prometo.- su voz repentinamente suave la hizo ruborizar.

-L… lo que sea.- apartó la mirada.

-¡Supongo que eso es un si!- la pechugona dio palmadas. -¡Vamos a ir entonces!- comenzó a jalar a la menor hacia el ascensor mientras el empresario las seguía.

-¿Y qué pasa con Orihime-chan?- cuestionó cuando llegaron al primer piso y pasaron por la cocina.

Pudo notar a la de ojos celestes esbozar una sonrisa secreta.

-Ella ya fue notificada. No te preocupes.- contestó el de piel tostada.

Salieron del edificio y tomaron rumbo al estacionamiento, y Karin no pudo mantener su mandíbula cerrada al ver el increíble Mercedes Benz negro último modelo al que se dirigieron sus superiores.

-¡Tienes que estar jodidamente bromeando! ¡¿Esto es tuyo?!- incapaz de contenerse, acarició el auto como si de un caballo se tratara. -¡Es un último modelo!- sus ojos brillaban de la emoción.

El peliblanco se cruzó de brazos, su expresión era una mezcla de impaciencia, irritación y tal vez algo de diversión.

-Me lo regalaron por mi cumpleaños…- comentó como si nada, encogiéndose de hombros.

-¡¿Quién regala uno de estos?!- se asomó por la puerta que Matsumoto había dejado colgando abierta para ver el interior.

-Fue un regalo de Urahara y Yoruichi, ellos tienden a regalarme cosas ostentosas, pero por lo demás, son unos tacaños.- volvió a encogerse de hombros.

-¡Ellos lo quieren mucho ya que eran muy buenos amigos de su padre!- acotó la de ojos celestes sonriente, luego hizo un mohín. -¡Que suertudo es usted, señor! ¡Es al único al que no lo tratan como tacaños!- se cruzó de brazos infantilmente.

-Como sea, Kurosaki, deja de comerte con los ojos a mi auto y sube.- mandó con su típica voz de mando.

-¡¿Pudo ir adelante?!- rogó dando brinquitos.

Sabía que se estaba comportando como una fangirl, ¡pero era un último modelo!

-No creo que…-

-¡Es una idea estupenda!- chilló la secretaria interrumpiendo a su jefe y arrastrando a la asistente de Inoue al asiento del pasajero. -¡Estoy segura de que así se divertirán mucho!-

-Eh… yo solo quiero ver los controles…- musitó ella tímidamente una vez estuvo firmemente amarrada con el cinturón de seguridad.

Hitsugaya bufó mientras Rangiku se sentaba atrás felizmente y guiñaba un ojo.

-Da igual.- finalmente, puso el auto en movimiento.

Karin estaba concentrada "comiéndose con los ojos" al auto, él conduciendo, y la única voz que se oía era la de la mayor parloteando acerca de lo que comprarían.

-¡Ya llegamos!- la pechugona brincó emocionada fuera del vehículo apenas se detuvieron frente a una enorme y lujosa tienda.

La pelinegra hubiera brincado fuera también, con la intención de acabar con todo ese asunto lo más rápido posible, pero se encontró con que la de gran delantera realmente la había atado a la silla con un nudo muy difícil que le estaba costando desenredar.

-Permíteme.- el peliblanco, tan caballeroso como siempre, se inclinó para ayudarla cuando vio que tenía problemas.

Ella apartó las manos rápidamente cuando notó sus intenciones, pero se arrepintió de hacerlo al instante.

¡Tenía que seducirlo, no rehuir de él!

Ruborizándose, se decidió por hacer un movimiento.

Yuzu afirmaba que Karin olía igual que su madre a rosas y miel, y le había recomendado usar esa "arma" a su favor.

La verdad ella no estaba muy segura respecto a eso, pero no la iba a matar intentarlo.

Con un movimiento sutil, dejó a su cabello resbalar por su hombro hasta colgar cerca del rostro del millonario.

Lo sintió tensarse. ¿Eso era bueno?

En un 2 por 3 él terminó de desatar el nudo y se irguió alejándose de ella como si quemara.

-Listo. Ahora vamos.- su tono fue más frío que de costumbre.

Mierda. ¡Sabía que aquello no había sido una buena idea!

¡Ahora él era aún más distante!

Suspirando, se bajó, no sin algo de nostalgia, del coche increíble, y siguió a sus jefes al lugar donde sus pesadillas se hacían realidad.

La tienda de ropa.

Hizo bien, pensó luego de 4 horas caminando, en traer los zapatos cómodos.

La burbujeante mujer no dejaba de arrastrarlos de un lugar a otro en la enorme tienda.

Su único consuelo era que el chico no parecía estar pasándola mejor que ella.

4 horas caminando y Matsumoto le había conseguido unos zapatos, un abrigo, unos aretes, algunos anillos y un collar, y algunas cosas que seguramente eran para ella misma. Todo a un precio que a la de piel pálida le parecía simplemente ridículo.

Claro que lo primero que se habían dispuesto a comprar era un vestido, pero a la rubia nada la convencía, y luego empezó a comprar los accesorios, y por cada nuevo accesorio tenía una nueva excusa para rechazar más vestidos, diciendo que "este no combina con este ni este con este".

Los dos más jóvenes ya se estaban francamente hartando. Hasta que el chico finalmente explotó y obligó a su secretaria a elegir diez posibles vestidos que pudiera llevar en menos de media hora, así la asistente de chef podría probárselos y el que más le gustará sería el que llevaría. ¡Sin objeciones!

La Kurosaki no era precisamente la mayor fan de los vestidos, y utilizaría eso a su favor.

La movida en el auto aparentemente no había funcionado, pero lo que ahora tenía en mente tendría que funcionar definitivamente.

Era muy consciente que tenía un buen cuerpo, lo había trabajado duramente con todo eso del futbol (claro que no con la intención de hacerse bonita, pero ahora lo agradecía enormemente), y había heredado la "pechonalidad" de su madre (como Yuzu solía decir).

Claro que no era nada como la despampanante Matsumoto Rangiku, pero Yuzu le había asegurado una y mil veces que si ella lo quería, podía ser capaz de encantar a cualquier chico que se propusiese.

Esperaba ahora, por el bien de su plan, que sus palabras hayan sido ciertas.

-Oye, Toshiro…- lo llamó distraídamente mientras iban camino al mostrador.

-Es Hitsugaya.- la corrigió él.

-Aja, si.- no le hizo el menor caso. -Es solo que… realmente no tengo buen gusto con los vestidos.- técnicamente no le mentía.

-Solo tienes que elegir el que te parezca más aceptable.- suspiró irritado.

-Pero ninguno me parece aceptable a mí.- arrugó la nariz. -¿No podrían ustedes ayudarme a decidir?- lanzó la pregunta tratando de no sonar tan nerviosa como se sentía.

El mayor se notó visiblemente incómodo, la mayor, en cambio, parecía encantada con la idea.

-¡Eso es una gran idea, querida!- arrojó el montón de vestidos en sus brazos y la empujó a uno de los vestidores. -¡Sal cuando estés lista!- cerró la cortina prácticamente en su nariz.

La de ojos negros suspiró y se quitó la ropa, tomando el primer vestido que estuvo a su alcance.

Arrugó la nariz ante su imagen en el espejo.

El vestido no era más que un pequeño trozo de tela negra ajustada sin tirantes que le llegaba hasta medio muslo. Lo único que parecía hacerlo destacar era la faja adornada de diamantes.

No había modo en el infierno de que llevara ese vestido.

Pero bueno, al menos su factor resalta-curvas debía servir de algo.

Con el rostro rojo como tomate, salió del probador, encontrando a sus jefes discutiendo algo acerca de algún "complejo de cupido".

-¡Ejem!- llamó su atención molesta, por un momento olvidando como estaba vestida hasta que vio como la miraban.

-¡Karin-chan estás bellísima!- no tardó en celebrar la de ojos celestes.

El de ojos turquesas solo se limitaba a mirarla de arriba a abajo lentamente, un fuerte rubor arrastrándose a sus mejillas.

-¿T… tú crees?...- sonrió incomoda.

-¡Pues claro! ¡Obviamente tienes que llevar ese vestido a la fiesta!- afirmó con los ojos brillantes.

¡Oh, por todos los cielos por favor NO! ¡No quería llevar ese vestido!

-De ninguna manera.- la voz de Toshiro cortó toda emoción.

Sus ojos se arrastraron a duras penas de las magníficas piernas de la más joven hasta el rostro desolado de la rubia.

-¡Pero, señor…!- trató de quejarse.

-Sin peros.- su sonrojo aumentó. -Es demasiado…- la miró una vez más por una fracción de segundo, enrojeciendo aún más. -Corto.-

-¡Le queda precioso!-

-Dije que no, y punto.- se cruzó de brazos. -Que vaya a cambiarse.- mandó mirando a la rubia a pesar de que era una orden para la pelinegra.

¿Por qué tenía la sensación de que la ignoraba?

Bufó y volvió al vestidor, pisando fuerte.

Esta vez, miró cada vestido y eligió apropósito el más corto y revelador que encontró.

Se lo puso y salió con una sonrisa deslumbrante.

-¡Wow, pero si estás preciosa!- Matsumoto no contuvo su júbilo.

Los ojos de Hitsugaya casi se salieron de sus cuencas al verla, y una mano voló a cubrir su nariz por quién sabe qué razón.

No era para menos.

El largo del vestido no llegaba para cubrir nada más que lo estrictamente necesario, y el escote en V dejaba ver el casi inexistente valle entre sus pechos. Era manga larga, con lentejuelas plateadas. Y no dejaba casi nada a la imaginación.

-¡V… vete a cambiar inmediatamente!- chilló agudamente Hitsugaya Toshiro, el gran Hitsugaya Toshiro, aun sosteniendo su mano contra su nariz.

La sonrisa de Karin se agrandó.

-¿Ahora me hablas?- preguntó en el más azucarado de sus tonos, gozando de su expresión pasmada antes de dar la vuelta balanceando las caderas apropósito.

Pudo oír las carcajadas de Rangiku llenar el lugar antes de atenuarse al cerrar la gruesa cortina del vestidor.

Con su travesura del día ya hecha, se decidió a buscar un vestido que en realidad si fuera aceptable.

Claro que no tenía muchas esperanzas en eso, por lo que la sorprendió gratamente el hallar aquel vestido rojo carmesí largo hasta debajo de las rodillas con escote recto sin tirantes ni mangas pero igual bastante recatado, con un lazo negro ajustando la cintura dejando fluir suelta la parte de la falda.

Se lo probó sorprendiéndose al encontrar que en realidad le gustaba como le quedaba, cosa que no era muy normal, ya que la mayoría de las veces o no le gustaba o le daba igual.

Se preguntó si a Toshiro le gustaría…

Si no le gustaba, esta vez no se reprimiría en golpearlo.

Salió con la cabeza en alto y una sonrisa confiada.

Sin embargo, esa sonrisa se deslizó de su cara al no encontrar ni rastros de la rubia, y hallar al peliblanco retorciéndose en el sofá amarrado con unas bufandas y con unas medias metidas en la boca.

De inmediato corrió a sacarle las medias de la boca, con miedo de que se asfixiara o algo.

-¡MATSUMOTO!- fue lo primero que salió de su boca una vez la tuvo de nuevo en uso. Ella no pudo evitar contener una risita. -¡¿Qué es tan gracioso?!- la fulminó con la mirada, pero de inmediato su mirada se suavizo en el asombro absoluto al verla.

-Oye, no me juzgues.- se encogió de hombros aun conteniendo la risa. -Es bastante divertido ver lo que le dejas hacer contigo a Rangiku-san solo porque la quieres.- sonrió divertida.

-Yo no… yo no…- él parecía incapaz de formar palabras coherentes, sus ojos aun persistían en ella.

-Pero aun así… ¿cómo es que la dejaste hacerte esto?- rió mientras lo desataba de las bufandas.

Rangiku-san hacía unos muy buenos nudos.

-Yo… ella…- seguía tartamudeando. -Ella… yo… Yo quería… quería… irme y… y ella…- parecía estar empujando a duras penas las palabras de su boca. -Ella… yo… Yo…- sus ojos aún la miraban, un tenue rubor adornando sus mejillas.

Karin casi se atrevía a decir que era adorable.

-Olvídalo. Supongo que luego le preguntaré.- finalmente terminó de desatarlo y se alejó unos pasos para mirar alrededor por la burbujeante mujer, pero ni rastros. -Por cierto, ya decidí que quiero este vestido.- dijo antes de que se le olvidara.

-Oh… eh… por mí está bien.- apartó la mirada, finalmente volviendo a estar en sus 5 sentidos. -De hecho… Ese se te ve muy bien.-

Ella se sonrojó.

-¡G… gracias!- se frotó la nuca, una pequeña sonrisa rehusándose a abandonar sus labios. -¿Ahora si estoy presentable para tu tonta fiesta?- alzó una ceja llevándose las manos a las caderas. Su tono juguetón.

-Ya veremos si todos allí están a tu altura.- contestó él sorpresivamente en el mismo tono.

-¿Estarán a la tuya? Después de todo eres taaaaaan bajo…- se burló, preguntándose si era normal el intercambiar bromas con tu gruñón y frío jefe.

Él, contrario a estallar como solía hacerlo cuando se mencionaba su altura, sonrió ladinamente.

-Si yo soy bajo, tú eres un gnomo.- se mofó inclinándose para estar a su altura.

Ella encontró su sonrisa demasiado encantadora para enojarse con él.

Se acercó hasta solo estar separados por centímetros.

-Si yo soy un gnomo, tú…- no fue capaz de terminar la frase.

De pronto, una mano se posó en la parte posterior de la cabeza de Karin y otra en la de Toshiro, tirando sus rostros más cerca, de un tirón haciendo a sus narices rozarse y sus labios juntarse en un beso.

-¡Ups!- exclamó Matsumoto alegremente aún manteniendo sus cabezas en sus lugares.

Continuara...