Intereses.

Capítulo 10: Culpa.

Duchas frías. Aquella era la primera vez que Toshiro necesitaba una de esas por una razón que no era el calor del verano.

Estuvo bajo el chorro de agua helada lo que le pareció una maldita hora entera.

Pero incluso después de eso, el rubor permanecía fijo en su rostro, indispuesto a dar marcha atrás después de haber ascendido todo el camino por su cuello.

De todos modos aquella era la menor de sus preocupaciones, él solo estaba agradecido de que, a pesar de que su rostro seguía como adorno navideño, la ducha fría había logrado bajar su… excitación.

Pero había sido tan difícil…

Apenas empezaba a sentir que ya se estaba "calmando", y todas las imágenes de lo que había hecho con Karin volvían a su mente.

Su lengua caliente enredada con la suya, su piel suave, sus manos tímidas, sus caricias tiernas, sus dulces gemidos…

Frenó el ritmo de sus pensamientos cuando sintió un tirón doloroso en la zona de la entrepierna.

Como siguiera así tendría que volver a la jodida ducha fría.

Cielo santo. ¿Cómo iba a mirarla a la cara ahora?

Si antes se había sentido mortificado por un beso forzado, ahora que la había estado prácticamente a punto de violar solo podía querer echarse una soga al cuello antes de tener que mirar a esos ojos negros que lo volvían tan…

Suspiró.

¿Él simplemente no podía dejar de tener ese tipo de pensamientos respecto a ella, no?

Maldita sea la hora en la que sus hormonas habían decidido empezar a hacer acto de presencia.

¿Por qué ahora y por qué no antes cuándo era un puberto quinceañero con mucho tiempo libre?

Porque antes, susurró una voz en su mente, no conocías a Kurosaki Karin.

Pasó una mano furiosamente por su cabello.

¿Qué pasaba con él? ¡Él no era así! ¡Él era un caballero! ¡Moriría antes de propasarse con alguna chica indefensa!

¿Qué diablos estaba pasando con él?

Le gustaba Karin, eso era lo más que evidente, pero…

¿Cuál era exactamente la magnitud de sus sentimientos por ella?

¿No podría estar…?...

"Cuando te enamoras", le había dicho Matsumoto una vez, "es como si se marcará un antes y un después en tu vida. Y puede que el antes haya sido completamente horrible, o haya sido increíble, pero como sea, el antes empalidecerá ante lo increíble… o lo horrible, que puede ser la vida después de que te hayas enamorado. Porque cuando te enamoras, los sentimientos, todo tú, se magnifica."

En esa época, no le había prestado la menor atención, creyendo que solo se trataba de otro de sus delirios con Ichimaru.

Pero… ¿podría estar él… enamorado?...

No, se dijo de inmediato.

Eso era ridículo.

La conocía hace… ¿cuánto? ¿Una semana?

Fue odio a primera vista, porque la había conocido con la chica empapándolo en "comida" repugnante.

Y había estado TAN furioso.

Había querido humillarla, hacerle mal.

Y luego, se había sentido como un idiota.

Se había sentido tan culpable y decepcionado de sí mismo.

Haberse querido vengar era solo lo más infantil que había hecho en años. Era obvio que ella no lo había hecho adrede, pero había estado demasiado molesto como para querer pensar lógicamente.

Para cuando finalmente volvió a sus sentidos ya había metido la pata con ella, y luego… luego pasaron demasiadas cosas.

Sin embargo no, reafirmó, él simplemente no estaba en ningún momento pronto cerca de enamorarse de ella.

Le gustaba mucho, eso era todo.

Pero, ¿podría realmente ser tan fácil acallar sus sentimientos?

Hasta ahora no estaba haciendo exactamente el mejor trabajo en eso.

Esperaba que no quisiera matarlo mañana que se despertara. Esperaba que no se marchara sin antes decirle. Esperaba que no quisiera dejarle de hablar. Infiernos, esperaba que con suerte no lo odiara.

Estuvo haciendo papeleo con el fin de distraer su mente hasta que sintió los parpados pesados del sueño y finalmente se permitió ir a la cama, seguro de que apenas la tocara se dormiría sin pensamientos acerca de cierta chica pelinegra dormida a tan solo unas pocas habitaciones de distancia.

Solo durmió tres horas.

Se levantó de la cama gimiendo, frotándose los ojos, deseando no tener tantas ojeras o se ganaría otro regaño de Matsumoto.

Se duchó, dejando al agua tibia arrastrar los restos de sueño de él, cuando de repente todo volvió a su mente.

Oh, maldita sea…

Terminó de ducharse lo más rápido que pudo, vistiéndose con tan solo pantalones de chándal y la primera camiseta que encontró.

Corrió hacia el cuarto donde la había dejado, rogando porque siguiera ahí.

Eran las 6 am, no podía haberse levantado tan temprano después de aquella borrachera, ¿verdad? Tenía que seguir ahí, ¿cierto?

Abrió la puerta de golpe sin contemplaciones debido a la preocupación de que se hubiera marchado, mirando frenéticamente por toda la habitación.

Ella no estaba.

Sus hombros se desplomaron.

Buscó en el baño de la habitación, perdiendo toda esperanza cuando lo vio vacío.

Ella realmente se había ido.

¡Maldita sea!

¡Seguro ya no querría volver a hablarle nunca!

Era un idiota, se odiaba.

Salió del cuarto, recostándose sobre la pared enfrente de la puerta, pensando, tratando de encontrar una forma de redimirse por su imperdonable acto.

Pero lo peor era que le daba toda la razón al odiarlo. Al no querer perdonarlo.

-¡Maldición!- con toda su furia, estrelló su puño en la pared. -¡MALDICIÓN!- sin importarle ya tener los nudillos sangrándole, volvió a golpear la pared con el mismo puño, el dolor una distracción bienvenida.

Recostó ahora su frente contra la pared, permitiéndose unos minutos para ahogarse en la autocompasión.

Lo había arruinado.

La primera chica que lograba llamar su atención y lo había arruinado.

Ahora lo sabía, no quería evitar ser alguien en su vida, por tonterías como el trabajo, la reputación o la juventud de ambos.

Quería conocerla, conquistarla, protegerla.

Se estaba realmente enamorando… y quizás eso no era tan malo.

¿Por qué debía frenar sus sentimientos, sus deseos?

Recordó una de las cosas que su padre les había dicho a Hinamori y a él en la época en la que su enfermedad recién comenzaba a hacerse presente.

"La cadena de hoteles es sin duda uno de mis mayores orgullos en la vida. Pero no es mi vida. Y yo la abandonaría en un segundo, sin dudarlo, por ustedes, mis hijos. Nunca sacrifiquen su vida por la empresa. No lo vale. No digo que la descuiden, confió en que sabrán llevarla. Pero no la conviertan en su vida. Vivan, perdonen, amen. Eso, valdrá."

Su padre le había dicho, también, en una de sus últimas semanas, que esperaba que se consiguiera una esposa y tuviera un hijo o hija para heredarle la empresa, pero lo había dicho en un tono que no le inspiró ninguna carga, un tono que era más bien como si le estuviera proponiendo la idea pero sin presiones, dándole la opción, y justamente por eso él, después de morir su padre, se decidió a que cuando fuera mayor se conseguiría una mujer y tendría un heredero.

Nunca espero, sin embargo, que encontraría una mujer que le interesara tan pronto.

Ni tampoco esperó que fuera tan estúpido para ahuyentarla la primera semana.

Genial, Hitsugaya. Eres un puto genio.

Suspiró pesadamente, su frente aun contra el muro.

Cuando de repente un aroma dulce invadió sus fosas nasales.

Extrañadísimo, finalmente se despegó de la pared, siguiendo el aroma agradable hasta su cocina.

Abrió la puerta con cautela, casi como si esperara que algún animal rabioso le saltara a la cara, pero todo lo que vio fue la cocina vacía, con el refrigerador abierto, algunas ollas sobre la cocina, y un plato con un gran Omelette con fruta y tostadas a un lado.

Su boca cayó abierta.

¿Acaso Karin había hecho eso por él antes de irse?

Su corazón se relajó un poco, antes de dispararse a toda velocidad cuando sorpresivamente Karin salió de detrás de la puerta del refrigerador, cargando un frasco de miel y una jarra llena de lo que parecía jugo de naranja, cerrando la puerta con su pie descalzó.

Ella le sonrió tímidamente.

-Buenos días…- dejó el frasco y la jarra en la mesa. -¿Dormiste bien?- preguntó como si nada, tomando unos vasos y platos de la alacena. Él no dijo nada, estaba completamente paralizado. -Yo me… me tome la libertad de hacer el desayuno, y… y tomar prestada una de tus camisetas… Espero que no te moleste.- se notaba nerviosa.

Solo recién ahí bajó la mirada hacia su cuerpo, notando como efectivamente ella estaba usando una de sus camisetas, que, por cierto, casi se le caía por los hombros y le llegaba solo hasta medio muslo.

Con el rostro en llamas, volvió su mirada a los ojos negros.

-¿Por qué hiciste esto?- pestañeó confundido, después de todo, era él el que tenía que disculparse.

-Bueno, yo… yo quería agradecerte…- sirvió el jugo en dos vasos, evitando su mirada.

-¿Agradecerme?- casi chilló, casi escandalizado. -¿Por qué querrías agradecerme?-

-Bueno, pues por lo de Kuchiki Byakuya.- se encogió de hombros, cortando el Omelette a la mitad y sirviendo una mitad en otro plato, junto con algunas tostadas y frutas. -Y por lo de dejarme pasar la noche aquí para que Yuzu no tuviera que cancelar sus planes, eso fue lindo.- se sonrojó ligeramente. -¿Te gusta el huevo?- cambió el tema abruptamente.

Él asintió, medio perdido a lo que estaba pasando, limpiando los restos de sangre de su puño con una servilleta cuando ella no lo veía.

-¿Por qué… actúas como si nada hubiera pasado?...- preguntó sin poder evitarlo, frunciendo el ceño.

Ella, ahora friendo dos huevos en una sartén, lo miró de reojo, ligeramente confundida.

-¿Qué quieres decir?- se ruborizó profundamente. -¿Lo dices por… por qué dije algo cuando estaba borracha o por qué?- sus hombros estaban visiblemente tensos.

El alma se le cayó a los pies cuando el entendimiento lo golpeó.

Karin no lo recordaba.

Ella no recordaba lo de ayer, lo que había pasado entre ellos.

Por alguna razón, más que aliviarlo le… dolía…

¿Cómo pudo olvidarlo?

-¿Qué tanto recuerdas de anoche?...- inquirió con cautela, dejándose caer en una silla.

-Umm… no mucho después de que empecé a tomar…- sacó los huevos y puso uno en cada plato junto con las mitades de Omelette. -Recuerdo un poco de cuando hablamos con Yuzu y algo sobre viajar en tu coche… Después todo está en blanco.- volvió a encogerse de hombros, tomando ahora una jarra con café y dos tazas, una pequeña y otra más grande.

Él tomó la taza grande, sirviéndose el café con manos temblorosas, pálido, hasta que finalmente ella le quitó la taza y termino de servirle, poniendo solo una cucharada de azúcar como le indicó.

Comenzó a beberlo haciendo grandes esfuerzos por tranquilizarse.

La Kurosaki se sentó frente a él, tomando la taza pequeña y sirviéndose café con dos cucharadas de azúcar, untando miel en sus tostadas y echándole una pisca de sal a su huevo frito, teniendo todo listo antes de empezar a engullir su desayuno.

Cálmate, se dijo a sí mismo. Ella no recuerda tu error imperdonable, eso debería ser bueno…

¿Pero entonces por qué se sentía como una patada al estómago?

La verdad era que se sentía tan culpable… y prefería mil veces que lo odiara a que lo tratara tan inmerecidamente bien.

Pero de todos modos no tenía las agallas para decirle lo que había hecho con ella. Lo que casi le hizo…

Comió el desayuno, sin el corazón para desperdiciarlo cuando se notaba que le había puesto tanto esfuerzo, con su culpa aumentando debido a lo maravillosamente delicioso que era.

Se sentía horrible. Sin embargo fue incapaz de mantener el silencio cuando la vio mirándolo de forma esperanzada y nerviosa.

-Está exquisito.- la felicitó. -Muchas gracias, Karin.- un pequeño sonrojo complacido se extendió por sus mejillas. -¿A qué hora te levantaste, de todos modos?- cambió de tema, tratando de calmar el culpable aleteo de su corazón.

-A las 4 de la mañana. La resaca es horrible.- hizo un mohín en lo que mordisqueaba una fresa. La imagen aumento su culpa al encontrar aquello bastante… sexy… -Ya sabía qué hacer, sin embargo, por las experiencias de mi padre… Tome un jugo de limón con un poco de miel, fue muy eficaz, al poco tiempo ya me sentía bien.- sonrió, luego lo miró nerviosa otra vez. -Realmente espero que no te molesten las libertades que me tomó en tu cocina…-

-Está bien.- le dio una pequeña sonrisa tranquilizadora. -Es lo mínimo que puedo hacer después de…- casi haberla violado. -Este grandioso desayuno…- de pronto estaba seguro que la sonrisa no le llegó a los ojos.

La menor no pareció notarlo, sin embargo.

-¡Me alegra que te guste! Tenía miedo de estar siendo demasiado ostentosa… y también hice para mí así que creí que tal vez te enfadarías…- bebió nerviosamente su jugo.

Negó con la cabeza.

-De ninguna manera. Ya quisiera yo tener un desayuno así todos los días… O al menos desayunar todos los días algo más que café…- dio un mordisco al Omelette, para luego dar un sorbo del jugo natural de naranja, pensando que podría acostumbrarse a aquello.

Recordó la conversación que había tenido con su secretaria, donde ella le sugería volver a la asistente de Inoue su chef personal en el hotel. Pero de repente la idea de tenerla cocinando en su casa brilló en su mente.

Si se volvía la cocinera de la casa eso podría valer como una buena excusa para darle un aumento considerable en su sueldo, y seguro que ella necesitaba mucho dinero, por cómo estaba su situación familiar. Y él quería ayudarla.

Aunque ahora tenía el pequeñísimo problema de que sería muy peligroso mantenerla en su casa, pues no sabía si podría controlarse con solo ellos dos en su casa.

Sin embargo, todavía lo consideró, pensando que no habría nada de malo en que fuera su chef en el hotel.

-¿Si sabes que el desayuno es la comida más importante del día, no?- su voz lo sacó de sus pensamientos. -¿Cómo puedes desayunar solo café todos los días? Eso no puede ser sano.- negó reprobatoriamente.

-¿Tú qué me recomendarías comer entonces?- indagó sin poder contenerse.

Sus pestañas revolotearon en la confusión por un momento, antes de que se dispusiera a contestarle.

-Debes tener una dieta balanceada y variada.- se sirvió más jugo una vez se le acabaron las cosas que comer. -Y aunque no lo creas, leche y cereal es una de las mejores opciones.- sonrió como si eso le pareciera divertido.

-Lo creo, aunque nunca tendría el tiempo para encargarme de esas cosas, me encantaría tener a alguien velando por mi dieta…- se frotó la barbilla con un dedo, convocando a todas sus agallas y acallando a las alarmas que sonaban en su mente para hacer la propuesta. -Tendría que contratar a una chef cuya comida me guste mucho para que se asegure de que yo esté bien alimentado…-

-¿Hmm?- ella lo miró expectante a lo que iba a decir a continuación.

-Hace mucho que no tengo a nadie quien me cocine, desde que mi hermana se marchó… Me vendría bien una cocinera.-

-Hmm.- casi no estaba pestañeando, parecía que captaba su indirecta y estaba de acuerdo.

Eso le dio el coraje para hacer la pregunta.

-¿Crees qué… tú quieras ser esa cocinera?-

-¡Si!- dijo un poco demasiado rápido, para luego encogerse en su lugar, tratando de ocultar la emoción en sus ojos. -Quiero decir… Umm… Depende. ¿Cuánto me pagarías, qué pasa con mi otro empleo siendo asistente de Orihime-chan?- entrecerró los ojos.

-Puedes seguir siendo su asistente, solo que en un horario más reducido… Y… bueno, te pagaría el triple de lo que recibes en ese empleo. Solo que tendrías que prepararme las tres comidas…-

-Cuatro.- lo corrigió.

-¿Cuatro?-

-Si, te voy a hacer las cuatro comidas. Alguien que solo desayuna café las necesita.- se cruzó de brazos, mirándolo reprobatoriamente.

-…Ok… Las 4 comidas serán…- se alzó de hombros. -¿Y qué dices?-

-Aceptó.- ahora él pestañeó.

-¿No vas a pensarlo más?- alzó una ceja.

-Nop. Acepto.-

-Tendrías que levantarte temprano para hacerme un buen desayuno en el hotel.- señaló.

-No te voy a hacer el desayuno en el trabajo.- bufó como si hubiera propuesto algo ridículo. -Te lo voy a hacer aquí en tu casa.- sonrió.

-¿Estás loca? Para eso tendrías que hacer un viaje innecesario y levantarte aún más temprano, y…-

-Oye.- lo frenó alzando una mano. -Ese es mi problema. Pero es justo que si vas a pagarme tanto, mínimo tengas tu desayuno listo antes de ir al trabajo.- se llevó las manos a las caderas.

-¿Segura? Por qué yo me voy a las 6 y tendrías que estar aquí a las 5:30 mínimo.-

Ella gimió.

-¿Quién se levanta tan temprano?- bufó otra vez. -Pero como sea, solo tengo que acostarme un poco más temprano. No me matara.- se encogió de hombros. Él hizo lo mismo.

-Como quieras. Empezaras el lunes.-

-Ok. Trato.- le tendió una mano.

Él vaciló un poco, antes de finalmente decidirse a estrechársela, aunque apartándola rápidamente ante la súbita sensación de calidez.

Ella sonrió divertida, antes de disponerse a juntar la mesa.

-Eh… Te ayudo.- tomó las jarras, guardándolas en sus respectivos lugares, para luego terminar de recoger todo y ayudarla a lavar los platos sucios.

Vio el reloj. Eran las 6:30.

Debía estar en el trabajo en media hora.

La pelinegra siguió su mirada y alzó levemente las cejas.

-¿Trabajas hoy?-

-Uh… si.-

-¿Y mañana?-

-También.-

-¿Es qué tú trabajas todos los días de primera a última hora?- frunció el ceño.

-Claro que no.- hizo una mueca. -Tengo descansos… unas cuantas veces al mes…- y por cuantas veces se refería a un solo fin de semana al mes.

La menor negó reprobatoriamente con la cabeza.

-Creí que eras un explotador con tus trabajadores… pero te auto-explotas… Eso tampoco puede ser sano…-

-¿Qué puedo hacer? Mi trabajo es muy importante.- se cruzó de brazos, algo a la defensiva.

-¿Y siempre fue así? ¿Siempre trabajaste tanto?- lo miró casi con pena.

-No, yo… Yo solía tener a mi hermana para ayudarme, pero… Ella ya no está más…- terminaron de lavar y fue a secarse las manos, evitando su mirada.

-¿Qué quieres decir? ¿Está…?...-

-No.- negó de inmediato. -Ella está bien, es solo…- suspiró, mirando al reloj. ¿Debería contarle o ir a trabajar? Bueno, él era el jefe y no tenía ninguna reunión tan temprano. ¿Quién iba a regañarlo? -Es solo que le pasó algo terrible…- Karin lo miró con su entera atención, y él resistió su primer impulso de tomar su muñeca, miedo de tocarla, y en su lugar le indicó con la mirada que fueran a sentarse.

-¿Qué… qué le pasó?- preguntó en tono suave.

Tomó una respiración profunda y se decidió a hablar.

-Ella se había casado, pero su marido resulto que solo la quería por interés. Porque quería robarle su dinero.- apretó los dientes con furia. -Planeó un accidente para ella que la dejó en coma por varios meses, mientras él le robaba su dinero. Yo lo descubrí demasiado tarde, y él huyó con todo el dinero de mi hermana. Pero quizás eso no me hubiera estado molestando tanto hasta hoy de no ser por el estado en que dejó a mi pobre hermana. Cuando despertó del coma y se enteró, estaba devastada. Tanto que se negó a creerlo y… y me acusó a mí de haber robado su dinero, y de que por mi culpa él la había dejado. Ella me odio a causa de eso… Requirió mucho tratamiento psicológico y ayuda de nuestra abuela para que volviera a entrar en razón. Pero aún tiene secuelas de eso, de vez en cuando, y por esa razón permanece con nuestra abuela.- y lejos de mí. -Está declarada emocionalmente incapaz de trabajar. Puede que tome años volver a ser como lo era antes de ese… ese maldito hijo de puta interesado.- gruñó las últimas palabras con desprecio. -Odio a toda la gente como él… Esa gente que hace todo por intereses… sin importarles los sentimientos de la gente… Son solo mierda.-

Tomó otra respiración profunda, tratando de calmarse.

Alzó la vista para ver a la Kurosaki, sorprendiéndose al hallar su rostro tan… pálido…

¿Qué le ocurría? No creía que su relato hubiera sido tan horrible…

¿O será que ella había recordado lo que casi le había hecho anoche?

Rogó porque no.

Era demasiado cobarde para hacerle frente a su desprecio.

Más cuando ahora se había decidido a por fin ser un hombre y conquistarla.

Y un día, cuando estuviera seguro de que ella no querría salir de su vida para siempre, se lo confesaría.

Sería su secreto.

Solo debía ignorar la culpa.

-¿Y si…?...- la voz de la chica lo sacó de sus pensamientos. -¿Y si esas personas se vieran obligadas a… actuar por interés… sin quererlo realmente, por necesidad?...- preguntó con voz muy baja.

Alzó una ceja hacia ella.

-Ese bastardo embustero no lo hacía por necesidad, eso te lo aseguro.- bufó con su tono más sarcástico, recordando como ya era bastante rico y a pesar de eso le robó a la dulce e ingenua Hinamori.

-No estoy hablando de él. Sino de… Tú estás diciendo que crees que todas las personas que actúan por interés son… mierda… ¡Pero! ¿Y si no tuvieran otra opción? ¿No crees que merecerían… otra oportunidad?...-

Él considero sus palabras.

Sinceramente, nunca le daría otra oportunidad al hijo de puta de Aizen.

Pero tratándose de otra persona… que hiciera algo… más pequeño que enamorar y robarle todo cruelmente a alguien… por necesidad… una persona interesada por necesidad…

Se le venían muchos tipos de actitudes y actos de personas interesadas, pero todos le parecían muy crueles y egoístas, e incluso si lo hicieran por necesidad, estaba convencido de que tenía que haber alguna otra forma que la de jugar con los sentimientos de la gente.

Solo alguien realmente cruel e interesado podría hacer ese tipo de bajezas.

La necesidad no era una excusa.

-No.- contestó rotundamente. -Ese tipo de personas solo pueden ser mierda.- aseguró.

Ella lo miró con la expresión en blanco por un segundo.

¿No podía haberse ofendido solo porque dio su opinión, verdad?

-Entiendo…- finalmente dijo, con la mirada oscurecida, sus ojos negros fijos en el suelo y… ¿era idea suya o se habían cristalizados? -Debería irme.- su corazón se paralizó por un momento. -Tengo que cuidar a mi padre y tú tienes que trabajar así que… no te retrasare más…- dio un débil y patético intento de sonrisa.

-Oh.- trató de ocultar su profunda desilusión. -Te llevare a tu casa, entonces.-

-¡No!- lo miró rabiosamente por un segundo, casi haciéndolo dar un paso atrás, antes de que su mirada volviera a ser tranquila, y tal vez un poco dura. -Tomaré un taxi. Quiero tomar un taxi.- corrigió cuando trató de protestar. -Nos vemos mañana, jefe.- comenzó a dar la vuelta para irse.

El peliblanco apretó los labios, tomándola de la muñeca.

Ella volteó a verlo y él trató desesperadamente de encontrar una excusa para retenerla.

-Mañana… Mañana es el cumpleaños de mi abuela.- recordó, felicitándose mentalmente. -Y bueno… ya que en todos los periódicos te presentaran como mi novia pensé… en llevarte conmigo a verla.- la miró nerviosamente.

De nuevo, lo miró con la expresión en blanco por un segundo, antes de contestar.

-Ok.- se encogió de hombros.

Se zafó de su agarre y salió de la casa, ignorando completamente el hecho de que vestía solo con su camiseta que dejaba a la vista más de lo que él querría que alguien más le viera, aparte de que iba descalza.

Él rodó los ojos. No la iba a dejar hacerse eso a ella misma.

Decidido a no perder ni un segundo más, corrió a la habitación donde la había alojado la noche anterior por sus cosas, y salió en su persecución, agradeciendo que aún no hubiera cruzado el extenso jardín.

En su estado de yo-soy-el-jefe, la tomó de la muñeca, y la jaló hasta su auto, importándole poco sus quejas.

Como ella siguió sus quejas, retrasándolo con sus luchas, finalmente perdió la paciencia y se la cargó al hombro.

La chica chilló y el chico contuvo su sonrisa.

La metió en el asiento del pasajero y le dio sus cosas, lanzándole una mirada de advertencia antes de rodar el carro e ir al asiento del conductor, arrancando y tomando rumbo a la clínica Kurosaki.

Ella se la pasó haciendo rabietas todo el viaje, pero la ignoró.

Llegaron a su destino y la menor se bajó del vehículo con un portazo, sin siquiera mirarlo ni una vez.

Suspiró.

Lo importante era que había llegado a salvo.

Una vez la vio entrar a su casa tomó rumbo devuelta a su casa para cambiarse, ponerse decente y así comenzar a trabajar en el hotel.

Llevaría a Karin a la fiesta de su abuela.

Eso lo hacía feliz.

Sabía que su abuela y tal vez incluso hasta Hinamori la adorarían.

Él ya la adoraba.

Y sabía que en algún futuro cercano, quizás podría enamorarse de ella…

Hasta entonces pues… vería que le deparaba la vida…

A pesar de que su culpa por lo que casi le había hecho anoche no había disminuido, esperaba algún día tener la oportunidad de disculparse adecuadamente.

Rogaba porque ella no lo despreciara cuando ese día llegara.

Que no recordara aquello sin duda fue un duro golpe. Y era consciente de que mientras más tiempo dejara pasar, más imperdonable sería su error.

Pero simplemente no tenía las agallas por el momento.

Tenía demasiado miedo de perderla.

Continuara...