IV
Cuando las semillas queman
Esa tarde aquel hombre se perdió por un momento en la contemplación de aquellos amantes que protegidos por los rayos del atardecer abandonaban Aguadulces y no pudo evitar pensar en que sin duda el amor era una fuerza poderosa, que llevaba a los hombres a extremos insospechados, incluso él no estaba exento del encanto de aquel sentimiento por que al igual que aquel príncipe plateado haría cualquier cosa con tal de conseguir a su amor.
De esa manera fue, que sin dudarlo metió su mano en el bolsillo de su chaqueta, extrayendo así una carta de su interior y con paso decidido camino hacia el fuego crepitante de la chimenea de su propia habitación, e imbuido por una fuerza que no sabía que tenía arrojo aquella misiva al fuego. Mas no fue hasta que sus ojos vieron como aquel pergamino se convertía en cenizas, que el pequeño señor se permitió sentir algo de lastima por aquella muchacha que cegada por el amor le había confiado la carta a aquella niña ingenua, quien fielmente y sin preguntas se la había proporcionado.
Pero, ya no había vuelta atrás.
Su plan estaba en marcha, las semillas de la discordia yacían pues sobre la tierra, solo debía esperar que germinaran.
Fue entonces con este último pensamiento que exclamo al aire del vacío de sus cámaras:
- Solo espera un poco mas mi amor, pronto estaremos juntos mi Cat.
