De nuevo el mismo ritual de la noche anterior. Sanji se acomodó en la baranda para fumar y Zoro lo acompañó, solo que en esa ocasión se sentó en el piso, a unos decorosos metros del cocinero. Era el turno de este de soltar la lengua así que lo hizo, pero cuando finalizó dio pie a tocar el tema espinoso.
—… «Solamente cuando se haya envenenado el último río, cortado el último árbol y matado el último pez, el hombre se dará cuenta que no puede comerse el dinero» —concluyó su relato citando esa célebre frase; hablar de Zeff y del naufragio siempre lo llenaban de sentimientos encontrados, pero supo disimularlo con falsa displicencia—. Ayer a la noche te quedaste dormido mientras te contaba.
—Cierto… —carraspeó y perdió la mirada, atrapando entre los labios el pico de la botella— Me hubieras despertado.
—Me dio cosa hacerlo.
—¿Hacer qué? —Lo miró y de inmediato continuó sin esperar respuesta— Debiste haber dormido incómodo —Y sin necesidad, pensó, porque él tenía lugar.
—Ni tanto —comentó, dejándolo a Zoro con la enorme duda.
La intención del espadachín era averiguar dónde había dormido el otro; tenía el pálpito de que había sido a su lado, porque lo sintió durante la noche. Todavía tenía en las fosas nasales el olor a tabaco y fritura.
—La amabilidad tiene un límite —terció Zoro mirando la nada.
—¿A qué te refieres con eso? —Hubo algo en la frase que lo incomodó, pero fueron solo ideas suyas, puesto que el espadachín no tuvo intención de hacerle pensar que lo decía con malicia. No buscaba insinuar que detrás de su acto amable se escondían otras intenciones, era solo la mente del cocinero que le estaba jugando una mala pasada.
—Nada, que me di cuenta de eso… —respondió con despreocupación y obviedad— Eres un tipo muy amable.
No dijo más, pero fue su tono sereno lo que terminó por despejarle la cabeza a Sanji y alejó de ella ideas equivocadas. En efecto, Zoro siempre hablaba con sinceridad, de cortas y simples palabras, no era de los que daban vueltas para expresarse.
—Ya es tarde… —murmuró Sanji ante tanto silencio, de ese que se instala entre dos que quieren seguir conversando por el mero hecho de estar juntos, pero no encuentran las palabras para hacerlo—. Todos están durmiendo… —El Baratie estaba sumido en la calma habitual de la noche. Algunas estrellas titilaban tenuemente en el firmamento y hasta las olas parecían dormir.
—Sí… —soltó con desgano, preguntándose lo mismo que el cocinero, ¿ahora qué? ¿Lo invitaría de nuevo a su cuarto? ¿Quién de los dos daría ese tan temido y a la vez ansiado primer paso? Zoro llegó a decirse que lo mejor sería que la invitación saliera de su parte si pretendía obtener algún resultado, y llegado a ese punto fue sincero— Podríamos ir al Merry para no despertar a tus compañeros, pero Yosaku y Johnny duermen en la cubierta… Usopp y Luffy en el camarote…
—Bueno, entonces… queda mi cuarto.
Al fin la esperada invitación fue hecha, pero con esa ligera e inconfundible sensación de estar buscando el lugar idóneo para hacer maldades sin levantar sospechas. El espadachín no podía invitarse solo, eso no lo haría jamás; no obstante, luego de lo dicho, tomó la partida del cocinero como una invitación a seguirlo.
Fue atravesar la puerta y cerrarla despacio algo suficiente para crear un ambiente raro entre los dos. La incomodidad y el nerviosismo era palpable y ambos podían verlo en el otro, en la manera de soltar pequeñas frases trilladas como «permiso», «ponte cómodo» y similares, sin mirarse a los ojos. En la torpeza de buscar un lugar donde acomodarse que no implicara la cama o una zona tan comprometedora y, claro, el estar lejos a unos cuantos metros, como si de golpe el cuarto fuera tan grande como el Baratie mismo y el otro tuviera lepra.
Era hasta tonto que se comportaran y se sintieran así cuando la noche anterior habían sido más naturales y despreocupados, ¿qué clase de pensamientos indecorosos había en sus cabezas? Pensamientos a los que no les daban luz porque hacerlo implicaría tener que enfrentar un desafío que ninguno de los dos estaba, todavía y en ese momento, preparado para afrontar.
Poco a poco lograron distenderse, Zoro con la botella entre las piernas, Sanji jugueteando con el encendedor. Una conversación más fluida dio inicio, temas banales que, como en la noche anterior, rozaban otros más profundos. Fue así como Sanji pudo oír el nombre de Mihawk por primera vez de la boca del espadachín.
—Es el mejor espadachín del mundo… —remató con cierto deje de pesimismo y orgullo a la vez, mientras caminaba hacia la cama para buscar un lugar más cómodo. Podía sentarse en el alfeizar, ahora vacío, incluso en el suelo, pero no… sus pies lo llevaron a estar más cerca de su interlocutor.
—¿Y solo por eso lo estás buscando? —Sanji entendió el lenguaje corporal de Zoro o sus intenciones, o tal vez solo eran sus propias ganas, pero se movió del sitio cediéndole un espacio tácito a su lado. Para su descontento no se acomodó ahí, tan tentadora que era la cama y en especial a esas horas de la noche.
—¿Te parece poca cosa? —se sentó al borde, dándole la espalda, y continuó—: Tarde o temprano tendré que enfrentarlo. Quiero hacerlo. —Sanji no preguntó lo que tenía respuesta obvia, si tenía miedo del encuentro o sandeces similares, porque de ser así no estaría allí buscándolo y ambicionando un encuentro.
—¿Por qué quieres morir tan joven? —bromeó, pero hablando un poco en serio. Si ese tipo era tan fuerte como aseveraba Zoro entonces este estaba suicidándose.
—Soy fuerte —aclaró con vehemencia, en ese punto giró para decírselo de frente—, soy jodidamente fuerte, cocinero.
—Me llamo Sanji, no cocinero —corrigió con cierta molestia, pero sin sentirla en verdad. Llevó las manos tras la nuca y miró el cielorraso de madera. —¿Y qué ganas con eso? Digo… ser fuerte es genial, pero…
—¿Qué?
—Déjalo, no sé cómo preguntarlo.
—No, ahora dime —instó con inquietud; ahí sí, gloriosamente y en ese punto, se animó a dar el tan comprometedor paso de acomodarse en la cama invadiendo el espacio personal de su compañero. No sin antes quitarse las katana para dejarlas apoyadas contra la pared, muy cerca de él; era algo que no podía evitar, no dormía con las armas a cuestas porque era incómodo, pero siempre buscaba dejarlas bajo su cuerpo o lo más al alcance posible.
Ambos simularon no reparar en el detalle, era mejor así o el pudor haría mella en ellos y el encantamiento se rompería. Mejor hacer de cuenta que nada pasaba, que no era raro que Zoro se recostara, primero con cierta duda, de nuevo empezando con un codo, luego apoyando la cabeza y finalmente levantando los pies para acabar como si esa fuera su propia cama y a su lado no hubiera nadie.
—Que no pareces ser esa clase de persona vanidosa y sin cerebro que solo busca la fuerza para que la gente le admire…
Zoro no supo si esa era una pregunta o una afirmación. Lo cierto es que Sanji no conocía bien al espadachín, pero no se le hacía esa clase de sujeto hueco que solo buscaba moldear su cuerpo y expandir sus habilidades para someter a los más débiles.
Sí, y por más que en el futuro esa falsa aseveración pasara a ser su arma principal a la hora de los insultos, incluso en el presente más presente de su historia como nakama, Zoro seguía sin parecerle una persona de ese estilo.
—Se lo prometí a alguien —dijo el espadachín y eso fue conveniente para Sanji, porque ahí pudo conciliarse de nuevo con la imagen que se estaba armando del muchacho. Le estaba aclarando esa cuestión.
Comprendía que este tenía un motivo de peso para ir tras un sueño que más de uno tildaría de vacío. De hecho, quienes no conocían a Zoro y solían tacharlo de bestia con fuerza sobrehumana, no conocían su lado humano y su capacidad para ser un pilar en los peores momentos, no sabían de sus valores y de su entereza, de sus códigos y ética, y por eso tendían a verlo como un tipo fuerte que solo pensaba en superarse y nada más.
—¿Alguna novia? —Sanji se maldijo interiormente, ¿por qué hacía esa pregunta? Ahora se sentía más importunado que antes— ¡Digo! ¿Se lo prometiste a alguna chica?
—Yo era un niño en ese entonces —aclaró con apatía—. La quise mucho. Aunque… pues… —guardó silencio sin molestarse en aclarar esa ensalada de letras.
—Habla, no te cortes. —Casi le rogó, porque de nuevo Zoro volvía a mostrar esa faceta reticente a soltar asuntos muy personales. Ya había notado que el espadachín era muy reservado, y cuando tendía a trabarse con las palabras se debía a que estaba tocando temas íntimos que le costaba expresar. Y Sanji sentía la inmensa necesidad de escucharlo, y así poder conocer un poco más a ese sujeto tan curioso que había llegado a su vida casi de sorpresa.
—Supongo que la admiraba —dijo con más soltura—. Sí, la admiraba mucho… me producía cierta fascinación, pero yo tenía once años así que no tenía nada que ver con un amor del tipo romántico como supones.
—¿Le prometiste que ibas a vencer a todos los espadachines para impresionarla? —cuestionó con una sonrisa pícara. Eso era algo que haría él, pero no lo veía a ese sujeto en esas lides.
—Para nada —negó con una mueca de desagrado en los labios, la mera idea era ridícula, porque solo un idiota ligón buscaría impresionar mujeres con esas tácticas—. Cuando murió le prometí que sería fuerte por los dos.
—¿Ella…? —No quería ser tan osado, pero le llamaba la atención la manera en la que lo había dicho, con cierta melancolía, y quería seguir escuchándolo; era una nueva faceta de ese hombre aguerrido, una más humana y corriente—. ¿Qué pasó con ella?
—Murió por una enfermedad… y lo hizo antes de que pudiera demostrarle que era mejor —suspiró y cerró los ojos, para continuar con un deje de autosuficiencia falsa—. Pero lo seré, y desde donde quiera que esté, ella podrá verlo.
—Ah, entonces crees en dios y en esas cosas…
—No. No creo en dios —aseguró, logrando que Sanji soltara una carcajada socarrona de incredulidad.
Sin embargo, aunque quiso burlarse y decirle que su lógica era absurda, se dio cuenta de que no debía. No correspondía meterse en ese terreno tan personal. Bastante con el hecho de que el espadachín se había abierto a él como para encima pisotear ese recuerdo mofándose de su contradicción.
¿Qué si no existía la vida después de la muerte? ¿Qué importaba si el sueño de Zoro tenía carencia de sentido o lógica por el simple hecho de que la muchacha estaba muerta? Era algo personal de Zoro, era una meta que se había impuesto por él mismo y no por nadie más, ni siquiera por una promesa como había asegurado.
—¿Cómo se llamaba? —acabó por preguntar y para tratar de salir de ese momento engorroso.
—Kuina. —Pronunciar su nombre en voz alta le generó un desagradable resquemor en el pecho, pero llenar el espacio vacío de palabras con carraspeos no era lo mejor, así que decidió bromear un poco para disipar ese ambiente pesado que él mismo había creado—. Me tocaba los huevos que siempre me ganara. Y me la hizo bien, porque murió así, sin que yo pudiera ganarle una puta vez.
Sanji rio despacio y se quedó con esas palabras, había algo en Zoro, en la despreocupada manera de hablar sobre ella que le gustaba. Como la aceptación del muchacho al irrebatible hecho de que estaba muerta.
Le agradaba ver que ese chico que comenzaba a gustarle por fortuna no era la clase nefasta de persona que se la pasaba llorando a sus muertos. Sanji detestaba a esa clase de gente, siempre aferrada al dolor.
Por el contrario, Zoro casi que le rendía un homenaje a su amiga yendo a suicidarse por el mundo para derrotar a los tipos más fuertes. Eso sin duda era más loable y digno de alabanzas que andar prendiéndole velas a los muertos.
Tanto silencio de golpe, y los ojos cerrados del espadachín, le dieron pie al cocinero para estirarse y apagar la luz. Ese gesto de pasar sobre él y el detalle de la penumbra llevó a Zoro a abrir los ojos de súbito.
—Pensé que te habías quedado dormido —musitó Sanji, pero pese a comprobar lo opuesto no volvió a encender la luz, ni tampoco lo invitó a irse, hasta incluso volvió a ocupar su lugar en la cama.
Zoro tampoco dijo nada, no se disculpó, mucho menos mostró intenciones de marcharse, por el contrario, allí se quedó y volvió a cerrar los ojos, tratando de no pensar en Kuina ni en las actitudes despreocupadas de un amable cocinero. Demasiado amable, se decía ya en ese punto.
Por su lado, el mentado cocinero también era un manojo de nervios, de preguntas y cuestionamientos. No quería ahondar en razones, no quería escabullirse demasiado en su mente, prefería decirse como un mantra que nada raro estaba pasando y que de hecho era perfectamente normal.
Se obligó a quedarse dormido, y lo mismo hizo Zoro, al menos por tres cuarto de hora. El espadachín despertó sintiendo esa incómoda sensación en la entrepierna, pero sin entender de dónde venía. Abrió los ojos y enfocó la vista a la vez que podía distinguir como el chico a su lado se daba la vuelta. Percibía a Sanji inquieto, porque enseguida volvió a girar quedando frente a él. Lo estudió, tratando de ignorar la erección que padecía, concentrándose en las cejas rizadas, los labios finos y la boca entreabierta incitándolo de una manera indecorosa.
La mano del espadachín buscó retirar un mechón de pelo rubio y así poder desentrañar el misterio de la ceja oculta, pero, aunque el toque fue ligero y meticulosamente lento, fue suficiente para alertar a un intranquilo Sanji.
Zoro contuvo la respiración y cerró los ojos para disimular, sin embargo y contrario a lo pensado el cocinero siguió durmiendo y en cambio volvió a girar, dándole la espalda. El espadachín pensó que tal vez estaba teniendo pesadillas y que por eso se movía tanto.
La mano de Zoro, al no tener la cara del cocinero con la que entretenerse, se movió casi por impulso hacía la zona de su propia anatomía que reclamaba atención. Por mucho que quisiera ignorarlo, su cuerpo mandaba sin descanso la señal a su cerebro.
Apenas se rozó por encima de la tela del pantalón, como si de un acto involuntario se tratara. No es que ese simple toque fuera a desahogarlo siquiera un poco, todo lo opuesto, solo consiguió revolotearle más las hormonas.
Al final lo que era una erección plena, se convirtió en una brutal; por poco y no se hacía un agujero en el pantalón. Miró hacía abajo, como estudiando el panorama, pero casi no podía ver en la oscuridad que estaba sumido el cuarto, apenas la silueta sugerente de los muslos del cocinero y las nalgas redondeadas apuntando peligrosamente al arma que el espadachín tenía entre las piernas.
Zoro lanzó un suspiro ronco, qué mal momento para tener esa clase de percances masculinos; pero iluso el espadachín si creyó que el martirio terminaría allí, porque el cocinero -quizás en sueños, tal vez semi consciente- echó la cadera hacia atrás.
Fue un contacto osado y brusco, un movimiento fugaz que tomó desprevenido a Zoro. De manera automática se hizo hacia atrás tratando de impedir ese contacto tan íntimo y comprometedor. Lo logró, pero la erección seguía siendo un asunto problemático.
De mal en peor empezaba a sentir como la ropa se le humedecía un poco, ahí, en esa zona. Vaticinaba con resignación una eyaculación en seco, pero haciendo uso de toda su fuerza de voluntad se obligó a controlarse.
No obstante, como si el cuerpo del cocinero estuviera imantado, su trasero volvió a buscar ese pene. ¿Qué clase de castigo era ese? Se preguntaba Zoro, ¿por qué le tenía que pasar a él esa clase de contratiempos, si era un tipo bueno? O al menos trataba de serlo.
Decidió que lo mejor sería ponerse boca arriba y así evitar la fatalidad inminente, además no quería despertar al muchacho y tener que enfrentar una reacción negativa por su estado. Aunque si lo pensaba bien, no estaba haciendo nada malo y los dos eran hombres, Sanji tranquilamente podía entender su estado calamitoso y apiadarse de él.
¿Pero, y si no lo hacía?, ¿si despertaba y se enojaba? Zoro no sabía por qué, por lo general era de los que no se preocupaba mucho de lo que pensaran los demás sobre su persona, pero tampoco le agradaba darle a Sanji una imagen tan errónea. Él podía ser muchas cosas, pero no un depravado sexual.
Sin embargo, cuando el cocinero se pegó por tercera vez a él, una idea siniestra se plantó su mente, ¿y si en verdad estaba despierto y esa puta insistencia por pegarse a él se debían a motivos que iban mucho más allá de un simple clima primaveral?
Podía pensar que el frío arrastraba al cocinero a buscar inconscientemente alguna fuente de calor, pero también cabía la posibilidad de que estuviera despierto. De ser así el roce no tenía nada de inocente, ¡que Zoro no tenía cómo ocultar lo que se cocía entre sus piernas!
Pensó en llamarlo, pero apenas pudo susurrar un trémulo «S-Sanji» que ni su propia alma podía llegar a oír con claridad. En cambio, decidió algo más sencillo y menos comprometedor. Giró de vuelta para quedar tras su espalda y sin apoyar los genitales en el trasero del cocinero, le puso una mano en el brazo.
Fue ahí, en ese punto, que Sanji despertó del todo.
Creía que había estado soñando, lo que uno tildaría como sueño húmedo, puesto que se le hacía raro imaginar que ese espadachín pudiera estar frotándose contra él, pero su propia erección fue cabal para confirmarlo.
Nada raro, solía tener sueños húmedos y despertar en esas condiciones humanas, pero en dichas quimeras solían haber muchachitas hermosas de generosos atributos, no espadachines musculosos con mirada de asesino serial.
Se quedó tieso y sin aire, porque la mano de Zoro seguía en su brazo y aunque era un gesto inocente, dado el contexto y su mente podrida, era totalmente estremecedor. No se atrevió a girar ni a llamarlo para comprobar si estaba despierto o dormido. De hecho, hasta le aterraba la idea de que estuviera despierto, ¿qué haría en ese caso? ¿O qué diría?
Un leve temblequeo se apoderó de él, uno que Zoro interpretó como frío y por eso movió la mano que estaba sobre el brazo del cocinero en un intento vano por darle calor, vano porque fue apenas una intención.
Sanji tragó saliva, Zoro suspiró, y el desastre ocurrió. Ambos se movieron al unísono, uno hacia atrás, el otro hacia adelante, y el pene del espadachín se apoyó sin descaro sobre una nalga. No le quedaban dudas al cocinero. Si Zoro no estaba despierto, eso ya no importaba, al menos podía asegurar que una parte del cuerpo del espadachín sí lo estaba.
Pudo haberse movido del lugar para evitar el contacto, pudo haber dado la vuelta incluso para adivinar la verdad: ¿Dormido o despierto? Pero Sanji tuvo que ser sincero consigo mismo en ese instante: que pese a todo la curiosidad era grande.
Prefirió llamar «curiosidad» a su interés y excitación. Al final se la jugó, apenas elevó unos milímetros la cadera para quedar en una posición idónea: la punta del pene se acomodó mejor en la línea que dividía sus nalgas.
Sanji sentía el corazón latir con rabia, estaba nervioso por todo el cúmulo de sensaciones nuevas y también asustado por no poder rechazar nada de lo que estaba viviendo. Le resultaba placentero y eso le confundía de sobremanera.
Que le gustaba el sexo y el placer, era un hecho, pero jamás imaginó que estar así con un chico de su edad lograría tal efecto devastador en su persona. Tenía el pene duro y necesitaba tocarse mientras sentía el de Zoro atrapado entre las nalgas. La tela de ambos pantalones era una barrera decorosa que le daba cierta paz y satisfacción, la de saber que allí no pasaría nada que fuera más allá de ese límite decoroso.
Podía oír la respiración entrecortada de Zoro quien, algo alucinado por tremebunda calentura, se encontraba entre la espada y la pared, entre el deber y el querer. Nunca, jamás en la vida, había estado en una situación similar; no sabía cómo se suponía que debía actuar, pero de querer, se moría de ganas de eyacular.
Movió las caderas, apenas un ligero vaivén, lo suficientemente sutil para no despertar a quien de por sí ya estaba con todos los sentidos avispados. El pene se rozó una vez más y para tortura placentera de ambos.
Lejos de tener un trasero blando, descubría que el cocinero era dueño de una retaguardia fibrosa. Tuvo el impulso de comprobarlo, quiso poner una mano allí para tocarle, aunque fuera ligeramente, pero todo movimiento en Zoro era minucioso, calculado.
Para Sanji esa actitud lenta, tan atenta y preservada, era un auténtico martirio, se relamió los labios preguntándose qué seguiría a continuación, que debía hacer, o cómo se suponía que debía actuar o siquiera sentir.
Maldición, quería más, su cuerpo necesitaba más, pero todo era demasiado intenso para soportarlo. En la contradicción quería que todo terminara, correrse en los pantalones y que Zoro se fuera de su cuarto para poder aclararse la cabeza, pero por el otro quería permanecer unos cuantos minutos, horas o días en esa posición, con la indescriptible sensación de sentir algo prohibido queriéndose abrir paso en una zona inexplorada de su anatomía.
Era demasiado, iba a colapsar, su corazón en el pecho y el pene en los pantalones.
Ya no podía más.
Sintió la mano del espadachín sobre la loma de su pierna, allí donde casi deja de llamarse como tal para considerarse glúteo. Fue eso, el atrevido movimiento de Zoro al apretarle la nalga lo que le hizo volver en sí de ese tormento delicioso.
Sanji dio un respingo del susto y se incorporó de golpe para mirarlo, porque el muchacho estaba yendo muy lejos con ese toque y había roto el encantamiento. Zoro se apartó rápidamente, sin temor, pero con nervios. No era una situación común ni que hubiera vivido antes como para saber a qué atenerse. Vio los ojos del cocinero y supo que no podría escapar.
Era evidente que ambos estaban despiertos y aunque les costaba hasta el mero acto de respirar tenían que encontrar la forma de soltar palabras que explicaran el embrollo en el que se habían metido.
—Esto es raro, cocinero —musitó. Sanji vio la incomodidad haciendo nido en el rostro del espadachín y se asustó. Sentía que toda la culpa recaía en su propia persona, como si Zoro fuera el inocente y él el aprovechador.
Por supuesto que no fue la intención del espadachín hacerle sentir así, como si fuera culpable de algún crimen, eran los propios fantasmas del cocinero; pero sin duda este se sentía intimidado por lo que había ocurrido y ahora venía a mal interpretar esa expresión en el rostro de Zoro como una de desagrado.
—L-Lárgate —alcanzó a balbucear con la voz ronca— ¡Lárgate de aquí, espadachín!
El mentado lo miró con el ceño fruncido de enojo, pero no tuvo tiempo a replicar porque enseguida recibió un empujón. Sanji lo había pateado para sacarlo de su cama. Zoro pudo haberle mentado un rosario de insultos, pero él también se hallaba conmovido por el torrente de experiencias nuevas, así que no hizo otra cosa que ponerse de pie, ajustarse las katana en la cintura, y mandarse a mudar no sin antes dar un portazo.
Maldito cocinero idiota, ¿qué se creía? Él no era ningún violador o acosador, tampoco era la clase de tipo que anduviera por ahí aprovechándose o buscando sexo en cada esquina. Además, ¡ni que ese rubio idiota fuera la gran cosa! También era hombre, sabía lo que era despertarse a mitad de la noche con una erección involuntaria. No era para reaccionar así, como si se tratara de una vejación. Técnicamente no había pasado nada, ambos estaban dormidos y simplemente ocurrió una serie de eventos desafortunados, que obviamente no previó. Nadie vaticinó aquello, ¿o sí? En tal caso, ambos eran culpables de los mismos cargos, ahí no había inocentes.
Pudo haberle dicho todo eso a Sanji, palabras que resonaban en su mente y que allí tenían sentido, pero no podía pensar con claridad, mucho menos ordenar su cabeza para soltar frases coherentes.
Y no podría pensar con claridad hasta que no solucionara ese gran inconveniente entre las piernas.
Por lo usual Zoro no se masturbaba, lo hacía de manera mecánica y fría cuando la situación se tornaba intolerable y le impedía concentrarse en asuntos que para él sí eran una prioridad; así que correrse en seco era algo hasta normal en él, una reacción fisiológica esperada.
Cuando él mismo no se proporcionaba un desahogo, era su propio cuerpo el que lo hacía.
En esa ocasión decidió atender la erección; llegó al baño del Merry y trabó la puerta. Con furia quitó el pene del encierro y sin contemplaciones comenzó el rítmico vaivén de la mano. Cerró los ojos para no tener que verse en el espejo, en especial porque podía contemplar la cara de frustración e ira que tenía. Un aborrecimiento visceral hacía quien lo había puesto en esa delicada situación sin siquiera proporcionarle un consuelo físico o al menos una explicación.
Pero era peor, porque al cerrar los ojos más pensaba en lo que no quería pensar, y más presente tenía a ese cocinero malhablado. Al demonio, si abrir los ojos le mostraba una imagen que le importunaba -porque podía reparar en cuánto le afectaba- prefería tenerlos cerrados y concentrarse en la imagen de ese patán al que no debió haberle dado tanta potestad para desestabilizarlo.
El movimiento de la mano comenzó a ser más violento a medida que llegaba al clímax, pensó en todas las cosas que le hubiera hecho a ese malnacido: la manera en la que le hubiera arrancado el pantalón y la brutalidad con la que se la hubiera metido hasta hacerlo gritar.
Se apretó el pene al punto del dolor -dedo pulgar e índice bajo la coronilla- con el nombre del cocinero prendido entre los labios y, en la mente, la imagen de su trasero firme. Así acabó sobre el lavabo, dejando un río de semen que enseguida hizo desaparecer al abrir el grifo.
Se lavó la cara con energía, como si quisiera borrar marcas invisibles en el rostro, se acomodó la ropa y se fue a dormir. Qué le dieran a ese imbécil. Bueno… él quería darle; pero ese era otro tema.
Sanji no la tuvo tan fácil como Zoro, porque era tanto su desasosiego que se encontraba incapacitado para darse placer. No podía dormir, así que se contentó con fumar un cigarro en el alfeizar de la ventana mientras miraba hacia el Going Merry anclado. Podía ver movimientos, aunque no lograba distinguir si se trataba del espadachín.
¿Y qué demonios le importaba lo que ese tipo hacía, si estaba dormido o despierto? Apagó la colilla en el cenicero y hundió la cara entre las rodillas encogidas. Luego se sacudió el pelo en un intento vano por alejar de su cabeza semejantes ideas.
Se suponía que a él le gustaban las mujeres, ¿qué había pasado ahí? Acaso ¿era normal que se le pusiera dura con un chico? Negó con la cabeza, que ya era una maraña de dudas tempranas, culpas infundadas y prejuicios tontos.
Quizás sí, y se estaba haciendo demasiada mala sangre. Lo malo es que no tenía con quién hablar del tema y preguntarle. No es que podía ir a Carne o a Patty, mucho menos a Zeff con semejante cuestionamiento: «¿Ey, es normal que al dormir muy cerca de un chico se te ponga dura?». Se moría de la vergüenza al solo pensarlo, menos podría ponerlo en palabras.
Además, ¿qué hacía si resultaba ser que no era normal? Intuía que no, puesto que en varias ocasiones había escuchado a sus compañeros del Baratie proferir palabrotas al respecto, era común mofarse de los raritos y hablar sobre ellos con cierto desdén, incluso hacer chistes burdos.
No quería ser objeto de burlas, no quería ser así, rarito; al menos eso se decía a sí mismo, como si hubiera algo malo en sus emociones. Él había sido criado por piratas, era un tipo rudo, tenía que serlo. No era ningún maricón, atrás en el pasado había quedado ese pequeño fracaso del Germa 66.
Pobre Sanji, encerrado en su mente troglodita, ahí, en donde ser masculino era sinónimo de ser heterosexual, un casanova, un adulador de muchachas. Un hombre al que no se le ponía dura la verga por rozarse contra el fornido cuerpo de un espadachín musculoso que olía a sudor y a macho cabrío.
Se fue a dormir, o al menos lo intentó, para dejar ese suplicio mental de lado. Hubo momentos de la noche hasta en las que sintió ganas de llorar. ¡Mierda! Pero lo peor de sentirse confundido y culpable era esa horrible sensación de no obtener respuesta; de no saber con quién hablar o a quién recurrir.
Siempre era Zeff su consejero -aunque ambos disimularan que lo fuera- pero este era un caso único que pensaba llevárselo a la tumba. A él no le ponían los hombres y punto. Ese percance con Zoro, ese pecado, no sería confesado nunca.
Se quedó dormido, ignorando sus emociones verdaderas y sus necesidades más intrínsecas, pero estas volvieron con una fuerza arrolladora por la mañana. No había querido tocarse en la noche a causa del asco que sentía hacia sí mismo, pero cuando despertó la urgencia era tan inmensa que de inmediato se llevó ambas manos a la entrepierna y comenzó a jalarse como si esa fuera la última vez y su vida dependiera de ello.
Trató de reprimir gemidos en vano; no quería hacer un escándalo a esas horas porque seguro que más de uno andaba despierto, pero estaba siendo el mejor orgasmo de su vida. En el punto más álgido abrió más las piernas y cuando sintió la descarga eléctrica que anunciaba la inminente eyaculación se le contrajeron los músculos, al mismo tiempo su espalda se arqueó hacia adelante obligándolo a incorporarse apenas.
—Ya… —Un quejido largo, la imagen de Zoro tatuada en la mente, la divina sensación perdurable del pene duro contra las nalgas—Ya sale... —Y en efecto, el semen se desparramó sobre su vientre iniciando un tibio recorrido hacia el colchón. La boca abierta, la respiración entrecortada, los pelos revueltos, mejillas arreboladas y ojos en blanco.
Qué buena corrida le había regalado ese imbécil, eso fue lo que pensó, aunque de inmediato se obligó a deshacer esa idea, como si temiera que alguien pudiera leer su mente, o ver en sus pupilas dilatadas de deseo su más oscuro secreto.
Moriría con esa verdad.
Se levantó para comenzar otro día de trabajo, uno diferente al rutinario de siempre. Si lo pensaba un poco, desde que ese chico de goma había llegado a su vida, su aburrida rutina se había trastocado.
No imaginaba que conocerlo a él -y a Zoro- sería solo el principio de un cambio más profundo.
Trató de no pensar en el espadachín, pero tenía muy presente que tarde o temprano cruzaría miradas con él. No podría evitar ese bochornoso momento. Por fortuna la presencia del tripulante de un pirata de mala fama como lo era Krieg fue suficiente para obligarle a concentrarse en asuntos más primordiales.
Cuando Zoro lo vio esa mañana optó por adoptar la postura recia de siempre. Si el cocinero estaba molesto, ya se enteraría. Si quería hablar del tema, ahí estaría. Incluso, si pretendía continuar con lo que había dejado a medias, estaba dispuesto.
Pero el malnacido lo había ignorado olímpicamente desde el primer momento. Ni los buenos días, ni un hola por cortesía. Qué le dieran, volvió a pensar. Si a esas quería jugar el cocinero, bien. Él no iría corriendo detrás de ese montón de mierda petulante que solía ser Sanji, en especial cuando había una mujer en su camino. De hecho, ahí estaba, regalándole a Nami no solo comida sino un sinfín de cumplidos que se habían multiplicado en cantidad y en calidad.
Ahora le declaraba su amor eterno sin siquiera conocerla.
Su pensamiento entonces fue que era un idiota, un baboso perdido. Qué mal podía caerle un tipo que hasta ayer hasta le resultaba agradable para platicar, incluso hasta para estar en silencio; pero si eso era lo que el cocinero pretendía, pues bien.
Gin se apareció en el Baratie y acabó por contarles la razón de su desgracia, y así el nombre de Mihawk fue pronunciado. De nuevo Sanji volvía a escuchar de ese sujeto, y de nuevo podía ver ese brillo en los ojos del espadachín.
—Parece ser que mi destino no está en el Grand Line —terció con una socarrona sonrisa de satisfacción personal que hasta resultaba seductora— porque él está aquí.
—Idiotas —dijo Sanji con un cigarro entre los labios. Aunque iba dirigido a quien había abierto la boca, habló en plural. Dado lo acontecido le resultaba imposible dirigirse directamente a Zoro, la culpa volvía a hacer mella en él con tan solo mirarlo—. Ustedes son la clase de gente idiota que va directo a su muerte.
No entendía del todo si la obsesión del espadachín por ese tipo era una fascinación absurda o si en verdad solo se trataba de una promesa o meta personal. Ir contra un sujeto tan fuerte y peligroso era un suicidio.
Se puede, es válido y hasta admirable, tenerse mucha confianza, pero lo de Zoro ya era imprudencia y por serlo, también estupidez. El espadachín lo miró de reojo, tan intenso el negro de su mirada y tan pecaminosos sus propios pensamientos que Sanji le dio la espalda.
—Puede que tengas razón, pero llamarme idiota es ir demasiado lejos —sentenció Zoro con firmeza—. He tirado mi vida desde que decidí convertirme en el mejor espadachín del mundo… así que el único que puede decirme idiota soy yo.
—Idiota —repitió el cocinero, incrédulo de confirmar lo que más temía: ese muchacho no tenía miedo ni dudas.
No sabía si sentirse maravillado por tanta convicción o en cambio sentir pena de cruzarse con una persona que, quizás y sin saberlo, buscaba la muerte en cada esquina. ¿Qué pecado buscaba expiar Zoro? ¿Qué clase de mal le había hecho el mundo para ser tan negligente con su propia vida? Eso le caía mal, porque para Sanji esta era valiosa; le había costado conservarla en ese archipiélago infernal y no la desperdiciaría por cualquier motivo.
Bueno, entonces con más razón Zoro debía tener un motivo mucho más profundo que no había compartido y que él no alcanzaba a vislumbrar del todo. Ya tendría tiempo para desentrañar ese misterio que de golpe representaba el espadachín, al menos cuando aprendiera, poco a poco, golpe a golpe, dejar de lado esa animadversión y rechazo hacia sí mismo; cuando dejara de culparse y se aceptara, sin prejuicios, y viera que la frialdad aparente de Zoro no era tal cosa, sino orgullo.
Nadie les dijo que la empresa sería sencilla; al contrario, se convertiría en un infierno, uno chispeante. Paso a paso, y limando diferencias, ambos descubrirían que ese extraño vínculo forjado al comienzo de su historia había instalado un sentimiento que permanecería siempre y cuando ambos lo pretendieran.
Era una llama pequeña que no se había extinguido y que nunca lo haría mientras ellos siguieran experimentando esa fascinación por el otro.
Nadie sabía que Sanji y Zoro se habían llevado bien en una época efímera; apenas dos míseros días, pero suficientes para dejar una huella en ellos porque, aunque no lo decían y los demás no tenían forma de sospecharlo siquiera, ambos recordaban con claridad que ese idiota que le caía tan mal no siempre había sido así de idiota.
«Y pensar que al principio me caías bien», era el pensamiento compartido, mas nunca verbal. Un secreto que ambos atesoraban en silencio, a espaldas del otro, escudados tras un trato displicente y hosco que no les diera lugar a enardecer esa llama, porque intuían que daría pie a un tremebundo incendio.
Mejor así, puesto que entre insultos, patadas y sablazos marcaban una decorosa distancia. Si ellos dejaban esas formas de lado, ¿qué pasaría? Seguramente se llevarían bien, se harían amigos, ¿y luego qué seguiría? ¿Más momentos incómodos como esa fatídica noche?
Eran incapaces de adivinar que les aguardaban peores situaciones.
Se sabe que las pasiones son como huracanes y como tales generan desastres. Dicha pasión ellos preferían encausarla en peleas verbales y físicas, pero a veces, solo a veces y cuando nadie era testigo, se rendían a los encantos de la carne y a esa mutua fascinación.
Muchísimas gracias por pasarse y espero que les haya gustado este primer one shot. Para el siguiente prometo que va a ver más que mero frotamiento XD Yo avisé que no iba a haber sexo a pelo de comienzo. El que avisa no es traidor.
Aprovecharé estos espacios para responder los comentarios anónimos. Si estas notas quedan largas de nuevo, sepan que todo es culpa de Yageni XD (no, es broma, pobre… que la quiero aunque no se note).
Yageni: Me está costando… un ovario y la mitad del otro (por decirlo de manera fina, porque la verdad esto es como cagar vidrio). Será porque llevo mucho tiempo sin escribir, pero estoy tres horas para hacer un párrafo. Igual vos me conocés bien y padeciste mis velocidades a la hora de escribir, en efecto el fic lo escribí en una tarde, pero hacerle las correcciones… madre mía… fue una tortura y me llevó una eternidad. Porque claro, salió de un tirón, cual diarrea literaria, pero después cuando me senté a corregirlo yo estaba en plan "¿qué carajo?". Gajes del oficio. Ahora voy por la saga de Arabasta y ya estoy entrando en ritmo de escritura más fluida. Igual, si ves algo muy salido de lugar avísame. En otras palabras, si no se entiende alguna oración no son producto de drogas, sino de mi incapacidad para hallarme con las palabras. Calculo que también tiene que ver todo lo que pasa por mi cabeza. Y YA, no me extiendo más en este punto. Eso lo charlaremos personalmente porque si no esto va a ser bíblico (y extrañamente público) sin necesidad (si me hubieras hecho el comentario estando logueada te escribiría el nuevo testamento). Con respecto a la elección de la pareja… y, vos sabés que tu marimo patasucia me está generando sentimientos encontrados, pero igual lo quiero mucho pese a todo (porque la culpa es de Oda, no de él, ni tuya, ni de nadie más) y con el cocinero seguiremos dándole amor (él me dijo que está de acuerdo, yo no lo obligo a nada). Aguante el SanLu, es mi nuevo grito de guerra. ¡Gracias por comentar! Me puso muy feliz tu review.
26 de marzo de 2019
Ciudad Evita, Buenos Aires, Argentina.
