La batalla contra Krieg había finalizado y el chico de goma había quedado muy mal herido. Sanji no dudó en cederle su cama para su recuperación, sin embargo, lo hizo con cierta incomodidad; porque le venía recordar a ese tonto espadachín.

No era momento para dejarse llevar por sentimientos que juzgaba de egoístas; no se trataba de él, de sus pudores o sus culpas sino de Luffy, quien a fin de cuentas se había llevado la peor parte de la contienda.

Paty y Carne lo cargaron para dejarlo tendido sobre la cama y mientras Sanji le limpiaba las heridas pensaba en todo lo ocurrido. Ese muchacho había salvado algo más que el Baratie, había salvado al viejo, había salvado sus valores.

Se quedó a un lado contemplándolo dormir. Luffy merecía disfrutar de la comodidad de la cama, merecía que estuviera allí curándolo, merecía ser admirado. Seguirlo ya no le parecía tan descabellado.

Acabó por recordar así la conversación sostenida con Zoro el día anterior, en la que este le había narrado con lujos de detalles y fingida apatía, como su capitán se había adentrado solo a un cuartel de la marina para liberarlo de una muerte segura. Sin dejar de subrayar que fue quien le recuperó su preciada katana, recuerdo de una difunta amiga con la que había hecho un juramento.

Zoro no tenía un rumbo fijo, iba por la vida siendo él mismo, tratando de sobrevivir un día más; así que cruzarse con alguien como Luffy debió haber sido revelador. Sanji entonces pudo comprender porqué cuando el espadachín aseveraba que Luffy sería el rey de los piratas lo hacía con tanta convicción.

No se sigue a nadie porque sí, menos que menos lo hace alguien como Roronoa Zoro.

Ya era tarde y todos estaban cansados, la pelea los había dejado estresados y las reparaciones agotados, así que se fueron a dormir tempano. Sanji se armó un pequeño tatami en el cuarto, preguntándose lo obvio: ¿por qué con Zoro no le había molestado compartir espacio y en cambio se hallaba allí usando mantas como colchón?

Admitía, eso sí, que todo fue producto de la casualidad: el espadachín se había quedado dormido y a él le había dado pena despertarlo. Además, era su cama, dormiría ahí a como dé lugar por muy borracho que estuviera Zoro.

El problema es que lo había disfrutado, en demasía, y temía que con Luffy fuera igual.

Le daba pavor descubrir eso nuevo en él. ¿Qué haría con su vida si llegaba a tener otra erección?

Lo cierto es que Luffy estaba muy herido y más le convenía descansar a sus anchas. Él no moriría por dormir una noche incómodo en el piso. Trató de hacerlo, pero por algún extraño motivo no podía conciliar el sueño pese al evidente cansancio.

Pensaba en el Baratie, un sitio al que consideraba su hogar, en Luffy y su propuesta: ahora hallar el All Blue era algo más posible y no un mero sueño. También en los tripulantes, la pelirroja que estaba de infarto, no negaba que ella era una buena excusa para subir a ese barco, pero allí en el restaurante solían ir mujeres así de bellas. En cambio, si le permitía a su mente traicionarse, acababa reparando en el espadachín.

Zoro…

No había dos iguales.

No habría un Zoro en el Baratie. No habría un All Blue en el Baratie. No habría aventuras en el Baratie. ¿Qué tenía por perder?

No quería traicionar al viejo, le debía demasiado, y sentía que lo hacía, porque estaba dejando atrás su derruido hogar para ir tras un sueño que más se le parecía a un cuento de hadas, motivado egoístamente por la presencia de un tipo curioso como lo era el cazador de piratas y teniendo como capitán a un don nadie, a un tal Monkey D. Luffy, capaz de hacer posible lo imposible.

Lo terminó despertado de su duermevela el estómago del capitán, este se estiró, se sentó y bostezando soltó un «qué bien dormí». Sanji desde el suelo sonrió, todavía le costaba creer que ese niñato fuera tan fuerte.

—Tengo hambre. —Se tocó la panza, que volvía a gruñir.

—Debe haber algo preparado abajo —dijo Sanji poniéndose de pie y demostrándole que no estaba solo en el cuarto. Luffy lo miró y le sonrió para de inmediato cambiar su expresión a una de desesperación.

—¡Mi sombrero! —Pensó que lo había perdido, pero el cocinero se lo alcanzó.

—Trata de no moverte mucho. No teníamos tantas vendas.

—No las necesito. —Se las quitó para luego reparar en el detalle— ¿Dormiste en el suelo? Lo hubieras hecho aquí. Hay espacio de sobra. —Palmeó el colchón a su lado con infinita inocencia.

Sanji, aún vestido con las prendas del día anterior -la batalla lo había dejado tan agotado-, se acercó a la ventana y buscó sus cigarros. Trataba de disimular su sonrojo, pero a la vez se decía que debía sentirse aliviado por el casual ofrecimiento de Luffy, porque eso podía significar que quizás no era tan anormal compartir espacio físico de esa forma con alguien de su mismo género.

No, si no hay malas intenciones o pensamientos obscenos de por medio es perfectamente normal.

—Estabas muy mal herido, así que pensé que mejor te dejaba la cama para que estuvieras más cómodo.

—¡Eres muy amable! —dijo regalándole una de las sonrisas más anchas y genuinas que tenía.

Esa frase… esa pequeña frase lo estremeció un poco. Prendió el cigarro y se sentó en el alfeizar de la ventana. Le venía a recordar una vez más a ese sujeto de ridículo pelo verde, y le molestaba caer en la cuenta de que le estaba regalando demasiado de su tiempo mental.

Es que nunca había conocido gente así, y eso que en el Baratie habían pasado millones de piratas y cazadores. Toda clase de rufián, y solo Luffy con la luz necesaria para subyugarlo, toda clase de sujeto intimidante, para que se apareciera Zoro, imantándolo a él. Quería caminar a su lado y conocerlo. Oh, y la bella e inigualable pelirroja, que por alguna poderosa razón viajaba con ellos; siempre había lugar en su mente para las bellezas, estaba en su naturaleza. Y Usopp, pobre, que no solía regalarle nada de su tiempo mental, aunque intuía que no le costaría ganarse su simpatía.

—Entonces, ¿te vienes conmigo? —dijo Luffy trayéndolo a la realidad.

—No me voy a ir de aquí hasta que ese viejo reconozca mis habilidades —le aseguró una vez más a un terco Luffy. De inmediato era una cualidad que salía a relucir en el chico de goma: a veces sabía ser sumamente egoísta y caprichoso. Nadie dijo que era perfecto.

—De acuerdo, me rindo —mintió, estirando un brazo para jalarlo de la camisa y llevárselo a rastras.

—¡Secuestrarme no es rendirse!

Luffy lo entendió sin más, podía no tener una inteligencia sobresaliente, podía no saber de física cuántica, pero sí tenía mucha inteligencia emocional y sabía sacar conclusiones acertadas sobre lo que las personas sentían o pensaban.

Sabía que Sanji era una buena persona, lo supo al ver como le daba de comer a Gin; en la manera en la que arriesgó su vida por salvar más que madera; en el noble gesto de cuidarlo cediéndole su cama y curando sus heridas. Luffy sabía mucho de las emociones, estas habían sido sus únicas compañeras la mayor parte de su vida. Se nutría de ellas, aprendía.

Podía parecer colérico por momentos, impulsivo y testarudo, pero también sabía reír y no hacerse mala sangre por lo irreversible y era especialista en dar en el clavo cuando una persona trataba de ocultar alguna emoción. No era un sujeto fácil de engañar; tal como había dicho Zoro: no se juzga el contenido por el envase.

—Ahora más que nunca el Baratie me necesita —dijo en referencia a las reparaciones—, pero algún día iré al Grand Line… ¿Has escuchado hablar del All Blue?

Y desde lo alto Zeff lo pudo ver, la cara de Sanji irradiaba una felicidad rayana lo infantil. Desde que lo había conocido siempre le había parecido un muchachito demasiado alegre, con el tiempo se dio cuenta de que esa era tan solo una máscara.

El viejo sabía que la había pasado fatal con su familia, no necesitaba que Sanji le contara para darse cuenta de que había nacido y vivido bajo la violencia y el abandono absoluto; para colmo padecieron el naufragio, no obstante, Sanji no se ahogaba en el pasado y hacía un esfuerzo por disfrutar de esa nueva oportunidad que le daba la vida, de tener otra.

Eso era vida para él, y no la que tenía en el palacio del Germa 66. Prefería ser un sucio cocinero de altamar antes que el noble príncipe de un ejército asesino. Lejos de su familia podía ser libre, podía dar toda la gentileza y el amor que a él no supieron darle. Todo el respeto, amabilidad y paciencia que no tuvieron para con él.

Mientras pudiera evitarlo, haría todo lo posible para que ninguna otra persona, fuera quien fuera, experimentara esos sentimientos. Zeff se encargó de inculcarle valores que su familia no había sabido darle.

Y con esa cara se quedó el viejo, porque él le conocía todas las sonrisas, las mecánicas que solía dedicarle a los clientes para caerles bien y ganar propina, las frías, esas que eran por compromiso, las irónicas, apuntadas a sus compañeros de trabajo, las de coquetería, para conquistar a alguna dama; pero Zeff pudo ver que esa en particular era una de auténtica dicha.

Se lo veía realmente feliz al idiota, y si lo pensaba bien siempre era así cuando hablaban del All Blue. No hacía falta tener la bola de cristal para vaticinar el futuro. Sanji, el cocinero marítimo del restaurante flotante el Baratie, se uniría a esa tripulación.

No era capaz de vislumbrar lo que eso significaría en su vida, pero le resultaba interesante conocer más a fondo a esa clase de gente, en especial al espadachín, y no quería quedarse con el que hubiera pasado si...

Sabía que había oportunidades que se daban una sola vez en la vida, y esta era una de ellas.