1001 razones para odiarte

Hessefan


Advertencias: Ninguna.

Extensión: 2 capítulos.

Notas: Abarco desde Little Garden, pero está situado más al final de Drum que otra cosa. De nuevo, es un one shot, pero quedó algo largo... por eso u_u Reviso la segunda parte y la traigo en cuanto tenga ganas y tiempo ;)


— Luna llena —

(3)


Sanji sentía ganas de agarrar su pistola y pegarse un tiro en los cojones. Que el cabeza de césped hubiera derrotado a todos esos cazarrecompensas de los Baroke Works mientras él dormía a pata suelta no lo humillaba tanto como el enorme detalle de que fuera la pelirroja quien lo resaltara.

Si el espadachín seguía haciendo gala de sus habilidades le sería imposible al cocinero sumar puntos con la navegante. Fue por esa sentida deshonra que se dijo a sí mismo que no podía fallar en la nueva oportunidad que se le presentaba.

—Si ves una presa grande por ahí córtalo y tráelo…

—De acuerdo, cocinero. Haré lo que tú no puedes …

¡Eso sí que no! Llevaría al Going Merry el animal más grande demostrándole a Nami quién era el hombre allí. Una tontera, a decir verdad, pero de algo tenía que valerse. Era momento de sacar a relucir sus habilidades. La cocina y la caza eran su fuerte, no podía perder ante Zoro en esa ocasión, aún más tomando en cuenta que había otra damita a la cual impresionar.

Ya no se trataba solo de una, debía hacerlo por Vivi también. ¡O la humillación en esa ocasión sería por partida doble! No obstante, Little Garden demostró ser un lugar hostil desde el primer momento.

En la inmensidad de esa jungla se toparon en un par de ocasiones, pero simularon no verse. Y como sería habitué en Zoro, este acabó por perderse, mientras Sanji se topaba en su camino con la guarida de quienes serían sus enemigos a futuro.

La caza quedó relegada a un segundo plano en poco tiempo.

Encerrado en esa estructura que parecía estar hecha de cera, bebiendo un té, el cocinero no tenía forma de saber qué estaba pasando allí, pero tenía inteligencia de sobra para hacer algo con la mínima información recabada y así, engañando a Cocrodile y con un eternal pose de Arabasta en su poder, sumó un punto en su batalla personal.

Su merecido regalo fue un abrazo vibrante por parte de la princesa de Arabasta, gesto que arrancó un gruñido de fastidio al espadachín. Este ni siquiera reparó en eso, le había nacido como un mero impulso; por lo general era de los que despreciaba la efervescencia de las personas, le ponían incómodo.

No más tenía que verlo a Sanji dando volteretas cuando alguna chica bonita se le cruzaba en el camino para sentir vergüenza ajena. Al menos eso se decía él: no se trataban de celos, no, señor… Solo que las personas deberían saber ubicarse.

La actitud de aprensión no pasó desapercibida para Sanji quien no podía evitar estar atento a todas y cada una de las acciones de su enemigo. Debía estarlo, tenía astucia de sobra para saber que a la hora de vencer a un contrincante hacía falta estudiarlo para así conocer sus puntos débiles.

No dijo ni hizo nada, con Vivi entre los brazos y Nami sin camiseta solo pudo reparar en un detalle que no era menor: Zoro sangraba, cuando no, pero a las heridas viejas se le sumaban unas marcas nuevas en los tobillos.

La princesa de Arabasta soltó al cocinero; presa de la emoción de tener un eternal pose hacia su reino no reparó en la intimidad de su gesto, pero ahora con más razón debían ponerse en marcha.

Ya no tenían necesidad de permanecer allí por un año entero y no podía darse el lujo de perder el tiempo, así que se despidieron de los dos gigantes, de Little Garden y del devorador de islas para seguir su camino con la zozobra y emoción de no saber qué les aguardaría más adelante.

Sanji estaba en la cocina preparando un refrigerio, podía oír a los otros dos a los gritos, a Usopp en especial vociferando que algún día visitaría Elbaf mientras Luffy entonaba una extraña canción al respecto.

Cuando terminó salió a cubierta con una sonrisa. Las primeras en atender siempre eran las damas de la tripulación, quedaban en segundo lugar los otros tres patanes (pato raro incluido). Claro, Zoro quedaba en el tercer puesto de su escala personal; al menos siempre intentaba ignorarlo de esa tonta manera, pero su mente tarde o temprano acababa por traicionarlo, como en esa nueva ocasión.

Levantó la cabeza y lo vio todavía entrenando.

Chistó en su interior, ese tipo no entendía nada. Él no era médico, pero tenía materia gris necesaria para llegar a la conclusión de que sobre exigir el cuerpo en ese estado era contraproducente. Zoro ya estaba herido desde antes.

Tardaría en darse cuenta de que ese sería el estado habitual del espadachín. Rara vez los Mugiwara podrían tener a su compañero en óptimas condiciones, sin heridas mortales que adornaran su cuerpo.

Volvió a la cocina y fue en busca de la bebida que le había preparado especialmente para él y sin fines más que el de cumplir su trabajo. Sanji se decía que era todo un profesional y como tal su función era velar por la nutrición de todos en ese barco, y eso lo incluía al espadachín.

Subió las escaleras y lo observó; la energía que emanaba el cuerpo de ese hombre era apabullante; podía ver las gotas de sudor recorriendo los músculos que se marcaban a cada movimiento, y al sonido del metal cortando el aire se le sumaba el de su respiración pesada y rítmica.

Estaba Zoro muy concentrado en la cuenta de las repeticiones que no se percató de la presencia del cocinero hasta pasado unos cuantos segundos, de hecho, fue el inconfundible olor del cigarro lo que le hizo reparar en él.

Estaba allí con un vaso en la mano, pero el espadachín tardó en reaccionar, Sanji tuvo que hacer un leve gesto con la mano instándolo a que lo tomara y así el espadachín se acercó con la pregunta en la cara: «¿eso es para mí?».

—Es una bebida hidratante. —No quería que se quedara con la idea de que se trataba de un gesto de amabilidad para con él de su parte, antes muerto—. Mi trabajo consiste en cuidar la nutrición del grupo, solo eso. —Pero Zoro, lejos de agradecerle el gesto decidió picarlo, era más divertido molestarlo, además de que se lo merecía por cabrón.

—¿Este es mi premio por haber ganado el torneo? —murmuró a la vez que aceptaba el vaso para beber el contenido de un sorbo desesperado. Y en ese punto Sanji se arrepintió de no haberle puesto laxante.

—Que quede claro, espadachín, que si no te sigo la corriente es porque soy más maduro que tú y prefiero darte la razón —se jactó—, pero ambos sabemos que mi presa es más grande.

—No, si encima de baboso, ciego —terció devolviéndole el vaso con un «gracias» prendido en los labios húmedos de jugo y sudor.

—Tu pretexto se basa en los cuernos, y déjame decirte que dicha parte del animal no se puede comer, así que técnicamente la mía es más grande.

—La mía es más grande y tú lo sabes. —Tomó una toalla que había dejado sobre el suelo y se secó la cara.

—¡La mía es más grande por lejos! —Contra todo lo vociferado se encontraba cayendo en la tetra del espadachín.

En las dos semanas que llevaban conociéndose se habían dado cuenta de que esa era la única forma en la que podían comunicarse; si no era a través de insultos o ataques verbales no podían hablar.

Las pocas veces que lograron congeniar se habían sentido incómodos por el detalle de llevarse bien, demasiado bien, como si por permitirlo dieran lugar a momentos íntimos que no sabían cómo sobrellevar.

La admiración tiene ese extraño poder, el de hechizar a las personas.

No servían para ser amigos. Los resultados habían sido nefastos desde el primer instante.

—Al gritar me estás dando la razón, te enojas porque sabes que la mía es más grande que la tuya —dijo Zoro. En ese punto y lejos de lo supuesto por el espadachín Sanji le lanzó una carcajada ronca. Todo parecía ser más grande cuando de ese hombre se trataba.

No era su culpa, se había criado entre piratas y chistes en doble sentido; la mente ya la tenía podrida desde antes y no le costaba encontrarle lo perverso a lo dicho.

No iban a resolver esa disputa; aunque tuvieran una cinta métrica para medir la longitud ya no contaban con las presas en su totalidad. Apenas pudieron subir un tercio de la carne sin que el Merry se hundiera.

Sanji decidió ignorar la pelea inminente con un gesto claro: buscó un cigarro y se apoyó en la baranda para ver el mar a la lejanía. El cielo estaba despejado y apenas había olas, estas se mecían con calma y se confundían con el límite del horizonte. No se podía saber dónde comenzaba uno y terminaba el otro.

Zoro entonces se perdió en esa imagen, en la de un cocinero quedándose allí en su zona, muy cerca y como invitándolo a ocupar un lugar a su lado para conversar. Se dijo que eran solo sus ganas y, poniéndose manos a la obra, le dio la espalda en un sentido literal y metafórico para volver a sus pesas.

Sanji escuchó de nuevo el sonido del metal cortando el aire, la respiración ronca y el conteo susurrado que llevaba su compañero. Giró en el lugar y lo estudió. Le resultó inevitable no reparar en las vendas de los tobillos.

Había algo en el incansable gesto del otro, en su manera de soportar estoicamente ese peso excesivo, en los omoplatos contrayéndose al punto del dolor con cada movimiento. Un mensaje silencioso.

Zoro era fuerte, muy fuerte, pero no lo suficiente como para dejar de depender de otros y era por esa razón que debía esforzarse en su entrenamiento. Se había dado cuenta con pesar que jamás podría derrotar a un Shichibukai si no era capaz de cortar una simple cera. Que no era tan simple, pues se trataba de la cera de una akuma no mi, la de Mr. Tres, pero aun así… Si quería estar a la altura de un espadachín como Mihawk debía ser uno capaz de cortar hasta el mismísimo aire.

Sanji suspiró, mitad por saturación, mitad por admiración. Esa bestia era incansable, no importara cuantas heridas hubiera en su cuerpo, no se detendría. De nada servía recalcarle que si seguía así acabaría con fatiga muscular y deshidratado.

Apagó el cigarro en uno de los ceniceros improvisados, una de las tantas tapas de botellas que dejaba Zoro en todas partes, y volvió a la cocina, todavía con la imagen del los musculosos del espadachín en la mente. Vaya que tenía cuerpo ese tipo. Por reflejo se miró a sí mismo preguntándose de manera tierna si con un entrenamiento intensivo como el de Zoro lograría labrar un cuerpo más escultural.

¿Qué tanto tenía que andar admirando la belleza masculina? Pero acabó por decirse lo mismo que siempre se decía cuando su mente le hacía reparar en que llevaba mucho tiempo espiando a Zoro: no había nada de malo.

Las mujeres lo hacían, sin ir más lejos en alguna ocasión había escuchado a Vivi soltarle cumplidos a Nami, sobre lo perfecto que le quedaba una prenda, porque le ajustaba cierta parte de su anatomía, incluso hasta lo agraciado que era alguna parte de su cuerpo.

A las muchachas no les daba reparo ensalzar las cualidades de sus pares, lo hacían con una naturalidad abrumadora; pero para un hombre, algo tan sencillo como decirle a un amigo "esa ropa te queda bien" suponía una mancha ignominiosa a su hombría.

¡Qué estupidez! Si él miraba al espadachín, y más de la cuenta, era por razones obvias. Zoro no tenía problemas en deambular sin camiseta por el barco. Por supuesto que jamás le saldría con un «qué marcados son tus músculos, Zoro» o un «qué fuertes parecen tus brazos», pero por pensarlo no se hacía gay. ¿Verdad?

Sanji suspiró con agobio en la soledad de la cocina; navegar con ese sujeto se convertía en una tortura por momentos, pero era su culpa por permitirse eso. No debería afectarle tanto la presencia de ese hombre, sin embargo, siempre acababa reparando en su persona y en que de cierta forma lograba acorralarlo al sumirlo en culpas. Porque lo orillaba a tener esa clase de pensamientos impropios en alguien como él.

Enseguida la novedad de que Nami estaba gravemente enferma logró hacer que dejara esos asuntos de lado, todos sus sentidos estaban puestos en la nueva eventualidad. Preocupación era lo que podía verse en los ojos de los tripulantes.

Sin Nami el Going Merry era un barco a la deriva, un cementerio de piratas. Fue por eso que Vivi decretó ignorar el eternal pose de Arabasta y buscar un médico en la isla más cercana. No podían darse el lujo de perder a la navegante, nadie quería correr ese riesgo.

Más allá de las necesarias habilidades de la muchacha, todos tenían corazón suficiente como para darse cuenta de que estaba sufriendo. Y la princesa lo pensó en ese momento: si no era capaz de salvar a una sola persona, mucho menos lo lograría con su pueblo. Además, Nami era su amiga. No necesitaba motivos tampoco.

En pocas horas comenzó a nevar. Zoro estaba de vigía, con Nami en cama, Sanji y Vivi cuidándola, no podía dejarse esa tarea en manos de un descuidado capitán. Bien que Usopp podía encargarse, que para algo tenía los prismáticos que se había conseguido en Logetown, pero este parecía estar más interesado en jugar con Luffy en la nieve que en otra cosa.

Dicha nevisca trajo consigo a un ser desagradable como lo era Wapol, antiguo rey del reino que irían a visitar en muy poco tiempo. Despacharon esa molestia sin muchas dificultades y sin imaginar que muy pronto se lo volverían a cruzar.

Luego de la cena decidieron anclar el barco. Navegar de noche sin Nami en esas circunstancias era un suicidio declarado; más con esas condiciones atmosféricas. Era tan impredecible el clima en ese lugar.

Sanji preparó un poco de chocolate caliente, era lo mejor para reponer energías y sentía que beber una taza le sentaría bien a su querida pelirroja. Tanto ella como Vivi agradecieron el gesto, y los otros tres se abalanzaron sobre la bandeja.

Estaban todos apiñados en el cuarto de la navegante, pero allí faltaba uno.

El cocinero tomó la taza de Zoro y salió a cubierta. Levantó la cabeza pensando que se encontraría con la imagen del espadachín semidesnudo, todavía entrenando y cubierto de nieve -lo creía tan capaz- pero lejos de eso, vio que estaba en lo alto del palo mayor.

Pensó en gritarle que bajara a buscar su taza porque no era su jodida sirvienta, pero enseguida llegó a la conclusión de que era injusto de su parte. No solo porque su trabajo era ese -no ser sirvienta, pero sí alimentar a esos vagos-, sino porque en ese último tiempo le había tocado a Zoro ser siempre el vigía.

Trabajo engorroso como pocos, porque no se podía dormir. A la incomodidad del lugar se le sumaba el enorme detalle de que uno debía estar atento, y muchas veces el clima no cooperaba para hacer la labor más gratificante.

Escaló el palo y se asomó no sin cierto reparo, como si el detalle de ser amable le diera vergüenza otra vez, ¿por qué con ese tipo hasta el gesto más común tenía que llenarle la cabeza de cuestionamientos?

Zoro vio la taza humeante y no dijo nada ofensivo. Tiritaba de frío bajo la manta y el gesto amable de su compañero le venía de maravilla en esas circunstancias. Descubrió las manos heladas quitándolas debajo de la manta y con un temblequeo tomó la taza que le ofrecía.

Sanji pudo haber hecho verbal su pensamiento y reclamarle el que anduviera tan desabrigado, ¡como para que no estuviera calado de frío hasta los huesos!, pero no lo hizo porque juzgaba que hacerlo sería ser demasiado gentil para con alguien que, a su entero criterio, no merecía más cortesía de su parte.

En cambio, lanzó un suspiro y con gesto cansino lo mandó abajo.

—Ve a dormir —en cuclillas frente a él buscó el atado de cigarros para quitar uno—, hoy me toca a mí.

—No hace falta, puedes irte. —Ni borracho mostraría algún signo de debilidad ante el cocinero petulante. Dejó la taza a un costado y volvió a acurrucarse como un niño bajo la manta.

—Las últimas tres noches tú hiciste de vigía. Me corresponde.

—No te corresponde nada. Vete tú a dormir, cocinero.

—¡Eres un desagradecido de mierda! —vociferó ofendido, porque encima de alguna forma u otra el espadachín volvía a orillarlo a ese sentimiento de culpa y cobardía— ¡Ya la tenemos a Nami enferma como para que tú te des el lujo de pescarte un resfriado!

—Estoy bien… Y yo no soy Nami —dijo, y Sanji guardó silencio tratando de desentrañar las palabras de su compañero. ¿Qué él no era Nami? Por supuesto, eso saltaba a la vista. ¿Se refería a que él era más fuerte que ella? Como si Zoro le leyera la mente, éste continuó hablando—: Regresa con tu querida navegante. Que seguro que si te quedas a su lado como el idiota que eres se cura más rápido.

—Tú eres un… maldito bastardo —farfulló. Lo último dicho con sorna le había molestado de sobremanera, y no sabía a ciencia cierta por qué. Encima que se preocupaba por él le venía con esa actitud autosuficiente. Qué ganas sintió de arrancarle la soberbia a patadas—. Durante tres noches seguidas fuiste el vigilante, te vas a quedar dormido como siempre y capaz que ese pesado de Wapol aparece de nuevo.

—No me voy a quedar dormido —reiteró, caprichoso como un crío—. Tengo mucha resistencia, cocinero.

Sanji negó con la cabeza, apagó el cigarro de malos modos apretándolo contra el metal de la escalerilla y poniéndose de pie se quitó la chaqueta. Acto seguido, sin mediar palabras, le quitó la manta a su compañero.

—No necesito tu chaqueta —espetó Zoro cuando pudo salir de su asombro. Y debería empezar a acostumbrarse, porque pese a lo mal que se llevaba con Sanji debía reconocer que este no dejaría de ser un tipo amable hasta para con alguien como él a quien hacia apenas veinte días conocía.

—Te la pones —aseveró sacudiendo la prenda— o te la pongo yo.

Zoro estaba ahí sumido en un mar de contradicciones, de preguntas sin respuestas y dudas corrosivas. Negó con la cabeza, tratando de ver en el único ojo visible del cocinero las razones de este para ser así con él.

El espadachín no lo entendía. No comprendía cómo ese muchacho podía pasar de ser un patán arrogante a un sujeto tan considerado de un segundo al otro. De ser un tipo que le desagradaba al punto de querer hacerle daño, a ese que no le molestaba mostrarse considerado.

Se suponía que se aborrecían, que no le importaba lo que le pasara al otro; pero lo tenía frente a él con cara de querer asesinarlo por no aceptar su chaqueta. Zoro lo pensó, pero no lo dijo: él no era ninguna conquista del rubio como para que anduviera haciéndose el galán.

Sí, debería empezar a acostumbrarse a ese cocinero con problemas de personalidad.

Fue impulsivo, como todo Zoro lo era; no tendía a veces en reparar en lo que hacía o decía, era bueno para mantener la calma, pero también para dejarse llevar cuando la situación lo requería, fuera en una pelea o un momento cotidiano y tranquilo como ese.

Lo atrajo entre sus brazos, con chaqueta y todo, y lo estrujó contra el pecho. Luego, ante la pasividad del cocinero, lo envolvió y se enroscó en la manta. Sanji tardó en reaccionar, había caído al suelo, siendo arrastrado por el espadachín y ahora su cara estaba contra el pecho fornido y frío de ese hombre.

Podía sentir el latir del corazón, tan acelerado como sentía que lo tenía él. Fue lo único que le dio una pista de que Zoro estaba tan alterado como él y que solo estaba haciendo de cuenta que eso era normal y que allí no pasaba nada. Oh, eran especialistas en disimular.

—Eres un maldito bipolar, cocinero —dijo de la nada, como si hubiera reaccionado. Reparar en su propio gesto impulsivo lo sumó en una vergüenza difícil de sortear, mas no imposible. Aprovechó la turbación del rubio para ponerse de pie y dejarlo allí en el piso, con la chaqueta y la manta echas un embrollo, tal como era su cabeza en ese momento—. Si tanto insistes… me voy a dormir.

Y así, sin más, el desgraciado se marchó. Sanji no sentía capaz de reclamar nada, ni de mirarlo o ponerse de pie para patearlo. Todavía estaba un poco asustado y temía que alguna actitud de su parte diera pie para desencadenar algo que no pudiese manejar.

Lo dejó ir, con la queja atorada en la garganta. ¿Quién se creía ese bastardo para hacer eso? Abrazarlo en un arrebato, soltarlo y marcharse. No supo qué pensar de Zoro; reconocía que había sido un mero impulso, ¿para golpearlo, quizás? Para besarlo de nuevo, tal vez.

Pensar en que eso había sido lo que pasó por la mente del espadachín lo estremeció de pies a cabeza. Con calma y temblando, fuera por frío o nerviosismo, se volvió a colocar su chaqueta. Aún tenía en la cara una expresión épica de desconcierto.

¿Y si lo besaba? ¿Y si eso hubiera pasado? Sanji miró la luna llena preguntándose con pavor cuál hubiera sido su propia reacción. Se cobijó en la manta temiendo hallar en su cabeza la respuesta.

Ya abajo Zoro reparó en el tonto detalle de que había olvidado la taza. No volvería a buscarla, porque si bien se jactaba de no conocer miedos, debía admitirse que muy a su pesar se encontraba aterrado.

Se sentía un poco estúpido también, porque reconocía que ese había sido un mero arrebato y que, como tal, fue algo que no pudo reprimir, ni siquiera pudo sospechar que le nacería esa necesidad.

Él también tenía doble personalidad, ¿y qué? Al subirse a ese barco nadie le dijo que iría a conocer a alguien como Sanji. No estaba habituado a cruzarse con gente así de amable en su camino; la mayoría de los cazadores como él eran rufianes que velaban por sí mismos. No estaba habituado a otra cosa más que al recelo.

Esperaba que el cocinero fuera lo suficientemente noble para tomar ese gesto como lo que era: un tonto impulso que nada significaba, que ni él alcanzaba a comprender. Oh, pero vaya que significó mucho.

No se tienen esa clase de actitudes sin esperar que una revolución interna dé comienzo. Ningún acto humano carece de motivos o propósitos, incluso hasta los más inconscientes tienen un fin.

(…)

Pronto avistaron tierra, pero el recibimiento fue hostil y empañó la emoción. Deberían empezar a acostumbrarse y a hacerse a la idea que así era la vida pirata. No podían pretender llegar a las islas y ser bien recibidos. Se suponía que ellos eran los malos.

La gente de Drum les dejó muy en claro que no eran aceptados allí. No dudaron en levantar armas contra los Mugiwara y disparar. Sanji no tuvo tiempo a nada, porque si hablamos del arrebato de los aldeanos, él tampoco se quedaba atrás, porque el muchacho tenía su temperamento.

Ante el primer gesto adverso, el cocinero desató su furia y hambre de pelea, pero de inmediato fue contenido por la princesa de Arabasta. Ella sabía que siendo piratas no estaban en posición de reclamar nada; el dialogo iba a ser la única carta que podían jugar en esas circunstancias.

Así que se abalanzó sobre Sanji tratando de evitar que una batalla sin sentido diera comienzo. El sonido de una bala atravesó el clima tenso, luego el cuerpo de Vivi cayó frente al cocinero quien se debatía entre dejar salir su demonio interno o socorrerla.

El grito de Luffy no se tardó en oír, pero de nuevo la muchacha hizo gala de todo lo que había aprendido como princesa: Había que negociar. No quedaba otro camino y no podían darse el lujo de desperdiciar una posible ayuda para la navegante.

Luffy así obtuvo una lección importantísima por parte de la muchacha. Esa tarde todos comprendieron que habría batallas en las que no se podía ganar solo con fuerza. A veces es bueno dejar el orgullo de lado, en ocasiones es hasta imprescindible hacerlo si se quiere obtener un resultado positivo.

Allí estaba el chico de goma, arrodillado, con la frente en el suelo y pidiendo por favor ayuda para su amiga, pero en el gesto del capitán había más que lisa humildad. Había también inteligencia emocional.

Comprendía que en esa ocasión ser prudente le proporcionaría un beneficio. Si quería cuidar a su tripulación tenía que dejar de ser tan impulsivo; y pedirle eso a Luffy era casi como pedirle que dejara de comer.

Tanto Zoro como Sanji fueron testigos de esa verdad: porque por orgullo podían perder algo valioso, que en ese caso puntual era la atención médica para Nami. Por amor propio se puede perder mucho.

Al final lo lograron, la gente acabó por aceptarlos y conducirlos al pueblo. Alguien debía quedarse en el barco, así que Zoro se ofreció con el único fin de seguir entrenando. Las heridas en los tobillos ya no le dolían, en consecuencia, era momento de intensificar el entrenamiento.

Nadar en agua helada y sobrevivir a su estupidez era una buena manera de comenzar. Zoro sabía que solo exigiéndose de esa manera lograría sobrepasar sus límites; acababa de darse cuenta de que si pretendía ser más útil no bastaba con conformarse.

Si quería cortar acero, si quería parar balas de cañones, si quería proteger a sus compañeros, debía hacerse más fuerte. Por eso, sin dudarlo, se arrojó al agua helada. No tardó ni un segundo en salir a la superficie para ir en busca de terreno firme.

Nadó un poco, divisando a lo lejos una pequeña desembocadura. Ese fue su nuevo reto, sobrevivir hasta llegar a esa meta. Calado hasta los huesos escaló por la pendiente escarpada; salir del mar no le representó el alivio que esperaba, porque por mucho que escapara de esa masa de agua congelada, el clima seguía siendo crudo.

Descalzo y sin camiseta caminó por la nieve en clara dirección al Going Merry, pero maldita sea la tormenta que lo confundía. Era como si estuviera viendo espejismos por el frío, pero los árboles se le hacían repetidos.

Desorientado y al borde de la hipotermia acabó por encontrarse con Vivi y Usopp, quienes no entendían que clase de bestia inmortal era Zoro. A ese paso la presencia de un doctor abordo era primordial en verdad.

Allí iba Zoro, quejándose de que Usopp no le prestara ropa; por un instante desvió la mirada hacia la muchacha y reparó en el brazo, en la chaqueta rota y la sangre seca por la herida superficial de una bala.

Fue asociación inmediata, aunque la verdad tarde o temprano terminaba pensando en ese cocinero. Suponía lo contento que debía estar de que una chica bonita como Vivi se preocupara así por él para llegar a ese punto.

Zoro sacudió la cabeza y no por frío, sino por sentirse idiota al pensar así. Era estúpido de su parte. Ese gesto había sido mera coincidencia. Y la chica, princesa y todo, no dejaba de ser buena persona. Cualquiera hubiera tenido ese gesto para con el cocinero, porque tocapelotas o no, no podían darse el lujo de perderlo.

¿Pero qué hubiera pasado si Vivi no se hubiera cruzado fortuitamente en el camino de la bala y esta impactaba en Sanji? ¿Quién le haría batidos hidratantes durante sus entrenamientos diarios o chocolate en noches de frío? Oh, qué bien le sentaría beber algo caliente en ese momento.

Maldita sea su suerte, siempre, por un motivo u otro acababa reparando en ese cocinero rubio.

(…)

Si la luna esta noche llena se va a mostrar —escuchó decir el cocinero en su duermevela— los deseos de tu corazón vas a encontrar.

—¿Q-Qué demonios? —farfulló, algo perdido y un poco asustado por las risas diabólicas y agudas que acompañaron esas palabras.

—¿Eres feliz? —consultó una mujer de atributos agraciados; fue la expresión de su cara lo que obligó a Sanji a despertar de súbito y, en especial, espantado.

—¡¿Quién mierda eres tú?! —cuestionó replegándose contra una pared de adoquines.

—La persona que te salvó la vida —respondió la mujer dándole un sorbo a la botella para beber como solía hacerlo Zoro: sin educación y con entera satisfacción, cual pirata que era.

Sanji reparó en los pormenores, en que estaba en una cama mullida, bien calentito y con vendas en todo el cuerpo. No parecía estar en peligro y podía ver a Luffy dormir a pata suelta en una cama contigua.

—Hace frío —dijo tomando las mantas de nuevo para acurrucarse bajo ellas a la par que la mujer ponía un solo dedo en su frente para tomar sus signos vitales, tal era su habilidad como bruja.

Cuando el Viento del Sur ha de soplar —recitó ella— el amor en la boca te ha de besar.

—Nami-san —recordó de súbito y ante la mera mención de la palabra amor—, ella…

—Está bien. Están todos bien —aclaró para después caminar hacia la puerta, ya había terminado de revisar a sus pacientes—. Descansa; no deberías moverte, tienes todos los huesos de la columna quebrados. Luego, cuando despiertes, te diré cuál es el secreto de mi juventud. —Sanji frunció el ceño siendo presa del asco, Kureha era tan vieja que en unos años más esa mujer se convertía en un Poneglyph.

El cocinero no les dio demasiada importancia a las aparentes incoherencias de la anciana. Lo ponía incómodo cada vez que clavaba sus ojos en él, parecía ser de esa clase de personas que sabía leer a los demás como a un libro abierto.

Oh, y Sanji tenía tanto por ocultar. Había tantas cuestiones en su cabeza, tantos miedos en su espíritu, que la mera idea de que esa desconocida pudiera leer en sus ojos lo que su boca callaba le erizaba los pelos de la nuca. Era quizás la primera vez que quería estar lo más lejos posible de alguien del género femenino.


Lo que cita la doctora Kureha es parte de la "Rede Wicca" (al menos de la versión que a MÍ me gusta). Tomando en cuenta que vendría a representar una bruja, me pareció oportuno, porque encima en el manga se aclara que hay luna llena. De ahí también viene el cambio de portada.

Espero no estar aburriéndolos :)
¡Se me cuidan!

En cuanto pueda traigo la segunda y última parte.


31 de marzo de 2019

Ciudad Evita, Buenos Aires, Argentina.