La presencia de Wapol y sus esbirros reclamando el castillo fueron distracción suficiente. Aún más el nuevo descubrimiento que resulto ser el reno parlanchín; ese que correteaba por toda la fortaleza buscando huir de ellos.
Fue así como volvieron al barco con doble recompensa en esa ocasión, no solo porque Nami estaba recuperada, sino porque acababan de sumar a un doctor a la tripulación. Ya podían ir a morirse tranquilos, ¿verdad? Sanji se lo imaginaba a un Zoro usualmente despreocupado, aún más negligente con su propia vida.
En eso cavilaba mientras un festejo daba inicio y la novedad era conocida; puesto que Luffy había invitado a Chopper porque le parecía genial tener a un reno que hablara, él no terminaba de enterarse que era doctor.
Bueno, mejor, ahora no solo tenían mascota y comida de reserva.
Estaban todos apiñados en la cubierta del Going Merry, Sanji perdido en algún cumplido que le había soltado Vivi por la comida, cuando recibió un codazo que no podía ser más que de Zoro, trayéndolo a la realidad.
Pensó que buscaba pelea, pero grande fue su sorpresa al girar de malos modos y ver que le estaba convidando con frescura de su propia botella. El espadachín acabó de llenar la jarra del cocinero sin mirarlo y sin borrar una sonrisa que todos tenían, pero era la de él -por infrecuente- la que más acabó por llamarle la atención.
No supo cuánto tiempo estuvo perdido en ese gesto, pero recién cuando Zoro reparó en él, Sanji dejó de comérselo con la mirada y corrió rápido la cara; no obstante, el espadachín no borró la sonrisa de los labios, esta se convirtió en una mueca algo más cómplice, porque el tonto cocinero había bajado la vista al suelo, nervioso y atropellado.
Sanji luego miró la luna reparando en la fase, y por algún motivo la imagen de la doctora Kureha se hizo presente. No sabía a qué venía ese recuerdo, pero las palabras de la vieja se le habían quedado muy grabadas.
«Si la luna esta noche llena se va a mostrar,
los deseos de tu corazón vas a encontrar.»
Volvió a posar los ojos en Zoro quien en ese momento se encontraba riendo por las monerías de Luffy. Descubría que el serio espadachín sabía ser jocoso cuando la situación se prestaba y vaya que sí. Hasta Vivi, con todas las preocupaciones que traía a cuestas, reía con energía mientras Nami le reprochaba divertida al nuevo tripulante el que le siguiera la corriente al capitán. Usopp ya era un caso perdido, era el primero en seguirle el tren al chico de goma.
—¿Como está tu brazo, Vivi-chan? —preguntó el cocinero tratando de distraerse de las tonterías; si la dama estaba alegre era un buen momento para contraatacar.
—Gracias por preocuparte, Sanji —se tocó el brazo—, pero estoy bien. No fue nada.
—No vuelvas a hacer algo semejante —le reclamó con dulzura—, ¿qué será de mí si te pasa algo? ¿Y encima por mi culpa?
—Eres tan dulce —dijo Vivi abrazándole el brazo por un instante en un gesto fraternal. Le encantaba estar allí con esas personas que se preocupaban por ella independientemente del detalle de que fuera una princesa.
En ese punto Zoro arqueó las cejas y la algarabía se le fue de viaje, porque el cocinero pasó de ser el caballero que simulaba ser el noventa por ciento del tiempo, al baboso que en verdad era. Vivi reía mientras tomaba distancia del abrazo del cocinero, el espadachín chistó y no lo soportó más.
—Ten cuidado, mujer —le advirtió— el cocinero es de esos que, si le das la mano, te toma el brazo.
—¡¿Qué insinúas con eso, bastardo?! —se ofendió Sanji— ¡Jamás me pasaría de listo con una dama! ¡Tengo códigos!
—Aprende a ignorarlo, como hace Nami —continuó Zoro, vilipendiando más a su compañero—. Es lo mejor, así no se hace falsas ilusiones o se pondrá más pesado de lo que ya es.
Vivi reía, porque estaba aliviada de tener a Nami sana, porque había bebido un poco de alcohol, porque esos dos de alguna manera siempre eran divertidos con sus tontas peleas. Porque la noche se prestaba a ello y punto. No recordaba que en el reino se hubiera sentido así alguna vez, tan libre y tan feliz. Y el nuevo doctor abordo parecía compartir ese sentimiento.
Zoro reparó durante esa noche en que la muchacha era muy corporal con el cocinero, pero que a la vez lo era con todos por igual. Quizás se debía a costumbres diferentes, tal vez en Arabasta esa clase de gestos no eran mal vistos.
Nami por el contrario siempre era una muchacha que mantenía una distancia física. No era de las que abrazaban o tocaban, y si bien Vivi tampoco era de las que se le tiraba encima a uno, para ella resultaba más natural el simple gesto de posar una mano sobre un brazo desnudo para acaparar la atención de su interlocutor.
¿Y qué demonios le importaba a él? Acabó por decirse el espadachín. Daba igual si Vivi era toquetona y entusiasmaba con su manera fresca de ser a un siempre entusiasmado cocinero. Era tan fácil avivar esa llama en él.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Estás celoso, bastardo?! —terció Sanji pero, aunque lo hizo en referencia hacia la dama, fue claro que sus palabras cobraron otro matiz o significado para ambos. Porque en la manera de callar de Sanji, tan repentina, y en el irrefutable hecho de que Zoro no se quedó con la última palabra, dejaron en claro que los dos compartían el mismo pensamiento.
La culpa hizo nido en sus caras y eso fue lo que necesitaron para dejar la disputa de lado, de manera tan abrupta como había comenzado. Era callarse o llegar al fondo del asunto, fuera con palabras hirientes o con una pelea corporal.
Luffy, Usopp y Chopper danzaban con palillos en la nariz, Nami, Vivi y Carue reían, mientras ellos perdían la mirada en el contenido de sus jarras con una seriedad que contrastaba notablemente con el ambiente festivo.
Sanji volvió a mirar hacia la luna, pero esta se desvanecía en un cielo brillante carente de estrellas; muy pronto saldría el sol. No supo por qué, pero un sentimiento desolador se apoderó de él. No quería que terminara la noche, no así.
¿Y cómo quería que terminara? No lo sabía. Pero esperaba que algo trascendental o mágico ocurriera. Como cuando recibes un regalo que no esperas. De por sí ya se sentía afortunado de poder estar allí compartiendo un momento con sus amigos. Tal vez ese sentimiento de melancolía se debía a que lamentaba que acabara.
Bebió el contenido de su jarra de un trago largo y extendió la mano para reclamarle más a quién estaba a su lado. Fue una manera de pactar una tregua. Zoro le sirvió y trató de despejar esos mismos sentimientos que se habían apoderado también de él.
Uno a uno, fueron cayendo rendidos del sueño, pero el espadachín tampoco quería que esa noche festiva acabara aún, así que luchó contra la modorra.
Sanji se puso de pie para ir en busca de mantas al ver que sus chicas dormían sobre la cubierta, en algún momento Luffy se quedó dormido usando a Chopper como almohada y Usopp no tardó en caer también sobre Carue.
Cubrió a las damas, ignoró a los otros cuatro -no hacía frío tampoco- y giró para ir a la cocina en busca de tabaco, pero se encontró con los ojos negros del espadachín, clavados en su persona. Pensó que también se había quedado dormido, tan quieto y callado que estaba, sentado en la cubierta con la espalda apoyada contra la madera.
—Voy a hacer café —avisó el cocinero, pero lo hizo solo por decir algo y llenar de palabras ese silencio incómodo; ¿por qué siempre en algún momento tenía que sentirse así de avasallado cuando se quedaba a solas con ese muchacho?—. Alguien se tiene que quedar despierto.
A Zoro eso le supo a invitación y a oportunidad. Así que se puso de pie cuando escuchó la puerta cerrarse. En pocos segundos Sanji sintió el viento colándose por esa abertura cuando el espadachín invadió su espacio más íntimo, la cocina.
«Si el viento del sur ha de soplar,
el amor en la boca te ha de besar»
—¿Q-Quieres? —balbuceó Sanji, un poco intimidado por el porte de ese hombre. Lucía serio y decidido. De golpe se acordó de lo bien que se veía riendo; tuvo ganas de decírselo en algún momento de la noche.
—No me gusta el café.
¿Entonces? Se preguntó Sanji, y la respuesta fue obvia puesto que el espadachín caminó hasta la despensa de alcohol. ¿Pensaba seguir tomando después de todo lo ingerido? No pudo evitar el reclamo.
—Es hora de desayunar, espadachín —espetó con sorpresa, y con una mezcla que lindaba entre el asco y el encono. Zoro entonces dejó la botella de malos modos y suspiró.
—Maldito cocinero bipolar. —Esa agresión gratuita no venía a cuento, pero Sanji recordó la noche en el puesto de vigía y tragó grueso. Lo dicho solo podía significar problemas, y de los grandes.
—Deja esa botella, te haré un té. —Con una torpeza inusitada para ser él se puso manos a la obra, pero podía sentir la inconfundible presencia de Zoro tras la espalda y el ligero murmullo, estremeciéndolo.
—¿Por qué eres así? —Zoro se preguntaba las razones de su comportamiento, no conocía tanto a Sanji, ni mucho menos podía estar en su mente; pero de pasar a mostrar la más absoluta indiferencia pasaba a ser ese tipo amable que buscaba hacerle el desayuno.
—¿Estás borracho, Zoro? —terció Sanji con una risita nerviosa cuando se percató de que el espadachín había invadido su espacio personal; lo tenía muy cerca, tentadoramente cerca.
—Tanto como tú. —Eso era cierto, habían estado bebiendo casi a la par, solo que Sanji era de tolerar menos el alcohol.
Sí, estaba un poco borracho, por esa razón le estaba costando un poco realizar una tarea tan sencilla como lo era preparar un simple café y un té. Y por esa razón no empujaba a Zoro de una patada para alejarlo de su anatomía.
Se vio tentado en remarcárselo, en decirle que estaba demasiado cerca, pero se acordó de la disputa de esa noche sobre la cercanía con Vivi y sonrió. Sí, estúpidamente y sin razón una sonrisa se le escapó.
—Sea lo que sea que vayas a hacerme —Sanji se giró para decírselo en la cara, elevando un dedo y hablando con claridad y seriedad—, será mejor que te atengas a las consecuencias.
—¿Por qué asumes que te voy a hacer algo? —Seguía mirándolo fijo, haciendo un esfuerzo por desentrañar en el único ojo visible del cocinero lo que este en verdad quería o esperaba. Mostraba más una postura hostil que conciliadora.
—Porque en el mes que llevo sobreviviéndote ya sé algunas cosillas —terció con una mueca bribona—, que tú no eres de los que dudan y que cuando lo haces hay que temer. —Al menos para él, comenzaba a darse cuenta de que quedarse a solas con Zoro o permanecer en silencio sin discutir, era algo muy peligroso porque daba pie a esa clase de momentos incómodos.
Era la calma que anunciaba la tormenta.
El cocinero entonces se acordó de Logetown. De la discusión que suscitó el nuevo descubrimiento del espadachín, porque Tashigi había representado una amenaza para Sanji, así como Vivi parecía serlo en el presente para Zoro.
Quizás no era tan así, pero el cocinero no había podido evitar reparar en las expresiones de ese muchacho. Recién acababa de conocerlo prácticamente como para sacar conjeturas precisas al respecto, pero el hecho de que esa mujer marine fuera un vivo retrato de alguien tan importante para Zoro fue suficiente para que Sanji sintiera interés sobre ella.
Bajo una lluvia torrencial, habitual en la zona próxima a la Reverse Mountain, el espadachín le había querido dejar bien en claro que esa mujer marine no significaba nada para él más que el mero recuerdo de alguien fallecido. El cocinero, en cambio, había descubierto una nueva manera de fastidiarlo.
«—Te gusta, espadachín (…) Se te ve en los ojos».
En esa ocasión la mejor forma que había encontrado Zoro para mandarlo a callar había sido un beso que más se le pareció a una trompada. Uno de los tantos arrebatos del espadachín al que bien le convenía ir acostumbrándose.
¿Siempre sería así? Sanji a veces no sabía a qué atenerse, pero en el fondo sabía que era su culpa por provocar a la fiera. Era divertido hacerlo y tan electrizante no saber con qué nuevo contraataque le saldría.
Ahora lo tenía frente a él con una seriedad lacerante, simulando valentía, pero muriéndose por dentro del temor a un posible y rotundo rechazo. En ese punto Sanji se dijo a sí mismo que debía tomar cartas en el asunto.
Si iba a cometer el horripilante error de ceder bajo la excusa del alcohol y dejar que el otro llevara adelante cualquier acto contra su hombría, al menos que valiera la pena y quedara para el recuerdo.
Lanzó una risilla apagada antes de tomarle el rostro con las manos.
—Déjame a mí, espadachín —dijo, mirándolo a los ojos para después desviar la mirada a los labios de ese muchacho.
Santo cielo, en verdad iba a besarlo, ya estaba jugado y no había marcha atrás. Curiosidad o auténtica necesidad, lo que fuera, pero iba a pasar y ya no podía hacer nada para evitarlo. Ya no quería.
—¿Qué haces? —Zoro lo preguntó porque, aunque deseaba que algo así ocurriera no pensó que obtendría una respuesta tan satisfactoria, se lo imaginaba al cocinero haciendo lo imposible para evitar un contacto de ese estilo, tan íntimo.
Se daba cuenta de que con Sanji debía acostumbrarse a eso, a la provocación seguida del arrepentimiento. Como el juego del gato y el ratón. Solo restaba ver quién tenía los cojones más puestos.
—No sabes besar. —Sanji le respondió ido, acercándose lentamente a su objetivo sin cerrar los ojos, pero desviándolos hacia un punto muerto, como si no pudiera ver a quien estaba por besar.
Zoro sintió primero el aliento cálido con olor a tabaco, después la aspereza de unos labios que lo dejaron con ganas pues el cocinero, al reparar en el detalle, detuvo el acercamiento para humedecérselos.
Lo miró de lleno cuando la lengua asomó con timidez, buscando el interior de la otra boca. En ese punto el espadachín cerró los ojos dejándose caer mansamente en la nueva sensación, una que lo llenaba de adrenalina, vértigo y sorpresa de poder sentir algo así de intenso, y que fuera producida principalmente por sus propios sentimientos, pero también desatado por lo que el cocinero le generaba.
Podía sentir la suavidad y la humedad colándose en su boca; el leve choque de dientes, el apretón de las manos a cada lado de su cara. Se las tomó, estaban sudadas tal vez por los nervios, pero eran finas y un poco suaves.
Zoro nunca había tocado otras manos más que las suyas, y si lo había hecho no lo hizo reparando en lo que consideraba tonterías; pero por un momento imaginó que serían como las suyas, ajadas y ásperas. Lo eran un poco, eso de lavar platos no le dejaban dedos de princesa precisamente.
Cortó la unión de labios, tan intenso, para mirárselas por unos instantes, pero enseguida enredó los dedos largos de Sanji con los suyos y volvió a la carga. Ya sin contemplaciones, fue su turno. Soltó una de las manos para poder agarrarlo por la nuca y apretarlo contra sí en un claro gesto que parecía decir «no pienso soltarte, nunca».
Sintió el quejido del cocinero salir ahogado por culpa de su lengua; pero no tuvo piedad, siguió saboreando a su compañero, a fin de cuentas, ese gemido ronco no hizo otra cosa más que estimularlo.
—Para. —Pidió Sanji como pudo, con su boca siendo subyugada por la de Zoro.
Colocó la mano libre sobre el pecho del espadachín y lo apartó un poco. Zoro no necesitó más para interpretar el lenguaje corporal. Muy a su pesar tomó distancia. En ese momento Sanji pudo ver la ligera erección en su amigo y, lejos de asustarse o enojarse, se sintió halagado y divertido. Halagado de que con tan poco el espadachín alcanzara ese estado y divertido por provocarlo, descubría una nueva manera de hacerlo. Una más personal y privada.
Oh, si supiera el cocinero… que incitar a Zoro de esa manera sería contraproducente para su cordura; pero Sanji no podía decir nada, él también se descubría un poco excitado, lejos de lo supuesto.
Seguramente que esa noche tendría que tocarse en su honor una vez más, ¡y no era su culpa!, pensaba el cocinero. El espadachín se la pasaba semi desnudo por la cubierta y no tenía suerte con las chicas… Era todo un cúmulo de razones.
Había sido una sola vez, y lo guardó en su consciencia porque la vergüenza de tocarse por culpa de Zoro había sido inmensa. Ante ese pensamiento rompió a reír, pero era más por nervios de no saber qué hacer o qué decir a continuación.
Sabía cómo comportarse cuando era una muchacha a la que besaba; lo más común era volverse más galante y zalamero todo con el noble fin de llevarla a la cama, pero el problema radicaba en que se trataba de Zoro.
Además, siendo sinceros, nunca tenía éxito con las damas, ¿qué le haría pensar que algo de lo que pudiera hacer lo llevaría a buen puerto? Nunca le había dado resultados, y el espadachín tampoco era una dama.
Aún más importante, todavía no sabía si en verdad quería acostarse con Zoro. Admitía que todo eso que estaba pasando era nuevo y por ende excitante, pero si trataba de actuar seductor como solía hacerlo con las chicas y en esa ocasión lo conseguía, ¿de qué se disfrazaba después? No, qué horror.
Porque algo en la mirada del espadachín le decía que lo tenía, sin mucho esfuerzo, que tan solo con dejarse llevar se desataría el infierno. No estaba preparado para tanto y no sabía cómo salir de esa encrucijada.
Se decía que había sido mera curiosidad, nada más. Había que probar todos los platos, como buen cocinero eso él lo sabía; pero ya tener sexo con un chico era cruzar la línea, era saltearse demasiados pasos en el menú.
Sanji comenzaba a presentir una ligera erección, todo por culpa de su mente podrida que le llevaba a imaginar a Zoro desnudo, a preguntarse cómo sería ese muchacho en la cama, con qué clase de amante se encontraría.
Eso iba de mal en peor. Si seguía pensando así, no iba a necesitar ninguna excusa para pecar.
Más nervioso que al inicio, la risa se hizo más sentida. Era reír o matarse. Tenía ganas de salir corriendo, pero también de quedarse. De patearlo y de besarlo. Al final el espadachín tenía razón, era un maldito bipolar.
—¿De qué te ríes, cocinero? —Acabó por decir Zoro cuando logró volver a ser él. Porque claro, tampoco es que el espadachín supiera mucho cómo comportarse. Nunca había estado en una situación similar y no dejaba de lado que Sanji no se trataba de un sujeto común y corriente. Lo consideraba su contrincante, el problema es que a veces le costaba leerlo y ni siquiera podía predecir lo que haría o diría a continuación.
—De la cara de menso que pones cuando besas —dijo por decir.
—Perdón, no sabía que había que poner alguna cara en especial —retrucó con insolencia. Aunque estaba ofendido no podía enojarse, no si Sanji seguía riendo así, despacito, con la cara roja y mostrándole las mejillas infladas; quería besárselas.
No reía de manera socarrona, de esa forma que solía crisparle los nervios porque el único fin que tenían era el de fastidiarlo; el cocinero reía por nervios y la imagen a Zoro se le hacía encantadora. El de ver a un tipo en apariencias tan seguro de sí mismo, tan vanidoso y fanfarrón con las mujeres, temblando como un chiquillo enamorado ante la razón de sus desvelos.
Ese era un Sanji que no conocía y que no sabía que existía, pero le agradaba, al menos más que el otro. Así que se acercó de nuevo a él, porque tenía que besarlo, como siguiera mirándolo de esa manera y con esa sonrisa, tendría que comérselo entero ahí en la cocina.
Zoro quería más, pero no sabía cómo pedirlo, y por su lado Sanji no se atrevía, así que en eso quedó. El cocinero se enserió, carraspeó y volvió a él; a caer en la dura realidad. Se había dejado llevar demasiado.
—Estoy un poco borracho, ¿sí? —dijo dando la vuelta para seguir con lo que se suponía que estaba haciendo, porque no había ido a la cocina a besuquearse con Zoro, claro que no—. Disculpa todo esto.
—¿A qué te refieres? —Roronoa lanzó una risilla socarrona de incredulidad.
A otro con el cuento del alcohol, porque él podía ser un poco bastante nulo para entender asuntos románticos, pero no comía vidrio tampoco. La tensión entre ellos era algo difícil de ignorar, por alguna razón siempre acababan enredados en situaciones complejas como esa cuando quedaban a solas.
—Yo… —murmuró dejando de lado la preparación del café; era lo que menos le importaba en ese momento—. Yo no soy así, espadachín. Lo sabes. Sabes cómo soy.
—Un bastardo —remarcó con sentido enojo, porque se daba cuenta de lo que pretendía decir y hacer Sanji—, ¿pero aparte de eso...? —Y pudo verlo en los ojos del rubio, era un miedo a lo diferente.
—Que sea un pervertido no quiere decir que sea esta clase de pervertido. Hay un límite para todo —aclaró rápidamente y con pena—. Fue curiosidad, ¿sí? Y sé que eres un buen tipo, pese a todo…
—¿Pese a todo? —Se cruzó de brazos, ahora sí ofendido. ¿Tan mal concepto tenía ese cocinero de él?
—Sí. Sé que sabes ubicarte. —Lo miró con seriedad, en pocas palabras estaba diciéndole que esperaba que no hiciera ni dijera nada que lo dejara mal parado ante los demás, en especial ante las mujeres del barco—. Ni una palabra de esto. Lo que pasó hoy que quede entre nosotros. Ocurrió porque los dos quisimos, pero no significa nada… nada más que… curiosidad y…
—Entiendo —lo cortó en seco—, no hace falta que te embrolles. No soy como tú, no soy la clase de tipo que anda pregonando sus conquistas.
—Lo sé, y saberlo me deja tranquilo —dijo dando la vuelta para tratar de hacer una labor sencilla que aún no lograba finalizar.
Lisa y llanamente le estaba pidiendo discreción, y Zoro tenía suficiente orgullo y amor propio como para darle con el gusto, ¿quién se creía el cocinero? No iría detrás de él rogándole por migajas, que le dieran a ese bastardo. Ni que fuera la gran cosa.
Sanji acabó por dejar el café de lado y concentrarse en el té, escuchó tras la espalda el sonido de un portazo y supo así que Zoro se había marchado furioso. Suspiró y recargó los codos sobre la mesada para luego taparse la cara.
¿Por qué tenía que ser así? Si tan solo el espadachín le hubiera insistido un poco, solo un poco, el cocinero hubiera encontrado coraje para seguir adelante, hubiera encontrado cierta seguridad que le faltaba y que Zoro no sabía darle; pero en esas circunstancias, sin saber a qué atenerse, no daría pasos en falso.
Él también tenía orgullo y no estaba en sus planes permitir que Zoro se mofara de él de alguna forma. No quería darle herramientas para tener con qué lastimarlo, no quería darle semejante poder. Oh, y era tan fácil herirlo.
Aunque Sanji se consideraba un tipo muy fuerte y hasta lo aparentaba, a veces por dentro era débil. Una sencilla palabra podía significar mucho dependiendo de la persona. Que su familia le dijera que era un fracaso no le afectaba de la misma forma en su niñez que en el presente.
Que alguien como Luffy a quien comenzaba a respetar, lo considerase un fiasco como cocinero, o que alguien como Zeff, a quién consideraba su padre adoptivo, le dijera que era un aborto de la naturaleza, sería algo devastador.
¿Qué clase de poder le estaba dando a Zoro?
Al final Sanji dejó la tortura mental de lado y optó por irse a dormir un poco. El sol comenzaba a pegar de lleno y sabía que sus compañeros no tardarían en despertar hambrientos; más le convenía descansar al menos un par de horas.
Zoro estaba apoyado en la baranda, mirando hacia el mar con el ceño siempre fruncido, y supuso que se quedaría de vigía. Quería decirle algo, esperaba incluso que el espadachín se mostrara dispuesto a dialogar, pero nada de eso se dio.
Para empezar el cocinero no sabía cómo explicarse, y el espadachín ya no se mostraba asequible como para iniciar una conversación; volvía a adoptar esa postura hostil y habitual hacia él. De golpe a Sanji le urgía la necesidad de dar excusas, sin que nadie se las hubiera exigido.
Quería explicarle a Zoro algo que ni él mismo podía entender o poner en palabras. El por qué era así; el por qué tenía miedo de creer en que todo eso que estaba ocurriendo entre ellos no solo era real, era posible. Todo estaba pasando muy rápido y no le permitía asimilar esas emociones nuevas.
No le resultaba fácil confiar en las personas, la vida lo había hecho así, no obstante, estaba dispuesto a aceptar los riesgos, siempre y cuando no se condenase de alguna forma a algún infierno. Bastante lo había hecho su familia en el pasado.
La mera idea de decepcionar a Zeff, de destruir pilares y valores, de volver a ser juzgado de algo que no era o por algo que quizás no valía la pena, lo destruía por dentro. Porque él no era un fracaso, ni tampoco era maricón. Había crecido tratando de convencerse de eso: de que él podía ser más que eso que le había hecho creer su familia.
No podía evitar atesorar a la gente que le importaba y tenía miedo de sumar a esa lista a ese muchacho. A un tipo que en verdad no llevaba ni un mes conociendo, que podía llegar a darle un poder sobre su persona que sería capaz de despedazarlo.
Tanto tiempo le había tomado hallar felicidad en las pequeñas cosas como para que ahora Zoro se apareciera en su vida haciéndole tambalear esos cimientos. Al final resultaba ser un cobarde, que temía salir herido de alguna forma.
Aunque se mentía diciéndose que era muy fuerte, que después de padecer a su familia nada ni nadie podría hacer o decir algo que lo destruyera, allí se encontraba. Temblando de rabia por no atreverse a dejarse llevar.
Al final era una patética sombra de lo que en verdad quería ser: un hombre fuerte.
Zoro era eso y mucho más, era un pilar inquebrantable, la palabra de aliento cuando ya no quedaban fuerzas. En el fondo lo sabía, que sería cuestión de tiempo; que por más que luchara contra la corriente a veces simplemente había que arriesgarse y dejarse llevar.
Eso hizo Sanji y se acercó a él una vez más para dejar una taza con té caliente sobre la madera, a escasos centímetros de los dedos que había apoyado Zoro en la baranda. La mañana comenzaba a ponerse fresca.
—Te hice unos bocadillos de arroz con carne de monstruo marino —dijo, y el espadachín le clavó una mirada dura, primero en el brebaje luego en él. Notó el cambio cuando sus ojos se posaron en su persona, a esa dureza se sumaba dolor por el rechazo y algo más que no supo identificar de inmediato—. Están en la cocina, por si quieres… —Sanji corrió la cara, intimidado una vez más, porque esos ojos negros parecían esconder un mensaje implícito, un sencillo «déjame estar a tu lado», era algo natural en Zoro. Aunque ni siquiera lo pretendiese en verdad, el espadachín era protector para con todos en ese lugar.
Esperaba que Zoro entendiera el mensaje tras su gesto, que era una manera solapada de pedir perdón por una supuesta falta cometida; pero Roronoa no dijo nada, incluso pese a notar que el cocinero había reparado en sus gustos culinarios, en cambio volvió a mirar al frente tratando de ignorarlo.
¿Debía darle importancia? Puesto que el cocinero no parecía estar muy interesado en saber cuál era el plato favorito de sus compañeros varones, para eso era necesario ser del género femenino.
En ese punto Sanji se dijo que viajar con ese espadachín sería un verdadero suplicio. Ya llevaban un mes navegando juntos, conviviendo día a día, sufriendo sus mañas, sobreviviendo a ellas, y no lograban congeniar de ninguna forma.
Quizás debería darle tiempo… darse tiempo.
Derrotado, apagó el cigarro y volvió a la cocina. Mejor dormir en el sillón a hacerlo en el camarote, a fin de cuentas, tarde o temprano los demás lo despertarían reclamándole el desayuno.
Zoro no tardó en entrar, a los pocos minutos de que se hubiera acomodado. Lo escuchó caminar por el lugar, tomar el pequeño plato y luego su cercanía. Mantuvo los ojos cerrados simulando que dormía, pero un «gracias, cocinero» fue todo lo que necesitaron para hacer otra tregua momentánea.
Sanji abrió los ojos y le sonrió.
—Con gusto, espadachín.
Zoro se perdió en esa mueca sencilla y sincera de un siempre amable cocinero, pero la voz de Luffy tras su espalda preguntando si eso en el plato que sostenía su espadachín era carne acabó por arruinar la magia.
Debían acostumbrarse, en ese barco nunca estaban solos, y mejor así. Ya había comprobado que quedarse en compañía del otro, enredados en sus pensamientos contradictorios, solo les acarreaba más problemas de los que ya de por sí tenían siendo Mugiwara.
Arabasta los esperaba y debían concentrarse en ello si pretendían ayudar a Vivi como su capitán había decretado; ya tendrían tiempo de sobra para tratar de entenderse. Esperaban contar con tiempo para conocerse mejor.
- Lo de Vivi toquetona. Va más que nada para ponerle color a la cosa, pero me pareció algo que estaba bueno resaltar. Tenemos costumbres distintas y a veces cuando nos cruzamos con alguien que es diferente, nos genera rareza. Por ejemplo, a mí algunos europeos me han dicho que nosotros los latinoamericanos somos muy toquetones.
- Según Oda la comida favorita del marimo es el arroz y la carne de monstruo marino.
- Muchas gracias por haber leído. ¡Y muchas gracias a Yageni por su paciencia! ¡Y gracias especiales a cheru, por animarme en cada entrega! ¡De no ser por ella no actualizaría tan rápido!
31 de marzo de 2019
Ciudad Evita, Buenos Aires, Argentina.
