Capítulo 4

El universo es un lugar misterioso, lleno de preguntas que quizás nunca tendrán una respuesta. Está diseñado de manera perfecta, cada planeta, cada estrella, galaxia y constelación está puesta a la distancia adecuada. Todo gira a la velocidad necesaria y entre más lo conozco, más me convenzo de que nuestra existencia no fue casualidad, todo en él tiene su razón de ser y una función específica que es de suma importancia para que se lleve a cabo algún otro proceso y de esa manera el sistema entero se encuentra conectado y en equilibrio.

Sin embargo, de entre las cosas que más me fascinó estudiar en mi transición a humana, es la gravedad. Una fuerza tan simple que mantiene todo en su mismo lugar. Es por eso que en la Tierra los objetos permanecen sobre la superficie; el núcleo al centro del planeta los atrae no dejándolos caer. Me estuve preguntado qué pasaría si algún día la gravedad ya no existiera, ¿qué sucedería si los planetas se caen? ¿Quedarán flotando en el abismo o la velocidad de caída les permitiría traspasar los límites de éste universo para atravesar al otro? Si Herg estuviera escuchándome probablemente dudaría de mi capacidad para conquistar la raza humana.

-Entrando a la atmósfera terrenal en 10 segundos.- habló una voz a través del tablero de la cápsula en la que fui enviada a cumplir mi misión.

Se me escapó un suspiro, sensación a la que aún no me acostumbro, y me ajusté el cinturón. Si algo odiaba más que los despegues, eran los aterrizajes.

-5, 4, 3, 2, 1…

El cambio de presión fue impresionante. Pude sentir el artefacto que bombea en mi pecho, acelerarse. Ya no podía ver las estrellas, ni el sol, ya no lograba ver si quiera las partículas. Frente a mí se expandía un cielo gris, lleno de densas nubes.

Aterrizamos en lo que supuse había sido un bosque. Muchos troncos cortados, hierba seca en el piso, aves muertas… el tétrico panorama que se expandía frente a mis ojos causó que los vellos de mis brazos se levantaran y mi cuerpo sufriera una especie de convulsión, algo a lo que creo los humanos le llaman estremecimiento. Bajé de la nave, sabiendo que quizás sería la última vez que la vería, y me dispuse a caminar, aún no me acostumbraba al par de piernas, había pasado eternidades flotando y ahora tener que hacerlo de manera mecánica me parecía ridículo.

Poco a poco mi cuerpo se fue aclimatando a la presión, el palpitar que sentía en diversas partes había desaparecido, por mi frente y cuello empezó a escurrir un líquido transparente y mi piel se sentía muy caliente.

No estaba segura de cuánto tiempo pasó en el que caminé entre hierba y tierra seca hasta que fui a parar a un camino largo, parecía que alguna vez tuvo una línea blanca pintada en medio de éste y la consistencia del piso era de un material diferente. Miré hacia ambos lados pero estaba tan desierto como el espacio entre Mercurio y Venus. Si de todas formas estaba perdida, no importaba hacia dónde fuera, así que decidí caminar a mi derecha. Sobre mí revoloteaban dos enormes aves negras. En dos ocasiones se atravesaron frente a mí dos insectos peludos con ocho patas, cuatro a cada lado, que corrían deprisa. A los pulmones insertados en mis entrañas les calaba el aire caliente del ambiente y mis pies sufrían de palpitaciones constantes y no estaba segura de si debía o no quitarme las botas que les pusieron, pues Furg no me había enseñado cómo atarlas de vuelta y no quería llevarlas en la mano.

Viví cosas muy extrañas para las cuales no me habían preparado, el cuerpo se movía más lento, me costaba mover las piernas y una presión en la espalda estaba a punto de hacerme caer. Me pregunté si aquello se debía a alguna emoción y de ser así a cuál era.

-¿Por qué tuve que aceptar esto?- me dije a mí misma, mientras a una corta distancia pude ver un letrero verde pero no alcanzaba a leer lo que decía.

Seguí caminando y en cuestión de segundos sentí el piso temblar, me giré y vi un vehículo con ruedas de elastómero que se aproximaba. Debía ser muy, muy valioso para que aún lo conservaran en esa época. Me quedé de pie y cuando éste pasó frente a mí se detuvo. El conductor del camión, porque recordé que así se les llama cuando son muy grandes y largos, abrió la puerta. Era un hombre con cabello oscuro, piel morena, bigote tupido y su abdomen era el triple de lo mío y en forma circular. Por alguna razón experimenté una necesidad de salir corriendo y mis piernas y brazos temblaron levemente.

-Hola, primor.- dijo él, masticando una espiga.- ¿A dónde vas tan sola?

-Eh… yo…

-Ven, sube. Yo te llevo.- sin darme lugar para réplicas me indicó cómo subir al camión. Tuve que realizar varios movimientos mecánicos con las manos y pies para finalmente poder reposar mis sentaderas en el asiento color negro.

De la parte frontal del camión, en algo casi semejante al tablero de la cápsula, emanaba la voz de otro hombre acompañado de una melodía que jamás había escuchado. Estaba casi segura de que me hallaba presenciando una canción y armonías musicales.

Increíblemente el letrero que me parecía muy lejano ahora había quedado atrás de nosotros y conforme avanzaba el camión, éste iba haciéndose más pequeño. Tomé nota mental de todos esos detalles recordándome que debía escribirlos para cuando volviera a ver a Furg poder contarle.

-¿Y de dónde vienes, amor?- inquirió aquél hombre que despedía un fuerte olor que me hizo fruncir la nariz.

¡Rayos! ¿Y ahora qué iba a decir? Grys no me preparó una historia para momentos como ese. ¿Sería prudente contarle de mi cápsula? Mis ojos voltearon levemente para ver a aquél espécimen. ¿Cómo sabría qué intenciones tenía? ¿Qué hace un humano para saber si otro es de confianza? Supongo que esta es la parte en la que las emociones se hacen presentes para hacerme actuar, pero ¿cómo saber cuando estoy viviendo una emoción?

-No tengo casa.- fue lo primero que se me ocurrió decir.- Quiero ir a la ciudad.- aquél hombre movió su boca hacia un lado haciendo un gesto con su rostro que provocó que me estremeciera y el corazón se acelerara de vuelta.

-Entonces te llevaré a mi casa.- dijo, acercándose a mi oído. Permanecí inmóvil sin saber qué hacer, quizás él sólo buscaba ayudarme y las reacciones que se generaban en mi cuerpo eran señales de que debía dejarlo actuar.

Él tocó una de las protuberancias en mi pecho, a lo que Grys me dijo que llamaban senos, y la apretó con fuerza haciendo que de mi garganta saliera un sonido.

-Shhh.- tapó mi boca con su sucia y enorme mano.- Tienes que ser muy callada, mi vida.- fue bajando sus dedos hasta meterlos por el pantalón y bruscamente fue tocando mi entrepierna, arañando la piel con sus largas uñas.

Mi pecho se levantaba con mucha rapidez, sentía las palpitaciones en varios lugares del cuerpo y la presión sanguínea había aumentado. Estaba segura de que eso era algo que no debía permitir. Cerré los ojos pues él apretó aquella parte sensible que para desgracia mía tenían que haber colocado ahí, y eso causó que me moviera a un lado.

Aquél hombre se acercó a mi cuello poniendo sus labios en él y succionando después. Mis manos bajaron a la de él intentando sacarla del pantalón y al aplicar más fuerza de la normal, él encajó sus dientes contra la piel cerca de mi rostro, al sentirlo mi reacción fue levantar una mano, cerrar el puño y estrellarlo contra su rostro. Ese movimiento lo tomó por sorpresa, creo yo, y se movió haciendo que el camión se descontrolara.

-¡Ven acá, maldita zorra!- alzó la voz, esta vez su cara estaba roja y le saltaban las venas del cuello. Estaba enojado, fue algo que supe en ese momento y me alegré de estar presenciando una emoción, aunque sabía que no era la mejor de todas.


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