Capítulo 5
Sucedió un evento inesperado para el cual no me habían preparado. El camión comenzó a moverse hacia ambos lados del camino paralelo mientras aquél hombre intentaba sujetarme y yo tenía agarradas sus manos sobre mí sabiendo que si las soltaba él haría algo que por alguna razón no quería que hiciera. En una corta fracción de segundos nos dirigimos hacia la orilla y sentí mi cuerpo moverse hacia el techo mientras el sujeto estrelló su espalda contra la puerta, su cabeza debió golpear una roca y cerró los ojos. Nos habíamos volcado.
El vidrio frontal se quebró y de la caja comenzó a salir una especie de nubosidad densa que produjo un olor semejante al que deja una lluvia de meteoritos. Con movimientos lentos pude acercarme a la puerta por la que entré. Sentía el peso de la gravedad jalándome hacia aquél sujeto y tuve que ejercer mucha resistencia. Abrí la manija pero aquél pesado cuadro de fierro no se abrió.
-Mierda.- pensé en ese momento. Dentro de mí estaba generándose algún sentimiento que no conocía.
Sujetándome fuerte del asiento y el tablero, utilicé mis pies empujando la puerta y ésta se abrió rápidamente quedando suspendida en el aire. Mi boca se torció un poco de manera automática causándome un estremecimiento.
Con movimientos toscos y lastimando la piel, finalmente pude salir. Caminé de nuevo hacia la línea paralela por la que veníamos, pero antes de seguir miré un corte horizontal en mi pierna, otro a un costado, por el rostro escurría un líquido rojo debido a una herida en la frente, los músculos temblaban con brusquedad y lo único que se me ocurrió hacer fue quitarme la ropa, fui dejándola a la orilla del camino y quedé únicamente en lo que Grys me dijo se llamaba ropa interior. La radiación solar golpeó en las partes lastimadas de mi carne y éstas produjeron una sensación más profunda. Estaba experimentando el dolor físico y al saberlo mi boca nuevamente se torció.
-No puedo creer que hayamos pasado casi tres horas en ese asqueroso túnel y todo por un pedazo de chocolate.- dijo Yolei, dándole una diminuta mordida a la golosina. Sonreí, deshaciendo aquél dulce amargo en mi paladar.
-Hey, vale la pena, ¿no?- ella asintió y seguimos mirando hacia la puesta de sol.
Nos había costado mucho trabajo encontrar una salida hasta que finalmente hallamos una alcantarilla abierta que daba al centro de la ciudad, cerca de mi casa. Decidí guardar un pedazo de chocolate para mi tía, sabía cuánto le gustaba y lo feliz que la haría volver a probarlo.
Increíblemente nos habíamos convertido en una raza decadente, la comida escaseaba, la población sobreabundaba, el smog cubría un 90% el aire, el deshielo en los polos causó un gran cambio ambiental matando la poca vegetación que quedaba. 9 de 10 especies estaban en extinción y los únicos que lograron sobrevivir fueron los animales carnívoros. Las clases sociales se perdieron. La lucha por la supervivencia nos había convertido a todos en semejantes, aunque claro, siempre existían aquellos que sabían hacer trampa y conseguir lo que otros, más débiles, necesitaban, y así tomaban poder. Porque aquello era algo que a pesar de los años no había cambiado, esa necesidad del hombre por sentir que tiene poder sobre otros.
-¿En qué piensas, TK?- la pregunta de Yolei me sacó de mi ensimismamiento. Me encogí de hombros y tomé un cigarrillo de la cajetilla que estaba entre nosotros. Nos hallábamos sentados en la azotea de un edificio abandonado que alguna vez fue un hotel lujoso, mirando nuestro sobrepoblado hogar.
El hecho de saber que había vida en otros planetas, que nuestro Universo no era el único y hasta ahora se conocían tres más, en donde en cada uno de ellos habitaban seres vivientes como nosotros, no fue tan impactante para la raza humana a como mi tía nos contaba que en sus tiempos se creía que sería.
-En cómo ha cambiado la historia. Yo…- me giré para ver a mi amiga de frente. Sus ojos oscuros brillaban ante los últimos rayos de la gran estrella que nos mantenía con vida. Tenía restos de chocolate en la comisura de sus labios y manchas de tierra en su cuello. Aunque con todo, no dejaba de perder su encanto.- ¿No sientes miedo?
-¿Miedo?- inquirió con el ceño fruncido.- ¿A qué?
-Al futuro. Miedo a que jamás vayas a encontrar a un hombre racional, a casarte, tener hijos. Miedo a que nunca puedas tener una casa a la que llames hogar y formar una familia.- esbozó una media sonrisa y agachó el rostro asintiendo ligeramente.
-Claro que me asusta, TK.- dijo, con un deje de quiebre en su voz y los ojos lagrimosos.- Soy mujer, quedarme sola no es una opción, ¿sabes? Pero la sociedad me repugna y sí, sí me causa pánico saber que cualquier mujer, enferma o no, pueda venir sin ropa a quitarme lo que logré formar.- sonreí simplemente.
-¿Y no anhelas eso, Yo? Enamorarte.- finalmente un par de lágrimas escurrieron por sus mejillas y por un momento que pareció eterno nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos.
-De nada sirven los anhelos sino para traer amargura.- dijo fríamente.- El amor no es algo que se predique en estos tiempos y tengo mis dudas sobre su existencia. No creo que sea algo tan especial como lo pinta la gente mayor, creo más bien, que es causa de sufrimiento y dolor.
-Ven acá.- Yolei se movió y la abracé con fuerza. Su cuerpo estaba helado y froté sus brazos con mi suéter para transmitirle algo de calor.
Nos quedamos así, ella acurrucada en mi pecho, mirando los autos voladores que adornaban el bajo cielo sobre la ciudad. Era muy agradable tener un momento como ese, la compañía de alguien sincero a mi lado. A diferencia de Yolei, yo estaba seguro de que el amor era real, y se trataba de tiempo y paciencia para que llegara a nuestras vidas.
-TK…- mi amiga se movió, levantando el rostro.- Si para cuando lleguemos a los 40 años tú y yo seguimos solteros, ¿te quedarías conmigo?- sonreí con su proposición.
-No seas tonta, Yo, yo siempre voy a estar contigo.- me dio un pequeño empujón y ambos nos reímos.- Será mejor que vayamos a casa.- ella asintió simplemente.
Caminamos, charlando amenamente de otras cosas, y fumando como dos almas que no temen a morir de cáncer.
Al mirar a mi alrededor, a las sexo servidoras venderse en plena vía pública sin importarles si había o no niños presentes, a hombres mayores de la mano de niñas en pleno desarrollo entrando a un hotel, traficantes de droga, gente usada como mascota de droides… todo eso hacía que se formara coraje en mí. A pesar de que era el mundo que me había tocado ver desde que nací, algo en mí no toleraba aquél comportamiento.
De niño me gustaba acompañar a mi tía a las reuniones con sus amigas, en donde varias señoras, la mayoría solteras, divorciadas y amargadas, solían hablar de lo que era el mundo a inicios del siglo XXI. En donde no se veían anuncios de neón o ruidosos comerciales a cada dos metros que anunciaban una nueva botella de licor, o aquellos condones que se adherían a la piel logrando que al penetrar se sintiera como si no estuviera puesto.
La desesperación del hombre por querer ser superior lo llevó a actuar estúpidamente y en muy poco tiempo había logrado acabar con los pocos recursos renovables de la tierra.
-Ya llegué, tía.- dije al entrar. A pesar de que había luz y el televisor estaba encendido, la casa parecía estar sola.- ¿Te quedarás a cenar?- le pregunté a Yolei, quien me acompañó a lo largo del pasillo hasta mi cuarto.
-¿Es una invitación, Takaishi?- dijo sonriendo y yo asentí.
Antes de entrar a mi habitación la puerta del baño se abrió frente a mí y a continuación sucedió algo que jamás me hubiera imaginado: una hermosa joven, de piel clara y largo cabello castaño, apareció escurriendo agua por su perfecto cuerpo desnudo. Sus enormes ojos marrones se encontraron con los míos, quienes no podían creer que semejante ángel estuviera ahí presente. Llevaba moretones por los brazos y piernas, raspones en los costados y en su frente.
-Hola.- susurró en una melodiosa voz que fue música a mis oídos. Yo permanecí inmóvil, sabiendo que Yolei estaba atrás de mí contemplando todo. Mi cuerpo no reaccionaba y al parecer ella no sentía vergüenza de que la estuviésemos viendo tal y como llegó al mundo.- Soy Hikari Yagami…
-¡Kari!- la inconfundible voz de mi tía resonó por las estrechas paredes de concreto y apareció envolviendo a esa adorable criatura en una toalla blanca.
Miré a mi tía y después a Kari preguntándome ¿qué rayos estaba pasando?
No tengo internet en mi casa! T_T estoy colada desde el trabajo y no me traje en la usb el capítulo de apariencias! No se enojen conmigo :(
