Capítulo 8

Ya casi se acercaba el cierre de la luna al girar en la tierra. El cielo pronto se oscureció y comenzó a soplar una ráfaga de aire similar a la que desprende un hoyo negro.

El estómago hacía gruñidos y me causaba malestar. Me dolían los pies y tenía los labios secos. Esto de ser humana era muy difícil. Requería mucha concentración de mi mente para que mi cuerpo reaccionara pues parecía que no existía dicha conexión y no estaban de acuerdo; me pregunté si eso le pasaba a todos o sólo a mí. Tal vez había sido una falla desde que me operaron. Después de todo era un procedimiento nuevo para el señor Furg.

Iba por una calle llena de gente, hombres, mujeres, y otros individuos a los que no lograba categorizar. Al acercarme a los puestos de comida y pedir algo me preguntaban por dinero. ¿Dinero? No recordaba haber leído algo de eso y no tenía idea de cómo conseguirlo.

Tal vez si me hubiera quedado con la tía de TK habría podido aprender un poco más de la vida en la Tierra.

Ugh.

Me senté a la orilla de una calle, imitando a un señor que estaba frente a mí, con la dentadura chueca y unos insectos que volaban alrededor de su cabeza. Si los estúpidos humanos vivieran de helio me hubiera facilitado mucho la misión. Pero no. Oxígeno. ¿Quién rayos vive de oxígeno?

– ¡Largo de aquí! –escuché el tintinar de unas trompetas terrestres y al girarme a la izquierda vi que salió una criatura peluda con un pedazo de... ¿pan? en la boca y un hombre parecido a los vortz de ancha nariz y piel oscura traía un artefacto de madera con un cuenco en un extremo y lo levantaba sobre el peludito–. Perro inmundo...

¡Perro! ¡Animal! ¡Comida!

De pronto empecé a rebobinar imágenes en mi mente de lo que había estudiado antes de mi partida a la Tierra y comprendí que aquella criatura, al igual que los humanos, al igual que yo, padecía de hambre. ¡Y tenía comida!

– ¡Hey, ven acá! –me levanté y comencé a correr siguiendo aquella criatura que no soltaba el alimento de su boca–. Lo siento, lo siento... –me disculpaba con las personas contra las que chocaba y a cambio ellos decían cosas de las que no comprendía su significado.

–¡Idiota! –escuché que alguien gritó desde una calle angosta y como si fuera arrastrada por una fuerza magnética superior a la gravedad me detuve y voltee: había dos hombres golpeando a un joven que tenía el cabello del mismo color que TK. Por mi mente visualicé imágenes de soldados golpeando a personas que vestían uniformes de rayas en tierra árida.

– ¡Déjenlo! –grité lo suficientemente fuerte para que ambos voltearan y entonces lo vi: yaciendo sobre el concreto. Era él... era TK.

De pronto mi cuerpo se llenó de una sensación que hormigueaba en mi interior y sentía que la temperatura de mi rostro aumentaba ante alguna emoción que no lograba describir. Dejando que el cuerpo actuara bajo ese impulso me acerqué a ellos quienes también caminaron hacia mí y tomé una barra metálica que uno llevaba en la mano arrebatándosela tan fácil que el hombre retrocedió y en un movimiento tan rápido como la velocidad de la luz levanté la barra y le golpee el pecho haciéndolo que cayera de rodillas y tosiera. Luego miré al otro hombre quien levantó las manos frente a su rostro y golpee su cadera. El se arqueó, miré mis manos y solté aquél metal. Cerré el puño y lo planté contra su rostro haciéndolo caer y sangrar.

– ¿Estás bien? –me acerqué a TK quien se apretaba el estómago y lo ayudé a levantarse.

– Kari tú... cómo... ¿cómo hiciste eso?

– ¿Hacer qué? –tenía el rostro todo manchado de sangre y tierra. Sus ojos azules no dejaban de verme con una expresión curiosa. Mi estómago gruñó tan fuerte que él pudo escucharlo y empezó a reír.

– Vámonos de aquí.

Volví a casa de la tía de TK, quien soltó aire por su boca al verme y me abrazó con fuerza. Estaba feliz de que hubiera vuelto y preocupada cuando supo lo que le había pasado a su sobrino.

Nos preparó sándwiches de pollo para comer. Yo comí tres porciones mientras TK apenas y se terminó el suyo. Ambos me miraban como si fuera yo un objeto de curiosidad y justo cuando estaba por terminar la cena, como llamaban la comida que se servía en la hora oscura, me percaté de que posiblemente había estado haciendo cosas no humanas y eso era algo sumamente peligroso. No podía ser descubierta.

Regresé a dormir en la cama de Matt. Me acosté boca arriba y escuché que TK hablaba con su tía en el pasillo. Me pregunté cómo estaría operando mi cuerpo en el interior pues sentí como si las máquinas que hubieran instalado se cayeran, bajando su nivel energético y una sensación como la de conducir una nave en modo automático, me invadió de cabeza a pies.

– Hola, saltamontes– abrí los ojos y enseguida vi a TK quien se sentó... acostó sobre la misma cama donde yo estaba. Me moví hacia una orilla para que él pudiera acomodarse. Tenía una fragancia dulce como sulfato de dimetil. Su cuerpo irradiaba calor y al estar cerca del mío lo provocaba haciéndolo temblar de las extremidades.

– ¿Saltamontes? –me giré y ambos quedamos viéndonos frente a frente. Tenía una línea roja en su mejilla, parte de la piel de su frente se había puesto de un color morado. Me detuve a observar cada uno de sus impulsos. Sus fosas nasales se abrían cada dos o tres segundos haciendo que su pecho se inflara. Su mecanismo de respiración. Tenía manchas de un color un poco más oscuro sobre su nariz y mejillas, sus ojos eran como dos lunas del color del óxido de cobre.

– Sí, eso eres– levantó su mano izquierda y con su dedo índice acarició mi nariz.

–Oh...

– ¿Cómo pudiste golpear a esos dos con tanta fuerza?

– Tenía que ayudarte.

– Gracias, por cierto –sonrió y como si fuese acción y reacción yo hice lo mismo.

– TK quiero preguntar algo.

– Dime.

– ¿Qué sientes? –él se rió y pude oler de su aliento aquella pasta blanca con la que cepillaban sus dientes para limpiarlos.

– Pues estoy feliz, sí.

– ¿Cómo se siente? –acarició mi rostro, haciendo mi cabello hacia atrás de mi oreja.

– ¿La felicidad?

– Sí.

– ¿Nunca la has sentido, Kari? –de pronto su expresión cambió y se puso serio, lo cual no me permitía leerlo bien.

– No estoy segura –acercó más su rostro al mío y sus pupilas parecían recorrer cada partícula de la que estaba hecha. Se movió quedando un poco más arriba que yo e hizo algo que jamás había visto: pegó sus labios a mi frente y me acarició el cabello. Mi cuerpo soltó una descarga eléctrica que me dejó paralizada.

– Descansa, bonita. Ya mañana hablaremos de esto– se giró para apagar la luz que salía de un contenedor vitrificado sobre la mesa al lado de la cama y me rodeó con sus brazos, pegándome a su pecho. Aquello era tan... cómodo. Me sentía más relajada que cuando entrábamos a las cámaras de congelación para renovar nuestros cuerpos.

Ser humana no era tan malo después de todo.


¿Se acuerdan de esta historia que tengo años de no actualizar? Oh God... pues he vuelto a re-leerme y yo misma me odié por no haber terminado nunca esto! Así que iré poco a poco actualizando las historias que tengo inconclusas porque hasta yo quiero saber cómo van a terminar!