Capítulo 9
Era el último domingo de invierno. Majestuoso como si acabara de ser coronado, se presentaba un amplio cielo gris, y sus súbditos eran aquellas esponjosas nubes armadas con truenos y relámpagos que a más de un infante hacían ocultarse bajo las gruesas cobijas de su cama.
Pero para mí aquél era un día perfecto. Adoraba sentir el aire golpear mi nariz y mis manos hasta provocarme un escalofrío en la espalda. La lluvia, aunque ligera, ya dejaba sus estragos en mi cabello. Aunque no era el clima lo que disfrutaba en sí. Era la sensación de sentir. Sentir, porque así recordaba que seguía vivo. Que a pesar de los daños causados al planeta, yo seguía aquí vivo y tenía la capacidad de poder disfrutar de...
– ¡TK! –la voz de mi mejor amiga me hizo caer de golpe en la realidad antes de chocar contra un poste. Yolei se echó a reír haciendo sonidos de cerdito entre carcajadas–. ¿En qué mundo estás?
– ¿Eh?
– Has estado muy distraído hoy –pasó uno de sus brazos a través del mío e imitando una pose de esposos cincuentones, seguimos caminando–. ¿Hay algo que te moleste? ¿Algo de lo que quieras hablar? –negué con la cabeza–. Entonces... ¿es esa chica... Kari? –me giré a verla de reojo. Una vena de su frente parecía estar en batalla al querer resaltar tras su pálida piel pero su mueca seria la detenía.
– ¿Kari? No, ella está bien.
– ¿Y tú estás bien con ella? –detuve el paso y me giré para verla de frente. Yolei agachó la mirada y comenzó a trazar círculos con la punta de su bota en el piso.
– ¿Qué clase de pregunta es esa, Yo? –levanté su rostro para obligarla a mirarme–. ¿Estás celosa? –sus mejillas se enrojecieron y tuvo que moverse, riendo nerviosamente.
– ¡Qué tonterías dices! ¿Cómo voy a estar celosa de ella? –clavé mi mirada en ella y fruncí el ceño. La conocía tan bien que sabía que no podía mentirme–. Ven, ya casi llegamos.
Siguió caminando hasta que entramos a una cafetería que acababan de abrir en el centro. El lugar era algo retro, decorado de acuerdo a la época de los milenials por principios del año 2000. Mesas altas para aquellos solteros que buscaban un lugar donde acomodar su laptop o algún libro y poder pasar horas sin ser molestados. En la barra donde despachaban había una vitrina exhibiendo pasteles, el menú colgado en pizarras negras atrás de la caja. Lámparas eléctricas colgando del techo en una especie de plato redondo que protegía los focos. Me pregunté cómo habían hecho para conseguir aquellos materiales que hacía años habían dejado de utilizarse y ahora su valor era muy alto.
Ya que estaban en su semana de apertura, había muchísima gente. O al menos la suficiente para desesperarme. Nos sentamos en una pequeña mesa cuadrada con cuatro sillas, colocada en una esquina cerca del vitral que daba hacia la calle. Vino un droide a pedir nuestra órden, ambos elegimos una rebanada de cheesecake y café americano. Algo que decía mi tía, podían pasar guerras, años, pestes, generaciones y no dejaría de ser un emblema del ser humano, sin importar su cultura, raza, edad y/o nacionalidad.
Miré a tres hombres sentados en la mesa contigua a la nuestra, sus acentos eran distintos, posiblemente nacidos en algún país latinoamericano. Había tres chicas en otra mesa, todas con gafas de pasta gruesa y su cabello largo. No aparentaban más de 18 años. Veían imágenes de alguna persona de fama proyectada en holograma sobre su mesa. En contra esquina, al otro extremo de la cafetería, estaba un muchacho con el cabello pintado de azul, audífonos de diadema por los cuales las ondas sonoras salían al ambiente como rayos de energía de distintos colores y se esfumaban semejantes al humo.
– ¿Te gusta? –preguntó mi amiga. Yo asentí y le di un sorbo a mi café. Estaba caliente.
– Es muy agradable, Yo –ella sonrió.
– Me alegra que te guste. Con lo raro que eres no sé cuándo complacerte y cuándo disgustarte.
– ¿Raro? ¿Quién se comía las ranas crudas cuando éramos niños?
– ¡Oye! Eso no se cuenta en voz alta –ambos nos reímos y enseguida trajeron nuestra comida.
– Me pregunto si mi mamá alguna vez frecuentó un lugar así –mis ojos se perdieron en las paredes de ladrillos rojos y el techo estructurado con vigas metálicas que ahora sólo se veía en exhibiciones privadas de museos.
– Estoy segura que sí.
Se formó un silencio profundo entre ambos. Noté que mi amiga comía sin levantar la mirada o distrayéndose con la gente que entraba y salía.
De pronto una terrible idea asaltó mi mente y casi me ahogo con un pedazo de cheesecake.
– ¡Yo!
– ¿Eh? –preguntó ella dirigiéndose a mí con preocupación–. ¿Qué pasa?
– Tú no estás... no estarás... ¿enferma? –sus ojos se abrieron como platos y soltó el tenedor que llevaba en la mano haciéndolo rechinar contra el piso de azulejos–. Quiero decir, has... ya has estado con alguien, ¿no? –sus mejillas enrojecieron y agachó la cabeza. Temí haberla asustado y me maldije por ser tan imprudente–. Yolei, yo...
– No estoy enferma –dijo en voz apenas audible. Solté el aire que había retenido en el pecho y suspiré–. Pero no... –volteó a verme y noté sus ojos cristalinos enrojecer–. No he estado con nadie aún.
– Comprendo –asentí simplemente. Durante mucho tiempo habíamos sido amigos pero no habíamos tocado nunca ese tema. Me reprendí por ser tan egoísta casi todo el tiempo.
– TK...
– ¿Si?
– Si algún llego a enfermar tú... tú... –su voz se cortó pero supe exactamente lo que quería decirme. Nos miramos por lo que parecía una eternidad hasta que abrí la boca para responder.
Aquél día acompañé a la tía de TK al mercado. El lugar al que iban a comprar alimentos para mantener el cuerpo con energía. Habían pasado 22 días terrestres desde que volví a su casa y desde entonces no me había dejado volver a salir. A decir verdad no me importó mucho, estar con Claire y TK me hacía sentir... fuera de peligro. Sentir. Aún no me acostumbraba a la idea de que ahora vivía sentimientos.
Estaba aprendiendo mucho sobre la vida humana. Por ejemplo, todas las mañanas Claire salía a echar H2O a la plantación en la entrada de su casa. Entre esto tenía unos arbustos de los que brotaban flores blancas. Jazmines, me había dicho que se llamaban. Entendí que estos seres poseían vida y su comida era ese líquido insípido e incoloro que ahora yo bebía incansablemente todos los días, especialmente cuando sentía los labios secos.
Me gustaba observarla andar por la casa. Tenía un artefacto muy curioso al que le tenía cierto temor, y ella utilizaba para limpiar el piso, éste dejaba un aroma gratificante a la nariz pero que no duraba mucho. También había aprendido que no debía exponer mi cuerpo humano al fuego que salía de la máquina en donde cocinaba. La primera vez que lo hice acabé con la mano vendada y dolorida por varios días.
Y TK...
– ¡Kari! –escuché que me gritó. Miré a mi alrededor y me di cuenta que me había perdido en mis pensamientos mientras caminaba. Utilicé un poco más de fuerza energética para mover las piernas y alcanzarla. O como dicen los humanos: apresurar el paso.
– Lo siento.
– No te disculpes, cariño. Sólo no te separes tanto de mí, el centro no es un lugar seguro.
– Seguro, sí –repetí y ella sonrió–. Claire, ¿tú sabes por qué mis manos están así como inmóviles? Se las mostré y ella rió.
– Tienes frío. Mira tus uñas, están moradas. Ven, busquemos un lugar calientito mientras pasa la lluvia –me tomó de la mano y me llevó adentro de un lugar bastante elocuente y diferente al resto de los locales que había conocido ahí. El ambiente olía a café, ese líquido oscuro que tomaban diariamente, sobre todo en las mañanas y que había descubierto que yo disfrutaba llenándolo de un polvo blanco muy dulce.
– ¿Tía Claire? –ambas giramos al escuchar la voz de TK. El estaba en una mesa al fondo y a su lado... a su lado estaba ella.
– Hijo, ¿qué haces aquí? –nos acercamos a donde estaban y yo sentía las máquinas debajo de la piel apretarse, como si a los engranes les estuviera costando trabajo girar para moverme como usualmente lo hacían. Las piernas y brazos se sentían pesados, tensos, y qué decir de mi cabeza en la que la temperatura aumentó unos 100 grados exponencialmente.
– Kari... ¡Kari! –la voz del rubio hizo que volviera al presente, como si me hubiese ido a otra galaxia y caí ahí de pronto. ¿Será que los humanos pueden transportarse a otros sitios con la mente?
– ¿Eh?
– Esta niña anda muy distraída hoy –dijo la tía Claire y yo sonreí automáticamente.
– Te decía que si quieres quedarte con nosotros –me preguntó TK y estuve a punto de responder cuando su amiga se levantó de la mesa.
– De hecho, yo ya me voy –dijo alzando su tono de voz. Tomó el pedazo de tela que casi todos usaban para guardar cosas cuando salían y se dirigió a Claire–. Ha sido un gusto verla, señora.
– Igualmente, hija –ellas se abrazaron, gesto al que aún no me acostumbraba y no estaba segura de cuándo debía hacerse.
– ¿Por qué te vas, Yo? Quédate...
– Tengo cosas que hacer. Nos vemos luego, Takaishi –dijo ella. Me dirigió una mirada antes de salir de ahí.
– Anda muy rara, últimamente –dijo TK. Pasó una mano por su cabello, gesto que hacía muy seguido y provocaba que en la máquina central abajo del pecho se revolvieran todas las tuercas.
– Cosas de mujeres –farfulló Claire y me dio una pequeña palmadita en el brazo–. Hijo, ¿te importaría llevar a Kari a casa? Aún tengo cosas que comprar y debo visitar a la señora Dun.
– Seguro, tía.
– Los veré más noche –Claire me dio un beso en la mejilla, acto al que de igual forma aún no estaba acostumbrada, y salió de ahí.
– Y bien, Kari, ¿qué quieres hacer? –me dirigí al rubio y sonreí. El se puso de pie y se acercó a mí, tanto que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
– Estás caliente –dije y él se rió–. ¿Qué? ¿Qué pasa?
– Ya sé qué haremos. Vamos por cervezas.
Gracias, gracias, gracias! Yo estoy tan feliz como ustedes de haber vuelto y retomar estas historias que ufffff me tienen feliz!
