Capítulo 11

No pude pronunciar palabra en varios segundos. TK se acercó a mí y cerró la página del navegador que tenía abierta. Tenía una expresión extraña y no lograba entender qué le sucedía.

– ¿Qué hacías viendo porno así como así? Mi tía pudo haber llegado y te meterías en problemas.

– ¿Porno? No, TK. Yo... – fue a sentarse a la cama y yo me acerqué poniéndome de pie frente a él. Levantó el rostro y sonreí–. TK, ¿quieres reproducirte conmigo? –sus ojos se abrieron y abrió la boca para responder cuando ambos fuimos distraidos por un crujido y al voltear a la puerta vi a Yolei quien había tirado un vaso que se separó en muchas partes pequeñas.

– Yolei, no...

– No tienes que decir nada. Yo los dejo solos –no entendía porqué actuaba así. Ella desapareció en un instante y TK se levantó pero antes de salir de la recámara volvió hacia mí.

– Kari... –exhaló aire por la boca–. Quédate aquí. Ahorita hablamos, ¿si? –yo asentí simplemente quedando intrigada por la situación. De pronto ellos se comportaron de una manera distinta. Nueva para mí.

No tenía idea de qué estaba pasando. Miré la pantalla del monitor que se había puesto oscura y recordé las imágenes del vídeo.

Me costaba mucho comprender la idea de que era necesaria la unión de dos personas para la reproducción humana. ¿Por qué no funcionaban generando radicales libres y enlaces? Aquello era más simple y más rápido también.

Escuché a TK hablar en voz alta y Yolei, como respuesta, levantaba aun más el tono. En ese tiempo había notado que mi interacción con otras mujeres era similar a la que tenía con la tía Claire pero Yolei era la excepción. Con ella simplemente no había un embone.


Yolei estaba bañada en lágrimas en la sala. Me sorprendí de verla así.

– Yo, espera –ella, con su bolso colgado en el hombro, volteó y su mirada tajante me heló–. ¿Qué te pasa?

– ¿Que qué me pasa? ¡No seas imbécil, Takaishi! –su voz se quebró y se tapó el rostro. Me acerqué más a ella.

– ¿Es por lo que dijo Kari? ¿Te molesta? –me miró unos segundos y luego negó con la cabeza. Se limpió los ojos y las mejillas con la contra palma de su mano derecha y se puso los lentes.

– No. No me molesta. De hecho no sé porqué reaccioné así. No me hagas caso –se giró hacia la puerta y la tomé del brazo.

– Espera.

– ¿Qué? ¿Qué quieres, Takaishi?

– Quiero saber porqué diablos te pones así –sin darme cuenta había alzado la voz. Me sentía furioso, confundido, inestable.

– Te lo voy a decir. Pero posiblemente sea lo último que te diga por el resto de mi vida.

– ¿Eh? ¿De qué hablas? –se acercó a mí y, sin quitarme la vista de encima, me tomó del rostro e intentó besarme, apenas sus labios rozaron los míos me aparté, tomándola de las muñecas la separé de mí. Su rostro se puso rojo y comenzó a llorar nuevamente–. Yo... ¿qué haces?

– Estoy enamorada de ti, TK. Llevo ya tanto tiempo sintiéndolo y no iba a aguantar un día más sin que lo supieras –sus palabras me dejaron el shock. ¿Enamorada... de mí? ¡Pero eso era imposible!

– Yo, no... tú eres mi mejor amiga y... –ella asintió y se mojó los labios.

– Y tú sientes algo por Kari, ¿no? –y aquella confesión terminó por dejarme petrificado. Ni yo mismo me había planteado aquella idea. ¿Kari? Kari era una desconocida comparada con Yo, aunque...–. Ya no puedo ser tu amiga, TK. No mientras siga sintiendo algo por ti sin que sea correspondido. Por eso, si ahora no me dices que me quieres, voy a salir y te pido que no me busques, por favor –sus palabras eran fuertes y resonaban en mi cabeza haciendo eco por todas partes. No terminaba de asimilar una situación y ahora tenía otra y decidir así nada más... no podía. Agaché el rostro y apreté los puños sintiendo una gran rabia y confusión en mi estómago.

Yolei se dio la media vuelta y, tras un portazo, desapareció. Yo me quedé ahí de pie creyendo que aquello era una broma y era cuestión de segundos para que volviera riéndose y echándome en cara que era un idiota. Pero no fue así. Mi amiga no regresó y la densa oscuridad vistió mis entrañas.

Pero esa emoción me duró poco tiempo pues al volver a la habitación vi a Kari, a punto de salir, iba completamente desnuda y al encontrarme con sus ojos éstas lunas marrones brillaron al ritmo de una sonrisa.

– Kari... ¿qué...? –se puso de puntitas y me besó. Su diminuto cuerpo se pegó a mí pero me separé.


Me acerqué nuevamente a besarlo y ésta vez TK cedió. Sus manos apretaron la parte de mi cuerpo que conecta las piernas con el torso y sentí humedad en la máquina inferior colocada en la entrepierna. Él se quitó la camiseta que llevaba y toqué su pecho. Era firme, duro... a diferencia del mío.

Me fue empujando hasta que dimos a la cama y me acostó. Seguida por mi impulso me moví hasta que él estuvo acomodado sobre mí. Su temperatura era más alta que la mía. Yo no podía apartar mis labios de los suyos, era mil veces mejor que el fermio.

Fue besándome las mejillas, el cuello, un poco más abajo...

– ¿Qué haces? –pregunté cuando él se separó abruptamente y se movió a un lado.

– No puedo, Kari. Lo siento.

– Podemos ver el vídeo que puse para que veas cómo hacerlo –él se quedó viéndome fijamente y después empezó a reírse, primer tranquilo, luego más fuerte hasta que se apretó el estómago y se dobló sobre la cama–. No entiendo que...

– Ven acá, saltamontes – estiró un brazo y me tomó del rostro acercándome al suyo para besarme. Nuevamente sentí la máquina de la entrepierna encenderse y como si él lo hubiera detectado se separó–. No hoy, Kari. No así –seguía sin comprender qué quería decir. Comencé a marcar con mi dedo índice sus pecas, trazando líneas imaginarias por sus mejillas como si fuesen constelaciones. Él se quedó quieto y sonreía.

– Necesito reproducirme contigo, TK –dije acercándome a sus labios.

– ¿Necesitas? –se alejó hasta sentarse sobre la cama pero sin quitarme los ojos de encima. Yo asentí.

– Para evitar la enfermedad. ¿Tú conoces acerca de eso? –hubo un largo rato de silencio hasta que él exhaló.

– Sí sé de qué hablas –sonreí.

– Tan sólo quiero que me ayudes para no enfermarme –acarició una de mis mejillas y presionó con su pulgar la comisura de mis labios.

– ¿Eso es todo lo que quieres? ¿Que me acueste contigo para que no te enfermes? –yo asentí sintiéndome emocionada. ¡Al fin me entendía! Pero...

– TK, ¿qué pasa? –se levantó y volvió a ponerse su camisa. Me arrojó un pedazo de tela que usaba para cubrirme el cuerpo por las noches y no supe qué hacer con él.

– Vístete, Kari. La tía Claire llegará pronto –y sin decir más caminó hacia la entrada y salió sin siquiera voltear atrás.