NOTA SUPERIMPORTANTE:

Los capítulos serán largos casi siempre. Entiendo que a veces da pereza leer, así que recomiendo que, si son de esos, lean un punto de vista al día o así y me dejen un comentario que dé cuenta de que leyeron en seis días más. Por favor, no gasten sus energías en una review del tipo «me gustaron todos los tributos, no me disgustó ninguno, yo sería amiga de todos y no sé de cuál lo sería mi aliado», porque eso no da cuenta de nada, no me dice nada de nadie. Asumiré que no han leído y solo han comentado para hacer sobrevivir al tributo, ¡y eso no está bien!

Modo pesado, mandón y Snow apagado. Jajaj. ¡Espero que disfruten!


Alexander Rheon – veintiún años – distrito 7

«Todos nos estamos preguntando cómo se hizo esa cicatriz de la cara o el morado en su pómulo (…) lo que más me intriga es esa sonrisa y esa mirada desafiante, ¡Este tributo promete en serio, amigo Caesar!»

Claudius Templesmith, presentador de los Juegos anuales del hambre.


–Hola, ¿Sabes que hoy es la cosecha?

La muchacha me miró, en silencio, y asintió con su cabeza. Estábamos separados por una cerca de madera que delimitaba el perímetro de su casa, ella tendía la ropa y yo estaba fuera, con las manos en los bolsillos, mirándola.

–Ahora no solo tú puedes salir cosechada, sino tu madre, tu padre… hasta yo –seguí.

Su labio inferior tembló un poco, mientras se le caía al suelo una camisa horrenda de las que lucimos la gente pobre del distrito. Se apresuró a recogerla, mirando al piso.

–¿Quieres coger?

Ahora sí me miró a los ojos, perpleja. Tenía lindos ojos marrones, pensé.

–¿Disculpa? –Preguntó, confundida. Seguramente no entiende, pobre criatura.

–Que si quieres coger –dije, vocalizando mucho para hacerme entender–: ya sabes, puede que no estemos aquí en la tarde… puedo llevarte a mi casa y lo hacemos…

–¡No!

Retrocedió, espantada, dirigiéndose hacia la casa. Me acerqué más y comencé a aporrear la cerca, queriendo atraparla; seguramente iba a ceder. Todas se ponen así pero después cómo gozan cuando las abro.

–¡Jason! –Gritó la chica, en dirección al interior–: ¡Jason!

Casi conseguí romperla, o algo, cuando por el alboroto salió un chico alto, de cabello corto y erizado y piel clara. La jovencita me señaló con espanto, murmurando algo entre balbuceos, así que el joven –su hermano, sin dudas– salió a enfrentarme.

–¿Qué te pasa, hijo de puta? ¡Largo de mi casa!

–Tranquilo, solo quería pasarla bien con tu hermana –le respondí, algo desconcertado. Como si él no hubiese ligado nunca, qué mierda.

Intentaba encontrarle sentido a todo aquello cuando un enorme puño se me estampó en el pómulo, haciéndome ver las estrellas. Sentí dolor, y retrocedí un par de pasos por el impacto, pero después se volvió todo rojo. Ese miserable cabeza de cactus, lo iba a reventar…

Estaba dispuesto a ello, hasta había agarrado al tipo por la camisa (tan horrible como la que estaba colgada)cuando escuché un carraspeo a mis espaldas, seguido por una pesada mano en el hombro. Me giré, sorprendido.

–¿Qué pasa, Alex? –Dijo una voz paternal.

–Estaba molestando a mi hermana, señor –el tipo que me pegó.

–Casi me destroza la cara –me quejé–: pienso molerlo a pat…

El agente de la paz, que no me pregunten cómo se llama ni quién es, reafirmó el agarre sobre mi hombro, mirando al otro tipo tranquilizadoramente.

–Qué pasa, Alex, ¿te gusta pasar las noches bajo la sombra? –Me preguntó, arrastrándome lejos de los dos hermanos y la casa–: no pues, ya hablamos de eso, ¿Quieres dormir en una celda de nuevo?

–No, señor.

«Pero él me pegó primero», quise agregar, aunque obviamente no me iba a creer.

Me dejó cerca de la plaza del distrito, para que comiera algo y estuviera rodeado de gente («Que pueda cuidarte», dijo). Estaba tan cabizbajo y enojado que ni siquiera fui saludando con la mano a las cámaras que siempre hay instaladas en las calles, encargadas de vigilarnos. La «nona» me contó que las habían puesto después de la rebelión del Sinsajo, cuando ya se instauró la paz. Era para tenernos más seguros, decía siempre, porque nadie sabía cuándo o cómo los rebeldes podían volver a las andadas. El sistema funcionaba, al menos siempre me descubrían cuando me metía en problemas. A veces, me preguntaba cómo sería estar trabajando en eso, mirar lo que registran a cada hora. Sería un trabajo solitario bastante acorde a algo que me gustaría, aunque el mío no estaba nada mal. Cortar, cargar, llevar. Cortar, cargar, llevar. Cortar, cargar, llevar. Cortar…

Al final encontré una dama para que me hiciera compañía, en un local de mala muerte, bastante alejado del centro, que suelo visitar. Se llama «Las chicas de la Sirena», aunque nunca he visto una, y pocos saben por qué tiene ese nombre. La rubia a la que hice gozar estaba preocupada por la cosecha, igual que todos.

Después de eso, hice la misma caminata hacia el centro y comí algo por ahí. Ya la gente se estaba reuniendo en la plaza del Distrito, algunos estaban llorando y otros retorcían cosas, como pañuelos, hilachas de sus ropas o sus propios cabellos. Me acerqué a un agente de la paz para que me dejara presente. Ahora tenían unas listas enormes porque, por este año, el vasallaje decía que los más grandes también participábamos en los Juegos. En una media hora, todo estaba lleno a revosar. Habían muchas familias, personas solas, acompañadas por amigos… se sentía una gran euforia cuando la escolta, una mujer joven con la piel morena, se hizo presente. También estaba el alcalde, el señor Skiner, que dio su discurso con la voz algo temblorosa. Se me escapó una sonrisa al recordar que él también podía salir cosechado este año.

…y por fin dijeron el nombre de la muchacha afortunada. Se llamaba Pancy algo; por suerte soy bastante alto para haberla visto despedirse de sus parientes, una mujer mayor la tenía sujeta y no la dejó avanzar por un momento. Era guapa, como de unos dieciséis años, con un largo vestido de cosecha y el pelo rojo. Qué gracioso, pensé que iba a salir alguien más grande.

Entonces fue que dijeron mi nombre. «Voy a los juegos del hambre», pensé, sonriendo, mientras empujaba a esa masa extraña que me aprisionaba en la mayoría. Avancé, algo agitado, hacia el escenario; unas cámaras, más grandes que las que hay en las calles, me observaban. Dediqué una enorme sonrisa. Y no sé por qué, créanme o no, recordé a mi «Nona»; ella, que a falta de mi madre, me cuidó; ella, que me decía, «Ay, este muchachito malportao», o «Ay, pichoncito, pórtate bien…».

Pues no, «Nona», me voy a portar muy, muy mal...


Mona Tukerton – diecinueve años – distrito 11

«Esas coletas, que le dan aspecto de niña, podrían hacernos subestimarla… ah, ¡no cometamos ese error!»

Caesar Flikerman –anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Mona Tukerton, dijo el escolta, un hombre cuya hermosura era falsa a todas luces. Esa soy yo, los que me conocían me miran, los que no, me buscaban.

El brillante sol me llegaba en la cara, y con todos apretujados en la enorme plaza provocaba sofoco, calor y mal estar, pero no es eso lo que me hacía sentir así de mareada y con ganas de vomitar. Es mi pesadilla hecha real, el que mi nombre saliera en la cosecha. Quería llorar, madre mía. Quería llorar.

Fue pensar en esa frase, «madre mía», recordar a mi madre, cuando todos se me vinieron a la cabeza. Mamá, papá, Tonya, Henry… y justo cuando algún agente de la paz se disponía a venir a buscarme, fui yo quien avancé hacia ellos, temblorosa. Ignoré el grito de mi hermana Tonya, no hice caso a las imágenes de Violet, Andie y Ronnie abrazadas, llorando por mí. Estaba segura de que si me atrevía a mirarlas, iba a caer yo también presa del llanto.

–¡Déjame decirte que eres un encanto! –Gritó Matthew, el escolta, por el micrófono. La cámara me enfocó con mucha más nitidez–: esos labios, encanto, ¿son operados? Lo único que te arruina es ese desastre de pelo…

Hablaba de mis labios carnosos, gruesos y que lucen sonrientes casi siempre menos ahora, y de mi pelo, ensortijado, que uno en dos coletas. No supe qué decir y miré al suelo, sin importarme nada de eso cuando mi peor temor estaba frente a mis ojos.

–¡No seas tímida! ¡Bríndenle un gran aplauso a esta valiente chica, Mona Tukerton!

Pocos aplaudieron, y no me lo pude tomar a mal. Desde el escenario tenía una vista bastante buena de la enorme plaza, repleta de personas, mirándome con ojos más bien tristes y compasivos. Nadie estaba unido por edad ahora, menos mal pues era una tontería y un desperdicio cuando las familias lo que más querían era estar juntos. No puedo ver a Tonya, que seguramente estaba abrazada a mamá, o a mis amigas, ni siquiera a Henry. A quien sí pude ver bien es a Chloe Carson, la única vencedora que tiene el distrito, que me observó con una mirada firme.

Esos ojos me decían que habían visto muchas muertes. Nuestra antigua vencedora, que había ganado sus juegos antes de la Rebelión del Sinsajo (ya no recuerdo cuáles) murió hace tres años. Mi amiga Ronnie, cuyos padres tienen ideas un poco peligrosas, decía siempre que menos mal no nos habían arrebatado también a nuestros vencedores cuando la guerra se perdió. Yo no sé qué pensar, siempre me ha parecido que Chloe sufre mucho como está.

Le di la mano al tributo, Matthew lo halagó tanto como a mí y un agente de la paz me tomó del brazo para llevarme al edificio de justicia. Me sentía tan aturdida que no fui capaz de preguntar nada ni de hablar, cosas que siempre hacía. También tenía dentro mío una enorme culpa, pesado como el mismo sol. El año pasado mismo, en esta fecha, con un grupo de amigos celebramos por todo lo alto que habíamos pasado el último año de ser elegidos, que no tendríamos que preocuparnos más por los juegos del hambre, al menos hasta que tuviésemos hijos. Esa noche me emborraché y besé a Henry... esa noche fue tan...

«Pero ni siquiera pensaste en los pobres chicos que habían perdido su casa para siempre, ¿eh? Ni en sus familias», dijo una voz molesta en mi cabeza. Mientras ingresaba al fresco edificio de justicia, volví a sentir unas imperiosas ganas de llorar. ¡Fui una vil y asquerosa egoísta! ¡Y justo ahora que tengo diecinueve... pasa esto!

El agente de la paz, silencioso y duro, me dejó en una salita del segundo piso y salió. Sabía que iría a buscar a mis seres queridos y traté de aguantar las lágrimas, otra vez. Para cuando llegaran papá, mamá y Tonya, debía estar calmada...

La puerta se abrió precipitadamente y Tonya se tiró a mis brazos, llorando. Su carita, de piel tan oscura como la mía, estaba bañada en lágrimas. Tenía catorce años ya, pero a veces me parecía la misma niña pequeñita que reposaba en la cama de nuestros papás. La abracé como si no hubiese un mañana… porque bien podía no haberlo.

–Has sido tremendamente valiente, Mona –dijo la voz severa de papá.

Ambos recordamos mis vómitos en las mañanas de las cosechas, algunas crisis de llanto, mi terror a salir elegida. Cuando me envuelve entre sus brazos, sabemos que ninguno llorará, por amor al otro.

Mamá sí que lloró, pero también me abrazó y es ella la que empezó a tirar hacia arriba de mí, hacerme ascender de este pozo en el que parezco estar.

–Tienes muchas virtudes, aprovéchalas, cielo –me dijo.

Y cuando se acabó el tiempo y mis tres mejores amigas ingresaron a la salita, en eso estaba pensando. En cómo aprovechar mis ventajas, qué ventajas tenía, siquiera, y si iba a poder salir con vida. No podía resignarme. Andie lloraba desconsoladamente; Ronnie tenía un fulgor en sus ojos, probablemente de rabia rebelde en la que no me quería involucrar. Pero Violet me ayudó a armar una especie de estrategia, en la que tenía que aprovechar mis habilidades sociales y mi buena forma física.

–Porque no te puedes dejar morir –Dijo, tomándome la mano, angustiada–: el pobre Henry tiene el corazón roto ahora.

Así era, en efecto. Cuando mis tres amigas se fueron, Henry entró solo. Parecía como si se le hubiese muerto algún familiar, y con un sobresalto comprendí que bien podía ser eso lo que estaba sintiendo.

–No me des por muerta aún, tonto –dije, dando un paso amenazante hacia él, aunque era de broma–: todavía quiero llevarte de cabeza un tiempo más.

Él me estrechó entre sus brazos, y me encantó sentir su aroma familiar. Casi podría quedarme así para siempre, pensé.

–Espero que en esos horribles desfiles no… te desarmen… las… coletas –masculló, dando un suave tironcito de cada una mientras hablaba.

–Siempre pensé que te parecían feas –lo chinché–: al menos molestabas dos veces por semana para que cambiara de peinado.

–Era broma –reconoció, como sabía que haría–: En realidad me encantan. Te estaré esperando, ¿Bueno? Yo… quería darte algo.

Sabía qué sería. Primero, porque nos conocemos bastante bien y también porque si estuviésemos en papeles intercambiados, le daría algo parecido. Desenlazó de su muñeca la bonita pulsera verde con detalles que le regalé, la que hice yo misma trenzando vegetales, y la puso en mi mano.

–Para que te recuerde a casa –susurró en mi oído–: y nunca te rindas.

–Ni pensaba hacerlo –susurré, casi en un arrullo–: pienso volver. Ya con las chicas estábamos diseñando una forma.

Él abrió sus ojos como el caramelo, mirándome fijo. Vio la verdad en los míos.


Julian Felow – veintisiete años – distrito 12

«Felow… ¿no te suena ese apellido, Caesar? ¿No te recuerda…? Bueno, como fuere, ¡tenemos una persona fuerte para el distrito 12, por una vez! ¡Quizá la suerte esté por fin de su lado!»

Claudius Templesmith – copresentador de los Juegos Anuales del Hambre.


Maria, mi hermana, me había invitado a almorzar con ella y su familia. No solía hacerlo, en parte porque soy un poco huraño y especialmente porque me amaba y respetaba mi soledad. Sin embargo, no tengo dudas de que desea que coma con ellos muchas más veces de las que me invita y tal vez yo aceptara más si me las ofreciera. Pero ninguno pregunta ni dice nada, asumiendo que estamos cómodos así.

Vivía en una casa de la Veta, es cierto, pero tenía más de lo que llegamos a poseer en nuestra tormentosa infancia. Sus hijos, o sea mis sobrinos, tenían el cabello negro y los ojos grises, al igual que mi cuñado, pero nosotros no. Porque no somos del Distrito 12 y se nota en ella más que en mí. En sus modales refinados de princesa, en cómo tiene su casa limpia aunque sea humilde, en ese modo ligeramente afectado de hablar que aún le queda…

«Bastardos», pienso, parándome frente a una de las cámaras diminutas apostadas en las calles, encargadas de vigilarnos. Si no lo grito con todas mis fuerzas, rasgándome la garganta, es por dos razones: ya me acostumbré y aprecio mi lengua. Odio al Capitolio. Es irónico, considerando que nací allá y viví en sus magníficas calles los tres primeros años de mi vida. Algún día será el momento de contar mi historia, hoy no creo que lo sea porque como supondrán salí cosechado y es más importante que conozcan que soy más que un nombre en una urna de cristal, pero tiene sabor amargo. Un sabor a ejecución pública, lenguas cortadas, exilio y trabajos forzados. En fin.

Cuando llegué a casa, fue Julian quien salió a recibirme. Tenía cuatro años y tanto mi hermana como su esposo convinieron en nombrarlo en honor a mí, lo cual me emocionó de sobremanera aunque intentara no demostrarlo. En fin, se me tiró encima y me mostró su nuevo juguete, una especie de trompo de madera que le hizo mi cuñado. A veces me sorprendía que, trabajando seis días a la semana y librando solo uno, pudiese ser buen padre, buen esposo, buen amigo y trabajador todo en un hombre. Ojalá yo pudiera, creo que podría si no estuviese tan cabreado de la vida.

Es que hacer de nuevo el distrito 12 con cortos ocho o nueve años no es cosa para tomarse a broma.

Después de darle un apretón a los dos hijos restantes de Maria, estrechar la mano de mi cuñado y besar a mi hermana, puse una botella de jugo de frutas sobre la mesa. Los críos se emocionaron, pocas veces pueden tomar porque es caro, y eso le sacó una sonrisa a mi rostro. Valía la pena, llegué a pensar, todo valía la pena por verlos sonreír.

Solo que a veces creía que no.

Comimos un almuerzo delicioso, aunque humilde. Todo habría transcurrido con normalidad, pero hasta los niños sabían que algo raro estaba pasando. Maria tenía la mitad de su comida en el plato cuando lo apartó, aduciendo que no podía más ante la mirada de su marido. Éste, en cambio, no paraba de acariciar a los niños; ya a Alessa, de diez, ya a Porter, de siete o a Julian. Era obvio por qué, la cosecha nos estaba poniendo a todos sentimentales. Incluso yo no paraba de pensar en lo que pasaría si alguno de los tres saliera cosechado, qué sería de los dos restantes. No paraba de enfurecerme, siempre pensé que mis preocupaciones comenzarían cuando Alessa cumpliese doce… pero heme aquí, preocupándome incluso por mí.

«Hijos de…»

me ofrecí a lavar los platos, pero el matrimonio se negó. Ya los lavarían más tarde, dijeron. Decidimos dirigirnos hacia la plaza, iba a ser la hora y habrían filas monumentales con la expansión de edad. Los niños también nos acompañarían, eso se decidió después de un poco de deliberación, era mejor tenerlos a mano por si había que… mi hermana dijo eso. Luego, sus ojos se aguaron y no pudo continuar, pero no hacía falta.

Fue de camino a la cosecha, con los niños jugando delante cuidados por su padre, cuando Maria me dijo aquello que la reconcomía por todos aquellos meses, desde que se anunció el Vasallaje. Me hallaba pensando en cuánto había cambiado el distrito desde que llegamos ambos, asustados y enfermos de tristeza, cuando…

–Julian… –la miré, instándola sin palabras a que siguiera–: Si… si salgo cosechada… o si sale Porter… tú…

¿Cómo obligarla a continuar? Ella era mi hermana mayor, me había dado regulación, me dio sostén…

–Lo haré –la corté, suavemente.

Entonces sí, con sus hijos distraídos, se echó a llorar. Estaba aterrada.

Ya en la plaza, llena de rostros cansados, sucios y endurecidos por el trabajo, fue que miré a mi alrededor. Nuestra alcaldesa parecía sumida en el mismo nervioso horror que nos invadía a todos, mientras que nuestros dos vencedores estaban más tranquilos, vestidos bien pero con sobriedad. Siempre admiraría eso en Peeta Mellark, no era ningún presumido como otros vencedores que se ven en la televisión, además de otras cualidades como su capacidad de resiliencia. Y es que nadie podía negar, en los anuncios por la televisión o si se lo veía caminando por el distrito, que la muerte de Katniss Everdeen y otros vencedores lo había destrozado. A él no lo mataron, como tampoco al genio del distrito 3 cuyo nombre no recuerdo. Peeta era demasiado querido, no era rebelde y había que darle una lección. No sé con qué le habrían chantajeado para seguir con vida, pero lo logró, él solo, con sus dos compañeros muertos y su amor.

Sin embargo, fue en la edición 88, cuando consiguió traer a una tributo con vida, el momento en que comenzó a vivir. Él y ella no eran pareja –al menos, que yo supiera–, pero se notaba que había cariño entre ellos. Y por un lado, me alegraba. Era bueno que en este mundo de mierda hubiese un poco más de sentimientos positivos.

Nuestra escolta era rosa, estrafalaria y estúpida. Cuando fue a sacar el nombre de la tributo femenina sentí que el cuerpo todo se me contraía de anticipación, y llegué a pensar que si sacaba el nombre de mi hermana iba a matar a la escolta. La mataría de verdad… pero, por suerte, no fue Maria la escogida. Seré egoísta, con toda seguridad, pero me alivió.

Menos aliviado me sentí cuando el varón escogido fui yo.


Pancy Layton – diecisiete años – distrito 7

«Interesante… tenemos otra cosechada en la edad original de cosecha (…) ¡A pesar de sus lágrimas parece muy preparada! ¿quién no querría patrocinar a esta pequeña que parece tener tantos atributos a aprovechar?»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Todo el mundo decía que nuestro distrito era enorme, sombrío y precioso, sin embargo aquí en la plaza hacía calor. Extrañaba las nubes intermitentes que surcaban el cielo casi todos los días, nos habría venido bien. Mis papás, a mi lado, habían traído un par de botellas de agua, pero ya estaba caliente. Tía Kate tenía de sus deliciosos caramelos de miel que preparábamos juntas, y servía para distraer un poco el paladar y la lengua, pero no la ansiedad y el nerviosismo que reinaba en mi cabeza. El alcalde Skiner leía el tratado de los días oscuros, más mecánicamente de lo habitual, y pese a que en la mayoría de años sus tres hijos tenían menos posibilidades que cualquiera de ser elegidos, sentí pena por él porque estaba, por primera vez, en la situación de todos. Nuestra escolta, Coco Chambers, o «Madame-Coco» tomó su lugar, feliz y tambaleante, y mientras se presentaba mis ojos se dirigieron hacia nuestros vencedores, que eran dos. Martin Hanlon, con su porte elevado y los ojos sombreados por ojeras, y el vencedor más joven hasta la fecha, Roger Sicamore, que ganó su edición hace seis años cuando contaba con tan solo catorce.

–¡Y en mi mano, señoras y señores, está el papelito que contiene a la próxima elegida de este año! –Dijo Madame-Coco con su tonito afectado. No miento si digo que absolutamente todas las que estamos aquí deseamos que sea leído ya. Mi madre y mi tía se miran, preocupadas, y me siento igual–: ¡Aquí dice que es… chan, chan! ¡Pancy Layton!

Solo tuve tiempo de sentir un balde de agua fría en toda mi cara. No lo podía creer, con tantas personas en el sorteo… ¿cómo yo justamente había sido elegida para morir? Sentí cómo alguien me sujetó por el hombro y sorprendida, miré que se trataba de un hombre, y también que estuve a punto de caer. Mamá me miraba todavía, incrédula y a papá se le cayeron las botellas de agua. Pero mi tía Kate…

Se dirigía rauda al escenario. Sabía lo que iba a hacer, lo sabía como que me llamo Pancy Layton, apicultora de oficio, lo sabía tanto como los movimientos de las abejas o cómo sacarles la miel…

–¡No, tía Kate! ¡No!

Por suerte, alcancé a detenerla a tiempo. Mientras todos miraban, estupefactos, la tomé del brazo y la retuve. Ella lloraba, temblaba y susurraba palabras inconexas, como «mi pequeñita» y «No, no, no, no». Por suerte, gente de mi distrito consiguió detenerla, habría odiado que esos idiotas de los agentes de la paz le pusiesen las manos encima. Así que, con paso tranquilo, subí al escenario junto con Coco.

–Ay, pero pequeñita, ¡no llores! –me recriminó suavemente, al rodearme con un brazo.

No me había dado cuenta, pero lágrimas silenciosas rodaban por mis mejillas quemadas por el sol. Las limpié, furiosa, e intenté calmarme como pude, aunque, diablos, era difícil. Traté de localizar a mi tía y mis padres entre el gentío, sin conseguirlo.

El chico cosechado se llama Alexander Rheon y es como 45 centímetros más alto que yo. Madame-Coco está encantada con él, la cámara lo enfoca muchísimo más que a mí y parece ganarse el espectáculo.

–¿cómo te hiciste esa moradura del pómulo, encanto? –Le preguntó, casi eufórica.

–No te importa, perra –Le contestó mi compañero, hosco–: solo te diré que el otro quedó peor.

Después de darnos la mano, los vencedores se acercaron a nosotros. Era raro verlos tan de cerca… lo habitual era que salieran por televisión o encontrárselos por ahí. Martin dijo que nos llevarían al edificio de justicia, que estaba por suerte cerca, para que nos despidiésemos de nuestros familiares.

–Yo no tengo a nadie de quién despedirme –Dijo Alexander, con una gran sonrisa–: así que llévenla para allá a ella no más. Si igual será la última vez que los vea…

«¡Imbécil, grandote estúpido, idiota…!» Pensé, furiosa. No tanto porque yo misma estuviese pensando en eso, sino porque… ¿quién se creía al menospreciarme? Sin embargo, no dije ni hice nada. Mis ojos verdes se clavaron en el piso, imaginando que asesinaba con la mirada al enorme ese.

Roger Sicamore fue el escogido para llevarme al edificio de justicia, seguidos por un par de agentes de la paz. Caminábamos en silencio, las lágrimas ya no surcaban mi rostro pero aún me hallaba impactada. La sombra del edificio fue refrescante pero no me produjo ningún alivio, todavía sentía que era una terrible pesadilla. En el segundo nivel, en una salita decorada con más gusto que mi casa y sillas forradas con un material suave, fue que Roger por fin habló.

–Escucha, Pancy –por alguna razón me hizo sentir bien que recordara mi nombre–: es hora de que recojas tus lágrimas y pienses en lo que viene. Tu familia estará aquí dentro de nada… y tienes que darles esperanzas y consolarlos.

–¡Pero… voy a los juegos del hambre! ¡Yo… probablemente… como ese idiota, digo, Alexander dijo…! –Me exalté un poco, debo admitirlo. Él acarició mi hombro tostado con una de sus manos, tranquilizador.

–Escucha… no le hagas caso a ese sujeto, no es hora de hablar de estrategias todavía, pero… debo decirte algo, Pancy. Tu tía fue inyectada con un tranquilizante, tu padre está hecho un mar de lágrimas y a tu madre… ¿entiendes lo que te quiero decir? –hablaba rápido, pero su voz me transmitía calma–: tú podrás comer bien, Martin y yo te cuidaremos y diseñaremos juntos una estrategia pero…

–Entiendo, por favor… no siga –me aguanté las lágrimas como pude.

–Buena chica –Roger me dio un beso en la mejilla húmeda, con una sonrisa muy triste–: sabía que lo entenderías.

Y sí, lo entendía. Yo podía arreglármelas para sobrevivir o no, podía luchar o no, pero mis padres y mi tía ya estaban sintiendo que perdieron a su hija. No podía permitirme dejarlos tan tristes, sería injusto de mi parte… además, no debía rendirme sin pelear.

Así que cuando llegaron los tres, e ingresaron al mismo tiempo, me vieron más compuesta y sonriente. Tía Kate aún estaba drogada y hablaba lento, pero me alegró por lo menos haberla visto una vez más. Fue ella quien me dio mi sombrero, el que utilizaba en mi trabajo con las abejas. Y fue mi madre, igual de pelirroja y pequeña que yo, joven y hermosa todavía, quien le quitó la red protectora del rostro.

–Para que puedas llevártelo, Pan –me susurró, besándome.

Sentía las lágrimas en la garganta, pero evité soltarlas.

–Te lo regresaré cuando vuelva, tía Kate –dije, en voz clara. A ver si me lo terminaba creyendo.


Dorian Clearwater – veintisiete años – distrito 4

«¡El distrito 4 nos sorprende sin voluntarios pero no me quejo! Ya llevan varios años con esa dinámica. ¡Dorian se ve demasiado impasible! Debe ser una caja de sorpresas, ¡ya quiero desentrañarlas!»

Claudius Templesmith, presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


–¿Qué hay para comer, Papá Dorian? –Preguntó Lee, entrando a la cocina seguido por su gemelo, Will.

–Adivina… –le guiñé un ojo.

–¡Es pescado frito! –gritó Luke desde el dormitorio, arruinándolo todo.

–¡Otra vez pescado! Guácala –Se quejó William, arrugando su nariz–: quisiera comer carne de vaca…

Sabía que no lo decía con mala intención –es un niño de seis años, así que en él no existía– pero eso me hizo sentir un poco triste. La carne de vaca era más cara, con Luke queríamos comprar pero al final decidí que mejor no. Estábamos ahorrando para una casa más grande, en la actual solo había un dormitorio, la cocina y una pequeña salita. Luke quería sacar un poco de ese dinero, a lo que me negué en redondo. Si seguíamos sacando y sacando, le dije, al final nos íbamos a gastar todo. Cedió, por suerte, aunque sea un poco obsesivo con eso sabe que tengo razón. Así que habría pescado de nuevo.

–Bueno, hoy te lo hice frito, es una novedad –me reí–: tal vez podamos tomar una leche de coco en la tarde.

Ambos se fueron gritando, entusiasmados, por la leche de coco. No eran difíciles de encontrar y eran gratis, lo que no se podía decir de muchas otras cosas. lamentaba no poderles dar más, en cierto modo era terrible hacerlos crecer con tantas privaciones. Mi infancia fue más o menos así, pero feliz. Mis padres murieron en la Rebelión del Sinsajo, peleando por el bando del Capitolio, así que Denis, mi hermano dieciséis años mayor que yo, me cuidó como si fuese su hijo. A veces pienso que estaríamos mejor si no nos hubiésemos rebelado, habría más personas vivas, no tendríamos esas horribles cámaras husmeando cada movimiento que hacemos, tal vez la presidenta Grant no mandaría a los recaudadores cada dos meses para supervisar el traslado de mercancías. Denis, mi hermano, me decía que las cosas estaban mejor antes de la Rebelión… y quizás. Si hubiese una, yo no me sumaría, ni a un bando ni a otro, por mis hijos. Ya se vivió una situación peliaguda, con la muerte del antiguo presidente Coriolanus Snow. El Distrito 1 se levantó en armas y lo mismo hicieron el 3 y 7, pero murió rápido. Tres años habían pasado de eso y Boadicea Grant seguía arriba mientras nosotros estábamos aquí abajo.

Cuando terminé de cocinar el almuerzo, llamé a los tres.

–Huele delicioso, aunque sea pescado como siempre –dijo Luke con sorna, besándome en los labios suavemente.

–Si quieres, te puedo dar otra cosa de comer más tarde –respondí, con una enorme sonrisa de suficiencia. Luke enrojeció un poco.

–Pervertido, que están los niños –me pegó suavemente en el hombro.

–Los podemos dejar con Denis esta noche, ¿qué te parece?

A él le pareció bien, claro estaba, y a los niños más todavía. Adoraban a su tío y era mutuo, los gemelos se la pasaban bomba en su casa… obviamente, porque allí hacían lo que querían, sin el papá Dorian malo y aburrido, según ellos.

Después de almuerzo, nos fuimos rumbo a la plaza del distrito. De camino nos encontramos con unos compañeros de trabajo, que pescaban y limpiaban peces igual que nosotros. Ah, yo también sé reparar barcos y artilugios de pesca, pero a lo primero me dedico más asiduamente porque da dinero más constante. Se notaba la ansiedad por la cosecha, aunque varios de nosotros estuvimos en la academia que nos preparaba para ir a los Juegos del Hambre, incluyéndonos a Luke y a mí. Obviamente, nunca nos presentamos voluntarios porque estaríamos en la zona de los vencedores o muertos.

Por desgracia, llegamos tarde, cuando el alcalde estaba leyendo su discurso, y nos ganamos miradas ceñudas (pero cansadas) de los agentes de la paz. La plaza estaba repleta y hacía un calor de infarto. Los niños, vestidos con ropa ligera, no se resintieron tanto, pero por poco me sacaba la camisa allí mismo. Sí, pagar por la rebeldía y lo que quieran… sí… comencé a bromear con Luke para rebajar la tensión, ambos estábamos inquietos por lo que fuese a pasar con nosotros, o con Denis, o nuestros conocidos. Esta sensación era demasiado angustiante y lo que más quería era que terminase pronto. Diablos, hasta compraba la mugrosa carne de vaca esta noche, qué importaba.

La tributo femenina es Franziska ***, y se notan de ella dos cosas: una, su prestigio, pues está vestida con fastuosidad, aunque en absoluto con elegancia. Y la segunda, su influencia capitolina, ya que… su piel es beige. No es que sea morboso, ni nada por el estilo, pero a simple vista me parece que es una mujer que tendría muchas cosas que contar si uno se sentase a escucharla, y solo le concederán tres minutos.

–Quiero pedir una cosa –le quita el micrófono a la escolta, sin ceremonias, y casi desde aquí puedo ver sus uñas maquilladas de diferentes colores–: odio el apellido de ***, ¡así que más les vale que no me vuelvan a llamar por él! –sacudió su cabeza, por lo que su melena rubia osciló, hasta su pelo parecía furioso–: Quiero que me llamen «la Sirena», ¿me entendieron?

Nuestra escolta asintió, ¿qué mmás podía hacer? Y entonces la situé, era esa «sirena».

–El tributo masculino tendrá suerte, tal vez si pague un poco pueda… –le susurré a Luke, que me miró escandalizado. Fue el último chiste que compartimos antes de que saliera elegido mi nombre.

–¡Dorian Clearwater!

Qué demonios… esto es malo. No, es terrible.

No pude hacer otra cosa sino besar con fuerza a Luke en la boca, sabía que podría verlo en las despedidas pero lo necesitaba ahora. Tomé a Will y Lee en mis brazos y los abracé también, partiéndome el corazón cuando, seguramente sin saber bien por qué, empezaron a llorar. Tuve que irme al escenario, con un rostro impasible, pero solo porque me sentía aturdido. Yo, a mis veintisiete, padre de familia, en los Juegos del Hambre. Qué mierda.

Me acordé de tantas cosas… sonreí, era irónico. Y le guiñé un ojo a las cámaras… yo, sin ser rebelde, con padres que apoyaron al Capitolio, aquí… habría sido una broma divertida de no haber sido el protagonista.


Astrid Heckler – treinta y tres años – distrito 2.

«¡Y una voluntaria para el distrito 2! ¡Pero qué agallas, las de Astrid! Se la ve sonriente y orgullosa, ¡Ya tendremos que investigar a qué se dedica y cómo tiene ese cuerpo tan preparado!»

Caesar Flickerman – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


–¿Estás segura? –Preguntó Dave, mi marido, mientras la alcaldesa lee el tratado de la traición. Al ver mi cara de ligera exasperación, se corrige–: ya sé, ya sé. ¿Pero podría disuadirte diciéndote que me voy a morir de preocupación?

Negué con la cabeza, haciendo que mi cola de caballo se balancee. Lo miré, un poco desafiante, pero sin poder evitar demostrar la ternura y el amor que siento por este hombre.

–Sabes que siempre quise hacer esto –dije, en un susurro. A mis dieciocho no estaba preparada, había una chica mejor que yo y a ella la eligieron como voluntaria. Murió–: y ahora… la oportunidad se me presenta otra vez. Entiéndeme, cariño…

Él asintió, abrazándome. Mis cuñados están un poco más allá, les sonrío confiada. Kadet, mi cuñado (por parte de mi esposo) me levantó el pulgar. No sabía si estaba tan seguro como yo, pero desde luego me apoyaba. Ser entrenadora de agentes de la paz me facilita el acceso a los gimnasios, las armas y todo lo que tenemos en el subterráneo de la montaña, y si bien es cierto, hasta allí han llegado las cámaras, nunca hemos tenido mayores problemas para entrenar cuando hemos querido. Excepto por el nacimiento de mi sobrino, hace ya cuatro años, cuando dejamos de escaparnos tanto para pelear pues Kadet tenía que fungir de padre.

–Pero… Astrid, cuídate mucho –me dice, mientras la escolta hace acto de presencia. Para que deje de hablar, le beso en los labios brevemente.

Evidentemente que los extrañaré a todos estos días, a mis alumnos, mi esposo, mis cuñados y a Gave, mi pequeño sobrino, pero es algo que quiero hacer. Tengo años de entrenamiento por ser instructora, y… es como que quedó un capítulo inconcluso en mi vida, el no haberme podido presentar. Además, hay algo que quiero lograr, y no tengo ni el dinero, ni los medios suficientes… quiero tener un hijo o dos.

–¡Y nuestra tributo es… Jenny Blake! –dice la escolta, con voz potente.

Jenny es una chica joven, de unos veintipocos años. Nunca la he visto por la academia, así que debe trabajar en otra cosa. No alcanza ni a subir, cuando me desenlazo de mi marido, le revuelvo el pelo al pequeño Gave, en los brazos de Kadet, y grito alzando mi brazo:

–¡Me presento voluntaria como tributo!

La multitud enloqueció. Había ansiedad, un poco de miedo tal vez (imagino no tanto como en otros lugares, pero aún así se experimentaba esa sensación pegajosa del miedo). Sin embargo, en ese momento todos lo olvidaron. Alguien comenzó a gritar «¡Astrid! ¡Astrid! ¡As…trid!», y otro alguien se le sumó, de repente todos coreaban mi nombre. Mareada por la euforia, con mi coleta balanceándose tras de mí, subí al escenario bañada por la gloria, con una enorme sonrisa que marcaba mis hoyuelos. Casi subiendo, escuché a un agente de la paz, de unos veinte años más o menos, diciendo con una risa: «¡La profe!», y cuando lo miré me di cuenta de que era Frankie, que me dio problemas por un año entero por lo bruto que era. Ahora mismo podría amarlo.

La escolta dejó que el alboroto se prolongara un poco más, hasta que carraspeó para acallar los gritos. Disciplinados como somos, se silenciaron al acto, con ansiedad por ver quién nos representaba por el lado masculino.

–¡Hans Imber-Black!

La ovación fue más fuerte, si cabía. No habría voluntarios para Hans Imber-Black, un hombre que sobrepasaba los cuarenta, alto, con su cabeza rapada y medallas decorando su camisa. Él era… era grande. Un héroe de guerra, peleó contra los rebeldes, y además de estar en la academia de agentes de la paz, era mi superior. Me resultó curioso que saliese cosechado, fue realmente una suerte… no sé si buena o mala, para mí. Es implacable. Subió serio, circunspecto y tranquilo, aunque había algo en sus ojos, un algo que me decía que habría preferido estar en su casa, besando a sus hijos para las buenas noches y acostado junto a su mujer. Insisto, no sé por qué pensé en eso, pero está. Y pueden fiarse de mi intuición.

–Hola, Astrid, así que seremos compañeros –sonrió un poco, mientras nos estrechábamos las manos–: aliados, por descontado. Confío en ti.

–Faltaba más, Hans –Hace un par de años había dejado de llamarlo «señor Imber-Black» a petición suya–: también confío en ti.

Fue bastante curioso, que nos estuvieran llevando mocosos que incluso habíamos entrenado. Para Hans, debía ser incluso más divertido, como héroe de guerra que era y que seguramente recordaba cómo esos serios jóvenes vestidos de blanco lo habían halagado hasta casi perder la dignidad cuando tenían como cinco años menos. En fin, Frankie estaba encantado conmigo, me iba hablando mientras nos dirigíamos al edificio de justicia; no se iba a perder los juegos, me apoyaría, «Más que al señor Imber-Black, pero es un secreto, si usted me entiende», y yo solo le sonreía.

Fue duro despedirme de Dave y los demás, pero quería aprovecharlo porque cabía la posibilidad, pequeña pero la había, de que no volviese a verlos. Así que los besé, mimé y acaricié, y menos mal que estamos fuera de cámaras porque pienso mostrarme letal. Eso les dije, y Kadet me respondió que sólo pusiera mi cara de profesora enojada para hacer a los capitolinos apostar por mí. Eso me hizo reír, debo reconocer.

A Gave, mi pequeño sobrino, le dije algo aparte.

–¿Te gustaría tener un primito, amor?

–¡Shí! ¿Vas a buscar uno, tía Atid? –me preguntó con inocencia. Era gracioso el modo en que me decía, pero tierno y genial.

–Sí, amor. Iré a buscar uno…


¡Primer capítulo de cosechas! Trece páginas en total, y no descarto que los otros sean igual de largos, como dije arriba, así que prepárense para leer jajaj. Igualmente, y otra vez como dije arriba, pueden ir leyendo un POV al día o algo de ese estilo y tomarse un tiempo para comentar. Espero que no se les acumulen capítulos con ese método…

Agradecimientos a Ludmila V (por Alexander), Dani Valdez (Por Mona), .Silence (por Julian), Gato Rojo (por Pansy), Rebe Marauder (por Dorian) y ZV (Por Astrid). No puedo negar que amé a los seis, me encantaron y espero haberlos plasmado bien, sino me dicen no más y me muero. Jajaja.

Como todo SYOT, aparte de hacerme un breve (o no) comentario acerca de cada tributo, tienen que responder unas sencillas preguntas.

Primera: ¿Cuál de los seis les gustó más? ¿Por qué?

Segunda: ¿cuál menos? ¿por qué?

Tercera: ¿De cuál serían amigos? ¿Por qué?

Cuarta: ¿con cuál de los que han visto les gustaría que se alíe su tributo?

AVISO SUPERIMPORTANTE:

Soy ansiosa y no me gusta esperar. Así que el viernes que viene (11 de mayo), estaré sorteando a los tributos que queden. Por favor, desde el viernes 11 por la noche.

¿Qué tienen que hacer? Ir a mi perfil, ver cuáles están disponibles, y mandarme un pm para reservarlos. Por favor no me manden la ficha sin reservar, me pasó tres veces que personas hacían al mismo tributo, por no mirar el perfil y por no reservar. Allí están todos, amores.

Me gustaría que haya más adultos que jóvenes, porque veinteañeros tengo muchos.

¡Espero les haya gustado y hasta pronto!