Nota superimportante: le he subido el rating a la historia, porque me ha dado la gana y porque según mi criterio, los pequeñines no deberían leer :P.

Capítulo II. cosechas 1,2,4,1,3,10.


Sapphire Rhodonite – veinticuatro años – distrito 1

«…Y aunque no se haya presentado voluntaria, ¡no tiene nada que envidiarle al resto de chicas que han salido a representar a su distrito! ¿Has visto esos ojazos, Caesar? ¿Pero por qué esa mirada tan triste?»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


–Cielo, ¿Por qué no te pusiste el vestido azul que te dejé sobre la cama? –Pregunta mi madre, Alexandrita, mirándome con cierta perplejidad. Llevaba en su lugar un vestido mucho más sencillo, de color negro.

–Mamá, ese vestido está adornado con perlas. ¿Por qué lo compraste siquiera? Es tan caro…

Mi voz suena robótica, artificial y con un tinte aflautado. Es lógico, hace más de dos años que no puedo hablar normalmente por haberme metido en el levantamiento en armas del distrito. Mis padres me compraron un aparato de cuerdas vocales artificial, haciendo peligrar el negocio por lo caro que era, pero aún así… «Es como si no hubiera pasado nada», dice siempre madre. Como si no hubiera pasado nada, pienso, cuando despierto de mis sueños donde todavía tengo la boca bañada en sangre. Nada, cuando recuerdo a Emerald, cuando me imagino cómo lo sacaron de su cama, cuando visualizo el cómo lo ejecutaron… no lo vi, no hacía falta.

Sacudo la cabeza, intentando no pensar en Emerald, mi prometido, mi amor desde que tenía dieciocho. Incluso cuando yo me había rendido, cuando estaba convaleciente de mi herida, incluso cuando permanecí encerrada pensando en mi voz perdida y en el dolor, él siguió. Siguió porque quería un mundo más justo para los distritos, él, teniéndolo todo, que nunca en su vida había pasado hambre. Y consiguió que lo ejecutaran hace dos meses…

–No nos costó muy caro a tu padre y a mí –está diciendo mamá, aunque apenas la escucho–: y combinaría tan bien con tus ojos… vamos, Sapph.

Al final, como siempre, no le hago caso. Mamá sabe que no debe insistir mucho conmigo, siempre consigo salirme con la mía y esto, como de costumbre, es más que un capricho.

–No me terminaría de sentir cómoda vistiendo de tan vivos colores estando tan reciente lo de Emerald.

Eh ahí el argumento definitivo. Mamá es muy dada a las apariencias, no le gustará que los Pearl lleguen a pensar que su hija no se tomó en serio al muchacho que prácticamente se desvivía por ella. Más aún porque es verdad, aunque ella no lo sepa, todavía lloro por las noches pensando en la boda que no fue, en el amor que nos dimos, el que ya no nos podremos dar más…

De modo que deja el tema estar, y me cepilla el pelo porque según ella, está muy desordenado. Dejo que lo haga, hasta logro sentirme complacida, pero con una base de la clásica tristeza que me acompaña desde hace un tiempo. Papá aún está en la joyería. Es día de cosecha, cierto, y no se suele trabajar, pero siempre hay que aprovechar a los capitolinos deseosos de adquirir cosas nuevas y exclusivas, y cuando hay más flujo de ellos es en la cosecha, con los cámaras, la escolta, los agentes de la paz extra… mamá y yo lo entendemos. Y si hay una voz en mi cabeza que me dice «Tu padre es un vanal, en lugar de estarse preocupando por ti y tu madre, que pueden salir cosechadas… ¿tiene tal nivel de ceguera social?», una voz que se parece bastante a la que yo misma tenía antes del ataque… la ignoro, pues no quiero tener sentimientos negativos de ellos, no hoy, cuando podría perder a alguno o bien salir elegida.

Así que comemos algo juntas, una deliciosa carne con patatas, lo más probable es que papá llegue en medio de la comida. Ya no duele tragar, está picada en pedacitos muy pequeños y además de la costumbre… nos acostumbramos a todo en realidad. Sé que algún día dejaré de pensar en Emerald, tal vez pronto se hará más soportable para mí el hecho de que una vez al año nos manden a morir, que nos roben nuestras cosas, que maten de hambre a distritos más pobres y menos útiles… tal vez algún día, tal y como me acostumbré a comer despacio. Pero no es el momento ahora, me siento incapaz de tolerarlo.

Cuando papá llega, me da un beso en la frente y acaricia el pelo, otrora rojo y hoy canoso, de mi madre. Nos comenta que Harley Pinker, nuestra escolta, compró un enorme collar de diamantes y nos dejó con una pequeña fortuna. Eso está bien, a ver si vendo a alguien el dichoso vestido que me compró mamá y puedo sacarle algo más. Sería difícil para mí que me vean con algo tan caro en la enorme plaza, no todos somos ricos acá en el distrito. Habemos quienes podemos comer carne con patatas el día de la cosecha, otros solo patatas, otros… pocos, pero los hay, pues lo que encuentran.

Al irnos a la cosecha, lo hacemos conversando sobre nuestras cosas, más bien ellos conversan y yo asiento en silencio, con una sonrisa. mamá está particularmente parlanchina, incluso llega a decir que si no tuviera ese problema a las caderas que la aqueja, se presentaría voluntaria para ir. De alguna manera la entiendo, cuando le tocó la hora no pudo hacerlo, pues había una chica más aventajada en su año de los dieciocho, que no ganó únicamente gracias a que el tributo masculino de nuestro distrito era mejor. Ya no sé quién es, murió en la Rebelión del Sinsajo, pero mamá siempre cuenta esa historia tanto si queremos oírla como si no. Yo le tomo la mano, no sé qué haría si sale escogida, realmente no podría jugar en las condiciones en que está, y pese a que nos llevamos peleando prácticamente desde que entré a la adolescencia y fui capaz de tener pensamiento propio, la amo casi más que a nada en el mundo.

Es en la gran plaza del distrito, donde mis padres se encuentran con sus amigos y yo con los míos. Rubi y Amber, de cabellos dorados como el sol y caras de circunstancias, pues esta situación les hace tan poca gracia como a mí. Amber parece particularmente preocupado por las dos, nos toca, nos acaricia, intenta mantenernos animadas.

–No vamos a salir cosechadas, hombre –Rubi lo encara, sonriendo–: seguro que alguna idiota se presenta voluntaria igual.

Amber le hace un gesto para que baje la voz, en la plaza esos comentarios son peligrosos. Igualmente nadie nos escuchó pero siempre está bien mantener un poco de disimulo, sobre todo después de lo que nos ha pasado. Además, con una mirada triste, niega con la cabeza.

–Argento me dijo que no aceptarán voluntarios de la academia este año –susurró muy bajito, casi sin mover los labios, y acercándose mucho mientras fingía que me acomodaba el pañuelo que llevo anudado al cuello.

Argento es el hermano menor de Amber, que tiene diecisiete o algo así. Lo que ha dicho me sorprende muchísimo, y no soy la única; Rubi está con los ojos un poco abiertos.

–¿Por qué? –Pregunto, atónita. ¿por qué el Distrito 1 querría perder la oportunidad de ganar y enviar a cualquiera?

Amber se encoge de hombros y nos mira bien fijo a ambas, como si temiera no volver a vernos. Entonces es cuando descubro lo que está pensando, podríamos ir a los juegos cualquiera de los tres, el sorteo podría estar arreglado, ¿quién sabe? Es el cuarto vasallaje, conociendo de lo que son capaces estos bastardos no veo imposible que amañen así las cosechas.

De cualquier manera no podemos seguir hablando, porque el himno suena y los tres decidimos que nos acomodaremos junto a nuestras familias. Lo último que veo de mis amigos antes de que digan mi nombre, es la fija mirada de Amber, casi anhelante, con miedo. Como fuere, el alcalde, Diamond Watson, comienza a leer el tratado de la traición y yo desconecto mi mente, de lo contrario comenzaré a patear cosas. lo odio, odio lo que simboliza ese tratado, si pudiera lo destrozaría…

–¡Es un honor estar de nuevo aquí, viendo estos rostros tan radiantes que amo! –Comienza Harley, la escolta, con una enorme sonrisa que deja ver sus dientes de oro–: me han informado que el distrito no ofrecerá voluntarios este año, ¡es muy interesante esa decisión!

«¿Decisión? Ja»

–¡Pero basta de charla! Es el momento de conocer a la tributo femenina de este año… –cuando se inclina un poco, siento un retortijón en el estómago–: ¡La afortunada es… Sapphire Rhodonite!

«Oh, no», pienso desesperadamente, mientras, ¿qué me queda? Subo al escenario con la cabeza alta. Desde los trece años, cuando vi morir a mi primo en los Juegos del Hambre, es que decidí que no quería esto, no quería esto, no quería esto. Y heme aquí pues, cumpliendo el sueño de mi madre.

El tributo masculino se llama Vulkan Greyarmm. Y suelto una risita silenciosa, pues si necesitaba una confirmación de que esto estaba arreglado… esa confirmación me iba a dar la mano muy pronto.


Hans Imber-Black – cuarenta y un años – distrito 2.

«¡Si tuviera el pelo más largo me lo estaría arrancando de la emoción! ¿cómo es posible que el valiente señor Imber-Black vaya a los juegos del hambre? ¡Esto es demasiado! ¡Esta selección promete, de verdad, de verdad que promete!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Astrid Heckler sube al escenario entre aclamaciones, incluso Elisa y Alan, mis hijos, la están vitoreando y gritando su nombre. Yo lo hago pero más reservado, no quiero perder mis partes nobles a la noche. ¿cómo es eso? Pues bueno, hace… qué sé yo, ¿cinco años? Nicole, mi mujer, se había puesto un poco celosa de Astrid, pues por asuntos de trabajo debíamos vernos bastante y este rubro suele ser mayormente masculino. Obviamente todo quedó en una tontería después, pero con las mujeres nunca se sabe.

–No pensé que al final lo haría –me comenta Nicole, tomada de mi brazo–: ya sabes… cuando era soltera capaz se le hubiera ocurrido cualquier cosa pero…

Sé qué está pensando. Nicole, como madre abnegada y esposa dulce y fiel, jamás habría cambiado esa vida por ir a los Juegos del Hambre. Tampoco tenía que hacerlo, por suerte, pues espero que esta condición del Vasallaje no se vuelva a repetir, pero en fin. Le resultaba inconcebible que alguien cambiase la comodidad por ir a los Juegos, y Astrid lo estaba haciendo.

–Es una luchadora excelente, y por lo que se comenta siempre quiso participar –respondo–: ya que se metió en eso espero que gane, sería una gran pérdida para la academia.

Nicole arquea una ceja, como diciéndome «¿Ah, sí? Jum», pero su expresión se quita cuando la beso en los labios. Su boca pequeña se relaja en seguida, pero nos separamos al instante. Tanto porque Alan y Elisa ponen cara de incomodidad como porque la escolta, Nereida, está a punto de leer el nombre que tiene en la mano escrito en un papel.

No temo por Elisa y Alan. A mis diecisiete años, cuando el presidente Snow me abrazó, alzó mis manos y estipuló mis recompensas, y en último lugar dijo «tus futuros hijos estarán exentos de las cosechas de los juegos anuales del hambre», pensé qué tontería. No quería saber de hijos, ni de familia, todavía estaba afectado por lo que hice, además de que el asqueroso aliento a rosas y sangre del presidente casi me mareaba. Sin embargo, ahora le veo todas las ventajas a tener a mis hijos fuera de ese proceso, si bien pocos lo saben. En fin, solo es un poco de curiosidad por saber quién es el compañero de Astrid, si será otro agente de la paz, un chico de la academia…

–¡Y nuestro tributo masculino es… oh! ¡Es… Hans Imber-Black!

Hasta la escolta conocía mi nombre. ¿Y cómo no? Maté al primo de Katniss Everdeen en el distrito, cuando intentaron tomarlo por la fuerza… pero antes de ello le saqué lo que podía bajo tortura. Fue así cómo descubrí que atacarían el Capitolio… y después de eso fui a pelear a la gran ciudad resplandeciente. El presidente Snow me mostró por televisión como ejemplo de valor y estuve cerca, vigilándolo, en la ejecución del Sinsajo.

Entiendo que griten mi nombre así, entiendo que el Capitolio esté eufórico, entiendo que algunos quieran tocarme, estrujarme, que me vean con los Juegos del Hambre ganados casi. Pero no comprendo por qué todo el Distrito está tan feliz… quizá si yo no hubiese existido, quizás si a la hora de abandonar El Hueso hubiesen salido más desorganizados… quién sabe. No me arrepiento de lo que hice con dieciséis años. Pero…

Sé que Nicole está llorando en brazos de Elisa. Lo sé mientras subo al escenario, y miro a Astrid Heckler a los ojos. sé que nadie se presentará voluntario por mí, el distrito 2 no lo hace por gloria, se hace más por honor y protección, protección de los niños pequeños y honor de representar la fuerza. Cuando tomo su mano con firmeza es que comprendo que debo jugar como años atrás, hacer absolutamente lo que sea para volver a los brazos de Nicole.

«Pero la tortura no, otra vez no»

Después de ponernos de acuerdo en la alianza, asegurándome su cooperación, es que los agentes de la paz me llevan al edificio de justicia para las despedidas. Algunos hasta fueron alumnos míos y será curioso cuando Marcus, Berna, Asensio o Julio digan que van a mentorearme, como vencedores que son, considerando que les enseñé muchas cosas. pero pensándolo mejor puedo aprender mucho de ellos, fueron al Capitolio como celebridades y volvieron como tales sin que el proceso los destrozara, o al menos no parecen particularmente afectados. Voy a tomar lo que pueda de ellos, sé que también querrán apoyar a Astrid y debo permitirlo pero estar alerta, como potencial aliada cualquier beneficio de los patrocinios me beneficiaría también. Lo sé porque lo he visto. Y también sé que tendré que enfrentarla… será un combate difícil, es sumamente capaz.

En la sala del edificio de justicia, me doy un minuto para calmarme; mis pensamientos van demasiado rápido planeando episodios futuros cuando tengo que encargarme del que vendrá justo ahora, ya casi me imagino al Capitolio hablando de ello si pudiera verlo. «Oh, cielos, ¿cómo se las arreglará Hans Imber-Black el grande y magnífico y blablablá para pisotear el corazón de su esposa? Y no se olvide de sus hijos, seguro que lloran, ¡no se lo vaya a perder! » Definitivamente, qué bueno que en esta ala del edificio de justicia no hay cámaras, no tengo nada heroico que hacer.

Doy un puñetazo contra el brazo de la silla en que estoy sentado y espero.

Tal y como supongo, Nicole entra hecha un mar de lágrimas, seguida por los chicos que tienen los ojos secos, pero están tan impactados que me parten el corazón. Abrazo a mi mujer, sintiendo su aroma dulce, acariciando su pelo espeso y negro.

–Sé fuerte, mi amor. Volveré –le digo con dulzura–: y ustedes igual. No lo duden ni por un momento, en un par de días estaré en casa otra vez.

–¿Te vas a llevar las medallas, papi? –Alan las señala, prendidas de mi camisa. Siempre lo hago en actos públicos, me da prestigio ante los ojos del Capitolio.

Pero no es eso lo que quiero llevar como recuerdo, no son las medallas que simbolizan lo que hice sino lo que soy ahora. Así que niego, y se las entrego. Él las recibe y se las pone, entusiasmado dentro de lo que puede.

–Cuando vuelva me las entregas ¿eh? Son mías –intento sonar animado, por los cuatro. Él asiente y sonríe un poco–: si las pierdes te… te….

Finjo que me quedo sin palabras. Nunca les he pegado a mis hijos, ni lo haré, y lo saben bien. Así que sonríen todos, hasta Nicole. Llorosamente, pero lo hace.

–Antes tendrás que enfrentarte a mí, calvito –Nicole dice con la voz tomada.

–Oh no, ya me rendí.

Vuelven a reír. Son risas tristes, pero cada vez más confiadas. Y es cuando decido que me llevaré lo que tengo en el dedo corazón de la mano izquierda, lo que ha estado allí por dieciséis años… mi anillo de matrimonio. Quizás ante el Capitolio las medallas me den más prestigio pero es lo otro lo que necesito para ganar.


Franziska, «La Sirena» – treinta y dos años – distrito 4.

«¡Mis ojos no pueden soportar tanta hermosura, amigo Caesar! ¿Es esta Sirena de la que tanto se habla? Pero mírenla, ¡parece emocionada! ¡Sin dudas nos dará espectáculo en estos juegos!»

Claudius Templesmith – Presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


A veces, juro que me gustaría que no sepan dónde vivo. Estoy harta de que lleguen señoras casi desnutridas con niñitas en sus brazos, de unos diez años, y me pidan que las entrene. Que quieren que sean tan hermosas como yo, que las niñitas lo están deseando… una tontería. Las mocosas están asustadas como pajaritos y sobre todo, muertas de hambre. En cuanto les pregunto si están allí por voluntad propia, si es eso lo que quieren hacer, te dicen que sí con sus miradas en el suelo. Mentira.

No las soporto, las echo a la calle. A veces con un poco de dinero, cuando el cuadro es demasiado lastimoso, pero la mayoría de veces con las manos vacías. Les advierto a las madres que si las prostituyen por cuenta externa lo sabré, las encontraré y las mataré. Y les recuerdo la nueva ley, esa que gracias a mí se consiguió imponer, que toda mujer que ejerza la prostitución debe ser bajo su voluntad y el castigo por forzar tiene que ser grande y severo.

Siempre se han quejado del Capitolio, acá a veces hay descontento y miradas cansadas que buscan un mundo mejor. Pero miren, el Capitolio me escuchó en eso y es capaz de hacerlo en más cosas, yo lo sé. En cambio, de mi distrito sólo recibí malos tratos, tanto de hombres como de mujeres.

Hoy se acaba de ir una mujer anciana con una niñita incluso menor que las otras. Perdí la paciencia y empujé a la vieja a la calle, gritándole mi sempiterna advertencia de muerte, sin importarme que se arruinara mi maquillaje de uñas que recién había hecho. las cámaras me han ayudado mucho en eso, junto con algunos agentes de la paz que son clientes míos, me ayudan a controlar que no se prostituya a niñas en contra de su voluntad. El negocio es para una mujer, a las niñas les duele. Lo sé porque a mí me lo hicieron muchas veces.

Como sola en mi casa enorme. Las chicas tienen familia, algunas hijos pequeños (sí, así de insensatas, es algo que nunca entenderé) y otras están trabajando o haciendo sus cosas. me pasé por el burdel en la mañana, había mucha nostalgia pre cosechas flotando en el aire y se notó porque estaba lleno hasta los topes. Estar en la compañía de muchas personas me hizo mejor por un rato, escuchar los ruidos del goce matutino y ver a las chicas trabajando relativamente seguras. Hace algunos años que trabajo solo cuando el cuerpo me lo pide, ya no estoy en una edad tan requerible pero cuando alguien tiene deseo y yo también suelo darme. Esta mañana fue así, un hombre bastante elegante llegó y no pude resistirme. Me gustan los hombres que ya de entrada no huelen como si se hubieran bañado en sal. Me hizo bien, relajó mis músculos y después todo se quitó con un baño. Además, me di cuenta de que ese hombre estaba nervioso. No diré su nombre para salvaguardar su identidad, pero me haría gracia que saliera cosechado, ni todo el dinero que posee (que en estándares del distrito es bastante) le serviría para no ir a los Juegos del Hambre.

Después decido arreglarme para la cosecha, es primera vez en muchos años que volveré a estar en ese ambiente nervioso y cargado, intento encontrar algo en mí, como nerviosismo, pero no hay nada, si salgo elegida pues bien y si no mejor. En mis seis años elegibles, Khristoff Vanden me acompañaba a la plaza del pueblo, aunque no era ni mi padre, ni mi hermano mayor, solo un benefactor que me encontró un día e hizo de mi vida infernal lo más parecido a un paraíso que pudo. Él y sus socios se encargaban de la recolección y posterior venta de perlas, prácticamente tenían monopolizado el ambiente aquel, incluso viajaba al Capitolio por cuestiones de negocios. Ahora Khristoff no estará conmigo, tiene su familia que atender y unos hijos a los que consolar. Hijos que en teoría yo le di, pero de los que se encarga su esposa estéril.

A veces me dan ganas de reírme en su cara, debe de ser terrible para una mujer tradicional no poder hacerlo, y tener que esperar que una puta piojosa se lo dé. De todos modos ella ama a los niños, la mataría si no y lo siento por Khristoff.

Me visto con un ceñido vestido negro con cola de sirena, sombreo mis ojos para demarcarlos y peino mi recta melena rubia ceniza con reflejos. A veces combinan con mis uñas, que vuelvo a pintar porque aún hay tiempo, en fin. Cuando ya me noto lista, salgo para la cosecha pensando en mis cosas.

Cuando llego está todo lleno, y Mark, el agente de la paz que conozco porque a veces se pasa por el burdel, me saluda cálidamente a la hora de registrarme en esa interminable lista, pobre, ha trabajado todo el día. Le digo que no le queda tan bien el blanco y cuando me pregunta qué le queda mejor, le respondo… Mejor no saber qué le respondo, y él hace alusión al tatuaje que adorna mi hombro y que cubre el vestido ahora. Eso hace que un par de «señoras de buen vivir» o viejas frígidas con la vagina arrugada, murmuren cosas sobre mí un poco más a la derecha. Le lanzo un beso a Mark y miro a esa chusma con mi mejor mueca de desprecio, lo que las hace sentir intimidadas. No respeto a las señoras mayores, en parte porque cuando era una niña tampoco me respetaron en lo más mínimo y también porque son patéticas, aferrándose a una vida que se les va. Antes suicidarme que permitir que me pase algo así.

«Hace calor… tal vez no debí haberme puesto un vestido negro», pienso mientras el alcalde habla de rebeldía, traición y pagar por los errores. No sé en qué piensa la gente, cuántas veces ha intentado rebelarse y cada vez reciben lo que no les gusta. Deberían aprender de mí, nadar a contracorriente no sirve, yo tomé las armas que la vida me dio y estoy en la cima mientras ellos, en el bote, literalmente en el caso de algunos de mi distrito.

–¡Y nuestra tributo femenina es Franziska ***! –Dice la escolta, con una sonrisa que se nota demasiado que es falsa.

Antes de reírme de ella y pensar que podría enseñarle a sonreír, antes de subestimarla por lo fea que está y lo gorda que se ve, pienso en ese apellido que acaba de mencionar. El apellido que no me ayudó en nada, el de mis padres. Me afecta más que ir a los juegos, de hecho, mientras voy al escenario solo voy pensando en que quiero aclararle a Panem entero que ya no me llamen más así. Y es lo que hago, enojada, mirándola con superioridad.

Ya pasado ese mal trago, espero, con mis manos entrelazadas, a que suba el tributo masculino, y dentro de poco lo hace. Se llama Dorian Clearwater y suelto un pequeño bufido, cuando de buenas a primeras besa a un tipo en la boca y sube. ¡qué! Justamente estaba pensando en camelarme a mi compañero de distrito para que me sea más fácil ganar… maldita sea. Tendré que pensar en algo menos obvio.

O tal vez, no. Yo no fui a la academia de profesionales, que ya no se centra en mandar voluntarios sino en entrenar a la mayor cantidad de chicos posible, para los juegos, y porque la vida en la mar es peligrosa. Es tonto, sensible y todo, pero de cierta rebeldía, el hacer una academia pero para la vida en lugar de para la muerte. en fin, el asunto es que los distrito sí entrenan para eso. Capaz pueda con un fortachón de esos, quién sabe. No descartaré esa estrategia pero tengo otras.

Le doy la mano a Dorian, con una sonrisa externa pero por dentro maldiciéndolo por no ser lo que necesitaba. Estos tipos así son los que nos hacen perder dinero… aunque, bien pensado, tal vez cuando gane esto podría entrenar a chicos también.

Tengo un motivo de peso para ganar, probar con el otro lado del negocio. Me gustan los retos… miro a la cámara y me paso la lengua por el labio. Seguro algunos capitolinos se pondrán ultra calientes al verme en acción.


Vulkan Greyarm – diecinueve años – distrito 1.

«¡Oh, por mi madre! ¿No se trata del hijo de nuestro querido Onix Greyarm, que nos dio tantos buenos momentos en la edición 76? ¡Oh, cuántos recuerdos...! ¡Pero qué frío está! ¡Tiene nervios de acero, igual a su padre!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Es ante la enésima mirada indescifrable que me dirige mi padre, a eso de las 11.00 am, cuando decido que ya no quiero estar más en mi casa y me voy a la herrería. Sé que no hace falta que trabaje, quizá otro en mi lugar no lo estaría haciendo ya que, como familia de vencedores, tenemos todo el dinero que podamos desear y más. Pero es ante situaciones así, papá mirándome y buscándome, mamá haciendo comentarios crípticos y extraños, cuando agradezco la soledad que me brindan el fuego y el muelle.

Así que salgo, diciendo que no me esperen a almorzar o algo así. Papá no puede salir cosechado porque se presentó voluntario a los dieciséis años y mamá… bueno, si sale ya habrá una rubia y letal jovencita para sustituirla, así que la cosecha no me inquieta. La Villa de los Vencedores está particularmente hermosa, con sus capullos en flor decorando los jardines y la pintura de los muros tan fresca como si se hubiese pintado ayer mismo. El sol, en un punto un poco bajo del cielo, también dora los cristales y me termino preguntando para qué tanto, ¿Es para darles algo lindo a aquellos que se ensuciaron las manos en el país? No creo que sea sentimiento de culpa por parte del Capitolio. Entonces ¿por qué los vencedores gozan de tanto si solo tuvieron que ir y matar un poco? ¿Y por qué tienen que hacerlo siquiera, por qué algunos ven incluso el matar y esa linda jaulita de oro como un gran premio? Matar… cuando es un festejo, cuando se hacen apuestas con las vidas, es que terminamos mereciendo lo que nos pasó, todas las catástrofes y las guerras.

Las cortinas de las tres casas restantes están abiertas, se nota que hay plena actividad con mis vecinos. Por supuesto, deben verse hermosos ante las cámaras que volverán al distrito, algunos incluso irán al Capitolio a mentorear. Gracias a lo que fuere (mi obstinación, mi rareza) que no me insistieron para presentarme voluntario el año pasado, sino una de estas artificiales casas sería mía.

Es a la salida de la villa, cruzando el portón custodiado por unos guardias inmóviles (y por cámaras, cómo no) cuando me encuentro con Gema. Está parada allí, mordiéndose el labio mientras se remueve un poco, nerviosa; antes de que me divise saliendo, alcanzo a verla arreglándose un mechón de pelo rubio tras la oreja. La saludo con una sonrisa, no esperaba encontrarla aquí pero en el fondo sí, no sé cómo explicarlo. Gema Williams fue mi compañera de entrenamiento, la conozco prácticamente desde siempre y sé leerla. Tal vez a ella le resulte un poco más difícil descifrarme, pero sigue a mi lado, y aquí está esperándome.

–¿Salías? –Dice, mientras me inclino para besarle la mejilla… mucho, porque soy bastante alto y ella muy pequeña. Su pelo huele a limpio y su piel, a jabón.

–Iba a la herrería un rato –comento, en mi tono de voz un tanto aburrido de siempre.

–Oh… estaba pensando que podríamos comer juntos, o algo así… ya sabes.

–¿Nerviosa por la cosecha, señorita Williams? ¿Usted que no dejaba maniquí vivo en la academia? –la miro, con falsa severidad. Mis ojos oscuros la recorren de arriba abajo y la veo inquietarse, en parte porque es un color raro en el distrito, y tal vez por otra cosa–: ¿crees que se te hará difícil descabezar a los tributos de la misma manera?

Ella no tiembla, ni baja la mirada. Es una profesional, aunque ya haya pasado los dieciocho y dejara su oportunidad atrás. Aún así la veo incómoda.

–Bueno, ya sabes que… ya sabes que el año pasado estaba seleccionada para voluntariar.

–Aja. Pero fue Amatis en tu lugar –Era nuestra más reciente vencedora, y mi nueva y ruidosa vecina–: ¿entonces?

–Bueno… rechacé el honor, porque quería hacer otras cosas de mi vida, no sé, estoy bien trabajando en lo que hago, me encanta. Y… me he enterado de que en este año no van a mandar voluntarios de la academia, mira sé que suena tonto porque estuve años y años entrenando pero… si sale mi nombre no quiero ir.

Esto lo susurró, tapándose la boca con las manos. No por timidez sino para dejárselo más difícil a las cámaras, si deseaban tener un testimonio hereje que se esforzaran por conseguirlo. Ella no es rebelde, como yo; no estuvo pasando armas de contrabando en la rebelión de hace dos años y medio pero sabe lo que les pasa a los que sí lo son, lo vimos.

–¿Por qué no dejarán ir a voluntarios? –Pregunto, inquieto, mientras echamos a caminar lejos de la villa–: oh… se me ocurren unas cuantas ideas, ¿quieres escucharlas?

Gema asiente. Ella siempre quiere escucharme, por muy raro, políticamente perjudicial o lo que sea que diga. Se me ocurre que tal vez quieran mandar a alguien en específico a los juegos del hambre, algún rebelde que quede o algo por el estilo, y que no se presentaría voluntario por el procedimiento habitual. Aún si se las arreglaban para que saliese cosechado, algún payaso sediento de gloria de la academia podía arruinarles todo presentándose, y ahí quedaría todo. Atando en corto a los chicos que se preparan toda su vida para hacerlo, se aseguran de tener a los cosechados de conveniencia, y en el mejor de los casos mueren los dos. Me parece sumamente gracioso, irónico y estúpido que aún diciendo esto, no se me ocurriese que podía salir mi nombre.

Pospongo mis planes de ir a la herrería para pasear con Gema por el distrito, sé que si vino a verme es por eso y me sabe feo dejarla sola, por mucho que me habría fascinado ir a trabajar un poco con el fuego y el metal. Hay un cálido sol y las calles, limpias y ordenadas, se ven bonitas ya, con el sudor de nuestras frentes porque después del intento fallido de rebelión tuvimos que reconstruir. Digo «tuvimos» refiriéndome al distrito, yo no participé en la reconstrucción porque mis padres me tenían encerrado en casa. No les gustó que me involucrase en la rebelión, los Greyarm apoyamos todos al Capitolio.

Almorzamos juntos en un puesto de comida, es barato y algo pobre, pero ambos nos sentimos cómodos en ese ambiente, lejos de chicos de la academia, lejos de personas conocidas, donde podemos ser nosotros mismos. Hasta sonrío más, fíjense. Gema habla y habla y yo la escucho, a veces me pierdo en mis pensamientos pero es normal, y cuando en un momento en que no decimos nada, ella me toma la mano compulsivamente, con los ojos brillantes y tal vez presa de un terrible presentimiento, yo solo me dejo hacer y no le digo nada. Sé que está enamorada de mí, sé que teme que salga cosechado y sé que sabe que yo jamás podré corresponderle.

–Voy a casa a cambiarme –me dice después de comer, con el mentón un poco manchado de salsa. Se lo limpio con una servilleta rápidamente y ella ríe, sonrojada–: gracias.

–Por nada… te espero en la plaza entonces –le contesto.

–¿No piensas ir a cambiarte? –¿Es eso escándalo en sus ojos verdes? Oh cielos, hay cosas que jamás cambiarán.

–Estoy bien así, en verdad. Ya me cambié por estúpidos seis años seguidos, no tengo ganas ahora. En el peor de los casos, todos me verán en el escenario con la ropa del trabajo.

Ella abre la boca, a punto de decirme algo, lo veo en sus ojos. sin embargo la abrazo por los hombros, brevemente, le desordeno el pelo y me alejo.

–Ve a cambiarte, si quieres.

Se termina yendo conmigo con su sencillo vestido blanco, mucho más modesto de los que se puso por seis años para este evento. Así me parece más natural, la prefiero en verdad.

Cuando llegamos a la gran plaza, está casi vacía, así que seguimos hablando de nuestras cosas. papá llega un rato más tarde, nos saluda calurosamente y me mira una vez más antes de ir a tomar su lugar en el escenario, junto a Jaspe, nuestra vencedora, la más capitolina por su aspecto, pero a juzgar por los gritos que a veces oigo desde su casa, la que más sufre (o quizá la única). Me cae bien Jaspe, aunque alguna vez la han criticado entre el público.

Cuando el lío empieza, Gema se va con su familia. Sé que está inquieta por todos, pero dudo que salga cosechada, si querían mandar a alguien a los juegos del hambre no lo harán con los Williams, o al menos eso creo. De hecho, se confirma cuando Harley, la escolta, nombra a la chica cosechada, Sapphire Rhodonite, una mujer de unos veintipocos años, de mediana estatura y con el cabello rojo como el fuego.

«Rhodonite…», pienso, con un eco en mi memoria. En seguida la sitúo, sus padres tienen una de las pocas joyerías y además tienen no sé qué asunto con los diamantes. Pero…. No, hay algo más. Al mirar su cara triste, resignada casi, desde el escenario, la sitúo.

«La pareja de Emerald. Oh, mi madre, van a terminar muriéndose los dos.»

La escolta se prepara para nombrar al tributo masculino de la centésima edición de los juegos del hambre, que resulto ser yo. Vulkan Greyarm. Estallan aplausos y una ovación, mientras yo estoy ajeno a todo.

«Bastardos, malditos, ¿cómo me hicieron esto?» Pienso en más groserías, indecibles, intraducibles. Mis padres, creyendo hacer lo mejor para mí, juzgando que yo quería esto, que solo porque no fui el año pasado porque mis profesores no me lo sugirieron ahora estaría feliz… ¿cómo pudieron?

Subo al escenario, sintiendo mi cuerpo frío y entumecido como si estuviera hecho de hielo. A mi lado, la escolta y la pequeña y delgada Sapphire se ven mucho más diminutas. Soy enorme, lo sé, y fuerte por el trabajo y el entrenamiento. ¿Y saben por qué? Porque voy a la academia desde los nueve años. Porque me acostaba con moretones y con el cuerpo molido por el ejercicio. Porque… porque por un año y por primera vez estaba trabajando en lo que me gustaba y ahora me lo quitan. Quizás para siempre.

–¡Qué temible se ve Vulkan Greyarm! ¿Nos dará el mismo espectáculo que tú, Onix? Sé que… –Estaba diciendo Harley, entusiasmadísima, cuando le quito el micrófono de golpe, con agresividad.

Miro a mi padre a los ojos, allí en el sector de los vencedores. Busco a mamá con la mirada, también. Me interesa que me escuchen, que lo sepan. Estoy total y absolutamente enfurecido.

–No hace falta que se presenten en el ayuntamiento –digo, con voz gélida.

Sapphire me observa, con sus lindos ojos azules comunes en este distrito. Tal vez fingirá que no me conoce, que no hemos intercambiado nada (ni armas, no, cómo se les ocurre). Me tocará hacer lo mismo, aparentar que nunca la he visto, que jamás sentí tristeza cuando me enteré de que su pareja murió.


Aleia Valhör – quince años – distrito 3

«¡Oh, le han caído unas cuantas lágrimas, pero sabemos que se le pasará pronto! En breve esta dulce jovencita estará dando guerra en los juegos, no lo duden… en fin… pasemos a la siguiente cosecha…»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


–No te pongas nerviosa, mami, no saldrás cosechada –le digo con una enorme sonrisa tranquilizadora, al situarnos en nuestro lugar en la plaza del distrito.

Está asustada y la comprendo, hace muchos años que no se encuentra en edad elegible y ha olvidado cómo es eso, excepto las veces que me tocaba, claro, se sentía preocupada por mí durante un rato hasta que quedaba a salvo un año más. Cuatro veces, con esta, pero ahora tengo menos posibilidades que nunca, habiendo tantas personas. Estoy tranquila por esa parte, sin embargo… lo malo de conocer a mucha gente es que te encariñas con todos. ¿Y si salía cosechada una de las cuidadoras del orfanato donde trabajo, mis maestras de la escuela, el hombre que nos vende la leche…? O peor aún, uno de mis niños que cuido…

Intento dejar de pensar en eso, no sacaré nada, además un nudo se comienza a formar en mi estómago y seguro pronto se traslucirá en mi cara. Mamá ya está lo suficientemente preocupada como para que además le diga que me estoy inquietando por cualquiera. Así que me esfuerzo en conversar de la vida, del nuevo juguete que estoy reparando (es una especie de robot con cañones en sus hombros que dispara agua) y mamá comienza a sentirse mejor al oírme, menos inquieta. En la plaza hace calor, lo cual sirve un poco pues colorea nuestras mejillas cenicientas. Los chicos del orfanato en edad de cosecha ya han llegado hace un rato, están todos juntos con sus ropas más descoloridas que las nuestras, bastante parecidas entre sí, con idénticos rostros sombríos apuntando al suelo. Le digo a mi madre que voy a saludarlos, sabe que hoy en teoría estoy de libre en el trabajo pero tengo cariño por los chicos y para mí es más que un ingreso de dinero, mis niños del orfanato son, sin exagerar, mi razón de vivir. Y poco me importa que algunos sean incluso mayores que yo.

Voy sorteando a la gente como puedo, el distrito 3 es muy poblado y la plaza se nos va a quedar pequeña. Algunos me saludan, sonrientes, y yo les devuelvo la sonrisa. Hasta que llego al lugar donde se encuentran los niños, que son unos treinta en total, formados y lo más decentes que pueden. Saludo a Chris y Tina, mejores amigos de doce años, que conversan animadamente sobre lo que comerán después de la cosecha. Rickie, un poco apartado de los demás, parece mayor que los trece años con que cuenta. Está mirando hacia un costado de las cabezas de la multitud, sin ver nada en realidad. Tiene los lentes un poco más debajo de lo que debería, así que se los subo un poco con aire maternal. Me sonrojo algo cuando se fija en mí.

–Ah, hola, Aleia –saluda con una pequeña sonrisa–: no te vi.

Quiero saber en qué estaba pensando. Siempre quiero saberlo, desde que lo conozco. Empecé a cuidar de él cuando yo tenía doce años y me vi obligada a trabajar por las circunstancias, y pese a que solo nos llevamos dos años me siento muy responsable de él.

–Rickie estaba contando los pelos de la gente –Dice una voz burlona junto a nosotros. Cuando me giro veo a Natya, parada con una pose indolente–: lindo vestido, Aleia. Pareces una princesa.

Eso me hace sentir un poco mal, Natya lleva un vestido feo y deslucido que a todas luces es de segunda mano. Tiro un poco del mío, celeste y bonito de buena tela. No debí haber venido con él, pienso avergonzada.

–Yo… gracias… –susurro, intentando sonreír, y consiguiéndolo, aunque siento la cara roja.

–Al fin, puta madre, es mi última cosecha y ya podré dejar de preocuparme por esto –Natya suspira. Pese a su apariencia ruda la noto tensa.

–Todo saldrá bien –le digo, sonriendo–: y recuerda, no digas palabrotas.

Natya me dedica una mirada despectiva.

–Cuando deje de sobrepasarte en diez centímetros, te comenzaré a obedecer –dice.

–Doña Sophie dice que eso no importa. Dice que hay que obedecer a Aleia –aporta Rickie, mirando a Natya con desinterés.

Es una ricura, yo me lo comería a besos. Nunca lo diría, claro, ni mucho menos se lo diría a él.

–Rickie tiene razón, ¿ves? Obedéceme –me pongo en una exagerada pose de agente de la paz, con la mano haciendo visera y el pie levantado como si fuese a marchar.

Natya se ríe descaradamente, girándose para ignorarnos.

La ceremonia da comienzo, y sé que debería ir con mi madre, pero por alguna razón prefiero quedarme aquí, con los chicos. Mientras el alcalde da su discurso me fijo en los vencedores, Beetee, que tiene más de ochenta años y tiene audífonos en sus dos oídos, Siri, pequeña para sus veintitantos, con ojos astutos y una enorme cicatriz a un costado de la cara, y Reed, tan serio como siempre. Los tres están muy atentos no en el alcalde, que dice lo que por todos estos años ha estado diciendo, sino en el público. Me pregunto si ya nos estarán analizando a todos

Cuando le dan el pase a la escolta, otra vez sin sorpresas con su extravagancia, tengo que tirar de todo mi autocontrol para no ponerme a gritar de la ansiedad, rogando porque no sea yo, ni nadie que conozca. Pero eso también es terrible, que no lo conozca no significa que no vaya a morir igual… ¿Por qué tiene que morir alguien?

–¡Y nuestra afortunada tributo es… Aleia Valhör!

No sé lo que siento, de verdad no lo sé. Podría decir que se parece a un baño de agua fría, pero no. Podría decir que se parece a ese día en que en el colegio hubo una fuga de gas, pero tampoco. Podría decir que fue igual a haber recibido un puñetazo, pero jamás recibí uno. Solo siento las lágrimas correr por mis ojos, mi boca abriéndose en un grito de incredulidad, mis piernas temblando. No, no…

Es cuando escucho murmurar a mi distrito entero, por lo que a mí respecta, cuando los oigo susurrar mi nombre y «oh, qué pena, maldición» o «¿Dónde está esa criatura?», el momento en que soy conciente de mi alrededor. Natya da un paso al frente, indecisa, insegura, pero lo da. Y eso me hace reaccionar, Natya que odia los juegos del hambre, que estaba celebrando ya su mayoría de edad, ella… no podía ir por mí. Nadie podría, ni ella, ni mamá, ni…

Así que, aún llorando, subo al escenario. La escolta me pide que deje de llorar, me acaricia, hace un halago casual a mis lentes y me deja como caso perdido, yendo por fin a la urna de los varones. Espero que no sea Rickie ni nadie que conozca y, en efecto, no lo es.

–¡Pietro Dahl!

En el distrito hay un silencio como de diez segundos, y en cuanto miro al público con los ojos empañados veo por qué. Pietro Dahl es un niño de doce años, ¿qué pasa aquí? ¿Por qué… por qué nosotros? El chico va avanzando como puede, mareado de miedo, por lo que parece, hasta que…

–¡Me presento voluntario! ¡Soy voluntario como tributo!

–¡No, Leo, no! –Oigo la voz desesperada de alguien, un hombre.

–¿es el Doctor Sanz? ¿el doctor Sanz? ¿El…? –murmura la gente.

Es un hombre alto, vestido de traje y corbata con este calor, que se dirige apresuradamente al escenario. Creo que lo conozco… no podría decir pero creo que sí. La gente desde luego que lo conoce, todos están murmurando y con expresión de pena.

–¡Oh, oh! ¡Un voluntario! ¡qué emocióoon! –las cámaras hace rato han dejado de registrarme, en parte porque no puedo dejar de llorar, es imposible, y también porque esto es más interesante, el extraño y alto voluntario con olor a agua de colonia–: ¿cómo se llama, señor? ¿ese niño es su hijo?

«Parece que te vas a orinar de la emoción, estúpida», pienso, entre mis lágrimas. En seguida me arrepiento, ese pensamiento no es digno de mí, no sé si ella es estúpida y… suena cruel, muy cruel.

–Soy el doctor Leo Sanz –dice, sonriendo un poco, aunque algo nervioso–: y no… en realidad no es nada mío. Yo solo… qué carajo, ese niñito iba a morir.

Todos lo miran con incredulidad, y me pierdo, por estar llorando, el momento en que todo nuestro distrito hace una reverencia llena de respeto hacia nosotros. No se llevan los dedos centrales de la mano a sus labios, por ser eso un símbolo de rebelión, pero sí nos dedican un aplauso lleno de rabia, de admiración y de algo que no supe interpretar.

Leo Sanz me toca la mano, suavemente, siento su piel caliente contra la mía. Tiene un pañuelo en la suya, uno perfectamente doblado y con el aroma de su perfume.

–Toma –me dice, con dulzura–: por favor, linda… no llores más.

Nunca he podido negarle nada a nadie. Así que, tomando aliento, contengo mis lágrimas para siempre.


Rafe Firehorse – treinta y cuatro años – distrito 10.

«¡Un voluntario por el distrito 10! Amigo Claudius ¿hace cuánto tiempo esto no pasaba? Se ve en buena forma física, ¡Y miren esa sonrisa! Está confiado, eso sin dudas, ¡sin duda alguna!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Hay silencio en el distrito. Es un silencio pesado, ominoso y que no me gusta. Me recuerda a aquellos tiempos, de los doce a los dieciocho, en que tenía que contener el aliento cuando el escolta iba a sacar el papel del tributo masculino, rogando porque no fuésemos ni Zane, ni yo, ni el resto de mis amigos los escogidos. Casi siempre se cumplió mi deseo, excepto una vez… a nuestros diecisiete años, un querido amigo –y algo más– fue cosechado y no regresó. Fue asesinado por Berna Crane, la única vencedora femenina del distrito 2… murió empalado en la lanza que la hizo tan conocida y aclamada, Lo vi por televisión, con las lágrimas bañando mis ojos y una tremenda desesperación que me hundió por más de tres años.

Zane, mi hermano mayor, me sonríe un poco. Le devuelvo la sonrisa con temor, no quiero que se vaya. Siempre he sido dependiente de él, desde que éramos niños y hasta ahora, aunque de una manera diferente. Mientras la alcaldesa habla, leyendo el tratado, yo recuerdo todo lo que significó para mí la rebelión… nuestros padres muertos cuando apenas yo tenía nueve años, lo que fue sobrevivir con eso. No considero que los Juegos sean una solución, en absoluto, en mi caso yo ya aprendí que rebelarse nunca más, pero nunca más.

Cuando el escolta sube al escenario, presto atención completa, pese a su voz y acento afectados y sus colores, que resaltan demasiado vivamente en la apagada plaza del distrito. No tengo familia femenina, sin embargo tengo miedo por cualquiera que salga escogida, puede ser incluso una abuela en esta ocasión. Nico, mi sobrino, se remueve en su lugar, y yo intento tranquilizarlo como puedo con una sonrisa. Es difícil en estas circunstancias, ambos lo sabemos, él con su edad ha sobrellevado bien la muerte de su madre, o sea mi cuñada, y sé que podrá sobrellevar esta cosecha.

–¡Señoras y señores! ¡Aquí tengo en mi mano el nombre… el nombre de la afortunada! ¿quieren que lo lea? –Pregunta el tipo, con dramatismo.

«Léelo de una vez, idiota», pienso. A veces, solo a veces porque temo que las cámaras se puedan meter incluso en mis pensamientos, me pregunto si esta gente no se da cuenta de que no lo disfrutamos.

–¡El nombre de nuestra valiente mujer es Nyx Bellecourt! ¡Sube, Nyx, querida!

No soy un chismoso, en verdad con mi trabajo (cargar la avena, el eno y en ocasiones alimentar a los animales) no me queda mucho tiempo, pero es instintivo. Sé que todas las personas que no poseen ese nombre, se han girado para verla. En mi caso, claro está, es con lástima, aunque agradezco que no sea nadie que conozco y que no tenga ni doce ni sesenta años. Es una chica joven, de hecho, de unos veinte años quizá, alta y de piel oscura, que camina elegantemente hacia el escenario. Parece como si esa situación no fuese con ella, y me pregunto si será una especie de defensa de su cerebro, para no colapsar, o una estrategia, demostrar indiferencia. Me gustaría saber en qué está pensando…

–¡Eres preciosa, Nyx! A ver, da una vuelta para que podamos verte…

Ella lo mira sorprendida, pero lo hace, aunque con los labios algo tirantes. Él queda satisfecho, halagando su porte, y todos los varones del distrito queremos sacudirlo para que por fin diga el nombre que sea, tanto los elegibles como los que no lo son.

Cuando por fin se cansa de payasear, el sujeto, cuyo nombre olvido todos los años, se centra en la cosecha propiamente tal. Se dirige a las urnas donde aparecen nuestros nombres, con una sonrisa, esperando tal vez que salga cosechado un ejemplar tan bueno como Nyx, alguien guapo o que tenga lo que sea para dar un buen espectáculo y olvidar cuando muera.

Supongo que imaginarán qué nombre es pronunciado por el escolta. No es el mío.

–Nuestro tributo es… ¡Nico Firehorse! Ven, Nico, ¡ven aquí!

Mi sobrino, Nico, palidece a ojos vista. Zane lo sujeta del hombro, con los ojos desorbitados. Yo también lo miro, sin poder creerme que él… puedo evitarlo, necesito evitarlo. Supongo que es eso, el amor que les tengo a mi sobrino y a mi hermano, lo que me hace dar un paso adelante y presentarme voluntario.

Las cámaras me captan, a un hombre alto, fornido y pelirrojo, abriéndose paso entre la gente y gritando lo que Katniss Everdeen gritó hace más de veinticinco años atrás, por la misma razón que yo. Salvarle la vida a un hermano. Sé que si Nico va a los juegos, sé que si él lo ve morir… Zane no podría soportarlo, ni yo tampoco. Me veo en el reflector cuando estoy subiendo al escenario, es extraño porque si bien me siento temblando entero, con el miedo y la ansiedad nublándome los sentidos, luzco bastante tranquilo.

Es el momento en que miro hacia abajo, cuando observo los problemas. Un hombre vestido en blanco agente de la paz, tiene los ojos abiertos con horror. Es Pat… Patrik. No sé si es cosa del sol, las luces, lo que sea, pero me parece mirar en sus ojos celestes el brillo de las lágrimas.

–Ven, fortachón, ¿quién eres? Dinos tu nombre… –dice el escolta.

–Rafe… Rafe Firehorse, soy el tío de Nico…

–Ooooh, qué valiente… ¡Hei gente! Denle un enorme aplauso a este tío tan… tan abnegado, ¡tan dulce! –Y parece sumamente conmocionado, de hecho, su mano está temblando y ¿en serio los focos, el sol, y todo hace esto? Tiene lágrimas en sus ojos él también. En verdad debería cerrar los míos.

Le doy la mano a Nyx, quien luce tan seria como siempre, sin decir una palabra. Esta chica me da un poco de miedo, es casi tan alta como yo. Además de atractiva, claro.

Nuestros dos vencedores –un hombre y una mujer, Bojack y Dianne– nos están mirando, analizándonos. Quizás eligiendo a quién mentoreará cada uno, por qué y todo eso. Personalmente prefiero que lo haga Dianne, la victoria de Bojack fue demasiado sucia en mi opinión. Básicamente, se hizo de una alianza grande para enfrentar a los profesionales, con la que consiguió matar a tres de ellos, y luego asesinó a todos sus aliados mientras dormían. No sé… soy conciente de que uno solo vive pero también hay principios.

Los agentes de la paz son quienes nos llevan al edificio de justicia. Sé que Patrick aprovechará para abordarme, así que no me veo sorprendido cuando me toma gentilmente del brazo. Sus ojos celestes están secos, por suerte, pero en su rostro aún se denota el horror. Habíamos empezado lo nuestro hace tan poco… y solo tiene veinticinco años…

–Ay, Rafe… –es lo único que dice, mientras caminamos rumbo al lugar.

–Lo siento mucho, Patt –es todo lo que me animo a decir. En verdad, lo siento. También quiero decirle que me habría gustado vivir con él, haber comenzado nuestra relación antes, no sé, cualquier cosa. Pero sé que eso lo lastimaría, así que me callo.

–Ojalá pudiera… –susurra, cuando entramos al edificio, casi vacío pues los equipos de televisión seguramente irán a la estación. Luego, me abraza, aproximando su rostro al mío, y antes de besarme susurra: – Ojalá pudiera cambiarlo todo…

Lo abrazo yo también y devuelvo el beso. Nunca me sentí rebelde, ni entendí jamás cómo mis padres pudieron tirar la vida que tenían con nosotros a la basura por el Sinsajo, pero ahora lo entiendo. Ahora, lo sé.

Cuando mi familia llega a la sala, soy yo quien intenta tranquilizarlos. Nico está hecho un mar de lágrimas, se siente culpable, dice que debió no permitir que subiera al escenario. Solo acaricio su pelo, y beso su frente como cuando era un niño. Quizá sea la única vez.

Con Zane es todo más sentido, es la primera vez que estaré tan lejos de mi hermanito mayor, mi precursor en todo, de quien siempre estuve apegado. El abrazo que nos damos es largo, intenso y sabe al último. Espero que no sea así.

–Intentaré volver, Zane…

–Hazlo, sino… sino me muero –me dice, con los ojos brillantes. Y siento un nudo terrible de vértigo en el estómago, como si me hubiese saltado cinco comidas.

Ya sea dejando a Nico ir a los juegos o presentándome voluntario para salvarlo, no puedo remediarlo. Tal parece que voy a matar de dolor a mi hermano.


¡Segundo capítulo de cosechas! Y ya tenemos a la mitad de los tributos, lo cual me hace muy feliz. No prometo una actualización tan pronta, porque tengo un amigo invisible que hacer y muchos exámenes y trabajos para junio, pero espero que a mediados de ese mes tengamos ya la etapa de cosechas listas.

También, los que me tienen tributo reservado, mientras más pronto manden más puedo hilar la historia. Necesito especialmente a los varones, no sé si se han dado cuenta pero intento que aparezcan tres mujeres y tres varones, y es lo que haré. Por eso, por ejemplo, aunque Nyx me llegó antes que Rafe, prioricé a este último, aunque la hice aparecer igualmente como compensación. Me gusta hacerlo así y a lo largo del fanfic, cuando haya pov de tributos, es lo que haré.

En fin… agradecimientos: a M-Cullarck (por Sapphire Rhodonite); a NicoNicochan (por Hans Imber-Black); a PercyRoss…etc xD (por Franziska, la Sirena); a Prour (por Vulkan Greyarm); a Paulys (Por Aleia Valhor) y a Rebe Marauder (por Rafe Firehorse). Amé a los seis de manera indecible.

Así que, guapos y guapas, preguntas:

Primera: ¿Tributo favorito? ¿por qué?

Segunda: ¿tributo que menos te gustó/no te llamó la atención/etc? ¿por qué?

Tercera: ya que en esta ocasión conocimos a todos los compañeros de distrito de los tributos, ¿Quiénes crees que se pueden llevar mejor? ¿Quiénes tendrían más roces?

Cuarta: ¿con quién se aliaría tu tributo?

Quinta bonus: ¿cuál crees que fue mi tributo favorito de los seis? (si respondes acertadamente tu tributo no morirá en el baño de sangre, prometido ajajaja)

Eso, hermosuras. Recuerden, los reviews son amor… y vida para tu tributo, xD.

¡Abrazos!