Capítulo III: cosechas 5,8,3,10,9,6


Haida Creek – cuarenta años – distrito 5

«¡Este nuevo tributo es singular, en verdad! Lleva una ropa… uhm cómo decirlo… extravagante. ¡Pero lo que tiene de extraño también lo tiene de valiente! ¡Sino miren su cara!»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


Por alguna razón, me despierto pensando en la Rebelión del Sinsajo. No sé bien si es recuerdo o sueño, porque a veces se confunden en mi modo de experimentar la vida, pero las imágenes son lo que importa y las tengo. Me visualizo, con quince años, en mi fresco distrito 9 natal, con una pistola en la mano y vestido en uniforme de camuflaje, despidiéndome de mi familia con una sonrisa. «Vamos a ganar», recuerdo haber dicho, besando a mi madre, Soraya, con quien comparto el tono de ojos, la forma de la nariz y hasta el modo de sonreír. Después de eso, me fui con unos recién hechos soldados (igual que yo) rumbo al distrito 5. La idea era ayudar a los rebeldes del lugar, hacer a todo ese sitio parte de la causa del Sinsajo y volver a casa con los míos, cubierto de gloria… pero más importante, en paz.

Las cosas salieron mal. La guerra se perdió, capturaron al primo de Katniss Everdeen y a la general Paylor, los capitolinos retomaron posiciones. Nunca pude regresar a casa, ni ver a mi familia. La chica a la que pude haber amado tampoco existe en mi vida personal, lo más probable es que esté casada y con hijos ya... me alegro por ella.

Así que ahora vivo aquí, en el distrito 5, en una pequeña y húmeda choza que yo mismo construí cuando era joven. Solo, porque ya abandoné a mis compañeros y huí una vez, no creo que merezca (y tampoco sirvo para) más compañía. Hice una vida apacible, ayudo a los demás con sus dolencias corporales y otras, las del corazón, que son más difíciles de sanar. Muchas veces vienen a verme de lejos, caminando desde la extensa y desértica ciudad hasta la periferia del distrito, donde yo estoy, a unos metros de la alambrada, buscando cosas que a veces puedo dar y otras no. En ocasiones se ha muerto gente en mi jergón, la vida en este lugar es dura y hay heridas que no se sanan fácil. Otras, he visto cómo se recuperan, cómo vuelve a brillar la vida en sus ojos. no me olvido nunca de los que se van de aquí con una sonrisa.

Hoy habrá pocas sonrisas, al menos hasta la tarde, cuando se sepa el nombre de los dos desafortunados que irán a los Juegos del Hambre. No tengo televisión, me pierdo, por suerte, de lo que es esa barbarie pero he visto el sufrimiento que causa en muchos. Ahora, para colmo, casi no hay restricción de edad… me duele. Hemos hecho tantas cosas mal… yo el que más. Ya no siento la culpa obsesiva por haber huido a mis quince años, quería cambiar Panem, pero no quería morir, y desde que pude comprenderlo me reconcilié conmigo. Aún así, como humanos somos culpables de tanto…

Tomo mi infusión en silencio, sentado en una rústica silla de madera que fabriqué. También tengo unos trozos de queso y fruta, y ese será todo mi almuerzo antes de ir a la cosecha. Me conformo con poco, acostumbrado a ello. Mientras tanto observo a mi derredor… mi casa. Es pequeña, humilde y húmeda, pero he vivido tanto tiempo aquí… miro la estantería, también hecha por mí, que sostiene algunos libros que he conseguido y otros que he escrito yo mismo con trozos de papel que encuentro. Especialmente acerca de lo que he averiguado sobre medicina, cosas de mi vida, de la de mi gente allá en el distrito 9, sobre las vidas de esos otros que me rodean en este distrito… y también material que se consideraría rebelde y por el cual perdería la lengua o la cabeza si lo descubrieran.

Luego de almorzar, salgo y miro el ardiente sol tan clásico de este distrito, por su posición diría que ya es la hora de ir caminando hacia la plaza. Me pongo mi sombrero de paja, barajo la posibilidad de tomar o dejar mi poncho de lana de color rojo que utilizo para el frío, pero decido llevarlo, seguramente vuelva de noche porque habrá siempre alguien que me necesite en el centro. Me despido de mi casa, juntando brevemente las manos y agradeciéndole al lugar por el cobijo brindado, no es tan probable pero no sé si el nombre que salga elegido sea el mío. Quizá alguno de los chicos de la aldea venga a darse una vuelta por aquí, si es así, me gustaría que aprovechen las pocas cosas que tengo. Así que dejo la puerta entornada, como una invitación a quien lo precise.

Después de una hora de andar, más o menos, llego al lugar. Ya hay bastante gente, todos vestidos lo mejor que pueden, pero nerviosos e inquietos. No destaco tanto entre la multitud a excepción de mi atuendo, mi sombrero o quizá mi collar de cuentas, acá también hay piel cobriza y ojos oscuros. La gente se saluda, se apiña en grupos, conversan. Muchos me saludan, me preguntan cosas, una niña pequeña incluso se interesa por saber si tengo conocimiento de quiénes serán los cosechados. Menos mal que no, no podría mirar a esas dos personas a los ojos si fuera así.

La ceremonia da comienzo dentro de poco. Nuestra alcaldesa lee el tratado de la traición, mientras yo revato en mi cabeza sus palabras como hago cada vez que las escucho. No, no y no. Nadie merece lo que nos están haciendo, incluso los animales muerden cuando se los maltrata, ¿cuánto más los humanos? Pero... sé que no hay dos sin tres, estoy seguro de que la tercera rebelión funcionará. Si es que estamos vivos y no nos destruimos para vivir otra.

Nuestra escolta es una chica joven, de cabello negro y delgada. Si se ha operado, o alterado su imagen de alguna otra forma, yo al menos no puedo vislumbrarlo. Se llama Amaranta Avery y comienza a hablar con una voz mucho menos cantarina de la que, según sé, se oye en otros distritos.

–Y nuestra tributo femenina es Meenara Lander –dice, casi sin emoción.

La gente, incluyéndome, mira y murmura. Yo no hago lo segundo, pero sí lo primero, supongo que le debo el mirarla. Me parte el corazón verla avanzar, es una mujer más o menos de mi edad, que luce perpleja mientras camina hacia el escenario. Se oye el grito de un niño, y puedo ver bien cómo patea a la gente que intenta sujetarlo para volver con su madre, abuela o lo que sea.

Tomo una decisión, si no soy yo el cosechado iré a ver qué tal está. Tal vez pueda hacer algo por él, si no tiene más parientes, sería un poco trágico de ser así pero en este distrito tan peligroso, no lo descarto.

–Y nuestro tributo masculino es Haida Creek –dice Amaranta.

La gente sí reacciona, murmurando su consternación y su tristeza. Por primera vez en muchos años, no estoy pensando y sintiéndome por los demás, todo lo contrario. Lo siento por mí. La vida me ha dado un terrible revés, pienso, al encaminarme con paso tranquilo hacia el escenario. Ya no puedo escaparme, como a los quince años, donde mis compañeros murieron y yo sobreviví por pura cobardía. Ya no puedo huir, no hay un riachuelo donde esconderme, no hay nada más que los Juegos del Hambre.

También lo siento por ese niño, el hijo de Meenara Lander, espero sinceramente que tenga parientes. Sé lo que es estar solo, ya que durante todos estos años fue así como viví. No me gustaría que él comenzase ese camino tan joven.

Amaranta Avery no hace comentarios al vernos parados allí, mirándonos. El distrito entero rebulle y se lamenta, Lander y yo somos dos estatuas de hielo. El rostro curtido de mi compañera de distrito me hace ver un terrible sufrimiento, no sé qué verá ella en el mío.

–Dense las manos, por favor –dice la escolta.

Obedecemos. La mano de Meenara está caliente y áspera por el trabajo. La mía, algo temblorosa por la impresión. Todavía tengo que reponerme. A cualquiera le parecerá que llevo un residuo de vida, sin muchos placeres, sin tantas comodidades. Pero me gusta tener mi tiempo para pensar, me gusta la opción que tomé y no la voy a dejar escapar, ni siquiera por algo como los Juegos Anuales del Hambre.


Galatea «Gala» Higgins – treinta y cuatro años – distrito 8

«¡Qué hermoso vestido lleva nuestra cosechada! Es, sin dudas, una maravilla. Tengo los dientes largos por saber dónde lo ha mandado a diseñar (…) está un poco conmocionada, ¡Pero estoy seguro de que pronto nos mostrará de qué es capaz!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Millie tiene una mano entrelazada con la de su marido y otra, con la de su hija mayor, de ocho años. La otra mano de la niña está enlazada con la mía.

–Tiíta, por favor no salgas cosechada –me dice la niña, mientras el alcalde habla–: me duele la pancita… no quiero que ni tú ni mamá…

Dana, la niña en cuestión, es mi sobrina y me ama mucho. No solo porque gracias a mis ingresos y a mi talento puedo vestirla como a una princesa –Esa sería una razón bastante fuerte para que una pequeña ame a un adulto en este distrito–, sino porque siempre hemos conectado. siento que me recuerda un poco a mí misma cuando era más joven, y me alegra que entre mi hermana Millie, su marido y yo podamos darle una vida decente, a ella y a su hermanita menor, al menos una mejor de la que tuvimos nosotras.

–Tranquila, Dana –le aprieto cariñosamente y le sonrío.

No le puedo prometer que no saldremos cosechadas, porque no lo sabemos. De todos modos, me alegra que la familia casi completa esté aquí, en la plaza, si bien el momento es angustioso. El único que no está presente es mi padre, en parte porque está demasiado débil para levantarse, porque apenas me recuerda, porque no habría sabido cómo traerlo y porque… la verdad, me siento mucho más aliviada cuando está ausente, especialmente en momentos de estrés. Mi padre nunca fue un alivio emocional para nadie, ni para mi madre, que en paz descanse, y mucho menos para nosotras. Así que ahora está durmiendo en mi casa, y nosotras pasando por este mal trago, si ninguna sale cosechada mejor.

La escolta sube al escenario, con un vestido azul que me resulta vagamente conocido, y recuerdo con una sonrisa cuando lo diseñé. Fue hace cosa de dos meses, estaba mirando unas ilustraciones de un libro de cuentos de Dana y las ideas se me vinieron a la cabeza, a tal punto me desbordaban que tuve que comenzar a dibujar bocetos en seguida. Mi idea original había sido en verde, pero me gustó que también lo hayan hecho en azul.

Seguramente esto parecerá un poco confuso, así que aclararé en seguida mi identidad. No solo soy Galatea Higgins, también soy «La Costurera», el talento descubierto por el famoso empresario Ernest Toga hace cosa de cinco años. Sí, no siempre fui rica y tal vez le deba mi éxito a una desgracia (un vestido que hice para la hija de una amiga, que salió cosechada y no regresó), pero el asunto es que ahora mi nombre es relativamente conocido por las partes de Panem donde se puedan costear un vestido. De cualquier manera, siempre me gustó coser, incluso antes de ganarme la vida con esto. Comenzó con simples vestidos para mis horrorosas muñecas de trapo cuando era pequeña, hasta ropa mía cuando se descosía. Pronto comenzó a ser una terapia para escapar de los maltratos constantes de mi padre, aunque tuviera el cuerpo magullado y el alma doliéndome, encontraba en la aguja y en los dibujos sobre todo, mi vía de escape. Tengo suerte, supongo, en los distritos muy pocas veces puedes hacer lo que te gusta con tanta libertad como yo.

Supongo que el impacto se debió sobre todo a eso. Estar pensando en mi suerte, con mi mano entre las de Dana, sin mi padre, tranquila y aliviada, poco antes de escuchar mi nombre de los labios de la escolta que llevaba mi vestido.

–¡Galatea, Galatea! Ven aquí por favor –llamó otra vez. Al parecer, la primera no escuché mi nombre.

Y sé que lo había dicho, porque Millie tenía los ojos desorbitados, su esposo me miraba con horror y Dana me aferraba con fuerza de la mano.

–¡Tía, no vayas! ¡No vayas, no vayas, no vayas! –Exclamó, con lágrimas en sus ojos.

No podía no ir, era absurdo. Si nadie se presentaba voluntaria para salvarme, a rastras me llevarían los agentes de la paz. No había otra opción, debía ir a los juegos del hambre yo solita, con mi vestido celeste de espalda descubierta, con esos taconcitos de princesa que me había puesto, con mi peinado y mi sonrisa amable y mis agujas y mi todo.

«¿Pero qué va a hacer una costurera en los Juegos del Hambre?» Pensé, recordando todo lo que sabía sobre diseño, sobre costura, telas y todo aquello. ¿De qué me iba a servir? ¿qué podía hacer? ¿Iba a morir?

Sentí las lágrimas en mi garganta, solo faltaba un empujoncito cognitivo más para dejarlas salir a torrentes en el escenario, donde estaba parada ahora, con dos mujeres (la escolta y yo) que llevaban puestos mis vestidos. Pensé en Millie y el resto, intenté concentrarme en ellos pero fue peor, porque me acordé de mi pobre Dana. Iba a llorar, era inevitable.

«Pero ya no verás a tu padre, has podido escapar al fin de él, Gala» dijo una voz en mi cabeza, una que se parecía bastante a… a alguien que conocí.

–¡Rickon! Oh, cariño, ¿A qué se debe esa cara de sorpresa? –Preguntó la escolta a alguien.

Las cámaras lo enfocaron, y mis ojos también. Allí en el sitio reservado para los vencedores (el vencedor en el caso del distrito 8), Rickon Blade mostraba una expresión de absoluta incredulidad que se prestó a remplazar en seguida por una sonrisa. Era la primera vez en muchos años, que él y yo nos mirábamos a los ojos. y pese al dolor, miedo e inseguridad, en mí pareció revivir un eco de lo que fue hace casi dieciocho años.

–Nada, Elizabeth, es solo que… estas coincidencias del destino, es alguien que conozco y que… por el momento no diré más –Rickon Blade deslumbró con su sonrisa a las cámaras y a la propia escolta, quien aunque insistiera, no recibiría otra respuesta.

Rickon… ¿qué le estará causando verme aquí? Todavía no lo sé. De cualquier manera, la cosecha seguía y el tributo masculino hizo su acto de presencia. Nos dimos la mano y todo terminó. O tal vez no, porque los agentes de la paz vinieron a buscarme para las despedidas.

Mucha gente quiso venir a despedirme, me recordaban de haberme encargado vestidos, incluso, antes de ser tan conocida, de darme telas mal teñidas o rotas que se desechaban en las fábricas. Los más importantes fueron mis familiares, claro está. Y la conversación que tuve con Millie.

–Mill, cariño… tú… por favor –estaba suplicándole. Ella, sola conmigo en el salón, tenía una mirada dura.

–Con magro consuelo me quedo –su voz era tan dura como sus ojos–: los juegos del hambre me quitan a la persona que más amo en el mundo, y me dejan a ese viejo ocupando espacio en su lugar… ojalá hubiese salido cosechado él.

Tiene más de setenta años, era obvio que no pasaría. Millie se echa a llorar y yo con ella, lo cierto es que la vida fue terrible para las dos. Me abraza, cálidamente, y yo le correspondo sintiendo que podría caerme un rayo ahora en la cabeza. Mi dulce hermanita menor, cuánto debe estar sufriendo por mí.

–Lo haré, Galatea, lo haré –me promete, con los golpes del agente de la paz en la puerta como música de fondo–: cuidaré a ese viejo… pero no por él, que te quede claro, no por él.

Ya lo sabía, sería por mí. Así que la volví a abrazar, esperando contra toda esperanza que no fuese la última vez que la viera porque, en serio, ¿A qué iría una mujer como yo a los Juegos del hambre si no era para no volver?


DR. Leo Sanz – treinta y seis años – distrito 3

«¡Los pelos de punta, Caesar! Así me siento, no lo puedo explicar de otra manera. ¡Con qué rapidez este hombre tomó el lugar del niño! Un niño que no conocía… ¡Esa es nobleza, señores! ¡Y además miren qué planta!»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


«¡Ahí tienes tus mugres! ¡Vete y no vuelvas, Sanz, hijo de…!» Había gritado Cortanne Gordon, mi ex novia, lanzándome todas mis prendas a la calle guardadas en bolsas de basura. «¡Pues no pienso volver de nuevo ni aunque me supliques, bruja loca!» Repliqué, alzando mis brazos con énfasis. Así fue como fui corrido de mi propia casa, sin un céntimo en los bolsillos y con todo lo que me era querido, en la acera junto a mis pies.

Eso había pasado hace dos años, por cierto. Me acuerdo de esto y lo menciono porque Kurt, mi mejor amigo, y su esposa, Tabita (o Tab) me lo van recordando de camino a la cosecha. Diablos, hasta Neon, la niña de siete años de la pareja, se ríe también.

–Y cualquiera pensaría que Leo iba a aprender, pero no, luego se buscó alguien peor que Cortanne ¿cómo se llamaba esa otra mujer? ¿Clarissa? –Iba riendo Kurt, sanamente, claro está.

–Clarella –le recordó Tab, que tenía mejor memoria para los nombres de las chicas que me terminaban exprimiendo el dinero y dejando en la calle, o bien intentando asesinarme (juro que eso pasó una vez, antes de Cortanne).

–Clarella, bella como las estrellas –recité, resoplando por la nariz y riéndome también. Fui tan imbécil con ella… con todas, en realidad.

–Bueno, si no salimos cosechados a ver si te presento a esa chica que trabaja en biotecnología, es un amor –sonríe Kurt, dándome un toque en el hombro.

–O al menos, lo será hasta que conozca a Leo, luego descubrirá que es mejor ser mala –ríe Tab.

–Que los cielos no te escuchen, Tab, me gustaría tener buena suerte por una vez. No recuerdo cuándo fue la última vez que una mujer me abrazó sin pensar en mi dinero –Respondí.

–Creo que fue tu madre –apostilla Kurt.

Mamá había muerto antes de que mi declive amoroso fuese alarmante, así que estoy tranquilo pensando que no tuvo que ver a su hijo con sus cosas en la calle, pidiéndole asilo a su mejor amigo por unas cuantas noches hasta que atendiera a algunos pacientes para conseguirse otra cosa. Kurt es un ángel.

Así vamos charlando de camino a la cosecha, por suerte mi amigo y yo somos de la filosofía de que si no podemos cambiar algo, es mejor no preocuparse, y esta cosecha extendida es algo imposible de alterar. ¿Qué alguno puede salir cosechado? Posiblemente, pero también es probable que no suceda, y en cualquier caso ninguno puede hacer nada, además Neon es pequeña e impresionable, y Tab a veces tiene un genio vivo y explosivo. Es mejor fingir que vamos a la plaza del distrito para comprar algo, o de paseo, o cualquier otra cosa, en lugar de pensar en los Juegos del Hambre.

Al llegar a la plaza, me doy cuenta de que haber venido con la chaqueta del traje fue casi suicida. Está llena a revosar, con las personas apretujadas para optimizar el espacio. Me da pena ver así a mi distrito, todas personas de piel un poco cenicienta, sucios, bastante pobres para la utilidad que tiene aquello en lo que trabajamos. Recuerdo cómo eran las cosas antes de la Rebelión, y diría que no hay mucha diferencia excepto por las cámaras, ya éramos pobres y oprimidos antes del Sinsajo, pero creo que la gente se desmoralizó más cuando todo fracasó. Había tantas esperanzas… tanta fe en que todo iba a cambiar. Mis padres no apoyaron a un bando ni a otro, estaban demasiado ocupados intentando que no muriésemos de hambre, así que no sufrí por perder a nadie en la guerra. El barrio más marginal del distrito fue el que me vio crecer, y todavía no me olvido de que antes tenía problemas más acuciantes y terribles que simples desavenencias con las mujeres. Para empezar, había que permanecer vivo, intentando que no te mate ni el hambre, ni el frío, ni el cansancio, ni el ser rebelde, u otras personas que quieran quitarte algo, porque en ocasiones la gente se vuelve contra sus iguales cuando de sobrevivir se trata. Ejemplo de ello: los juegos del hambre.

Pensar que todavía hay personas que viven así…

Me pone un poco nervioso pensar en que podemos salir cosechados, o alguien que conozca. Vengativamente, pienso que tal vez Cortanne pueda salir pero no, me retracto en seguida pues tampoco se lo merece. Nadie merece ir a los juegos, supongo que por eso me sienta tan terrible cuando la niña cosechada resulta tener entre trece y quince años. Es pequeña, pálida, con unos lentes de color rosa y no para de llorar desde que subió. Kurt me mira y yo aparto la vista, no quiero que vea todo lo que estoy sintiendo al ver a esa preciosura llorando así… me dan ganas de abrazarla. ¿No se dan cuenta de lo que hacen? ¿qué daño les hizo esa niña? Está llorando ahí, mientras la escolta no para de hacer comentarios estúpidos y las cámaras la dejan de enfocar, como si ese llanto no mereciera ser transmitido, como si el dolor de Aleia Valhör tuviese que ser acallado. Y esto pasa todos los años aquí mismo, Neon lo tendrá que pasar en cinco años más.

«¡Pues váyanse bien a la mierda! Los odio, y no me importa haber vivido un tiempo en sus calles luminosas, me da igual que me hayan enseñado todo lo que sé sobre medicina… ¡No les debo nada y los odio! Pobre Aleia. Linda, nunca me voy a olvidar de tu nombre, porque probablemente mueras», pensé. Kurt buscó de nuevo mi mirada y esta vez sí se la sostuve, vio furia en mis ojos café.

El resto es sabido por todos. Cómo mencionaron al chico de doce años –Dahl, Pietro Dahl–, cómo esperé una respuesta a tal aberración (un hermano mayor, un padre, un tío, lo que fuese), y cómo me vi decepcionado. No pude resistirlo, era más fuerte que yo. Supongo que tengo un fuerte sentido del deber, estoy acostumbrado a salvar personas, es lo que hago si no se me mueren. Desde que no pude… da lo mismo, hubo un punto de inflexión en mi vida cuando decidí que me dedicaría a esto. Y si nadie iba, Pietro Dahl iba a morir solo. En cuanto me presenté voluntario, oí la voz de Kurt, gritándome que no lo haga. Sé que me piensa reprochar por toda la vida, no importa qué tan larga o corta sea. Fue extraño… en un segundo estaba junto a Kurt y su familia, y al siguiente ya estaba en el escenario junto a Aleia.

Me conmueve la reacción de mi distrito, cómo nos reverencian en un signo de respeto (y de rebelión, pura y dura rebelión) y cómo nos aplauden. Sé que todo Panem está viendo o verá cómo tomo mi pañuelo nuevo y se lo doy a Aleia, la gente aplaude más ante esto y me da vergüenza, me siento un poco expuesto. Seguro los profesionales piensan que soy débil y blando. Tengo que mostrarme más rudo para la próxima… no, eso es una tontería. Posiblemente muera, no me descarto como ganador porque conozco de lo que soy capaz, pero siempre es bueno tomar en cuenta el margen de error, así que no importa tanto qué piensen de mí esos brutos.

Es sabido, además, mi primer acercamiento con Aleia. Será mi aliada, lo tengo decidido. Debe tener algo en lo que es buena, y si no… seré bueno por los dos hasta que ya no pueda ser bueno para los dos. Sé que tendré mis dimes y diretes conmigo mismo por esto, pero sé también lo que terminaré haciendo así que para qué irme con rodeos.

Luego de separarnos e ir al Edificio de Justicia, mucha gente nos sigue. Las despedidas toman tiempo, muchos pacientes y ex pacientes míos se despiden de mí con abrazos, lágrimas y susurros en mi oído de cómo les he dado esperanzas. Me da pena ver cómo todo queda en nada, y me encantaría que mi distrito fuese libre… incluso si muero después de eso, mi gente merece ser libre, carajo.

Pietro Dahl tiene una madre y dos abuelas, ahora entiendo por qué nadie se presentó voluntario por él. Son los últimos desconocidos que se despiden de mí, llorando los tres (y yo quiero esconder mi vergüenza porque me están tratando de todo lo bueno de este mundo). Le deseo lo mejor a las mujeres y a Pietro, y ellas me lo agradecen mil veces.

Kurt tiene sus ojos azules con lágrimas.

–La última gran tontería, ¿eh, Leo? –Me dice, estrujándome entre sus brazos.

–No, esto no fue una tontería –le contesto.

Y, pese a que mis despedidas tomaron tiempo, llegué al auto para ir al tren un poco antes que Aleia.


Nyx Bellecourt – veinte años – distrito 10

«¡Qué bella es nuestra cosechada por el distrito 10, Nyx Bellecourt! ¿Ves a Casio, el escolta? ¡está tan sobrecogido por su belleza como nosotros! Y miren qué temple… amigo Claudius, ¡yo apuesto por ella!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


–¡El nombre de nuestra valiente mujer es Nyx Bellecourt! –Dice Casio flynt, el escolta, haciendo que mi respiración se detenga por dos latidos de corazón–: ¡Sube, Nyx, querida!

«Diablos» pienso, mientras me sobrepongo de la sorpresa como puedo, enfrento las miradas de mi distrito entero, algunos de los cuales me conocen y murmuran apenados por mí, y me dirijo al escenario. No soy conciente de ello pero mi andar es tan fluido y elegante como siempre, pese a que llevo una sentencia de muerte sobre mi cabeza. Acelero el paso cuando llego a los escalones, subiéndolos a prisa como si pudiera huir de todo lo que dejo abajo. A mi hermana gemela Sabina, de quien nunca me había separado hasta ahora; mi mamá, tía y bisabuela, mis figuras de amor y protección. Mi trabajo… en fin, ya pensaré en todo eso más tarde. Y si no volviera… bueno, tengo un poco de tiempo para meditar sobre todo lo que significan para mí, ahora no es el momento. Hago retroceder a mi familia de mi cabeza, intentando dejar traslucir una expresión hermética que no estoy segura de sentir.

El escolta me dice lo guapa que me encuentra y si puedo dar una vuelta ahí para todos, a fin de que puedan mirarme bien porque «¿cómo tu distrito no se ha rendido a tus pies, querida?», y se maravilla de que sea, según él, tan bella y pertenezca a un lugar tan poco glamouroso como este. Si intentaba hacerme sentir bien no lo consigue del todo, estoy bien alimentada y no tengo la tristeza en mi rostro porque nunca lo pasé mal, ni tuve hambre o frío, mi familia se encargó al principio de eso y yo, cuando pude trabajar. Él también es guapo, pero seguro no tuvo nunca que hacerlo.

Después de hacerme sentir un poco humillada dando unas gráciles vueltas de su mano (y siento que la tierra no me haya tragado todavía, pero como siempre, intento no demostrarlo), me limito a esperar allí, parada junto a él, a que saque el nombre del tributo masculino. Intento distraerme con la diferencia de tamaño entre él y yo, soy como diez centímetros más alta, para no pensar en mi familia y en qué harían si muero. No, todavía no, aún no. Qué bajito es, o tal vez qué alta soy… (mi hermana quedaría destrozada, ¿cuándo fue la última vez que nos separamos por más de tres días?…), y vaya, alguien en la primera fila tiene un vestido muy lindo, ¿cuánto le habrá costado? (Mamá no podría ir a trabajar si muero… llorará tanto que…), ah, y ahora van a decir el nombre del tributo masculino, ¿quién será? (mi pobre bisabuela, tal vez muera de pena, tan viejita que está… ya ha vivido dos rebeliones y ahora esto…) «¡Ya, suficiente!»

El chico cosechado fue reemplazado en seguida por un pariente que se presentó voluntario, Rafe Firehorse, ahora mismo está parado frente a mí. Es alto, de hombros anchos y pelirrojo, luce despreocupado pero cuando nos damos la mano, noto que tiembla levemente su pulso. Mientras el himno suena, me entretengo contando sus pecas para no pensar. Parece ponerse un poco nervioso de que lo mire fijo, yo le sonrío para tranquilizarlo, aunque sea mayor que yo siento que lo necesita. Parece que no me sale tan bien, porque él aparta sus ojos de mí y me deja contar libremente.

Cuando los Agentes de la Paz se aproximan para llevarme al edificio de justicia, miro de reojo a nuestros dos vencedores, los veo cuchicheando y observándonos… seguramente se ponen de acuerdo sobre nosotros. Mientras camino, Bojack se da cuenta de mi mirada y le dice algo a Dianne, que fue su mentora. Ambos me sonríen y veo en los labios del hombre las palabras «hablaremos luego», alzo el pulgar en respuesta y dejo de prestarles atención, aunque sepa que probablemente están hablando de mí, y acerca de si tengo o no posibilidades.

En el Edificio de Justicia, mientras espero, sí dejo fluir mi imaginación por los derroteros que quería evitar, y mi rostro expresa todas las emociones que estuve conteniendo afuera. No importa, estoy sola, y aquí no están esas cámaras captándolo todo. Sé que son para mantenernos a salvo, que son útiles y han servido para detener criminales, entre otras cosas, y las agradezco, pero de haber estado aquí mientras me tapo el rostro con las manos, las habría odiado.

Mi tía y mi bisabuela entran primero, las mujeres más fuertes que conozco. Ambas perdieron a sus esposos siendo muy jóvenes (mi tío, a quien no conocí, fue rebelde) y mi pobre bisa lleva viviendo ya mucho tiempo. Me despido de ellas, porque no sé qué pasará y prefiero dejar todo zanjado por cualquier cosa. Ellas intuyen que me está afectando, que no suelto las lágrimas únicamente por no lastimarlas, y yo también sé lo mismo respecto a las dos. Ninguna llora.

–No te rindas, Nyx, sé tan valiente como cuando el puma –me dice mi tía, acariciándome el cabello. Sonrío un poco, recordando ese episodio mientras doy vuelta al colgante en forma de gato que llevo en mi cuello.

Era pequeña, tal vez habría tenido unos siete años, cuando pasó algo terrible en el distrito. Un puma había bajado de las montañas y estaba comiéndose al ganado. Alguien se jactaba de haberlo herido pero no matado, y querían saber dónde estaba para terminar con el trabajo porque era peligroso. Yo… sinceramente no recuerdo qué fui a hacer para los pastizales, no sé si iba a buscar una hierba medicinal o simplemente a jugar, pero me encontré con el puma herido, que se arrastraba en el suelo. Sentí compasión, fascinación y todo por él, quería acariciarlo incluso pero al final me dio un poco de miedo y escapó.

Cuando me interrogaron por el asunto, no dije nada. No tenía tanto control sobre mis emociones como ahora –era pequeña, recuérdenlo–, así que la gente supo que lo vi. Además, cuando era una niña no entendía muy bien cómo funcionaban las cámaras, gracias a las cuales le dieron muerte de todos modos, pero no di mi brazo a torcer. De mi boca no salió su paradero, tal vez hubiese podido salvarse.

A mi hermana y mi madre, también les digo que no voy a rendirme. Tampoco lloran, ni yo, pero se nota que están preocupadas y angustiadas por lo que vaya a ser de mí, mi madre más que Sabina.

–Ya volviste loco al escolta –dice ella, tratando de darme ánimos–: aprovecha eso y trata de tener en tu puño a más gente.

–La belleza no lo es todo, Sabina, no seas necia –le respondo, intentando sonar relajada.

–Y si solo fueras bella, estaría preocupada, pero no es así –ella rebate, con la mirada brillante–: creo en ti, Nyx. Y sabes…

–¿Qué? –Pregunto. Sabina sonríe un poco más.

–Sé que puedes, eso –susurró–: tía está muy perocupada, aunque no te lo haya demostrado, pero yo no pienso darte por muerta hasta que… bueno, si es que llega a pasar.

Mi gemela cree en mí, eso me quita un peso de encima. Pensé que iba a tener que tranquilizarlas a todas, pero no sabía cuán nerviosa estaba por esto sino hasta que Sabina me quitó el tremendo peso de encima.

–Lo voy a intentar, seré testaruda al respecto –prometo.

–Así se habla.


Duncan Borlaug – cincuenta y seis años – distrito 9

«Yo no lo menospreciaría por ser mayor, ¿eh? Parece fuerte»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


Estoy acostumbrado al nudo en el estómago durante los días de cosecha. Antes era por mi hermano mayor, Angus, y por mí, después por mis hijos, Serenys y Kyabbe, cuando resultaron ser elegibles, luego cuando Alianna, mi nieta mayor y consentida, cumplió los doce años… y ahora por todos, incluyendo a mi cuñada, yerno, nuera y yo mismo, otra vez. Nunca pensé que con cincuenta y seis años volvería a estar disponible para una cosecha pero ¿por qué debería sorprenderme? Los ociosos capitolinos no tienen nada mejor que hacer aparte de incordiar a quien puedan, cuando quieran.

Hace calor en la plaza del distrito, creo que ha sido el día más caluroso de todo el año. Por un lado está bien, la cadera y la rodilla me molestan menos que nunca en situaciones como estas, pero por otro lado, tenemos ya la boca seca y la cabeza caliente por el sol. De todos modos, sería capaz de soportar muchos grados más con tal de que mi familia al completo pueda volver a casa. Y es que todos excepto Angus, mi hermano, y mis nietos más pequeños estamos en peligro.

Alianna sigue con preocupación a la escolta con la mirada, cuando se dirige a las urnas de la tributo. Ojalá poder quitarle el nerviosismo con un dulce, un regalo o cosas que la contentaban cuando era más pequeña, pero ahora con catorce años me es imposible hacerla olvidar con una minucia todo lo que tenemos que pasar. Si su madre, ella misma, o sus tías salen cosechadas… no hay caramelo capaz de endulzar eso. En sus lindos ojos, tan parecidos a los de mi hija Serenys, veo que lo comprende.

–¡Nuestra tributo del cuarto vasallaje es Jessica Grainbelle! –Grita, con un entusiasmo que desentona con la atmósfera del resto del distrito.

–No me jodas… ¿Es familiar de Breel? –Comentó Angus, a mi lado, sumamente impresionado.

Podía ser que no, Grainbelle podía haber más en el distrito y todo habría quedado en nada, pero resultó que mi hermano no se equivocaba, a juzgar por la reacción que el único vencedor de nuestro distrito, Breel Grainbelle, tuvo al escuchar ese nombre. Se puso en pie, como impulsado por un resorte, y después se volvió a sentar, tapándose la cara con las manos. Parecía devastado y me compadecí de él, ¿quién sería? ¿su esposa? ¿su hija? ¿su madre?

A juzgar por la edad de la mujer –más o menos la mía–, que subió con la cabeza en alto y una enorme sonrisa finjida adornando su rostro moreno, supuse que mi última suposición era acertada y se trataba de la madre del vencedor. Qué macabra coincidencia, pensé, y eso mismo le comenté a mi hermano, que se encogió de hombros con una mueca de tristeza en su rostro mientras miraba a Breel. Era un hombre bueno, siempre que podía ayudaba a los demás con su dinero y no se puso extravagante con los años como sí pasó con ciertos vencedores de otros distritos.

Las mujeres de mi familia suspiraron, aliviadas a la mitad (porque aún faltaba la cosecha de los hombres para que pudiésemos sentirnos realmente cómodos con la situación). Alianna estaba tan contenta que, importándole poco su recién adquirida independencia adolescente, abrazó a su madre. Serenys la estrechó entre sus brazos y le besó el pelo, y Will, mi yerno, sonrió de nervios y alivio. También me sentía feliz por todas ellas, había salido una anciana cosechada, y era triste por el bueno de Breel, pero no había sido Claudeen, mi cuñada.

–¡Y nuestro tributo masculino es… Duncan Borlaug! ¡Un enoooorme aplauso para Duncan! –dijo la mujer de peluca verdeamarillenta a la que teníamos que llamar escolta.

Tragué saliva. Lo primero que pude pensar fue: «menos mal, menos mal que no fue Kyabbe», con horror en mi corazón, sentía la boca seca y amarga, y miré a mi familia que tenían sus rostros petrificados, ¿cómo pudo ser si estábamos celebrando hace tan poco?

Angus me transmitió una mirada de ánimo que le devolví, y antes que los agentes de la paz vinieran a buscarme, fui yo quien se acercó al escenario, pensando que tenía pendientes un abrazo a todos mis nietos, a Alianna en particular, y a mi hija… mi Serenys…

–Vaya, mayorcitos están los dos –comentó la escolta, con una sonrisa–: ¡Pero tienen fuerza y carácter! Me gustan, ¡me gustan!

Jessica abrió la boca, parecía dispuesta a decir algo, pero luego reinstauró su sonrisa fingida, seguramente mordiéndose las palabras que quería soltarle. Yo pensé en que ella parecía fuerte, y yo tampoco estoy en mala forma… viejos, pero no inútiles.

–Viejos pero no inútiles –le dije a mi compañera, mientras nos dábamos la mano.

–Viejo será usted, señor Borlaug, pero yo todavía trabajo y bien que puedo apañármelas en todo como cuando tenía veinticinco –me contestó, sin dejar de sonreír, ya me estaba poniendo nervioso enseñando tanto diente.

Sacudí la cabeza, terminando el apretón de manos, y pensando en que esta mujer tenía mucho carácter, y no se me ocurrió nada más que decirle porque tenía a Serenys y a los demás en mi cabeza.

Breel Grainbelle también parecía estar pensando más que nada en una de sus parientes, pues se acercó a su madre en cuanto pudo y la abrazó. Ella se soltó en seguida, me parecía que era una de esas personas a las que no les gusta la compasión. De todos modos, no pude dejar de pensar que mi compañera de distrito contaba con una gran ventaja, si Breel no era imparcial podía darme casi por muerto.

En las despedidas, sí abracé a todos mis nietos, tanto al de ocho años como a mi Alianna, de catorce. La besé y le dije que se cuidara mucho, y ella acarició mis rizos canosos y me dijo que me amaba. Aquello fue hermoso y enternecedor, me gustaría darle la satisfacción de no morir y regresar con ella solo para no hacerle daño. Serenys, mi hija mayor, que me ayudó con Kyabbe, su hermano, cuando mi esposa se fue a luchar por los rebeldes… ella sí lloraba.

Serenys se parecía tanto a Roselia, mi esposa… excepto en que ella sí pudo ser madre, sí luchó. Poco le importaban rebeliones fallidas, poco concepto tenía a esos idiotas que se levantaron sin estar seguros de que podían vencer. A ella, como a mí, le importaba más la familia.

–Papá… –dijo, llorando–: algo en mí me decía que… algo en mí…

Respiró un par de veces y se calmó. Cuando al fin pudo hablar, sacó de su bolso mi objeto más preciado, una rosa seca que me dejó mi mujer antes de marcharse. La tenía guardada en mi cajón, allí tuvo que meterse mi hija para encontrarla. Se lo recriminé en broma, pero se lo agradecí.

–Será mi recuerdo, mi amor –le dije, hablándole a mi hija, y a su madre.


Mercedes Marston – cincuenta y ocho años – distrito 6

«Ay, me muero de ternura, una madre presentándose voluntaria por su hija… ¡Me encantaría preguntarle tantas cosas!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Missy Fry, Marston de soltera, fue la mujer cosechada para el distrito 6, y muchas gargantas expiraron suspiros de alivio, pero la mía se contrajo con terror. La conocía mejor que nadie, diablos, y la tragedia me tocó de muy cerca. Le cambié pañales, le leí cuentos, intenté luchar por ella junto con su padre para darle un mundo mejor, perdiéndolo en el proceso y casi perdiéndome a mí misma, y me alegré, durante seis años, cuando las cosechas pasaban sin que saliese escogida para participar.

Ahora, Missy estaba a punto de hacerme abuela y pasaba esto… siete meses, su pancita hacía ver tan adorable aquella figura alta que amaba tanto.

«¿Y qué vas a hacer, vieja tonta? ¿dejar que vaya?» dijo una voz, bastante enojada en mi cabeza. «Pues no, y ya te estás tardando para presentarte voluntaria por ella». era una voz que se parecía a la vigorosa que tenía cuando era más joven, y le encontré toda la razón.

–Missy, ¡Quédate donde estás, carajo! ¡Me presento voluntaria como tributo! –grité, pues mi hija ya se estaba disponiendo a pasar al escenario, con los ojos llenos de lágrimas.

Nos miramos fijamente, y pese a que pronto tenía que ir al escenario si no quería que nos arrastraran arriba a una de las dos, ella me dio un abrazo lo más apretado que pudo sin que estorbara su pancita. Acaricié su pelo y luego su mejilla, preguntándome hace cuánto tiempo no lo hacía…quizá hace años. Nunca fui de demostraciones físicas de afecto.

Albie, mi yerno (en realidad se llama Albert, pero cuando lo conocí era un mocoso de quince años al que sus amigos llamaban así, no es mi culpa si se me quedó), me miró con agradecimiento en sus ojos. era lógico, él no podía hacer nada para salvar a su esposa e hijo no nato, a no ser presentarse voluntario y morir para salvarla. No me resultaría descabellado si me confiesa que estaba pensando en hacerlo, de todos modos no tendrá que. Quiero que mi nieto o nieta crezca con sus dos padres, maldición, algo que no pude hacer con mi Missy.

Subo al escenario y mi distrito me observa fijo, sé que muchos están aliviados y otros, tristes por mí. No culpo a los que se alivian, yo estaría saltando de encontrarme en su lugar. Pero no lo estoy, y las cámaras captan cómo aguardo, seria, a que pase algo.

–Hmmm… eres un poco mayorcita para jugar a los juegos del hambre, ¿No te parece? –pregunta la escolta, con mirada evaluadora, recorriéndome–: pero pareces bastante fuerte, ¿en qué trabajabas?

Siento ganas de golpearla, como golpeaba a esos tipos cuando me metí en las peleas clandestinas en mi juventud, cuando la muerte de mi esposo era tan insufrible para mí que esa era mi única salida. Ojalá, maldita niñita sonriente, que estuviésemos en igualdad de condiciones, pero no lo estamos. Así que sonrío de una forma falsamente encantadora.

–Mayor soy, pero puedo cargar a dos como tú en mis hombros –contesté, sin dejarme amilanar–: ¿Y trabajo? Vaya… no sabía que conocías esa palabra.

Ella se quedó un segundo en blanco, sin saber qué decir, pero se recompuso en seguida.

–¡Y además tienes carácter! Ay me encanta… –y sin decir más, me dio la espalda–: bueno en fin pasemos al cosechado masculino… ¡Qué emoción! ¿Habrá otro voluntario?

No hay otro voluntario, pues el hombre que sale escogido tiene cuarenta y pocos años y está en buena forma. Su nombre es Romeo Vector, me saluda con una inclinación de cabeza cuando está arriba, y una sonrisa para el distrito en general. Ah mira qué bien, tenemos a uno de esos payasos que fingen que están contentos de venir a jugar, como si alguien aparte de los descerebrados capitolinos creyese que no están muertos de miedo por morir. Ya de entrada sé que no me voy a llevar bien con este sujeto, así que le doy la mano de forma lo más breve que puedo y lo suelto apenas se permite.

Miro hacia los vencedores. Allí están los dos, ella, Naelie Reyne, con su mirada triste de siempre, él, Marcus Neleas, feliz de estar vivo. Todavía no ve morir a dos personas, o una en el mejor de los casos, pues venció recién el año pasado. Aún cree que puede salvarnos, o eso veo en su sonrisa.

Los agentes de la paz me van a llevar al edificio de justicia, para que pueda despedirme de Missy, Albie (digo, el señor Albert Fry) y mis amigos. No tengo muchas ganas de despedidas, no quiero que mi hija se sienta culpable y me agradezca hasta el cansancio, de hecho, eso es lo que le digo apenas abre la boca.

–Suficiente, ya está hecho, y no quiero oír ni una palabra más –le digo. Ella me sonríe un poco, bañándome con sus besos y sus lágrimas. ¿Por qué me voy a quejar? Bien puede ser la última vez.

–A mí no me puedes decir nada –Albie me mira, sin abrazarme, pero con una mirada cargada de aprecio–: mercedes, eres la mujer más valiente que he conocido, y me importa poco que te enojes conmigo por decírtelo.

Estoy tan sensible por los acontecimientos, que aquello me emocionó de veras. Albert y yo solíamos molestarnos mutuamente, no era que compitiésemos por el amor de Missy pero ambos somos muy parecidos. Él odia tanto las sensiblerías como yo, y aún así…

–Solo cuídalas, ¿de acuerdo? Cuídalas mucho –le dije, sin llorar, pero con la voz un poco quebrada.

–No te preocupes –me contesta, con una sonrisa muy leve–: voy a cuidarlas… a Missy y a Mercedes.

Me quedé sorprendida, de piedra más bien.

–¡Al! Se suponía que no íbamos a decirle hasta que naciera –reclama mi hija, limpiándose las lágrimas.

Yo sonrío… quizá no esté para su nacimiento, ¿quién sabe? Pero, si llego a morir, me voy feliz pensando que habrá pronto otra Mercedes en este mundo, que ayudé a que eso pasara. Espero que traiga a los chicos tan de cabeza como yo lo estuve haciendo hasta ahora.


¡Tercer capítulo de cosechas terminado! Tachán, qué feliz me hace. Ya el cuarto no sé para cuándo lo tenga… esta semana imposible, la siguiente también. Me haré un tiempo en dos semanas más, si puedo, pero tengan confianza, que aunque tarde seguiré igual con esta historia. Más aún porque están pasando ya las cosechas.

Me falta un tributo, el varón del distrito 8, que me tienen reservado ya pero no me entregan. Si de aquí al próximo miércoles no lo recibo, le escribiré a la persona para cancelar la reserva y le mando mensaje a alguna de las que se me quedó pendiente para mandar segundo tributo. :3

Agradecimientos: para Alphabetta (por Haida); a krola (Por Galatea); a Nico-nicochan (por el dr. Sanz); a Ana88 (por Nyx); a ZV/Erika (por Duncan) y Dani (por Mercedes). Demás está decir que los amé. Algunos me costaron un poco de captar, me esforzaré más para la siguiente, pero no quiere decir que no los haya adorado.

Preguntas:

Primera: ¿tributo favorito?

Segunda: ¿tributo que menos te gustó(no te llamó tanto la atención/etc?

Tercera: ¿con quién se aliaría tu tributo?

Cuarta: estoy pensando seriamente en hacer un blog, para evitar las confusiones y además porque quiero poner nombres de escoltas, vencedores, y fichas sobre algunos (Bojack -d 10; Naelie -d6; y Roger, d7 entre otros). En fin, necesito que me digas algún actor, actriz o dibujito, de anime o caricatura da igual, que representaría visualmente a tu(s) personaje(s), para poner como foto.

Quinta: porque soy una copiosa malosa, vi el blog de causa y efecto de Alpha, donde cada tributo tenía un apodo, como el de "la sirena". Por ejemplo, sería como: "Soly Ruh (la cambianombres)" xD, o algo así. ¿qué apodo le pondrías a tu(s) tributo(s)?

Nota: que sea un nombre que lo defina, no vale algo como: Hans Imber-Black (Starkillerminecraft666) xDDD por poner un ejemplo.

Eso, gracias a las que me comentan todo, las amo. Y también a ti, Gato :3

¡Abrazos!