Capítulo IV: cosechas 9,11,12,6,5,8


Jessica Grainbelle – sesenta años – distrito 9.

«¡La madre de nuestro apreciado Breel! Por todos los cielos, esta sí que es una sorpresa. ¡Pero miren lo confiada que se ve! ¿Su hijo habrá heredado su valentía y vigor?»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


Aparté el sillón de la pared y, como me esperaba, me encontré la parte de atrás llena de mugre. Nina, mi nuera, es una buena chica, pero floja como ella sola y dejada con la limpieza. Así que me puse a limpiar y barrer por todas partes, de nuevo, pensando que, por Dios, la escoba no se pasa solo por donde llega la vista…

–Lita, mi mami ya limpió en la mañana –me dijo una de las gemelas.

–Sí, corazoncito, pero a la mami se le olvida mover los muebles y el piso está todo pegajoso –le respondí con una sonrisa.

–Jessica, en verdad limpié ayer.

Esa era la voz de Nina, que venía bajando las escaleras con un vestido casi nuevo y bien peinada. Lógicamente, hoy venía la gente del Capitolio y no podían ver mal a la esposa de un vencedor. La saludé con la cabeza, pero no dejé de pasar la escoba.

–No te preocupes, cariño, yo puedo limpiar hoy –mi sonrisa fue más grande aún, aunque me dolían un poco los músculos de la cara al mantenerla–: ahora ve a arreglar a las niñas para la cosecha.

Ella puso una cara de incomodidad, aunque no entiendo bien qué le pasa. No le gusta que le dé órdenes, se ve, pero si no es capaz de limpiar al menos que adecente a las niñas. Llamó a las gemelas, con un tono algo tirante, y subieron las escaleras. Yo terminé en una media hora de limpiar todo el primer piso, velozmente y bien, ni una mota de polvo quedó en los muebles y el suelo relucía.

Mi Breel estaba fuera hablando con el alcalde, y cuando me vio quitándome el delantal puso el grito en el cielo. Que si todavía limpiando cuando debería estar lista, que si no había nadie ayudándome, que por qué no estaba bañada y arreglada para la cosecha. Yo le sonreí, argüí que no necesitaba ayuda, pero de cualquier manera tenía razón en que debería estar lista. Así que corrí a la bañera, dejando todo en su lugar claro está. Alcancé a escuchar cómo Nina tranquilizaba a las niñas, acerca de que ninguno de nosotros iba a salir cosechado. Estuve a punto de detenerme para decirle, mordazmente, que no tenía cómo saberlo pero me pillaba el apuro y no lo hice, aparte, tampoco quería inquietar a las gemelas.

Los juegos… gracias a los juegos que tengo todo esto. Esta casa gigante, estas comodidades, esta ropa abrigada y de primera mano, gracias a los Juegos del Hambre mis dos princesas no tienen que romperse la espalda trabajando. Yo lo hago porque no me quiero sentir una inútil, desde chiquitita arando el terreno y juntando el grano tenía que servirme para que ahora, teniendo lo que tengo, no me olvide de dónde salí. Sufrí mucho viendo a mi Breel en los Juegos, intentando sobrevivir, casi muriendo en dos ocasiones. Además que al patán de mi marido –bueno, dulce y gentil, lo que quieran– se le ocurrió morirse literalmente de impresión cuando Breel fue cosechado, me dejó cargando con el luto casi sola, de no ser por mi hija mayor. Pensaba que mi bebé moriría entonces, víctima de un sádico profesional o un muto peligroso. Pero ahora que está fuera de peligro, y si mi familia –mi hija restante, mis tres nietas, mi nuera y yerno– no salen cosechados, se pueden ir al diablo los demás.

Solo que no estoy segura de que ninguno salga cosechado, es el Vasallaje después de todo. Si yo fuera un vigilante, haría algo bombástico.

Me puse un bello vestido de señora color malva y unos pequeños tacones, y como cediendo a un impulso, la gargantilla plateada que mi Breel me dio en mi último cumpleaños. Me miré en el espejo, aplicándome algo de maquillaje, aunque me conservo bien para mi edad, según creo. Cuando bajé, me encontré con el resto de la familia, las gemelas estaban vestidas de azul a juego y Nina tenía un vestido verde muy bonito, aunque la hacía lucir gorda.

–Se ven preciosas –les dije, sonriendo. Me devolvieron el halago.

Breel bajó de traje, oliendo a perfume caro y capitolino. Sabía que solo lo hacía por el momento, rara vez se concedía estas excentricidades y si lo hacía era porque a los posibles patrocinadores de sus tributos les convencía que el mentor no pareciera un esperpento, o eso nos dijo un día, mientras cenábamos. Me acerqué a él decididamente, y le enderecé el nudo de la corbata, que estaba algo torcido. Me sonrió en agradecimiento.

Así, juntos, nos fuimos caminando a la plaza del distrito. La villa, deprimentemente vacía a excepción de nuestra casa, parecía más triste aún, o eso me pareció. Ojalá hubiese un vencedor este año, que ya necesitamos vecinos. Me da por decirle eso a Breel, pero va jugando con las gemelas así que prefiero dejarlo como está. De cualquier modo ya va siendo hora que traiga a alguien de vuelta, digo yo.

En la plaza nos topamos con Arane, mi hija, su marido y mi nieta mayor, de dieciséis años. No perdí el tiempo en decirle a Arane lo pálida y desmejorada que está, Cielo santo, si parece un cadáver, además si sale cosechada ella se lo buscó, por andar metida en cosas rebeldes en las que no tendría que involucrarse. Ella sonrió tirantemente pero no dijo nada, se la veía nerviosa también por la cosecha. Amo a Arane tanto como a su hermano, pero juro que a veces me dan ganas de meterla en mi vagina de nuevo y que vuelva a nacer, a ver si se le quita un poco lo cabeza loca. No sé a quién salió, tan tozuda y dominante, si mi marido era un cielo.

El resto ya es sabido, firmar listas, entonar himno, discurso va, discurso viene, escolta que sube y nombre que se pronuncia. El mío, Jessica Grainbelle. Si hubiese tenido solo un año más, esto no habría pasado, pero en fin, ¿qué se le va a hacer? Obviamente que me sentó fatal, como un balde de agua fría, pero de alguna manera lo sabía. Que nadie me diga lo contrario, venía diciendo hace días que a nuestra familia le iba a venir una desgracia y aquí está, me voy a los juegos del hambre.

La gente me comenzó a mirar y murmurar cosas sobre mí, es obvio que me conocen, la madre del único vencedor con vida. Alcanzo a ver a Arane con los ojos abiertos con horror al verme avanzar, pero no se presentó voluntaria por mí y la entiendo, tiene a su hija que cuidar. Aparte yo tampoco lo hubiese hecho por ella. oí pronunciar el nombre de Breel en distintos tonos de compasión, y es entonces que recuerdo que mi hijo, solo en la zona reservada para los mentores, me está viendo. Así que me rearmo, compongo mi mejor sonrisa y subo al escenario, saludando a las cámaras. Ya estoy acostumbrada a ellas.

Increíblemente, el varón cosechado es un hombre más o menos de mi edad, aunque está más canoso y su cara arrugada. Parece triste y resignado, lo entiendo, con chicos de dieciocho años profesionales que seguramente habrá en dos distritos, si no es que en tres, poco tenemos que hacer. Pero estoy dispuesta a no rendirme, ni a considerarme una vieja todavía. Así que después de dejarlo en su lugar espero a que todo termine.

Breel me abraza, siento su perfume capitolino y su calor. Sin embargo me dejo embargar por él solo un instante, no quiero su compasión. Así que me separo y lo miro a los ojos fijamente.

–Con tu ayuda lo voy a lograr, ¿de acuerdo? –le digo, demandante, tomando su hombro.

Él traga saliva, mira por un momento al otro tributo, que está siendo conducido al edificio de justicia por unos agentes de la paz. Veo en sus ojos el conflicto que está padeciendo pero no puede dudar, no puede flaquear ahora. Entiendo que tiene sus obligaciones de mentor, pero soy su madre. Después de unos segundos, parece que lo entiende.

Termina asintiendo.


Jeffrey Blaaker – treinta y dos años – distrito 11.

«¡Oh! Solo joyas, ¡Mira, Claudius! Qué grande y fuerte es Jeffrey. ¿Alguien apuesta por él?»

Caesar Flickerman – anfitrión de los juegos anuales del hambre.


Estábamos listos para ir a la cosecha, Yashimabeth y yo, cuando se me ocurre que quiero hacer el amor. Cuando se lo comento a mi novia, ella ríe alborozada y deja su bolso tirado por ahí, con una sonrisa pícara. Me encanta su piel oscura, su cintura, sus brazos fuertes… toda ella. me encanta que, cuando otra mujer se habría escandalizado o habría dicho alguna tontería como mirar la hora y quejarse por lo tarde, ella acceda encantada, sobre el sofá, o el piso, o la cama, o donde diablos sea.

Así que, después de nuestro asunto, se nos había hecho terriblemente tarde. Apenas alcanzo a limpiarme un poco y ella hace lo mismo, por si los agentes de la paz quieren venir a buscarnos por desacato y quién sabe qué idiotez más. Solo cuando vamos caminando hacia la plaza, me doy cuenta de que no me había cepillado los dientes después del sexo oral que le di a mi novia. Será muy divertido si luego debo besar en la mejilla a alguien… o asqueroso. A quién diablos le importa si alguien querido podría salir elegido hoy. De todos modos se lo comento, para hacerla reír, y ella me va pegando y diciendo qué ascqueroso, que soy horrible, etc.

–Al menos me iré con tu sabor en mis labios, si salgo cosechado –le digo, riéndome a mandíbula batiente.

–Ay… qué cerdo –Yashimabeth me pega suavemente en el hombro, la plaza ya se vislumbra.

–Qué hipócrita, bien que te encantó cuando…

–¡Jeff! –Yashimabeth se arrimó a mí, con los ojos abiertos como platos por el susto.

Ya estábamos en la enorme, calurosa y repleta plaza del distrito, y aunque estábamos lejos y un montón de cabezas nos lo impedía, pudimos ver perfectamente cómo Matthew, el escolta, se acercaba a una de las urnas. A juzgar por lo solo que está, es la de las damas. Ya está sacando el papelito y nosotros ni inscritos en la lista estábamos. Aparte, se me olvidó que se suponía que me iba a juntar con mis hermanos menores aquí mismo antes de que todo comenzara. Mierda.

Isha y Jessie deben estar hechos una fiera, él más que nada. Lo lamento, pero otra vez, él más que nadie sabe que nunca he podido cumplir con mis responsabilidades. Se supone que soy el mayor, pero Isha se encargó de todo una vez muertos nuestros padres, él sacó adelante a nuestra hermanita, él hizo todo para no venirse abajo con solo quince años. Ya ni debe estar enojado porque le fallé de nuevo.

La cosechada se llama Mona Tuckerton, es una chica de unos veinte años a la que Matthew halaga por sus labios. Yashimabeth suspira, agradecida por no haber sido ella la cosechada, menos mal que no fue Jessie tampoco, o Caroline… lo nuestro terminó hace tanto tiempo pero sigue siendo mi amiga, así que me alegra que esté a salvo. Pero solo me queda rogar porque no sea ninguno de los varones de mi familia, los cosechados. Isha y su hijo mayor, Leonidas, de doce años, además de mi colega, James. Oh, maldito Jamie, si saliera cosechado se muere… ¿entendieron el no chiste?

–¡Nuestro tributo es… Jeffrey Blaaker! –dice Matthew, entusiasmado.

Oh… no fue Leonidas, ni mi pobre y sufrido hermano menor, solo soy yo, indeseable de la sociedad… me echo a reír, es terrible sí, pero no es menos de lo que merezco por bastardo. Estoy al fondo y tengo que sortear a mucha gente, tanto es así que al principio Matthew se inquieta y piensa que no voy a presentarme, pero que no se sobresalte, no me escaparé de esta. Estuve tres años cumpliendo trabajos (más) forzados, tres años en los que trabajaba como catorce horas al día y paraba para comer y dormir, y aunque fue hace años nada puede ser peor que eso. Así que sí, iré, ya lo hago de hecho. Subo las escaleras y me encuentro con la mona Mona, que tiene su mirada en el suelo, el cabello oscuro y crespo atado en dos coletas y los ojos del color del chocolate, con lágrimas. Le sonrío, encantadoramente, las chicas que lloran no se ven bien. Y esta tiene posibilidades de verse fenomenal si quisiera.

–¡Eres enorme, me encantas! –Grita Matthew, tocándome el brazo con fascinación. De seguro de donde él viene no hay tipos tan fuertes, porque nadie trabaja tanto. Pero me importa una gran mierda

–¡Suelta, maldito! –Digo, apartándome con violencia de él. No me gusta que cualquier cretino me toque.

Matthew se sobrepone en seguida, seguro no trabajan en cosas pesadas, pero sí les enseñan a actuar bajo presión, porque dice algo acerca de lo fiero que soy y estupideces que a pocos del distrito importan. Después de todo ya se dijeron los dos nombres, ya se dieron cuenta de que no son los de abajo y somos los de arriba, la mierda esta puede terminar.

Mona y yo nos damos la mano, su piel oscura contrastando con la mía, bastante más clara. Tengo ganas de decirle algo, pero no se me ocurre qué, así que el momento pasa y después de entonar el horrible himno me van a buscar para despedirme de los que quiero. Agentes de la paz… cuántos recuerdos. Algunos de estos incluso participaban en las apuestas ilegales que organicé en el último tiempo, gracias a las cuales alquilo la casa en la que vivo con Yashimabeth. Me pregunto qué pasará con ella ahora que no podré pagarla, ¿seguirá con el negocio ella sola o qué hará? Seguro Isha le tiende la mano al menos al principio, mi hermanito es una de las personas más dulces y buenas que conozco. Que no se fíe tanto de Yashimabeth porque es un poco zorra. Más bien que no se fíe mi cuñada.

Asociación de ideas aparte, no sé si este sea el momento para despedirme y ponerme sentimental con todos los que quiero. Es cierto, puede que no regrese, pero también puede que sí y mis hermanos, mi colega de la cárcel y Yashimabeth recordarán que fui un cagueta que no pudo soportar un poco de presión. Cuando llegué a la sala me limpié el sudor de la frente, realmente hacía calor en la plaza. Y descubrí que estaría bueno despedirme bien de mi hermano y Yashimabeth, al menos, a los otros que les den bien por…

Entran algunos de mis amigos, a quienes les prometo que volveré, obvio. Estoy bastante confiado, ya llegará el pánico, estoy seguro porque ahora solo optimizo energías y me concentro en otras cosas, pero sé que estaré panicando un rato más tarde. Siempre me pasa. También abrazo a mi hermana, la que no me aprecia mucho y la entiendo, nunca me encargué de ella. a Isha también lo abrazo y con él sí puedo ser un poco más yo, decirle que lo extrañaré y que lo haga si muero. Pero todo se lo lleva mi sobrino Leonidas, al obsequiarme un regalo.

–Es la pata del reptil que cacé, había hecho un collar –y de hecho lo veo, es un collar horrendo que tiene colgando lo que él menciona–: quiero que te lo quedes… para que te dé suerte, tío.

No puedo contenerme, le doy un enorme abrazo y apoyo mi cabeza en su joven hombro, como tantas veces hice con mi hermano menor. Leonidas sonríe, sonrojado, como hacen los adolescentes con las muestras de cariño adultas. Sí, mierda, esto me lo llevo. Puedo inventarme cualquier historia sobre esta pata, no sé, incluso que lo cacé yo mismo. Pero será mi recuerdo.


Rosie Hawthorne – veinte años – distrito 12.

«¡Vaya! Parece decidida, sin dudas, ¡Me encanta la actitud con la que ha subido!»

Claudius Templesmith – presentador de los juegos anuales del hambre.


«¡Ojalá que no fueras mi padre entonces!» Había gritado, enojada, a Rory Hawthorne, cuando me explicó por milésima vez por qué nos habíamos cambiado de distrito, por qué vestimos de gris, con ropas remendadas, por qué no tenemos nada excepto dos exiguas comidas al día y solo trabajo en las minas. La respuesta fue la familia de la que venimos, la extracción social de la que somos. Tenía catorce años entonces, un poco de hambre y durezas en las manos, de tanto trabajar. Ahora tengo seis años más pero todavía conservo lo otro, aún mi vestido de cosecha me queda pequeño de los pechos, todavía vivo en este distrito asqueroso donde el polvo parece ser constitutivo del mismo, aún comemos asquerosamente y somos vigilados día y noche por cámaras.

–¡Y nuestra tributo por el distrito 12 es Rose Hawthorne! –Grita Mitrushina, nuestra escolta, a viva voz.

Mis padres están al lado mío y siento cómo ahogan un suspiro. Cuando miro a mamá, la noto pálida. También siento que la sangre ha abandonado mis mejillas y mi corazón se ha detenido por un momento ¿mi nombre? ¿En serio? Maldita suerte, desde luego que hace muchos años ya no está del lado de los Hawthorne.

La gente me abre paso, me están mirando con conmiseración, pero siento que experimentan más alegría que otra cosa, lo veo por ejemplo en una mujer que abraza a un niño pequeño o un tipo que besa apasionadamente a su esposa, una tipa escuálida, y no tengo mucho tiempo para preguntarme cómo es que los puedo ver a todos mientras camino, cómo cada mirada se clava en mi corazón. Incluso una vida de mierda como la que llevamos en este distrito es mejor que ir a los juegos del hambre, pero me doy un segundo para odiarlos a todos. Ojalá haya un derrumbe, ojalá se mueran,, maldigo sus ojos por estarme mirando así, por no ver a la chica de cabello reluciente y piel limpia que quiero ser.

Sé que en mi distrito natal, el 2, habría una profesional presentándose voluntaria por mí. El que no haya una valiente mujer gritándolo me hace sentir furiosa. Ya no me pregunto por qué nos tuvimos que mudar, sé que es por la muerte de mi tío menor, Vick, que fue acusado de rebelde y ejecutado. Ya no hago mis berrinches de quinceañera pero por los cielos que me gustaría tener cinco años menos para poder hacerlo, y patearlos a todos.

–¿Tú eres Rose? –Pregunta Mitrushina, que ya está algo mayor para ser escolta–: Oh, me encantas. Tus ojos son tan hermosos…

«Claro que soy Rose ¿quién otra?» Pienso pero me lo callo y asiento con la cabeza, sin sonreír. La escolta quiere decir algo más, pero no encuentra qué, y deja de prestarme atención al igual que las cámaras. Sí, me gustaría vestir como mi escolta, con esas telas que parecen suaves y de vivos colores. Me gustaría estar un poco rellenita, tal como ella. pero odio los Juegos del Hambre y también lo que el Capitolio hizo a mi familia. Así que si pretende que sonría como si los Juegos fuesen un gran chiste, se equivoca conmigo porque no estoy por la labor. A veces se ve a tributos sonrientes, inbuidos de una falsa seguridad, pero no en el distrito 12. Aquí solo hay caras cansadas y sucias de polvo, sólo hay miseria y en veinticinco años ganamos una vez.

–Bueno, ahora vienen nuestros varones ¿qué saldrá, qué saldrá? –Mitrushina va casi dando saltos a la urna que contiene los otros nombres, y yo aprovecho de cruzarme de brazos.

Mientras Julian Felow sube al escenario, noto una mirada insistente fija en mí. Viene de los vencedores y se trata de Peeta, que está un poco calvo pero aún se conserva bien. Le devuelvo la mirada y arqueo una ceja, extrañada. Lo conozco, cuando mi familia volvió al distrito el hombre se personó en nuestra casa, diciéndonos que nos ayudaría en lo que pudiera. En memoria de Katniss Everdeen, amiga nuestra (digo nuestra porque me refiero a los Hawthorne, yo no la conocí). Sin embargo mi familia nunca le ha pedido nada, de lo cual me enorgullezco porque odiaría deberle cosas a un vencedor. Sin embargo ahora parece que no tengo opción y tendrá que ser quien me ayude a salir con vida. Peeta me dedica un movimiento de cabeza, que correspondo, pero luego aparto la vista de él, cuando se inclina para susurrar algo a Korrina, nuestra otra vencedora.

Julian es un tipo de unos treinta años, con ojos azules y pestañas larguísimas. Me mira con seriedad y yo le devuelvo la mirada, preguntándome si tiene hijos, mujer o alguien que esté llorando por él. Tal y como parece estar buscando algo entre el público, debe tener alguien.

Nos damos la mano a petición de Mitrushina, noto en ese apretón que están tan callosas como las mías. Él me suelta en seguida, mirando al suelo. Nuestra escolta parlotea sobre nosotros, nos halaga y no la culpo, somos bastante fuertes en comparación con lo que suele salir cosechado en el distrito.

–Dan ganas de taparse las orejas, ¿verdad? –Le comento a mi compañero, mientras el himno suena.

Julian asiente con su cabeza pero no responde con palabras, entiendo que no tenga ganas de hablar en una situación así, por lo que no lo molesto y espero a que vengan a buscarme para llevarme al edificio de justicia. He renegado hasta el cansancio de mi familia, pero deseo despedirme de ellos y pedirle perdón a mi padre por las estupideces que dije hace tantos años, además de prometerles que, en caso de triunfar, podremos tener una mejor vida. Mi abuela Hazelle no tendrá que lavar ropa, mi abuelo dejará de trabajar, así como mis tíos… viviremos en la hermosa Villa de los Vencedores, rodeados de lujo y buena comida…

Me pierdo en mis pensamientos sobre aquello, porque pensar en que hay posibilidades de que muera, que mi gente pierda a otro ser querido más es demasiado para mí, más de lo que puedo soportar sin ponerme a llorar. Y hacerlo frente a cámaras, o frente a mi gente, está descartado. Se supone que me tienen que ver fuerte, por primera vez yo seré quien deba contenerlos. Especialmente a mis abuelos, ella, mi abuela paterna, tan fuerte, tan luchadora, que ha sobrellevado la muerte de dos de sus hijos; y él, mi abuelo materno, que comprendió a su hija adolescente por haber amado a mi padre e incluso se cambió de distrito, siguiéndonos. Mi abuelo era un agente de la paz que cumplió sus años de servicio, está incluso demasiado mayor para entrar en el sorteo, y ha visto mucho. Demasiada sangre, muerte, ejecuciones inmerecidas… pese a todo, dudo que pueda tomarse con la misma parsimonia de siempre, el hecho de que su única nieta participe en los juegos del hambre y posiblemente muera.

–Papá… –Cuando Rory Hawthorne me mira, con sus ojos grises tan parecidos a los míos fijos en mi cara, tiembla mi voz.

Él me abraza fuerte, siento su aroma seco a sudor y polvo, y por primera vez desde que nos cambiamos de distrito pienso que lo prefiero en lugar de cualquier perfume capitolino.

–Perdóname, Rosie –dice, cuando yo estaba a punto de hacer lo mismo–: perdón por todo lo que te hemos hecho pasar… te amo.

Se refiere a cuánto se habla de Katniss Everdeen en la mesa, en la rebelión fallida, en que mi tío menor se metió en una insurrección del distrito 2 y por su muerte nos destinaron al distrito 12. Habla de cuánto ha significado el pertenecer a esta familia para alguien como yo, o para cualquiera más bien. Creo que no necesito su perdón, ha costado ser yo misma en una familia que espera que seas rebelde, que te revuelvas contra la injusticia, que sufras y lleves en tu corazón a Gale y todos los caídos… pero aún así lo he conseguido, mi padre y mamá no me han exigido ser otra persona. Aunque me llame Rose en honor a una amiga de mi padre, Primrose, aunque lleve el apellido de un soldado que luchó y fue muerto por la causa del Sinsajo.

–También te amo, papi –hace tanto tiempo no le decía así… me permito respirar su aroma por última vez y derramar dos lágrimas, no más.

Él me besa el pelo y me pide que le recuerde su ofrecimiento a Peeta. Asiento, pienso recordarlo.


Romeo Vector – cuarenta y dos años – distrito 6

«No sé , ¿eh? Tiene linda sonrisa y parece con un cuerpo en forma, pero… bueno, ¡esperemos que no sea todo lo que hay!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los juegos anuales del hambre.


Cuando miro la cosecha, vuelvo a preguntarme si está bien todo lo que hice. Traicioné al bando rebelde, engañé a personas que confiaron en mí, las entregué, para salvaguardar el bienestar de mi familia. Ya había perdido a una persona (mi novia, Katie) y no quería que me sucediera con nadie más. Es terrible, eso de perder a alguien. Así que vendí información, no diré que fue gracias a mí que la rebelión se sofocó en mi distrito… pero en parte, gracias a las personas como yo. Y por eso, de nuevo se celebran los Juegos en el distrito 6.

Una mujer embarazada sale cosechada y la reemplaza una anciana, que supongo debe ser su madre. Mercedes Marston, se llama. Alfa, mi hermano gemelo, toma de la mano a Sabrina, su esposa. Ella estuvo embarazada hace dos años y no tiene madre que se hubiera presentado voluntaria de estar en esa situación. Menos mal, no lo está. Hay otra mujer en el escenario, otra persona va a morir.

Cuando la escolta pronuncia mi nombre, por un instante toda mi familia se queda helada. No, ninguno sabe los pasos en los que anduve hace veinticinco años ni en los que ando ahora, así que les resulta toda una sorpresa mi elección, aunque a mí no del todo. Cabe la posibilidad de que haya sido un simple azar, pero también está aquella que me dice que para el Capitolio dejé de ser útil, estoy siendo demasiado caro de mantener, tal vez debí filtrar más información en mi último reporte. ¿Pero qué podía decir? Los pocos grupos rebeldes están ya cansados, el vasallaje los tiene amedrentados, ya no hay manifestaciones. Es todo lo que había y…

–Sube, Romeo –dice Alfa a mi lado. Está lívido, en eso al menos seguimos siendo iguales.

Le hago caso. Por quedarme divagando, había olvidado el insignificante detalle de que se había pronunciado mi nombre. Subo y saludo a Mercedes con una sonrisa, es una anciana valerosa, ella. no me la responde, así que me giro a todo mi distrito y a ellos sí les sonrío y los saludo, buscando así tranquilizar a mi familia en particular.

Por ellos fue que lo hice, aunque no me crean, aunque Alfa me odiaría si supiera que traicioné al Sinsajo. Soy chofer de aerodeslizadores, he llevado a vigilantes, altos cargos, alcaldes y personas así, aunque nunca a los presidentes, ni a Snow ni a Grant. Así fue como me enteré. Era bastante joven, cuando tuve que conducir para Plutarch, en ese tiempo ya me había declarado rebelde. Una simple conversación entre él y Haymitch me reveló que el Sinsajo no era más que una chiquilla, una excusa para que nos sublevásemos, simple marioneta. Me comencé a preguntar si valía la pena pelear, arriesgar la vida y la sangre, por alguien así… y la respuesta fue afirmativa, sí, valía la pena pelear aunque Katniss Everdeen estuviese más perdida que cualquiera de nosotros.

Mercedes Marston y yo nos estrechamos la mano. Ella suelta la mía de inmediato, dirigiéndome una mirada de asco, aunque no sé por qué. ¿Quizá sabe...? No lo creo, me estoy poniendo paranoico. Le sonrío un poco más pronunciadamente, a ver si me la gano así pero no hay suerte. En fin, mientras entonamos el himno mis ojos buscan a Naelie Reyne, la mayor de nuestros vencedores. Tiene treinta y tantos, el cabello rojo como el fuego y su mirada, antes triste (siempre triste) tiene más vida que nunca y sé por qué. Al lado suyo está su motivo, un chico de diecisiete años creo, Heraclio Neleas. Se ven bien juntos. Me pregunto cuál de los dos será mi mentor y también si es verdad eso que se rumorea, que comparten una sola casa en la Villa de los Vencedores. Ambos son lo único que el otro tiene, se dice.

Entonces… después de decidir que lucharía con los rebeldes, importándome poco lo que significase en verdad Katniss Everdeen, pensando que cualquier gobierno era mejor que el perpetrado por Snow (incluso uno manejado por Plutarch me parecía mejor), fue que mataron a Katie. Ella trabajaba reparando y acondicionando vías, en nada peligroso, era rebelde en su corazón y hace poco se había animado a luchar, inspirada por el Sinsajo, la misma que era un títere en manos de otros. Solo una vez vi al Sinsajo de cerca, no era la gran cosa, era solo una chiquilla con miedo, como todos nosotros, quería sobrevivir junto con los suyos. Pienso que al final ella y yo no éramos tan distintos, ambos hicimos lo que fuera por nuestra supervivencia y la de nuestra familia, la única diferencia fue que yo tuve parcial éxito. Porque Katie murió, y Katniss Everdeen no valía ese sacrificio, no al menos para mí.

Quise el hundimiento de los rebeldes, y especialmente que mi familia, que estaba metida en la rebelión hasta el cuello, no la pasase mal por su culpa. Comencé a ver más cosas, por ejemplo que era muy posible que la guerra se perdiese, según las cosas que iba oyendo, que si el primo del Sinsajo había sido capturado y asesinado, que si la presidenta del supuestamente extinto distrito 13 y Snow iban a parlamentar, que si habían tomado el distrito 4… finalmente así fue, la guerra se perdió, pero yo (y por consiguiente, mi gente) estaba en el bando correcto de la misma, hablando con las personas adecuadas fui de los que vendieron a los rebeldes del 6. Alfa solía preguntarse por qué nunca nos pasó nada, aparte de las quemaduras que adornaban su brazo izquierdo, pero nunca fui capaz de responderle. Temo el momento en que sus ojos se volteen a mí, acusadores, preguntándome por qué.

Además, después de todo ya voy a pagarlo, ¿no? Es un poco irónico, pero si los espíritus, o lo que sea, de los muertos o convertidos en avox por mi causa quieren venganza, este es el momento.

Un agente de la paz me lleva al edificio de justicia. No lo conozco, no tengo problemas con la ley, las cámaras me dejan en paz pues saben que cualquier cosa sospechosa, lo hago al amparo del Capitolio, y si no lo saben tengo la marca en forma de C de mi brazo que puede confirmarlo. Vamos en silencio, no tengo ganas de hablar, pienso en que podría haber evitado mi propia cosecha con un poco más de información, pero no lo hice así que no importa.

Mientras espero que Alfa y los demás vengan a despedirse de mí, me pongo a jugar con la pulsera que llevo en mi muñeca derecha, tiene engranajes, ruedecillas y tuercas. Katie y yo nos habíamos hecho una a juego, cuando éramos jóvenes e inmaduros. Recuerdo que después de eso hicimos el amor… hubiera conservado también la de ella de haberla encontrado, pero entre el despojo que era su cadáver no me vi con ánimos de encontrarla.

No volví a amar después de eso, me da igual lo dramático que les suene a mucho, así son las cosas, al menos para mí. No tengo familia aparte de mi hermano, cuñada y sobrinos, así que por un lado, mejor que haya sido yo y no él. Eso pretendo decirle cuando venga, sí… sé que lo entenderá.


Meenara Lander – cuarenta y un años – distrito 5

«¡Esta mujer sí que tiene motivos para volver! Su hijo la espera… no se preocupen, el pequeño estará bien… en fin, pasemos a la siguiente…»

Claudius Templesmith – presentador de los Juegos Anuales del Hambre.


–¡Suéltenme, desgraciados! ¡Suéltenme! ¡Mamá…! –gritaba a todo pulmón la voz infantil y desesperada de un niño.

–Tranquilo chico, tu mamá tiene que ir al escenario… deja de moverte o vendrán los agentes… –decía el hombre que le sujetaba, un tipo alto y fuerte. El chico se revolvió y salió corriendo hacia el escenario.

Desde que mi nombre fue el escogido, supe que habían importantes probabilidades de que mi hijo quedara huérfano definitivamente. Así que, pese a la sorpresa inicial, a que sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones y un nudo se me formó en el estómago, no hice caso de sus gritos de «mamáaa» y «suéltenme, mamá, ven» y me dirigí hacia el escenario. Solo miré una vez hacia atrás, para ver cómo, finalmente, los agentes de la paz sí se habían hecho presentes y entre dos sujetaban a Leo, pero las piernas se me doblaron y preferí seguir avanzando sin volver a mirar. La resolución me duró dos segundos, luego lo volví a oír gritar y tuve que voltear de nuevo. Leo había golpeado a un agente y trataba de liberarse del otro. La tenacidad que te otorga la desesperación, pensé.

Ya estaba en las escaleras, subirlas fue un infierno. Amaranta Avery, vestida con su sobriedad habitual, estaba un tanto pálida, y cuando me dio la mano para ayudarme a subir noté que las mías temblaban solo un poco más que las suyas. Respiré profundo un par de veces, tratando de calmar mi corazón acelerado, y volví a mirar hacia la plaza, justo en el momento en que un agente de la paz se llevaba a rastras a Leo. Se debatía, al menos. Seguía con vida. Sé que cuando las personas se ponen demasiado rebeldes son ejecutadas, conozco el caso de cerca pues mi marido fue uno de esos que contrariaron a los agentes y no vivió para contarlo. Temo tanto por Leo… pero no podía quedarme más, no quería ponerlo en más riesgo.

Amaranta carraspeó, su pecho subía y bajaba con un poco más de celeridad de la habitual. Llamó al cosechado masculino, que resultó ser Haida Creek. Pobre señor Creek, con lo bueno que había sido siempre. Recordé fugazmente cómo Max, mi hijo mayor, había contraído una rara enfermedad estomacal y los rumores de una compañera de trabajo, acerca del sanador me llevaron a visitarlo, angustiada. Él pudo curar a Max después de dos días, lo cual me hizo inmensamente feliz. Lástima que cinco años más tarde, mi hijo fuese seleccionado para los Juegos del Hambre y no volviera. Fue el año de Roger Sicamore, me acuerdo bien.

No sé si el señor Creek me recordará, el asunto es que pensando en mi hijo mayor, muerto, y en el menor, huérfano, es que nos damos la mano. Amaranta pide que entonemos el himno y todo el distrito lo hace, incluso yo, deseando que por favor se dé prisa en transcurrir la ceremonia para poder saber de Leo, a quien no puedo divisar por ninguna parte. Al fin, el himno termina y un agente de la paz, que estaba cerca del escenario, viene por mí.

–Disculpe –le digo apenas se acerca, con la voz urgida–: mi hijo… ¿dónde está?

–No sé, señora, debieron llevárselo al edificio de justicia –me contesta, serio–: voy a ver para que no se les pase la mano con él, porque mordió a Tom y él no parecía muy feliz que digamos.

–Por favor, es un niño y soy todo lo que tiene en el mundo –mi voz se quebró, la sensación de las lágrimas me atascó la garganta y mis ojos oscuros miraron con súplica.

El agente de la paz asintió, pero no se atrevió a mirarme. Por lo más querido, ¡le habían hecho algo a mi Leo?

–Veré qué se puede hacer, mientras tanto espere aquí.

Era la sala, esta misma, o tal vez una muy parecida. La sala en que vi, presencialmente y por última vez a Max. El mismo sillón de cuero, el mismo cuadro del presidente Snow y otro de la presidenta Grant, las mismas vistas hacia mi desértico y caluroso distrito. En esta sala, Max me prometió que iba a volver, asustado pero confiado. Tenía diecisiete años y era fuerte… le había revuelto el pelo a Leo, que era muy pequeño entonces… mi Max…

No pude contenerme, me eché a llorar con fuerza. Era conciente de que Leo podía llegar en cualquier momento, que alguien iba a venir a verme pero era demasiado. Mi Max, Leo, participar en los Juegos… ¿por qué?

La puerta se abrió. Wendy Thomas, una de las operarias que trabajaba conmigo en la fábrica, entró con paso acelerado.

–Lo siento tanto, Meenara, cariño –comenzó a decir, acercándoseme. Era algo así como mi amiga, pero en ese momento no estaba para despedidas con ella.

–¿Has visto a Leo? ¿Sabes qué pasó con él? –Pregunté, entre lágrimas.

–Oh no, no tengo ni idea –dijo–: a mí solo me dejaron pasar. Supongo que lo derivarán al orfanato, qué pena.

Sí, lo más probable era que hicieran eso. Allí, donde comería quién sabe qué y lo tratarían quién sabe cómo. Me llevé las manos al rostro, desesperada.

–Por favor, ¿Podrías ir a preguntar? Dudo que me dejen salir de aquí –pedí.

Wendy puso una cara de tristeza que me pareció sincera, pero parecía también de disculpa.

–Es que… no me quiero meter en problemas –reconoció–: yo solo… vine a despedirme y eso… bueno, creo que tengo que…

Unos golpes resonaron en la puerta, eran bastante apremiantes. Pedí que por favor entrara qien fuera que estuviera allí, rogando porque fuera Leo. Cuando la puerta se abrió, mi corazón dio un salto. Efectivamente, era mi hijo, que tenía un enorme verdugón en la cara, pero no estaba solo. Roy Adler, el joven vencedor, estaba a su lado.

–Leo, mi amor –ignorando a Wendy, corrí a sus brazos y lo envolví entre los míos. Leo no lloraba, pero parecía a punto–: Te amo, cielo, te amo…

Él me abrazó también, apoyando su cabeza en mi hombro. Y pensar que podía ser la última vez… ese abrazo fue largo, cálido y sentido. Recordé a Max, a mi marido, recordé incluso el almuerzo anterior, cuando hice para Leo su comida favorita y le conté cosas de mi juventud, entre risas. Él también lo recordó, al parecer, porque lloramos los dos. Y tengo claro que no me puede ver débil, que tengo que darle confianza, pero no puedo cuando tengo tan pocas posibilidades. Es cierto, soy fuerte, pero nunca he peleado, solo soy una operaria más.

Unos minutos después, cuando alcé la vista, los ojos oscuros de Roy nos estaban mirando todavía, y Wendy se había marchado. Me limpié las lágrimas y él sonrió un poco, era una sonrisa cálida que iba dirigida hacia mi hijo.

–Dile a tu madre lo que hablamos –pidió Roy.

Leo sorbió sus mocos.

–El señor Adler pregunta si me puedo quedar en su casa, con su madre y hermana, hasta que vuelvas –dijo, en voz clara. Sentí un mareo de agradecimiento y alivio.

Miré a Roy, sin podérmelo creer, y él solo asintió, sonriente.

–Claro, corazón –asentí, con una sonrisa llorosa–: espérame allí, ¿quieres?

Leo asintió. Y después de un par de abrazos Roy se lo llevó de mi lado. Me cabía preguntarle a mi joven mentor, qué haría con mi hijo si yo moría.


Tex McCroy – cincuenta y nueve años – distrito 8

«¡Qué desafiante! No tiene tanto glamour al lado de su compañera, pero lo que le falta ahí, lo compensa en valentía. ¡Lo quiero ver en acción!»

Caesar Flickerman – anfitrión de los Juegos Anuales del Hambre.


Me pongo mi ropa de siempre para la cosecha, que no espere el Capitolio que invertiré tiempo para ponerme presentable por sus espectáculos. Malditos, asquerosos.

«Déjalo ya, Tex –dice Justine–: ¿No has pensado que podrían leerte el pensamiento? »

–Sí –le contesto, enojado–: con esas malditas cámaras que tienen, ya lo pensé. ¿qué opinas tú, Wolf?

Wolf alzó su cabeza, movió un poco las orejas pero no me contestó. Es un perro, con lo que es lógico que no hable, pero mi otra interlocutora es una mujer mmuerta así que me lo espero todo últimamente. Justine me dedica una sonrisa ladeada.

«Sería divertido que ahora el perro comience a hablar, no?»

–Como digas, mujer. Ya déjame tranquilo, que tengo que ir a esa maldita cosecha.

Justine no se va. Nunca se ha ido, desde hace veintitantos años… ¿cuántos ya? Veinticuatro o por ahí, a veces es difícil llevar la cuenta pero en fin, la cosa es que allí se queda, flotando a mi alrededor, con su bello pelo al viento de la inexistencia. Cierro los ojos con fuerza, los abro de nuevo y ha desaparecido… por ahora, quién sabe cuándo vuelva. Como dije, no me abandona nunca.

Mi casa es pequeña, está llena de cosas que me da pereza tirar, y de mis figuritas de animales de madera que tallo cuando estoy aburrido, que es casi siempre. No tengo que trabajar, ya se encarga mi hijo de mandarme dinero cada mes. Ese asqueroso traidor… quién sabe si de no ser por él hubiésemos ganado la guerra. Ahora vive en el distrito 1, feliz y lamiéndole las bolas al Capitolio, como tanto le gusta hacer a muchos. Sé que hace tres años el distrito se rebeló pero dudo que Archer, mi hijo, haya participado. No sé qué clase de monstruo criamos Justine y yo, pero no comparte nuestros ideales.

«Fue solamente que no le enseñamos lo suficiente y nunca le faltó nada –me contesta ella, reapareciendo–: Por cierto, ¿Otra vez le vas a dejar la carta mensual sin contestar?»

–Sí –me ponía de malhumor hablar sobre el zopenco de mi hijo, y Justine lo sabía. Yo abandoné mi distrito 7 natal, mi vida se convirtió en una mierda, perdí al amor de mi vida… y otros solo traicionan y se libran de polvo y paja. Malditos.

Decidí que ya mejor iba encaminándome a la cosecha. No quería darle a los agentes de la paz hijos de puta la excusa para que me pusieran las manos encima, era mejor ir por mi cuenta. Justo fuera de casa me encontré con Marjorie, mi vecina, que me saludó de una forma mucho más apagada de lo que solía hacer habitualmente. A juzgar por cómo viste, también está en edad de cosecha aunque cualquiera pensaría que tiene como setenta años.

–Disculpe, señor McCroy, pero… habemos tantos en edad de cosecha ahora… –comenzó a hablar, mientras caminaba junto a mí rumbo a la plaza, sin preguntarme si quería esa compañía o no–: mis pobres hijos… y tengo una nieta de diecinueve, qué horrible… además de…

«Bla, bla, bla…» dijo Justine junto a mí, sonriendo.

La ignoré, a veces le gustaba burlarse de la gente y por hacerle caso quedaba mal. He sido grosero con Marjorie muchas veces como para contarlas, pero ella nunca se rendía, siempre intentaba hablar conmigo. Pobre mujer, había perdido a su esposo en la Rebelión también, así que por solidaridad hacia ella me di el lujo de fingir que la escuchaba aunque fuese una vez en la vida. Es cierto, cerca de la plaza ya tenía ganas de ahogarla con una almohada, pero por suerte no se dio cuenta y en cuanto llegamos allí me escapé, intentando perderme entre la gente. Si salía cosechada, seguro mataba a los demás tributos de aburrimiento.

Me anoté en la lista y esperé. En el distrito me conocían muchos, era el chalado, el loquito y cosas así, de modo que ignoré cualquier comentario que suscité y con Justine nos empezamos a reír de las caras de la gente, lo que conllevó a que más personas se fijaran en mí. Seguro pensaban que hablaba solo… y tal vez sea verdad, pero qué importa si yo solo puedo verla, al menos no se ha ido.

Cuando la ceremonia empezó, presté total atención para ver a los cosechados, lamentándolo por ellos. Odio los Juegos del Hambre, es una práctica abominable que tuve que sufrir por doce años, primero por mí y luego por Archer. Siento ganas de patear la cara del presidente Snow cuando la cosechada resulta ser una mujer de unos treinta y pocos, con un bello vestido. Luego recuerdo que cambiamos de presidente, aunque no puedo recordar su nombre, pero sé que es rubia y también me dan ganas de patearla. Pobre Galatea, parece a punto de llorar.

–¡Tex McCroy! –dijeron desde arriba.

Por un momento me quedé en blanco, pero luego sentí ganas de darme un golpe en la cabeza por idiota. ¿Cómo no apercibirme antes? Esto lo hicieron por mí. El Capitolio quería mandarme a los Juegos, saben lo rebelde que soy y no me han podido matar. Por eso crearon esta condición de la edad, por eso han hecho todo este espectáculo…

–¡Hijos de puta maniobreros y asquerosos! Salgan de mi camino, vacas y corderos, ¡que si me querían aquí estoy! –grité, casi hasta sentir que la garganta me ardía, mientras me dirigía hacia el escenario. Todo el mundo me abrió paso, con miedo.

la mujer abrió sus ojos, asustada, cuando llegué arriba, y lo mismo hizo la cosechada.

–Bueno, acá estoy, mátenme ahora, ya que eso querían –dije, mirando a la cámara–: no te fíes, Galatea, esta cosecha está más que arreglada.

La escolta sonrió y comenzó a hablar acerca de honor y quién sabe qué más.

«Tranquilo, Tex»

–¡Cómo quieres que me tranquilice! ¡Esstos malditos me mandaron a los juegos! –le grité a Justine, aunque rara vez lo hacía.

La escolta se quedó en silencio por un momento. Lo que se podía ver, era un hombre con el ceño fruncido, la cara roja por la ira… observando fijamente la más absoluta nada. Pero yo, observaba a mi mujer.

«Te ayudaré a salir de esta, mi amor», dijo dulcemente Justine.


¡Wooooo! Al fin, malditas cosechas, las odio. Jajaja.

No es que odie a sus personajes, de hecho ammo a los veinticuatro, a todos con sus más y sus menos, los amo. Pero juro que es taaaan aburrido escribir cosechas… imagino que es tan aburrido como leerlas.

Agradecimientos (1): Para Paulys (por Jessica), a Stelle Storm (por Jeffrey); a Sadder Than Silence (Por Rosie); a Mia Burton (Por Romeo); a Ludmila V (por Meenara) y a Krola (por Tex). Los amé, en serio. Han sido muy buenos personajes con los que ya tengo ideas.

Agradecimientos (2): un enorme aplauso para Gato Rojo, por hacerme el blog (syoteldescenso. Simplesite. Com todo eso sin espacios). A ZV, Ludmila V y Gato Rojo de nuevo, por buscarme las imágenes que algunas de ustedes no podían buscar; a Paulys, por decirme toooodo lo que tenía que editar en el blog xD, y a todas ustedes, las que buscaron fotos y apodo a su tributo. Finalmente, para quienes lo han leído, mil gracias por darle tanto amor a la historia :3

Como siempre, la hora de las preguntas ha llegado…

Pregunta 1: ¿tributo favorito de estos seis? ¿Y de los veinticuatro?

Pregunta 2: tributo que no te ha gustado/llamado la atención/etc de estos seis? ¿Y de los veinticuatro?

Pregunta 3: ¿con quién se aliaría tu tributo de los veinticuatro? ¿Y de estos seis?

Pregunta 4: ¿Conociste a tu mentor? ¿qué te ha parecido? ¿te habría gustado otro si leíste los demás?

Aviso importante: desde el próximo en adelante, los capítulos tendrán ocho puntos de vista. Ocho para tren, ocho para desfile, ocho para primera noche. Esos son tres capítulos más, aunque antes intentaré que haya uno donde veamos a Marco y qué le han parecido las cosechas, muajaja.

Así que…

Pregunta 5: ¿dónde quieres ver a tus tributos? (tren, desfile o primera noche)

Eso, nota gigante, perdón xD.

Abrazo amores, los quiero :3