NOTA SUPERIMPORTANTE: dado que dos personas a quienes respeto me han aconsejado que no me enrolle en tren, desfile y primera noche, pero se los había prometido, llegué a un consenso conmigo misma. escribiré lo que les dije, con ocho puntos de vista para cada cosa, pero serán la mitad de largos de un POV normal. Espero dejar contentos a todos :3
Dedicatoria: a Dani, por haberme insistido para seguir. Gracias, Linda.
Agradecimientos: a Percy Ross, gracias por crear a Jaspe.
Capítulo 5: tren 3,7,1,1,8,10,6,12
Distrito 3: Alëia Valhor, quince años (cosechada)
Mi mentor resultó ser Reed Karspersky. Era un hombre de treinta y muchos, alto, con una piel tan cenicienta como la mía, lo cual era extraño pues hace mucho no trabajaba en las fábricas, supongo que es condición del distrito. Me sonrió apenas me vio y me preguntó si me parecía bien que fuese él mi mentor. Emocionada, respondí que por supuesto, faltaba más, y le pedí que por favor me enseñara el tren cuanto antes, con una resplandeciente sonrisa en mi rostro. Él me miró algo extrañado pero no dijo nada, tal vez le alivió que me repusiera pronto o quizá no deseaba preguntar una obviedad semejante a si ya me había repuesto.
Y lo cierto es que, si hubiese preguntado, quizá le habría contestado que no. Que este tren me lleva derechita a mi funeral. Ya hay otra urna, como la que contenía mi nombre en un papel, que pronto guardará mi cadáver. Voy a morir, y en lugar de ganas de llorar como las que sentí en el escenario, siento… nada.
En cuanto me mostró el vagón de los camerinos, con uno para cada integrante del equipo, dije que iría a darme una ducha y cambiarme de ropa. Eso hice, pero primero me senté en el sillón, abracé mis rodillas y me quedé un buen rato mirando al vacío. Necesitaba reponerme, al menos para ponerle buena cara al mal tiempo, aunque no pudiese hacer otra cosa.
Unos 40 minutos más tarde, decidí que ya había gastado demasiado tiempo y que al menos, estaba lo suficientemente bien para las sonrisas y las charlas vanales. Me di un baño de espuma con jabones aromáticos, algo que nunca en mi vida había hecho, y me puse un vestido sencillo de color rosa pálido. Peiné mi cabello en una coleta, me puse las gafas y estaba viendo qué más me faltaba cuando tocaron a la puerta.
–Voooy –casi canturreé con voz infantil.
–Te espeeerooo –contestó una voz masculina que no me pareció la de Reed, en el mismo tono.
Efectivamente, al abrir la puerta, comprobé que no lo era. Alto, con un traje azul marino y una camisa blanca, el doctor Leo Sanz me aguardaba. Sus ojos brillaban con calor y amabilidad, y entre la mugre que nos rodea, me pareció que él no la fingía. No como yo.
–Siri y Reed quieren que vayamos a comer –dijo, a modo de saludo–: te ves muy guapa, Aleia.
–Es… muy amable –sonreí, un poco turbada–: yo… Doctor Sanz…
–Leo –me corrigió–: no soy tan viejo, ¿sabes?
No, debía tener como la edad de mis padres. Mis padres… ambos lloraron como unos niños colgados de mi cuello, a ambos los abracé, los acaricié y les prometí que volvería, por separado. Ambos parecían tan desechos como si fuesen ellos los que irían a los Juegos del hambre. Porque… saben, ellos podrían quedarse llorando allí, pero seguirían viviendo, mamá intentando costearse sus tratamientos de belleza y papá con su nueva familia. Bien por ambos.
Sonreí para contrarrestar el veneno de mis pensamientos.
–Leo –Pronuncié, borrando la sonrisa, volviendo a ser yo–: gracias por todo. Por el pañuelo y…
Él hizo un gesto con la mano, como para quitarlo de en medio.
–por favor, ya no lo recuerdes. Eso… lo habría hecho cualquiera por ti.
No por "una niña cualquiera", no por "una chica tan linda como tú", "por ti". Aquello me sobrecogió de tal manera que tuve que aguantar las lágrimas con todas mis fuerzas, era la primera vez… quizá en mucho tiempo, que me sentía valorada. Hace poco, cuando subimos al tren, oí a Siri Gates diciéndole al Doctor… a Leo, que lo mentorearía porque a ella le era difícil lidiar con las chicas que lloran. Eso fue como un puñetazo y lo que dijo mi compañero, la crema que lo curaba.
Necesitaba más curas como esa. Especialmente cuando nos llamaron para cenar, y vi la absurda cantidad de comida que había dispuesta en la mesa, algo que ni en sueños nos comeríamos los seis, pues Beetee también estaba allí. pensé en mis chicos del orfanato, Natya, Ricki, Tina y los demás, saboreando su comida insípida de todas las noches, y sentí un nudo en mi garganta. Iba a ser incapaz de comer, lo sabía. Pero…
–Sé que no hace falta que te lo diga, Aleia, pero debes comer –me dijo Reed.
¿qué más remedio? Al parecer tendría que hacerlo. Leo me sonrió desde el otro lado de la mesa, tomando los cubiertos de un modo muy parecido a como lo hacía la escolta y con una servilleta sobre su traje impoluto.
Obedecí. Como siempre.
Distrito 7: Alexander Rheon, veintiún años (cosechado).
La cena estuvo cojonuda, repetí tres veces y hasta me quedó espacio para el postre. Vale la pena aplastarse el culo y tener la piel de distintos colores, con tal de comer así. Madame-Coco, nuestra escolta café, también repitió, se notaba que estaba feliz por nosotros, éramos tributos decentes. O al menos yo.
Estoy planificando ya una estrategia. Jugar solo o quizá con una alianza pequeña, esperar a que los profesionales se duerman, matarlos a todos y luego cazar uno a uno a los que queden. Se me ocurrió a mí solo, no se la he contado a Martin, mi mentor. Tampoco me interesa hacerlo, él ya está viejo y tuvo su turno, ahora me toca y haré lo que se me dé la jodida gana. Nunca he sido bueno en seguir instrucciones.
Pancy y los dos mentores están hablando de cómo conseguir patrocinadores, Roger Sicamore le comenta que ya se le ocurrió un enfoque para tamaña preciosidad. Debe mostrarse fría pero seductora, distante pero provocativa, o algo así. Ella parece dudar un poco, dice que no sabe cómo ser seductora y yo pienso que solo le vale con morderse el labio así, que tendrá todas las mandingas del Capitolio gritando su nombre.
–En tu caso, Alexander –dice Martin, mirándome con sus ojos oscuros y un poco saltones–: quizá podrías seguir mostrándote igual, amenazador y salvaje. Por un lado te pondrá en la mira de los profesionales, pero…
Bla, bla, bla… dejé de prestarle atención y me puse a pensar en las cosechas, ya no faltaba mucho para verlas. Me pregunto cómo serán mis compañeros, qué sorpresas habrá. ¿tendremos a un viejo? ¿O a muchos? Quería comprobarlo.
Por suerte, después de ese sermón nos fuimos directo a los sofás frente al proyector. Me las arreglé para sentarme junto a Pancy, que lucía un vestido lila que dejaba sus hombros tostados al descubierto. La miré con mis ojos azules pálidos, enseñándole mi enorme sonrisa. Ella, al darse cuenta de que la miraba, me frunció el entrecejo y me dirigió una mirada de pies a cabeza, luego apartó la vista para no verme más. No… no la entiendo.
Las cosechas estuvieron interesantes, hubo bastantes más voluntarios de los que esperé. Ambos mentores estaban tomando apuntes, Pancy tenía la mirada fija en el proyector y la atención concentrada en Caesar Flickerman, que hablaba de cada tributo con emoción. me llamó la atención la mujer del distrito 4, estaba buenísima, la anciana del 9 por alguna razón me recordó a mi Nona, y… Hans Imber-Black, por supuesto. Todos conocían ese nombre.
–Habrá que tener cuidado con Imber-Black –dijo Roger–: no es aconsejable llamar su atención, Pancy, ¿me entiendes? Desapercibida frente a Hans. Frente a todos, en realidad.
–Es lo que pensaba hacer –dijo ella con voz suave, enredando entre sus dedos un mechón de su cabello pelirrojo–: no pienso mostrar mis habilidades a no ser que sea necesario.
–¿Es que tienes alguna, además de esas tetazas? –Pregunté con genuina curiosidad, en verdad me sorprendía que una niña tan bajita y poca cosa sirviera para algo más que calentar braguetas y trabajar–: o tal vez solo lo dices para que me llames la atención y te proteja. Pues no, ricura, lo siento pero en este juego solo uno vive así que velaré por mí y no pienso protegerte.
Hubo un silencio después de esas palabras, en las que dirigí una mirada apreciativa a Pancy, preguntándome en qué podía ser buena. Ella, sin embargo, hasta se atrevió a sonreír. Parecía mucho más calmada que horas atrás.
–¿Y quién te dijo, Rheon, que necesitaba tu ayuda? –Preguntó con calma, aunque apretaba los puños–: me pareces nada más que un bruto sin cerebro, así que no, gracias, no te tomaría como aliado ni aunque fueses el último tributo que quede.
Me sentí confuso. ¿por qué esa nenita no me tomaría como aliado? Soy grande, fuerte, amenazador y atractivo. Debería estar suplicándome una alianza de rodillas, sin embargo se atreve a decirme algo así y a mirarme de esa manera, como si…
Como si no existiera. Como si no estuviera allí.
La tomé del brazo, sintiendo la presión de su carne tibia contra mis dedos. Estoy, la siento, así que estoy. Ella se queja y me da un golpe en la mano.
–¡Suficiente! –Martin me separa de ella, que está con los ojos brillantes de furia–: Alexander, no ayudas. Deja de incordiar a Pancy.
–Y tú deja de tratarme como si fuese un puto mocoso –dije, poniéndome en pie de repente–: porque no lo soy, y no te haré caso. Así que deja que arregle mis asuntos con esta perra.
–Te vas a ganar una patada en las bolas, rheon –dijo la voz suave de Pancy.
Me sentía tan confuso ante esa amenaza, tan perdido, que le enseñé los dientes por última vez antes de retirarme a mi habitación sin decir palabra. ¿estoy? ¿Qué soy, sino un chico fuerte? Ella debió verlo. ¡Y más encima se atreve a amenazarme! ¿Qué pasa? ¿qué… está pasando, por qué no me ve?
Que se apronte, pues iré a por ella en el baño de sangre. No quedará ni un cachito entero, nadie se atreve a negarme.
Distrito 1: Sapphire Rhodonite, veinticuatro años (cosechada)
Ni bien vimos las cosechas, Vulkan se levantó del sofá, y sin pedir permiso o mediar palabra se marchó del salón. Silver Stanner, su mentor, lo siguió con la mirada, despeinándose el cabello rubio con una mano. Parecía despreocupado, aunque Greyarm no había dicho nada desde que subió al tren, y había mirado inexpresivamente a su joven mentor como única muestra de reparar en su presencia. Al menos a mí, no me parecían indicios muy halagüeños de lo que sería su futuro desempeño en los Juegos del Hambre.
–Va a cambiar –Silver siguió la dirección de mi mirada, que al parecer hablaba por sí misma–: cuando el miedo a morir apriete, vamos a tener a ese chiquito colaborando con nosotros.
Parecía bastante seguro de lo que decía, lo que me hizo preguntarme por qué. Silver no había lidiado más que con voluntarios, que yo supiera éramos los primeros cosechados en… quién sabe cuánto tiempo.
–¿cómo lo sabes? –Interrogué. Mi voz ya no destacaba tan artificial, entre tanto lujo capitolino.
–Lo he visto en otros distritos. Tipos duros, tipos pseudo rebeldes, siguiendo los lineamientos de sus mentores después o bien, jugándosela por sus vidas cuando llega la hora –contestó el vencedor, observando a Jaspe, la cual asintió–: si mi chiquito no hace ninguna de estas cosas, es que nunca debió estar aquí en primer lugar, y se merecería todo lo que le pase.
Era mi momento. Yo, enfundada en un vestido negro elegante, con el cabello rojo cepillado y mi semblante hermoso camuflando la podredumbre que había en mi interior desde la muerte de Emerald, podía o no, sacar algo de aquí. Ordené las palabras en mi cabeza.
–Para empezar… ¿Por qué está Greyarm aquí? ¿Por qué la academia…? –comencé, con tacto. Los vencedores se pusieron en alarma, así que añadí rápidamente–: quiero decir, es obvio que no quería representar al distrito y eso…
Pasó el ángel del silencio entre nosotros. Recordé a mis amigos, sus despedidas cariñosas; mis padres, orgullosos y preocupados; y a Vulkan, gritando a todo pulmón a Onix Greyarm, el vencedor, que no se atreviera a subir al tren porque se dejaba morir en el baño de sangre si lo hacía. «Y sabes que soy perfectamente capaz», había siseado en la puerta del tren, con los dientes rechinando por la furia. Su padre algo debió ver en esos ojos oscuros, porque se quedó en el distrito.
–La pregunta es si quieres representarnos tú, Rhodonite –habló Jaspe, mi mentora, con voz seca–: que las cosechas estén arregladas o no, que hayamos recibido órdenes desde arriba o no, que su padre haya querido mandar al chico a los Juegos porque creía hacerle un favor o no… no es asunto tuyo. Así que céntrate en lo importante si quieres que te preste algo de atención al menos.
Los ojos bicolor de Jaspe eran puro hielo. No soy fácil de amedrentar, pero me abracé a mí misma para infundirme calma. Debo tener cuidado, saber qué responder, porque perder el apoyo de la vencedora, cuando el que está en juego también es el hijo de Onix, puede ser riesgoso. Así que sonreí, aunque por dentro estuviera muriendo por escupir en la cara a quien sea que me haya puesto aquí.
–Por supuesto que quiero representar al distrito, Jaspe –dije, con una enorme sonrisa, moviéndome un poco para dejar ver aunque sea un poco de pecho, en actitud provocativa.
Silver Stanner aplaudió, con una sonrisa burlona en su rostro. Jaspe, en cambio, permanecía seria. Me recorrió de arriba abajo, jugando con una de las perlitas de su collar.
–Bien hecho, Sapphire. Ahora… procura que suene creíble –dijo la mujer.
Una media hora después, en donde Jaspe me aseguró que perdí la voz porque un rebelde me atacó, dejándome al borde de la muerte, luego de que mis padres les negaran su rendición, y que mi novio había muerto en un terrible accidente… después de que Silver me recordara que terminé mi entrenamiento profesional, solo que, como mi familia era tan respetable, lo hice de forma particular, en fin… después de que modelaran mi vida como mejor quisieron, sentí mi cabeza pesada. Envidié de todo corazón a Vulkan Greyarm, al parecer inestable, al que hasta su padre temía contrariar. Él no tenía que mentir para caer bien al Capitolio, pocas personas sabemos en lo que estuvo involucrado… así que no tiene que dejar de ser él mismo antes de morir.
Me excusé diciendo que estaba cansada, así que me iría a reposar un rato toda esta experiencia. Silver no podía creer que le hubieran tocado dos tributos tan poco entusiastas, mala suerte por él, pero yo no podía hacer más, lo había dado todo. Me retiré, recogiendo mi falda como me habían enseñado, caminando con la misma elegancia. «Astrid Heckler, Hans Imber-Black; Aleia Valhör, Leo Sanz; Franziska ***, Dorian Clearwater…»
Me detuve en mi puerta, sin dejar de pensar… «Meenara Lander, Haida Creek; Mercedes Marston…»
Abrí la puerta, aún en mi mundo privado, uno donde era yo quien mataba a cada una de esas personas, cortándoles la garganta… viendo cómo se ahogaban en su sangre, como me pasó… «Un rebelde quería matarte, Sapphire…»… «Romeo Vector; Pancy Layton, Alexander Rheon, Galatea Higgins…»
En cuanto cerré, aislándome del mundo fuera, la puerta del armario se movió, abriéndose. Di un paso atrás, sobresaltada, mientras una cosa enorme se abalanzaba sobre mí. Quizá hubiese gritado de haber tenido mi garganta en condiciones, pero sentía mi corazón a mil y la adrenalina corriéndome por el cuerpo. Alguien quería matarme.
Distrito 1: Vulkan Greyarm, diecinueve años (cosechado)
Por un segundo pensé que gritaría, delatando mi presencia en su dormitorio, donde estuve esperándola desde que abandoné el comedor. Luego recordé la enorme cicatriz de su garganta, y que no hubiese podido hacerlo aunque quisiese, así que retrocedí. Mi idea de acercarme tanto era cubrirle la boca si fuera necesario, pero, tonto de mí, había olvidado eso. Entre todos los atributos de Sapphire pasé por alto el más notorio, fijándome sin embargo en su templanza, en la forma en que parecía perderse en sus pensamientos y en lo fiera que podía llegar a ser, pese a su semblante triste.
–Por lo Sagrado, Greyarm… –dijo esa voz mecánica a la que debía asociar con la pelirroja de ahora en más–: ¡Casi me matas del susto! ¿Qué demonios haces aquí?
–Lamento no poder recordar tu voz –dije en respuesta. Ella enarcó una ceja–: no me importa haberte dado un susto porque era la única forma en que podíamos hablar, al menos eso se me ocurre, pero… sí siento no poder recordar tu voz.
–Eres un tonto, ¡y estás loco! –Ella retrocedió, pero chocó con la puerta porque no tenía dónde huir, eso me dio un poco de gracia–: ¿Hace cuánto estás en mi armario? ¿Por qué…?
–Veamos… estoy encogido en tu armario desde que me fui del salón –sus ojos y boca se abrieron cómicamente, pero no la dejé hablar porque que si estoy loco, que si soy un tonto, etc… ya me conozco el discurso–: y estoy aquí para saber qué pasará entre tú y yo ahora.
Si hubiera podido abrir más sus ojos, seguro lo habría hecho, pero aquellas orbes azulísimas ya no daban más de sí.
–…me refiero a que ¿Vamos a seguir actuando como desconocidos? ¿en verdad no piensas mirarme siquiera? ¿vamos a aliarnos o algo? –Pregunté, sentándome en uno de sus sillones sin pedir permiso y poniendo los pies en esa fina mesita cara a la que adoré manchar con mis enormes zapatos de trabajo.
Era cierto. Desde que subimos al tren, Sapphire se dedicó a ser una perfecta damita, conversando de moda con Harley Pinker, nuestra escolta, de estrategias con Jaspe y de los demás tributos y cómo pensaba abordarlos con Silver, sin siquiera mirarme, mientras yo me dejaba consumir por el fuego de la mala hostia por mis sagrados padres, anda y que les partiera un rayo a ambos. Sin embargo, no me era indiferente esa chica, y aunque sé que estamos en los juegos del hambre y todo ese discurso barato que te dicen hasta que lo puedes oír mientras duermes en la academia, ella era la chica de Emeral Pearl. Compartí con él, confiaba en mí y en las armas que podía suministrarle. Me habló de su mundo mejor, de un distrito equitativo, de algo llamado democracia. Está muerto y puede que Sapphire vaya por ese mismo camino (así debe ser si quiero volver), pero el Capitolio no me va a quitar mostrarme empático con ella. no me quitará compartir con la chica de Emerald un poco, ni siquiera por una razón así.
–Pero tú no has dado cabida a que intercambiemos miradas, diálogos, ni nada en realidad –ella sonrió un poquito–: quiero decir, has estado… demasiado atemorizante para que pensara en decirte nada. Ni siquiera Silver ha osado dirigirte algo más que un buenas tardes, ¿o no?
Mientras decía esto, se sentó frente a mí, recatadamente. Pude ver destellando su anillo de compromiso en la mano izquierda, que apoyó sobre su pierna. Parecía casi una estatua.
–Silver, el viejo Silver… mi padre lo adora –dije, con una sonrisa desdeñosa hacia todo lo que representan Stanner y Onix–: pero sabes, prefiero que sea él a Amatis, que se dejaría mangonear por él. En cambio, Silver es más independiente, sé que no...
–Dice que tarde o temprano llegarás a él, si quieres vivir –dijo ella–: lo ha visto en otros tributos difíciles.
Solté una carcajada sincera, haciendo que mi compañera se sorprendiera de nuevo. Si Silver creía eso, es que tantos años de conocimiento en la academia no le sirvieron de nada. Comparándome a un metal soy puro hierro, me quebraría antes de doblarme.
–Sapphire… dile de mi parte a Stanner que siga soñando –sin dejar de reír, me incliné un poco–: de todos modos voy a hablar con él, a ver qué piensa de todo esto. Aunque sea para reírme en su cara.
Ella suspiró. Parecía un poco triste.
–Qué suerte tienes –dijo.
Quise indagar sobre ello, pero no me contestó nada. Como me acabaría por enterar de todos modos, lo dejé por el momento y volví mi atención a lo que me había mantenido por más de cuarenta minutos doblado en un armario.
–Entonces… ¿vamos a aliarnos o algo? ¿vamos a comunicarnos más? Lo del distrito unido y todo eso que dijo Harley en la cena –pregunté. No le temía a una negativa, tanto si decía que sí como si no, me veía un buen futuro.
Ella asintió con la cabeza. Sí a las tres, parecía. Y como no tenía nada que hacer allí, me dispuse a marchar. Pero antes…
Me acerqué a ella, poniéndome junto a su sillón, y le tomé la mano del anillo, mirándola a los ojos. Sapphire se mordió el labio inferior, nerviosa. Debe estarlo, mido unos cuarenta centímetros más y soy mucho más ancho.
–Siento lo de Emerald, nena. De verdad.
Ella esquivó mi mirada, pero pude ver las lágrimas bañando sus ojos. cualquiera habría apartado la vista pero yo la mantuve fija, no sé por qué.
–Gracias, Vulkan… –susurró con su voz artificial.
Distrito 8: Galatea Gala Higgins, treinta y cuatro años (cosechada)
El reloj pasaba la medianoche cuando me levanté de la cama donde intentaba conciliar el sueño. Pasé las manos por mi cabello rizado, despeinado por tantas veces que me revolqué intentando infructuosamente dormir. Cuando cerraba los ojos, veía un cuchillo acercándose a mi vientre o a los profesionales cercándome, sin que pudiera hacer nada por defenderme. Era normal que el descanso me fuese tan imposible, supongo.
En batín, con unas pantuflas suaves y blanditas, salí de mi habitación del tren y me dispuse a recorrerlo. No porque me apeteciera especialmente observar el lujo capitolino que ya he visto de sobra, sino solo para distraer mi mente de probables muertes que tendría. Y es que el ver a los tributos no redujo mi ansiedad, todo lo contrario. Los capitolinos morían por ver a los profesionales en acción, especialmente a Hans Imber-Black y Vulkan Greyarm. Bajo esas perspectivas, una delgada costurera no podría… no, no puedo pensar así. Ya me lo había dicho Tex, mi compañero, con su particular manera de hablar. Me había destacado mi juventud y que era la victoriosa de los dos, o al menos que eso le había dicho Justine. No quise preguntar más, pero al parecer esa tal Justine le estaba diciendo cosas en ese mismo momento al oído.
Llegué al vagón comedor en busca de distraer un poco la lengua con agua o algún aperitivo. Hoy los tengo asegurados, en unos días no sé. Sin embargo, no estaba vacío como imaginé que estaría. Sentado en la mesa, con los codos apoyados en la superficie, estaba Rickon Blade con expresión seria por primera vez en décadas, al menos de las que lo había podido ver.
El corazón me dio un vuelco agradable. Estaba de perfil, la barba oscura que le sombreaba la mandíbula le hacía ver mucho mayor de lo que era la última vez que nos habíamos encontrado. Me quedé en la puerta, mirándole y pensando en lo distinto que podría haber sido todo entre los dos.
–Gala –dijo, con voz suave–: sé que estás ahí. Anda, pasa.
Gala… ¿hace cuánto tiempo no me llamaban así? Diecisiete años, con toda certeza. Desde que nos separamos, cuando le dije aquello, eso que me arrepentía tanto de haber hecho. Estábamos solos en una habitación, desde aquella última vez, y sinceramente no sabía cómo actuar ante él. Mi viejo amor. Mi único amor.
–Hola, Rickon. Yo…
Rickon Blade alzó la mano, interrumpiéndome. Su rostro sonrió por fin, era aquella sonrisa que había visto tras años de cosechas sin poder traer a nadie de vuelta, una sonrisa perfecta que mostraba una alegría que gritaba a voces que era falsa.
–«Lo siento tanto, Rickon… yo… no puedo estar con un asesino…», eso dijiste ese día –dijo, mirándome a los ojos–: llámame resentido pero lo recuerdo. Es irónico, ¿verdad, Gala? Si quieres seguir estando contigo misma, vas a tener que matar.
Sus palabras eran duras, gélidas. Ingresé a la habitación, secando mis manos sudorosas en el batín. Me parecía perfectamente razonable que dijera aquello, él no sabe lo que pasó la tarde de su regreso al Distrito 8. No tiene idea las amenazas de mi padre, el cómo me había mirado a los ojos de ese modo intimidante, y cómo había dicho… «Mocossa, en caso de que no dejes a ese musculitos, me lo cargo. Sabes que puedo». Y sí, al hombre que me pateaba porque la cena no estaba caliente, al que me daba de puñetazos hasta que le dolía, lo creía capaz de eso. Ya a mis treinta y cuatro no estoy tan segura, pero a mis diecisiete lo creía capaz de todo.
–No vale la pena aclararte por qué dije eso, ¿verdad? –Pregunté, con la voz lejana. Sentía ganas de llorar, pero estoy tan cerca de morir que… sinceramente no sé.
–La verdad es que no –los ojos de Rickon se despegaron de mí, para fijarlos en una Tablet que tenía en la mesa–: Ernest Toga, ¿te suena ese nombre?
–¿Cómo? –El cambio de tema había sido tan drástico que balbucí confundida, hasta que pude situarme al fin–: sí… él es… bueno, mi socio.
Le conté brevemente el cómo había saltado a la fama gracias al vestido de la chica cosechada, y cómo Ernest, un magnate interesado en la moda, decidió patrocinarme, diciéndome que podía quedarse con el 50% de las ganancias. Honestamente, dudo que el porcentaje sea tan fiable como me quiere hacer creer, pero mucho no puedo hacer, ya soy más rica que cualquier habitante promedio.
–Ahora entiendo por qué está tan interesado en ti –comentó Rickon, pensativo–: tengo muchos mensajes tuyos. Desea seguir patrocinándote, pero ahora en los juegos del hambre. Desea hablar contigo a las 7.00 a.m, o sea, apenas lleguemos…
No pude oír más. Rickon hablaba sin emociones, profesionalmente, pero yo sentía un gran alivio. Ernest confiaba en mí… él creía que podía hacerlo. No estaría invirtiendo dinero en alguien como yo, si no. Sonreí.
–Y como será tu principal patrocinador, discutí con él una idea que se me acaba de ocurrir –dijo Rickon–: para serte sincero, no te guardo ningún aprecio, pero vamos a hacer algo para sacarte de la arena con vida.
Eso me hizo sonreír más aún que lo de Ernest. A su manera, Rickon también creía en mí.
Distrito 10: Rafe Firehorse, treinta y cuatro años (voluntario)
Ser voluntario no me prepara mejor que a Nyx para afrontar un desayuno matutino bastante suculento en compañía de nuestros mentores, que nos evalúan con todos los sentidos mientras comemos. Menos mal el escolta no está aquí cacareando, ya bastante lo sufrimos durante la tarde anterior, haciendo comentarios estúpidos sobre cualquier cosa que se le ocurriese. Bojack y Dianne están bien, no son una compañía bastante conversadora pero, sinceramente, no espero otra cosa considerando que, en el mejor de los casos, solo uno de nosotros va a volver a casa. Nyx, para no desentonar, está silenciosa y come con tal elegancia que parece como si estuviese acostumbrada a degustar esos platos. Ayer quise hablarle, pero se me figuró que prefería la soledad y el silencio, y además también tenía que poner en orden mis pensamientos. Zane todavía me duele y Nico, más todavía. No quiero que me vean morir.
–Y aprovechando que ese imbécil no vendrá todavía –comienza Dianne, carraspeando–: Bojack, ve a cerrar la puerta.
–Ve tú. O manda a los tributos –Jones se recuesta en la silla, bastante satisfecho al parecer–: oh cierto, ya no tenemos críos… qué mal.
Se pinchan un rato por quién va a cerrar la condenada puerta hasta que, con movimientos fluidos, es Nyx quien lo hace. Vuelve a su silla con la cabeza alta y el rostro pétreo, la admiro por un momento porque yo había pensado no hacerlo por orgullo. soy tan infantil como ellos.
–Gracias, Nyx, eres un cielo –dice Bojack, con una enorme sonrisa–: no como otras.
–Por na…nada –la muchacha mulata se sonroja un poco, lo cual me parece muy adorable–: ¿y entonces?
–Exacto. ¿qué pasa? –Pregunto, por poco la lengua se me duerme de tanta inutilidad.
–Estrategias. Eso pasa –Dianne aún está picada con Bojack, pero al parecer así son y no dejo que eso me desconcentre–: Nyx, tienes que mostrarte más abierta y sonriente.
–Mira quién habla.
–Cierra la puta boca, Bojack –Dianne pierde la paciencia, lo demuestra dando un golpe en la mesa–: en primer lugar ese no era y nunca será mi enfoque, en segundo lugar no soy ni un cuarto de bella de lo que es Nyx.
–No solo soy eso –contesta ella con voz firme–: sé manejar la hoz. Puedo curar heridas. Sé guardar secretos –enumera–: se me dan bien los números, entre otras cosas.
–Genial, y eso servirá para el entrenamiento y para sacar buena puntuación en las sesiones privadas –asiente Dianne–: pero al Capitolio no lo vas a impresionar con la hoz. Lo hará esa cara preciosa, te lloverán los patrocinadores.
–Apoyo la moción –dice Bojack–: solo si fueras tan estricta con tus hermanos como lo eres con Nyx….
–¿Y eso qué tiene que ver? –Se volvió a impacientar la mentora. Era sabido que sus hermanos, Ashton y Justin, eran unos vagos licenciosos y buenos para nada a los que Dianne mimaba–: soy estricta con Nyx porque la quiero ver regresar. Y si sabe lo que le conviene, me hará caso.
La chica sonrió un poco, nerviosa pero decidida.
–No me gusta tanto mostrarme coqueta y eso… –dice, un poco tímida–: pero si me ayuda…
Por alguna razón me mira, sus grandes y bellos ojos parecen inseguros. Yo asiento, dándole ánimos. Sé que somos rivales pero no puedo evitarlo.
–En cuanto a ti –Bojack cambia de pronto, al observarme. Siento que está enojado–: fue conmovedor y todo eso de presentarte voluntario por tu sobrino, y pensé que íbamos a sacar una buena tajada del pastel, pero maldita sea el tributo del 3, que te eclipsó al hacerlo por un completo desconocido. Ahora todos hablan de Sanz y nadie te recuerda.
–Uhm… ¿Lo siento? –Digo dubitativo, no sé qué demonios quiere que haga con eso. Me pongo serio y en guardia, por si acaso. Ningún mocoso me va a regañar por una tontería semejante.
–No te preocupes. A Dianne aquí presente –Bojack le sonríe, guasón–: se le ha ocurrido que tú y ese hombre van a hacer migas. Se van a aliar, en otras palabras. ya estoy hablando con Siri sobre el tema.
Siri Gates, la misteriosa vencedora del distrito 3 que tiene una cicatriz en la cara. Así que ella mentoreará al Doctor Sanz…
–Se me ha ocurrido algo –Nyx habla de golpe, con la vista en sus manos–: ¿Y si el doctor… bueno, él, quiere aliarse con la niña de su distrito?
–¿Y por qué querría hacer algo tan tonto? –Bojack comienza a sacudir la cabeza, incrédulo–: oh cierto, porque es un bueno y eso… ya está, la matas en la primera noche y le haces creer a Sanz que alguien la asesinó mientras dormían.
–¿q…qué? –No me veo capaz de decir otra cosa.
–Supongo que se lo creerá, tengo instinto para las personas engañables –él sonríe un poquito–: es una lástima por la cría, pero iba a morir de todas maneras.
Bojack Jones parece dar el tema por zanjado, y yo aprovecho de servirme un vaso de jugo de frutas. Alguien está olvidando que aún no he aceptado ese plan… no se lo voy a recordar, no todavía.
Distrito 6: Mercedes Marston, cincuenta y ocho años (voluntaria)
Naelie reyne, mi mentora, tiene treinta y pocos años, su cuerpo y rostro lucen como si tuviera varios menos a causa de unas cirugías que le han realizado en el Capitolio (dudo que con su consentimiento), pero sus ojos me dicen que tiene muchos más, como catorce años viendo morir niños bajo su cargo dejaron una huella en su mirada verde. Siempre que veía a Naelie en el sitio reservado para los vencedores, sentía ganas de acariciarla. Instinto maternal, supongo.
Ahora, sin embargo, la golpearía. Fuerte y duramente, hasta hacerme sangrar el puño. Qué cachetadas ni qué nada, eso es para las señoritas capitolinas.
–Así que por eso me tomaste como mentora, ¿eh? –Pregunto, con voz envenenada–: la sonrisita de ese pusilánime te encandiló también, ¿No?
Naelie inspira profundo y Heraclio, el joven vencedor, se mira las manos. Romeo está mirando por la ventana con una sonrisa de «esto no va conmigo» pero la escolta, sí me mira fijamente, con las mejillas rojas por la vergüenza. Al desayuno, fue a ella a quien se le escapó que Romeo Vector será mentoreado por Heraclio y yo por Naelie, pues él, ese pusilánime sonriente digo, él tiene más posibilidades que yo según la mentora. Y estaré vieja, un poco más débil y todo, pero no lo acepto. Yo fui quien sobrevivió a la muerte del único amor de su vida; yo, quien me batía a puñetazo limpio con quien me retara; yo luché en la rebelión, saqué a mi hija adelante… me presenté voluntaria por ella. no toleraré que se me ningunee así, que se me eche de esa forma a la muerte. porque todavía no estoy muerta.
–Querida Mercedes, no es lo que… –comenzó la escolta, dudando.
–Tú cállate, haz el favor. Estoy hablando con las personas competentes aquí –alcé la voz y volví a mirar a Naelie a los ojos–: si no confías en mí, reyne, me mentoreo sola. ¿Me oyes? Desde bien chica que me he sabido cuidar solita…
–Señora Marston, tal vez si pudiéramos conversar… –ese miserable, ese asqueroso de Romeo Vecctor se atrevió a dirigirme la palabra. lo miré con todo el desprecio que pude y su sonrisa vaciló un poco.
–Sé lo que eres, sátrapa –le dije–: algunos lo sabíamos también. Por eso andábamos con cuidado contigo.
No me atrevía a ser más explícita, porque los oídos anaranjados de la escolta estaban ahí y tenía miedo de que tomara represalias con los pocos rebeldes que eran de mi grupo. Aún mantenía contacto con algunos, es cierto que no era tan activa como en otros años, pero no podía desligarme por completo de eso. Eran pocos los que sospechaban de Vector, es cierto, pero para su maldita desgracia una de ellas era yo, él siempre estaba metido en los círculos rebeldes y por muchas ejecuciones que hubiera la suya nunca se daba. Hasta ahora.
–Entiendo, señora… está usted equivocada, sin embargo no podemos hablar en este momento –Romeo me hizo un gesto discreto, que no correspondí.
–Ni ahora, ni nunca –dije, categórica, con una sonrisa cortante–: ve a discutir con tu mentor en pañales, mientras yo veo qué haré con la mía.
Heraclio bajó la cabeza, rojo como un tomate. Sin embargo, pronto alzó la mirada. Tenía unos preciosos ojos pardo, grandes y tristes.
–Señora Marston –susurró–: podemos hacer reuniones de mentores por separado. Naelie y usted por un lado, Romeo y yo por otro. Es la única solución que se me ocurre para que estemos todos contentos.
El mentor en pañales parecía bastante sensato. Tenía ganas de discutir, pero estaba desperdiciando saliva y oportunidades de salir con vida de esta. Así que solo les chasqueé la lengua en señal de profundo desagrado, y en un abrir y cerrar de ojos tanto la escolta como Romeo abandonaron el comedor. Heraclio, antes de salir, besó la mejilla de Naelie y me hizo un movimiento de adiós con la cabeza antes de marcharse y cerrar la puerta. Quedamos, pues, Naelie y yo solas.
–Te presentaste voluntaria para proteger a tu hija embarazada –dijo Naelie, por fin. Su voz era tan triste como sus ojos, una voz desganada y dulce–: tienes cincuenta y ocho años. Tu peso no es el mejor. No imagino que corras rápido. Tienes fama de rebelde –dijo–: en el vasallaje, nadie rebelde ganará de nuevo. Lo sé.
En los dos vasallajes anteriores pasó algo así. El tercero fue un fiasco y dejaron vivir a algunos, ya porque les eran útiles, ya porque eran carismáticos, ya porque la gente los adoraba. El segundo lo ganó alguien haciendo trampa, casi no recuerdo esos juegos, yo era bastante pequeña. Y este… una vieja rebelde, sí está difícil.
–Te entiendo, pero…
–Espera, deja que termine –Naelie no gritaba, eso me hizo callar por alguna razón–: te presentaste para proteger a tu hija sin importar las consecuencias. Yo te tomé como mentora para proteger a lo más parecido que tengo a un hijo, sin importarme las consecuencias tampoco.
Nos quedamos calladas, madre contra madre, casi.
–Sé que me voy a encariñar contigo, sé que lucharé para sacarte potencial, que te daré todo lo que sé. Y también sé que puede que no funcione y que Romeo Vector… ya sabes.
–Sí, cuente con más apoyo y patrocinio. Para que el chico no sufra –dije, gruñendo–: pensé que era porque me veías vieja y débil. Soy testaruda, Reyne, pero te entiendo.
Ella sonrió, pero se le deslizaba una lágrima por su mejilla pecosa. Se la limpió apresuradamente, aunque vinieron más y más.
–Lo siento mucho, Mercedes, pero deseo que gane Vector.
Distrito 12: Julian Felow, veintisiete años (cosechado).
–Vaya, es preciosa –Rosie Hawthorne miraba por la ventanilla del tren, con ojos hechizados–: grande y espaciosa. Y los colores…
Dediqué una media sonrisa que borré al instante, cuando me percaté que volvía a mirar al Capitolio a la distancia. Mi compañera, Rosie, se había vestido con la ropa más fastuosa y elegante que encontró, que se trataba de un vestido rosa paleta con joyas y una falda amplia que caía en abanico. Llevaba tacones, lo cual fue muy divertido porque no sabía caminar con ellos, y cuando intentó dar unos pasos tuvo que aferrarse a mi hombro para no caer. Ahora más o menos los dominaba. Sin mugre en la cara o el pelo grasiento, ganaba bastante. Era casi tan bonita como la chica del distrito 10, que según el programa horrible que transmitían por televisión era la más linda de los juegos. Me pregunto si pensarán lo mismo de su cadáver podrido cuando muera. Malditos enfermos.
–Julian… –me dijo, con voz soñadora–: ¿No estás nervioso de volver aquí? Digo… tú eras del Capitolio, ¿no?
Le dirigí una larga mirada con mis ojos negros. Ella tembló, pero no la apartó. La mayoría de las personas duran poco sosteniéndome la vista, no sé qué ven en ella pero no les gusta.
–Sinceramente, Rose, no quiero hablar de ello.
Dejé de prestarle atención y me centré, sin embargo, en esa pregunta. ¿Qué si estaba nervioso? Creo que mucho más que eso. Sentía los nervios de volver al hogar, el lugar donde pasé mis primeros ocho años de vida, el sitio que me vio crecer, donde ejecutaron a mi padre por rebelde, donde lo vi todo. El lugar que me echó sin más al distrito 12 como a otros criminales, cuando yo no era más que un niño. durante mis días encerrado en la mina, tragando polvo de carbón y con callos sangrándome en las manos, me imaginaba matando a Coriolanus Snow. Pero ese malnacido murió de viejo en su cama, calentito y a salvo. Y yo sigo aquí, de hecho me dirijo otra vez al Capitolio.
¿Qué si estoy nervioso? Dudo que sea esa la palabra. estoy enfurecido, eso sin más. Me pregunto si entre el público, vitoreándome, estarán los delatores de mi padre. Espero poder reconocerlos, mirarlos a la cara y escupirles. Matarlos, o al menos ganando estos miserables juegos para destruirlos desde una posición de poder. Sin embargo, ¿Cómo decirle esto a la encandilada Rosie? Sería una estupidez. Ella proviene de una familia rebelde, lo sé, y aún sé más que ella.
Sé quién asesinó a Gale Hawthorne, y lo volví a ver por televisión. No creí que me acordaría de algo así… cuando era niño, se lo oí decir a mi padre, a otros soldados. Que un día el Sinsajo, su primo y allegados estaban en el distrito 2, y al otro se había detenido y asesinado a Hawthorne, se sabía muchísimo de los rebeldes y un joven soldado del distrito era condecorado y elevado a lo más alto por razones misteriosas… solo había que sumar 2 y 2. Yo, al menos, lo hice. De manera que tenemos al presunto asesino de Gale Hawthhorne y a uno de sus parientes, ¿de verdad me van a intentar hacer pasar esto por casualidad?
Sumido en mis pensamientos, es que nos encuentran Korrina y Peeta. Korrina es una chica de veintitantos con el cabello castaño, los ojos azules y semblante serio, mientras que Peeta se está quedando calvo, aunque aún tiene el cabello rubio, y su sonrisa resplandeciente, que nos dedica a los dos. Me parece que es un gesto sincero, de ánimo hacia nosotros, en lugar de una falsa alegría por tenernos aquí. Pero me cuesta corresponderle.
–Chicos, estamos pronto a llegar –Dice Peeta, poniéndome una mano en el hombro–: sé que no les va a gustar lo que voy a decir… Julian, especialmente a ti… pero sonrían, saluden con la mano, por favor. La primera impresión es importante y los estará esperando mucha gente.
Tal y como dijo, no me gustó ni un pelo. Apreté la mandíbula, disgustado.
–Precisamente esa no es la cara –me dijo Korrina, extendiendo de mis mejillas hacia arriba–: sé que no tienes ninguna gana, Julian. Lo entiendo.
–No, no lo entiendes, no tienes ni idea –escupo, con todo el veneno que puedo. La traición, la ejecución, la lengua de mi madre en las tenazas. Mi ciudad, los capitolinos, arrojándonos cosas al tren… no, nadie lo entiende.
–Julian… –murmura Rosie, apenada–: sonreiré por los dos. Te lo prometo. No tengo ninguna gana, pero lo voy a hacer.
Por alguna razón, esas palabras me sacan una pequeña sonrisa. La dulce Rosie Hawthorne, que seguramente quedaría más encandilada al ver su vestido del desfile o el Capitolio de noche, la que tenía una familia extensa y rebelde, la que se había vestido con lo mejor que encontró y parecía estar poniéndole al mal tiempo buena cara. Ella, a quien le estoy ocultando un terrible secreto, consiguió que sonriera.
–Bueno, si la mantienes estaremos bien –dice Peeta, también serio–: de verdad que solo es por ustedes, chicos…
–Lo sé –digo. Me cuesta, pero lo hago. Sé que Peeta tiene buenas intenciones–: Gracias, Rose. De verdad.
Rosie me toma de la mano, sus dedos callosos por el trabajo se sienten agradables. Le devuelvo el apretón, y juntos nos disponemos a salir del tren.
No sonrío ya, ni pretendo, pero al menos la furia no está ahogándome. Eso no es tan malo.
No tengo perdón, lo siento. Tardé más de un mes… soy un abuso. Pero no lo voy a abandonar, por mucho que tarde este proyecto va a seguir. Les pido mil perdones por el retraso.
Tambié quiero disculparme porque no pude cumplir con todas las peticiones de dónde querían a sus tributos. Las cosas, simplemente, surgieron de otra manera.
Preguntas:
1.- ¿POV favorito?
2.- POV menos favorito?
3.- ¿cuáles cosechas te imaginas que están arregladas?
4.- ¿cómo te gustaría que fuese el traje de tu tributo para el desfile?
Bueno, eso. Un abrazo para todos, amores. :3
